El medallón de fuego

Carla Montero

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Cremona,

5 de febrero de 1486

Ni siquiera la muerte era obstáculo para Lorenzo de Médicis.

Envuelto en las sombras de la noche, temblorosas a la luz de un par de lámparas de aceite, el Magnífico avanzó unos pasos, se detuvo a los pies de la lápida y clavó la vista en la gran losa de piedra que yacía sobre el suelo del claustro del monasterio agustino. Le pareció más sencilla de lo que se esperaba. No le hubiera sorprendido encontrarse un gran cenotafio ricamente ornamentado con esculturas, columnas y capiteles, situado con honor en alguna de las capillas laterales. En cambio, la tumba apenas lucía algunos relieves vegetales en los bordes y el nombre del difunto bajo una cruz latina. Kyriacus Anconitanus.

Lorenzo no había llegado a conocer a Ciríaco de Ancona. No obstante, sabía que su abuelo Cosme de Médicis había patrocinado varias de sus expediciones por el mar Egeo y el resto del Mediterráneo oriental y había adquirido para su propia colección de antigüedades no pocas de las reliquias que el aventurero traía de tales viajes: monedas, gemas, estatuillas... No era de extrañar que Ciríaco, un hombre versado en el legado de los ancestros y los enigmas de las civilizaciones arcaicas, se hubiera llevado algún secreto a la tumba.

Una ráfaga de aire helado, cargada de polvo de nieve, se coló entre los arcos del claustro y las gruesas ropas de Lorenzo de Médicis. El florentino salió de su ensimismamiento con un ligero escalofrío y miró a su alrededor. La concurrencia lo observaba expectante, impaciente incluso ante lo clandestino de la operación y la inclemencia del tiempo.

El abad del monasterio se agitaba inquieto desde un segundo plano, como si el refugio de la oscuridad le exonerara de cualquier responsabilidad en aquel asunto, al cual se había mostrado reticente en un primer momento: lo que se le proponía era contrario a la ley divina y a la humana y él se declaraba leal tanto a Dios Nuestro Señor como a Ludovico Sforza, gobernante de Cremona. Aunque los Médicis y los Sforza se hallaban en buenos términos dentro del frágil equilibrio de poder entre los territorios italianos, no deseaba el abad ser él quien se viese involucrado en nada que pudiera enemistarlos. No obstante, el dinero de los Médicis compraba fácilmente toda clase de lealtades. El viejo, quien envestido de autoridad y culpable de morbo no había querido perderse el espectáculo, temblaba ahora bajo su capa, con su nariz de pico de pájaro colorada y enterrada entre los cuellos, quizá más presa del frío que del temor o el remordimiento.

Dos sepultureros le flanqueaban. Padre e hijo. Ceñudos y fornidos, de pocas luces y fáciles de amedrentar. También se los había comprado con unas pocas monedas y, lo que era más importante, se habían sellado sus labios con una amenaza de muerte, la cual, proviniendo del propio Lorenzo de Médicis, nadie osaría tomar a la ligera.

Completaban la partida dos hombres de confianza de Lorenzo, consejeros y amigos, cómplices en aquella empresa, sin cuyo apoyo y guía nunca hubiera emprendido: el sabio Marsilio Ficino, casi un padre para Lorenzo, y Giovanni Pico della Mirandola, un joven conde de mente inquieta y brillante, que siempre le había demostrado lealtad. De algún modo ellos, en su incansable búsqueda del conocimiento, le habían llevado hasta allí. Ambos se habían pasado los últimos años desgranando palabra a palabra la inmensa biblioteca de Niccolò de Niccoli, otro de los amantes de lo antiguo, uno de los mayores coleccionistas de manuscritos en griego y en latín de Europa, sólo aventajado por Cosme de Médicis. Lo cierto era que tal afán le costó una fortuna a Niccoli, quien murió en la ruina. Al patriarca de los Médicis no se le escapó entonces la oportunidad que se le ofrecía: costeó las exequias de Niccoli a cambio de apropiarse de su magnífica colección de textos, la cual puso a buen recaudo en el convento dominico de San Marco en Florencia.

En ella habían hallado Marsilio y Pico el Manuscrito del Templario. Un legajo en hebreo arcaico que provenía de las costas del mar Muerto, según rezaban las anotaciones rubricadas por Medardo de Sens, miembro de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, y fechadas en tiempos de la Segunda Cruzada. Con ayuda del también filósofo y humanista judío Elijah Delmédigo, habían invertido años en descifrar el asombroso contenido del manuscrito. Sin embargo, todo aquel intrigante asunto había adquirido plena relevancia con el descubrimiento de la correspondencia entre Niccolò de Niccoli y Ciríaco de Ancona.

Tras semejante travesía, Lorenzo de Médicis confiaba en que uno de los grandes secretos de la Antigüedad estuviera a punto de revelársele. Una punzada de ansiedad sacudió sus entrañas.

—¡Adelante! —ordenó con voz firme y potente.

Los sepultureros se pusieron de inmediato manos a la obra y los golpes de sus picos resonaron durante un lapso interminable entre los recovecos del claustro. Nadie movió apenas un músculo ni cruzó palabra entretanto. Alterar el descanso de los difuntos perturbaba los ánimos, la expectación enmudecía los discursos y el frío atenazaba los cuerpos.

Sólo cuando la lápida se hubo desprendido y los sepultureros estaban a punto de apalancarla, exclamó el abad, inquieto:

—¡Mucho cuidado, no vaya a romperse! —Y a Lorenzo aquel prosaico clamor le pareció un insulto a la mística del momento.

El escandaloso roce de piedra contra piedra dejó al descubierto el agujero oscuro del sepulcro. Apenas hubo que excavar un par de metros de tierra hasta que apareció el ataúd. Ayudados por cuerdas, los sepultureros lo alzaron entre jadeos y resoplidos de esfuerzo; con sumo cuidado para que la madera corrompida por la humedad no se partiese, lo depositaron a ras del suelo. Lorenzo no pudo evitar aproximarse; Pico y Marsilio lo escoltaban llevados también por la curiosidad. En una esquina, el abad murmuraba salmos y oraciones con atropello.

Crujidos espeluznantes se sucedieron al retirar la cubierta. Parecía que el cofre iba a deshacerse en astillas a cada embestida de las palancas. Finalmente, la tapa quedó libre. Los sepultureros miraron a Lorenzo y éste asintió con un gesto para que la retiraran.

El florentino apretaba las mandíbulas de forma casi inconsciente. No era la muerte lo que le alteraba los nervios; tantas veces la había tenido cerca que ya no le causaba aprensión. Era lo que podía hallar o, a lo peor, no hallar dentro de aquella tumba lo que le inquietaba. Y el paso del tiempo: los más de treinta años que habían transcurrido desde que Ciríaco de Ancona abrazase la tierra. ¿Cómo habría tratado la podredumbre al cuerpo ya de por sí enjuto del arqueólogo?

Los sepultureros echaron la tapa del ataúd a un lado y se apartaron para dar paso al Médicis. Lorenzo se asomó y aproximó el candil al interior de la caja. Una vaharada con un olor extraño le golpeó el rostro. No resultaba un tufo repugnante. Se asemejaba al del cuero viejo y el moho, al que desprenden los baúles largo tiempo cerrados. Sin embargo, algo en él lo hacía particular: se trataba sin duda del olor de la muerte. Los cuervos del patio graznaron cual si portasen alguna clase de advertencia, que Lorenzo desoyó. Con cautela extendió la mano enguantada para retirar del cadáver el sudario de tela de yute, frágil y quebradizo al tacto.

Ciríaco de Ancona era ahora un cráneo cubierto de manchas oscuras y una pelusa mohosa, aún tocado con la cofia roja de fieltro. Las grandes cavidades de los ojos y la nariz y la mandíbula desdentada y descolgada dotaban de una insólita expresión a su calavera polvorienta, entre cómica y espantosa. Al tenerlo por fin delante, a Lorenzo le acometió la extraña sensación de estar contemplando su propio e inexorable futuro. Aquello le provocó un estremecimiento que se afanó por disimular.

—Yo soy el que resucita a los muertos del inframundo —declamó en latín Marsilio Ficino a su espalda, parafraseando al difunto.

Aquella máxima, que parecía pronunciada de forma intempestiva, casi resultaba irónica en semejante contexto, pero Lorenzo comprendió que era una manera de traer a colación el propósito de aquella empresa nada grata.

Tras mucho investigar su correspondencia, Ficino sostenía que Ciríaco de Ancona había pertenecido a una fratría, una secta neopagana y esotérica, fundada en la localidad griega de Mistra por Jorge Gemisto, llamado Pletón, el gran erudito y filósofo que tanto había inspirado al propio Marsilio a la hora de fundar la Academia Neoplatónica en Florencia, bajo patrocinio de los Médicis. Se rumoreaba que en la fratría de Mistra sólo unos pocos iniciados profundizaban en el conocimiento de lo arcano: la cábala, la alquimia, el hermetismo, el más allá y la eternidad del mundo... ¿Qué sabiduría habría llegado a adquirir Ciríaco para llevarle a hacer tal afirmación? ¿Qué poder poseía?

La respuesta quizá se hallase en el rompecabezas que Lorenzo de Médicis, Pico della Mirandola y Marsilio Ficino habían ido componiendo con el Manuscrito del Templario, la correspondencia entre el de Ancona y Niccolò de Niccoli y lo que los había llevado a exhumar aquel cadáver.

Lorenzo pasó el candil a Pico della Mirandola y se agachó junto al ataúd. De un primer vistazo, no encontró lo que buscaba o, en todo caso, lo que creía estar buscando.

—¿Puedes verlo? Tal vez se oculte entre sus ropajes —apuntó el joven conde en un susurro. Por el tono de sus palabras se podía intuir que no querría ser él quien tuviese que hurgar en las entrañas de aquella tumba.

Lorenzo recorrió con la vista la amalgama de telas polvorientas: el sudario, la hopalanda de terciopelo rojo con bordados de hilo de oro, el cuello amarillento de la camisa de lino... Las manos del cadáver reposaban cruzadas sobre ellas. Una sortija con sello había resbalado hasta detenerse en el hueso del nudillo. Palpó con cuidado las vestiduras flácidas y arrugadas y sintió la osamenta por debajo. Llevó los dedos hasta la botonadura y tiró ligeramente con la intención de soltarla, mas la tela pasada cedió antes que los botones. También abrió la camisa hasta que quedaron al descubierto el esternón y las costillas, perfectamente ordenadas.

—Dame más luz —pidió.

Con el candil cerca, Lorenzo exploró las sombras y los recovecos. Y, entonces, descubrió un fino cordel entre los huesos. Al tirar de él asomó de debajo de una de las costillas parte de un objeto redondo y romo. Lorenzo lo alcanzó y lo extrajo con tanta aprensión como cuidado; no obstante, algunos despojos se desplazaron con un bufido de polvo y un espeluznante crujido que pareció retumbar en el silencio del claustro. Como si hubiera cobrado vida de repente, el cráneo del cadáver se ladeó y su mandíbula se separó de él. Un respingo generalizado sacudió a los presentes.

—¡Ave María Purísima! —exclamó el abad, llevado por el terror.

Incluso Giovanni Pico emitió un pequeño grito y a punto estuvo de dejar caer el candil.

Con un suspiro, Lorenzo se repuso del sobresalto y lanzó una mirada reprobatoria a aquellos que se lo habían causado con su falta de temple. Abrió el puño que por instinto había cerrado y contempló el objeto entre sus manos mientras le limpiaba el polvo con la yema de los dedos. Enseguida se vislumbró el brillo verdoso de la gema y el relieve de una talla de lo que parecía un dragón. Lo circundaban unos símbolos o una escritura que no reconoció.

Lorenzo de Médicis alzó la cabeza y sus ojos chocaron con los de Marsilio Ficino, quien también lo miraba por encima de su hombro. No pudo evitar sonreír.

—Lo tenemos —afirmó triunfante—. Maldita sea, Ciríaco Pizzicolli, te lo habías llevado a la tumba, viejo zorro, pero lo tenemos. ¡Tenemos el Medallón de Fuego!

Y su mentor, presa del mismo gozo, le devolvió la sonrisa.

Ekaterimburgo,

17 de julio de 1918

Grigori Nikulin puso en pie un vaso vencido, acercó la botella de vodka y se sirvió una generosa cantidad que apuró de un solo trago. Él no era bebedor, no al menos como lo eran la mayoría de sus camaradas, quienes el día de paga podían emborracharse hasta el desmayo. Grigori se consideraba a sí mismo un hombre sensato pese a contar con sólo veintitrés años. El hijo del ladrillero de Kiev sabía que para prosperar era mejor permanecer siempre sobrio, atento, controlando la situación.

Sin embargo, en aquel instante, necesitaba ese trago. Cualquier cosa que infundiese algo de ánimo y ardor tanto a su cuerpo como a su espíritu. Se sentía agotado después de toda la noche en vela, deprimido después de cuanto había presenciado. «Es el precio de la revolución —se repetía—. Los tiranos nos han obligado a hacerlo.»

El ambiente era bochornoso en aquella sala. Fuera, el verano se mostraba en su pleno esplendor, el clima se había tornado agradable tras el crudo invierno, el jardín florecía, el aire fluía limpio y fragante; y, sin embargo, ni una pizca del ambiente estival entraba por las ventanas selladas con tablones de aquella casa prisión. Todo allí resultaba oscuro: los muebles ostentosos, las pesadas lámparas, el papel de las paredes, los densos cortinajes... Todo allí resultaba asfixiante y desprovisto de color.

Se frotó los ojos y volvió a concentrar la vista en las joyas que se extendían sobre la mesa, algunas en sus estuches, otras esparcidas sobre unas telas. Diamantes, zafiros, rubíes, esmeraldas, perlas... Su brillo en aquel ambiente lúgubre parecía fuera de lugar. Muchas de ellas habían caído durante el tiroteo; qué ingenuos habían sido pretendiendo ocultarlas pegadas a sus cuerpos, creyendo que así estarían a salvo. Aquello no era más que una mínima fracción de la inmensa riqueza que habían atesorado los Románov a costa del hambre y las calamidades de su pueblo, se recordaba Grigori al tiempo que, una a una, las iba clasificando y guardando en cajas. El camarada Medvedev le ayudaba en la tarea. Ambos en silencio, sin mirarse siquiera a la cara; taciturnos.

Dos de los guardias lituanos que habían participado en la ejecución resoplaban en una esquina, sobre los camastros de las grandes duquesas que ellos mismos habían subido desde el primer piso. Se negaban a dormir abajo; la terrible escena era demasiado reciente hasta para las almas más despiadadas. Grigori no podía culparlos.

Joy, el otrora alegre spaniel del zarévich, se había tumbado en el suelo, junto a la puerta cerrada que conducía a las habitaciones de la familia. De cuando en cuando, gemía. Y, al menor ruido, alzaba las orejas con un atisbo de esperanza. Aunque ya no se escuchaba nada al otro lado de aquella puerta; ni pasos, ni voces, ni risas. Lo único que de los Románov quedaba en la casa Ipátiev era el olor de su sangre. No importaba que el propio Medvedev, los lituanos y un par de guardias rusos más hubieran frotado durante horas con cepillos, trapos y arena el cuarto donde había tenido lugar la ejecución. El tufo lo impregnaba todo. Se metía hasta el cerebro, metálico y pegajoso. También el de la pólvora.

Aquel olor hacía imposible deshacerse de las imágenes. No, Grigori Nikulin no había querido dormir porque si cerraba los ojos...

No se tenía por un pusilánime. Su nombre de revolucionario era Akulov, tiburón. El animal astuto y sanguinario. Y no era la primera vez que mataba. Hacía tan sólo una semana que había liquidado de un certero disparo en la cabeza al príncipe Dolgorukov. Se trataba de hacer justicia. Ejecutar la pena por haber conspirado para ayudar a escapar a los Románov. No le había temblado el pulso.

Pero la ejecución en la que acababa de tomar parte era otra cosa. «Por orden del Sóviet de los Urales hay que matar al zar», le habían informado. Así sea. El zar es el enemigo del pueblo.

Sin embargo, cuando de madrugada había entrado en aquel cuartucho claustrofóbico y había contemplado la escena, todos dispuestos como para una fotografía: las grandes duquesas, tan jóvenes y bellas; la zarina, sentada a causa de los dolores que le impedían permanecer en pie; también el zarévich, tan sólo un niño, débil y enfermo; la doncella, el lacayo, el cocinero y el médico... ¿Acaso eran ellos los enemigos del pueblo?

Había convivido con los Románov en la casa Ipátiev. Desde un primer momento, se había encargado de custodiar sus joyas. La familia se quejaba de que los anteriores guardias les robaban. «Tú pareces un hombre decente», le había dicho la zarina con amabilidad. Pero el hombre decente, en realidad, no hacía más que confiscar todos sus objetos de valor; ahora pertenecían al pueblo. Las chicas eran alegres, solían cantar. Les había dejado que se quedasen con unas pulseritas de oro que sus padres les habían regalado cuando eran niñas. Al zarévich le permitió conservar el reloj; ver pasar las horas era una de las pocas distracciones de aquel chaval enfermo. Grigori maldecía en silencio cada vez que se sorprendía apiadado de aquel muchacho que a veces le recordaba demasiado a sí mismo. El joven delgado y larguirucho que era en ese momento había sido también un crío enclenque y enfermo.

Ya nada de eso tenía sentido. Todos estaban muertos. El tiroteo salvaje aún le resonaba en los oídos. Doce hombres ebrios de violencia habían vaciado los cargadores de sus armas contra la familia y sus sirvientes, tan pegados unos a otros en el pelotón de ejecución, que a Grigori le escocía una quemadura en la nuca producida por las deflagraciones de las armas de sus camaradas. Los gritos entre los ajusticiados se habían sucedido, también los intentos por protegerse de las balas, inútiles en aquella habitación cerrada y diminuta. Él había apuntado al zarévich. Yurovski le había ordenado que matase al niño y él no quiso decepcionar a su comandante. Intentó hacerlo de un solo disparo pero el crío sobrevivió. Lo vio yacer en un charco de sangre junto a los cuerpos de sus padres y hermanas mientras alzaba un brazo suplicante entre el humo que nublaba toda la estancia. Grigori lo remató con un par de disparos y, en tanto los demás la emprendían a cuchilladas de bayoneta con los supervivientes, había abandonado aquel lugar, asqueado.

Grigori Nikulin fijó la vista en una sortija entre sus dedos. Un zafiro del tamaño de una uña brillaba en el centro. Semejante joya hubiera bastado para alimentar a toda una aldea durante varios meses. La metió en una bolsa junto con otras.

Los tiranos los habían obligado a hacerlo.

Más de dos días tardó el comandante Yurovski en regresar a la casa Ipátiev. Entró por la puerta demacrado a causa del agotamiento, aunque la tensión aún le infundía vigor. Cruzó la estancia como una ráfaga de viento, espabilando con sus gritos a los que allí aguardaban en apatía.

—¡Arriba, camaradas! ¡Los de la Legión Checa están a pocas verstas de la ciudad! ¡En nada se nos habrá echado encima el Ejército Blanco! ¡Recogedlo todo! ¡Hay que salir de aquí!

Grigori Nikulin lo llevó aparte.

—¿Qué hicisteis con los cuerpos, camarada comandante?

Yurovski se quitó la gorra y se secó con ella el sudor de la frente mientras bufaba.

—Ha sido una odisea. Los llevamos hasta la vieja mina de oro. El camión no hacía más que quedarse atrancado en el maldito barro del bosque. Ya estaba amaneciendo cuando conseguimos llegar. Allí, los desnudamos, quemamos la ropa y los hundimos en un pozo que está anegado. Tiré un par de granadas dentro para borrar el rastro con la explosión. Pero los descerebrados de la fábrica, esos tipejos que llevó Ermakov para ayudarnos, se fueron de la lengua y esa misma mañana toda la aldea lo sabía, ¡me cagüen todo! Así que tuvimos que sacarlos del fondo del pozo y llevarlos a otro sitio; decían que había una mina aún más profunda a unas cuantas verstas de allí. El camión ya estaba inservible, pero me hice con un par de vehículos. Tampoco hubo forma de que avanzasen por el bosque. Al final, hubo que transportarlos en carros y camillas que tuvimos que improvisar con las lonas que los cubrían y unas cuantas ramas de árbol. Pero la condenada mina no aparecía por ningún lado. ¡De pronto todos habían olvidado dónde cojones estaba! Dije: «Está bien, ya no los paseo más. Aquí mismo los dejamos, habrá que quemarlos o enterrarlos». Hubo un tipo que roció de gasolina a dos de ellos y les prendió fuego, pero se largó con el trabajo a medio hacer. Quemó al crío y a una de las mujeres; al principio pensábamos que era la zarina pero resultó ser la criada. Yo ya estaba harto de todo eso. ¡Llevaba casi dos días con los malditos cadáveres a cuestas! Tardan demasiado en reducirse a ceniza, ¿sabes? «¡A la mierda! ¡Enterremos el resto de una puta vez!», les ordené. Cavamos una fosa. Lo justo para echarlos allí a todos. Antes de cubrirla, los rociamos con ácido sulfúrico. No es muy profunda, pero si alguien los encuentra no podrá reconocerlos. Me apunté dónde están —afirmó palmeándose el bolsillo de la chaqueta—. En Koptyaki, a unas dieciocho verstas al noroeste de aquí. Las vías del tren son la referencia. Lo tengo bien anotado.

Grigori asintió en silencio y se vio sobresaltado por un fuerte manotazo que le propinó Yurovski en la espalda. El cuerpo delgado del joven se agitó con el empellón de aquel hombre grande y fuerte, que por algún motivo se había encariñado con él y lo trataba como a un hijo.

—¡Vamos, syn! No tenemos mucho tiempo. ¿Recogiste todo, tal y como te dije?

Por supuesto que había cumplido escrupulosamente la orden del camarada comandante. Había revisado objeto por objeto las pertenencias de los Románov y había empaquetado lo que pudiera resultar de valor, incluso los vestidos y los zapatos de las mujeres. En aquella casa, ya no quedaban más que las perchas colgando de los armarios, alguna peineta rota, botes de medicina vacíos, restos de papel quemado y la silla de ruedas de Alejandra Fedorovna junto a la chimenea. Siete baúles grandes y un portafolios sellado con cera que contenía los documentos aguardaban en el vestíbulo.

—Escucha —continuó Yurovski—, tú te encargarás de transportarlo todo a Moscú. Han llegado estas órdenes del Sóviet. —Le tendió un papel manuscrito—. Hay dos vagones en el tren de Perm dispuestos para ello. En cuanto a las joyas, será mejor que las lleves contigo. Ya sabes, sin llamar la atención. Tendrás que disimular esa pinta de revolucionario que tienes. —Sus risotadas resonaron en la sala—. Por cierto, me encargué de recoger todo lo que las chicas ocultaban bajo las ropas. Los hombres de Ermakov se abalanzaban sobre cualquier cosa que brillase como malditas urracas, casi tuve que arrancárselo de las manos. Grigori —le asió del brazo y abrió los ojos, asombrado—, lo que la noche de la ejecución salió de sus cuerpos no era nada. ¡Esas mujeres aún estaban forradas de alhajas! Unos nueve o diez kilos de diamantes, calculo. Con razón las balas no penetraban en ellas. ¡Iban acorazadas! Lo he escondido todo en el sótano de la escuela de Alapáyevsk hasta que podamos ir a recogerlo. ¡Ah! —Se llevó la mano al pantalón y sacó un amasijo de cordeles encerrado en su puño grande y gordo. Lo dejó caer en la mesa—. Esto lo llevaban la madre y las hijas al cuello. Una foto del santón Rasputín cada una con no sé qué vainas de oración. ¡Esa gente estaba mal de la cabeza! ¡Chiflados! —Se golpeó la sien con el dedo—. Quémalo junto con los iconos.

Grigori se fijó en un objeto que había entre los relicarios del monje loco. Lo cogió. Era de piedra verde, algo tosca, tenía forma de medallón, un poco más grande que un rublo de plata.

—¿Y esto? —le preguntó a Yurovski.

El otro se encogió de hombros.

—Qué sé yo. Colgaba del cuello de la Fedorovna. Será cualquier amuleto de esos que tanto les gustaban. Quédatelo si quieres. ¡Igual te da suerte y todo! —Se carcajeó antes de ponerse a deambular por la sala gritando órdenes a diestro y siniestro.

El joven observó con detenimiento el medallón, como valorando si merecía la pena quedárselo. Lucía un relieve, no lo apreciaba bien a la escasa luz de aquella habitación, pero parecía la imagen de una fiera, puede que un dragón. No consiguió leer la inscripción a su alrededor. No estaba en cirílico ni en ningún otro alfabeto que él reconociese.

Por sus manos habían pasado varias joyas de los Románov, cualquiera de ellas mucho más valiosa y espectacular que aquel viejo colgante. ¿Qué clase de valor podría tener para ellos, que habían poseído las mayores riquezas del mundo? ¿Y para qué iba a querer alguien como él una baratija semejante? ¿Lo tomaría como una reliquia?, ¿como un trofeo? ¿Qué iba a hacer un bolchevique de corazón con el medallón de la zarina?

Estambul,

14 de abril de 1933

Walther Hanke encendió el mechero y lo acercó al cigarrillo. El pulso le temblaba ligeramente. Estaba nervioso. La primera calada, larga y profunda, le apaciguó un poco. Se acodó en la barandilla del balcón y se obligó a recordar que hacía una noche preciosa mientras se esforzaba en reparar en todos los detalles: la brisa fresca cargada de aromas a lilas y especias, el brillo de las luces de la ciudad sobre las tranquilas aguas del Bósforo, las siluetas de aquella urbe mestiza recortándose en un cielo negro sin estrellas.

Le gustaba Estambul. La ciudad era como él: había acogido en su seno las más grandes culturas, las llevaba en la sangre, formaban parte de su identidad. En Estambul se sentía a gusto, el hogar de su buen amigo Rudolf Glauer había llegado a ser también un hogar para él, tantos buenos momentos había pasado allí.

Walther no era un ladrón. Y tampoco quería pensar que era un traidor, al menos no quería pensar que estaba traicionando a Rudolf. Eran las malditas circunstancias, que le empujaban a hacer lo que estaba a punto de hacer. Si su amigo no fuera tan obcecado...

Su amistad con Rudolf Glauer cumplía ya más de treinta años. Se habían conocido en Egipto, cuando ambos trabajaban para una compañía alemana concesionaria de las obras del ferrocarril. Enseguida los había unido su interés por la cultura de los faraones, aunque no tardaron en darse cuenta de que eran muchas más las inquietudes que tenían en común: la filosofía, la astrología, el ocultismo... Poco tiempo después, entraron a formar parte de la masonería egipcia, a través del Rito de Memphis-Misraïm, y fue a partir de entonces cuando se convirtieron en estudiosos del hermetismo.

La vida de Walther, como ingeniero del ferrocarril, había transcurrido entre viaje y viaje: el Imperio ruso, los Balcanes, el Imperio otomano... En esos lugares, había tenido ocasión de embeberse de diferentes culturas y lenguajes, de aprender sobre las formas de pensar de otros pueblos, sobre sus tradiciones, ritos, supersticiones y secretos. Se había convertido en coleccionista de libros viejos, rarezas y antigüedades; también de leyendas transmitidas a lo largo de siglos y siglos.

Rudolf, por el contrario, se había asentado principalmente entre Alemania y Turquía. Incluso se había convertido en ciudadano otomano al ser adoptado por un expatriado de origen alemán, el barón Von Sebottendorf y, en consecuencia, desde entonces se hacía llamar barón Rudolf von Sebottendorf. Este Rudy... Siempre había tenido ciertos delirios de grandeza. Aunque era evidente que se las había ingeniado para prosperar. Poseía numerosas propiedades en Alemania y Turquía, entre ellas, el precioso yali a orillas del Bósforo en cuyo balcón se acodaba ahora Walther. Se había relacionado con la élite política, cultural e intelectual de ambos países. Sabía moverse bien en los círculos de influencia y poder. En cambio, Walther nunca había sido tan ambicioso. Él prefería permanecer en la sombra, dedicarse a sus estudios, sus investigaciones, sus búsquedas... Él era un místico, un intelectual.

A menudo se arrepentía de haberse dejado convencer por Rudolf para entrar en la Sociedad Thule. Su amigo le había asegurado que ambos sabían demasiado y que no podían permitirse ser un número más en otras hermandades; ellos estaban destinados a ser líderes, a mover los hilos del mundo. Claramente, el nuevo barón Von Sebottendorf, que había convertido la agonizante Germanenorden y sus dudosos estudios sobre el poder mágico de las runas, en la pujante y atractiva Sociedad Thule, hablaba de sus propios intereses. El problema fue que, con la Sociedad Thule, Rudolf dio cobijo a todas aquellas teorías que defendían la supremacía aria y alentó las aspiraciones racistas, nacionalistas e imperialistas de sus seguidores. Se desvió de lo que debía ser el propósito de una auténtica hermandad: fomentar el espíritu crítico, enriquecer el pensamiento mediante la dialéctica y proteger un legado precisamente de quienes deseaban hacer un uso interesado del mismo. Desde el principio, Rudolf había confraternizado con toda esa gente del Partido Nacionalsocialista: Hitler, Himmler, Rosenberg, Hess, Göring... Había algo en aquellos tipos que a Walther le desagradaba profundamente. Sus discursos eran intransigentes, extremistas, paranoicos en ocasiones. Él nunca había querido tener nada que ver con gente así. ¡Y, qué diablos, ahora ocupaban el gobierno de Alemania! Menuda locura...

Gunther Kirch también era uno de ellos. Quien había empezado como columnista de un panfleto esotérico, era ahora diputado del Reichstag por Baviera. Walther tenía que reconocer que cuando Rudolf se lo presentó —lo quería de redactor para el periódico que acababa de comprarse en Múnich—, le había parecido un tipo simpático, un bávaro regordete y sonriente. Al principio, Gunther se había mostrado como un auténtico masón, un espíritu desinteresado, un librepensador, una mente inquieta, ávida de conocimiento. Creyó que podía considerarlo un amigo, alguien en quien confiar. Los tres habían fundado la Sociedad Thule, y Rudolf y Walther habían compartido con él su mayor secreto. Pero, una vez afiliado al Partido Nacionalsocialista, el discurso y los intereses de Gunther cambiaron radicalmente, seducido quizá por la retórica del poder.

Con todo, Walther no podía explicarse cómo habían llegado a esa situación en la que Gunther se había convertido en un fanático nazi y Rudolf parecía subyugado por sus planteamientos. De hecho, se había resistido a rendirse a la evidencia hasta hacía sólo unas horas, cuando, durante la cena, el bávaro había expuesto sus intenciones y Rudolf le había secundado. Entonces Walther había llegado al convencimiento de que quien creía su amigo no sólo había dinamitado su relación con Rudolf, sino que se había apropiado de su descubrimiento y estaba dispuesto a ponerlo en manos de los nazis.

Pero Walther no iba a rendirse sin más. Aquel asunto era demasiado serio, demasiado peligroso. Y a él aún le quedaba una baza por jugar.

Walther Hanke dio la última calada al cigarrillo y aplastó la colilla contra la baranda antes regresar a la habitación. Consultó el reloj; a aquellas horas de la madrugada los habitantes de la casa llevarían un buen rato durmiendo. Dio un trago a la copa que había quedado olvidada sobre el tocador y, al alzar la vista, se encontró con su imagen reflejada en el espejo. Su rostro arrugado y su pelo ralo y canoso le recordaron que ya no era un hombre joven. ¿Acaso lo que iba a hacer merecía la pena? Podría marcharse de aquel lugar sin más. Retirarse a vivir tranquilamente el resto de sus días y que el mundo siguiera su curso desquiciado. Tal actitud iba más con su forma de ser.

Pero lo cierto era que ya se había implicado demasiado. Jamás viviría tranquilo si lo dejaba estar. Sin darle más vueltas y ciñéndose a su plan, cogió la cámara fotográfica y se aventuró a los pasillos solitarios y en penumbra de la casa.

En el piso de abajo se hallaba la biblioteca de Rudolf. Aquél era un lugar magnífico, empapelado de libros de suelo a techo, miles de ejemplares atesorados durante años, algunos de gran valor histórico, como la colección de grimorios medievales. En aquella biblioteca, Walther y Rudolf habían pasado momentos muy felices enredados en divagaciones que se prolongaban durante días y noches, en estudios e investigaciones. Momentos que olían a tabaco, licor y té de menta, a papel viejo y polvo. Allí habían hecho el gran descubrimiento.

Walther encendió un flexo en la mesa. Lo suficiente para obtener algo de luz sin llamar demasiado la atención. Y se dirigió a las estanterías que albergaban la colección del viejo Termudi.

La familia Termudi, judíos procedentes de Tesalónica, era una de las más importantes de Bursa, ciudad en la que Rudolf había vivido sus primeros años en Turquía y en la que se asentaba uno de los principales centros de comercio de la seda, actividad a la que se dedicaban los Termudi además de a la banca. El patriarca de la familia había consagrado los últimos años de su vida al estudio de la cábala y había llegado a reunir una extensa colección de textos sobre alquimia. Los Termudi también eran masones; ellos habían introducido en el Rito de Memphis-Misraïm al por entonces jovencísimo Rudolf Glauer, quien a su vez había recomendado a Walther. El caso es que el patriarca Termudi se había encariñado con Rudolf. Hasta el punto de legarle a su muerte su biblioteca de textos esotéricos, herméticos, alquímicos... Rudolf y Walther se habían pasado horas entre aquellos legajos, algunos con siglos de antigüedad. Y allí las habían encontrado.

Rudolf guardaba las cartas en una caja bajo llave, oculta a su vez en un compartimento al fondo de una estantería. Walther la sacó y la abrió con su propia copia. Sólo ellos tenían acceso a esos documentos.

Con sumo cuidado, extrajo un par de pliegos de papel grueso y amarillento y los estiró sobre la mesa, bajo el flexo. Las cartas del filósofo humanista Pico della Mirandola al pensador hebreo Elijah Delmédigo. En ellas se confirmaba la existencia de dos tesoros que habían pertenecido a Lorenzo de Médicis. Un misterioso cuadro de nombre El Astrólogo, que al parecer guardaba el secreto de la Tabla Esmeralda, y lo que para Walther era mucho más importante como masón estudioso de la tradición y la leyenda fundacional de la masonería: el Medallón de Fuego.

Walther las fotografió, las volvió a plegar y las devolvió a la caja no sin antes echarles un último vistazo, apesadumbrado.

Los humanistas del Renacimiento, en su inmensa sabiduría, habían comprendido la necesidad de preservar oculto aquel gran secreto cuya revelación podría tener consecuencias imprevisibles para la humanidad. Durante más de quinientos años su plan había funcionado y, ahora, Gunther Kirch y un Rudolf von Sebottendorf cegado de ambición iban a dar al traste con todo eso y a entregarles las cartas a los nazis. Ganas le daban de quemarlas en ese mismo instante. Pero de nada serviría toda vez que su contenido ya había salido a la luz. Quemarlas únicamente conseguiría delatarle.

Sólo necesitaba las fotografías como prueba para llevar a cabo su propio plan sin levantar sospechas. Un plan que se basaba en algo que él, tras años de investigación por su cuenta, había descubierto. Ésa era su baza y, aunque les sacaba bastante ventaja, debía actuar con rapidez para ganar la partida.

Y es que Walther Hanke sabía algo que todos los demás ignoraban. Walther Hanke sabía dónde encontrar el Medallón de Fuego.

¿Qué podía querer Martin Lohse de mí?

¿Qué podía querer Martin Lohse de mí?

Nunca he sido especialmente deportista. Una vez me apunté a un gimnasio. Teo me convenció para hacerlo. Debí de ir poco más de un mes, hasta que fingí una tendinitis para desapuntarme. En otra ocasión, a Teo le dio por practicar bikram yoga y de igual manera me convenció de que lo acompañara a esas sesiones de ejercicio en un aula a cuarenta grados de temperatura y con un cuarenta por ciento de humedad. Lo dejé a la tercera clase cuando, durante el saludo al sol, me salpicó varias veces el sudor del tío de la esterilla de al lado. También dejé el kick boxing, la bachata, el pilates y la natación. Hasta que finalmente, rendida ante mi naturaleza sedentaria, lo que dejé fue de seguir a Teo en todas sus aventuras deportivas.

Sin embargo, desde que había regresado a Madrid me había dado por correr. No running, no, correr. Porque no se trataba tanto de una cuestión de disciplina deportiva, elevada a tal categoría por el anglicismo y el atuendo, como de un desahogo primitivo semejante a lo que debían de haber sentido los cavernícolas al correr delante de un mamut. Ésa era la sensación que yo tenía. Y me sentaba bien.

De modo que, sudorosa y arrebolada cual si hubiera estado persiguiéndome un mamut por los bulevares del Paseo de la Castellana durante media hora, que era lo máximo que aguantaba antes del flato, llegué una noche más a mi casa. Supongo que subir los cinco pisos sin ascensor hasta la buhardilla también podía considerarse deporte; el único que siempre había practicado con regularidad, de hecho.

Siguiendo mi reciente rutina, me fui directa al baño para desvestirme y darme una ducha. Limpia, fresca, en pijama y habiendo incluso dejado impecables los cristales de las gafas, antes llenos de vaho y pegotes, me dispuse a prepararme algo para cenar, porque huir de un mamut da bastante hambre.

Qué graciosa: al abrir la nevera y recibir el frío saludo de un yogur probablemente caducado, tres sobres de kétchup de mi última hamburguesa, un limón que no recordaba haber comprado porque para qué iba a querer yo un limón, y una botella con dos dedos de gazpacho que no daban ni para llenar media taza, me di cuenta de lo absurdo que había sido entrar siquiera en la cocina.

—Mañana. Mañana sin falta tengo que ir al supermercado. Lo prometo —me aseguré, aun sabiendo que lo más probable era que me engañase, mientras echaba mano del teléfono para pedir sushi, por ejemplo.

Justo en ese instante, una llamada de mi madre se impuso vigorosamente en la pantalla a la aplicación de comida a domicilio.

Salut, maman —le respondí en francés, su idioma, sin demasiado entusiasmo porque sabía que tendríamos la misma conversación de todas las noches.

—Hola, cariño. ¿Has cenado?

—Iba ahora a...

—Ana, tienes que comer. Te estás quedando en los huesos.

—Mamá, como. Lo que pasa es que ahora hago deporte y...

—Tu padre me ha dicho que sólo has tomado un sándwich a mediodía.

Mi padre era un chivato.

—Era un sándwich enorme, mamá. De tres pisos. Puede que cuatro.

—Escucha, hija, es normal que estés triste.

—No estoy triste. Qué manía con que...

—Pero no puedes pasarte la vida regodeándote en la tristeza. Tienes que salir, ver a gente. ¡Es viernes por la noche! ¿Por qué estás en casa? ¿Es que no tienes amigos?

—Sí, tengo amigos.

—Te lo digo y te lo repito: no es bueno que vivas ahí sola. Ahora que Teo y Toni se han mudado, estás dejada de la mano de Dios. Es hasta peligroso. ¿Cuánta gente queda en ese edificio? ¿Doña Carmen, la del tercero? La señora del perro ese tan feo, sabes cuál te digo, ¿verdad? ¿O se murió? Podrían atracarte, violarte o matarte y nadie se enteraría.

—Por Dios, mamá, que vivo en pleno barrio de Chamberí. Hay miles de personas a mi alrededor.

—Deberías venir a casa. Al menos durante un tiempo, hasta que tu vida se encarrile.

Mi vida ya estaba encarrilada. Más o menos. Pero para mi madre no lo estaría hasta que no me casara: el matrimonio era su única idea de vida encarrilada. Y, en ese sentido, yo me había revelado como toda una decepción para ella.

Lo dejé pasar. Tras unas cuantas conversaciones similares, había llegado a la conclusión de que no servía para nada discutir con mi madre. Se había empeñado en que estaba triste, en que llevaba una vida sin sentido en una casa solitaria en donde cualquier día encontraría una muerte violenta. Así que dejé que me soltara la charla de todas las noches y, como todas las noches, quedé en comer el domingo en su casa, como todos los domingos.

Cuando por fin logré colgar, terminé de hacer el pedido para la cena y decidí salir un rato a la terraza mientras lo esperaba. Antes, pensé en darle un buen uso a ese limón y añadí unas rodajas a un vaso de agua; seguramente para eso lo había comprado después de todo.

Aún hacía calor para ser finales de septiembre y las pocas plantas que habían logrado sobrevivir, a pesar de mis escasos cuidados, languidecían mustias. Di un sorbo al vaso y usé el resto para regarlas. Cuando se me ocurrió que quizá el limón no era lo mejor para las plantas, ya era demasiado tarde.

Me acodé en la barandilla. De la calle subía cierto bullicio propio del fin de semana. Todas las mesas de la terraza del restaurante de abajo estaban ocupadas. Todavía quedaban varios niños jugando en el parque infantil. Había un grupo de chicas y chicos fumando y bebiendo junto al templete, bastante alborotados. Ah, y la pareja de adolescentes dándose el lote en el banco más apartado. Eran los mismos de todas las noches. Bendita fogosidad juvenil.

Pero, sí, mi edificio, arrinconado en una esquina de la plaza, permanecía oscuro y silencioso.

Puse música. Una playlist de jazz. Vale, no es lo más animado pero, a ver, qué clase de fiesta podía montar yo sola. Además, no quería molestar a doña Carmen, la vecina del tercero, la del perro feo, quien, por cierto, aún vivía; ella y el perro. Pobre Bubu, no era tan feo, mi madre era una exagerada.

Miré a mi izquierda. Hacia la casa de Teo y Toni. Las luces apagadas, los muebles recogidos, las plantas... Ya no estaban las plantas. A Toni se le daba muy bien cuidarlas y había tenido la terraza hecha un vergel. Incluso había logrado que una tomatera le diera tomates en verano. Él era quien había cuidado de mis plantas. Por eso ahora estaban mustias o ya ni estaban.

Mi madre tenía razón: echaba de menos a Teo y a Toni. Si aún fueran mis vecinos, estaríamos cenando juntos en su terraza llena de plantas cualquiera de los platos deliciosos que preparaba Toni; sólo de pensarlo se me hacía la boca agua y el corazón esponja. Yo estaría riéndome con las cosas de Teo. Ya no estaría llorándole, no, esa fase había pasado para mí. Ahora lloraba mucho menos que antes. De hecho, antes lloraba demasiado. Ya no. Había madurado. Madurar no es sólo hacerse mayor, es vivir. Y yo había vivido mucho durante los últimos cuatro años.

Me había vuelto un poco más sabia, un poco más fuerte, un poco más independiente. No engañaba a mi madre cuando le decía que no estaba triste. Echar de menos no es estar triste. Es dar valor a lo que se ha tenido y usarlo de combustible para continuar el viaje.

Para mi madre había sido un error que hubiese decidido afrontar mi nueva etapa sola, en esa casa alejada de cuantos podían servirme de apoyo. Pero ella no comprendía que mi pequeña buhardilla vieja, torcida y apretujada, era, de todos los posibles lugares del mundo, donde mejor me sentía; era parte de mi identidad, lo más auténtico de mí misma; el mejor punto de partida para iniciar mi reconstrucción personal. Había vuelto a mi hogar y todo iba a ir bien.

Aquel sitio había sido el taller de mi abuelo, el pintor. Yo adoraba a mi abuelo, tenía con él una conexión muy especial. Lo admiraba como persona, como artista y como abuelo. No sólo me había inculcado el amor por el arte, además, había hecho de mí buena parte de lo que soy y, a lo largo de mi vida, casi de forma inconsciente, siempre le he referido mis éxitos y mis fracasos a él: ¿Estará orgulloso de mí? ¿Le habré decepcionado?... Me quedé desolada cuando murió, un poco perdida también; se había marchado dejando su obra incompleta, dejándome incompleta, con todavía demasiadas preguntas, demasiadas inseguridades, demasiados miedos.

Mi padre decidió que me quedara con el estudio e hice de aquel espacio abierto mi hogar: un pequeño salón, un dormitorio, un baño, una cocina... todo pequeño, en realidad. Pero mío. Lleno de recuerdos, momentos, charlas. Y dejé la tarima de madera con salpicaduras de pintura, y los bocetos que él había trazado a lápiz en sus arrebatos creativos sobre las paredes encaladas, y la vieja chimenea que, aunque hacía tiempo que no tiraba, llené de velas. Conservé sus libros y su colección de botellas de cristal, que usaba como floreros, y los caballetes, sobre los que dejaba las mantas o el abrigo en invierno y los sombreros en verano. También sus carteles de ferias de arte, los colgué encima del sofá. Aún atesoraba sus botes de pinceles ya resecos, repartidos entre la mesilla de noche y la estantería, y las tazas de loza desportillada en las que los domingos merendábamos chocolate con churros...

Sacudida la nostalgia por aquella súbita avalancha de recuerdos y movida por un impulso repentino, entré en el salón y cogí un álbum de fotos de la librería. El álbum del abuelo, de gruesas tapas de cuero desgastado y páginas amarillentas protegidas por papel de seda. Algunas fotos se empeñaban en desprenderse, tendría que volver a sujetarlas con celo. Me acurruqué en el sofá a hojearlo por enésima vez. Allí estaba él, joven al principio, fotografías en blanco y negro; imágenes de gente a la que yo no había llegado a conocer. Después aparecía mi abuela, que murió poco antes de que yo naciera. Y mi padre, desde que era un bebé hasta ya adulto. Entonces empezábamos a asomar mi hermana y yo. Y las fotos se tornaban de color. Yo misma posaba con el abuelo en muchas de las imágenes a lo largo de mi vida. La última, ya anciano, el día de mi graduación de la universidad. El abuelo me rodeaba los hombros mientras yo mostraba con orgullo mi diploma; el mismo orgullo con el que él me miraba. De mi madre apenas había fotos. Ambos mantenían un trato cordial pero nunca llegaron a congeniar: eran demasiado diferentes. Mi madre siempre ha tenido la cabeza llena de pájaros; el abuelo, en cambio, siempre fue un hombre con los pies en la tierra.

«Lo importante es quién eres y quién deseas ser, no quien esperan los demás que seas», solía decir. Ojalá no hubiera olvidado aquella frase cuando más había necesitado tenerla presente.

¿Qué pensaría de mí si me viera ahora? Tal vez se sintiera orgulloso. Pero yo le diría que, en realidad, no sabía qué hacer con mi vida; tenía casi treinta y cinco años y carecía de un plan, un proyecto. Apenas sabía quién era ni quién deseaba ser porque me había pasado mucho tiempo siendo lo que los demás esperaban de mí.

Una notificación en mi móvil interrumpió la música y mis divagaciones. No digo que me lanzara a mirarla, pero casi. Echar de menos es también estar constantemente pendiente del móvil. Por si acaso...

Por un momento, pensé que sería el SMS anunciándome que mi sushi estaba en camino. Pero se trataba de un e-mail. ¿Un e-mail de Martin Lohse?

Martin Lohse... Fruncí el ceño. Casi no había vuelto a saber de él desde lo de El Astrólogo. ¿Qué podía querer de mí? El asunto no ofrecía más que un escueto «hola», en francés. Tal vez se tratara de uno de esos correos genéricos enviados a una lista de contactos. «Sí, seguramente se trata de eso», me razonaba a mí misma mientras lo abría.

De: mlohse@hmail.com

Para: agbrest@hmail.com

Asunto: Hola

Querida Ana:

Espero que sigas bien. Hubiera preferido llamarte pero, no sé por qué, tengo mal tu número. Cuando lo marco, salta el buzón de voz de un tal Alfredo. Confío en que no me pase lo mismo con tu dirección de correo.

Tengo mucho interés en verte y en comentarte un asunto relacionado con la noticia que te adjunto. No sé si ya estás al tanto.

Por favor, llámame. Mi número es el +41 570 984 284.

Un saludo,

Martin

Sin darle demasiadas vueltas al escueto, críptico y sorpresivo mensaje de Lohse, me fui derecha a abrir el archivo adjunto. Se trataba de un recorte del periódico italiano La Nazione di Firenze con una breve noticia. No sé qué razones le llevaban a Lohse a pensar que yo hablaba italiano, que no lo hablaba. Por suerte, no era chino y algo podía entender. No en vano me he pasado la mitad de mi vida profesional leyendo textos en italiano sin hablarlo.

Aparece muerto con signos de violencia el empresario Giancarlo Bonatti

Florencia, 5 de agosto

Los Carabinieri de la Compagnia di Orbetello investigan la muerte violenta de Giancarlo Bonatti en su residencia de Monte Argentario. El cadáver del conocido empresario fue encontrado por un miembro del personal del servicio doméstico a primera hora del pasado lunes. A la espera de los resultados de la autopsia, los investigadores trabajan sobre la hipótesis de un crimen cuyo móvil más probable es el robo. El juez que instruye la causa ha decretado el secreto de sumario.

Bonatti, de 67 años, figuraba en la lista de los 20 hombres más ricos de Italia y había estado casado con la actriz Angelica Sordi. La pareja protagonizó hace dos años un millonario divorcio. Desde entonces, el magnate vivía alejado de los focos y centrado en su faceta de mecenas del arte y filántropo. A través de su fundación, Arte per Tutti, patrocinaba a un importante número de museos italianos, entre ellos, la Galleria degli Uffizi en Florencia, el Museo Egipcio de Turín o el Museo Arqueológico de Nápoles.

Lo leí un par de veces para que no se me escapara ningún matiz. Sin embargo, no terminaba de entender qué tenía que ver aquella noticia conmigo ni con Martin Lohse. Sólo se me ocurrió una forma de averiguarlo.

Marqué el número de teléfono y esperé apenas un par de timbrazos.

—Martin, soy Ana. Ana García-Brest.

Aquel hombre era un enigma

Aquel hombre era un enigma

Me pregunté si Martin Lohse tendría una residencia fija como cualquier persona normal. Era alemán o, al menos, eso creía yo. Lo había conocido en Mallorca, en una preciosa casa al borde del mar, cerca de Deià. Pero aquélla no era su residencia. Antes, me había topado con él en San Petersburgo y en Fontainebleau de forma bastante azarosa. Y el último número en el que acababa de localizarle tenía el prefijo de Suiza. Eso no le había impedido quedar conmigo al día siguiente de mi llamada para comer en el centro de Madrid.

Llegué pronto a la terraza de un restaurante tailandés de moda, un sitio agradable para aquellos últimos días de verano, con su borboteante estanque de peces de colores y su vegetación tropical en medio de la ciudad. Me senté a esperarle a una mesa a la sombra de un platanero y, mientras ojeaba la carta, pedí un coctel enrevesado, que sabía sobre todo a piña y jengibre.

Apareció a los diez minutos, disculpándose por el retraso, aunque en realidad él había llegado puntual y yo antes de la hora. Era un hombre tremendamente cortés y educado, casi de la vieja escuela, lo cual contrastaba con su aspecto de estudiante y capitán del equipo de rugby de cualquier universidad de la Ivy League. Alto, corpulento, rubio, grandes ojos de un azul casi transparente, pestañas de mujer, piel bronceada (lo recordaba más pálido, puede que hubiera estado de vacaciones), rostro aniñado... Poseía una belleza un tanto andrógina que trataba de endurecer con el despeinado y la escasa pelusa, más que barba, clara e incipiente, que le cubría el mentón, de esa que se intuye que no va a prosperar demasiado. En general, resultaba a simple vista un tipo sanote, sencillo. Aquello siempre me había despistado porque la primera vez que tuve trato con él, aun antes de saber ni siquiera su nombre, había sido en unas circunstancias extrañas en las que Martin Lohse se había comportado poco más o menos como un Ethan Hunt, un Madelman con la cara tiznada de negro, resolutivo y de acción, que me había salvado la vida.

De eso hacía ya cuatro años y, salvo el breve encuentro en Deià, no habíamos vuelto a vernos. Cierto que habíamos hablado alguna vez por teléfono o por correo electrónico, cuando yo le había pedido ayuda con alguna de las colecciones que estábamos investigando, pero a eso se reducía nuestra relación, escasa incluso para ser clasificada de profesional. Por tales motivos, aquella cita me tenía tan desconcertada como intrigada.

El principio de la comida transcurrió con una insólita normalidad, como si fuéramos dos viejos amigos que se reúnen después de un tiempo separados y se ponen al día de sus vidas. Mientras, unas guapas camareras vestidas con el traje tradicional tailandés nos servían lo que habíamos pedido para compartir: brochetas satay, Pad Thai, Massaman Thai, Khao Pad... Lo que delataba lo artificioso de la situación era que la conversación resultó banal, ninguno de los dos entró en profundidades. Y yo seguí sin saber nada de Martin Lohse salvo que se dedicaba a esto y a lo otro, aquí y allá, todo relacionado con el mundo del arte, claro.

Mientras él hablaba, en francés, con ese peculiar acento suyo, sorprendentemente suave para ser alemán, yo le observaba con detenimiento, tratando de descifrarle por los detalles. En esa línea de apariencia sana y sencilla que he mencionado, se esforzaba por ofrecer un aspecto desenfadado: la camisa por fuera del pantalón, los zapatos sin calcetines, el pequeño tatuaje en la cara interna de la muñeca, las pulseritas de cuero... Sin embargo, llevaba un Louis Moinet modelo Jules Verne, de titanio y acero; un reloj poco ostentoso, que a ojos de la mayoría pasaría desapercibido, pero que costaba en torno a los quince mil euros. Yo lo sabía porque era uno de los relojes preferidos de Konrad.

Martin era de esas personas que sin haberse esforzado demasiado iban siempre de punta en blanco. Me alegré de haber ido a la peluquería después de casi un año sin pisarla y de haberme arreglado un poco, aunque no fuera más que con un sencillo vestido de rebajas que, sin embargo, me sentaba muy bien. Incluso me había vuelto a poner las lentillas. De hecho me molestaban después de un tiempo sin usarlas. Últimamente, me daba pereza hasta ponerme las lentillas.

«Hija, con los ojos tan bonitos que tienes es una pena que los escondas detrás de esas gafas», me repetía mi madre en un alarde de amor de ídem porque mis ojos son bastante corrientes, la verdad. Ni muy grandes ni muy pequeños, ni muy juntos ni muy separados, del color castaño de la mayoría de la población mundial. Como mi pelo, si bien entonces lucía unos reflejos más claros que la peluquera se había empeñado en darme. Tuve que admitir que no quedaban mal. También calzaba unas sandalias de tacón y eso que odio los zapatos altos porque me suelen levantar ampollas a los dos pasos. Aunque, por otro lado, saberme alta hace que me sienta importante. Martin era bastante alto, mediría alrededor de metro noventa, así que me alegré de haberme puesto esas sandalias, como si así nuestros poderes quedaran equilibrados. A veces tengo unas cosas...

—No te pregunto si quieres algo de postre porque he visto que empezabas a leer la carta por el final —observó.

Una de mis debilidades era la comida, el dulce en concreto; me pirraban el azúcar y las grasas y, combinadas, me parecían sublimes. Por suerte, mi complexión es delgada, aunque no milagrosa, y si como, engordo, como casi todo el mundo. Pero es un precio que siempre estoy dispuesta a pagar a cambio de un buen postre. Ya lo compensaría con un poco de ejercicio de ese que prefiero no hacer.

—Me has pillado —admití sonriendo.

—Esto de Black Orchid suena bien. Es de chocolate...

—Pues no se hable más. Pero para compartir, que estoy hasta arriba. —Mentira. Podría haberme comido mi postre y el suyo, pero no quería asustarle.

Martin llamó a la camarera, hizo el pedido y se concentró en terminar el último sorbo de su copa de vino. Yo le imité.

Se impuso entonces un breve silencio, a la par que absurdo e innecesario puesto que aún no habíamos tratado el tema que realmente nos había reunido.

—Te veo bien —constató de pronto.

Volvió a asaltarme una sensación que ya había experimentado en otros momentos durante la comida: que él ya estaba al tanto de los recientes cambios en mi vida. Pero no era posible, cómo iba a saberlo. Claro que tratándose de Martin Lohse... Aquel hombre era un enigma.

—Estoy bien. —Y ya cansada de que aquello pareciese lo que no era, le abordé sin rodeos—: Martin, vamos por el postre y todavía no me has mencionado tu e-mail de ayer.

Esbozó una sonrisa traviesa que achinó sus ojos bajo el flequillo y le hizo parecer aún más niño.

—Es cierto. Sólo quería asegurarme de que tengo ciertas posibilidades de que aceptes lo que voy a proponerte.

—Vaya... ¿Lo dices porque no tengo trabajo fijo ni ninguna otra clase de... atadura? Eso no es garantía de nada, pero reconozco que tu noticia me ha picado la curiosidad.

—Pues ya verás cuando te cuente todo. Ni siquiera sé por dónde empezar...

—Me tienes en ascuas. Aunque corres el riesgo de que el chocolate acapare todo mi interés desde ya —bromeé según nos servían el vistoso postre lleno de flores, frutas, texturas y aromas deliciosos en el que no tardé en hincar la cuchara.

No obstante, Martin sabía cómo evitar que tal cosa sucediera.

—¿Has oído hablar del Medallón de Fuego?

El cubierto cargado de pastel de chocolate quedó suspendido en el aire antes de llegar a mi boca, abierta no sólo para recibirlo. Sí, sí que había oído hablar del Medallón de Fuego.

—Es una leyenda —concluí, dejando entonces que la cuchara alcanzase su destino.

—¿Como lo era El Astrólogo?

Touchée. Sonreí entre paladeos de chocolate.

—Está bien. ¿Qué sabes que yo no sé? O, mejor dicho, ¿por qué estarías dispuesto a contármelo?

—Porque quiero que me ayudes a buscarlo.

—Se me ocurren un sinfín de objeciones a eso, pero vamos por partes: ¿por qué yo?

—Has buscado El Astrólogo. Con eso me basta. Hay muchas conexiones entre ambos.

—¿Entre El Astrólogo y el Medallón de Fuego? Señor... Pensé que esa historia se había acabado.

—Las historias no se acaban, Ana. Y tú lo sabes. Eso es lo bonito de nuestra profesión.

Me hizo gracia: «Nuestra profesión». ¿A qué profesión se refería exactamente? ¿A qué demonios se dedicaba Martin Lohse? ¿A buscar leyendas? ¿Y en eso me había convertido yo ahora? ¿En una buscadora de leyendas?

Jugueteé un rato con la cucharilla, esparciendo el chocolate por el plato como si dibujase. La mención a El Astrólogo removió demasiadas cosas y me hizo recordar que Martin quizá se trataba sólo de un portavoz, de un representante. No me quise quedar con la duda.

—¿Y ellos? —apunté refiriéndome a la hermandad a la que sabía que Martin pertenecía—. ¿Tienen algo que ver en esto?

—La misión es del grupo —me confirmó—. Yo hago el trabajo de campo. Pero eso debería ser una garantía para ti. No se trata de una chifladura mía, no es nada turbio.

—¿Que no es nada turbio? ¡Vosotros sois turbios! No puedes negarlo.

—Sabes cuál es nuestro objetivo: somos protectores, pretendemos que las leyendas sigan siendo leyendas y que, bajo ningún concepto, caigan en las manos equivocadas.

Era cierto. Lo sabía. Eso era lo poco que sabía. Por lo demás, la hermandad era un ente más misterioso que el propio Martin, su único miembro accesible para mí. De hecho, la llamaba hermandad por llamarla de algún modo, ni siquiera sabía si tenían un nombre, porque las pocas veces que me los habían referido lo habían hecho con el vago término de «ellos». Sin embargo, y contra toda lógica, tenía que darle a Martin la razón: que la hermandad estuviera detrás me inspiraba una extraña confianza.

—Sé lo de Alain —reconoció entonces.

—¿Por qué será que no me sorprende? —Quise aparentar indiferencia—. Seguro que os habéis informado bien antes de contactar conmigo. Si no estuviera sola, ni lo habríais intentado.

—Te recuerdo que no fuimos nosotros quienes lo repudiamos a él, sino al contrario.

Moví la cabeza. No quería hablar de eso. Lo pasado, pasado estaba y ya daba igual.

—¿Qué tiene que ver Giancarlo Bonatti en todo esto? —dije al fin, pretendiendo centrar un tema para desviar el otro.

—¿Lo conoces?

—De oídas y por lo que he leído en el recorte que me has enviado.

—Era un tipo con dinero, influyente. Había hecho su fortuna en el negocio financiero, sobre todo. Con poco más de veinticinco años creó una empresa de capital riesgo que vendió una década más tarde a Lehman Brothers por más del triple del valor de sus acciones. A partir de ahí, diversificó sus inversiones hasta convertirse en uno de los hombres más ricos de Italia. Además, era un personaje en el mundo del arte. Participaba directa o indirectamente en varias fundaciones, asociaciones y patronatos artísticos. Era coleccionista, anticuario y arqueólogo aficionado; incluso financió una excavación en Siria hace unos años, antes de que empezara la guerra. Se movía bien en el mercado negro. Lo hacía a través de una red que compraba y vendía para él.

—¿Mafia?

Martin se encogió de hombros: si yo quería llamar así a algo que era relativamente habitual en el mundillo, adelante.

—También era masón —continuó—. Miembro de la Masonería Egipcia del Antiguo y Primitivo Rito de Memphis-Misraïm. Es probable que fuera el Gran Hierophante, el Gran Maestre, de una de sus ramas. Pero lo interesante, además de quién era Bonatti, es cómo fue asesinado.

Arqueé las cejas en un gesto interrogante. La noticia no aportaba ningún detalle al respecto de la muerte de Giancarlo Bonatti más allá de especificar que había sido violenta.

—Tienes que ver las fotos —afirmó sacando su móvil.

—¿Tienes fotos del crimen? —le pregunté asombrada—. ¿Cómo es posible?

—Me pidieron que colaborara en la investigación —aclaró como si fuera lo más normal del mundo.

¿Martin Lohse, el hombre comando? ¿Martin Lohse, el buscador de tesoros? ¿Martin Lohse, el detective? ¿Quién demonios era Martin Lohse?

El susodicho interrumpió mi sarta de preguntas a mí misma cediéndome el móvil e invitándome a ir pasando las imágenes en la pantalla.

Aquella colección no era apta para estómagos sensibles. Le maldije por haberme hecho eso a la hora del postre; aunque, pensándolo bien, tenía que agradecerle que hubiera esperado hasta entonces. Calificar de violenta la muerte de Giancarlo Bonatti era muy probablemente un eufemismo. La muerte de Giancarlo Bonatti había sido sangrienta, macabra, espeluznante. Y, también, teatral.

—¿Reconoces algo?

Asentí con la cabeza sin poder quitar la vista de las fotografías. La primera recogía un detalle de la garganta cercenada de Bonatti, un corte limpio rodeado de sangre reseca del que había manado una abundante hemorragia que empapaba la ropa de la víctima. Al final del corte se hincaba la punta de una escuadra con los bordes afilados como cuchillas. La segunda foto incluía parte del rostro cerúleo del cadáver y su hombro izquierdo, del que sobresalía, clavada casi hasta la mitad, una regla metálica de treinta centímetros. La siguiente imagen se trataba de un primer plano de la cabeza, la frente literalmente aplastada y amoratada en torno a una herida abierta de entre la que asomaban astillas de hueso y restos de masa encefálica. En otra imagen, se podía ver junto al cadáver la maza con la que se había infligido tan brutal golpe.

Las demás fotografías ofrecían una perspectiva completa del cuerpo en medio de un charco de sangre, desde diferentes ángulos; otra era de una habitación con aspecto de despacho en la que todo parecía sorprendentemente ordenado; y una más, de una caja fuerte abierta que contenía una pila de documentos sobre los que reposaba la ramita de un árbol, algo casi tierno y del todo fuera de lugar. Por último, y para redondear el esperpento, sobre el suelo de mármol blanco alguien había trazado con sangre un círculo grande y otro pequeño unidos por la línea de sus diámetros de la que pendían perpendiculares en un extremo un par de segmentos cortos.

—La escuadra, la regla y la maza —resumí como respuesta a su pregunta—. No soy policía, pero yo diría que quien ha matado a este hombre se ha tomado muchas molestias para dejar bien claro que estaba recreando la forma en la que, según la leyenda, Hiram Abif, el arquitecto del Templo de Salomón, halló la muerte a manos de los tres obreros descontentos, Jubelas, Jubelos y Jubelum, pese a tener éstos unos nombres muy inapropiados para tratarse de unos despiadados e imaginativos asesinos, todo sea dicho.

No obstante mi tono de guasa, le devolví a Martin el teléfono con el estómago aún encogido.

—La prensa hablaba de un posible móvil relacionado con el robo. Todo esto es excesivo para tratarse de un simple robo —opiné.

Martin me sonrió satisfecho, como si fuera un maestro y yo una de sus alumnas más aplicadas.

—¡Exacto! Porque la clave aquí no está en el robo, sino en que el asesinato es en sí mismo una escenificación con un único propósito: dar un aviso a quien pueda captarlo.

—¿Y tú lo has captado?

Ante mi pregunta, su gesto se tornó grave y se inclinó sobre la mesa para hacerme una confidencia en voz baja:

—Hace unos meses que el mundillo del arte está revuelto. Hay indicios de que el Medallón de Fuego podría salir a la luz de nuevo. Y todo apunta a que Bonatti había descubierto algo. Su asesinato, este asesinato, es un anuncio: la búsqueda del Medallón que perteneció a Hiram Abif ha comenzado.

Ya no quiero seguir siendo tu sombra

Ya no quiero seguir siendo tu sombra

Teo me envolvió con su abrazo de oso en el que yo me regodeé durante un buen rato y del que sólo me separé cuando temí sucumbir a la autocompasión y la melancolía. Entonces él aprovechó para mirarme de arriba abajo, con las manos en mis hombros.

—Reina mora, estás... guau. ¿Has ido a la pelu?

Me atusé la melena con coquetería.

—El sábado. Tenía una cita. Pero no es lo que piensas —me apresuré a aclarar según veía su rostro contorsionarse de emoción.

—Me gusta que te pongas guapa. Y que tengas citas que no son lo que pienso. ¿Quién era el afortunado?

—Martin Lohse. Negocios. Mira, acaban de dejar una mesa libre. Vamos a entrar antes de que nos la quiten.

Teo y yo habíamos quedado aquel lunes por la mañana a desayunar, no demasiado temprano como correspondía a nuestras profesiones liberales y nuestro espíritu bohemio, alérgico a madrugar. Escogimos un pequeño café en el barrio de Malasaña, hípster, orgánico y no vegano, con paredes de ladrillo, plantas en maceteros colgantes y cuatro mesas contadas de patas de hierro y tableros de madera reciclada. El café de allí era excelente y la tarta de zanahoria, un pecado carnal, a decir de Teo. Mientras dábamos buena cuenta de ambos, le resumí brevemente a mi amigo el encuentro con Martin Lohse hasta llegar al asunto del Medallón de Fuego.

—¿Y eso qué es?

—En principio se trata de una leyenda.

—Pero, entonces, ¿no es más que un cuento o es una cosa? Tiene que ser un algo para poder encontrarlo. ¿Una joya? ¿Va a hacerte rica de una vez o sólo es un colgante vistoso?

—Si es que existe, sí, es una cosa: un medallón de piedra, unos dicen que turmalina, otros que jade, otros que esmeralda...

—¿Esmeralda como la Tabla Esmeralda? Aaamiga... Ya veo yo por dónde... —Giró dos dedos en el aire para expresar su talento deductivo—. ¿Y también es mágico y poderoso? ¿Un instrumento para que los villanos dominen el mundo?

—Ja, ja. Si te burlas, no sigo.

—Que no me burlo, cari. ¿Es que algo de lo que he dicho no es cierto?

—Es tu tono.

—Pues, leñe, no tengo otro. A estas alturas ya deberías saberlo: ¡es la pluma!

Teo elevó tanto la voz, con gallo incluido, que el camarero nos miró desde la barra.

—Ponme otro trozo de tarta, ¿quieres, guapo? —resolvió guiñando un ojo al chico, que la verdad es que era muy mono.

—Claro, corazón. Uno grande. —Feli ya nos conocía y se tomaba bien las confianzas de Teo.

Mientras, a mí me dio tiempo a recapacitar. Teo era mi mejor amigo desde hacía ya no recuerdo cuántos años y tenía la habilidad, puede que inconsciente, de abrirme los ojos.

—Si es que tienes razón. Suena todo a guasa. Debería centrarme y hacer algo serio con mi vida.

—No, no, no, no. No empieces, que te pierdes. Confundes serio con aburrido. Esto es serio: hay un muerto de por medio con material escolar clavado por el cuerpo y sangre a mogollón. Cuéntamelo todo, por favor. Prometo no frivolizar.

—Bueno, tampoco es que yo sepa demasiado. Pero sí que estoy al tanto de la leyenda de Hiram porque es una de las leyendas más importantes de la masonería...

—Molan los masones. —Era imposible decir dos palabras sin que Teo me interrumpiese—. Son tipos ricos y misteriosos. Su club mola. A mí me gustaría ser de un club de ésos y reunirme con otros tíos vestidos de esmoquin a beber malta y fumar habanos, en plan todo muy elegante y sofisticado. Tiene clase... Está bien. Lo siento. Continúa.

—Gracias. —Tomé un poco de café, me retiré con la lengua la espuma de los labios y reanudé una suerte de versión abreviada de la leyenda de Hiram—. Hiram Abif o Habib fue un fenicio de la isla de Tiro al que su rey envió a Jerusalén como arquitecto principal del templo que Dios había ordenado construir a Salomón para albergar el Arca de la Alianza. Sí, la de Indiana Jones, no me interrumpas. Hiram Abif destacaba como experto cantero, conocía la geometría y, sobre todo, era un excelente fundidor. Tenía además madera de líder y maestro pues supo organizar y formar a los gremios, capataces, albañiles, obreros... Todos provenían de distintos pueblos y tribus y, a menudo, se daban rencillas entre ellos. Al final, Hiram dirigía todo un ejército de tres mil capataces, treinta mil obreros, setenta mil cargadores y ochenta mil canteros. Pero como era un gran profesional, las obras del monumental complejo transcurrieron sin incidentes hasta estar casi completas, sólo a falta de fundir las gigantescas columnas que habrían de adornar el tabernáculo del Arca. Para acometer lo que se consideraba la tarea culmen y más compleja de todo el proceso de construcción, se preparó una gran ceremonia, con el objeto, además, de agasajar a la famosa reina de Saba, quien andaba por Jerusalén de visita y ante cuyos legendarios encantos tanto Salomón como Hiram habían caído rendidos. Así, se concibió un espectáculo de luz y fuego al anochecer para divertimento de todo el pueblo de Israel. Entonces, estando ya todo preparado, el ayudante fundidor de Hiram sorprendió a unos obreros descontentos saboteando los moldes de vaciado de las columnas. Cuando el hombre fue con la noticia a Salomón, éste, en lugar de comunicárselo a Hiram, se calló como...

—Una zorra.

—Eso. En venganza, puesto que ambos se disputaban los favores de la reina de Saba y, al parecer, Hiram le sacaba ventaja.

—Ay, las mujeres. Siempre tenéis la culpa de todos los males.

—Sí, sobre todo en el Antiguo Testamento. Total, que el pobre Hiram, ignorante del complot múltiple, se dispuso a oficiar su particular ceremonia delante de los reyes, las autoridades y el pueblo de Israel. Entonces, cuando accionó el mecanismo para verter las toneladas de metal fundido, el artilugio se desbarató y el metal ardiente empezó a desparramarse por todos lados como la lava de un volcán, creando el pánico entre el gentío. En tanto, el ayudante fundidor, espantado por las consecuencias de no haber avisado a su maestro, se tiró al río de fuego para acabar con su vida. Después de tan trágico desenlace, Hiram se quedó solo, espantado, lamentándose de su deshonra y su desgracia. Imagínate: la gente se marchó a sus casas horripilada y decepcionada, el lugar quedó arrasado, oscuro y en silencio, y allí permaneció Hiram, fracasado y hecho polvo. Entonces, de entre la destrucción emergió una figura brillante, rodeada de luz, tocada con una mitra de plata y blandiendo un martillo de herrero y se dirigió a Hiram, supongo que con voz cavernosa, pidiéndole que le acompañara en un viaje místico al lugar más remoto de su espíritu donde se hallaba la casa de Enoc. Enoc o —enfaticé— Hermes Trimegisto para los egipcios.

—¡El de la Tabla Esmeralda!

—El mismo.

—Ese ser que se dedicó a esparcir tesoros por todo el mundo —observó Teo con la boca llena de tarta de zanahoria.

—Eso parece.

—¿El tipo luminoso de la mitra?

—No. El tipo luminoso de la mitra era Tubalcaín, el primer herrero, el padre de la metalurgia. El caso es que, durante ese viaje místico, Tubalcaín le reveló a Hiram los mayores secretos de la arquitectura y la construcción. Pero, además, descendió con él hasta las entrañas de la tierra, donde todos los materiales se funden, y de allí, de los océanos de fuego, extrajo la piedra con la que talló un medallón en el que recogió las claves de la tradición luciferina.

—Con el diablo hemos topado. Mala cosa.

—Sí y no. Es cierto que Lucifer, según la doctrina cristiana, es el ángel caído que se convierte en Satanás, la representación del mal. Sin embargo, Lucifer viene del latín lux, luz, y fero, portador. Por lo tanto, sería el portador de luz. Para algunas corrientes esotéricas, Lucifer y Satán no son la misma entidad, ya que Lucifer es el dios de la luz, al que incluso los caballeros templarios rendían culto como arcángel. Para otros, la base del luciferismo es puramente humanista, en el sentido de que el hombre no necesita ninguna deidad para distinguir el bien del mal, y sólo se debe a su voluntad y a su entendimiento. Algunas logias masónicas son luciferinas.

—Guay. Ahora, vamos a lo nuestro: no es por nada, pero da la impresión de que el Hiram ese le daba a base de bien a los hongos alucinógenos. Dicho esto, la cuestión es: ¿toda esta vaina es leyenda o no es leyenda?

Me encogí de hombros.

—Creo que si algo he aprendido hace poco es que llega un punto en que eso da igual. El problema es cuando hay alguien que cree en las leyendas y la gente empieza a matarse por ellas.

—Eso de matarse es serio. Y peligroso —aleccionó con una gravedad impropia de él—. Y tú no eres poli ni caco ni nada parecido. Hasta hace dos días no eras más que una persona con una vida normal, con un trabajo normal, que no hacías deporte ni por penitencia, que tu mayor aventura era llevar el coche a la ITV... ¿Cómo te las apañas últimamente para salir de un lío y met

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