Náufragos en tierra

Óscar Vela

Fragmento

Medellín, 1961

¿Cómo podía imaginar que aquella tarde triste y lluviosa del 24 de diciembre de 1961 se convertiría muchos años después en una de las más recordadas de toda mi vida?

Si alguien me hubiera advertido que en ese vuelo entre Cúcuta y Medellín el destino iba a hacer su primera jugarreta para enganchar mi línea de tiempo con la de aquel hombre que subió a última hora al avión, quizás me habría fijado en él y habría reparado, desde la inocencia de mis once años, en que lo único que llevaba en sus manos era un ruidoso y llamativo mono de cuerda que se meneaba mientras tocaba los platillos.

Pero nadie nos previene nunca sobre la importancia que tiene tal o cual hecho que en el presente resulta trivial y que en el futuro podría cobrar inesperada trascendencia. Nadie nos alerta jamás sobre ese rostro fugaz con el que nos cruzamos alguna vez y que más adelante se convertirá en alguien esencial en nuestra vida, para bien o para mal. Ya sea de forma consciente o de manera involuntaria, almacenamos en la memoria ese instante vital, esa imagen singular o aquella sensación peculiar que luego saldrá a flote en el momento menos esperado para nuestro beneficio o para nuestra propia destrucción. O, como me sucedió a mí cincuenta y tres años más tarde, para reconstruir con los fragmentos volátiles de mis recuerdos más lejanos, y con la lucidez inusitada de aquel hombre casi centenario, la historia de la Revolución que marcó la vida de varias generaciones de cubanos, la vida de otras naciones y de mucha gente que, de un modo u otro, se vio alterada por el rumbo que tomó Cuba el 1 de enero de 1959 y que, en secreto, también marcó de forma definitiva mi vida y la de mi familia.

Esa tarde, un hombre sudoroso y agitado, visiblemente cansado, entró al avión que se aprestaba a cerrar sus puertas en preparación para el despegue. A pesar de que he intentado encontrar su imagen entre los pliegues de mi memoria, no logro definirlo en esa nave que había abordado junto a mi madre, pero lo que sí recuerdo con claridad es que ocupaba un asiento junto a la ventanilla en la parte delantera del avión. Tal vez esta imagen se fijó en mi mente porque era la segunda vez que volaba, pero la primera que lo hacía en la ventanilla, y no cabía de la emoción y la ansiedad por despegar de una vez para contemplarlo todo desde el cielo. Aunque ningún miembro de la tripulación lo confirmó, quizás la demora del vuelo se debió justamente al abordaje tardío de ese hombre que tenía un aspecto joven pero que lucía en ese tiempo el cabello prematuramente blanco, y que he imaginado desparramando disculpas con modales gentiles entre los demás pasajeros. Aunque no lo supe sino décadas más tarde, en esos momentos él tenía tan sólo cuarenta y tres años.

Intentando escarbar hoy en esos rincones apartados de la memoria, lo único que tal vez podría haberme llamado la atención sobre él era aquel juguete de cuerda que llevaba en sus manos. Ninguno de los pasajeros de aquel avión podíamos imaginar siquiera que ese caballero de aspecto plácido, buenmozo, bien afeitado y visiblemente desorientado, era uno de los míticos barbudos que una madrugada de diciembre de 1956 arribaron a las costas de Cuba, a bordo del Granma, para enfrentarse a la dictadura de Fulgencio Batista.

De hecho, hoy que lo miro a la distancia pienso que todo habría podido ser diferente para ese hombre, para mi madre y para mí si ella hubiera sabido en aquel momento quién era él. Quizás —imagino con escozor— ella hubiera armado tal escándalo que la tripulación se habría visto obligada a pedirle que se cambiara de asiento o que abandonara el avión para poder realizar el vuelo en paz, o, a lo mejor, solamente se hubiera echado a llorar en silencio mascullando su tragedia, tragándose su amargura y el odio que sentía por quienes habían derrocado a Batista, o tal vez se habría mantenido callada por la vergüenza de revelar quién había sido su esposo, mi padre... Pero nada de esto sucedió en realidad en aquel vuelo, porque nadie se iba a enterar de que ese hombre era uno de los revolucionarios cubanos. Nadie tenía forma de saber que él fue uno de los expedicionarios del Granma, y que entre sus compañeros de ideales y aventuras era conocido como el Viejo, y tan sólo unos pocos, los más cercanos como Raúl, el Che o el propio Fidel, sabían que su verdadero nombre era César Gómez Hernández. Nadie podía saber en ese pequeño avión comercial que aquel viaje entre Cúcuta y Medellín era el trayecto final de su exilio definitivo, y que nunca más en su vida volvería a pisar suelo cubano.

César Gómez Hernández, natural de San Francisco Javier y San Julián de los Güines —una pequeña ciudad ubicada a treinta kilómetros al sur de La Habana, a orillas del río Mayabeque—, fue un revolucionario de vocación prematura que antes de cumplir la mayoría de edad ya se había vinculado de forma activa con grupos insurgentes, y que más tarde llegaría a ser integrante del Estado Mayor de los expedicionarios del Granma y hombre de confianza de Fidel y Raúl Castro durante los preparativos de la Revolución en México. Él es el protagonista de esta historia.

Pero también estoy yo, que fui un testigo silente, casi fantasmal, de aquel momento decisivo en la vida de Gómez, y que muchos años después me lo encontré de pronto en uno de los extraños esquinazos que suele ofrecer el azar, y entonces pude enfrentarme a él y a esa historia que también era mía por más esquiva y tenebrosa que me hubiera resultado siempre.

Y ahora, muchos años después, finalmente, estoy sentado delante del computador, hurgando en el pasado hasta llegar al momento mismo en que el avión se deslizó suavemente por la pista desde el aeródromo cucuteño de Cazadero, se detuvo un momento en la cabecera y se aprestó a despegar. En ese instante, a mis once años recién cumplidos, sólo pensaba en los amigos que había dejado en la perla del norte colombiano, amigos de barrio, de fútbol y de callejeo en una ciudad pequeña y amigable, y en una época en la que mi vida era todavía plácida y feliz. Con el tiempo supe lo que mi madre había soportado mientras trabajaba en las minas de arcilla durante los quince meses que vivimos en Cúcuta. Varios años más tarde conocí también la razón por la que ambos abandonamos la ciudad de forma intempestiva en ese vuelo navideño de 1961.

En mi memoria aparecen imágenes que no resultan del todo claras y que no sé si corresponden a la realidad o quizás a una operación caprichosa de mi mente. Esas imágenes no han salido de mis libretas de notas ni tampoco de las extensas grabaciones que le hice a César Gómez, pero en todo caso están allí, revoloteando en mi cabeza, y reflejan el momento preciso en que la nave se elevaba y los motores bramaban mientras miraba por la ventanilla cómo se alejaba lentamente aquel paisaje verde y frondoso surcado por los caminos de tierra rojiza; y me veo tapándome los oídos y veo a mamá haciendo un esfuerzo por sonreír, e imagino que César tendría en ese momento la mirada perdida en algún punto de las nubes perforadas por el avión, y ahora comprendo lo que era imposible comprender cuando aquella escena se desarrollaba cincuenta y tres años antes: que aquel hombre abrumado, abatido y desolado estaba despojándose poco a poco y en silencio de su pasado. Y entonces lo imagino cerrando los ojos con fuerza, reprimiendo quizás alguna lágrima de impotencia y frustración, de nostalgia. En adelante —pensaría él aquel 24 de diciembre— sería simple y llanamente César Gómez Hernández, un hombre honesto y cabal que se veía obligado a empezar una nueva vida en un lugar desconocido, sin más posesiones que la ropa que llevaba puesta y los recuerdos almacenados durante cuarenta y tres años en su memoria.

Detrás de esa imagen que tal vez ha sido deformada por mi mente, en algún punto se encuentra la siguiente escena, la que el propio César Gómez me contó cuando la línea del destino de ambos se cruzó de forma imprevista para cambiar así el rumbo de nuestras vidas: «Mientras la nariz del avión apuntaba hacia el cielo, nos acompañaba el rugido potente de los motores, y yo imaginaba que mi pasado se desprendía a jirones como si se tratara de la piel vieja de una serpiente, y que allí, entre esos retazos curtidos, se quedaban pegadas más de cuatro décadas de recuerdos: alegrías, tristezas, amores, tragedias, logros, frustraciones, satisfacciones, tropezones, y en ese torbellino de imágenes y sensaciones iba también mi nombre de combate, el Viejo,y con él huían para siempre los nombres de los que ya no estaban conmigo, sus rostros difuminados por el tiempo, casi olvidados: mi padre, mi madre, mis hermanos, amigos entrañables, compañeros de aventuras…».

Para ese entonces, César Gómez sentía el agotamiento de la tensa travesía que lo había llevado durante tres días desde su lugar de asilo, en la residencia de la embajada venezolana en La Habana, hasta su destino final: la ciudad de Medellín. Allí, en algún lugar, se encontraban su esposa Elena y su pequeño hijo, César, de quienes no había tenido noticias durante el tiempo que duró su asilo.

En efecto, habían transcurrido nueve meses desde que él cruzó aquel portón de hierro de la embajada y solicitó refugio diplomático levantando los brazos y gritando: «Soy César Gómez Hernández, expedicionario del Granma, revolucionario; desde este momento pido ser asilado en su embajada…». En esos largos meses César Gómez no tuvo más noticia de su mujer y su hijo que aquella nota escrita a mano por una letra que no reconocía en la que constaba una dirección de Medellín que a él le resultaba absurda: carrera 50A No. 49-01.

Tras una hora y media de vuelo, me desperté con un fuerte sacudón que dio el avión cuando empezó a descender entre la última capa de un cielo cenizo, abarrotado de nubes. Apenas la nave franqueó la tupida y esponjosa colcha, vi por primera vez la inmensidad entera del valle de Aburrá y, segundos después, rodeada por los gigantes macizos de la cordillera, descubrí la irregular mancha rojiza y blanca de la capital antioqueña.

A través del cristal opaco de la ventanilla del avión, surcado por cientos de arañazos anárquicos, César Gómez y yo conocimos Medellín desde el aire. Allí aparecieron como en una película muda los recuadros de la ciudad y sus alrededores: las fincas aisladas, rodeadas de terrenos cuya fertilidad se apreciaba a simple vista, extensas áreas de cultivos y generosos prados matizados por distintas tonalidades verdes.

Observador y analítico como había sido siempre, él intuyó en esa primera visión aérea que la ciudad arracimada en el centro de esa planicie rodeada de montañas se extendería en muy poco tiempo hacia las faldas medias de esas elevaciones, e incluso hasta la misma cima de ellas. Pero en 1961, las fincas cercanas a Medellín todavía aparecían desperdigadas entre la explanada y las laderas de los montes, como si alguna vez hubieran sido diminutas semillas que cayeron al azar aquí y allá desde la mano callosa de un descomunal labriego que nunca habría de volver para recoger sus frutos.

Mientras el avión se aproximaba a la pista del Aeropuerto Olaya Herrera, durante algunos minutos, seguramente los dos intentamos abarcar con nuestras miradas todo lo que la pequeña escotilla nos brindaba: los gigantes montañosos con sus cabezas de humo, las huellas de lo humano y de lo divino, las serpientes gigantescas de tonalidad marrón que acechaban al avión —el ilusorio horizonte de las montañas—, e imaginamos más allá, mucho más allá de lo que la vista nos ofrecía, el luminoso espejo del Caribe colombiano hermanado con el mar de la Cuba querida, la de las aguas cálidas de tonalidades turquesas, aguas con las que los dos habíamos convivido desde niños y que ninguno volvería a ver.

Allí se encontraba ese hombre de fisonomía delgada pero fibrosa, de brazos recios y espaldas anchas, de estatura mediana y con el ímpetu intacto de la juventud. Allí estaba César Gómez la tarde previa al día de Navidad, sobrevolando un territorio desconocido por las razones más poderosas que puede tener un ser humano para abandonarlo todo y empezar una nueva vida lejos de su patria y de sus raíces: el amor y los principios.

El avión continuó descendiendo de modo casi imperceptible, mientras él, en una especie de ilusión que le oprimía el pecho, miraba ansiosamente con el deseo de encontrar desde las alturas a Elena y al pequeño César. Aturdido por el viaje y consumido por la ansiedad, intentaría inútilmente identificar a su esposa en ese pequeño hormiguero de gente que apenas distinguía mientras el avión se acercaba a su destino, proyectando una sombra tenue en suelo paisa. Trataría de definir su silueta, delgada y menuda, su cabello rubio, lacio, y creería haberla visto caminando con su paso sereno, pausado, empujando el cochecito del niño que estaría dormido, arrullado por el traqueteo de las ruedas sobre las aceras grises de Medellín. Su hijo tenía en ese momento un año y diez meses. César debió imaginar las gracias propias de esa edad: las risas, los juegos, los besos y su lenguaje disparatado… Pensaría, quizás, que si se parecía a él, tendría el rostro afilado y la contextura gruesa, la piel tostada y posiblemente en pocos años el cabello canoso, pero si se parecía a Elena, sería guapo, rubio, simpático. En medio de esos pensamientos quizás recordó el mono de baterías que llevaba en las manos y que le había regalado un amable funcionario de la embajada de Colombia en Caracas.

El piloto anunció el aterrizaje por el altoparlante del avión. César Gómez debió sentir en ese instante un escalofrío que recorría su espalda. De algún modo intentaría alejarse de las interrogantes que lo asediaban, del temor latente de no encontrar a su esposa y a su hijo en esa ciudad desconocida, del desasosiego que le caería si ellos no estaban en el lugar al que debían haber llegado nueve meses atrás. Instintivamente debió rozar el bolsillo de su pantalón en el que guardaba aquella hoja de papel escrita a lápiz en la que constaba la referencia de quienes debían recibir a Elena y a su hijo en Medellín, las hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, y esa extraña dirección… Lo asaltarían al hombre demasiadas preguntas sobre el destino de su familia, sobre su salud, e incluso sobre todo aquello que pudiera haberlos alejado sentimentalmente durante el tiempo de separación. Su corazón debió latir con mayor velocidad cuando aquel susurro mecánico estremeció la parte baja del avión y el tren de aterrizaje terminó de salir, cuando vio tan cerca los pastizales y el ganado paciendo inmóvil, y los tejados rojos de las casas más distantes.

Muchos años después me confesó que en el momento en que el avión iba a tocar tierra, cuando la certeza de su exilio estaba por consumarse del todo, volvieron a él en ráfagas violentas, impertinentes, los recuerdos de esa última noche que pasaron los ochenta y dos expedicionarios a bordo del Granma liderados por Fidel Castro: los prolongados silencios en medio de una oscuridad absoluta que, poco a poco, según se acercaba la madrugada, fue cediendo a la línea de luz que se filtró en el horizonte gris entre el mar y el cielo, y la voz de alarma de Onelio Pino, el capitán del yate que, apenas despuntó el sol, descubrió el trazo irregular de la costa cubana asomándose como un espectro en la lejanía.

El Granma, 1956

Abordamos el Granma la noche del 25 de noviembre de 1956 en un disimulado embarcadero particular a orillas del río Tuxpan. Nos encontrábamos a poco más de una milla náutica del golfo de México. El Granma era un yate elegante de línea estilizada. Tenía trece metros de eslora y tan sólo cuatro y medio de manga. En ese momento ninguno de nosotros podía imaginar el mito que se tejería en el futuro gracias a esa nave de aspecto lujoso que cumplió una función trascendental en la historia de la Revolución cubana.

Durante varios días, tomando todas las precauciones posibles, habíamos llevado a bordo del yate los medicamentos, alimentos, armas y municiones que requeríamos para la travesía. Finalmente esa noche, alrededor de las once, embarcamos los ochenta y dos expedicionarios. El grupo de gente que viajó en el Granma era muy heterogéneo: médicos, abogados, políticos, albañiles, cocineros, todos reunidos allí con un pensamiento revolucionario y una sola consigna: derrocar al régimen asesino de Fulgencio Batista.

Zarpamos un poco antes de la medianoche, aprovechando la oscuridad de un cielo que se había encapotado desde la tarde y que amenazaba con descargar tormenta. La siniestra confirmación de todas las dudas y temores que albergamos durante meses por esa aventura delirante en la que nos estábamos metiendo se produjo desde el inicio mismo del viaje con los problemas que se nos presentaron. El primer contratiempo se dio cuando apenas llevábamos unos minutos de navegación silenciosa en ralentí y nos encontramos de pronto, en un recodo del río, con la enorme barcaza de una empresa maderera que flotaba en esa zona y dejaba un espacio muy reducido para que pasara el Granma. Onelio Pino, el capitán, tuvo que realizar varias maniobras complicadas para avanzar junto a la estructura en la que se habían apostado varios soldados que la protegían. El problema mayor estaba en que debíamos sortear el inconveniente sin llamar la atención de los uniformados. De hecho, la orden para ese primer trayecto era que no encendiéramos cigarrillos ni dijéramos una sola palabra. De este modo zarpamos, con ochenta hombres recostados en el reducido espacio de cubierta que quedaba entre la proa y la popa, en el camarote e incluso en la diminuta área del baño y la cocina, todos amontonados, para pasar desapercibidos en el tramo inicial que podía ser el más riesgoso de la expedición.

Visto desde la barcaza, el Granma debía parecer un inofensivo yate de paseo tripulado tan sólo por dos hombres con aspecto de pescadores aficionados: Onelio Pino y Fidel Castro, que lo acompañaba sobre el puente de mando. Ahora que ha trascurrido tanto tiempo de aquello, cuando recuerdo esos momentos de tensión que vivimos en el trayecto por el río Tuxpan, pienso que el Granma fue una suerte de caballo de Troya moderno que emprendió una de las aventuras más disparatadas del siglo XX.

Durante algunos minutos, mientras el barco se desplazaba bajo el influjo soporífero del motor, todos los expedicionarios nos mantuvimos en completo silencio, arrimados unos a otros, ocupando cada centímetro del yate. Lentamente el Granma surcó el río y se aproximó hacia su desembocadura en el golfo de México. Los que íbamos ocultos en cubierta tan sólo veíamos aquel cielo luctuoso que nos cubría y apenas podíamos escuchar a los perros que, desde la orilla, nos ladraban nerviosos, como intuyendo que aquella forma espectral que se dirigía solitaria río abajo llevaba en su interior algo más que dos navegantes aficionados. Así logramos eludir la vigilancia adormecida de las márgenes del Tuxpan y salimos al cabo de treinta minutos al golfo. Pero esas dificultades iniciales, que nosotros anticipábamos como las más graves por la posible presencia de soldados en la zona, no fueron nada en comparación con las que llegaron cuando sorteamos la bocana y su ríspido oleaje para entrar en mar abierto, pues apenas el Granma penetró con su casco en la profunda negrura del océano, se desató la tormenta que tanto habíamos temido. Minutos antes, Onelio Pino escuchó en la radio que la Marina había prohibido que las embarcaciones salieran al mar, pero Fidel le dio la orden de continuar hasta la desembocadura sin dar parte del evento a los demás tripulantes. Esto sólo lo supimos días más tarde, cuando estábamos cerca de Cuba y Fidel lanzó una de sus peculiares arengas para levantar el ánimo de los compañeros. Sin embargo, en los días siguientes de la travesía del Granma, esta reserva de Fidel frente a las noticias que llegaban desde México y Cuba a través de la radio sería una constante, en especial cuando se trataba de malas nuevas para la expedición.

Aquel aguacero que nos sorprendió en el golfo de México, además de torrencial, convirtió la escena en un caos de vientos cruzados que hacían impredecibles los tumbos estrepitosos de la nave. El océano, furioso, nos sacudía como si se tratara de un juguete de balsa a expensas de su ira. Sólo ahí, en medio de esa tormenta, nos dimos cuenta de la primera gran equivocación que habíamos cometido, un gravísimo error de cálculo: las pruebas de navegación del Granma habían sido realizadas con pocos hombres a bordo y casi sin ningún cargamento. En esas circunstancias de práctica, en el río Tuxpan, el yate llegaba a navegar a once y hasta doce nudos, pero cuando salimos al golfo aquella noche, cargados en exceso, con todos los expedicionarios a bordo, la cosa fue distinta: los dos motores del Granma alcanzaron apenas los tres nudos y la línea de flotación se encontraba demasiado cerca de la borda. En esa coyuntura, la navegación en aguas abiertas se convirtió en una empresa casi imposible. A estas dificultades, que eran imputables directamente a nosotros, que habíamos programado aquel viaje sin tener en cuenta los detalles del peso, había que añadirle los efectos de la tormenta brutal que nos puso a prueba desde el inicio sobre la locura que estábamos cometiendo.

Aquella madrugada fue, sin duda, la más difícil de todas. El yate, zarandeado por el oleaje como si se tratara de una corteza de coco, provocó que casi todos los tripulantes sintieran los estragos del mareo. La improvisación con la que habíamos comenzado la aventura se hizo patente desde el inicio con cosas tan elementales como no haber podido encontrar esa noche los medicamentos para evitar el mareo, pues los frascos que contenían las píldoras para las náuseas se habían quedado debajo del armamento y era imposible sacarlos de allí entre los bandazos que daba la nave. A pesar de estos aciagos momentos y del malestar de casi toda la tripulación, imbuidos de patriotismo, en pleno golfo de México, azotados por la cólera del mar y por la lluvia estrepitosa, decidimos cantar el himno nacional de Cuba envueltos en gran solemnidad.

Pero las aguas no nos iban a dar tregua aquella madrugada. El tiempo parecía que se había detenido para contemplar el azote del océano contra la frágil embarcación. Las olas eran inmensas, y cada cierto tiempo nos levantaban con fiereza para luego soltarnos en aquel enorme y oscuro vacío que estremecía el casco del Granma y le arrancaba unos quejidos sordos, guturales, como si se tratara de una vieja ballena enferma a punto de morir. Fue una noche delirante, llena de temores y cuestionamientos. ¿Había sido una verdadera locura hacer ese viaje en tales condiciones? Creo que todos pensamos lo mismo en aquel momento, incluso Fidel, que siempre fue el más decidido a seguir adelante, pero los demás nos lo callábamos y enterrábamos el miedo muy adentro de nuestros cuerpos entumecidos. En todo caso, nadie en el Granma era capaz de amotinarse en ninguna circunstancia, por extrema que esta fuera. Todos estábamos decididos a continuar con aquel absurdo hasta el final por el bienestar de nuestra patria, por la ansiada libertad.

Al amanecer del día 26 de noviembre, cuando la tempestad amainó y salieron los primeros rayos de sol detrás de la línea del horizonte, nos dimos cuenta de que el barco corría peligro de hundirse. Sólo en ese momento notamos que la línea de flotación se encontraba a pocos centímetros de la superficie del agua y la cubierta se había anegado por completo durante la noche. Los cristales de las ventanas del yate se habían quebrado, y eso contribuyó a que el agua se metiera por todos los flancos. De forma desesperada intentamos utilizar las bombas de achicar, pero estas no funcionaron y no tuvimos más alternativa que utilizar cubos y hacer una cadena de hombres para sacar el agua y evitar el hundimiento. Pasamos varias horas en esta labor, calcinados por el sol y todavía sacudidos por un fuerte oleaje, pero al final logramos vaciar el agua del interior del barco y pudimos descansar un poco después de la extenuante jornada. En los largos períodos de descanso que vendrían durante los días siguientes, casi todos nos poníamos a reflexionar sobre la enorme aventura en la que nos habíamos metido, y en especial sobre lo que el futuro nos depararía. Yo pensé muchas veces durante la travesía que si nos hundíamos íbamos a hacer un ridículo histórico, y eso me atormentaba aún más que las condiciones de navegación o los peligros que nos esperaban en Cuba. Supongo que otros también lo pensaron, pero al final cada uno mostraba su mejor actitud. Sin duda, la característica esencial de los tripulantes del Granma era la valentía.

Por supuesto, conversábamos mucho entre nosotros y cuando todos participábamos el ánimo se encendía y hacíamos bromas y reíamos, pero normalmente las charlas se reducían a pequeños grupos de tres o cuatro personas que, en voz baja, intercambiábamos opiniones, preocupaciones o sentimientos que no queríamos compartir con los demás. El Che había sido desde México uno de mis amigos más cercanos, y con él y con Raúl Castro hablábamos mucho esos días sobre las circunstancias del viaje, sobre cómo veíamos a tal o cual compañero, sobre los alimentos o el agua que nos quedaba, sobre el estado de ánimo del grupo y, en especial, sobre los planes que teníamos al llegar a Cuba. Desde México teníamos muy claro en qué pelotón estaría cada uno y cuál era el lugar de encuentro en la Sierra Maestra si las circunstancias nos obligaban a separarnos, que era lo más probable y que fue justamente lo que nos pasó apenas llegamos a Cuba.

Con los años comprendí la verdadera dimensión de lo que hicimos y de lo que logramos más adelante, pero también he confirmado que aquella travesía en el Granma fue, desde el comienzo, un proyecto irresponsable con un objetivo político claro pero casi imposible de conseguir: llegar a la isla con ochenta y dos hombres, derrotar al gobierno de Batista y todo su ejército, y conseguir la anhelada independencia de Cuba sin intervención de ningún Gobierno extranjero.

Durante los días siguientes estuvimos descansando gran parte del tiempo, adormecidos por el bochorno y aletargados por la humedad. Con el calor se pudrieron las naranjas que habíamos llevado en varios sacos y al cuarto día tuvimos que tirar al mar lo que quedaba de ellas. A pesar de la preocupación que todos sentíamos por el destino incierto de la travesía, nadie se quejaba cuando sucedían estas cosas. Nos tomábamos los problemas cotidianos, como el de las naranjas, con cierto humor y tratábamos de esconder cualquier malestar que sintiéramos. Éramos, en ese sentido, un pequeño grupo de combatientes unidos como un puño.

Hay una imagen que se me quedó grabada de aquel viaje por lo repetitiva que resultó durante varios días: Fidel sentando en la cubierta, rodeado de rifles, se pasaba horas enteras ajustando las mirillas y revisando al detalle todo el armamento que llevábamos, y lo más irónico de todo esto fue que al llegar a Cuba ya no pudimos utilizar la gran mayoría de esos rifles porque el salitre los había inutilizado o porque se hundieron con el barco cuando naufragamos en los cayos cercanos a la costa.

La tensión entre los compañeros subió el 30 de noviembre que era, supuestamente, el día en que debíamos desembarcar en Cuba. Unos días antes de nuestra partida, en Ciudad de México se había firmado un acuerdo con la gente del directorio estudiantil para organizar el levantamiento del 30 de noviembre en Santiago. Hasta ahí participamos en ese evento, que debía servir para despistar a las tropas de Batista cuando nosotros arribáramos a la isla. Mientras el Granma atravesaba el golfo hacia Cuba, en México y en Santiago se producían algunos eventos que resultaban ajenos a nuestra participación. Aquel levantamiento contra Batista lo lideró Frank País, un dirigente con quien mantuvimos varias reuniones en México, y que luego se convertiría en uno de los baluartes de la lucha revolucionaria y también, por desgracia, en una de las víctimas más importantes de nuestra rebelión.

Todos estábamos convencidos de que el alzamiento en Santiago era una distracción perfecta para nuestra llegada, pero por las condiciones de navegación del Granma el viaje duró más de lo previsto y arribamos a la isla varios días después, concretamente el 2 de diciembre. Y sin embargo, el 30 de noviembre todos estuvimos pendientes de las noticias de la revuelta de Frank País. Recuerdo que ese día y el siguiente, Fidel y Raúl se encerraron durante horas en el camarote para escuchar la radio, y por ella se enteraron del fracaso del levantamiento. También supieron que habían muerto en combate nuestros amigos Tony Alomía, Otto Parellada y Pepito Tey, y que otros compañeros habían sido heridos. A los demás tripulantes sólo nos lo contaron en detalle el 2 de diciembre, cuando Onelio Pino vio tierra y el yate enfiló hacia la costa. Lo cierto es que aquel fracaso nos desanimó un poco, sobre todo la noticia de la muerte de los tres amigos, pero en cualquier caso nuestra misión en aquel momento era irreversible; debíamos continuar y desembarcar en la isla sabiendo que no contábamos ya con la ayuda de Frank País y los sublevados de Santiago.

Hoy, cuando pienso en todo lo que viví esos días en el Granma, me digo a mí mismo que fuimos unos inconscientes y que pecábamos de inmaduros, pero en ese momento estábamos decididos a todo y además éramos unos hombres desprendidos que teníamos fe ciega en aquella Revolución. De alguna forma, la historia de la humanidad se ha forjado a partir de hechos irresponsables como este en el que participamos nosotros. Y es importante que la gente sepa que a pesar de todos los momentos trágicos que pasamos y de los errores enormes que cometimos, siempre fuimos para adelante, nunca hablamos siquiera de volver o, peor aún, de fracasar. En nuestro discurso jamás hubo espacio para el pesimismo. En el fondo siempre tuvimos un optimismo exagerado sobre las posibilidades que teníamos, y quizás en ese optimismo se cifró gran parte del éxito de nuestra aventura.

Mientras tanto, en Cuba las tropas de Batista nos esperaban en cualquier punto de la isla de un momento a otro. Nosotros sabíamos que no llegaríamos por sorpresa, pues durante varios meses la prensa había hablado de la expedición de los revolucionarios al mando de Fidel Castro que llegaría a Cuba en cualquier instante. La demora en la travesía del Granma nos había dejado el 2 de diciembre con el combustible justo para navegar hasta la tarde, y luego nos quedaríamos a la deriva en cualquier lugar del océano. Esa madrugada también se produjo el grave incidente con el teniente Roque, un exmarino que se subió al techo del puente de mando del yate intentando divisar desde allí la luz del faro de cabo Cruz, y en uno de los bandazos que daba la nave cayó al agua. De inmediato Fidel dio la orden a Onelio Pino de que regresara para buscarlo. Usamos nuestras linternas, y luego de una hora o algo más, cuando casi habíamos perdido las esperanzas, encontramos a Roque y lo rescatamos. Por todo lo que nos sucedió en la travesía, recuerdo con gran emoción el amanecer de aquel día, cuando escuchamos el grito de Onelio Pino al divisar la costa de Cuba. «¡Tierra! ¡Llegamos, llegamos a Cuba, compañeros!», y recuerdo especialmente los gritos de algarabía de todos los expedicionarios que salimos a cubierta y nos fundimos en un abrazo mientras mirábamos extasiados aquellos trazos oscuros que se dibujaban en el horizonte.

Minutos después, cerca de las seis de la mañana, nos encontrábamos apenas a una milla de la playa, en la zona de los Colorados, que era un lugar poco apropiado para el desembarco, pues la costa estaba rodeada de manglares y fangales que hacían casi imposible el acceso desde el mar. La orden de Fidel a Onelio cuando divisamos la costa fue simple: «Dele adonde llegue, compañero», y así fue como sucedió, hasta que el Granma encalló en un manglar a unos doscientos metros de la playa. En ese momento todos ya nos habíamos puesto los uniformes verdes y empezó el desembarco.

A pesar de que había algunos expedicionarios que no sabían nadar, nadie se ahogó. Todos, desde el primer hombre que desembarcó, tomamos una soga muy larga para agarrarnos de ella hasta llegar a la playa. Yo me quedé con Raúl hasta el final, y cuando ya habían bajado la mayoría y enfilaban hacia tierra, mientras cargábamos el armamento y las mochilas, vimos una lanchita que se acercaba peligrosamente a nosotros. Pocos segundos después, desde la lanchita, que resultó ser de la Marina, nos dispararon una ráfaga de ametralladora. Yo intenté disparar también pero Raúl no me dejó. Fidel, que ya estaba en el agua, nos dio la orden de que saliéramos del barco de inmediato. A bordo se quedaron casi todos los medicamentos del Che y una ametralladora sin trípode, calibre cincuenta que era muy poderosa. También dejamos en el yate otra metralleta calibre cuarenta y cinco como las del tiempo de los gánster en Chicago. Eran las mejores que llevábamos y las perdimos por la aparición de la patrulla marina que nos había descubierto.

Desde el momento en que cruzó la lanchita hasta que salimos del barco e intentamos cruzar el manglar pasó aproximadamente una hora. Sabíamos que el tiempo apremiaba y que aquella patrulla ya debía haber dado parte a las tropas de nuestro desembarco. En un inicio no supimos a qué lugar habíamos llegado ni con qué nos podíamos encontrar en esa parte de la isla. La única referencia que teníamos era que estábamos cerca de Niquero, el lugar en que debíamos desembarcar el 30, pues habíamos pasado cayo Cruz y a partir de ese punto especulábamos sobre nuestra posición. Sin embargo, aquella discusión que mantuvimos mientras caminábamos en la hilera, sujetos a la soga, duró poco, pues pronto escuchamos los primeros disparos que provenían desde tierra. El grupo de Juan Manuel Márquez, que fue el primero en llegar, se separó de los demás para constatar si habíamos arribado a tierra firme o si seguíamos en alguno de los cayos de la zona, y fue a ese grupo al que una patrulla del ejército eliminó a punta de metralleta, matándolos a todos.

Mientras tanto, el grupo de Faustino Pérez, que también se había separado, llegó hasta la playa para confirmarnos que estábamos en tierra firme. En el momento en que decidimos refugiarnos entre los manglares fue precisamente cuando empezó el ataque de la aviación al Granma. Nosotros todavía nos encontrábamos a cien metros de tierra firme y vimos cómo dos aviones acribillaron al yate desde el aire. Todo fue un caos entonces. No sabíamos hacia dónde dirigirnos y las dificultades de la vegetación y el agua que nos llegaba hasta la cintura hacían que la marcha fuera muy lenta. Fidel encabezaba ese último pelotón y Raúl y yo íbamos en la retaguardia. Tratábamos de mantenernos en fila, sujetándonos a la soga, avanzando en el lodazal entre las guardarrayas durante varios minutos que se nos hicieron eternos. Mientras tanto, el Granma, nuestro yate, soportaba encallado en aquella punta de mangle, a dos kilómetros de la costa cubana, el ataque incesante de las ametralladoras del ejército.

Bogotá, 2014

Conocí a César Gómez Hernández en Bogotá, en abril del 2014. La reunión se llevó a cabo en un café de Rosales. Apenas lo vi entrar del brazo de su hija, su rostro me pareció familiar, pero de inmediato olvidé esa primera impresión y me concentré en el personaje que tenía enfrente. A pesar de sus noventa y seis años de edad, se mantenía fuerte. Su cabellera, abundante, era de un blanco limpio y lustroso. Tenía una mirada penetrante, pero el color pardo de sus ojos la hacía también amable. Su piel conservaba cierta tonalidad cobriza a pesar del tiempo y la distancia que lo habían separado de Cuba. Los años se le podían contar en los surcos del rostro y en la frente, profundos e irregulares como los de un roble viejo, pero también se notaba el peso de su vida en aquella piel que se le descolgaba de los huesos de la cara y que le daba un aire simultáneo de cansancio y vulnerabilidad. Hoy, al sentarme frente al computador a escribir esta historia con base en las notas y grabaciones que hice con él en aquella ocasión y en las que llegaron más adelante, estoy di

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