Rinoceronte
Tenía los ojos tristes bajo los gruesos párpados. Esto me impresionó y decidió, junto a su actitud recatada, el tono de nuestras relaciones que siempre fueron cordiales y duraron mucho tiempo.
En persona era la primera vez que lo veía, aunque naturalmente lo conocía por imágenes donde se mostraba, con un fondo de cebras y de llanura, masticando o revolcándose en un baño de lodo. Nunca me había interesado particularmente por él, tenía datos generales, puede decirse.
Ignoraba cómo había llegado a mi puerta y quién le había proporcionado la dirección. Sin embargo, preferí tragarme la curiosidad. Temía no las explicaciones farragosas a las que no parecía inclinado sino ponerlo en un compromiso. ¿De dónde venía? ¿Cómo explicaría el traslado hasta mi casa? Un volumen demasiado considerable para un transporte común.
Saludó con una leve inclinación de orejas, torció el cuello dirigiéndome una mirada miope, un poco insegura. Yo quería que se sintiera cómodo, con esos ojos tristes lo único que le faltaba era un mal recibimiento. Le ofrecí de beber y aceptó en seguida.
—Agua —dijo. Y agregó—: Si es tan amable.
Fui al baño y abrí las canillas sobre la bañera, sólo las cerré cuando el agua estuvo a punto de rebalsar el borde. Entonces me debatí un segundo, él aguardaba en el otro cuarto, ¿cómo atraer su atención? ¿Debería intentarlo mediante señas o mediante palabras? Y en este caso, ¿cuáles serían las correctas? ¿Señor o señor rinoceronte? Un chistido se me ocurría impropio.
Por suerte, él mismo solucionó mis dudas. Desde su lugar olió el agua y comenzó a moverse. Se desplazó lenta y cuidadosamente, y si bien tuvo alguna dificultad en entrar al baño por la estrechez de la puerta, lo hizo y bebió.
Me senté apretado en el borde de la bañera y lo observé. Con la boca pequeña en relación a las dilatadas narices, tomaba grandes sorbos, se interrumpía y alzaba la cabeza meditabunda, los ojos perdidos en la pared de azulejos. Trasegaba y el agua descendía poco a poco. Lamió el fondo, las últimas gotas. Le pregunté si quería más. Rehusó con un gesto. —Gracias —dijo. No dio la vuelta para regresar al cuarto de entrada porque la dimensión del baño se lo impedía, retrocedió, girando los ojos hacia atrás para no llevarse nada por delante. Tardó tanto que pude disponer sobre el piso frescos manojos de acelga, hojas limpias de berro, manzanas. Olió y dijo: —Después.
—¿Cómo anda la vida? —le pregunté.
—Difícil —murmuró.
No supe qué contestarle y aguardé sin impaciencia. Aunque fuera lento, sabía que seguiría hablando.
—Me han otorgado estos cuernos para desgracia.
—Son bonitos —aduje.
—Así lo creí yo cuando me servían para una disputa celosa con un rival. Bonitos cuernos, me decían los ojos de las hembras antes de que las conquistara. Ya no.
—La vida pasa —lo consolé gravemente.
—No es la vida que pasa, destino natural de todas las cosas. Es la gente que ha conferido a estos cuernos un valor prodigioso. Nos exterminan sólo por estos cuernos que ni siquiera son como los de un elefante. Los muelen, hacen pócimas. No somos nada. Quisiera no tenerlos.
Apartó la cabeza con el rostro contraído, la boca torcida. Cada arruga que le había marcado la naturaleza desde el nacimiento, horizontales en el espacio de la narices, curvadas alrededor de los ojos, se le profundizó como un surco.
Un sentimiento repentino de piedad y de culpa me tentó, hubiera querido apoyarle la mano en el lomo, pero apenas lo conocía y no me atreví. No hay nada peor que un abuso de piedad. Nos separaban tantas diferencias, de tamaño, de vicisitudes, ¿quién podía estar seguro de lo que necesitaba? En esta oportunidad no continuó. Ya había dicho todo, y con desesperanza.
Masticando pausadamente comió el berro y las acelgas. Acostumbrado quizá a una dieta de texturas y sabores más ásperos, demoró como si fueran alimentos resbalosos. No probó las manzanas que volvió a acomodar sobre la frutera cuidando de no lastimarlas con sus uñas débiles.
—¿Está bien así? —me preguntó.
—Perfecto —dije.
Había anochecido sin que nos diéramos cuenta, su mole me pareció más maciza en la oscuridad. Si llegara a tropezar con ella me haría papilla. Encendí la luz. Él ni parpadeó, estaba abstraído no sé en qué, lejos de la amargura en apariencia. Con el rostro alisado, debía de recordar cuando se bañaba en el agua barrosa de algún río, bajo el sol ardiente. En un momento cerró los ojos, sin duda veía a los pájaros que vivían sobre su lomo levantar vuelo entre agudos chillidos. Apenas emergía del agua los pájaros volvían a él, como retornando al hogar. Todo esto imaginaba en la quietud.
Me apenó alterarla pero lo hice. Ruidosamente cambié las sillas de lugar, miré el reloj, dije ¡qué tarde! y se me escapó un bostezo.
Alzó los gruesos párpados y me dirigió una mirada avergonzada.
—Abusé demasiado —se excusó, y dio un paso parsimonioso hacia la puerta, agobiando la giba del espinazo. No llegó hasta ella, se detuvo para despedirse. —Adiós —dijo.
—Espere —exclamé en un impulso. Pensé que trotaría por las calles desiertas e imaginé su andar sobre el pavimento, trastabillaría en los desniveles y con una sola pata ahondaría los baches. Cuando concluyera la noche, la mañana decidiría su destino. Un destino que ya antes de que entráramos en contacto no era el que merecía, despojado de los cuernos, carne inútil sobre el pasto. Con suerte, después de trotar por las calles, acabaría como curiosidad en el zoológico. Y qué haría él, a salvo pero preso, víctima de tantas miradas humillantes que no podría evitar aunque quisiera. Quizás no tendría un árbol para cobijarse a la sombra.
Sólo dudé un momento. Lo invité a dormir en casa. Debía desearlo porque consintió en seguida.
—Trataré de molestar lo menos posible —dijo.
A partir de esa noche se quedó conmigo. Le proporcioné un lugar cómodo quitando algunos muebles y apartando otros hacia la pared. Desde mi habitación lo oía suspirar. Cuando lo veía excesivamente melancólico, mirando por la ventana el paisaje de la ciudad, salía a comprar tierra en un vivero. La arrojaba en el agua de la bañera. Él entraba en el agua sin tanta dificultad ahora porque había adelgazado, me agradecía el agua barrosa con una inclinación de cabeza, mojaba los cuernos, introducía una pata.
Años más tarde murió de vejez. Un huésped discreto, los ojos siempre tristes bajo los gruesos párpados.
Tigre
Había gente en mi casa, donde se celebraba una fiesta. Difícilmente la alegría puede convocarse por un esfuerzo de voluntad, pero como siempre había festejado mi cumpleaños, había cedido a la fuerza de la costumbre. De este modo organicé mi fiesta, sin convicción, por costumbre.
Mientras bebíamos las primeras copas, mirábamos el habitual paisaje de la noche a través de la ventana que daba al jardín, algunos observaban el cielo con luna menguante.
De pronto, cuando ya la contemplación nos aburría, una de las invitadas señaló con la mano insegura un movimiento entre las sombras. La sombra más densa de un gran animal. Se movía lentamente entre los troncos y el follaje, entre las sombras de los troncos y el follaje.
Era un tigre. En el jardín.
Un rayo de luna iluminó por un instante la cabeza poderosa, el cuerpo elástico. Tanta belleza.
Los otros lo habían descubierto también, reaccionaban con susto. Lanzando grititos, atropellándose en el hablar, manifestaban una especie de perplejidad alterada ante la presencia del tigre en el jardín. Ellos, cuya sola experiencia se remitía a los animales domésticos, vívidamente recordaron historias de bestias cebadas, de colonos inermes sorprendidos en sus campos, indígenas despedazados en la selva. Con los ojos fuera de las órbitas miraban las sombras. Un peligro mortal los acechaba, veían ya la propia sangre esparciéndose de las heridas abiertas, aunque la casa los protegía, aunque fuera inmensa la separación entre el tigre y ellos. En la inquietud respiraban su olor acre junto al olor de la sangre, padecían garras y colmillos, eran cebras y venados.
Alguien gritó y la desmesura del grito los retornó a la realidad. Buscarían ayuda —policía
