
EL CABALLITO DE MAR PANZUDO
Hallazgo del Libro de los peces — Muebles falsos y curación por la fe — La Conga — El señor Hung y Moby Dick — Victor Hugo y Dios — Una tempestad de nieve — De por qué la historia y las historias no tienen nada en común — El libro desaparece — Muerte de la tía abuela Maisie — Mi seducción — Un caballito de mar macho da a luz — La caída.
I
El asombro que sentí al hallar el Libro de los peces sigue vivo aún, luminoso como el fosforescente veteado que captó mi atención aquella extraña mañana, reluciente como los remolinos fantasmagóricos que dieron color a mis pensamientos y hechizaron mi alma, que iniciaron entonces el proceso de desenmarañar mi corazón y, lo que es peor, mi vida, para convertirla en la pobre y esmirriada madeja de esta historia que estás a punto de leer.
¿Qué tenía aquel suave resplandor para hacerme llegar a creer que había vivido la misma vida una y otra vez —como un místico hindú atrapado para siempre en la Gran Rueda—, que se convertiría en mi destino, me robaría el carácter y haría que mi pasado y mi futuro fueran uno e indivisible?
¿Fue aquel brillo mesmérico que surgía en volutas de aquel rebelde manuscrito en el que nadaban caballitos de mar y peces aguja y miracielos para iluminar con luz cegadora la mañana de un día aburrido? ¿Fue aquella penosa vanidad de mi pensamiento lo que me hizo creer que mi interior albergaba a todos los hombres y todos los peces y todas las demás cosas? ¿O se trató de algo más prosaico —malas compañías y peor bebida— lo que me ha conducido a la monstruosa situación en que ahora me hallo?
Carácter y destino, dos palabras para la misma cosa, escribe William Buelow Gould; otra de tantas cuestiones sobre las que, como siempre, estaba tremendamente equivocado.
El bueno de Billy Gould, tan dulce y tan bobo, y sus estúpidas historias de amor, tanto amor como para que ahora no pueda proseguir, del mismo modo que tampoco pudo proseguir entonces. Pero me temo que ya empiezo a irme por las ramas.
Nosotros —nuestras historias, nuestras almas— estamos sometidos a un proceso de descomposición y reinvención constantes. Eso es lo que he acabado creyendo tras convivir con sus apestosos peces, y este libro es la historia del montón de abono en el que se ha convertido mi corazón.
Ni siquiera mi enfervorizada pluma es capaz de describir mi arrobamiento, un asombro tan intenso que fue como si, en el momento en que abrí el Libro de los peces, el resto de mi mundo —¡el mundo!— se hubiera sumido en la oscuridad y la única luz existente en todo el universo fuera el brillo que despedían aquellas antiguas páginas ante mis ojos atónitos.
Estaba desempleado, pues bien pocos empleos había entonces en Tasmania, y menos aún ahora. Tal vez mi mente era más susceptible a los milagros de lo que lo habría sido en otras circunstancias. Tal vez, igual que una pobre niña campesina portuguesa ve a la Virgen porque no desea ver otra cosa, también yo deseaba estar ciego en mi propio mundo. Tal vez si Tasmania hubiera sido un lugar normal, donde uno tuviera un trabajo como Dios manda, un lugar donde se pasan horas en medio del tráfico, y más horas aún en el habitual cúmulo de preocupaciones, esperando para regresar a un encierro normal, un lugar en el que nadie soñara que es un caballito de mar, las cosas anormales, como convertirse en un pez, jamás sucederían.
Digo tal vez, pero la verdad es que tampoco estoy seguro.
Tal vez ese tipo de cosas pasan a cada momento en Berlín y en Buenos Aires, y a la gente sencillamente le avergüenza reconocerlo. Tal vez la Virgen se aparece a cada instante en las viviendas de protección oficial de Nueva York y en los horribles bloques de Berlín y en los barrios del oeste de Sidney, y la gente finge que no la ve y se limita a esperar que desaparezca cuanto antes para que deje de incordiarles. Tal vez la nueva Fátima se encuentra en algún lugar en medio de las vastas tierras baldías del Club de Trabajadores de Revesby, como un halo sobre la máquina tragaperras en la que parpadean las letras BLACK-JACK FEVER.
¿Será cierto que cuando todos están vueltos de espaldas, cuando todos tienen la vista fija en las máquinas tragaperras, no queda nadie para presenciar el momento en que una vieja levita mientras rellena su cartón del bingo? Tal vez hayamos perdido esa capacidad, ese sexto sentido que nos permite ver milagros y tener visiones y comprender que somos algo más grandes de lo que nos han dicho que éramos. Tal vez la evolución haya ido marcha atrás durante más tiempo del que sospechaba y ahora no seamos más que tristes y estúpidos peces. Pero como digo, no estoy seguro, y lo mismo les sucede a las únicas personas en las que confío, el señor Hung y la Conga.
Para ser sincero, he llegado a la conclusión de que en esta vida no hay muchas cosas de las que uno pueda estar seguro. A pesar de que creáis haber reunido pruebas suficientes para pensar lo contrario, yo valoro la verdad, pero, igual que William Buelow Gould siguió preguntando a sus peces mucho después de haberlos matado con sus interminables y fútiles preguntas, yo pregunto: ¿dónde está la verdad?
Se han llevado el libro y todo lo demás, pero ¿qué son los libros, al fin y al cabo, sino cuentos de hadas de los que no te puedes fiar?
Érase una vez un hombre llamado Sid Hammet que descubrió que no era quien creía ser.
Érase una vez un tiempo en que existían los milagros y el arriba mencionado Hammet creía haber sido partícipe de uno de ellos. Hasta aquel día había vivido de su ingenio, que es una manera amable de decir que su vida era una sucesión inacabable de desilusiones. A partir de aquel día sufriría la cruel enfermedad de la fe.
Érase una vez un hombre llamado Sid Hammet que vio reflejada su historia en el resplandor de un extraño libro de peces, un libro que empezaba como un cuento de hadas y terminaba como una canción infantil, a lomos de un caballo en dirección a Banbury Cross.[1];
Érase una vez un tiempo en el que ocurrieron cosas terribles, pero fue hace mucho, en un lugar muy lejano que todo el mundo sabe que no se encuentra aquí, ni ahora, ni entre nosotros.
II
Hasta aquel día me había dedicado a comprar muebles viejos y podridos que después envejecía más sirviéndome de todos los insultos imaginables.[2] Mientras machacaba los tristes armarios a golpes de martillo para realzar su patética pátina, mientras me desahogaba con los metales viejos para potenciar su pútrido verdín, gritando todo tipo de horribles palabrotas para sentirme mejor, me imaginaba que aquellos muebles eran los turistas que ineludiblemente los comprarían, tomándolos erróneamente por los restos de un pasado romántico y no por lo que en realidad eran: muestras de un presente corrompido.
Mi tía abuela Maisie decía que era un milagro que hubiera encontrado un trabajo, y yo tenía la impresión de que ella lo sabía mejor que nadie; de otro modo no me habría llevado al estadio del North Hobart cuando yo tenía siete años, bajo la hermosa luz roja de finales del invierno, para ayudar milagrosamente al equipo de fútbol australiano a ganar las semifinales. Mi tía abuela roció el terreno enlodado con el agua bendita de Lourdes que llevaba en un diminuto frasco. El gran John Devereaux era el entrenador, y yo iba envuelto en la bufanda roja y azul de los Demons, como un gato egipcio momificado del que solo fueran visibles unos ojos grandes y curiosos. Durante la pausa del tercer cuarto salí corriendo al campo, me asomé por entre el poderoso bosque de muslos con aroma a linimento de los jugadores y oí al gran John Devereaux pronunciar un discurso enardecedor.
El North Hobart perdía por una docena de tantos y yo sabía que la arenga del gran John Devereaux a sus jugadores sería extraordinaria, porque no era un hombre que defraudara a sus seguidores. «Quitaos de la cabeza a esas tías —dijo—. Tú, Ronnie, olvida a esa Jody. En cuanto a ti, Nobby, cuanto antes te saques a esa Mary de la cabeza, mejor.» Y así siguió. Fue maravilloso oír todos esos nombres de chicas y saber que significaban tanto para aquellos gigantes en el tercer cuarto. Cuando ganaron, chutando con el viento en contra, supe que el amor y el agua formaban una combinación realmente invencible.
Pero volviendo a mi trabajo con los muebles, como decía Rennie Conga, mi agente de la condicional por aquel entonces (me apresuro a aclarar, por si alguien de su familia lee esto y se ofende, que ese no era exactamente su nombre, pero nadie pudo recordar jamás su apellido italiano completo y en cierto sentido este parecía adecuado a su cuerpo sinuoso y a la ropa oscura y ceñida con que elegía cubrir aquella figura serpentina), era una profesión con perspectivas, sobre todo cuando llegaban los cruceros llenos de americanos viejos y obesos. Con sus vientres protuberantes, pantalones cortos, extrañas piernas flacas y los aún más extraños zapatones blancos, poniendo el punto final a aquellos cuerpos descomunales, los americanos eran simpáticos interrogantes de seres humanos.
He dicho simpáticos, pero lo que en realidad quiero decir es que tenían dinero.
También tenían sus gustos, que eran peculiares, pero en lo concerniente al comercio me gustaban mucho, y yo a ellos. Durante un tiempo la Conga y yo hicimos un buen negocio con sillas viejas que ella había comprado en una subasta después del cierre de otra de tantas oficinas de un departamento gubernamental en Tasmania. Las pinté con distintos esmaltes brillantes, las volví a decapar, las raspé ligeramente con un rallador de verduras, me meé en ellas y las hice pasar por sillas Shaker, llegadas con los balleneros de Nantucket del siglo pasado durante su búsqueda incesante de los grandes leviatanes por los Mares del Sur, como decíamos nosotros en respuesta a los interrogantes.
Era la historia en realidad lo que compraban los turistas, y solo ese tipo de historia les interesaba, una historia americana —un cuento feliz y conmovedor sobre cómo Nosotros los Encontramos Vivos y los Llevamos de Vuelta a Casa—, y durante un tiempo fue una buena historia. Tanto que nos quedamos sin existencias y la Conga se vio obligada a poner en marcha una línea de producción para nuestra empresa, para lo que cerró un trato con una familia vietnamita recién llegada, mientras que yo pasaba a máquina la historia y le añadía genuinos sellos de autenticidad de una organización falsa a la que dimos el nombre de Asociación de Anticuarios de la Tierra de Van Diemen.
La historia del vietnamita (se llamaba Lai Phu Hung, pero la Conga, que creía en el respeto, insistió siempre en que lo llamáramos señor Hung) era tan interesante como cualquier vieja historia de balleneros; la huida familiar de Vietnam, más peligrosa; su trayecto hasta Australia en un junco de pescadores abandonado, más desesperado, y sus tallas con huesos de ballena, además, las mejores. Con esta actividad, debo añadir, montamos también un respetable negocio. Como plantillas para sus tallas, el señor Hung utilizaba los grabados ilustrados de una vieja edición de la Modern Library de Moby Dick.
Pero ni él ni su familia tenían un Melville, un Ishmael, un Queequeg o un Ahab en el alcázar, ni tampoco un pasado romántico, sino tan solo sus problemas y sus sueños, como el resto de nosotros, y era todo demasiado sórdido e irremediablemente humano para que los voraces interrogantes le concedieran algún valor. Ahora bien, para ser justo con los interrogantes hay que reconocer que tan solo buscaban algo que los distanciara del pasado y de la gente en general, no querían saber de nada que les sugiriese cualquier relación con sentimientos humanos o dolorosos.
Acabé por comprender que querían historias en las que ya estuviesen aprisionados, y no historias en las que aparecieran como cómplices del narrador en la evasión. Querían que les dijeras: «Balleneros» para poder responder: «Moby Dick», y evocar imágenes de la miniserie del mismo título; entonces podías decirles: «antigüedad» y ellos te respondían: «¿Cuánto vale?».
Esa clase de historias.
Por las que vale la pena pagar.
No como las del señor Hung, que no querían saber nada de interrogantes, algo que el vietnamita parecía aceptar admirablemente, en parte porque su verdadera ambición no era ser conductor de una grúa a vapor, como en la ciudad de Hai-Phong, sino un poeta, y este sueño le permitía fingir una resignación romántica ante la indiferencia de un mundo insensible.
Porque la religión del señor Hung era, literalmente, la literatura. Pertenecía a la Cao Dai, una secta budista que consideraba a Victor Hugo un dios. Además de adorar las novelas de su deidad, el señor Hung parecía conocer e insinuaba tener cierta comunión espiritual con otros grandes escritores franceses del siglo XIX sobre los que yo no sabía nada aparte del nombre, y a veces ni siquiera eso.
Siendo aquello Hobart y no la ciudad de Hai-Phong, a los turistas les importaban un bledo las personas como el señor Hung, y desde luego no pensaban darnos dinero alguno por sus historias de grúas a vapor o de las grullas pescadoras de su padre, ni por su poesía o, ya puestos, sus ideas acerca de la relación entre Dios y la literatura gala. Así que el señor Hung excavó un pequeño taller bajo su vieja casa de la Zinc Company en Lutana y se puso a fabricar sillas antiguas falsas y a tallar imitaciones de huesos de ballena para complementar nuestras ficciones, que eran más sórdidas.
Y de todas formas, ¿por qué habría de importarnos todo esto al señor Hung, a su familia, a la Conga o a mí?
Los turistas tenían dinero y nosotros lo necesitábamos; a cambio, solo pedían que les mintieran y les engañaran, diciéndoles lo que creían que era lo más importante: que estaban a salvo, que su sentido de la seguridad —nacional, individual, espiritual— no era una broma pesada que les gastaba un destino caprichoso y aburrido; que les dijeran que no había relación alguna entre el pasado y el presente, que no necesitaban llevar un brazalete negro ni tener mala conciencia, porque eran ricos y poderosos y el resto del mundo no lo era, que no debían sentirse corrompidos, porque nadie podía o quería explicar por qué la riqueza de unos pocos, curiosamente, parecía depender tanto de la miseria de la mayoría. Amablemente fingíamos que se trataba de comprar y vender sillas, de que ellos formularan preguntas sobre el precio y la procedencia y nosotros las contestáramos.
Pero no se trataba ni del precio ni de la procedencia; no se trataba de eso en absoluto.
Los turistas tenían preguntas insistentes e íntimas que nosotros teníamos que responder como mejor supiéramos, con muebles falsos. En realidad preguntaban: «¿Estamos a salvo?», y nosotros, de hecho, respondíamos: «No, pero es probable que una barricada de objetos inútiles os sirva para ocultaros detrás». Y dado que la hybris, el orgullo desmedido, no es solo una palabra del griego antiguo sino también un sentimiento humano tan arraigado como para poder considerarlo un instinto infalible, también querían saber: «¿Es culpa nuestra? ¿Sufriremos por ello?», a lo que nosotros respondíamos en realidad: «Sí, y lentamente, pero una silla falsa puede que nos haga sentir mejor a los dos». Quiero decir que era una forma de ganarse la vida, y si no era un sistema demasiado bueno, tampoco era del todo malo; por otro lado, mientras pudiese acarrear tantas sillas como pudiéramos vender, no iba a echarme encima el peso del mundo.
Puede que penséis que una empresa así estaba destinada al éxito, que tuvo que progresar y diversificarse hasta acabar convertida en una compañía redentora de proporciones globales y mérito nacional. Puede que incluso hubiera debido ganar premios a la exportación. Sin duda en cualquier otra ciudad más receptiva a la ilegalidad —como Sidney, por ejemplo— tal fraude de ensueño hubiera sido espléndidamente recompensado. Pero estábamos en Hobart, donde los sueños eran un asunto estrictamente privado.
Tras recibir varias cartas de abogados de anticuarios locales y la correspondiente amenaza de acciones legales, nuestra noble oferta de solaz a los tribunos retirados de un imperio decrépito se desfondó. La Conga se vio obligada a entrar en el mundo de la consultoría ecoturística con el falsificador de muebles vietnamita, y yo me dispuse a buscar nuevas actividades.
III
Así fue como aquella mañana invernal, que acabaría siendo aciaga, pero en aquel momento parecía simplemente glacial, me hallaba yo en la zona del muelle de Salamanca. En un viejo tinglado de piedra arenisca me topé con lo que todavía era una trapería, antes de que los turistas se apropiaran también de aquel espacio y lo convirtieran en uno más de tantos restaurantes al aire libre de delicados recocidos.
Arrinconado tras unos anticuados armarios de madera negra de los años cuarenta que ningún turista estaría interesado en recibir a modo de absolución, advertí por casualidad una vieja fresquera de hierro galvanizado. La abrí, impelido por el deseo infantil de ver todo lo que está cerrado.
Dentro solo distinguí un montón de revistas femeninas de épocas pasadas, hallazgo tan polvoriento como decepcionante. Cuando cerraba la puerta, bajo aquellos lejanos ecos de historias de amor y relatos escabrosos sobre princesas tristes y perdidas, me fijé en unos frágiles hilos de algodón que asomaban alegremente como el vello de la tía abuela Maisie, sin vergüenza y con cierto vigor arcaico.
La puerta chirrió con ruido sordo cuando volví a abrirla para mirar el interior con mayor detenimiento. Vi que los hilos salían de una encuadernación algo raída, cuyo lomo se había deshecho parcialmente. Metí la mano con tanto cuidado como si fuera un pez descomunal irremediablemente atrapado en mi red, alcé las revistas y saqué de debajo lo que parecía un libro en un grave estado de deterioro.
Lo alcé hasta mi cara.
Acerqué la nariz.
Curiosamente no tenía el olor dulzón a moho de los libros viejos, sino el de los vientos salobres que soplan desde el mar de Tasmania. Suavemente pasé el dedo índice por la tapa. Tenía un tacto sedoso, aunque estaba cubierta por una capa de mugre negra. Fue al limpiar aquel limo centenario cuando ocurrió el primero de una serie de sucesos extraordinarios.
Debería haberme dado cuenta de que no era un libro corriente, y desde luego no era un libro con el que debería mezclarse un pelagatos como yo. Conozco, o al menos creía conocer, mis límites delictivos, y pensaba que había aprendido a decir que no a cualquier payasada que implicara un riesgo para mi persona.
Pero era demasiado tarde. Como me habían dicho en otras ocasiones con motivo de una demanda judicial, ya estaba implicado. Pues bajo aquel frágil polvo negro ocurrió algo asombroso: la tapa veteada del libro despedía un leve resplandor púrpura que iba aumentando en intensidad.
IV
En el exterior, hacía un día melancólico e invernal.
La nieve cubría la montaña que se alzaba sobre la ciudad. La niebla descendía sobre el ancho río, depositándose lentamente como un edredón de nieve sobre el valle por el que se extendían las tranquilas calles de Hobart, desiertas en su mayor parte. En la fría belleza de la mañana, unas cuantas figuras envueltas en variopintas ropas de abrigo pasaban a toda prisa para desvanecerse acto seguido. La montaña pasó del blanco al gris y luego desapareció para rumiar detrás de negras nubes. La ciudad se adormecía tranquilamente. La nieve, como los sueños perdidos, empezó a pasearse por su silencioso mundo.
Todo lo cual no está totalmente fuera de lugar, porque lo que en realidad intento decir es que hacía tanto frío como en una tumba y había diez veces más silencio, y que en un día como aquel no hubo portento alguno, nada que me advirtiera de lo que estaba a punto de pasar. Desde luego, en un día como aquel nadie más se molestó en aventurarse en el interior de la trapería oscura y sin calefacción del muelle de Salamanca. Incluso el propietario permanecía acurrucado junto a un pequeño radiador en el extremo más alejado de sus dominios, de espaldas a mí, quitando subrepticiamente ese espantoso himno de los comercios al por menor de hoy, Las cuatro estaciones de Vivaldi, para sintonizar el reconfortante rubato de las carreras, un sonido como de pantuflas doradas.
No había nadie más en el mundo para ver, para presenciar conmigo ese milagro, el momento en que el mundo pareció concentrarse en un sombrío rincón de una vieja trapería y la eternidad se contrajo en el mismo instante en que limpié el limo de la tapa de aquel extraño libro.
Igual que la piel de una perca atrapada en plena noche, la tapa del libro era ahora un amasijo de manchas palpitantes de color púrpura. Cuanto más frotaba yo, más se extendían las manchas, hasta que resplandeció toda la cubierta. Igual que al pescador nocturno que captura la perca, la fosforescencia moteada se propagó del libro a mis manos, hasta que también estas quedaron llenas de motas de color púrpura que centelleaban en espléndido desorden, como las luces de una ciudad exótica y desconocida avistada desde un avión. Cuando alcé mis manos luminosas y me las miré y luego las volví lentamente con asombro —unas manos tan familiares y, sin embargo, tan ajenas— fue como si hubiera iniciado ya una inquietante metamorfosis.
Dejé el libro sobre una mesa de contrachapado que había junto a la fresquera, pasé un pulgar, ahora luminoso, por el suave vientre de páginas frágiles e ingobernables, y levanté la tapa. Ante mi asombro, el libro se abrió por el dibujo de un caballito de mar panzudo. Apiñado en torno al caballito de mar, como restos flotantes de algas pardas y verdes, había un texto manuscrito arrugado. De vez en cuando, se intercalaba otra acuarela de un pez.
Debo admitir que era un batiburrillo horrible, historias escritas con tinta amontonadas sin orden ni concierto sobre otras escritas a lápiz. Al quedarse sin espacio hacia el final del libro, el escritor parecía haberse limitado a darle la vuelta para seguir escribiendo más relatos entre las líneas ya existentes, en dirección opuesta y con el libro al revés. Por si esto no fuera ya bastante confuso —que lo era—, había numerosos apéndices y notas apretados en los márgenes y a veces en hojas sueltas de papel, y en una ocasión en lo que parecía una piel seca de pez. Era como si el autor hubiera reclutado a la fuerza materiales de todo orden —velas viejas, trozos arrancados de Dios sabe qué libros, tela de saco o incluso arpillera— para utilizarlo como superficie que después cubría con una letra vistosa y apretada, en el mejor de los casos muy difícil de descifrar.
Como resultado de semejante caos, me parecía estar leyendo un libro que en realidad no empezaba jamás y que jamás terminaba del todo. Era como contemplar un precioso calidoscopio de vistas cambiantes: algo peculiar, a veces frustrante, a veces fascinante, pero en modo alguno ese asunto que empieza y termina en lo que debe consistir un buen libro.
Sin embargo, antes de darme cuenta, me había dejado arrastrar por las historias que acompañaban a aquellos peces, si es que pueden siquiera describirse como tales, pues el libro estaba escrito más bien a la manera de un diario o cuaderno de bitácora, a veces sobre sucesos reales, inmersos en el lodo de lo prosaico, y otras sobre asuntos tan estrambóticos que al principio pensé que debía de encontrarme ante una crónica de sueños o pesadillas.
Este extraño registro parecía pertenecer a un convicto llamado William Buelow Gould al que en 1828, supuestamente en interés de la ciencia, el médico del penal de la Isla de Sara ordenó que pintara todos los peces capturados allí. Pero si bien la tarea de pintarlos era obligatoria, no lo era la de escribir, que el autor acometió como una carga adicional. Los presos tenían prohibido escribir tales diarios y, por lo tanto, hacerlo era peligroso. Cada relato estaba escrito con una tinta de color distinto, la cual, tal como explica el reo escriba, obtenía mediante diversos e ingeniosos recursos a partir de cualquier cosa que tuviera a su alcance: la tinta roja, de sangre de canguro; la azul pulverizando una piedra preciosa robada, etcétera.
El autor había escrito en colores; para ser exactos, sospecho que sentía en colores. No quiero decir que se explayara con los crepúsculos de oscuro color vino o la magnificencia azul celeste de un mar en calma. Lo que pretendo sugerir es que su mundo asumía tonos que lo abrumaban, como si el universo fuera una consecuencia del color y no a la inversa. ¿Servía la maravilla del color, me pregunté, para compensar el horror de su mundo?
Pese a su estilo tosco, sus muchas incoherencias, su difícil lectura y su extraña belleza, por no hablar de sus momentos más ridículos y a veces francamente inverosímiles —y, para ser sincero, quizá también por esos mismos motivos—, aquel arco iris clandestino de historias me cautivó de tal modo que como mínimo debí de leer la mitad antes de volver en mí.
Encontré un trapo viejo en el suelo, con el que me froté las manos hasta quitarles las manchas relucientes de color púrpura, y volví a esconder el libro en la fresquera, que compré después tras un breve regateo por el precio convenientemente bajo que alcanzaban las fresqueras oxidadas de hierro galvanizado antes de que, como cualquier otro trasto viejo, también se pusieran de moda.
Aún hoy no sabría decir cuáles eran exactamente mis intenciones cuando salí, llevando como podía aquella voluminosa fresquera bajo la suave tormenta de nieve. Sabía que podría aplicar a la fresquera una pátina de antigüedad con un pulverizador y hacerla pasar luego por un mueble para un equipo de sonido antiguo y venderla por el doble de lo que me había costado, del mismo modo que sabía que acabaría embaucando a algún dentista para que me hiciera un empaste gratis a cambio de las viejas revistas femeninas con las que llenaría su sala de espera; pero no tenía la menor idea de lo que iba a hacer con el Libro de los peces.
Me avergüenza admitir que al principio tuve el impulso abyecto de arrancar las numerosas ilustraciones de peces para enmarcarlas y vendérselas a algún anticuario que se dedicara a la compraventa de grabados. Pero cuanto más leí y releí el Libro de los peces aquella noche, la noche siguiente y las muchas noches que vinieron después, menos inclinado me sentía a sacarle provecho.
La historia me embrujó y me aficioné a llevar el libro conmigo a todas partes, como si fuera un poderoso talismán, como si contuviera una especie de magia que de algún modo pudiera transmitir o explicar algo fundamental para mí. Pero no sabía explicar qué era esa cosa fundamental, ni por qué parecía ser tan importante. Sigo sin poder hacerlo.
Lo único que puedo decir con certeza es que, cuando lo llevé a historiadores, bibliófilos y editores para que opinaran sobre su valor, pensando que quizá también ellos se deleitarían con mi descubrimiento, me di cuenta de que por desgracia solo yo había sido hechizado.
Si bien todos se mostraron de acuerdo en que el Libro de los peces era viejo, en su mayor parte —la historia que afirma relatar, los peces que asegura representar, los presos y guardias y funcionarios del penal que pretende describir— parecía coincidir con los hechos conocidos solo hasta el momento en que entraba en conflicto con ellos. Según me dijeron, aquel belicoso libro era el producto insignificante, aunque curioso, de una mente desquiciada de otra época.
Cuando conseguí convencer al museo para que realizaran un estudio del papel, las tintas y las pinturas, la prueba del carbono 14 e incluso un TAC del libro, página a página, admitieron que todos los materiales y las técnicas parecían auténticas. Sin embargo, la historia se desacreditaba a sí misma de modo tan tajante que, en lugar de avenirse a avalar la autenticidad del libro como obra de gran interés histórico, los expertos del museo me felicitaron por la calidad de mi falsificación y expresaron sus mejores deseos para mi trabajo en el sector turístico.
V
Mi última posibilidad estaba en manos del eminente historiador colonial profesor Roman de Silva, y mis esperanzas aumentaron durante los días que siguieron al envío por correo del Libro de los peces. Luego se hundieron durante varias semanas esperando su respuesta. Finalmente, un jueves por la tarde en que lloviznaba, su secretaria llamó por teléfono para decir que el profesor podía atenderme veinte minutos aquel mismo día, en su despacho de la universidad.
Descubrí allí a un hombre cuya reputación parecía no solo en desacuerdo sino en abierto conflicto con su aspecto. Los movimientos espasmódicos del profesor Roman de Silva, su figura diminuta y barriguda y sus cabellos teñidos de negro que cubrían la cabeza minúscula con un peinado inverosímil a lo rockero sugerían un desafortunado cruce entre un muñeco de Elvis y un gallo nervioso.
Era evidente que el Libro de los peces estaba sentado en el banquillo de los acusados, y que el profesor acometería los preliminares de lo que acabaría por ser un caso fulminante para la acusación, resuelta a no permitir que nuestra entrevista degenerara en conversación en ningún momento.
El profesor me dio la espalda, revolvió en un cajón y luego, con un movimiento súbito que pretendía ser teatral pero que solo consiguió ser torpe, dejó caer una bola y una cadena de hierro fundido sobre su escritorio. Sonó un fuerte chasquido como de madera partida, pero el profesor de Silva estaba ya enfrascado en su actuación y, como un auténtico profesional, no iba a permitir que ni eso, ni ninguna otra cosa, lo detuviera.
—Ya lo ve, señor Hammet —dijo.
No dije nada.
—¿Qué ve usted, señor Hammet?
No dije nada.
—Una bola y una cadena, señor Hammet, ¿es eso lo que ve? Una bola y una cadena de preso, ¿no es así?
Asentí, con el deseo de resultar agradable.
—No, señor Hammet, no ve nada de eso. Un fraude, señor Hammet, eso es lo que usted ve. Lo que está viendo es una bola y una cadena hechas por ex presidiarios a finales del siglo diecinueve para vendérselas a los turistas que visitaban el horror gótico de la colonia penitenciaria de Port Arthur. Lo que está viendo es un engaño chabacano y fraudulento del tipo souvenir, señor Hammet. Una muestra de mal gusto que no tiene nada que ver con la historia.
El profesor hizo una pausa, se metió el nudillo de su pequeño dedo índice en las hirsutas ventanas de la nariz, de las que sobresalían pelos húmedos y negros lo bastante largos para atrapar palomillas, y luego siguió hablando.
—Lo que no está viendo usted es historia, señor Hammet. La historia tiene fuerza. Pero una falsificación carece de ella.
Yo estaba impresionado. Para una persona con mis antecedentes, aquello era como el pasado de mi noble arte. También parecía fácil de vender. Mientras me preguntaba qué tal se desenvolvería el señor Hung con la forja y la herrería, si debía llamar a la Conga y recomendarle aquella nueva actividad potencialmente lucrativa con la que había tropezado por casualidad y qué eufemismos podría utilizar para transmitir la carga erótica que inevitablemente encontrarían nuestros amigos americanos en un objeto semejante («¿Es que no hay nada para ellos que no esté relacionado con el sexo?», preguntó un día la Conga, a lo que el señor Hung había respondido: «Las personas»), el profesor Roman de Silva dejó caer el Libro de los peces de Gould junto a la bola y la cadena, lo que a mí me pareció una falta de respeto total.
—Y esto, esto no es mejor. Una falsificación antigua, quizá, señor Hammet —y aquí me dirigió una triste mirada de complicidad—, aunque ni siquiera estoy seguro de haber elegido bien el adjetivo.
El profesor se dio la vuelta, metió las manos en los bolsillos y estuvo mirando por la ventana el aparcamiento que había varias plantas más abajo durante un rato, que a mí me pareció muy largo, antes de volver a hablar.
—Pero falsificación al fin y al cabo.
Y, de espaldas a mí, siguió parloteando de un modo que yo sospeché que había perfeccionado con generaciones de sufridos alumnos, explicándoles a la ventana y al aparcamiento que el penal descrito en el Libro de los peces se parecía, superficialmente al menos, al mismo que existió por aquel entonces en aquella isla a la que solo se desterraba a los peores presos, que su emplazamiento coincidía también con el que se conocía, un lugar aislado en una amplia bahía rodeado por las tierras salvajes e impenetrables de la mitad occidental de la Tierra de Van Diemen,[3] una parte ignota que en los mapas de la época se representaba únicamente con un siniestro vacío que los cartógrafos coloniales denominaban Transilvania.
Entonces el profesor se volvió para mirarme, echándose hacia atrás por enésima vez el tupé plagado de confeti casposo.
—Pero si bien es un hecho documentado que entre mil ochocientos veinte y mil ochocientos treinta y dos la Isla de Sara fue el lugar de castigo más temido de todo el Imperio británico, no hay casi nada en el Libro de los peces que coincida con la historia conocida de esa isla infernal. Pocos de los nombres mencionados en su curiosa crónica se encuentran en los documentos oficiales que han llegado hasta nosotros, y los que sí coinciden asumen identidades e historias que están en completo desacuerdo con lo que se describe en este… este lamentable pastiche.
»Y si nos molestamos en examinar los archivos históricos —prosiguió el profesor, pero yo ya sabía que detestaba el Libro de los peces, que buscaba la verdad en los hechos y no en los relatos, que la historia para él no era más que un pretexto para ver el presente con compungido fatalismo, que un hombre con semejante peinado era proclive a una nostalgia banal que inexorablemente conduciría a la sensación de que la vida era tan ramplona como él mismo—, descubrimos que la Isla de Sara no sufrió el expolio de un gobernador tirano, ni se convirtió durante cierto tiempo en un puerto comercial de tal prestigio y autonomía que acabó siendo una nación comerciante independiente, ni tampoco fue arrasada por un fuego apocalíptico como se describe en la crónica catastrofista que es su Libro de los peces. —Y así siguió y siguió con su cháchara, refugiándose en lo único que creía que le daba superioridad: las palabras.
Dijo que tal vez un día el Libro de los peces se haría un hueco en la historia ignominiosa, por no decir inconsistente, de los fraudes literarios australianos.
—La única parte de las letras nacionales —comentó— en la que Australia puede reclamar con justicia cierto renombre internacional. Huelga añadir —prosiguió con una sonrisa maliciosa, oculta casi por el flácido tupé que caía sobre su rostro como un borracho a punto de vomitar— que, si lo publicara como novela, ocurriría lo inevitable: podría ganar premios literarios.
Quizá el Libro de los peces tuviera sus limitaciones —aunque yo no estaba dispuesto a reconocerlas—, pero jamás me había parecido lo bastante aburrido y pomposo para ser confundido con literatura nacional. Tomando el comentario del profesor como una broma grosera e intencionada a mi costa, di por terminada la reunión con un adiós desabrido, recogí el Libro de los peces y me fui.
VI
Al principio los argumentos que había escuchado me convencieron en parte y admití que el libro tenía que ser una especie de engaño complejo y disparatado. Pero para una persona que sabe bastante del juego del engaño, que sabe que para el timo no es necesario contar mentiras sino confirmar ideas preconcebidas, el libro, si era un fraude, no tenía sentido, porque nada en él concordaba con lo que se suponía que había sido el pasado.
El libro se había convertido en un rompecabezas que yo estaba decidido a resolver. Investigué en el Archivo Oficial de Tasmania, cuya fachada urbana, pulcra y anodina no deja traslucir el registro completo del Estado totalitario que alberga en su interior. Allí descubrí pocas cosas útiles, con excepción del sabio y venerable archivero, el señor Kim Pearce, con quien me dio por beber.
Además de lo que el profesor De Silva había denominado «las rarezas imprevisibles» del Libro de los peces, existía el problema añadido de la identidad del cronista, «la lacuna lacunae», como la había llamado el profesor De Silva, una frase que para mí tenía tan poco sentido como William Buelow Gould para él.
En los archivos sobre reclusos, el señor Kim Pearce encontró varios William Gould muertos, pero me dio a conocer a un Willy Gold vivo en el Hope and Anchor; a un acuarelista alcohólico que pintaba pájaros con el paladar hendido (el acuarelista, no los pájaros) en el Ocean Child, y a Pete, el dueño del pequeño y acogedor pub Crescent.
Solo la vida de uno de los William Gould históricos (es decir, muertos) parecía corresponderse en ciertos aspectos con la del autor del Libro de los peces, ya que compartía con él un historial delictivo similar y el mismo tatuaje sobre el pecho izquierdo: un ancla roja con alas azules y en torno a ella la inscripción AMOR Y LIBERTAD. Fue a este William Buelow Gould, artista y delincuente habitual, al que encomendaron la tarea específica de pintar peces para el médico al llegar en 1828 al penal de la Isla de Sara.
Si bien estos detalles coincidían con la vida descrita en el Libro de los peces, el expediente histórico del preso Gould sugiere una vida en completo desacuerdo con la que tanto me había cautivado. En ocasiones daba la impresión de que el autor del Libro de los peces, el narrador William Buelow Gould, había nacido con memoria, pero sin la experiencia ni la historia que la justificaran, y de que se hubiera pasado el resto de su vida inventando lo que no existía, en el curioso convencimiento de que su imaginación podría convertirse en experiencia, lo que a la vez explicaría y curaría su problema de una memoria inconsolable.
Tras semejante desconcierto, imaginad mi asombro al descubrir en el silencio de la Biblioteca Allport un segundo Libro de los peces, atribuido al preso artista William Buelow Gould, que contenía maravillosas ilustraciones, idénticas al Libro de los peces del muelle de Salamanca salvo en un detalle, una similitud tan extraordinaria que sentí como si me ahogara por falta de aire.
Me llevé aparte al amable señor Pearce, que tan útil me había sido, y le expliqué por qué había soltado un grito ahogado.
Le conté que había descubierto que sin duda había dos libros de peces en lugar de uno, que las dos obras parecían imitarse la una a la otra con tanta precisión que eran a la vez iguales y, sin embargo, diferentes en lo fundamental. Mientras que uno (el Libro de los peces de la Biblioteca Allport) no contenía una sola palabra escrita, el otro (el Libro de los peces de Salamanca) bullía de palabras como el océano de peces, y estos bancos de palabras formaban una crónica que explicaba la curiosa génesis de las ilustraciones. Un libro hablaba con la autoridad de las palabras y el otro con la autoridad del silencio, y era imposible decir cuál de los dos era más misterioso.
—De hecho —dijo el señor Kim Pearce, sacando unas pastillas Mylanta sin hacer ningún comentario—, el misterio se acentúa al ser cada uno de los dos libros un reflejo distorsionado del otro.
Volví corriendo a casa, saqué de su escondite, tras el espejo del cuarto de baño, la edición hallada en la fresquera y me recluí una vez más en un hotel cercano para entregarme a los peces y a la bebida.
Y aquí, antes de continuar, debo mencionar un segundo atributo insólito del Libro de los peces, además de su tapa luminosa, una cualidad extraordinaria que parecía reflejar la vida. He comentado ya que el libro parecía no terminar nunca en realidad. Pero esa no es toda la verdad. Incluso ahora vacilo antes de escribir ese rasgo tan peculiar que resulta increíble: la negativa de su historia a terminar.
Cada vez que abría el libro, caía de él un trozo de papel con alguna revelación que no había leído hasta entonces, o tropezaba con una anotación que sin saber cómo había pasado por alto en mis lecturas anteriores, o daba con dos páginas pegadas en las que no había reparado y que, al ser cuidadosamente separadas, desvelaban un nuevo elemento de la historia que me obligaba a revisar el conjunto bajo una luz completamente distinta. De este modo, cada vez que abría el Libro de los peces, aparecía milagrosamente lo que equivalía a un nuevo capítulo. Aquella noche, sentado solo en el bar del Republic —el Empire de otros tiempos— volvió a ocurrir, excepto que entonces supe, sumido incluso en la decrepitud de mi pasión ciega, que, por la naturaleza misma de su contenido, lo que leía con horror creciente era el último capítulo que habría de leer.
Cuando me acercaba al final, las páginas se humedecieron primero bajo mis dedos, luego se mojaron y, finalmente, notando el corazón desbocado, con la respiración que se me aceleraba, entrecortada y jadeante, tuve la inexplicable sensación de que estaba leyendo unas palabras escritas en el mismísimo fondo del océano.
En un estado de total incredulidad, llegué a lo que sabía que era el final. Comprendí que ya no volverían a aparecer más capítulos multicolores por arte de magia, y contemplando con asombro la terrible historia de William Buelow Gould y sus peces, pedí un ouzo para parar el temblor de mis manos, lo apuré de un solo trago vacilante y dejé la copa sobre un posavasos de paño con el logotipo de la cerveza Cascade; luego, aturdido aún, me fui al lavabo.
Al volver descubrí que habían limpiado la barra del bar.
Sentí que se me contraía la garganta y de pronto me resultó difícil respirar.
VII
El paño de cerveza Cascade ya no estaba.
El vaso vacío de ouzo ya no estaba.
No estaba… ¡el Libro de los peces!
Intenté tragar saliva, pero se me había quedado la boca seca. Procuraba mantenerme erguido, pero me balanceaba, presa de un miedo vertiginoso. Intentaba no dejarme arrastrar por el pánico, pero los latidos de mi corazón eran como un bramido ensordecedor, como olas monstruosas que retumbaban una tras otra en el fondo del océano de mi alma. Allí donde había dejado el Libro de los peces de Gould no quedaba nada; es decir, nada aparte de un charco grande y salobre que el camarero secaba con una esponja y luego escurrió sobre un fregadero.
Solo ahora comprendo que el Libro de los peces regresaba al lugar del que provenía; que, paradójicamente, al tiempo que el Libro de los peces se terminaba para mí, estaba empezando para otros.
Pero en ese momento todo me resultaba confuso. Peor aún, aquella noche en el hotel nadie, ni el camarero ni ninguno de los clientes, recordaba siquiera la presencia del libro. Un horror desolado, inmenso y absoluto como el abandono, se adueñó de mí.
Se sucedieron varias semanas angustiosas y depresivas, durante las cuales insistí inútilmente a la policía para que investigara a fondo aquel robo descarado. Volví a la trapería de Salamanca con la engañosa y desesperada esperanza de que el libro hubiera sido reabsorbido hacia su pasado por una curiosa ósmosis temporal. Regresé una y otra vez al Republic y pasé horas y horas buscando bajo la barra, volcando cubos de basura, expulsando a pilluelos que dormitaban con sus monopatines junto al contenedor de la parte trasera para proseguir mi búsqueda incesante, enfrentándome continuamente a clientes y personal, hasta que me echaron por la fuerza y me dijeron que no volviera nunca más. Pasé largas horas mirando los pútridos desagües de las alcantarillas con la vana ilusión de que el libro pudiera metamorfosearse allí.
Pero al cabo de unos meses tuve que aceptar la horrible verdad.
El Libro de los peces, con sus innumerables maravillas y su historia espeluznante e inacabable, había desaparecido. Yo había perdido algo fundamental y en su lugar había adquirido una curiosa infección: el terrible contagio de un amor no correspondido.
VIII
—¿Viajes? ¿Aficiones? —preguntó el doctor Bundy con su voz meliflua. En los cinco minutos que llevaba en su consulta, había acabado por detestar aquella voz tanto como el resto de su persona. Cuando me incorporé y me puse la camisa, me dijo que no me encontraba ningún problema de salud y que puede que lo que necesit
