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EL CORONEL ELI McCULLOUGH
EXTRACTO DE UNA GRABACIÓN DE 1936 DE LA
ADMINISTRACIÓN DE PROYECTOS DE TRABAJO
Se me auguró que viviría cien años, y tras haber alcanzado esa edad no tengo motivos para dudarlo. No muero como cristiano aunque tengo la cabellera intacta, y si hay un cazadero eterno, allá voy a ir a parar. Allá o a la laguna Estigia. Mi opinión en este momento es que he tenido una vida muy corta: cuánto bien podría hacer si se me concediera otro año en pie. En cambio, estoy amarrado a esta cama, haciéndome encima las necesidades como un crío.
Si el Creador tiene a bien darme fuerzas, me llegaré a las aguas que discurren por los pastos. El río Nueces a la altura de su meandro este. Siempre he preferido el del Devil. En sueños lo he alcanzado tres veces, y es sabido que Alejandro Magno, su última noche de vida mortal, se escabulló del palacio e intentó sumergirse en el Éufrates, consciente de que si su cuerpo desaparecía, su pueblo pensaría que había ascendido a los cielos como un dios. Su esposa lo detuvo a la orilla del agua. Lo arrastró de vuelta a casa para que muriese como mortal. Y la gente se pregunta por qué no volví a casarme.
Si apareciera mi hijo, preferiría no verme obligado a soportar su sonrisa de triunfo. Semilla de mi destrucción. Sé lo que hizo y sospecho que lleva ya tiempo honrando con su presencia las riberas del Jordán, porque Quanah Parker, último jefe de los comanches, no dio muchas oportunidades al muchacho de llegar a los cincuenta. A cambio de esa información ofrecí a Quanah y sus guerreros un búfalo joven, un animal de primera para que lo matasen a la antigua usanza con lanzas, en mis tierras que antaño fueran su cazadero. Uno de los compañeros de Quanah era un venerable jefe arapahoe, y mientras nos comíamos el hígado caliente del búfalo según las viejas costumbres, untado en la propia bilis del animal, me dio una alianza de plata que él mismo le quitó del dedo a George Armstrong Custer. En el anillo figura la inscripción «7.º Cab.». Tiene una profunda hendidura de un lanzazo, y, puesto que no tengo un heredero como es debido, lo llevaré conmigo al río.
La mayoría estará familiarizada con mi fecha de nacimiento. La Declaración de Independencia que liberó a la República de Texas de la tiranía mexicana se ratificó el 2 de marzo de 1836, en una humilde choza a orillas del Brazos. La mitad de los firmantes padecía malaria; la otra mitad había venido a Texas para huir de la soga del verdugo. Yo fui el primogénito de la nueva república.
Los españoles llevaban en Texas cientos de años pero no habían llegado a ninguna parte. Desde Colón habían estado conquistando a todos los nativos que se les ponían delante y aunque nunca he conocido a un azteca, debían de ser un montón de monaguillos remilgados. Los apaches lipanes pararon a los antiguos conquistadores en seco. Luego llegaron los comanches. El mundo no había visto nada parecido desde los mongoles; ahuyentaron a los apaches hasta el mar, destruyeron el ejército español y convirtieron México en un mercado de esclavos. Una vez vi comanches conduciendo una multitud de aldeanos por la orilla del Pecos, los había a centenares, del mismo modo que uno llevaría el ganado.
Tras haber sido derrotado por los indígenas, el gobierno mexicano concibió un plan a la desesperada para colonizar Texas. Cualquier hombre, de cualquier nacionalidad, dispuesto a trasladarse al oeste del río Sabine recibiría cuatro mil acres de tierra libre. La letra pequeña se escribió en sangre. La filosofía comanche respecto de los forasteros era de una rigurosidad casi pontificia: torturar y matar a los hombres, violar y matar a las mujeres, destinar los niños a la esclavitud o la adopción. Muy pocos oriundos de los antiguos países de Europa aceptaron la oferta de los mexicanos. De hecho, no vino nadie en absoluto. Salvo los norteamericanos. Llegaron en tropel. Tenían mujeres e hijos de sobra, y al que venciere le daré de comer del árbol de la vida.
En 1832 llegó mi padre a Matagorda, cosa habitual en aquellos tiempos si uno consideraba que el riesgo de morir ante un pelotón de fusilamiento o de perder la cabellera a manos de los comanches era la manera que tenía Dios de decirle que había grandes recompensas al alcance de la mano. Para entonces el gobierno mexicano, inquieto ante la horda anglo que crecía dentro de sus fronteras, había prohibido la inmigración norteamericana a Texas.
Y aun así era mejor que los Antiguos Estados, donde a menos que uno fuese hijo del dueño de una plantación, no podía aspirar más que a las migajas. Como demuestran los archivos, las clases más acomodadas, los Austin y los Houston, accedieron de buen grado a seguir siendo ciudadanos de México siempre y cuando pudieran conservar sus tierras. Sus descendientes han librado batallas propagandísticas para salvaguardar su nombre y conseguir que se les declare Fundadores de Texas. En realidad fueron solo los hombres como mi padre, que no tenían nada, los que llevaron a Texas a la guerra.
Al igual que todo escocés sano, arrimó el hombro en la derrota de San Jacinto y después de la guerra trabajó de herrero, armero y tasador. Era alto y de trato fácil. Tenía la espalda erguida y las manos duras, y la gente se sentía a salvo en su compañía, lo que a la postre resultaba ser una falsa ilusión para la mayoría.
Mi padre no era religioso, y a él achaco mi conducta pagana. Aun así era de los que sienten el aliento del jinete pálido en la nuca. No era partidario de perder el tiempo. Primero vivimos en Bastrop, cultivando maíz y sorgo y criando cerdos, despejando el terreno hasta que llegaron los nuevos colonos, los que esperaron a que el peligro de los indios hubiera quedado atrás, y luego llegaron con sus abogados para recusar las escrituras y los títulos de propiedad de los que habían civilizado la región y vencido al piel roja. Aquellos primeros texanos habían adquirido sus propiedades con la moneda humana más antigua que existe y la mayoría no sabía leer ni escribir. Antes de cumplir diez años yo ya había cavado cuatro tumbas. El más leve rumor de cascos al galope despertaba a toda la familia, y para cuando llegaban las noticias —algún vecino abierto en canal como un cochinillo en Acción de Gracias—, mi padre ya había comprobado la munición y luego él y el mensajero se perdían en la noche. Los valientes mueren jóvenes: así reza el dicho comanche, pero también era cierto en el caso de los primeros anglos.
Durante los diez años que Texas resistió como nación, el gobierno ansiaba desesperadamente la llegada de colonos, sobre todo de los que tenían dinero. Y por medio de algún telégrafo invisible el mensaje alcanzó los Antiguos Estados: ahora esta zona es segura. En 1844 llegó el primer forastero a nuestra puerta: corte de pelo de barbería, ropa comprada en una tienda, un alazán en el que hubiera podido montar una dama. Pidió pienso aunque su caballo se hundía en la hierba. Un caballo que no comía hierba: nunca había oído nada parecido.
Dos meses después fue recusado el derecho a la propiedad de los Smithwick y luego el de los Hornsby y el de los MacLeod fueron adquiridos por una miseria. Para entonces había más abogados per cápita en Texas que en ningún otro lugar del continente y en apenas unos años todos los primeros colonos habían perdido la tierra y se habían visto obligados a ir al oeste de nuevo, hacia territorio indio. Las clases más nobles que habían robado las tierras ya estaban urdiendo una guerra para proteger a sus negros; el Sur sufriría una maldición pero Texas, una criatura del Oeste, saldría indemne.
Mientras tanto se lanzó una campaña contra mi madre, castellana de antigua estirpe, de piel morena pero facciones delicadas: los nuevos colonos aseguraron que tenía una octava parte de sangre negra. Los caballeros de las plantaciones se enorgullecían de tener ojo para esas cosas.
Para 1846 habíamos cruzado la frontera colonizada rumbo a las tierras que le fueron concedidas a mi padre en el Pedernales. Era un cazadero comanche. Los árboles no habían oído nunca hacha alguna y la tierra, y todos los animales que en ella vivían, se veía abundante y hermosa. La hierba hasta el pecho, la tierra profunda y negra en las cuencas, y hasta las laderas más abruptas cubiertas de flores silvestres. No era el lugar árido y pedregoso que es hoy en día.
Las reses españolas salvajes se atrapaban fácilmente a lazo: en cuestión de un año teníamos un centenar de cabezas. También había cerdos y mustangs al alcance de cualquiera. Había ciervos, pavos, osos, algún que otro búfalo, tortugas y peces en el río, patos, ciruelas y uvas cimarronas, árboles con colmenas y caquis: la tierra rebosaba de vida tal como hoy en día está podrida de gente. El único problema era conservar la cabellera en su sitio.
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JEANNE ANNE McCULLOUGH
3 DE MARZO DE 2012
Había murmullos y voces quedas, no la suficiente luz. Estaba en una sala grande que al principio tomó por una iglesia o sala de tribunal, y aunque estaba despierta, no sentía nada. Era como flotar en un baño tibio. Había arañas de luces apenas iluminadas, leña humeante en la chimenea, mesas y sillas jacobinas y bustos de antiguos griegos. Había una alfombra que había sido regalo del sha. Se preguntó quién la encontraría.
Era una casa grande y blanca al estilo español: diecinueve dormitorios, biblioteca, un gran salón y sala de baile. Sus hermanos y ella habían nacido allí, pero ahora no era más que una casa para los fines de semana, un lugar para las reuniones familiares. El servicio no volvería hasta el día siguiente. Tenía la mente despierta del todo, pero el resto de su ser parecía desconectado y estaba casi segura de que alguien más era responsable de que se encontrara así. Tenía ochenta y seis años, pero por mucho que le gustara decirles a los demás que se moría de ganas de cruzar a la Tierra de Mañana, no era exactamente cierto.
«Lo más importante es un hombre que haga lo que le digo.» Se lo comentó a una periodista de la revista Time y la sacaron en la portada, cuarenta y un años y aún seductora, de pie en su Cadillac delante de un campo de bombas de extracción de petróleo. Era una mujer menuda y esbelta, aunque la gente lo olvidaba nada más conocerla. Tenía una voz que se hacía oír y los ojos grises como una pistola vieja o de un azul viento del norte; era imponente, si bien no exactamente hermosa. Cosa que el fotógrafo yanqui debió de haber visto. Le hizo desabrocharse otro botón de la blusa y le dejó el pelo como si acabara de apearse de un descapotable. No estaba en la cima de su poder —eso había llegado décadas después—, pero la gente empezaba a tomarla en serio. Ahora el hombre que había sacado la fotografía estaba muerto. «No va a encontrarte nadie», pensó.
Claro que iba a ocurrir así; ya de niña había estado sola casi siempre. Su familia era propietaria del pueblo. Lo de la gente no tenía sentido, a su modo de ver. Los hombres, con quienes lo tenía todo en común, no apreciaban su compañía. Las mujeres, con quienes no tenía nada en común, sonreían demasiado, se reían más fuerte de la cuenta y le recordaban en buena medida a perrillos falderos, sus vidas desperdiciadas en la decoración de interiores y los atuendos de otros. Nunca había habido lugar para una persona como ella.
Era pequeña, ocho o diez años, y estaba sentada en el porche. Era un día fresco y las colinas verdes se prolongaban hasta donde alcanzaba la vista, propiedad de los McCullough, hasta donde alcanzaba la vista. Pero algo no encajaba: ahí estaba su Cadillac, aparcado en la hierba, y los viejos establos, que su hermano no había quemado todavía, ya habían desaparecido. «Ahora voy a despertar», pensó. Pero entonces el Coronel —su bisabuelo— estaba hablando. Su padre también estaba presente. Una vez tuvo un abuelo, Peter McCullough, pero desapareció y nadie tenía nada bueno que decir de él y era consciente de que a ella tampoco le habría gustado.
«Estaba pensando que igual podías pasarte por la iglesia este domingo», dijo su padre.
El Coronel era de la opinión de que esas cosas era mejor dejárselas a los negros y los mexicanos. Tenía cien años y no le importaba decirle a la gente que se equivocaba. Tenía los brazos como baquetas y la cara cubierta de manchas igual que un viejo cuero de vaca, y decían que la siguiente vez que se cayera, lo haría directamente en la tumba.
«Lo que pasa con los predicadores —decía—, es que si no están cortejando a tus hijas o comiéndose todo el pollo frito y la tarta de la nevera, están engañando a tus hijos en algún asunto de trata de caballos.»
Su padre era el doble de grande que el Coronel, pero, como señalaba el Coronel cada dos por tres, era ancho de espaldas y débil de mente. Su hermano Clint le compró un caballo y una silla de montar a aquel pastor y debajo de la manta tenía una úlcera casi del tamaño de una torta.
Su padre la obligó a ir a la iglesia de todos modos, madrugando para hacer el trayecto hasta Carrizo, donde asistía a la escuela dominical. Tenía hambre y apenas podía mantener los ojos abiertos. Cuando le preguntó a la maestra qué le pasaría al Coronel, que estaba en casa en ese preciso instante, probablemente tomándose un julepe, la maestra dijo que iría al infierno, donde lo torturaría el mismísimo Satanás. «En ese caso, pienso ir con él», respondió Jeannie. Era una diablilla desvergonzada. De haber sido mexicana, se habría llevado una buena zurra.
De regreso a casa, no alcanzaba a entender por qué su padre se había puesto de parte de la maestra, que era picuda igual que un águila y olía como si se le hubiera muerto algo dentro. Aquella mujer era más fea que un cubo de brea. «Durante la guerra —decía su padre—, prometí a Dios que si sobrevivía, iría a misa todos los domingos. Pero justo antes de nacer tú, dejé de ir porque estaba ocupado. ¿Y sabes qué ocurrió?» Lo sabía; siempre lo había sabido. Pero él se lo recordaba de todos modos: «Tu madre murió».
Jonas, su hermano mayor, dijo algo de que no la asustara. Su padre le dijo a Jonas que se callara y Clint le pellizcó el brazo a ella y susurró: «Cuando vas al infierno, lo primero que hacen es meterte una horca por el culo».
Ella abrió los ojos. Clint llevaba muerto sesenta años. No se había movido nada en la sala en penumbra. «Los documentos», pensó. Los había salvado una vez del fuego y no había llegado a destruirlos. Ahora los encontrarían.
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LOS DIARIOS DE PETER McCULLOUGH
10 DE AGOSTO DE 1915
Mi cumpleaños. Hoy, sin ayuda de whisky, he llegado a la conclusión: no soy nadie. Al volver la vista sobre mis cuarenta y cinco años no veo nada digno de mención: lo que había tomado por un alma se parece más a un abismo negro; he dejado que otros me moldearan como quisiesen. A juicio del Coronel, soy el peor hijo que ha tenido: siempre ha preferido a Phineas e incluso al pobre Everett.
Este diario será el único testimonio auténtico de esta familia. En Austin están planeando una celebración por el octogésimo cumpleaños del Coronel, y no sé qué se dirá con sinceridad sobre un hombre que es tratado como una celebridad en capitolios. Mientras tanto, nuestro verano sangriento continúa. Las líneas de teléfono con Brownsville no se pueden mantener abiertas: cada vez que se reparan, los insurgentes las hacen saltar por los aires. El rancho King fue atacado por cuarenta sediciosos anoche, hubo una batalla a tiros de tres horas en Los Tulitos, y el presidente de la Liga Cameron del Orden Público fue abatido, aunque no sé si esto último es una suerte o una desgracia.
Por lo que a los mexicanos respecta, viendo a tantos de ellos muertos a tiros en cunetas o colgados de los árboles, cualquiera diría que son un azote tan nocivo como las panteras o los lobos. El San Antonio Express ya no menciona sus muertes —haría falta demasiado papel—, así que los texanos mueren sin que quede constancia de ello y son enterrados, cuando lo son, en tumbas poco profundas, o los atan con una cuerda y los arrastran hasta algún lugar donde no molesten a nadie.
Después de ser asesinados Longino y Esteban Morales el mes pasado (no sé a manos de quién, aunque sospecho de Niles Gilbert), el Coronel concibió una nota para todos nuestros vaqueros: «Este hombre es un buen mexicano. Haga el favor de dejarlo en paz. Cuando haya terminado con él, lo mataré yo mismo». Nuestros hombres lucen esas notas cual insignias de honor; adoran al Coronel (como todos los demás), nuestro patrón.
Por desgracia para los texanos, los ganaderos de la zona siguen perdiendo cabezas de ganado. En los pastos del oeste, la semana pasada Sullivan y yo encontramos una sección donde habían cortado los alambres y al caer la noche solo habíamos hallado 263 vacas y terneros, frente a las 478 contadas durante la recogida de primavera. Unas pérdidas de veinte mil dólares y todos los indicios, circunstancialmente al menos, apuntan a nuestros vecinos, los García. Por lo que a mí respecta, preferiría perder el reino que entablar un pleito de sangre con la persona equivocada. Pero es una opinión muy poco común.
Siempre he pensado que debería haber nacido en los Antiguos Estados, donde, aunque su tierra está más empapada de sangre que la nuestra, ya no necesitan armas. Pero, naturalmente, va en contra de mi carácter. Incluso Austin me parece abrumadora, como si todos y cada uno de sus sesenta mil habitantes me gritasen al mismo tiempo. Siempre me ha resultado difícil aclararme la cabeza —hay imágenes y sonidos que me persiguen durante años—, así que aquí sigo, en el único lugar que es mío de veras, tanto si me quiere como si no.
Mientras inspeccionábamos las cercas cortadas, Sullivan señaló, de manera más bien innecesaria, que las huellas iban directas hacia las tierras de los García, que bordean el río, que, al haber estado tan seco, se puede cruzar casi por cualquier parte.
—No tengo nada contra el viejo Pedro —dijo—, pero sus yernos son la cuadrilla de negratas más abominable que he visto en la vida.
—Pasas demasiado tiempo con el Coronel —le dije.
—Él sí que sabe de mexicanos.
—Yo he comprobado justo lo contrario.
—En ese caso, jefe, espero que me pongas al tanto de cómo se explica sinceramente una cerca cortada que linda con los pastos de Pedro García justo cuando nos faltan doscientas cabezas de ganado. Ya va siendo hora de que crucemos y las recuperemos, pero eso nos viene un poco grande de un tiempo a esta parte.
—El viejo Pedro no puede tener vigilado hasta el último palmo de sus tierras, como tampoco podemos vigilar nosotros hasta el último palmo de las nuestras.
—Eres un gran hombre —dijo—, y no veo por qué te comportas como uno tan pequeño.
No tuvo nada que añadir a eso. Considera una afrenta personal que un mexicano sea propietario de tantas tierras en nuestros tiempos. Naturalmente, los vaqueros no son de gran ayuda: debido a su peso y su voz aguda le llaman «Don Castrado» a sus espaldas.
Por lo que a Pedro García respecta, los problemas parecen seguirle igual que un perro solitario. A dos hijos suyos les buscan las autoridades mexicanas por robo de ganado, un logro considerable teniendo en cuenta las opiniones de ese país al respecto. Intenté ir a verle la semana pasada, solo para que José y Chico me hicieran regresar. «Don Pedro no se siente bien», me dijeron, y fingieron no entender lo que les decía yo en español. He conocido a Pedro toda mi vida y sabía que él hubiera querido verme, pero, por supuesto, hice volver la grupa al caballo y no dije nada.
Pedro sufre escasez de personal desde hace tanto que la maleza está invadiendo sus tierras, y durante los dos últimos años solo ha conseguido marcar la mitad de sus terneros. Cada año gana menos dinero, cada año alcanza a contratar menos hombres, y como consecuencia cada año sus ingresos descienden de nuevo.
Aun así conserva su buen talante. Siempre he preferido su casa a la nuestra. A los dos nos gustaban los viejos tiempos, cuando la tierra era más mansa, con caminos de caliche blanco y pueblos de adobe, sin espinos por ninguna parte ni la hierba crecida hasta los estribos. Ahora la maleza es implacable y los viejos pueblos de piedra están abandonados. Las únicas casas construidas son tortuosas monstruosidades con armazón de madera que brotan cual hongos pero empiezan a pudrirse con la misma rapidez.
En muchos aspectos Pedro ha sido un padre para mí en mayor medida que el Coronel; si alguna vez me ha dirigido una palabra dura, no la he oído. Él siempre había esperado que me interesara por una de sus hijas, y durante una temporada estuve bastante encaprichado de María, la mayor, pero me di cuenta de que el Coronel se oponía firmemente, y, como un cobarde, dejé de lado mis sentimientos. María se fue a Ciudad de México a seguir con sus estudios; sus hermanas se casaron con mexicanos, todos ellos con la vista puesta en las tierras de Pedro.
Mi mayor temor es que Sullivan está en lo cierto y que los yernos de Pedro andan implicados en el robo de nuestro ganado; es posible que no entiendan cuáles serán las consecuencias; es posible que no entiendan que Don Pedro no les puede proteger.
11 DE AGOSTO DE 1915
Sally y el doctor Pilkington llevan a Glenn, nuestro benjamín, a San Antonio. Ha recibido un disparo esta noche al cruzarse con unos jinetes en la oscuridad. La herida está en la parte superior del hombro y desde luego no reviste peligro de muerte; de no ser por el Coronel, yo mismo habría ido a San Antonio con mi hijo.
El Coronel ha decidido que los pistoleros eran nuestros vecinos. Al protestar yo diciendo que estaba muy oscuro para que ninguno de nosotros viera a los culpables, se ha dado a entender que soy un traidor.
—Ojalá hubieras aprendido algo de lo que te enseñé —dijo—. Eran Chico y José los que montaban esos caballos.
—Bueno, debes de tener ojos de puma para poder ver en la oscuridad a casi doscientos metros.
—Como bien sabes —me dijo—, siempre he tenido mejor visión que otros hombres.
Cerca de una cuarta parte del pueblo (la cuarta parte blanca) está abajo. Junto con los Rangers, todos nuestros vaqueros y los vaqueros de Midkiff también. Dentro de unos minutos atacaremos a los García.
4
ELI McCULLOUGH
Primavera de 1849, la última luna llena. Llevábamos dos años en nuestra «acreocracia» del Pedernales, no muy lejos de Fredericksburg, cuando a nuestro vecino le robaron dos caballos a plena luz del día. Syphilis Poe, como le llamaba mi padre, había bajado de los montes Apalaches, imaginando que Texas era un paraíso para los holgazanes donde la leña se cortaba sola, los caquis te caían en el regazo y la pipa siempre estaba llena de estramonio. Era del tipo de hombre más común en la frontera, aunque había muchos como mi padre —decidido a enriquecerse si seguía vivo el tiempo suficiente—, y luego estaban los alemanes.
Antes de que llegaran los alemanes, se consideraba que era imposible hacer mantequilla en el clima sureño. También se consideraba imposible cultivar trigo. Es el efecto que tiene la economía esclavista en la mente humana, pero los alemanes, a los que nadie había dicho lo contrario, llegaron y empezaron a batir mantequilla de primera y a cultivar abundantes cosechas del noble cereal, que vendían a sus vecinos mudos de asombro obteniendo grandes beneficios.
Los alemanes no tenían alergia al trabajo, cosa que era evidente cuando uno se fijaba en sus posesiones. Si, al pasar junto a algún campo, veías que el terreno estaba nivelado y las ringleras rectas, la tierra era propiedad de un alemán. Si el campo estaba lleno de pedruscos, si las ringleras parecían haber sido plantadas por un indio ciego, si era diciembre y el algodón aún no se había cosechado, no te cabía duda de que la tierra pertenecía a alguno de los blancos de la zona, que había llegado a la deriva desde Tennessee y esperaba que la generosidad de la madre Naturaleza, como por arte de brujería, le brindase un esclavo.
Pero me adelanto a los acontecimientos. El problema al que se enfrentaba mi padre esa mañana era el robo de dos caballos escuálidos y un rastro evidente de huellas de potro desherrado que llevaba hacia las colinas. El sentido común sugería que los responsables tal vez seguían por allí —ningún cuatrero que se preciara se hubiese dado por satisfecho con las sarnosas yeguas de lomo hundido de Poe—, pero la ley de la frontera exigía que se les persiguiera, así que mi padre y los demás hombres se pusieron en camino, dejándonos a mi hermano y a mí con un rifle por cabeza y dos pistolas engastadas en plata que le fueron arrebatadas a un general en San Jacinto. Eso se consideraba más que suficiente para defender una casa recia, porque el ejército había llegado a la frontera y se creía que las grandes incursiones indias de principios de la década de los cuarenta habían tocado a su fin.
Los hombres se marcharon poco antes de mediodía, y mi hermano y yo, que apenas salíamos de la infancia pero estábamos convencidos de ser adultos, no nos preocupamos. No nos daban miedo los indígenas; había docenas de tonkawas y demás parásitos viviendo cerca, a la espera de que el gobierno abriera una reserva. Tal vez robaran a yanquis extraviados, pero sabían muy bien que más les valía no importunar a los vecinos: todos queríamos un pellejo indio y nos hubiéramos hecho con uno a la menor excusa.
Para cuando cumplí los doce, había matado el mayor jaguar que se había visto en el condado de Blanco. Era capaz de seguir la pista de un ciervo por terreno duro y mi sentido de la orientación era tan bueno como el de nuestro padre. Incluso mi hermano, aunque tenía debilidad por los libros y la poesía, era capaz de disparar mejor que cualquier hombre de los Antiguos Estados.
Por lo que a mi hermano respecta, yo sentía vergüenza ajena. Le señalaba rastros que él no atinaba a ver, diciéndole hacia qué lado había vuelto la cabeza el ciervo y si tenía la barriga llena o vacía y por qué se había puesto nervioso. Veía más lejos, corría más rápido, oía cosas que él creía imaginaciones mías.
Pero a mi hermano no le importaba. Se consideraba superior por razones que yo no alcanzaba a entender. Mientras que yo detestaba cada nueva rodera de carreta, cada indicio de un colono recién llegado, mi hermano siempre había sabido que se iría al este. Hablaba sin cesar de la superioridad de las ciudades y no tardaría mucho en alcanzar su deseo: nuestras cosechas eran abundantes, nuestros rebaños cada vez más nutridos; nuestros padres podrían contratar a alguien para sustituirle.
Gracias a los alemanes de Fredericksburg, donde había más libros apilados que en todo el resto de Texas a la vez, a los que eran como mi hermano se les consideraba normales. Entendía el alemán porque nuestros vecinos lo hablaban, el francés porque era una lengua superior y el español porque no se podía vivir en Texas sin él. Había terminado Las penas del joven Werther en el idioma original y aseguraba estar trabajando en su propia versión superior, aunque no quería dejar que nadie la leyera.
Fuera de Goethe y Byron, mi hermana era quien ocupaba la mayor parte de los pensamientos de mi hermano. Era una chica preciosa que tocaba el piano casi tan bien como leía y escribía mi hermano, y muchos consideraban que era una pena que estuvieran emparentados. Yo, por mi parte, tenía cara como de cuchillo. Los alemanes eran de la opinión de que parecía francés.
Por lo que respecta a mi hermano y mi hermana, si había algo indecoroso nunca me di cuenta, aunque cuando ella se dirigía a él sus palabras eran de algodón, o de un dulce que se te deshace en la lengua, mientras que a mí me hablaba igual que a un perro de mala raza. Mi hermano siempre andaba escribiendo obras de teatro para que ella las representase, los dos interpretando a un pareja abocada a un destino funesto mientras a mí se me adjudicaba el papel del indio o el malvado que provocaba su desgracia. Mi padre fingía interés mientras me lanzaba miradas cargadas de intención. En lo que a él se refería, mi hermano solo era aceptable porque yo había salido prácticamente perfecto. Pero mi madre estaba orgullosa. Tenía grandes esperanzas respecto a mis hermanos.
La cabaña tenía dos habitaciones unidas por un pasillo cubierto y abierto por ambos extremos. Estaba ubicada en un risco donde un manantial brotaba de la roca y caía desde una cornisa al Pedernales. El bosque era tupido como en tiempos de la creación y mi padre decía que si alguna vez los árboles dejaban de rozar la casa con sus ramas, nos mudaríamos. Naturalmente mi madre no era de la misma opinión.
Levantamos una cerca con cancela en torno a un jardín y un redil, construimos un ahumadero, un granero para el maíz y un establo donde mi padre se dedicaba a la herrería. Teníamos suelo de madera y ventanas de vidrio con postigos y una estufa de fabricación alemana que ardía toda la noche con unos pocos leños. El mobiliario parecía comprado en una tienda; estaba pintado de blanco y lo habían torneado los mormones de Burnet.
En la habitación principal mis padres tenían una cama con dosel para ellos y un catre para mi hermana; mi hermano y yo compartíamos una cama en el cuarto sin estufa del otro lado del pasillo, aunque a menudo yo dormía a la intemperie sobre un cuero de vaca que había colgado de las ramas de un viejo roble a unos ocho metros de altura. Mi hermano solía encender una vela para leer (un lujo que mi madre le permitía), lo que me impedía dormir.
La atracción de la estancia principal era un pianoforte español, la única herencia de mi madre. Era una rareza, y los alemanes venían los domingos de visita a cantar y someterse a las obras de teatro de mi hermano. Mi madre planeaba mudarnos de Fredericksburg, lo que permitiría a mis hermanos retomar sus estudios. A mí me tenía por una causa perdida, y de no haber sido testigo de mi alumbramiento habría negado toda responsabilidad en mi creación. En cuanto tuviera edad suficiente yo pensaba alistarme en una compañía de Rangers y luchar contra indios, mexicanos o quienquiera que fuese.
Al volver la vista atrás, está claro que mi madre sabía lo que ocurriría. La mente humana era más perspicaz en aquellos tiempos, notábamos hasta la última perturbación y murmullo; incluso los que eran como mi hermano estaban en sintonía con las leyes naturales. Hoy en día el hombre vive en un ataúd de carne. No oye ni ve nada. La Tierra y la Ley están pervertidas. La Biblia dice os llevaré a Jerusalén y atizaré contra vosotros el fuego de mi furia. Vosotros sois la tierra que no está purificada. Estoy de acuerdo. Nos urge un enorme incendio que llegue de un océano al otro, y juro que me empaparía en queroseno si se me prometiera que ese fuego llegaría a arder.
Pero me voy por las ramas. Aquella tarde estaba haciendo algo de provecho, como acostumbraban a hacer los niños por aquel entonces, tallando una yunta para bueyes de madera de cornejo. Mi hermana salió de la casa y dijo:
—Eli, ve a la fresquera y llévale a madre toda la mantequilla y la confitura de uva.
Al principio no contesté, porque no la consideraba superior en modo alguno, y, por lo que a sus supuestos encantos respecta, se habían esfumado hacía mucho tiempo. Aunque reconozco que a menudo sentía unos celos feroces de mi hermano, por como los veía juntos sonriendo por motivos íntimos. Yo tampoco estaba muy a bien con ella, pues había robado poco antes el caballo de su pretendiente preferido, un alsaciano llamado Hiebert. Pese a que devolví el caballo en mejor estado del que lo encontré, tras haberle mostrado los placeres de un buen jinete, Hiebert no había vuelto a visitarla.
—¡Eli!
Tenía la voz de una porquera. Decidí que sentiría lástima por cualquier pobre desgraciado que acabara ligado a ella.
—Casi no queda mantequilla —contesté a voz en grito—. Y papá se enfadará si vuelve a casa y ve que se ha acabado.
Seguí tallando. Se estaba bien a la sombra sin otra cosa que las verdes colinas y una vista de sesenta kilómetros. Justo a mis pies el río dibujaba una serie de pequeñas cascadas.
Además de la yunta, tenía que hacer un mango nuevo para mi hacha de talar. Era un naranjo de Luisiana joven que había encontrado en mis viajes. El mango sería más flexible de lo que le gustaba a mi padre, con una doble curva al final para que no resbalara.
—Levántate —dijo mi hermana. Estaba a mi lado—. Ve a por la mantequilla, Eli. Lo digo en serio.
Alcé la vista hacia ella, allí plantada con su mejor vestido azul hecho en casa, y reparé en un nuevo forúnculo que intentaba disimular con maquillaje. Cuando por fin llevé la mantequilla y la confitura, mi madre había atizado la estufa y abierto todas las ventanas para que la casa estuviera fresca.
—Eli —dijo mi madre—, baja a pescar unos cuantos peces, ¿quieres? Y tal vez caza un faisán sin ves alguno.
—¿Y qué pasa con los indios? —dije.
—Bueno, si atrapas alguno, no lo traigas. No tiene sentido besar al Diablo antes de haberlo conocido.
—¿Dónde está San Martin?
—Ha ido a coger moras.
Bajé por el risco de caliza camino del río, llevándome la caña de pescar, el zurrón y el Jaegerbuchse de mi padre. El Jaegerbuchse disparaba un proyectil de una onza, tenía doble gatillo y era uno de los mejores rifles en toda la frontera, pero a mi padre le resultaba engorroso volver a cargarlo montado a caballo. Podría habérselo quedado mi hermano, pero tenía un retroceso demasiado feroz para su poética constitución. Causaba estragos por ambos extremos, pero a mí no me importaba. Habría atravesado incluso al más anciano de la tribu de Efraín, o, si así lo preferías, desollado una ardilla prácticamente a cualquier distancia. Estaba encantado de llevarlo.
El Pedernales era angosto y estaba bien arraigado en la roca, y las más de las veces no había mucha agua, tal vez un centenar escaso de metros de anchura y unos pocos palmos de profundidad. En las riberas había viejos cipreses y sicomoros, y el río en sí estaba plagado de pozas y cascadas y remansos umbríos rebosantes de anguilas. Como la mayoría de los ríos de Texas, no tenía ninguna utilidad para los barqueros, lo que para mí era una ventaja, porque mantenía a los barqueros alejados.
Desenterré unos gusanos de la orilla, recogí unas agallas de roble a guisa de corchos y busqué un remanso a la sombra de un ciprés. Justo encima de mí, en la ladera, había una zarza enorme, tan cargada de frutos que ni siquiera los mapaches habían podido comérselos todos. Me quité la camisa y recogí tantos como pude, con la intención de llevárselos a mi madre.
Me puse a pescar, aunque era difícil tomárselo con calma porque no alcanzaba a ver la casa, en lo alto del risco encima de mí. A los indios les gustaba desplazarse por los cauces de los ríos y mi padre se había llevado las únicas armas de repetición. Pero a su modo eso no estaba mal porque me hacía mantenerme atento a todo, al agua que espejeaba sobre la piedra, a las huellas de mofeta en el barro, a una garza en un remanso a lo lejos. Había un lince al acecho entre los sauces, convencido de que nadie lo veía.
Ribera arriba había una hilera de pacanas donde una ardilla roja mordisqueaba nueces verdes y las dejaba caer al suelo para que se pudrieran. Me pregunté por qué lo hacían: una ardilla desperdicia la mitad de las nueces de un árbol antes de que maduren. Pensé en darle una lección. El hígado de ardilla es un cebo de primera; si el Creador fuera pescador, seguro que no usaría nada más. Pero no quería disparar un proyectil de una onza contra una criaturilla de cola peluda. Ojalá hubiera llevado el Kentucky del calibre 36 de mi hermano. Empecé a comer zarzamoras y poco después se habían terminado. Mi madre prefería las moras, en cualquier caso. A su modo de ver, las zarzamoras eran como el té de sasafrás, de baja calidad.
Tras una hora más de pesca vi una bandada de pavos en la otra orilla y disparé contra uno. Estaba a casi setenta metros, pero le arranqué la cabeza limpiamente. Yo tenía permitido apuntar a la cabeza; mi hermano, no: el ave aleteó como loca, intentando remontar el vuelo mientras la sangre manaba a chorro. Un disparo para el libro de récords.
Sujeté la caña de pescar bajo una piedra, limpié el cañón con la baqueta, calculé una carga apropiada, introduje el proyectil y coloqué la cápsula fulminante en la cazoleta. Luego vadeé el río para cobrar la pieza.
Cerca de donde yacía el ave en un abanico de sangre había una punta de lanza púrpura que asomaba de la arena. Era de diez centímetros de largo y estuve examinándola un buen rato; tenía dos acanaladuras en la base que el hombre moderno aún no ha aprendido a reproducir exactamente. El sílex de la zona era todo entre crema y marrón, lo que me dio otro indicio sobre esa punta de lanza: había llegado de muy lejos.
Cuando volví a la caña de pescar flotaba río abajo y vi que un siluro bien grande se había enganchado a mi cebo, otra oportunidad entre un millón. Tiré del anzuelo, dando ya el pez por perdido, pero lo saqué del agua sin problemas. Decidí pensar en ello. Mientras estaba sentado vi algo en el cielo y cuando miré a través del puño caí en la cuenta de que era Venus, que lo estaba viendo durante el día. Un mal augurio donde los haya. Cogí el pavo, el siluro y la camisa manchada de zarzamoras y salí pitando hacia casa.
—Sí que has ido rápido —comentó mi madre—. ¿Solo un pez?
Levanté el pavo.
—Nos hemos preocupado al oír un disparo —señaló mi hermana.
—No creo que convenga alejarse tanto de la casa.
—Los indios no te darán problemas —repuso mi madre—. El ejército está por todas partes.
—Estoy preocupado por ti y por Lizzie, no por mí —dije.
—Ay, Eli —exclamó mi madre—. Mi pequeño héroe.
No pareció reparar en mi camisa sucia, y olía al brandy que guardábamos para los invitados importantes. Mi hermana también olía a brandy. Se le había subido a la cabeza y me pellizcó la mejilla con dulzura. Me molesté con ella. Me planteé recordarle que Miles Wallace había sido secuestrado no hacía ni un mes. Pero a diferencia del hijo de los Wallace, que había sido hecho prisionero por unos comanches que le cortaron la cabellera pocos kilómetros más allá, yo no era un lisiado estrábico. Sabía que si me secuestraban probablemente disfrutaría, porque lo único que hacían esos era cabalgar y disparar.
Tras volver a comprobar nuestras existencias de tacos y proyectiles, salí y me encaramé a la hamaca de cuero, desde donde se divisaba el cauce del río, el camino y el paisaje en derredor. Colgué el Jaegerbuchse de un clavo. Tenía intención de cazar algo meciéndome en la hamaca —eso sí que sería vivir a lo grande—, pero aún no lo había conseguido. Por entre los cornejos cerca del manantial vi a mi hermano recogiendo moras. El viento soplaba suave y era agradable estar allí tumbado con el olor de lo que mi madre cocinaba. Mi hermano había llevado el rifle consigo pero se había alejado del arma, una costumbre descuidada. Mi padre era estricto respecto de esas cosas: si merece la pena llevar un arma, merece la pena tenerla en todo momento al alcance de la mano.
Pero esa tarde mi hermano estaba de suerte, porque no vimos ningún indio. Cerca del anochecer observé algo que se movía en las rocas justo encima de la línea marcada por las crecidas del río, desplazándose furtivamente entre los cedros, que resultó ser un lobo. Estaba tan lejos que bien podría haber sido un coyote, pero los lobos corren con el rabo tieso y orgulloso mientras que los coyotes los llevan entre las patas cual perros que han recibido una reprimenda. Ese iba con el rabo recto y era de color gris pálido, casi blanco. Las ramas me estorbaban, así que bajé del árbol, me acerqué con sigilo al borde del risco y aferré bien el rifle con la mira fija en lo alto del lomo del lobo. Se había detenido con el hocico en el aire, husmeando el aroma de nuestra cena. Fijé el primer gatillo, con lo que bastaba ejercer doce onzas de presión para accionar el segundo gatillo, y efectué el disparo. El lobo dio un brinco en el sitio y se desplomó muerto. Mi padre nos hacía envolver las balas en ante engrasado, y nuestros proyectiles llegaban más lejos y eran más precisos que si hubiéramos usado tacos de algodón, como hacía casi todo el mundo en la frontera.
—Eli, ¿has disparado tú?
Era mi hermana.
—No era más que un lobo —respondí a voz en cuello.
Me planteé bajar a por la piel —un lobo blanco, no había visto nunca uno de esos—, pero decidí no hacerlo porque estaba oscureciendo.
Debido a toda la comida que se estaba preparando, no nos sentamos a cenar hasta tarde. Había encendidas siete u ocho velas de sebo por la casa, otro lujo. Mi madre y mi hermana habían estado cocinando el día entero y sirvieron un plato tras otro. Todos sabíamos que era para castigar a mi padre por dejarnos solos, por dejar que lo enredaran en una persecución inútil, pero nadie dijo nada.
Mi hermano y yo bebimos suero de leche fresco; mi madre y mi hermana, una botella de vino blanco que habíamos conseguido gracias a los alemanes. Mi padre venía reservando el vino para una ocasión especial. La cena empezó con pan de trigo y mantequilla y toda la confitura de cerezas que nos quedaba, luego jamón, boniatos, pavo asado, pescado relleno de ajo silvestre y frito en sebo, filetes sazonados con sal y guindilla y hechos directamente sobre las brasas, los últimos champiñones de primavera, también cocinados en mantequilla, y una ensalada tibia de bledos y espinacas indias, aliñada con más mantequilla y ajo. No había comido tanta mantequilla en mi vida. De postre había dos tartas: de moras y de ciruelas, los frutos que había recogido mi hermano ese mismo día. No quedó en la despensa más que galletas y cerdo salado.
—Si quiere irse por ahí con Syphilis Poe —dijo mi madre—, puede comer igual que Syphilis Poe.
Me sentí culpable, pero eso no me impidió comerme mi parte. Mi madre no se sintió culpable en absoluto. Le habría gustado que hubiera más vino. Todos nos estábamos amodorrando.
Llevé el hueso del jamón a la fresquera y me senté a contemplar las estrellas. Les había puesto mis propios nombres —el ciervo, la serpiente de cascabel, el corredor— pero mi hermano me convenció de que usara los de Ptolomeo, que no tenían ni pies ni cabeza. Draco parece una serpiente, no un dragón. La Osa Mayor parece un hombre que corre; no hay una osa por ninguna parte. Pero mi hermano no podía tolerar algo tan impregnado de sentido común, y como consecuencia mi tentativa de poner nombre a los cielos quedó abortada.
Metí los caballos en el establo, atranqué la puerta desde dentro y salí por el hueco del alero. Cualquier indio tardaría un buen rato en llegar hasta ellos. Los caballos parecían tranquilos, lo que era una buena señal, porque eran capaces de olfatear indios mejor que los perros.
Para cuando volví dentro, mi madre y mi hermana se habían retirado a la cama con dosel de mis padres y mi hermano yacía en el catre de mi hermana. Por lo general mi hermano y yo dormíamos en el cuarto del otro lado del pasillo, pero lo dejé correr. Tras depositar el rifle, el zurrón y las botas a los pies de la cama, apagué de un salivazo la última vela y me acosté bajo las mantas con mi hermano.
Hacia medianoche oí que nuestros perros montaban jaleo a coro. No había estado durmiendo muy bien de todos modos, así que me levanté para echar un vistazo a la portilla, preocupado por que mi madre o mi hermana viesen lo que asomaba bajo mi camisa de dormir.
Cosa que olvidé de inmediato. Había una docena de hombres cerca de la valla y más aún en el jardín lateral. Oí que un perro lanzaba un gañido y luego la más pequeña, una feist con el nombre de Perdida, salió corriendo hacia la maleza. Llevaba el lomo encorvado igual que un ciervo con un tiro en las tripas.
—Todo el mundo arriba —exclamé—. Levántate, mamá. Levantaos todos.
La luna estaba alta y para el caso podría haber sido de día. Los indios sacaron nuestros tres caballos del jardín y se los llevaron colina abajo. Me pregunté cómo habrían descubierto la manera de entrar en el establo. Nuestro bulldog perseguía a un guerrero alto como si fueran amigos de toda la vida.
—Aparta —dijo mi hermano.
Él, mi madre y mi hermana se habían levantado y estaban a mi espalda.
—Hay muchos indios.
—Son probablemente Rooster Joe y los demás tonkawas —señaló mi hermano.
Le dejé que me apartara, luego me acerqué al fuego y lo aticé para que tuviéramos luz. Desde que alcanzamos la categoría de estado habíamos tenido unos buenos años en cuestión de indios; la mayor parte del ejército de Estados Unidos estaba estacionada en Texas para vigilar la frontera. Me pregunté dónde andarían. Sabía que debía cargar todas las armas, pero entonces recordé que ya lo había hecho. Me vino a la cabeza una rima: «Empuñadura de búfalo, Barlow el filo, mejor cuchillo nunca se hizo». Sabía lo que ocurriría: los indios llamarían a la puerta, no les dejaríamos entrar e intentarían echarla abajo hasta que se aburrieran. Luego prenderían fuego a la casa y nos abatirían conforme fuéramos saliendo.
—¿Martin? —dijo mi madre.
—Tiene razón. Hay al menos dos docenas.
—Entonces son blancos —comentó mi hermana—. Alguna banda de cuatreros.
—No, son indios, sin duda.
Cogí el rifle y me senté en un rincón de cara a la puerta. Había sombras y una tenue luz rojiza. Me pregunté si iría al infierno. Mi hermano caminaba de aquí para allá y mi madre y mi hermana se habían sentado en su cama. Mi madre le cepillaba el pelo a mi hermana mientras decía:
—Venga, Lizzie, calla, todo irá bien.
En la penumbra sus ojos eran cuencas vacías como si los buitres ya las hubieran encontrado. Aparté la mirada.
—Tu rifle tiene cazoleta, ¿sabes? —le dije a mi hermano—, y las pistolas también.
Negó con la cabeza.
—Si ofrecemos resistencia, igual se contentan con los caballos.
Vi que no estaba de acuerdo, pero fue al rincón y cogió el rifle de caza, palpando la cazoleta para ver si había una cápsula fulminante.
—Ya he puesto la cápsula —repetí.
—Igual piensan que no estamos en casa —dijo mi hermana.
Miró a mi hermano pero él contestó:
—Pueden ver que tenemos el fuego encendido, Lizzie.
Oímos a los indios revolver el taller de herrería de mi padre, hablando en voz baja. Mi madre se levantó, puso una silla delante de la puerta y se subió encima. Había otra tronera más arriba y retiró la tabla para acercar la cara.
—No veo más que siete.
—Hay por lo menos treinta —le aseguré.
—Seguro que papá está persiguiéndolos —dijo mi hermana—. Sabrá que están aquí.
—Igual cuando vea las llamas —comentó mi hermano.
—Se acercan.
—Baja de ahí, mamá.
—No grites tanto —dijo mi hermana.
Alguien dio una patada a la puerta y mi madre casi se cayó de donde estaba encaramada. «Salir, salir.» Descargaron puñetazos. El español era el idioma que hablaban la mayoría de las tribus salvajes, si es que hablaban otra cosa que no fuera indio. Supuse que la puerta detendría unos cuantos disparos como mucho y volví a indicarle a mi madre que se agachara.
«Tenemos hambre. Nos dan los alimentos.»
—Qué ridiculez —dijo mi hermano—. ¿Quién va a tragarse eso?
Hubo un largo silencio y luego mi madre nos miró y dijo, con su voz de maestra:
—Eli y Martin, haced el favor de dejar las armas en el suelo.
Empezó a retirar la tranca de la puerta y entonces caí en la cuenta de que todo lo que se decía de las mujeres era cierto: no tenían ni pizca de sentido común y no se podía confiar en ellas.
—No abras la puerta, mamá.
—Cógela —le dije a Martin.
Pero no se movió. Vi levantarse la tranca y apoyé el rifle en la rodilla. La luz de la luna entraba por las ranuras cual fuego blanco pero mi madre no se daba cuenta; dejó la tranca a un lado como si fuera a dar la bienvenida a una antigua amistad, como si lo hubiera estado esperando desde el día en que nacimos.
Los periódicos decían que las madres de la frontera guardaban sus últimas balas para sus propios hijos, de modo que no se los llevaran los salvajes, pero no se oía que ninguna lo hiciera. De hecho, era justo lo contrario. Todos sabíamos que yo tenía la edad perfecta: los indios me querrían con vida. Mi hermano y mi hermana tal vez fueran un poco mayores, pero mi hermana era bonita y mi hermano parecía más joven de lo que era. Sin embargo, mi madre tenía casi cuarenta años. Sabía exactamente lo que le harían.
La puerta se abrió de par en par y dos hombres se encararon con ella. Un tercero se quedó tras ellos en el vano, escudriñando la penumbra de la casa.
Cuando mi disparo lo alcanzó, movió un brazo cual aspa de molino y cayó de espaldas. Los otros indios salieron a la carrera y le grité a mi hermano que cerrara la puerta, pero no se movió. Me acerqué a toda prisa para cerrarla yo mismo pero el indio muerto estaba en el umbral. Le estaba cogiendo los pies, con la intención de arrastrarlo dentro y despejar el paso, cuando me dio una patada en el mentón.
Cuando recuperé el sentido los árboles se mecían a la luz de la luna y se oía un estruendo tras otro. Había indios a ambos lados del umbral, se asomaban para disparar dentro y luego se agachaban a la vuelta de la esquina. Mi hermana dijo: «Martin, creo que me han dado». Mi hermano estaba allí sentado sin más. Pensé que le habían pegado un tiro. Los indios hicieron un alto para que se despejara el humo de la pólvora, así que le arrebaté el rifle de la mano, comprobé que estuviera amartillado, y estaba dirigiéndolo a los indios cuando mi madre me detuvo.
Entonces me vi boca abajo; al principio pensé que la casa se había derrumbado, pero era un hombre. Intenté cogerle el cuello, pero mi cabeza golpeaba el suelo una y otra vez. Luego estaba a la intemperie bajo los árboles.
Hice ademán de levantarme, pero me patearon, y lo intenté de nuevo y me patearon de nuevo. Ahora los pies de un hombre, ahora la tierra a su lado. Ahora un par de piernas, cubiertas de cuero de vaca. Le mordí el pie y me patearon por tercera vez y noté que me tiraban del pelo como si fueran a arrancármelo de raíz. Aguardé a que empezaran a cortar.
Cuando abrí los ojos había una cara grande y roja; olía a cebolla y a retrete sucio y me indicó con el cuchillo que debía comportarme o iba a cortarme el cuello. Luego me ató las manos con cuerda para el ganado.
Cuando se alejó, no se parecía a ningún indio que hubiera visto. Los aborígenes que vivían entre los blancos eran delgados, de cuerpo liviano, y estaban muy curtidos. Este era alto y fornido, con la cabeza cuadrada y la nariz gruesa; tenía más aspecto de negro que de indio sudoroso y medio muerto de hambre y caminaba con el pecho henchido, como si apoderarse de todo lo que poseíamos fuera su derecho natural.
Había quince o veinte caballos fuera de la cancela y otros tantos indios apoyados en la cerca, riendo y bromeando. No había ni rastro de mi madre, mi hermano o mi hermana. Los indios iban desnudos de cintura para arriba y cubiertos de pintura y dibujos como si se hubieran escapado de un espectáculo ambulante; uno se había pintado la cara igual que una calavera, otro llevaba el mismo dibujo en el pecho.
Unos indios registraban la casa y otros registraban los establos o los cobertizos, pero la mayoría estaban apoyados en la cerca viendo trabajar a sus amigos. Todos los blancos que había visto pasaban horas nerviosos después de una refriega, caminando arriba y abajo y hablando tan deprisa que no se les entendía, pero los indios estaban aburridos y bostezaban como si acabaran de volver de un paseo vespertino, salvo por el hombre contra el que había disparado, que estaba sentado con la espalda apoyada en la casa. Tenía sangre en el pecho y le salía espuma por la boca. Igual se había apartado de un salto al prender el fulminante: se decía que los indios tenían reflejos de ciervo. Sus amigos me vieron mirarle y uno se acercó y dijo «Taibo nu wukupatu?i», y luego me dio un golpe en la cabeza.
Tuve un largo sueño en el que era conducido ante un hombre para ser juzgado por mis pecados. Era san Pedro, solo que con la forma del maestro de nuestra escuela de Bastrop, que me tenía más inquina que a cualquier otro alumno, y no me cupo duda de que iría a parar al infierno.
Luego la mayoría de los indios estaba en un corro mirando algo en el suelo. Había una pierna blanca doblada en el aire y encima el trasero desnudo de un hombre y las polainas de cuero. Me di cuenta de que era mi madre, y por la manera de moverse del hombre y los cascabeles que sonaban en sus piernas supe lo que le estaba haciendo. Un rato después se levantó y volvió a ponerse el taparrabos. Otro ocupó su lugar de inmediato. Acababa de levantarme cuando empezaron a zumbarme los oídos y el suelo salió a mi encuentro y pensé que estaba muerto con toda seguridad.
Tiempo después volví a oír ruidos. Vi el segundo grupo de indios un poco más allá junto a la cerca, pero ahora oí la voz de mi hermana gimiendo. Los indios le estaban haciendo lo mismo que a mi madre.
Por fin caí en la cuenta de que estaba en la cama. Estaba soñando. Era agradable hasta que desperté del todo y oí gritos de guerra y vi que seguía en el jardín. Mi madre estaba desnuda y huía a rastras de los indios; había llegado al porche e intentaba alcanzar la puerta. Dentro de la casa, alguien aporreaba el piano y de la espalda de mi madre sobresalía algo oscilante que atiné a ver que era una flecha.
Los indios debían de haber decidido que no querían que entrara en la casa porque empezaron a lanzarle más flechas. Ella siguió arrastrándose. Al cabo, uno se le acercó, le plantó el pie entre los hombros y la aplastó contra el suelo. Le agarró la larga melena como si se dispusiera a lavársela, la tensó con una mano y sacó su cuchillo de carnicero. Mi madre no había emitido el menor sonido desde que había despertado yo, ni siquiera con las flechas clavadas, pero entonces empezó a gritar, y vi que otro indio se le acercaba con el hacha de hoja ancha de mi padre.
Yo había estado lloriqueando y gimiendo, pero fue entonces cuando se me secaron las lágrimas de una vez por todas. No miré a mi madre y es posible que oyera un sonido o que no lo oyera. Intenté localizar a Martin y a Lizzie. Donde había estado Lizzie distinguí una mancha blanca y luego otra y caí en la cuenta de que era ella y estaba tendida donde la habían dejado. Luego, cuando se nos llevaron, vi un cadáver con los pechos cortados y envuelto en sus propias entrañas.
Me condujeron a rastras hasta la cerca junto a mi hermano. Él lloraba y se quedaba callado y lloraba de nuevo. Mientras tanto, de mi boca no salía nada. Hice de tripas corazón para mirar a mi madre; estaba boca abajo con las flechas clavadas. Los indios entraban y salían de la casa. Mi hermano estaba allí sentado mirando. Empecé a ahogarme y a notar arcadas y cuando se me pasó, dijo:
—Creía que estabas muerto. He estado mirándote un buen rato.
Tuve la sensación de que me habían clavado una cuña entre los ojos.
—Estaba pensando que igual papá venía a casa, pero ahora me parece que estaremos a kilómetros de aquí antes de que nadie sepa lo que ha pasado.
Un indio joven nos vio hablar y nos amenazó con el cuchillo para que nos callásemos, pero cuando se alejó Martin dijo:
—Han alcanzado a Lizzie en el estómago.
Sabía adónde quería llegar y pensé en cómo se había quedado allí sentado mientras nuestra madre desatrancaba la puerta, se había quedado allí sentado mientras yo intentaba retirar al indio del umbral, se había quedado ahí sentado con un rifle cargado mientras los indios disparaban hacia el interior de la casa. Pero la cabeza me dolía demasiado para decir nada. Volví a ver motas.
—¿Has visto lo que les han hecho a ella y a mamá?
—Un poco —dije.
Los comanches entraban y salían de la casa, llevándose lo que querían y tirando el resto a un montón en el jardín. Alguien destrozaba nuestro piano con un hacha. Esperaba que los indios nos mataran o desmayarme de nuevo. Mi hermano miraba fijamente a mi hermana. Los indios sacaban montones de libros que supuse que eran para el fuego, pero en cambio los metieron en sus bolsas. Luego usarían las páginas para rellenar los escudos, que estaban formados por dos capas de pellejo de lomo de búfalo. Rellenos de papel, los escudos detenían prácticamente cualquier bala.
Sacaron a rastras los colchones y los rajaron y el viento barrió las plumas y las dispersó por todo el patio cual copos de nieve. Mi madre estaba en medio. Las plumas le caían encima. Las hormigas habían dado con nosotros, pero apenas nos dábamos cuenta; mi hermano seguía mirando a mi hermana.
—No deberías seguir mirándola.
—Quiero mirarla —contestó.
Cuando desperté hacía calor. Habían prendido fuego al montón de todo lo que no querían los indios, sobre todo muebles hechos pedazos. Se me estaba clavando una agarita. El fuego creció y alcancé a ver entre las sombras donde yacían muertos nuestros perros y me pregunté si los indios tenían intención de echarnos al fuego. Se sabía que ataban a gente a ruedas de carreta y les prendían fuego. Luego miré mi cuerpo igual que si fuera el de un soldadito de plomo. Interesado en lo que podía hacer pero sin que me importara de veras.
—Ya puedo mover las manos —le dije a mi hermano.
—¿Para qué? —preguntó él.
—Hay que estar preparados.
Guardó silencio. Miraba el fuego.
—¿Tienes sed?
—Claro que tengo sed —dijo.
El fuego estaba creciendo, el musgo en las ramas encima de nuestra cabeza llameaba y brotaba humo de la corteza. Las ascuas de nuestras pertenencias quemadas nos chamuscaban la cara y el pelo; observé cómo ascendían las chispas. Cuando miré a mi hermano estaba cubierto de ceniza igual que si llevara muerto mucho tiempo y pensé en el aspecto que habían tenido mi madre y mi hermana sentadas juntas en la cama.
Los indios sacaron todas las herramientas de mi padre y las examinaron a la luz de la hoguera y decidí recordar todo lo que se llevaban: herraduras, martillos, clavos, flejes, el hacha de hoja ancha y el hacha de talar, la laya de descortezar, una azuela y una juntera; todos los bocados, riendas, sillas de montar y estribos, otros arreos; el rifle Kentucky de mi hermano. Consideraron que mi Jaegerbuchse era muy pesado y lo partieron contra el lateral de la casa. Se llevaron nuestros cuchillos, limas, piquetas y leznas, herramientas para perforar, balas de plomo, moldes para balas, barriles de pólvora, cápsulas fulminantes, una soga de crin que colgaba en el pasillo. Nuestras tres vacas lecheras oyeron el revuelo y se acercaron a la casa a que les dieran de comer. Los indios les lanzaron flechas. Estaban animados. Retiraron leños ardiendo de la hoguera y los llevaron dentro de la casa; los hombres ceñían sus atadijos, comprobaban las cinchas, preparándose para marcharse. Salía humo por puertas y ventanas, y entonces alguien me desató las manos y me puso en pie.
Tiraron nuestra ropa al fuego junto con todo lo demás y nos sacaron desnudos por la cancela, a través del camino y hacia nuestro campo. Habían traído una buena remuda, ponis cayuse mezclados con caballos americanos más grandes. Los indios no nos hacían ningún caso y hablaban entre sí, «ums» y «ags», gruñidos, ni rastro de lenguaje, aunque tenían palabras que sonaban a español, y una palabra, «taibo», nos la decían a menudo, «taibo» tal y «taibo» cual. Íbamos descalzos y estaba oscuro y procuré no pisar una chumbera ni llevarme un pisotón de alguno de los caballos que iban de aquí para allá. Me sentí mejor al ver que estaba ocurriendo algo, pero luego me recordé que eso no tenía sentido.
Nos auparon y nos sujetaron las piernas al lomo desnudo de los animales con las manos atadas delante. Podría haber sido peor, porque a veces sencillamente te ataban encima del caballo igual que un saco de harina. Mi poni estaba nervioso; no le gustaba mi olor.
Los demás caballos piafaban y lanzaban bufidos y los indios lanzaba gritos en nuestro campo y mi hermano se echó a llorar, y yo me enfurecí con él por llorar delante de los indios. Luego empecé a lloriquear también. Atravesamos al trote la zona inferior de nuestros pastos, tres meses de desarraigar tocones; pasamos junto a un bosquecillo de nogales que yo había ojeado como troncos para hacer tablones. Pensé en los hombres que nos expulsaron de Bastrop, llamaron negrata a mi madre y pleitearon por nuestro título de propiedad. Una vez hubiera matado a todos los indios volvería y mataría a todos los nuevos colonos; arrasaría el pueblo hasta sus cimientos. Me pregunté dónde estaría mi padre y esperé que viniera, y luego me sentí culpable por esperar tal cosa.
Después íbamos a trote ligero con el tallo azul fustigándonos las piernas. Nos extendimos en una columna y vi que los indios se internaban en el bosque delante de mí y luego mi caballo también se sumió en la oscuridad.
Cruzamos Grape Creek por el único punto donde no había que saltar, tomamos un sendero a través de las marismas cuya existencia ignoraba, llegamos al galope a los pies de Cedar Mountain. Nuestras cabezas de ganado eran puntos blancos en la ladera. Estábamos cubriendo una buena distancia por una cuenca larga y llana rodeada de colinas por todas partes, atravesando zonas boscosas y dejándolas atrás, pasando de la oscuridad a la luz de la luna y de nuevo a la oscuridad, los indios confiados en la visión de los caballos, ahuyentando a todos los animales del bosque a nuestro paso. Busqué a mi hermano con la mirada. Detrás de mí los jinetes asomaban por entre los árboles como si surgieran de la negrura misma.
Pese a la oscuridad y el terreno irregular, mi caballo no había resbalado y tenía resuello de sobra. Estábamos llegando a los pies de Packsaddle Mountain. Era el último terreno que conocía bien. Podía volver la grupa hacia el bosque, pero dudaba que lo alcanzase y mi hermano no tendría la menor oportunidad solo. Cuando subíamos la ladera blanca, alcancé a ver la manada de mustangs que había tenido intención de atrapar a lazo y domar. Se quedaron mirándonos pasar.
Dos horas después cambiamos de montura. Ya tenía las piernas y el trasero despellejados y las ramas me habían azotado la cara, el pecho y los brazos. Mi hermano tenía cortes incluso peores: todo su cuerpo estaba cubierto de sangre y mugre. Volvimos a montar y adoptamos el mismo ritmo apresurado. Luego llegamos a un río que debía de ser el Llano. Parecía imposible que hubiéramos llegado tan lejos.
—¿Es lo que creo? —dijo mi hermano.
Asentí.
Esperamos a que los caballos cruzaran en la oscuridad.
—Estamos jodidos —dijo—. Esto está a toda una jornada a caballo.
Tiempo después llegamos a otro río, probablemente el Colorado, después de lo cual nos detuvimos a cambiar monturas de nuevo. Alcancé a oler que mi hermano se había cagado encima. Cuando me dejaron en el suelo me acuclillé con las manos atadas delante, el agua resbalando por mi cuerpo y los caballos yendo de aquí para allá. Tenía las piernas agarrotadas y apenas podía mantenerme en esa posición. Alguien me dio una patada, pero no quería cabalgar sucio de mi propia porquería, así que acabé de cagar y me obligaron a ponerme en pie por el pelo. Dudo que me quedara ni rastro de piel de cintura para abajo. Me subieron a otro poni. Los comanches no confiaban en caballos criados por blancos.
Un rato después de las primeras luces nos detuvimos para cambiar monturas por tercera vez, pero en vez de volver a montar nos quedamos a orillas de un río. Estábamos en un cañón profundo; supuse que seguía siendo el Colorado, pero ni siquiera el ejército había llegado nunca tan lejos. El sol no había salido pero había luz suficiente para ver colores, y los indios estaban a la espera de algo. Bebían del río o se inclinaban y estiraban la espalda, ordenaban y reordenaban las alforjas. Era la primera vez que los veía a la luz.
Llevaban arcos, carcajs y lanzas, mosquetes de cañón corto, hachas ligeras y cuchillos de carnicero, las caras pintadas con flechas y soles radiantes y la piel tersa por completo, con las cejas y las barbas afeitadas al rape. Todos lucían el pelo igual que lo haría una muchacha holandesa, dos largas trenzas a los lados, pero estos indios llevaban entreveradas piezas de cobre y plata y cuentas de colores.
—Ya sé lo que estás pensando —dijo mi hermano.
—Parecen una panda de mozas —dije, aunque en realidad no lo creía.
—Más bien parecen actores sobre un escenario. —Luego añadió—: No nos busques más problemas.
Entonces se acercó un guerrero membrudo y nos separó con la lanza. Llevaba en la espalda la huella de una mano de sangre seca y un manchurrón largo y oscuro en la parte anterior de las polainas. Lo que había creído que eran pedazos de piel de becerro atados a la cintura resultaron ser cabelleras. Miré río arriba.
Delante de nosotros había un mirador elevado y detrás de nosotros los indios llevaban por turnos los caballos a pastar en la hierba de las riberas. Hubo una discusión y luego la mayoría de los comanches se fue a pie hacia el mirador. Uno de ellos llevaba un caballo y atado al caballo iba el cadáver del hombre que había matado yo. No sabía que lo había matado y me embargó una sensación fría. Mi hermano se adentro en el río. Los dos indios que nos vigilaban empuñaron los arcos pero cuando abrí los ojos mi hermano seguía de una pieza, chapoteando y salpicándose; iba cubierto de su propios excrementos. Los indios le miraban, arrugado, pálido y tembloroso, el pecho hundido de leer tantos libros.
Cuando estuvo limpio volvió y se sentó a mi lado.
—Espero que mereciera la pena arriesgarte a que te pegaran un tiro solo para limpiarte el culo —dije.
Me dio unas palmadas en la pierna.
—Quiero que sepas lo que ocurrió anoche.
No quería saber más de lo que ya sabía pero no podía decírselo así que me quedé callado.
—Mamá no iba a salir con vida, pero no creo que tuvieran intención de matar a Lizzie. Cuando vieron que estaba herida le quitaron la blusa y le examinaron el tiro con mucho cuidado; incluso improvisaron una especie de antorcha para que un indio viejo diera su opinión. Debieron de llegar a la conclusión de que era grave, porque se fueron todos a hablar un rato y luego volvieron, le quitaron el resto de la ropa y la violaron. —Miró río arriba hacia donde los indios subían por el cañón—. Lizzie Lizzie Lizzie.
—Está en un lugar mejor.
Se encogió de hombros.
—No está en ninguna parte.
—Aún queda papá —señalé.
Lanzó un bufido.
—Cuando papá lo descubra, lo más seguro es que coja el caballo y vaya directo a ver a esa mujer que tiene en Austin.
—Eso es ruin. Incluso para ti.
—La gente no va por ahí diciendo esas cosas si no son verdad, Eli. Eso también deberías saberlo.
Los vigilantes volvieron la mirada. Ojalá hubieran interrumpido nuestra conversación, pero ahora les traía sin cuidado.
—Mamá sabía que podía salvarte —dijo. Se encogió de hombros—. A Lizzie y a mí…, no sé. Pero tú eres otro cantar.
Fingí no entenderle y miré en torno. Las paredes del cañón alcanzaban cientos de metros de altura y por las grietas brotaba hierba de oso y agarito. De la cara misma descollaba un viejo cedro retorcido; parecía el tubo de una estufa y albergaba un nido de águila. Río arriba había grandes cipreses de raíces estevadas. Para ellos quinientos años era una minucia.
Cuando el sol llegó a las paredes superiores del cañón se alzaron lamentaciones y cánticos. Resonó un disparo y la comitiva funeraria empezó a desfilar río abajo y cuando llegaron hasta nosotros nos derribaron y nos propinaron patadas hasta que mi hermano volvió a cagarse encima.
—No puedo evitarlo —dijo.
—No te preocupes.
—Estoy preocupado —insistió.
Varios indios eran de la opinión de que debían llevarnos hasta el lugar de la sepultura y matarnos junto al caballo del fallecido, pero el cabecilla del grupo de guerreros, el que me había sacado a rastras de la casa, se opuso. «Nabituku tekwaniwapi Toshaway», decían. Mi hermano empezaba a entender algunas palabras de comanche; Toshaway era el nombre del jefe. Hubo acusaciones y ofertas y contraofertas, pero Toshaway no cedió. Me vio mirarle, pero me hizo el mismo caso que si fuera un perro.
Mi hermano adoptó un aire filosófico y me puse nervioso.
—El caso —dijo— es que todo el rato estaba esperando que cuando saliera el sol nos verían y se darían cuenta de que habían cometido un terrible error, que éramos gente igual que ellos, o al menos gente sin más, pero ahora espero justo lo contrario.
No dije nada.
—A lo que voy es a que esa afinidad que esperaba que nos salvase podría ser la razón por la que nos maten. Porque, naturalmente, no podemos hacer nada en absoluto por cambiar nuestro destino, pero en el fondo ellos tampoco, y tal vez sea eso por lo que nos maten. Para borrar, siquiera temporalm
