El encuentro

Anne Enright

Fragmento

El encuentro

1

Me gustaría contar qué ocurrió en casa de mi abuela el verano en que yo tenía ocho o nueve años, pero no estoy segura de si sucedió en realidad. Necesito dar testimonio de un hecho que no sé si es cierto. Siento bullir dentro de mí eso que tal vez jamás haya tenido lugar. Ni siquiera sé cómo llamarlo. Creo que podríamos decir que fue un crimen carnal, pero la carne desapareció hace mucho y no sé qué daño puede haber quedado en los huesos.

A mi hermano Liam le encantaban los pájaros y, como a todos los chicos, le gustaban los huesos de animales muertos. Yo no tengo hijos varones, así que cuando paso cerca de un pequeño cráneo o esqueleto vacilo y pienso en Liam, en lo mucho que admiraba su complejidad. Las alas viejas de una urraca entre el montón de plumas; regordetas, ligeras y limpias. Porque este es el adjetivo que aplicamos a los huesos: limpios.

Digo a mis hijas, por supuesto, que no se acerquen a los cráneos de ratón que puedan encontrar en el bosque ni al pinzón muerto que se pudre junto a la tapia del jardín. No sé por qué. Sin embargo, a veces encontramos en la playa el hueso de una jibia tan puro que me lo guardo en el bolsillo, y mi mano se conforta con el secreto de su blanco arco.

No se puede hablar mal de los muertos, creo yo, solo se les puede consolar.

Por eso ofrezco a Liam esta imagen: mis dos hijas correteando por el borde arenoso de una playa de guijarros, bajo un cielo plomizo, turbulento, con los hombros de sus abrigos encogiéndose a sus espaldas. Luego la borro. Cierro los ojos y me dejo envolver por la sonora quietud del mar. Cuando los abro, es para llamar a las niñas y decirles que vuelvan al coche.

¡Rebecca! ¡Emily!

No importa. No sé la verdad o no sé cómo contarla. Solo tengo anécdotas, pensamientos nocturnos, las súbitas convicciones que engendra la incertidumbre. Solo tengo delirios más bien. «¡Ella le quería!», digo. «¡Ella debía de quererle!» Aguardo la clase de sensación que produce el alba cuando no se ha dormido. Me quedo abajo mientras la familia respira en el piso de arriba y escribo, amortajo con frases hermosas mis limpios y blancos huesos.

2

Algunos días no recuerdo a mi madre. Miro su foto y ella se me escapa. O la veo un domingo, después de comer, pasamos una tarde agradable y cuando me voy siento que ella se me escurre, como el agua.

«Adiós», me dice, ya desvaneciéndose. «Adiós, hija mía», y acerca su suave y vieja cara para que la bese. Todavía me enfurece eso. La forma en que, en cuanto me doy la vuelta, parece que se desvanece y cómo, cuando miro, solo veo la silueta. Creo que podría cruzarme en la calle con ella sin reconocerla si se hubiese comprado un abrigo nuevo. Si mi madre cometiera un crimen, no habría testigos: es el propio olvido.

«¿Dónde está mi bolso?», decía cuando éramos niños, o bien preguntaba por las llaves o las gafas. «¿Habéis visto mi bolso?», haciendo sentir casi su presencia durante unos segundos, mientras iba del recibidor a la sala, a la cocina y volvía a salir. Ni siquiera entonces la mirábamos a ella, sino a cualquier otro lugar: era un revuelo a nuestra espalda, una especie de sentimiento de culpa colectivo, mientras buscábamos por la habitación, sabedores de que nuestros ojos no repararían en el bolso, que era marrón y grueso, aunque lo tuviéramos delante.

Al final Bea lo encontraba. Siempre hay un niño capaz no solo de mirar, sino también de ver. El más callado.

«Gracias, cariño.»

Para ser sincera, debo decir que mi madre es una persona tan evanescente que es posible que ni siquiera se vea a sí misma. Es capaz de recorrer con la punta del dedo una fila de niñas en una foto antigua, y no reconocerse entre ellas. De sus hijos, yo soy la que más se parece a su madre, mi abuela Ada. Eso debe de resultar confuso.

—Ah, hola —dijo al abrirme la puerta el día en que me enteré de lo de Liam—. Hola, cariño. —Hubiera podido decirle lo mismo al gato—. Pasa. Pasa. —Plantada en el umbral, sin moverse para dejarme entrar.

Por supuesto, sabe quién soy, solo que no recuerda mi nombre. Sus ojos van de un lado a otro mientras va descartando los nombres de su lista.

—Hola, mamá —digo, más que nada para darle una pista. Y me adelanto a ella para entrar en el recibidor.

La casa me conoce. Siempre más pequeña de lo que debería; las paredes más juntas de lo que recuerdo. El espacio es siempre demasiado reducido.

A mi espalda, mi madre abre la puerta de la sala.

—¿Quieres tomar algo? ¿Una taza de té?

Pero yo no quiero pasar a la sala. No soy una visita. Esta es también mi casa. Estaba cuando crecía; cuando el comedor penetró en la cocina, cuando la cocina se tragó el jardín trasero. Es el lugar donde todavía tienen lugar mis sueños.

No es que piense en volver a vivir aquí. Toda la casa es una ampliación, no un hogar. Hasta el armario que hay junto a la puerta de la cocina tiene otra puerta al fondo, de forma que hay que abrirse paso entre abrigos y aspiradores para entrar en el aseo del piso de abajo. No es una casa que se pueda vender, pienso a veces, salvo como solar. Para demolerla y comenzar de nuevo.

La cocina sigue oliendo igual: un hedor que penetra en la base del cráneo, indefinido y repugnante, bajo el olor de la pintura reciente de color amarillo pálido. Armarios llenos de sábanas viejas; algo pegado y carbonizado en el revestimiento del calentador de inmersión; la butaca donde se sentaba mi padre, con los brazos desgastados, por los muchos años de desechos humanos. El olor me produce arcadas y luego ya ni siquiera lo percibo. Simplemente está. Es nuestro propio olor.

Me acerco a la encimera del fondo de la cocina y cojo el hervidor, pero cuando voy a llenarlo el puño de mi abrigo se engancha en el grifo abierto y la manga se llena de agua. Agito la mano y después el brazo, y cuando el hervidor está lleno y enchufado me quito el abrigo, vuelvo del revés la manga mojada y la sacudo en el aire.

Mi madre observa la extraña escena como si le recordara algo. Se acerca a la encimera donde los comprimidos hacen causa común en un plato. Se los toma uno tras otro con una flácida pasividad de la lengua. Echa la cabeza hacia atrás y traga las pastillas a palo seco mientras me froto el brazo mojado con la mano y después me paso la mano húmeda por los cabellos.

Por último ella se lleva a la boca una cápsula verde y se queda quieta mientras la traga. Mira un momento por la ventana. Entonces se vuelve hacia mí, remisa.

—¿Cómo estás, cariño?

«¡Veronica! —tengo ganas de gritar—. ¡Me pusiste el nombre de Veronica!»

Ojalá se volviera visible, pienso. Entonces podría agarrarla y acuñar en ella la realidad de la situación, la gravedad de lo que ha hecho. Pero continúa difuminada, impasible, demasiado amada.

He ido a decirle que han encontrado a Liam.

—¿Estás bien?

—¡Oh, mamá!

La última vez que lloré en esta cocina tenía diecisiete años, demasiados para llorar, aunque tal vez no en nuestra familia, en la que todo el mundo parecía tener todas las edades al mismo tiempo. Paso el brazo húmedo por la mesa de pino amarillo, con su gruesa y brillante superficie de material plástico. Vuelvo la cara hacia ella y me dispongo a decir las palabras de rigor (hay cierto regodeo en ello, me doy cuenta), pero dice de pronto «¡Veronica!», y va —se precipita casi— hacia el hervidor. Pone la mano en el asa de baquelita mientras las burbujas se apiñan en el interior cromado y lo levanta, enchufado aún, para verter un poco de agua en la tetera.

Él ni siquiera se llevaba bien con ella.

Hay una muesca en la pared, junto a la puerta, donde Liam lanzó un cuchillo a nuestra madre y todos nos reímos y le gritamos. Está entre otras hendiduras y marcas anónimas. Famoso, el agujero que hizo Liam después de que mi madre se agachara y antes de que todos comenzáramos a reír.

¿Qué pudo haberle dicho ella? ¿Qué hipotética provocación pudo haberle infligido esta dulce mujer? Luego Ernest, o Mossie, uno de los encargados de mantener el orden, lo sacó a empujones por la puerta de atrás, lo arrojó sobre la hierba y le propinó unas cuantas patadas. Nos reímos de eso también. Y mi difunto hermano, Liam, se desternillaba: el lanzador de cuchillos, aquel al que estaban pateando, se tronchaba de risa, y agarró por el tobillo a su hermano mayor para derribarlo sobre la hierba. Recuerdo que yo también me reía. Mi madre chasqueó la lengua al ver la escena y volvió a sus ocupaciones. Mi hermana Midge recogió el cuchillo del suelo, se asomó a la ventana, y lo blandió mirando a los que peleaban antes de arrojarlo al fregadero lleno de platos por lavar. Por lo menos, nuestra familia sabía divertirse.

Mi madre tapa la tetera y me mira.

Soy un amasijo tembloroso de la cabeza a los pies. Hace un calor tremendo, una flojera en las entrañas me impulsa a hundir los puños entre los muslos. Es una sensación desconcertante —a medio camino entre la diarrea y la excitación sexual—: un dolor casi genital.

La última vez que lloré aquí debió de ser por algún chico. Por lo común las lágrimas de la familia no significaban nada en esta cocina; solo eran parte del ruido general. Lo único que me importaba era: «Me ha telefoneado» o «No me ha telefoneado». Una catástrofe. El tipo de cosa que impulsa a arañar las paredes tras haber dado cuenta de cinco botellas de sidra. «Me ha dejado.» Con el cuerpo doblado, apretando el estómago, berreando entre náuseas. «Ni siquiera telefoneó para que le devolviera la bufanda.» El chico de los ojos azul turquesa.

Porque nosotros, los Hegarty, somos también —o eso creo— amantes apasionados. Contacto visual, sexo inmediato y nunca, jamás, abandonar. Con excepción de los que no podemos amar en absoluto. Lo que nos ocurre a todos, de algún modo.

—Es acerca de Liam —digo.

—¿Liam? —dice—. ¿Liam?

Mi madre tuvo doce hijos y, como me contó un día difícil, cuatro abortos. Las lagunas de su memoria no son culpa suya. Aun así, jamás le he perdonado ninguna. Simplemente no puedo.

No la he perdonado por mi hermana Margaret, a quien llamábamos Midge hasta que falleció, con cuarenta y dos años, de un cáncer de páncreas. No le perdono mi bella y descarriada hermana Bea. No le perdono mi hermano mayor, Ernest, que fue cura en Perú hasta que se convirtió en un cura no practicante en Perú. No le perdono mi hermano Stevie, que es un angelito en el cielo. No le perdono la larga y tediosa letanía de Midge, Bea, Ernest, Stevie, Ita, Mossie, Liam, Veronica, Kitty, Alice y los gemelos Ivor y Jem.

Estos son los épicos nombres que nos dio, entre nosotros no hay ni un Jimmy, un Joe o un Mick. Puede que asignara números a los abortos, como «1962» o «1964», aunque quizá les puso también nombre en su corazón (Serena, Aifric, Mogue). Tampoco le perdono esos hijos que no llegaron a nacer. Ni que no anotara los datos de sus hijos en un cuaderno, de modo que supiéramos quién tuvo qué, cuándo y qué vacunas. ¿Y si resulta que soy la única mujer de Irlanda que aún corre el riesgo de padecer poliomielitis? No hay forma de saberlo. No le perdono que siempre tuviera que llevar ropa heredada de mis hermanas, los pocos juguetes y que Midge nos zurrara porque mi madre era demasiado buena o estaba demasiado atareada, distraída o embarazada para molestarla.

Mi adorada madre. La chica eternamente joven…

No, en resumidas cuentas, no le perdono el sexo. La estupidez de tanto follar. Sin trabas y a ciegas. Consecuencias, mamá. Consecuencias.

—Liam —digo con firmeza, y en la cocina se hace un silencio mientras cumplo con mi deber, que es hablar a un ser humano acerca de otro ser humano, explicarle con tacto y pocos detalles cómo ha encontrado su fin—. Me temo que ha muerto, mamá.

—Oh… —dice. Es exactamente lo que yo esperaba que dijera. Es justo el sonido que yo sabía que saldría de su boca—. ¿Dónde? —pregunta.

—En Inglaterra, mamá. Donde estaba. Lo han encontrado en Brighton.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué quieres decir con eso de «Brighton»?

—Brighton, en Inglaterra, mamá. Es una ciudad del sur de Inglaterra. Está cerca de Londres.

Y entonces me da un cachete.

Creo que hasta ahora nunca me había pegado. Intento recordarlo más tarde, pero creo que siempre dejó a otros esa tarea: a Midge, naturalmente, que siempre estaba limpiando algo y nos azotaba con el trapo, como si nada, en la cara, el cuello o las piernas, y siempre me pareció el olor del paño mucho peor que los golpes. O a Mossie, que era un psicópata. O a Ernest, que tenía el detalle de pegar con la mano bien abierta. Cuando llegó el turno de los menores, la tunda perdió autoridad y fue menos entusiasta, aunque también a mí me tocó dársela a Alice y los dos gemelos, Ivor y Jem.

Mi madre apoya una mano sobre la mesa y gira sobre sí misma para darme con la otra en la cabeza. No muy fuerte. Nada fuerte, la verdad. A continuación retrocede, se agarra a la encimera y se queda suspendida entre esta y la mesa, con la cabeza gacha bajo sus hombros. Guarda silencio durante un rato, hasta que surge de ella un sonido terrible. Muy quedo. Parece brotar de su espalda. Levanta la cabeza y se vuelve hacia mí, de modo que veo la expresión de su rostro, que no volverá a ser nunca como antes.

«No se lo digas a mamá.» Este era el mantra de nuestra infancia, o uno de ellos. «No se lo digas a mamá.» Salía sobre todo de labios de Midge, pero también de los de cualquiera de los mayores. Si algo se rompía o se manchaba, si Bea no venía a casa o Mossie decidía instalarse en el desván, si Liam tomaba ácido, si Alice se acostaba con un chico o Kitty manchaba de sangre su flamante uniforme del colegio, si había llamadas telefónicas para informar de retrasos, atascos de tráfico, problemas con el dinero para el autobús o un taxi, y en una ocasión, calamitosa, para avisar de que Liam pasaría la noche entre rejas…, ninguno de estos mensajes llegaba a mamá. Conversaciones en voz baja en el recibidor, «No se lo digas a mamá», porque «mamá»… ¿qué? ¿Se moriría? No, porque mamá «se preocuparía». Lo que a mí ya me parecía bien. Después de todo, esta familia era su creación. Había salido —de uno en uno y con dolores— de ella. Mi padre era el que más lo repetía; sereno, galante: «No hay necesidad de decírselo ahora a tu madre», como si la realidad de su tálamo fuera la única realidad que cabía esperar que esa mujer aguantara.

Cuando mi madre me pega por primera vez —ella con setenta años y yo con treinta y nueve—, la cabeza me da vueltas, casi estalla ante semejante injusticia. Creo que moriré de injusticia; creo que deberá constar en mi certificado de defunción. Para empezar, la tarea ha recaído en mí porque soy la considerada. Porque tengo coche y una factura de teléfono que puedo pagar. Tengo unas hijas que no han de pelearse todas las mañanas antes de ir a la escuela por si una se ha puesto las bragas de la otra. Por eso me ha tocado ir a casa de mamá, llamar a su puerta y colocarme al otro lado de la mesa de la cocina en una posición adecuada para recibir un bofetón. Y no es que todas estas cosas —marido, coche, factura del teléfono, hijas— las haya conseguido por casualidad. Por eso estoy furiosa con todos y cada uno de mis hermanos y hermanas, incluido Stevie, que murió hace años, e incluida Midge, que murió hace poco, y estoy cabreadísima con Liam por haber muerto también, justo ahora, cuando más lo necesito. Estoy fuera de mí, literalmente. Estoy tan enfadada que tengo otra vista de la cocina, desde arriba: me veo con una manga mojada y remangada, el antebrazo desnudo apoyado sobre la mesa, y al otro lado de esta, a mi madre, con los brazos en cruz y la cabeza inclinada sobre el pequeño triángulo blanco de su cuello.

Es aquí donde está Liam. Aquí arriba. Siento a mi hermano como un grito en la habitación. Esto es lo que él ve: mi brazo desnudo y a nuestra madre haciendo el avión entre la encimera y la mesa de la cocina. Volando bajo.

—Mamá.

El sonido apagado sigue saliendo de ella. Levanto el brazo.

—Mamá.

No tiene la menor idea de lo mucho que hemos hecho por ella en los últimos seis días, desde que recibimos la primera llamada de Inglaterra. Le hemos ahorrado todo esto: las vueltas de Kitty por Londres y las mías por Dublín en busca de informes dentales; su estatura, el color de sus cabellos y el tatuaje que tenía en el hombro derecho. No ha sido a ella sino a mí, a quien esta mañana una amable policía que ha llamado a la puerta ha leído estas respuestas, porque yo soy la que más quería a mi hermano. No envidio a las mujeres policías: su trabajo se reduce a parientes, prostitutas y tazas de té.

A mi madre le resbala un poco de saliva del labio inferior, un hilillo de baba. Tiene la boca abierta. Trata de cerrarla, pero sus labios se niegan a juntarse y se le escapa un «Ga. Ga».

Debo acercarme a ella y tocarla. Debo tomarla por los hombros y levantarla con suavidad. Le colocaré los brazos en los costados mientras la conduzco hasta una silla y le pondré azúcar en el té, aunque no toma azúcar. Haré todo esto por deferencia a una pena que es biológica, necia, intemporal.

Mamá lloraría de la misma manera por Ivor, algo menos por Mossie, más por Ernest, e inconsolablemente, como todos los demás, por el encantador Jem. Lloraría por cualquiera de sus hijos varones. Se me ocurre que algo no cuadra, porque soy yo quien ha perdido algo irreemplazable. Ella tiene muchos más.

Liam y yo nos llevábamos once meses. Salimos de ella muy seguidos; uno detrás de otro, tan rápido como una violación en grupo, tan rápido como una infidelidad. A veces pienso que debimos de coincidir allí dentro, que él salió antes para esperar fuera.

—¿Te encuentras bien, mamá? ¿Quieres una taza de té?

Me mira: se la ve muy menuda en la enorme silla. Me lanza una mirada de resentimiento y con la cabeza hace un movimiento rápido. El gesto cae sobre mí como una maldición. ¿Quién soy yo para tocar, controlar y despreciar el amor de una madre?

Soy Veronica Hegarty. Estoy de pie junto al fregadero, vestida con el uniforme escolar, a los quince o dieciséis años, llorando por un amigo que me ha dejado, y me consuela una mujer que ni siquiera recuerda mi nombre. Soy Veronica Hegarty, de treinta y nueve años, y echo azúcar en una taza de té para la mujer más encantadora de Dublín, que acaba de recibir una mala noticia.

—Voy a telefonear a la señora Cluny —digo.

—¿Telefonearla? —dice—. ¿La vas a telefonear?

Porque la señora Cluny vive en la puerta de al lado.

—Sí, mamá. —Y de pronto recuerda que su hijo ha muerto. Me mira para confirmarlo y asiento sin demasiada convicción. No es extraño que no me crea. A duras penas me lo creo yo misma.

3

Las semillas de la muerte de mi hermano se sembraron muchos años atrás. La persona que las plantó murió hace mucho, por lo menos eso creo. Así pues, si quiero contar la historia de Liam, tendré que empezar mucho antes de que él naciera. De hecho, este es el relato que me gustaría escribir; la historia es un lugar romántico, con sus cocheros, sus pilluelos y las botas altas con botones a un lado. Ojalá permaneciera en calma, pienso, y se apaciguara. Ojalá dejara de darme vueltas por la cabeza.

De acuerdo.

Lambert Nugent vio a mi abuela Ada Merriman por primera vez en el vestíbulo de un hotel en 1925. Este es el momento que elijo para comenzar. Eran las siete de la tarde. Ella tenía diecinueve años y él, veintitrés.

Ella entró en el vestíbulo sin mirar alrededor y se sentó en una silla de respaldo ovalado que había cerca de la puerta. Entre el trajín de recién llegados y órdenes, Lamb Nugent la observó mientras ella se quitaba el guante de la mano izquierda y después el de la derecha. A continuación, sacó de debajo de la manga una pulserita y posó sobre su regazo la mano con que sujetaba los guantes.

Era hermosa, claro está.

Es difícil saber cómo era Lamb Nugent a los veintitrés años. Lleva tanto tiempo en la tumba, que cuesta recordarlo como un muchacho inocente o trabajador, cuando todo eso se ha convertido en polvo.

¿Qué vio ella en él?

Reconstruyámoslo. Clic, clac. Unos músculos bien ceñidos a los huesos y envueltos en grasa, todo ello cubierto de piel y enfundado en un terno azul marino o marrón…, algo especial en el corte de las solapas, tal vez que eran más puntiagudas de lo habitual, y el olor de sus manos debía de ser algo más agradable que el del fenol. Ya entonces había aplacado el adusto narcisismo del hombre vulgar y todos sus actos de amor propio eran sutiles y precisos. No se pavoneaba. Lamb Nugent se limitaba a observar. O, más que observar, dejaba que entrara en él el mundo, con todos sus matices de quién debía qué a quién.

Y eso es, supongo, lo que vio cuando mi abuela entró por la puerta. Sus ojos infantiles; las dos grandes pupilas negras, dentro de las cuales la doble imagen de Ada Merriman caminó y se sentó. Ella llevaba un vestido azul, o así me la imagino. Su imagen azul quedó impresa en las circunvoluciones grises del cerebro de Lamb Nugent y allí permaneció el resto de su vida.

Eran las siete y cinco. Las conversaciones en el vestíbulo del hotel versaban sobre la lluvia, qué hacer con el cochero y si deberían pedir un refrigerio. Después de lo cual, el corrillo de recién llegados se estiró hasta formar una fila que cruzó la puerta del salón y los dos criados se quedaron allí esperando; ella estaba sentada en la silla y él, acodado en el mostrador de recepción, como un hombre en la barra de un bar.

Permanecieron así durante tres horas y media.

Ambos eran de extracción humilde. Esperar no era ningún problema para ellos.

Al principio Ada no dio muestras de fijarse en él. Puede que esto hubiese sido lo más educado, pero también pienso que él lo habría captado enseguida, ese ardid de no existir. Los arrebatos de ira que sufrió más tarde en la vida debían de ser, en 1925, la habitual sucesión de pasiones y esperanzas juveniles. Si Nugent padecía de algo en aquel tiempo, era de decencia. Era un hombre decente. No estaba acostumbrado a los hoteles. No estaba acostumbrado a las mujeres que se quitaban los guantes con movimientos tan rápidos y precisos. No había nada en su historia que lo preparara para Ada Merriman. Aun así, le sorprendió descubrir que de todas formas estaba preparado para ella.

Detrás del alto mostrador de recepción, el menudo conserje colgó una llave en el tablero y se alejó taconeando cuando sonó una campanilla. Regresó al mostrador, escribió una nota y se marchó de nuevo. Una doncella salió de la cocina con un servicio de té en una bandeja. Subió por las escaleras, enfiló el pasillo y no volvió a bajar. Estaban los dos solos.

Qué discreción. Porque Dublín estaba lleno de mujeres orgullosas y hombres decentes, y algunos lo proclamaban a voz en grito, mientras que otros, como estos dos, eran callados y tranquilos. En su atenta quietud, ambos se percataron de la fuerza del otro y del hecho de que ninguno de los dos sería el primero en marcharse.

Son pocas las personas a las que nos es dado amar. Quiero decirles esto a mis hijas: cada vez que alguien se enamora es importante, incluso a los diecinueve años. Sobre todo a los diecinueve. Y si a los diecinueve puedes contar las personas a las que amas con los dedos de una mano, a los cuarenta no te faltarán dedos en la otra. Son pocas las personas a las que nos es dado amar y todas se quedan prendidas en nosotros.

Así pues, ahí está Nugent, prendido en Ada Merriman antes de que las manecillas del reloj indiquen que ha pasado un cuarto de hora, y ahí está mi abuela, prendida en él, cabe suponer, aunque aún no lo sepa o parezca no saberlo. Mientras tanto, la luz disminuye y no sucede nada. La doncella que no había vuelto a bajar atraviesa el vestíbulo con otra bandeja, sube de nuevo por las escaleras y desaparece una vez más en la oscuridad del pasillo. Oyen cómo en la sala que hay detrás del mostrador de recepción se abre una puerta y alguien pregunta por una tal señorita Hackett. Y Ada Merriman mide con la vista la respetable distancia, mientras Lamb Nugent no cree ni una sola palabra de lo que ella dice.

El aire entre ambos está demasiado enrarecido para el amor. Lo único que puede atravesar el aire de Dublín es una especie de grito burlón.

«Te conozco.»

Pero es demasiado tarde para eso. Ya ha sucedido. Sucedió cuando ella entró por la puerta; cuando miró alrededor, pero sin ver más allá de la silla. Sucedió en la perfección con que se las arregló para estar allí pero sin ser vista. Todo lo demás fue solo agitación: para empezar, que ella advirtiera la presencia de él (y lo hizo: notó su quietud), y en segundo lugar, que lo amaría como él la amaba a ella, súbita, completamente y sin importar la condición social que les había tocado en suerte.

Ada lo mira con el rabillo del ojo. El vello de las mejillas se le eriza cuando piensa en todo lo que necesita saber del joven que está al otro lado de la estancia. Este descubrimiento le provoca un amago de rubor, pero Ada no se ruboriza. Mira su pulsera: una cadenita de oro rosa con una T en el cierre, como la leontina de un reloj de bolsillo. Juguetea con esta pequeña anomalía —un objeto masculino en la muñeca de una joven— y siente que le incomoda la incredulidad de Nugent. Alza levísimamente la cabeza para decir: «¿Y?».

Con todo descaro.

Nugent podría odiarla ahora, pero con veintitrés años es demasiado joven para reconocer la emoción que crece en su interior y desaparece dejando a su paso un aire distinto. Algo abierto. Un céfiro. ¿Qué es?

Deseo.

A las siete y trece minutos el deseo respira en los jóvenes labios de Lamb Nugent…, ¡chist! Nota su terrible proximidad. Siente necesidad de moverse, pero no se mueve. Se queda en su sitio mientras, al otro lado del vestíbulo, la calma de Ada sale victoriosa. Ahora, si él adopta una actitud paciente, puede ser que la joven lo mire. Si se muestra muy humilde, tal vez ella exponga sus condiciones.

O quizá no. No han cruzado ni una palabra. Nadie se ha movido. Es posible que todo sea fruto de la imaginación de Nugent…, o de la mía. Quizá a sus veintitrés años ofrezca un aspecto patético, con su gorra de tweed torcida y la nuez marcada en la garganta, tal vez Ada no haya advertido siquiera su presencia al otro lado del vestíbulo.

Estamos en 1925. Un hombre. Una mujer. Ella debe saber qué les aguarda ahora. Lo sabe porque es guapa. Lo sabe por todas las cosas que han ocurrido desde entonces. Lo sabe porque es mi abuela, y cuando me ponía la mano en la mejilla yo sentía la proximidad de la muerte y eso me confortaba. No hay nada tan incierto como la caricia de una anciana, tan cariñoso o tan horrible.

Ada era una mujer fantástica. No se me ocurre otro calificativo. Por la firmeza de sus hombros y su forma de trotar por la calle, con la bolsa de la compra golpeándole la cadera. Nunca tenía las manos vacías, aunque nunca veíamos qué había en ellas: cualquier cosa que hubiera que doblar, lavar, colocar o limpiar. Tampoco la veíamos comer, porque siempre estaba escuchando o hablando; la comida desaparecía sin más, como si no hubiera entrado en su boca. Sus modales eran impecables, en otras palabras, y se contagiaban. Con solo ocho años, yo ya sabía que mi abuela tenía encanto.

Pero ¿cómo lo supo Nugent cuando ella aún no había despegado los labios? Supongo que eso daba igual, hubo fases y etapas en su relación (después de todo, hasta las siete y cuarto la odió), cada una de las cuales debía reproducir después en ciclos más largos —de años o décadas—; debía pasar del amor al desdén, debía verse consumido por el odio y encendido por el deseo, debía encontrar al final la humildad para así enamorarse de nuevo. En cada uno de estos ciclos sabría más acerca de ella —más acerca de sí mismo, tal vez— y ese nuevo conocimiento no supondría ningún cambio. A las siete y catorce minutos vuelven a estar en el punto de partida.

Pero ¿qué hay del amor?

Nugent se mueve repentinamente. Baja la frente y se frota la línea del cabello. ¿Es posible que ella también lo ame? ¿Que vuelvan al instante en que cruzó la puerta y dejen a un lado las ramplonas consideraciones sobre intercambios y pérdidas?

«Ah, sí», dice el perfil de la cara triste de Ada. Y piensa en el amor durante un rato.

Nugent lo siente bullir en la raíz del pene: el futuro o el comienzo del futuro. Nadie los interrumpe ahora. Alguien ha estrangulado a la doncella en alguna habitación del piso de arriba; el conserje títere está desmadejado en una silla. Los separan cuatro metros y medio de alfombra. Nugent piensa en la turgencia de su glande al liberarse de su saco de piel y Ada piensa en el amor, mientras el mecanismo del reloj del hotel se desliza, chirría suavemente y da el cuarto.

¡Di, di, da, da!

¡Da, da, di, di!

Devuelto a la vida por ese sonido, el pequeño conserje entra en la penumbra del vestíbulo con una pequeña banqueta que coloca debajo de una lámpara de la pared. Se va otra vez y regresa llevando en alto una antorcha de papel retorcido, cuya llama queda casi eclipsada por las últimas luces del día. Se sube a la banqueta para retirar la pantalla de la lámpara, abre la espita del gas, acerca torpemente el papel encendido y, antes de que se apague, consigue prender el gas. La llama, de color azul, sisea suavemente, antes de adquirir el resplandor amarillo verdoso de la camisa de la lámpara, y la luz se derrama en la estancia. El vestíbulo se llena del penetrante olor del gas y del olor más agradable del papel quemado, mientras negras pavesas caen de la mano del hombre, que agita rápidamente los dedos. Después vuelve a poner la pantalla, coloca la banqueta bajo la lámpara siguiente y se va.

En su ausencia, la habitación va tornándose más oscura. Y más oscura aún.

Reaparece el conserje. Nugent y Ada lo observan mientras lleva a cabo el ritual de la lámpara y la banqueta; sus entradas y salidas; la insoportable altivez con que camina junto a la pared hacia la cuarta y última lámpara, que se encuentra sobre la silla donde está sentada Ada. Deja la banqueta junto a los pies de esta, como si hiciera una reverencia, y desaparece otra vez. Al cabo de un buen rato vuelve con la llama encendida; podría haberla prendido en el fuego que arde en la chimenea, pero no lo ha hecho. Tal vez no haya querido inclinarse delante de ellos, pero no tiene el menor reparo en obligar a Ada a ponerse de pie. Se detiene ante ella y mueve de un lado a otro el papel encend

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos