Encima del coche pequeño hay un colchón a rayas y unas grandes cajas de cartón. Todos nuestros trastos se encuentran ahí, en la baca de un Clio. Mi hermana pequeña está en el asiento trasero. No le gustan las despedidas. Mira al frente con los labios apretados y las dos manos apoyadas en el asiento de delante. Él se acerca al coche, cuchichea algo y le indica con un gesto que baje la ventanilla. Agathe odia dar besos. Vuelve la cabeza, pero hacia el lado equivocado, y mira fijamente el campo, donde no se han recogido a tiempo los haces de heno. Observa el heno podrido y sé lo que está pensando. Cree que él no se ha esforzado lo suficiente con mi madre, que ha dejado que se pudriese bajo la lluvia y que por eso ha elegido al Otro, porque él se preocupa por ella.
Él apoya los codos en el colchón a rayas, la cara en el dorso de las manos y se calla. Le tiemblan los hombros. El ruido de pasos en la gravilla húmeda le advierte que están llegando. Se incorpora, se seca las mejillas, cruza el patio y sube a su tractor rojo, ese que nunca arranca. Agathe se vuelve. Está muy pálida. Me acomodo a su lado en el asiento de cuero y me coge de la mano.
El Otro se sienta al volante de su pequeño coche, que está limpísimo. Dice: «¡En marcha!». Mi madre sonríe. Avanzamos despacio para no destrozar los amortiguadores del bonito coche y zigzagueamos para evitar los baches. Miro por la ventanilla.
Ha bajado del tractor. Trastea en el motor resoplando. Nos alejamos. Se vuelve hacia nosotros.
En ese momento sucede algo curioso dentro de mí: noto que me he quedado afónica; es como si un gato acabase de entrarme en la garganta. Se ha quedado atascado ahí dentro. Quería hablar, gritar y decir adiós, pero el gato no quiere, maúlla, me araña y, cuando intento tragármelo, levanta el lomo y forma una bola para impedir que salgan las palabras. Todas las palabras, incluso las amables.
Miro por la ventanilla de atrás hasta que doblamos por el camino que rodea la charca.
De pie ante su tractor, con los brazos colgando a los costados, mi padre ve alejarse el coche.
Con nosotras dentro.
Lo más importante para una mujer es el amor duradero. Por eso Zélie ha elegido al Otro.
Cuando conoció a mi padre, acababa de cumplir dieciséis años y no sabía qué era el amor. Fred era muy chulito y ligaba porque tenía personalidad. Además, lo que a Zélie le gustó de él fue que le resultaba tranquilizador, hablaba poco pero bien y tenía proyectos de verdad. Zélie acababa de salir de un hospital todo blanco porque había querido conocer el túnel (le habían dicho que al final de un túnel maravilloso se veía una luz fabulosa y unos ángeles transparentes, y quiso comprobarlo), y por eso Fred le gustó, porque él veía el lado bueno de la vida y tocaba la guitarra junto al fuego. Zélie dudó entre él y el mejor amigo de Fred, y eligió a Fred.
Sé todo esto porque mi madre es muy habladora y tiene amigas muy preguntonas. Las escucho mientras mordisqueo un pastelito y apuro alguna taza de té o de mate de Brasil. Me encanta escucharlas. Están tan absortas cuando hablan de Fred que casi ni se dan cuenta de que estoy ahí. A veces Zélie me dice: «Ninon, ve a ver qué hace tu hermana, estoy preocupada». Y después continúa exactamente en el punto en el que se había quedado, baja la voz, da un sorbo y sigue hilvanando sus secretos.
Al principio no se sintió decepcionada porque no conocía las sensaciones que produce el amor. Simplemente le pareció algo bastante inútil, pero creyó que era culpa suya por no haber tenido infancia. Le resultó sobre todo aburrido; por suerte Fred no aguantaba mucho, y eso le iba de perlas. Además, su novio no sería tan inútil cuando la dejó embarazada, lo que demuestra que mi padre no podría ser más eficaz: me creó en menos de dos minutos. Y quince meses después, dale que te pego otra vez. Quería niños para que lo ayudaran en sus proyectos y, sin embargo, tuvo dos niñas. No fue tan duro porque nos quiso de inmediato, después de la sorpresa.
Más tarde empezaron las peleas. Zélie gritaba y lanzaba tazas de café a Fred, y este no decía nada, pero volcaba la cafetera encima de la cama, y Zélie lloraba porque las sábanas estaban manchadas, y Fred se llevaba la cafetera y volvía a hacer café para que lo perdonara. Yo me quedaba al lado de la chimenea vigilando a Agathe, que jugaba con las brasas.
Los sábados eran noches de fiesta. Los amigos nos invitaban a su casa, o los invitábamos nosotros (aunque con el tiempo nosotros lo hacíamos cada vez menos), y yo comía crepes con azúcar mientras los adultos bebían cerveza o fumaban buen tabaco natural. A primera hora de la tarde Zélie nos bañaba y nos ponía colonia. Una vez se maquilló, pero Fred le dijo algo, ella lloró y se le corrió el lápiz de ojos, así que se lo limpió todo. Agathe quería hacer lo mismo. Yo dije, como Fred, esa palabra graciosa que suena como cuando se escupe un hueso de cereza: «Puta». Agathe se rió y se puso a dar vueltas repitiéndola. Yo también me reí. Me gustan las palabras nuevas; hacen que me sienta mayor. Aquella noche Zélie se puso muy triste. Cuando está triste, piensa en su padre y dice que todos los hombres son malos. No acabo de entender qué quiere decir, pero dejo que se desahogue con las palabras, y después me sonríe como si yo fuera su mejor amiga.
Fred y Zélie empezaron a no reírse juntos en las fiestas. Se reían el uno del otro. Zélie se quedaba en la cocina con sus amigas, y Fred fumaba en el sofá y solo hacía alguna broma cuando ella se acercaba. Entonces susurraba algo tan divertido que sus amigos se revolcaban por el suelo o le pedían que lo repitiera porque no estaban seguros de haberlo entendido, y mi madre volvía a la cocina. O al revés. Pero a las mujeres les iba más cuchichear; se reían en cuanto Fred se daba media vuelta. Después hablaban en un tono muy serio que no permitía presagiar nada bueno.
Poco después todo el mundo volvió a juntarse. A los amigos de Fred les gustaba mucho charlar con mi madre, quizá porque al final ella decidió maquillarse. Y Fred empezó a cantar canciones de amor con su guitarra, y las mujeres se acercaban a escucharlo. Se metía en una habitación o en una salita iluminada por una vela. La melancolía le sentaba muy bien.
Y así degeneró todo. Un día Fred no quiso volver a casa. Zélie se nos llevó en el coche, que no sabía conducir bien. Se le había corrido la pintura y le dije:
—Estás guapa con tu negro de puta.
Agathe añadió que sí, que estaba guapísima, la más guapa del mundo. Y dijo la palabra riéndose a carcajadas. Zélie puso los limpiaparabrisas, le dije que no estaba lloviendo, se limpió la mejilla, toda pintarrajeada, y volvimos. Aquella noche hacía frío (Fred se había vuelto a olvidar de llenar la estufa). Nos acostamos las tres juntas en la cama grande y Agathe murmuró:
—Qué bien estamos sin Fred.
Zélie pareció estar de acuerdo y nos dio un gran achuchón. Cuando nos despertamos, Fred estaba dormido encima de la alfombra, a los pies de la cama.
Mis padres son muy equitativos, así que el sábado siguiente volvimos a casa solo con Fred. No quiso dormir con nosotras. Nos dejó la cama grande y se sentó delante de la chimenea a fumarse un cigarrillo de liar.
Aquella noche mi madre encontró el amor duradero. Nunca ha vuelto a ser la misma.
El coche se detiene delante de un portillo de madera y el Otro grita: «¡Hemos llegado!». Zélie se despereza como si acabara de despertarse de una mala vida y dice: «Estaremos bien aquí…». Agathe no quiere salir a causa de la moqueta del coche, porque no se atreve a pisarla. Mi hermana dobla las piernas y pone mala cara. No va a bajar del coche. Es su manera de no ser una traidora. Yo voy con el Otro a echar un vistazo y a hacerme una idea. Vive en el campo, como nosotros, en una casita de piedra rodeada de plantas aromáticas. Coge dos cajas y Zélie lo sigue con bolsas de plástico llenas de ropa. Él deja las cajas en el suelo y mete una llave en la cerradura.
Mi padre nunca ha cerrado nuestra casa con llave porque cree en la justicia natural: si confías en los ladrones, no los atraes. El Otro gira la llave, clac y otro clac. No confía lo más mínimo en la justicia de la vida.
Es bonita y huele bien, a detergente para vajilla. Tiene dos habitaciones, una grande y otra pequeña. En la primera, una barra de madera separa el rincón de la cocina del salón, y en el salón, una tela de color violeta da a un altillo con una cama grande, velas sobre la mesita de noche y una mosquitera de adorno.
—Ninon, ¿quieres ver la habitación que Olive ha vaciado para vosotras?
La veo. Es una habitación. Hago una mueca para esconder que no está mal para ser una habitación, tiene hasta planchas de madera en la pared del fondo y una ventana de verdad que se abre. En el suelo, hay dos colchones tirados y las camas ya hechas.
—¿No duermo con Agathe?
—Olive no sabía que dormís juntas. Si quieres, juntamos los colchones.
El Otro silba. Mi padre silba para llamar a las cabras. Cruzo la habitación balando. Agathe sigue esperando en el coche, con las manos apoyadas en el asiento de delante.
—¿Vienes a ver la habitación?
Mira el seto de matorrales.
—Tiene una ventana que se abre —insisto—. Podremos dejarla abierta por la noche.
Mira fijamente las moras rojas, todavía amargas. La cojo de la mano y la ayudo a salir sin tocar la moqueta aspirada. Sus pequeños rizos castaños saltan a la vez que lo hace ella. Agathe es guapa, aunque un poco pesada con sus caprichos exasperantes (como dice Zélie), pero es debido a su extrema sensibilidad; esa es la razón. Lo que nos diferencia a las dos es que yo hablo mucho, digo muchas tonterías, pero con su parte de verdad, y lo saco todo. Agathe acepta en silencio, y así es mucho más complicado.
Cruzamos la sala sin decir nada. Los enamorados se besuquean en la cocina y huele a café. Me imagino la cafetera explotando sobre la cama grande y la bonita tela violeta toda manchada.
En la habitación, Agathe abre la ventana y se sube a la mesita de noche. Le gusta mucho contemplar el cielo. En nuestra casa, la habitación es una antigua bodega sin estrellas.
Baja de la mesita para ayudarme a acercar los colchones. Me mira el vientre.
—¿Estás embarazada?
Me levanto la camiseta despacio y tiro de la tela escondida debajo. Es una camisa muy grande, el cuello de color amarillento y el resto marrón. Me la quita de las manos.
—¿Una semana cada una?
La deja al lado de su almohada, se mete el pulgar en la boca y retuerce la camisa por encima de la punta de su nariz.
—No, la dejamos en medio, cada una su manga.
—Vale.
Un bocinazo. ¡Ya ha llegado el sábado siguiente! Agathe sale corriendo, abre el portillo de par en par y salta a la furgoneta Trafic sin decir adiós. Tampoco saluda. Coloca los pies sobre el salpicadero, lleno de envoltorios diversos, paquetes de tabaco casi vacíos, patatas germinadas y pelos de Raymond. Yo cojo la bolsa de plástico y digo «Ciao» a los enamorados procurando mirar solo a mi madre para que el Otro se dé cuenta.
Fred me espera al lado de la Trafic liándose un cigarrillo. Raymond se lanza sobre mí y me ensucia el jersey. Saca la lengua, me lame y ladra, da vueltas sobre sí mismo, me golpea suavemente con el rabo y me enseña sus dientes babosos (Raymond sonríe como un hombre, pero con babas). Le respondo con pequeños manotazos en el costado: «Sí… Sí, gordito…». Le doy un beso a Fred: «Pinchas». Fred mira la casa, sobre todo la puerta de entrada. Raymond salta por encima del portillo que acabo de cerrar (para que el Otro no se ponga a gritar), se va directo a las hierbas aromáticas y mea encima. Ladra, husmea alrededor de la puerta, vuelve a mearse sobre las plantas y ladra más fuerte. Fred sigue esperando. Raymond se sienta delante de la puerta y gime. Voy a buscarlo, me señala la puerta con la mirada y ladra mientras araña la pintura. Lo llamo riéndome para que crea que quiero jugar, me sigue y entra en la furgoneta. Cierro la puerta enseguida. Apoya la cabeza en mis rodillas y llora sin hacer ruido. Cuando Raymond llora, se le llenan los ojos de lágrimas, arruga la frente y gime como un ratón. Fred apaga el cigarrillo y entra. Antes yo decía «¡En marcha!». Pero ya no lo digo.
Al llegar a casa, Fred se dirige al corral de las cabras. Es la hora de ordeñarlas. Doy una vuelta por la casa para recordar que es nuestra casa; sin embargo enseguida olvido por qué he entrado. ¡Madre mía, cuánto trabajo! La verdad es que está todo por hacer. Agathe entra detrás de mí corriendo y cantando: «Pitas pitas pitas». Está llamando a la gallina. Pero la gallina no viene.
Encuentro a la gallina en el fregadero, picoteando una cazuela y haciendo caca a la vez. Agathe se detiene en la puerta y al momento se aleja gritando: «¡Cucú, gatito, Cucú, aquí estoy!». Lleno el cazo grande de agua para calentarla, pero la bombona de gas está vacía. Entonces pongo todos los platos en remojo, pero no queda lavavajillas (Fred se lava las manos con él y lo gasta en cuatro días; a Zélie eso le molesta mucho, porque el lavavajillas es caro). Hay platos sucios por todas partes. Al lado de la cocina, cazuelas todavía llenas de salsas absurdas vomitan pasta mohosa. En la sala, al lado de la chimenea y del sillón de mimbre, tazas de café y colillas aplastadas. Sobre la mesa del comedor, la gallina está a sus anchas: se ha cagado por todas partes, hasta en los platos y en los tenedores. Echo un vistazo a la habitación, corro hasta la ventana, la abro y muevo las cortinas para que salga la peste.
Y luego voy con Fred al corral de las cabras.
Carita y Menuda se pelean por la comida. Son hermanas y siempre andan peleándose, como Agathe y yo cuando nos hartamos la una de la otra. Carita le da cabezazos, pero Menuda se come igualmente el grano que queda. Les echo el heno que Fred arranca con el rastrillo. Fred pasa por detrás de mí y cierra los comederos, la madera se desliza y las cabras se quedan atrapadas, pero les da igual porque tienen heno. «Las cosas buenas hacen que olvidemos las malas. Siempre pasa lo mismo», dice Fred cuando no entiende el mundo.
Mientras ordeña, canta una canción de amor que compuso él mismo una noche junto al fuego. Presiono las ubres, primero una y después la otra, al ritmo de las promesas de la canción, y la leche hace espuma. Me chorrea por la palma de la mano, pegajosa, y voy cada vez más deprisa, con cuidado de no pillar pelo para no asustar a la cabra, porque si la asusto levanta la pata y tira el cubo. Sería un verdadero desastre que se volcase un cubo; perderíamos al menos siete quesos para el siguiente mercado.
Fred ha dejado de cantar.
—¿La semana ha ido bien?
No sé qué responder. Si le digo que sí, se pondrá triste; sería como decir que él no me importa y que el Otro no está tan mal. Si le digo que no, se enfadará con Zélie y con el Otro porque lo paso mal por culpa de ellos. Le digo:
—Regular.
—¿Regular, regular?
—Exacto.
—¿Su casa está bien?
—Tenemos una habitación para las dos solas —susurro.
No dice nada. En nuestra casa siempre ha habido una sola habitación para todo el mundo. Zélie dice que no es bueno para la intimidad, y Fred dice que no somos burgueses y que la cercanía es buena, porque se comparte la vida cotidiana.
—¿Y a Agathe le gusta?
—Cuenta las estrellas.
—También en nuestra casa hay estrellas.
—En la habitación no…
—Sí. Ya verás esta noche.
Se pone contento por lo que acaba de decir y canta. Vacío el cubo en el colador, que sobresale de la lechera metálica. En la gasa se quedan pegadas briznas de paja y de caca, y la leche se cuela.
Hacemos la limpieza. He puesto música a todo volumen. Raï árabe, que es perfecto para limpiar. Fred lanza cubos de agua al suelo y frota con un cepillo grande. Yo friego los platos. Al final hemos calentado el agua en la chimenea.
—Dentro de cinco días empiezan las clases. Zélie prefiere que ese día estemos con ella porque nos ha comprado ropa.
