Justo antes de la felicidad

Agnès Ledig

Fragmento

cap

Las personas a las que hemos amado ya nunca estarán donde estaban, pero están allí donde nosotros estemos.

ALEJANDRO DUMAS

A Nathanaël,

que está allí donde yo esté…

Coalescencia: n. f. – 1537; del lat. coalescere «crecer con».

1. BIOL. Unión de dos superficies de tejido en contacto.

2. QUÍM. Estado de partículas líquidas en suspensión reunidas en gotas mayores.

3. LING. Contracción de dos o varios elementos fónicos en uno solo.

Le Petit Robert

 

Aquí:

4. HUM. Acercamiento de personas sensibles y heridas cuyo contacto genera una reconstrucción sólida de cada elemento a través del todo que forman.

cap-1

Un nombre en una chapa

En peores se ha visto Julie.

Podría haber dicho que no, habérsela jugado, perder el trabajo, pero conservar la dignidad.

¿Qué dignidad?

Hace mucho tiempo que esta mujer menuda perdió su dignidad. Cuando se trata de sobrevivir, dejas a un lado los grandes ideales que te forjaste de niño. Y encajas el golpe, callas, dejas que digan lo que quieran, aguantas.

Además, necesita ese trabajo. Lo necesita de verdad. Y el cabronazo de Chasson lo sabe. Es un director sin escrúpulos, capaz de echar a una cajera por un error de diez euros. ¡Conque cincuenta…!

Julie sabe sin embargo quién le robó esos cincuenta euros cuando se alejó un momento. Pero está mal visto denunciar a las compañeras. Muy mal visto. Te ganas mala fama y ya no hay quien te la quite. Prefiere evitarlo.

—Señorita Lemaire, podría despedirla ahora mismo. Pero conozco su situación, sé que no puede devolver el dinero. Ándese con ojo, podría exigirle una solución para corregir sus errores de caja. ¿Entiende a lo que me refiero? Si no, pregunte a algunas de sus compañeras, ellas ya se han enterado de lo que tienen que hacer —le suelta mirándola fijamente sin escrúpulos y con una sonrisa malvada en los labios.

«¡Cabrón!»

Y eso que no tiene mala pinta. El yerno ideal. Alto, dinámico, sonriente, con la barbilla cuadrada y las sienes plateadas. Siempre una palmadita en la espalda para tranquilizar, para animar. Siempre una palabra amable cuando se acerca a saludar a sus empleados los lunes por la mañana. Una esposa elegante y unos hijos bien educados. El típico que empezó desde abajo y que fue subiendo los peldaños con el sudor de su frente, ganándose el respeto y la admiración de todos. Esa es la cara brillante de la moneda. Pero en la otra está el lobo, el depredador, el hombre que quiere mujeres a sus pies para demostrarse a sí mismo que es el más fuerte.

Unos minutos después, Julie recorre a paso rápido el largo pasillo que separa el despacho del director de la galería comercial. Su descanso está a punto de terminar. Hubiera preferido llenarlo de otra manera y no en esa clase de reunión. Con la manga se enjuga con rabia una lágrima que ha resbalado hasta su mejilla. Un triste signo de debilidad que tiene que hacer desaparecer inmediatamente.

Porque en peores se ha visto Julie.

Es de esa clase de personas con las que el destino se ensaña.

Hay gente así…

Paul Moissac se queda un buen rato parado delante de la sección de pizzas congeladas, dubitativo. No le ha costado elegir el pack de cervezas que tiene en la mano, pero las pizzas… Puede que sea la primera vez que pone un pie en un supermercado. Al menos solo.

Su mujer lo abandonó hace un mes. Antes de irse, en un último arranque de generosidad que seguramente le dejó el buen sabor de boca del deber cumplido, le llenó la nevera. La mujer perfecta en todo su esplendor, hasta en los más mínimos detalles, y que a nadie se le vaya a ocurrir reprocharle su marcha, repentina e irreversible.

Pero a Paul hoy ya no le queda otra. Perder un kilo por semana puede ser hasta bueno en un primer momento, pero más allá de cierto límite resulta crítico. La idea de sentarse él solo en un restaurante lo desalienta hasta el punto de quitarle el apetito. A los cincuenta y cuatro años, quizá vaya siendo hora de saber desenvolverse en un súper… Al final se decide por la pizza más cara. A ver si ahora va a tener que comer mal solo porque su mujer se ha marchado tras treinta años de vida en común.

Cuando se trata de elegir siempre opta por lo más caro, convencido de que es garantía de calidad.

Al cruzar la sección de frutas y verduras, le viene a la memoria una de las frases preferidas de su mujer, que soltaba mecánicamente, como todas las demás. «Cinco raciones de fruta y verdura al día.» La colocaba entre «El tabaco te va a matar» y «El alcohol no es bueno para la salud».

«¡Qué pesada!»

Sin embargo, Paul mete unas manzanas en una bolsa de plástico y se dirige a las cajas. Sostiene los tres artículos en la mano hasta que en la cinta queda un poco de espacio para dejarlos. Delante de él, una mujer enorme acaba de vaciar un carro entero lleno de porquerías. Esa desde luego no se habría llevado bien con su mujer.

Enseguida se da cuenta de que no ha elegido la mejor caja para salir cuanto antes de ese antro del consumo, pero la cajera es guapa. Antipática pero guapa. Ese es el privilegio de la belleza: atenuar el mal carácter. Siempre. A las mujeres guapas se les perdona todo antes incluso de que abran la boca. Esta apenas mira a la clienta cuando le da el cambio, y aprovecha para enjugarse una lágrima surgida de ninguna parte. No le tiembla la barbilla, no tiene la respiración entrecortada, no le brillan los ojos, no; el suyo es un rostro impasible, pero una lágrima se ha permitido salir a tomar el aire.

Es el turno de Paul.

—¡Hola, Julie!

—¿Nos conocemos? —pregunta ella levantando la mirada, extrañada.

—No, pero lo pone en su chapa. Si no, ¿de qué sirve llevar una chapa con el nombre?

—Para que puedan denunciarnos a la caja central cuando nos equivocamos por tres céntimos. Casi nunca para saludarnos.

—Tengo algún que otro defecto, pero no soy un chivato.

—No ha pesado las manzanas —dice ella con un tono neutro y desganado.

—¿Había que pesarlas?

—¡Claro!

—¿Y ahora qué hago?

—Pues o va y las pesa o no se las lleva.

—Voy a pesarlas, vuelvo enseguida —contesta Paul cogiendo la bolsa de plástico.

Pero ¡¿por qué tanto interés en comprar esas dichosas manzanas?!

—Tómese su tiempo, total, a mí no me va a cambiar la vida —comenta la joven en voz baja cuando el hombre ha desaparecido ya.

Los clientes que van detrás de él en la cola empiezan a impacientarse. Julie aprovecha la pausa para estirar la espalda, le duele desde hace una semana.

El hombre vuelve, jadeante, y deja las manzanas ya pesadas delante de la joven.

—¡Ha seleccionado uvas en lugar de manzanas!

—¿En serio?

—Uva Golden. Lo pone en la etiqueta. Y esto son manzanas Golden.

—¿Es grave?

—Le va a salir más caro. Puede volver a pesarlas, si quiere.

El murmullo que empieza a intensificarse en la cola lo disuade.

—Da igual, me las llevo así. ¡Lo mismo hasta me saben más ricas! —dice sonriendo.

Julie esboza una sonrisita. Hace una eternidad que un hombre no es amable con ella. ¡Por una vez! Sin embargo, aunque solo tiene veinte años, ya no está acostumbrada a esa clase de atenciones. Su despreocupación ha ido a parar junto con su dignidad al cementerio de las ilusiones perdidas.

—¿Noche de fútbol? —le pregunta tendiéndole el tíquet de compra.

—¡No! ¿Por qué?

—Por nada. Las cervezas, la pizza…

—¡Noche de hombre soltero!

—Una cosa no quita la otra.

Julie no se digna contestar a la clienta siguiente, que pretende tomarla como testigo, indignada de que alguien pueda no saber que la fruta y la verdura hay que pesarlas. La clase de blablablá que la joven ya ni siquiera oye. Hace mucho tiempo que no soporta el SBAG. Sonrisa – Buenos días – Adiós – Gracias. Solo lo aplica cuando sabe que la vigilan. Lo de las manzanas al menos le ha permitido descansar unos minutos y beber unos sorbos de su botella de agua aromatizada, a ver si así se le pasa el sabor amargo de ese trabajo.

En vano.

También ha aprovechado para pensar en Lulu, el amor de su vida. La única imagen positiva que puede detener el torrente de lágrimas cuando este pugna por abrirse paso a través de sus párpados.

Jérôme está sentado en el sofá, con la espalda erguida. Mira al vacío. Su trabajo se le hace cada vez más cuesta arriba. Ya no soporta los callos en los pies de las ancianas cascarrabias, los mocosos que no quieren abrir la boca para que pueda comprobar que no hay anginas entre las secreciones amarillentas, ni las mujeres premenopáusicas que hablan de sus sofocos como de una plaga insoportable. ¿Y qué decir de la cantidad de gente que viene a reclamar una baja médica por depresión porque se le ha muerto el canario?

Lleva diez años trabajando como un loco para llegar a ser médico y después ganarse la confianza de los pacientes de una zona rural que en pocos meses pasaron de recelar del nuevo médico a exigirle una entrega absoluta.

Tuvo que ocurrir la tragedia para que abriera los ojos ante su vida. Y siente que si no se toma un descanso podría ocurrir otra catástrofe. El alcohol, al que recurre todas las noches, ya ni siquiera le ayuda a aguantar el tipo. Olvida vagamente lo ocurrido, se queda dormido como un tronco, se despierta a las dos de la mañana y da vueltas y vueltas en la cama hasta el amanecer. Y cuando suena el despertador emerge de un sueño doloroso, agitado, con un sentimiento insoportable de soledad.

Su p

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