1
Ahora sí la música inunda toda la habitación. El disco gira, lo veo moverse desde aquí, gira a todo volumen y por ello casi no me escucho, no escucho los sonidos violentos que produzco con tan solo mis dos dedos índices golpeando el teclado de la máquina, desnudo y sentado frente a la computadora de mi cuarto esta mañana. El golpe que desató la marea ha sido una guitarra partiéndose en dos, el sonido de un platillo que latiga el aire, el bajo que se arroja como un colchón sobre todas las cosas. Después todo ha sido de él. Y de mí. Lo que dice lo pongo de epígrafe, lo escribo en la página, así. Lo que dice es lo que siento o lo que ahora creo que siento dentro de mí. Lo que dice me parece estúpido y quizás yo también lo sea. Estúpido para creérmelo todo, para imaginar que esto es todo lo que necesitaba para hacerlo, salir del baño, sentir el agua helada en el cuerpo, prender la máquina, poner su disco, golpear el teclado, sentir que soy capaz de decir lo que me venga en gana. Escribir…
Desde hace mucho tiempo he intentado infructuosamente convertirme en alguien que escribe un libro o he intentado vivir como alguien que escribe uno o como creía que tendría que vivir alguien que lo hiciera pero durante más de diez años no he escrito una sola línea que me gustara. Hasta hoy. Ahora hay un tibio sol afuera, es setiembre, es miércoles, y yo estoy en Santa Anita, vestido con una camiseta cualquiera y en short, en sandalias. Y ahora, recién salido de la ducha, me doy cuenta perfectamente de que esto es, al fin, el inicio de algo, o de todo, la llegada del día preciso para que algo así sucediera, para contarlo todo. El libro que se ha abierto hace unos segundos en mi cerebro y se ha alineado perfectamente en mi cabeza y en mis vísceras… Que ya tiene título, dedicatoria y epígrafe, también sus dos primeros párrafos, y que se narra a sí mismo. Él solo. A pesar de mí.
Entonces resulta que todo era así. Consiste simplemente en colocar sobre la pantalla que me llamo Gabriel Lisboa y que no se trata de un nombre parecido al mío o de un álter ego producto de la combinación de nombres y apellidos de otros personajes que me gustaron de otros libros y que significan algo especial para mí. Mi nombre no significa nada. Simplemente me llamo Gabriel Lisboa y tengo veintinueve años. O, mejor aún, estoy muy cerca de cumplir los treinta y siento de pronto que al fin he perdido el miedo a cumplirlos. Y también diré que ahora, con esta liberación y esta energía que me dispara los dedos sobre las teclas, tengo la sensación de que al fin empiezo a ver las cosas y a entenderlas, de que las puedo tocar. ¿Por qué me bloqueé durante tantos años?, me pregunto. ¿Por qué ahora tengo las ganas de sentarme a escribir esto y simplemente me siento y lo escribo? ¿Qué cosa me permite ahora unir cada una de estas palabras con la sensación de que al fin vencí a alguien o a algo dentro de mi cabeza y de que cada letra que pongo es pertinente y cae justa y para siempre en la página? Sin duda parte de la razón la debe de tener Lou Reed. Reed cantando «I’m So Free» pero sobre todo «Beginning to See the Light», Lou Reed gritando como un energúmeno disociado de sí mismo, desafinando. Quizás se trate simplemente de eso, de que he aprendido finalmente que la cosa es hacer y no juzgarme. Eso es. De vencerme escribiendo. Y basta.
Entonces yo hago. Leo lo que he escrito y me digo que es necesario empezar a narrar ya, empezar a contar desde alguna parte toda esta historia que tengo incrustada en la garganta. ¿Qué historia? Pues la mía: no tengo ninguna otra historia que contar. Solo puedo contar mi historia porque es todo lo que tengo a estas alturas de mi vida y porque solo yo puedo contarla. Una historia bastante larga y llena de sangre circulando que termina conmigo aquí, esta mañana, escribiendo que voy a escribirla, y que empieza cuando por primera vez empecé a unir palabras como ahora, ante una máquina, durante aquel verano de 1995 en que comencé a trabajar como practicante en una redacción inverosímil de una revista envejecida del centro de Lima. Fue entonces que todo lo que era hasta allí, esa nebulosa de días indistintos que había sido mi infancia, mi adolescencia y los primeros años de la universidad, cobraron un nuevo sentido y se modificaron para siempre. Y me modificaron también a mí. Me lanzaron sin que lo supiera a estar aquí casi diez años después, sentado esta mañana frente a mi máquina porque quiero, sin trabajo fijo y sin ingresos, sin nada salvo la ilusión de que al fin creo saber qué quiero contar y sé cómo hacerlo, en el cuarto que le rento a mis tíos hace años y en el que vivo solo, solo habitado por mis recuerdos, por la imagen de los amigos a quienes acabo de dedicarles mi libro, por los intentos hasta ahora frustrados de escribir, por Fernanda y por las pocas mujeres que conocí antes de enamorarme de Fernanda. Por mí. Un hombre que no tiene nada salvo una historia que le pertenece y la voluntad de lanzarla contra todo. De una buena vez.
Aún recuerdo con claridad la noche aquella en la que mi tío Emilio llegó a la casa con una expresión en el rostro que tía Laura y yo jamás le habíamos visto, como si le acabara de ocurrir algo extraordinario. Hubiéramos creído que se trataba de un objeto precioso encontrado en la calle o que lo habían ascendido en el trabajo si no hubiera sido porque una vez que se quitó el saco me llamó para conversar en la sala y porque en su timbre de voz se distinguía un aire de cierta forzada solemnidad: el asunto tenía que ver conmigo. Recuerdo que intenté pensar en las faltas que había cometido pero no se me ocurrió ninguna. No tenía ni la más leve sospecha de que mi vida, o lo que hasta entonces había sido mi vida, estaba a punto cambiar para siempre:
–Te tengo noticias, hijo –me dijo el tío Emilio de golpe, que siempre me llamaba «hijo»; se había adelantado sobre su asiento y había puesto los codos sobre sus rodillas–. Hay una posibilidad de empleo para ti este verano.
Recuerdo claramente que me quedé perplejo y que pensé que se trataba de una broma. Desde que mis padres se separaron y yo fui a dar, tras varias estaciones, a su casa en Santa Anita, mi tío Emilio había tenido esa clase de gestos inútiles con los que intentaba demostrar que él podía cumplir las funciones que mi verdadero papá, el hermano de su esposa, había dejado de realizar desde que abandonara a mi madre y la dejara sola con su único hijo. Hacía solo un par de años me había querido llevar a la pizzería en la que trabajaba con la intención de que lavara platos o fuera mozo como él, y en aquellas ocasiones mi tía Laura se había opuesto tenazmente a aquellas ideas. Yo siempre le agradecía su ayuda, pero en los últimos años había conseguido emplearme a mi manera: desde que me mantenía en la universidad por cuenta propia había querido demostrarles, y demostrarme a mí, que había dejado de ser una carga para cualquiera. Me sorprendía que esa noche él volviera a insistir con una nueva propuesta: mi tío sabía que ya no aceptaría de ningún modo emplearme en la pizzería en la que él trabajaba, en pleno centro de Miraflores. La sola posibilidad de encontrarme con algún compañero de la universidad, como había ocurrido el verano anterior, me causaba pánico.
–Es en Proceso –le escuché decir entonces. Estaba radiante como sabiendo que de aquella manera conjuraba de un solo golpe todo lo que pasaba por mi cabeza–. Es para trabajar como periodista.
No recuerdo qué hice en aquel momento. Posiblemente permanecí mudo y solo atiné a abrir mucho los ojos.
–En verdad es para practicar como periodista –agregó él, satisfecho de mi reacción–. No hay pago, pero he pensado que yo podría ayudarte este verano con los pasajes. Digamos que es como un costo que podríamos asumir. Digamos que es como una inversión.
Realmente no había entendido lo que acababa de decir, de modo que tuvo que repetirme todo de nuevo y solo entonces empecé a experimentar algo bastante parecido a lo que sentí la primera vez que supe que había obtenido la beca completa en la universidad en la que estudiaba y que de alguna manera justificaba mi presencia en casa de mis tíos Emilio y Laura. Aún era nítida la tarde en que había ido a las cajas de la universidad a recoger mi boleta mensual para tramitarla a través del sistema de préstamo universitario que había adquirido no hacía mucho cuando de pronto me encontré con que mi nombre no aparecía en el sistema de pagos. Inmediatamente pensé que me habían expulsado de la universidad o algo quizás peor, pero el empleado de la ventanilla me informó que había ocupado el primer lugar entre todos los alumnos de Estudios Generales y que por ello no tenía que pagar absolutamente nada por estudiar. Recuerdo que me tumbé en el jardín de la facultad de Derecho esa vez y que de inmediato pensé cómo haría para llegar en un segundo a casa de mis tíos a darles la noticia. Aquella tarde quien había sentido una urgencia parecida había sido tío Emilio, y yo podía ver su sonrisa que se sobreponía a su camisa blanca, a los lapiceros que llevaba en su bolsillo al lado del pecho, al cartapacio que descansaba a su lado en el sofá y en el que seguramente había un libro a medio leer.
–Tenemos cita el día martes en la tarde con el señor Francisco de Rivera –dijo mi tío, tratando de contener sin éxito la sonrisa, sabiendo de antemano que yo tenía deseos de abrazarlo, o de besarlo, o de pararme en medio de la sala y de ponerme a gritar–. Es increíble, ¿verdad?
Lo era. Él y yo sabíamos perfectamente lo que aquella cita significaba y durante la semana que siguió no hicimos sino pensarlo cada uno por separado, en mi caso hasta la extenuación. Era diciembre de 1994 y una vez más yo había acabado el ciclo académico de la universidad haciendo esfuerzos sobrenaturales para obtener el promedio que me colocara entre los cinco primeros puestos de la facultad y me permitiera mantener la beca un semestre más sin abultar la cuenta de mi préstamo. Como todos los fines de semestre, me había tomado algunos días solo para dormir después de la tenacidad de los exámenes, las malas horas de café y Coca-Cola, la ansiedad ante la posibilidad de fallar en los trabajos prácticos. Lo que me tocaba entonces era empezar a buscar un trabajo fugaz para la campaña navideña –siempre aparecían algunos infalibles por esos días– y luego otro para el resto del verano; eso me ayudaría en los gastos del año siguiente, los materiales de la universidad, los boletos del bus y algunas prendas que podría llevar a clase, más allá de los polos que mi tío Emilio recogía de las distribuidoras de cervezas y gaseosas que trabajaban con su restaurante y de las chompas que me tejía a mano la tía Laura. El verano de 1993 lo había pasado pelando pavos para una avícola antes de la campaña de Navidad y Año Nuevo y después me había achicharrado bajo un sol calcinante a la búsqueda de encuestas sobre preferencias electorales para una empresa de opinión pública. De mi última experiencia como vigilante en un supermercado bajo un turno rotativo de veinticuatro horas había salido completamente desmoralizado. Llegué al mes de marzo último atravesado de arcadas, deprimido hasta los huesos y con un deseo voraz de quemar el uniforme que usaba para empezar de una vez las clases en la universidad, aun cuando sabía que ahí me sentiría incluso peor que durante el transcurso del verano. Supongo que de ese tipo de empleos había obtenido la rabia suficiente para estudiar de una manera casi salvaje los ciclos regulares de invierno y tratar de no ser el tipo de hombre que mi padre habría asumido que sería. De ese último verano, además, había extraído la conclusión de que me emplearía en algo que no me expusiera al contacto con los barrios en donde vivían mis compañeros de clase, de modo que nadie sabría la manera en que pasaba los meses de calor en que desaparecía de sus vidas. Me topé a algunos de ellos los sábados en la noche en el supermercado y sufrí lo indecible para encontrar la manera de vigilarlos sin revelarles mi identidad. En los sueños interrumpidos por culpa de los nervios a finales del semestre me decía una y otra vez, con dolor, que ese verano trabajaría en una fábrica cerca de mi barrio, en Santa Anita, o en alguna de El Agustino o acaso en San Luis, o quizás me emplearía de cobrador en la ruta de una combi en la que jamás se pudiera subir alguien que estudiara conmigo. Trabajaría fuera de la mirada de los otros hasta acabar en silencio la universidad. Luego saldría a emplearme en algo relacionado con lo que estudiaba.
Sin embargo, el tío Emilio acababa de decirme que aquello podría ocurrir de inmediato.
Tía Laura se acercó a la sala, se sentó en otro mueble y le preguntó a mi tío cómo así había conseguido aquella cita. No es que lo subestimara, pero le costaba creer cómo alguien en la posición de él había obtenido una reunión con alguien así de importante. Yo también quería saber. La historia de aquella hazaña nos la contó mi tío aquella noche, los tres en la sala, y luego mientras cenábamos, y después, con aderezos, ampliaciones y detalles, todas las veces que pudo hasta la reunión de aquel martes con Francisco de Rivera. Durante todas esas ocasiones yo no dejé de pensar que el tío Emilio era en verdad un hombre especial, un mozo muy distinto de sus compañeros de trabajo y de los mozos de cualquier restaurante de Lima y también de los maridos de las otras hermanas de mi madre, todo lo cual lo había tornado algo retraído y solitario. Mi tío Emilio leía. Y es completamente cierto que la costumbre de llevar siempre con él una novela comercial, un número pasado de Selecciones, o cualquier revista de actualidad sobre universo, civilizaciones y sociedad que alguno de sus clientes le regalaba resultó determinante en la conquista de aquella cita que había logrado en el mayor silencio.
Lo primero que había ocurrido es que gracias a sus hábitos de lector mi tío había sabido reconocer, entre sus clientes, que la figura de ese hombre muy alto, de bigotes entrecanos y voz estentórea que iba seguido a la pizzería le pertenecía a Francisco de Rivera. Mi tío lo había visto en algunas revistas peruanas hablando de los libros de cuentos que había publicado en los primeros años noventa o de su amistad con algunos escritores –Julio Ramón Ribeyro, Antonio Cisneros– junto a los cuales había llegado alguna vez a la pizzería para sentarse en una mesa que él mismo había atendido. El tío Emilio era el único mozo que les hablaba a los escritores de sus obras más conocidas, de los libros que acababan de publicar y de vez en cuando les preguntaba con bastante discreción cómo les iba. Casi todos le tenían cierto cariño y sabían reconocerlo, y algunos de ellos incluso lo trataban por su nombre. De Rivera era uno de ellos.
Una vez, escuchando sus historias, yo le dije que De Rivera era el subdirector de la revista Proceso. Entonces fue que mi tío Emilio diseñó su plan. Durante días ensayó cómo abordaría a De Rivera, preparó palabras y maneras de manifestarle sus ideas, pero cada vez que el personaje de carne y hueso acudía al restaurante para almorzar o cenar con sus amigos, mi tío era sobrepasado por sus nervios y se olvidaba de todo lo que había preparado, o se dejaba ganar por una energía interna que lo paralizaba, y que trataba de desestimar diciéndose que acaso De Rivera estaba acompañado o que se le notaba de un humor extraño. Lo había dejado pasar varias veces hasta aquella tarde en que De Rivera ingresó a la pizzería completamente solo y de buen humor. Entonces no lo pensó. Su cliente se había sentado en la mesa, le hizo algunos comentarios a su mozo acerca del clima de las elecciones que se avecinaban y este, sin pensarlo dos veces, como si su boca se hubiese disparado sola, le dijo, antes de tomarle el pedido, que quería hacerle una consulta de carácter «profesional». De Rivera lo miró por unos segundos y mi tío entonces le dijo que se trataba de «su hijo», que estudiaba comunicaciones en la Universidad de Lima y él quería saber qué necesitaba para hacer prácticas en la revista que él dirigía. De Rivera olvida la pregunta; lo que realmente le intriga es cómo alguien como mi tío podía mantener a un hijo en una universidad como esa. Mi tío entonces le cuenta el asunto del préstamo, de los esfuerzos de su «chico» por estudiar y de la beca completa que obtenía todos los semestres. De Rivera le sonríe y lo felicita, le dice que algunos de sus amigos no podían educar a sus hijos en universidades de ese nivel y le pide la carta. Mi tío se la deja y se va. Después todo ocurrirá como siempre, salvo que al traerle la cuenta mi tío vuelve a insistirle con la pregunta inicial:
–No tenemos presupuesto en la revista para practicantes y este año estamos particularmente ahorcados –le dice De Rivera–. Quizás sería mejor que trabajara en un lugar que le pagara un sueldo.
–Señor De Rivera –le responde entonces mi tío, algo ceremonioso–: Yo sería capaz de pagarles a ustedes para que el muchacho pudiera aprender a hacer periodismo en su revista.
–Tráelo el martes de la próxima semana a las seis de la tarde –concede De Rivera, parándose. Luego le da unas palmadas en la espalda, deja la propina y sale de la pizzería.
Para cuando ese día martes fui a recoger a mi tío Emilio al restaurante en que trabajaba en la calle Mártir Olaya, en Miraflores, ya me quedaba poco de la emoción que había vivido ante aquella historia y la verdad es que a mi tío ni se le habría ocurrido contársela a nadie. De Rivera le había dicho que fuera a la oficina de Proceso, pero no le había dado siquiera una tarjeta. Mi tío había anotado la dirección del sitio de una edición pasada de la revista y le había pedido permiso al administrador de su trabajo para acudir a una cita muy importante y le había explicado a su superior en qué consistía la cita. Cuando me vio llegar a su local me hizo una seña con la mano y a los minutos salió sin su uniforme, bastante apresurado. De la seguridad que tenía cuando me contó cómo había logrado esa reunión con De Rivera ya no le quedaba nada. No hablamos una palabra durante la caminata que hicimos por la avenida Ricardo Palma y tampoco en el bus que nos llevó por toda la Vía Expresa y luego por las avenidas Wilson y Tacna. En cierto momento, presa de un incipiente nerviosismo, mi tío me dijo para tranquilizarme que aquello era solo una cita de trabajo más y que habría otras, pero tanto él como yo sabíamos qué nos jugábamos esa tarde, éramos conscientes de que dependíamos enteramente de la memoria de Francisco de Rivera. Durante mi vida universitaria había sido entrevistado dos veces para puestos que no implicaban trabajo físico o manual –una para enseñar en una academia preuniversitaria y otra para trabajar en una radio– y en ambas había sido rechazado. En cada oportunidad el fracaso había equivalido a un verano de trabajo duro y sudoroso en la calle. Y esta vez podía ser similar.
Ninguno de los dos podía imaginar que nos esperaba una tortura lenta y minuciosa aquella tarde. Después de esquivar a duras penas a los ambulantes que se apostaban en los flancos de la avenida Emancipación, y de sentarnos en las bancas del jirón Camaná, frente al local de la revista, esperamos casi una hora hasta que llegó el momento, y entonces mi tío y yo cruzamos la calle, entramos en el edificio, subimos las escaleras hasta el piso en que se ubicaba la revista y una vez que nos anunciamos nos hicieron pasar a una pequeña sala oscura luego de atravesar un largo y oscuro pasillo tachonado de puertas cerradas: allí esperaríamos la cita con De Rivera. Permanecimos en aquel lugar cerca de tres horas, sin que nadie reparara en nosotros, y en ciertos momentos de esa espera yo pensé que la entrevista era falsa, o que De Rivera se había olvidado completamente de ella. De modo que durante bastante tiempo pude presenciar la angustia mal disimulada de mi tío, acaso avergonzado por haberme llevado en su aventura hasta tan lejos, pero diciéndose, al igual que yo, que si nos habían abierto las puertas de vidrio de la redacción era por algo. Pensar en él a veces me sacaba de mí, de la sensación de nerviosismo propia de saber que podría estar hablando dentro de unos pocos minutos con De Rivera. Yo también lo había visto en entrevistas pero la verdad es que no conocía casi nada de periodismo. Había llevado solo un curso introductorio, en el que apenas habíamos escrito nada, y apenas había escuchado teóricamente la jerga profesional, pero realmente deseaba tener las agallas suficientes para conseguir aquella práctica y empezar a trabajar de una vez por todas en un medio de comunicación. Tampoco quería dejar mal a mi tío y deseaba que el enorme sacrificio que había realizado para darme esa oportunidad tuviera algún sentido. En algún momento de esa espera fui consciente de que empezaba a verlo con ojos distintos, y de pronto el orden de su pelo y sus canas, su cartapacio de siempre, los libros que habría guardado en él y de los que me hablaría en cierto momzamisa, sus dientes chuecos, todo eso le pertenecía a un hombre que empecé a desear con toda mi fuerza que fuera mi padre.
Para cuando la voz de De Rivera atronó en el pasillo de la revista Proceso gritando el nombre de mi padre, o el de mi tío que esa noche era mi papá, una fuerza desconocida se había apoderado de mí. O acababa de brotar. Allí estaba frente a mí la oficina del subdirector de la más feroz y prestigiosa revista de oposición del país tal como aparecía en algunos de los cuentos que él mismo había publicado: los armarios, los muebles, los tomos empastados. Y allí estaba el subdirector y escritor, exacto a como lo había visto hacía algunos años en un programa de televisión y en las solapas de sus libros: los ojos hundidos y vivaces, la nariz aquilina, el bigote frondoso sobre la boca y la calva perfectamente delineada y brillante. Y allí estábamos mi papá y yo. Primero lo saludó a él y luego dirigió toda su atención sobre mí. Fue la entrevista más corta de la que pueda tener recuerdo. Y también fue la única que tuve que afrontar para conseguir un trabajo en mi vida. De Rivera revisó los papeles de la Oficina de Bienestar Universitario que llevaba conmigo y que indicaban, uno a uno, que era el alumno terriblemente aplicado de la universidad que estudiaba gratis en ella debido a sus calificaciones y después me miró a los ojos con un rostro de total satisfacción. Luego me preguntó solo una cosa:
–A ver, viejo –escuché su voz potente–, ¿sabes redactar?
–Sin duda –mentí, tal como había hecho mi tío en su momento; mientras, trataba de recordar las categorías que había aprendido a duras penas en mi clase de introducción al periodismo–. Puedo escribir artículos, redactar leads o gorros, encontrar las pepas, escribir crónicas –le dije. Nada de eso era verdad.
–Muy bien –dijo De Rivera–. ¿Te va la política? ¿Te gustaría entrevistar congresistas, jueces, ministros?
–Encantado.
Y eso fue todo. Posiblemente De Rivera dijo «Muy bien», seguramente ordenó los papeles y después levantó el teléfono de su escritorio, el único de esa amplia oficina, y dijo, en tono cortante: «Santos, a mi oficina». Seguro me sonrió, como hace siempre, mientras esperamos unos segundos la llegada de un hombre de mediana estatura y pelo negro, lentes de aluminio, saco de corduroy y mirada serena al que presentó como el coordinador de la sección política. «Este es Gabriel Lisboa –le dijo, entregándole los papeles, en un tono entre solemne y divertido–. Nuestro nuevo joven colaborador en “Mar adentro”. Empieza este viernes.»
Después de eso todo resultó como una escena que flotaba pero a la que yo seguía adherido. Luego de los apretones de manos finales mi tío intentó balbucear una frase de agradecimiento pero De Rivera le hizo saber con un gesto que no era necesario. No recuerdo nada de lo que pasó una vez que dejamos esa oficina en las instalaciones de Proceso y tampoco en la calle, cuando sobre el jirón Camaná había caído la noche. Tengo la imagen de que en el bus de vuelta, que tomamos bajando en Puente de Piedra a la espalda de Palacio de Gobierno y en el que íbamos colgados de los pasadores, yo no paraba de reír y de sentir una emoción similar a la que he sentido al empezar a escribir este libro: la idea de que mi vida tenía una dirección y de que ahí estaba mi tío Emilio para atestiguarlo. Fue la primera vez que ambos nos abrazamos, o que yo tengo el recuerdo de que lo hicimos, y que nos reímos mirándonos a los ojos durante mucho rato, sabiendo que esta vez la victoria al fin había estado de nuestro lado.
¿No había sido increíble? Esa noche le contamos una y mil veces la entrevista a la tía Laura, que calentaba la comida del día y que miraba a su esposo y a mí, a los dos hombres que vivían en su casa, con una calidez y un orgullo que me hicieron pensar que acaso sí éramos una familia. Yo les decía una y otra vez cómo había mentido en la entrevista, porque no sabía redactar, pero iría con las antenas abiertas para aprender a hacerlo ahí, en la práctica. Todo de pronto parecía estar alineado para que a partir de entonces mi vida tomara otro rumbo. Y durante los días siguientes fui completamente consciente de la importancia de todo lo que vendría. Y me sentía listo para afrontarlo. Solo a ratos, mientras pasaban las horas, algo empezó a inquietarme. Era la imagen de De Rivera atajándonos con su voz potente a mi tío y a mí cuando franqueábamos el umbral de su oficina para salir de ella. Estaba ahí, sentado en su oficina, en medio de un montón de papeles y flanqueado por Santos.
–Ah, Gabriel –recuerdo que dijo–. Ven con buen humor el viernes.
Lo miré sin entender.
–Tenemos un director abominable.
Y se rió.
2
Aquel día llegué solo al edificio de Proceso, en el jirón Camaná. Recuerdo que temblaba, y que trataba de ocultar como podía mis nervios. No recuerdo qué me puse, pero sí que atravesé ese día sabiendo que no lo iba a olvidar jamás. Para empezar llegué exageradamente temprano a la oficina. Con el tiempo sabría que las nueve de la mañana es una hora escandalosa para un periodista de revista de actualidades, y que la noche sería el lugar al que me tocaría pertenecer de ahí en adelante, pero aquella vez lo ignoraba. Desde mi llegada experimenté una total extrañeza. Aquel era el mismo lugar en el que había estado horas atrás pero de pronto, a la luz del día, bajo la luz de diciembre que intentaba iluminar inútilmente sus interiores, el edificio parecía sumido en un sopor surreal. La bóveda de ingreso, la escalera en espiral y los cinco rellanos hasta el piso seis de la redacción lucían distintos, desolados. Lo mismo la mujer que, tras identificarme en la puerta, me condujo a la sección «Mar adentro», una oficina cuadrada de techos muy altos que se encontraba una puerta antes del despacho de De Rivera en el largo pasillo que tres noches antes habíamos dejado con inmensa alegría mi tío y yo. El lugar estaba desierto. Nadie ocupaba los cuatro escritorios replegados contra sus paredes y tampoco el viejo sofá que daba la espalda a la única ventana del sitio, a través de la cual se podía obtener una vista lánguida a un tragaluz típico de construcción antigua del centro de Lima. Todo el ambiente parecía desbordado por los restos de lo que había sido una batalla: papeles, ceniceros atiborrados de puchos, libros abiertos con marcadores, archivadores anaranjados, tazas de café ya helado. El tiempo que pasaría solo en ese lugar, a la espera de algún compañero, me llevaría a revisar detenidamente los cuatro sitios libres: los más grandes y aparentemente más importantes estaban pegados a las paredes contrarias a la puerta y lucían gruesos tomos de material informativo a todas luces importante; el que se encontraba frente al sofá y a la ventana tenía detrás un panel con fotos de artistas de telenovelas, películas y estrellas de la farándula. En la esquina opuesta a los importantes, a un lado de la puerta, más pequeño que los demás, el único que parecía ordenado, o más bien desierto, apenas albergaba algunos fajos de papeles tras una luna de vidrio en la que pude reconocer las fotocopias de dos caricaturas de escritores. Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Me senté en una silla al lado de ese escritorio, cuidando de no ocupar un sitio que no me correspondía, y, nervioso, impaciente, como sumido en un sueño detenido o atemporal, me puse a esperar todo lo que pude en medio de la sala vacía. Solo después noté la pequeña computadora Mac que había entre los dos escritorios más importantes.
El primero en llegar fue un hombre de camisa rojo indio, pulsera de cacho de toro en una muñeca, pantalón jean negro al cuete, un bigote de galán mexicano y ojos delineados de mujer que se presentó como Tito Najarro. Su aparición me tomó por sorpresa. Se sentó en el escritorio de los afiches de la farándula y empezó a ordenar sus cosas con premura, aunque de un modo gracioso y a ratos saltarín; en cierto momento me vio sentado allí, completamente mudo, y me preguntó de buenas a primeras si yo era Gabriel, y le dije que sí. «Ay, el nuevo cachorro de “Mar adentro”, dijo con una sonrisa amplia: me dio la mano de una manera sensual, me lanzó una mirada coqueta de ojos brillantes que no me quitaría de encima todo aquel verano, me dijo que ocupara el escritorio que estaba a mi lado, y siguió ordenando sus cosas. «Ya conocerás a los otros muchachos», dijo después.
Los otros «muchachos» eran un par de hombres de más de cincuenta años que con el paso de los días se convertirían en el salvador y el ogro de mis peores pesadillas. Juan José Santos, cuya llegada a la oficina una hora después me indicó que todo aquello era una extensión de la experiencia del martes, y por tanto real, era la figura buena: un hombre delgado, silencioso y discreto que vestía como un elegante agente de investigaciones –sacos de corduroy, lentes fotogrey de metal, camisas y cartapacios– al que todos llamaban Ketín por su parecido con el general de policía que había capturado hacía tres años al cabecilla del grupo terrorista Sendero Luminoso. El otro, el último en llegar a la redacción esa mañana y todas las mañanas que trabajé en Proceso ese verano y el siguiente, era el gordo Saúl Vegas. «Es amoroso –me había dicho Najarro–, aunque algo gruñón.» Ahora sé que lo hizo para aliviar la impresión que me causaría aquella tarde y los días siguientes. Vegas excedía infinitamente ese calificativo y cualquier otro para referirse a su mal humor. Era un hombre ya mayor, de unos cincuenta y cinco años aunque parecía de más, acaso por su peso exorbitante o porque vestía a la manera de las viejas redacciones de los diarios: camisas de colores claros, tirantes extraordinarios y pantalones que a duras penas podían contener su humanidad. Llevaba además los pelos engominados y hacia atrás, como los actores de las películas antiguas, y tenía un rostro poco amable: su nariz era potente y parecía siempre dilatada, y sus labios, gruesos e intensos, se torcían de una manera que, en conjunto con sus ojos incandescentes, hacían recordar las expresiones de los más feroces dioses prehispánicos. O eso me parecía a mí. Aquella mañana de diciembre, sin embargo, lo primero que me impresionó fue su voz. Vegas llegó raudo a su escritorio –el más grande, como era de suponerse–, atendió apenas lo que Tito trató de decir sobre mí a manera de presentación y casi no respondió mi saludo; apenas masculló algo ininteligible con esa voz terrosa y acezante que ponía los pelos de punta y luego empezó a quejarse del cierre anterior, de la pocilga en la que trabajábamos y de los gazapos lamentables que habían manchado la edición de ese jueves. Mientras lo hacía revisaba con desdén los periódicos y miraba desalentado el desorden de papeles de su escritorio. Cuando a eso de la una de la tarde llegó De Rivera y los llamó a todos «a reunión», solo Santos y Vegas se pararon y salieron de la oficina llevando ejemplares de la revista y sus agendas y libretas. Najarro me prestó el último Proceso y al revisar el postón de créditos me enteré de que Tito era redactor, Santos el coordinador de la sección «Mar adentro», y Vegas el editor central de actualidad política de la revista; un área que, estaba claro, no solo comprendía esa oficina. Aquello me generó un sobresalto. Najarro me recomendó leer la revista para ir empapándome de su estilo, y me dijo, para tranquilizarme, que yo era practicante de «Mar adentro»: Juan José Santos era mi jefe directo.
Fue después de unos minutos que empezaron los gritos. Estaba revisando el ejemplar de la última edición, que mostraba en la carátula las disputas por el poder del comandante general del ejército peruano y un asesor de inteligencia del presidente, cuando empecé a sentir los golpes enloquecidos de alguien que parecía hacer pedazos un mueble o arrojar un objeto contra la pared con la intención de desintegrarlo. Parecía un poseído o un alma en trance recorriendo el viejo edificio de Proceso. Recuerdo que me asusté tanto que quise decirle algo a Najarro pero me detuvo la vista de los muebles vacíos a mi alrededor y la actitud de mi nuevo compañero, que leía las secciones de espectáculos de los periódicos con total indiferencia. Cuando los gritos alcanzaron un nivel intolerable, como el de un sujeto sometido a un exorcismo, Najarro levantó el rostro y miró con gracia el rostro del adolescente que tenía frente a él y que seguramente componía un rictus de pánico.
–Es nuestro director –me dijo, con una sonrisa y un parpadeo coqueto–. Ya te acostumbrarás.
Pero nunca lo hice. Y a partir de ese día, y los que vendrían, la yuxtaposición de la figura de aquel director diabólico sobre la no menos intimidante de Saúl Vegas me hicieron desear despertar para siempre de aquella experiencia absurda que se iba tornando un mal sueño. Tras la reunión de edición, en la tarde, nadie me dijo nada de lo que me tocaba hacer, y después de eso mi vida de practicante sin sueldo en una sección que a todas luces no me necesitaba se limitó a nada. Los últimos días de diciembre de ese año los pasé leyendo en mi escritorio los periódicos del día o fingiendo que los leía, contestando llamadas telefónicas para otros, o dando vueltas y conociendo los alrededores del centro de Lima. (Una tarde, en el colmo del atrevimiento, le pedí permiso a Santos para salir. Santos se rió, quizás porque lo traté de «Señor Santos» o por lo absurdo de mi pedido, y me dijo que saliera cuando me diera la gana: éramos periodistas, no trabajadores de una fábrica.) Cuando estaba en mi sitio veía atentamente a Vegas y a Santos y a Najarro hablar con congresistas, ministros y autoridades con una enorme familiaridad sobre temas que yo desconocía por completo. Mantenía la vista enterrada en los periódicos preguntándome qué diablos podría aportar un chico de diecinueve años en un sitio así. Los días eran largos y francamente penosos, y yo me sentía el ser más inútil del mundo.
La primera «misión» periodística que recibí ocurrió en 1995 y me enseñó claramente de qué manera todos temían al director. Un candidato presidencial con pocas intenciones de voto iba a realizar una gira al interior del país y en Proceso habían decidido que yo lo acompañara para que me «fogueara y entendiera de qué trataba el periodismo». Así fue como me lo explicó Santos, y por toda instrucción me dijo que «debía estar atento a todo, cubrirlo todo, tomar notas, traer una historia». Nada más. Fue un viaje lleno de ansiedad en que anoté mil cosas absurdas pensando traer algo que contar pero sin saber qué. De pronto, con esfuerzo, decidí que me podría detener en la hija adolescente del candidato, producto de su unión con una mujer europea que extrañamente no se encontraba en el país ni formaba parte de la campaña. ¿Sería esa pequeña su primera dama en caso de que accediera al poder? ¿Qué ventajas tenía? Durante el viaje intenté hacer contactos, pregunté por ella a varias personas, reuní algunos datos y al llegar a Lima le ofrecí a Santos mi historia: este candidato no tenía primera dama lo mismo que el presidente dictatorial que buscaba reelegirse y que había sido acusado de electrocutar a su mujer en Palacio de Gobierno. Aquello beneficiaba al candidato democrático con más chances en las elecciones y al que Proceso apoyaba: un ex secretario general de las Naciones Unidas casado hacía muchísimos años.
–No está mal –me dijo de pronto Santos, con cierta sorpresa, sentado en su escritorio–. ¿Tienes fotos de la niña?
–¿La hija del candidato?
–Claro –refunfuñó–. Viajaste con Vilca, ¿verdad? Él habrá tomado buenas fotos, tú seguro le indicaste…
Me quedé mudo. Nada de eso había ocurrido. Santos compuso un gesto de compasión y luego de cólera. Después, visiblemente cansado por el trabajo que lo agobiaba a esa hora de la noche en que le ofrecía mi «nota», cogió un ejemplar de Proceso y me señaló el subtítulo del logo de la revista.
–¿Ves lo que dice aquí? –me dijo.
–«Ilustración peruana» –leí, titubeando.
–Entonces pues, Gabriel –dijo, en voz más alta–. Deja de joderme hablándome de una nota que no tiene foto. Perdemos tiempo, carajo, ¿no te das cuenta? Si voy donde el Ogro a proponerle una nota sin foto me cuelga de las pelotas, ¿entiendes? ¿Entiendes?
–Sí, señor Santos –le dije apenas–. Entiendo.
Aquel cierre de edición igual escribí mi historia porque un par de horas más tarde, quizás sintiéndose mal por la rudeza de sus palabras, Santos me dijo que la redactara a ver si tenía alguna «opción» de salir en «Mar adentro», aunque fuera sin foto. Me pasé dos días borrajeando a mano y cambiando mi texto sobre el papel, tratando de imitar los giros castizos y la dicción de los artículos que hasta entonces había leído de la revista. No sabía siquiera la extensión. El martes a la medianoche, cuando debido a los avatares del cierre todo el mundo pasaba a mi lado sin notar mi presencia, le dejé el texto impreso a Najarro, indicándole que se lo diera a Santos en algún momento de la noche. A la semana siguiente, por supuesto, no había aparecido una sola línea de mi trabajo.
Esos primeros tropiezos hicieron que temiera aún más a Vegas. Cuando entraba al habitáculo en que estábamos los cuatro y se sentaba sobre su enorme escritorio, bufando, una creciente ansiedad se apoderaba de mí y yo rogaba secretamente no quedarme nunca a solas con él. Por lo demás, no me acostumbraba completamente a mi labor. Desde la invisibilidad del escritorio en que estaba sentado, me dedicaba a leer ávidamente los periódicos y a pensar en temas políticos para las «pastillas» de «Mar adentro», tal como me había encargado Santos, que a los dos días se había dado cuenta de que yo no sabía absolutamente nada de la actualidad. Leía y leía noticias, y poco a poco empezaba a reconocer aspectos de la coyuntura, nombres de autoridades y cargos específicos, temas de agenda que todos los medios abordaban, aunque no se me ocurría ninguna idea para la sección, nada que resistiera el paso de la semana o que los diarios no tocaran extensamente. Durante horas tenía la mente en blanco y deseaba huir de la oficina. Vagaba por las calles del centro de Lima sintiendo muchísima pena, imaginando los esfuerzos de mi tío Emilio trabajando también a esas horas en la pizzería desde la que me había conseguido ese puesto y en la que acumulaba las propinas con las que costeaba mis pasajes. Los viernes y sábados solo leía. Los días de cierre de edición –lunes y martes–, Santos me daba dos o tres temas para escribir algunas pastillas de la sección, textos de apenas cien palabras. Yo leía todos los periódicos relacionados con las noticias de mis temas, anotaba todo en mi cuaderno como si fichara información para un trabajo universitario, y empezaba a redactar a mano, sobre los papeles de mi libreta, la información que trataba de procesar para los textos de «Mar adentro».
Redactar era la cosa más ardua del mundo. La peor. Aquella que solo cabezas grandes o privilegiadas, como las de Ketín, o Vegas, podían realizar. Yo me ahogaba en el primer párrafo porque no tenía la menor idea de cómo arrancar mis textos, dónde colocar los signos de puntuación –las comas y los puntos– y mucho menos de qué forma dosificar la información que obtenía de llamar por teléfono a las personas que protagonizaban los hechos. Leía hasta el mareo los textos que los redactores escribían para «Mar adentro», esas notas que habían sido planificadas a principios de semana para ocupar algunas páginas de la revista y que terminaban reducidas a un párrafo o dos, acaso a un recuadro, en esa sección desangelada de informaciones políticas, y la verdad es que no podía encontrar la lógica que las organizaba; pasaba horas de ansiedad mirando silenciosamente las caras fotocopiadas de Cortázar y Borges bajo el vidrio de mi mesa, juntaba una y otra vez palabras en la zozobra, y cuando, en cierto momento, tras cuatro o cinco horas de lucha ardua, creía tener la versión más limpia posible, esperaba pacientemente a que Vegas y los otros salieran a cenar para entrar a trabajar en la computadora de la sección casi con el pánico de un delincuente abriendo la caja fuerte de un banco por primera vez. Allí pasaba en limpio mis pastillas, que ellos llamaban «mares», escribiendo lo más rápido posible. Después grababa el documento en un disquete y al borde de la medianoche se lo dejaba a Santos sobre su escritorio. Salía a caminar por las calles del centro de Lima, pensando que esta vez sí había hecho las cosas bien, y bajo la noche cerrada me movía con aprensión por las calles desiertas hasta llegar al paradero del Puente de Piedra, detrás de Palacio de Gobierno, donde esperaba la combi que me llevaría a través de todo Evitamiento rumbo a mi casa. El día siguiente, miércoles, lo vivía sumido en una extraña ansiedad. Y el jueves, de pie en el quiosco más cercano de mi casa, comprobaba una y otra vez que jamás publicaban nada de lo que escribía. Cuando una vez descubrí un «mar» que me pertenecía, que mostraba un mapa pequeño con un lío de tierras en Puno que yo había conseguido, el texto no tenía una sola seña que me recordara al que yo había compuesto con tanto sacrificio.
Ahora que escribo esto con la seguridad de los signos de puntuación y del orden de mis ideas, y que recuerdo aquellos días de lucha a ciegas, me pregunto qué habría pasado si las cosas se hubieran mantenido tal y como estaban hasta ese entonces, con Santos a la cabeza de la sección. ¿Alguna vez habría empezado a aprender? El viernes siguiente, casi de fines de enero, algo insólito ocurrió. Tito Najarro y Saúl Vegas llegaron algo más tarde de lo habitual, y Ketín Santos nunca apareció. A la hora de la reunión, cuando Vegas dejó refunfuñando la oficina, luego de hacer algunas llamadas a contactos suyos para llevar temas a la reunión en la que los gritos del director ensordecerían el edificio, Tito saltó de su escritorio al mío a contarme que Ketín había abandonado la revista. Me quedé helado, pero Tito me calmó. Lo que había pasado con Santos había ocurrido muchas veces en la redacción de Proceso. Al parecer hacía mucho tiempo que trataban mal a Ketín. Tito no sabía si era porque era incompetente –a mí, por supuesto, no me lo parecía; yo secretamente envidiaba sus maneras y sus trajes–, porque se dejaba intimidar por los otros o porque se dejaba «cholear»: lo cierto es que de un momento a otro la culpa de todo lo malo la tenía él, las noticias se desaprovechaban por su dejadez, él era el culpable de que se cayeran las notas. Uno de estos últimos días, cuando yo ya practicaba en la revista, Ketín había tenido una explosión de cólera en la oficina del director, mezcla de los tratos terribles que recibía y de que le debían varios meses de sueldo –Najarro me contaría que en verdad a los redactores siempre se les debía meses de sueldo–, y simplemente había mandado a la mierda al Ogro y a todos los demás. El lunes siguiente, sin embargo, había regresado a trabajar como siempre, lo que hizo pensar a la redacción en pleno que en verdad no quería marcharse: todos los demás redactores o editores que se habían ido alguna vez de Proceso lo habían hecho a gritos, a golpes de puño contra el director, o llevándose consigo, a la fuerza, una máquina de escribir, rollos de película o un carro de la empresa según el rango de cada quien y la cantidad de dinero que se le debía. Ketín no hizo eso: cumplió todos los pasos de los últimos cierres de edición sabiendo que eran los últimos, escuchó los gritos del director con el placer secreto de que serían los finales y hasta se refociló al dejar mal puestos algunos datos dentro de las notas. No informó a ningún colega de su renuncia y de que jamás lo volverían a ver. En realidad no hizo nunca amigos dentro de Proceso. En la mañana del miércoles, tras el cierre, retiró todas sus cosas con prolijidad como para indicarnos a nosotros que no volvería nunca más. Najarro, Vegas y yo encontramos esa mañana sus cajones completamente vacíos y los pocos documentos de interés para la revista en perfecto orden sobre su escritorio.
Inmediatamente me sentí como un huérfano en el centro de la oficina de «Mar adentro» y temí lo peor. Santos había sido hasta entonces la única garantía de que yo ocupaba un lugar real en ese espacio: Najarro me miraba a ratos con cierta amistad, pero a ratos con otro tipo de interés, y me hablaba de cualquier cosa menos de periodismo; De Rivera me había visto solo un par de veces en los pasillos y me había saludado de buena gana, pero su presencia era alta e inalcanzable; Saúl Vegas no me quería para nada. ¿Qué pasaría conmigo? Ese día salí a almorzar un menú solitario con más angustia que nunca y regresé a la redacción haciendo un enorme esfuerzo. Tras la reunión y sus gritos ensordecedores, tras los gruñidos del gordo en la oficina y los disfuerzos y muecas de Tito que siempre iba detrás de él haciéndolo reír con sus frases, llegó a la oficina un redactor mucho más joven, de algo poco más de treinta años –la edad a la que me acerco yo ahora– y que no llevaba camisa y pantalón como se esperaría de un periodista de política sino un polo a rayas, un jean raídos, anteojos de carey y unas enormes sandalias de hippy que hacían juego con su pelo amarrado en una pequeña cola, aun cuando todo él proviniera solo de los flancos de la cabeza y de la nuca. Su voz era sonora y cómica, y su acento, claramente arequipeño, me parecía espléndido: se llamaba Silvio Carranza y se iba a hacer cargo de la sección «Mar adentro» por unas semanas. Sería mi nuevo jefe directo.
A Silvio lo había visto antes, como a otros varios redactores de la revista, caminando por el pasillo principal de Proceso, pero nunca supe quién era ni qué hacía. Hasta ese día. Me enteré de que se había encargado de las noticias regionales pero que a partir de ahora relevaría a Santos aun cuando no trabajaría en su escritorio, sino en el suyo propio, de manera que coordinar con él me conduciría a conocer por fin los otros espacios físicos de la revista, aquellos en los que funcionaban esas secciones que yo apenas conocía por su ubicación en la página de créditos: seguridad, sociales, inactuales. La revista en verdad ocupaba muchas oficinas de los pisos seis y siete de ese edificio, y Silvio trabajaba un piso arriba de mí, en un despacho que compartía con el hijo del director. A partir de su llegada a «Mar adentro», mi rutina semanal cambió drásticamente. En la oficina cuadrangular seguíamos trabajando Vegas, Najarro y yo, indiferentes al asiento vacío de Ketín, a un lado; los viernes, antes y después de la reunión de edición, recibíamos la visita de Silvio. Tras la metralla de gritos del director, él me conducía a su oficina y me asignaba dos o tres casos políticos que yo debía seguir durante la semana mediante lecturas de periódico y llamadas a sus protagonistas. Silvio tenía otro estilo de mandar; se tomaba su tiempo. Casi siempre me tenía que explicar qué cosa era qué –yo aún tenía ideas vagas de qué diablos podía ser la Oficina Nacional de la Magistratura, el Tribunal de Garantías Constitucionales, la Contraloría General de la República…– y por sus breves charlas didácticas yo imaginaba que su cabeza contenía todo el Estado con sus estamentos, mecanismos y protagonistas. Me explicaba a vuelo de pájaro qué función cumplía cada una de esas instancias y a qué se dedicaban; qué cosas hacían los «sujetos» –así llamaba a las personas él, a veces también «individuos»– que trabajan en ellas, esos personajes que seguro eran unos «facinerosos» a los que yo debía seguirles «el rastro». Silvio hablaba así, empleaba un castellano que me obligaba a ir al diccionario constantemente y al hacerlo era plenamente consciente del efecto cómico que generaba y que a mí me hacía reír. Luego de anotar cuanto él me decía, sin distingos, en mi bloc, me iba a buscar los teléfonos y a pasar lo más despistado posible, muy ocupado, ante los ojos inclementes de Vegas, que siempre gruñía cuando pasaba a su lado. Hubiera dado un brazo por mudarme al piso siete.
La brecha que separaba a Silvio de Ketín la descubrí el primer día martes, al momento de irme a casa antes de que el fragor del cierre reventara en mis oídos. Como siempre, había esperado la ausencia del gordo para pasar a limpio mis pastillas, corregirlas, dárselas a Silvio en un documento e irme. A diferencia de Santos, que recibía el disquete y me daba las gracias y un «Ya te puedes ir», Silvio colocó el disco en su computadora, abrió el archivo y luego de decirme que no me fuera se sentó a leer mis textos. No los editó. Llevó sus manos al teclado para empezar a cambiarlos pero luego desistió.
–Las ideas están ahí –dijo después de un rato, mirando el documento de Word como un médico que escudriña unas placas radiográficas y lanza un diagnóstico; después se volteó hacia mí y me habló por encima de sus anteojos–. La redacción es atroz.
–Perdona, Silvio –creo que le dije. En verdad no se me ocurre que le haya podido decir otra cosa.
–Nada que perdonar, viejo –me dijo, con una media sonrisa–. Tienes las ideas, y aunque no lo creas eso es lo único importante. Lo que falta por todos lados es precisamente eso: ideas.
Silvio prendió un cigarrillo y se volvió a concentrar en unos papeles que tenía a un lado, seguramente el material de lo que redactaría ese cierre y que, como a todos, lo tendría ocupado hasta las seis o siete de la mañana del día siguiente. Yo me fui de su escritorio y de la oficina de «Mar adentro» completamente desmoronado. El jueves no se me ocurrió ir al quiosco a husmear la revista y el viernes siguiente llegué a Proceso y vi en la edición reciente mis pastillas completamente transformadas bajo un orden que no era el mío, aun cuando ahora sí creía distinguir en ellas los restos de las oraciones que yo había compuesto. Silvio entró a la oficina como todos los viernes a hablar con Vegas y apenas me saludó. Solo cuando estaban por salir a la reunión se detuvo un momento para dirigirse a mí en voz alta desde la mitad de la habitación.
–Oye, Gabriel –me dijo–. Sabes lo que es la «pepa», ¿no?
Traté de recordar lo que había aprendido teóricamente en mi curso de Introducción al periodismo.
–La parte más importante de la noticia –recité, casi de memoria.
–Así es –me dijo Silvio–. Es lo más importante. Por eso va arriba del texto. ¿Entiendes? Lo más importante, el corazón de tu texto, lo que busca el lector, la información, eso va arriba. La primera línea es siempre esa. Siempre. ¿Okey?
Silvio tenía los brazos levantados porque había acompañado sus palabras con un gesto enérgico dibujado en el aire a fin de que no lo olvidara. Lo logró. Lo recuerdo ahora perfectamente, cerca de once años después.
–Entiendo –le dije.
Aquella fue la primera lección de periodismo –y de escritura– que recibí en mi vida.
3
A la semana siguiente, cuando le llevé mis textos a Silvio, y sabía que el núcleo de la información abría todas y cada una de mis pastillas, estaba seguro de que había mejorado. Colocar la pepa en el arranque me había ahorrado las dudas y me había servido para organizar la información mejor y ajustarla de un modo más eficaz dentro del párrafo, todo en función de ese punto de apoyo fundamental. Silvio abrió el documento y una vez más lo vio delante de mí. Esta vez sí empezó a intervenirlo a la vez que le daba bocanadas a su cigarrillo.
–No uses punto y coma, ¿está bien? –me dijo, sin dejar de mirar la máquina–; en «mares» eso no sirve. Solo puntos seguidos.
Asentí.
–Usa puntos para separar ideas. Si tienes ideas, estas se separan por puntos. Una idea, un punto. Los textos, todos los textos, son cadenas de ideas. Por eso están separados por puntos. Tienes las ideas. Debes separarlas por puntos. Siempre.
Continuó leyendo.
–No adjetives; eso es de señoritas relamidas y de poetas. Sin adjetivos. Con ellos perdemos seriedad.
Le dio una calada al pucho.
–Si tienes ideas sólidas, tus textos serán breves. Textos larguísimos casi siempre denotan falta de ideas. –Y aporreaba el teclado.
La semana siguiente me pasé revisando los «mares adentro» como si fueran fórmulas matemáticas, los escribí en la máquina del gordo Vegas con rabia y sed. Carranza miró con atención el texto y empezó a corregirlo. Cada sonido de las teclas en la máquina me causaba un dolor casi físico, pero difícil de localizar. Definitivamente habían sido muchos menos que la vez anterior. Tras exhalar un suspiro y darle una pitada a su cigarrillo, Silvio me miró con un gesto que aún hoy no termino de olvidar.
–En líneas generales está bastante bien –me dijo–. Parece que has dejado de ser un bárbaro.
Aquella fue la primera noche en la que salí realmente contento de Proceso. El miércoles y el jueves no quería estar en casa de mis tíos, salvo cuando les podía contar de Silvio, de Najarro, de Vegas; moría por llegar a la redacción y escribir de un modo tal que obligara a Silvio a no corregirme nada. El día viernes, ya apoyado en mi escritorio –ahora sí sentía que lo era, no me cabía duda de eso–, pude leer una y otra vez mis «mares» publicados en las páginas de la revista de una manera bastante aproximada a como yo los había escrito. Ese día, después de la reunión, Silvio me dijo que ahora que redactaba «mínimamente bien» debía empezar a proponer temas.
–¿Mis temas?
–Tus temas, viejo. ¿Crees que nos vamos a pasar la vida regalándote temas?
–Ahora no tengo –le dije, de golpe avergonzado.
Y entonces empezó otro tipo de angustia: la de buscar temas bajo la desesperación del calor asfixiante de ese verano. Todos los viernes, desde muy temprano, leía los periódicos de arriba abajo tratando de ver la ranura, el cabo suelto de aquellos asuntos que los medios no hubieran tocado o habían dejado de tocar, y que por el vaivén de la coyuntura dejaban de estar en el ojo público para que «Mar adentro» los abordara de una nueva manera. Yo seguía a Silvio por los pasillos de la redacción de Proceso repasando mentalmente la manera en que le presentaría mis temas. Recuerdo que se los soltaba nerviosamente, revisando mi libreta plagada de anotaciones, y él me escuchaba y me hacía preguntas que me ponían en serios aprietos y luego rebatía una a una mis iniciativas. A las dos semanas dos temas míos habían sido aceptados y uno salió publicado con una redacción que en líneas generales podía considerarse mía.
La primera nota independiente que publiqué en mi vida ocurrió antes de lo que esperaba y en parte debido a la guerra o al conato de guerra entre mi país y el Ecuador. El 26 de enero, un avión ecuatoriano atacó un puesto de vigilancia peruano en la frontera norte del país, y el presidente peruano, que se postulaba a la reelección en solo un par de meses, movilizó al ejército del país hacia Tumbes ante lo que parecía ser una guerra inminente. Ese viernes, cuando llegué a Proceso, me encontré un pandemónium: Tito se comía las uñas y dejaba de leer las secciones de espectáculos de los periódicos para tratar de enterarse de qué ocurría, Saúl Vegas iba y venía haciendo llamadas para averiguar las implicaciones del asunto por las vías diplomática y militar, Silvio Carranza entraba y salía. Todos se movían de un lado a otro y hablaban entre ellos a través de los anexos, claramente nerviosos ante la inminencia de la reunión de edición del mediodía. Esa mañana la oficina de «Mar adentro» era una agitación. En cierto momento, sobre el escritorio que Santos había dejado disponible, el editor de toda la zona de «seguridad» de la revista y especialista en temas de fuerzas armadas, Ricardo Rossini –a quien todos llamaban «Rossi»–, desplegó un enorme mapa de la frontera peruano-ecuatoriana y le empezó a explicar a Vegas en qué diablos consistía el problema. Yo reconocía a Rossi por la foto que aparecía en su columna –un hombre de piel comida por un acné adolescente y un bigote gris y un cabello que parecía más bien de dibujos animados–, pero esta era la primera vez que lo escuchaba hablar de los temas que lo apasionaban usando esa voz aflautada, y la verdad es que aquello me parecía un privilegio. Había llegado a la oficina escoltado por el gordo Raúl Balboa, un ex policía con rostro de pocos amigos que aún portaba armas y que escribía en un español absolutamente ininteligible, y al poco tiempo se había sumado a ellos Liliana Valencia, una mujer de voz dulce y carácter temible que era célebre por destapar casos de corrupción en las más altas esferas del poder y volver locos a los fotógrafos con sus minifaldas. Rossi explicaba prolijamente los pasos militares a seguir, los puestos peruanos que los ecuatorianos podrían tomar en los días que venían, y Vegas le iba contando los escenarios diplomáticos que algunos ex ministros y embajadores le habían revelado. En cierto momento se sumó al grupo Silvio y después el mismo De Rivera. Todos empezaron a intercambiar la información que habían conseguido, cruzaban datos, intentaban iluminar como podían aquellos asuntos que no se lograban esclarecer frente al mapa. A veces Tito intervenía. Agazapado en mi escritorio en la esquina de la sala, sin decir una palabra, yo los miraba. Los había leído a todos: podía reconocer el estilo de sus textos, los giros a los que solían recurrir cuando escribían, los temas de los que eran especialistas.
–La verdad es que no se entiende un carajo –dijo de pronto De Rivera, riéndose–. Nos jodimos.
Todos soltaron una carcajada.
–El que está jodido soy yo, viejo –se reía Rossi–. Es a mí a quien el Ogro le va a pedir explicaciones.
En ese momento el teléfono fijo del escritorio de Vegas sonó y este lo respondió, malhumorado. De un momento a otro su rostro se demudó por completo. «Es para ti, Rossi», alcanzó a decir.
Rossi se acercó al teléfono y, mientras su rostro se transformaba totalmente, Vegas les hacía saber a los demás, a través de los gestos de un chiquillo travieso, que la persona que estaba del otro lado de la línea era el director. Los demás se retuercen de risa en silencio y le hacen muecas a Rossi mientras él trata de responder a las primeras inquietudes que le formulan por teléfono. «Precisamente estoy coordinando esto con Francisco y con Saúl», dice, mirando a sus colegas desde la ansiedad. Cuelga y todos explotan en risas como un montón de colegiales. Los miro desde mi escritorio y me río con ellos, aunque nadie note mi presencia. Para cuando, tras buscar a sus editores y redactores por todo el edificio, el hijo del director llega al umbral de «Mar adentro» y con una voz que intenta imitar a la de un locutor de radio llama a todos a reunión y todos salen, con la sola excepción de Tito, me encuentro pensando que todo lo que quiero en mi vida es ser como uno de ellos. Saber qué cosas pasaban en el mundo, tener contactos para enterarme de todo, escribir bien y publicar en un medio así de prestigioso, entrar alguna vez a esas reuniones en que se decidía el futuro de la revista. Creo incluso que aquella vez no sentí rechazo a los gritos del director que empezaron a atronar sobre nuestras cabezas en la oficina ahora vacía.
No sospechaba, por cierto, que ese día algo aparentemente insignificante me iba a acercar a ese deseo. Cuando, tra
