Balzac y la joven costurera china

Dai Sijie

Fragmento

9788415630227-3

 

El jefe del pueblo, un hombre de cincuenta años, estaba sentado con las piernas cruzadas en medio de la estancia, cerca del carbón que ardía en un hogar excavado en la propia tierra; inspeccionaba mi violín. En el equipaje de los dos «muchachos de ciudad» que éramos para él Luo y yo, era el único objeto del que parecía emanar cierto sabor extranjero, un olor a civilización capaz de despertar las sospechas de los aldeanos.

Un campesino se acercó con una lámpara de petróleo para facilitar la identificación del objeto. El jefe levantó verticalmente el violín y examinó las negras efes de la caja, como un aduanero minucioso que buscara droga. Advertí tres gotas de sangre en su ojo izquierdo, una grande y dos pequeñas, todas del mismo color rojo vivo.

Luego, alzó el instrumento a la altura de sus ojos y lo sacudió con frenesí, como si aguardara que algo cayese del oscuro fondo de la caja de resonancia. Tuve la impresión de que las cuerdas iban a romperse de pronto y los puentes, a saltar en pedazos.

Casi toda la aldea estaba allí, bajo el tejado de aquella casa sobre pilotes perdida en la cima de la montaña. Hombres, mujeres y niños rebullían en su interior, se agarraban a las ventanas, se apretujaban ante la puerta. Como nada caía del instrumento, el jefe aproximó la nariz al agujero negro y lo olisqueó un buen rato. Varios pelos gruesos, largos y sucios que sobresalían del orificio izquierdo comenzaron a temblequear. Y seguían sin aparecer nuevos indicios.

Hizo correr sus callosos dedos por una cuerda, luego por otra... La resonancia de un sonido desconocido dejó petrificada, de inmediato, a la multitud, como si aquella vibración la forzara a una actitud casi respetuosa.

—Es un juguete —dijo el jefe con solemnidad.

El veredicto nos dejó, a Luo y a mí, mudos. Intercambiamos una mirada furtiva, aunque inquieta. Me pregunté cómo iba a acabar aquello.

Un campesino tomó el «juguete» de las manos del jefe, martilleó con el puño el dorso de la caja y luego lo pasó a otro. Durante un rato, mi violín circuló entre la multitud. Nadie se ocupaba de nosotros, los dos muchachos de ciudad, frágiles, delgados, fatigados y ridículos. Habíamos caminado todo el día por la montaña y nuestras ropas, nuestros rostros y nuestros cabellos estaban cubiertos de barro. Parecíamos dos soldaditos reaccionarios de una película de propaganda, capturados por una horda de campesinos comunistas tras una batalla perdida.

—Un juguete de imbéciles —dijo una mujer con voz ronca.

—No —rectificó el jefe—, un juguete burgués, llegado de la ciudad.

Me invadió el frío pese a la gran hoguera en el centro de la estancia. Escuché al jefe añadir:

—¡Hay que quemarlo!

La orden provocó de inmediato una viva reacción en la muchedumbre. Todo el mundo hablaba, gritaba, se empujaba: cada cual intentaba apoderarse del «juguete», para tener el placer de arrojarlo al fuego con sus propias manos.

—Jefe, es un instrumento de música —explicó Luo con aire desenvuelto—. Mi amigo es un buen músico, no bromeo.

El jefe cogió el violín y lo inspeccionó de nuevo. Luego me lo tendió:

—Lo siento, jefe —dije molesto—, no toco muy bien.

De pronto, vi a Luo guiñándome un ojo. Extrañado, tomé el violín y comencé a afinarlo.

—Escuchará usted una sonata de Mozart, jefe —anunció Luo, tan tranquilo como antes.

Pasmado, creí que se había vuelto loco: desde hacía unos años, todas las obras de Mozart o de cualquier otro músico occidental estaban prohibidas en nuestro país. En los zapatos empapados, mis pies mojados estaban helados. Temblaba del frío que me invadía de nuevo.

—¿Qué es una sonata? —preguntó el jefe, desconfiado.

—No sé —comencé a farfullar—. Es algo occidental.

—¿Una canción?

—Más o menos —respondí, evasivo.

Inmediatamente, una alarmada expresión de buen comunista reapareció en la mirada del jefe, y su voz se volvió hostil:

—¿Cómo se llama tu canción?

—Parece una canción, pero es una sonata.

—¡Te pregunto su nombre! —gritó, mirándome directamente a los ojos.

Las tres gotas de sangre de su ojo izquierdo me dieron miedo.

—Mozart... —vacilé.

—¿Mozart qué?

—Mozart piensa en el presidente Mao —prosiguió Luo en mi lugar.

¡Qué audacia! Pero fue eficaz: como si hubiera oído algo milagroso, el rostro amenazador del jefe se suavizó. Sus ojos se fruncieron con una amplia sonrisa de beatitud.

—Mozart siempre piensa en Mao —dijo.

—Sí, siempre —confirmó Luo.

Cuando tensé las crines de mi arco, unos cálidos aplausos resonaron de pronto a mi alrededor, y casi me intimidaron. Mis dedos entumecidos comenzaron a recorrer las cuerdas, y las notas de Mozart volvieron a mi memoria, como amigas fieles. Los rostros de los campesinos, tan duros hacía un momento, se ablandaron minuto a minuto ante el límpido gozo de Mozart, como el suelo seco bajo la lluvia; luego, a la luz danzarina de la lámpara de petróleo, fueron borrándose poco a poco sus contornos.

Toqué un buen rato mientras Luo encendía un cigarrillo y fumaba tranquilamente, como un hombre.

Fue nuestra primera jornada de reeducación. Luo tenía dieciocho años y yo, diecisiete.

Dos palabras sobre la reeducación: en la China roja, a finales del año 1968, el Gran Timonel de la Revolución, el presidente Mao, lanzó cierto día una campaña que iba a cambiar profundamente el país: las universidades fueron cerradas y los «jóvenes intelectuales», es decir, los que habían terminado sus estudios secundarios, fueron enviados al campo para ser «reeducados por los campesinos pobres». (Algunos años más tarde, esa idea sin precedentes inspiró a otro líder revolucionario asiático, un camboyano, que, más ambicioso y radical aún, mandó a toda la población de la capital, tanto a ancianos como a jóvenes, «al campo».)

La verdadera razón que impulsó a Mao Zedong a tomar semejante decisión sigue siendo oscura: ¿quería acabar con los guardias rojos, que comenzaban a escapar de su control? ¿O era la fantasía de un gran soñador revolucionario, deseoso de crear una nueva generación? Nadie supo nunca responder a esta pregunta. Por aquel entonces, Luo y yo lo discutíamos a menudo, a hurtadillas, como dos conspiradores. Nuestra conclusión fue la siguiente: Mao odiaba a los intelectuales.

No éramos los primeros ni seríamos los últimos cobayas utilizados en este gran experimento humano. A comienzos del año 1971 llegamos a aquella casa sobre pilotes, perdida en lo más hondo de la montaña, y toqué el violín para el jefe de la aldea. Tampoco éramos los más desgraciados. Millones de jóvenes nos habían precedido, y millones iban a sucedernos. Sin embargo, ironías del destino, ni Luo ni yo éramos bachilleres. Nunca habíamos tenido la suerte de sentarnos en un aula de instituto. Simplemente, habíamos terminado nuestros tres años de escuela cuando nos enviaron a la montaña como si fuéramos «intelectuales».

Era difícil considerarnos, sin delito de impostura, dos intelectuales, tanto más cuanto que los conocimientos que habíamos adquirido en la escuela eran nulos: entre los doce y los catorce años esperamos a que la Revolución se calmara y nuestro colegio abriera de nuevo. Pero cuando por fin pudimos volver, todo fue decepción y amargura: las clases de matemáticas fueron suprimidas, al igual que las de física y química, pues los «conocimientos básicos» se limitarían, en adelante, a la industria y la agricultura. En las cubiertas de los manuales se veía un obrero, tocado con una gorra, que blandía un inmenso martillo, con brazos tan gruesos como los de Stallone. A su lado se hallaba una mujer comunista disfrazada de campesina, con un pañuelo rojo en la cabeza (según un chiste vulgar que por aquel entonces circulaba entre los alumnos, se había envuelto la cabeza con su propia compresa). Aquellos manuales y El pequeño libro rojo de Mao siguieron siendo, durante varios años, nuestra única fuente de conocimiento intelectual. Todos los demás libros estaban prohibidos.

Nos negaron la entrada en el instituto y nos obligaron a cargar con el papel de jóvenes intelectuales a causa de nuestros padres, considerados entonces enemigos del pueblo, aunque la gravedad de los crímenes imputados a unos y a otros no fuera exactamente la misma.

Mis padres ejercían la medicina. Mi padre era neumólogo y mi madre, especialista en enfermedades parasitarias. Ambos trabajaban en el hospital de Chengdu, una ciudad de cuatro millones de habitantes. Su crimen consistía en ser «hediondas autoridades sabias», que gozaban de una reputación de modestas dimensiones provinciales. Chengdu era la capital de Sichuan, una provincia poblada por cien millones de habitantes, alejada de Pequín pero muy cercana al Tíbet.

Comparado con el mío, el padre de Luo era una verdadera celebridad, un gran dentista conocido en toda China. Cierto día, antes de la Revolución cultural, había dicho a sus alumnos que había arreglado la dentadura de Mao Zedong, de la señora Mao y, también, de Jiang Jieshi, el presidente de la república antes de que los comunistas tomaran el poder. A decir verdad, a fuerza de contemplar cada día el retrato de Mao desde hacía años, algunos habían advertido ya que aquellos dientes estaban muy amarillos, casi sucios, pero todos callaban. Y ahora resultaba que un eminente dentista sugería, así, en público, que el Gran Timonel de la Revolución llevaba dentadura postiza; aquello superaba todas las audacias, era un crimen insensato e imperdonable, peor que la revelación de un secreto de defensa nacional. Su condena, desafortunadamente, fue tanto más dura cuanto que se había atrevido a poner los nombres de la pareja Mao al mismo nivel que la mayor de las basuras: Jiang Jieshi.

Durante largo tiempo, la familia Luo vivió en el mismo rellano que la mía, en el tercer y último piso de un edificio de ladrillo. Luo era el quinto hijo de su padre, y el único de su madre.

No es exagerado decir que fue el mejor amigo que he tenido en mi vida. Nos criamos juntos y pasamos toda clase de pruebas, a veces muy duras. Nos peleábamos muy raramente.

Recordaré siempre la única vez que nos pegamos o, más bien, que me pegó: fue durante el verano de 1968. Él tenía unos quince años y yo, apenas catorce. Era por la tarde; una gran reunión política se celebraba en el hospital donde trabajaban nuestros padres, en una cancha de baloncesto al aire libre. Los dos sabíamos que el padre de Luo era el objeto de esta reunión y que le esperaba una nueva denuncia pública de sus crímenes. Hacia las cinco, nadie había regresado aún, y Luo me pidió que lo acompañara allí.

—Identificaremos a los que denuncian y pegan a mi padre —me dijo—, y nos vengaremos de ellos cuando seamos mayores.

La cancha de baloncesto, atestada, bullía de cabezas morenas. Hacía mucho calor. El altavoz aullaba. El padre de Luo estaba arrodillado en el centro de una tribuna. Un gran cartel de cemento, muy pesado, colgaba de su cuello por medio de un alambre que se hundía y casi desaparecía en su piel. En este cartel habían escrito su nombre y su crimen: REACCIONARIO.

Incluso a treinta metros de distancia, tuve la impresión de ver en el suelo, bajo la cabeza de su padre, una gran mancha negra formada por el sudor.

La voz amenazadora de un hombre gritó por el altavoz:

—¡Reconoce que te has acostado con esta enfermera!

El padre inclinó la cabeza, cada vez más abajo, tan abajo que hubiera podido creerse que el cuello había sido aplastado por el alambre del cartel de cemento. Un hombre le acercó un micrófono a la boca y se oyó un «sí» muy débil, casi tembloroso, escapando de ella.

—¿Cómo ocurrió? —aulló el inquisidor por el altavoz—. ¿La tocaste tú primero, o fue ella?

—Fui yo.

—¿Y luego?

Se hizo un silencio de algunos segundos. Después, la multitud gritó como un solo hombre:

—¿Y luego?

Aquel grito, repetido por dos mil personas, resonó como un trueno y revoloteó por encima de nuestras cabezas.

—Seguí adelante... —dijo el criminal.

—¡Qué más! ¡Detalles!

—Pero, cuando la toqué —confesó el padre de Luo—, caí... entre nubes y niebla.

Nos marchamos mientras los gritos de aquella multitud de inquisidores fanáticos volvían a desencadenarse. Por el camino, sentí de pronto que las lágrimas corrían por mi rostro y advertí cuánto quería yo a aquel viejo vecino, el dentista.

Entonces, Luo me abofeteó sin decir palabra. El golpe fue tan sorprendente que estuvo a punto de enviarme al suelo.

En el año 1971, el hijo de un neumólogo y su compañero, hijo de un gran enemigo del pueblo que había tenido la suerte de tocar los dientes de Mao, eran sólo dos «jóvenes intelectuales» entre el centenar de muchachos y chicas enviados a aquella montaña, llamada «el Fénix del Cielo». Un nombre poético y un chusco modo de sugerir su terrible altura: los pobres gorriones y los pájaros ordinarios del llano nunca podrían elevarse hasta ella; sólo podía alcanzarla una especie vinculada con el cielo, potente, legendaria, profundamente solitaria.

Ninguna carretera accedía a ella, sólo un estrecho sendero que iba elevándose entre las enormes masas de rocas, los picos, montes y crestas de todos los tamaños y formas. Para distinguir la silueta de un coche, oír un bocinazo, signo de civilización, o para olfatear el aroma de un restaurante era preciso caminar durante dos días por la montaña. Un centenar de kilómetros más lejos, a orillas del río Ya, se extendía el pequeño burgo de Yong Jing; era la ciudad más cercana. El único occidental que había puesto los pies en ella era un misionero francés, el padre Michel, en los años cuarenta, cuando estaba buscando un nuevo paso para llegar al Tíbet.

«El distrito de Yong Jing no carece de interés, especialmente una de sus montañas, la que llaman el Fénix del Cielo —escribió ese jesuita en su cuaderno de viaje—. Una montaña conocida por su cobre amarillo, empleado en la fabricación de las antiguas monedas. Dicen que, en el siglo I, un emperador de la dinastía Han ofreció esta montaña a su amante, uno de los jefes eunucos de su palacio. Cuando posé mis ojos en sus picos, de vertiginosa altura, que se levantaban a mi alrededor, vi un estrecho sendero que ascendía por las sombrías fisuras de las rocas en desplome y parecía volatilizarse en la bruma. Algunos culíes, cargados como bestias de tiro, con grandes bultos de cobre sujetos a la espalda por correas de cuero, bajaban por aquel sendero. Pero me dijeron que la producción de este mineral estaba en declive desde hacía mucho tiempo, principalmente a causa de la falta de medios de transporte. Hoy, la particular geografía de esta montaña ha llevado a sus habitantes a cultivar opio. Por otra parte, me han aconsejado que no ponga los pies en ella: todos los que cultivan opio están armados. Tras la cosecha, pasan el tiempo asaltando a los transeúntes. Me limité, pues, a mirar de lejos aquel lugar salvaje y aislado, oscurecido por la exuberancia de gigantescos árboles, plantas trepadoras y vegetación lujuriante, que parecía el lugar ideal para que un bandido brotase de las sombras y saltara sobre los viajeros.»

El Fénix del Cielo comprendía unas veinte aldeas dispersas por los meandros del único sendero, u ocultas en los sombríos valles. Normalmente, cada aldea acogía a cinco o seis jóvenes procedentes de la ciudad, pero la nuestra, encaramada en la cima y la más pobre de todas, sólo podía encargarse de dos: Luo y yo. Nos instalaron precisamente en la casa sobre pilotes donde el jefe del poblado había inspeccionado mi violín.

El edificio, que pertenecía a la aldea, no había sido concebido como vivienda. Debajo de la casa, levantada del suelo por unas columnas de madera, estaba la pocilga donde vivía una gran cerda, también patrimonio común. La casa propiamente dicha era de madera vieja en bruto, sin pintura, y servía de almacén para el maíz, el arroz y las herramientas estropeadas; era también un lugar ideal para las citas secretas de los adúlteros.

Durante varios años, nuestra residencia de reeducación no tuvo muebles, ni siquiera una mesa o una silla, tan sólo dos camas improvisadas, colocadas contra una pared en una pequeña habitación sin ventanas.

Sin embargo, aquella casa se convirtió rápidamente en el centro de la aldea: todo el mundo acudía, incluso el jefe, con su ojo izquierdo manchado siempre por tres gotas de sangre.

Y todo ello gracias a otro «fénix», muy pequeño, casi minúsculo y más bien terrenal, cuyo dueño era mi amigo Luo.

En realidad, no era un verdadero fénix sino un gallo orgulloso con plumas de pavo real, de color verdoso estriado con rayas de azul oscuro. Bajo el cristal algo mugriento, bajaba rápidamente la cabeza, y su pico puntiagudo de ébano golpeaba un suelo invisible mientras la aguja de los segundos giraba lentamente por la esfera. Luego levantaba la cabeza, con el pico abierto, y sacudía su plumaje, visiblemente satisfecho, saciado de haber picoteado unos imaginarios granos de arroz. ¡Qué pequeño era el despertador de Luo, con su gallo moviéndose a cada segundo! Gracias a su tamaño, sin duda, había podido escapar a la inspección del jefe del poblado, cuando llegamos. Era apenas como la palma de una mano, pero con un timbre muy bonito, lleno de dulzura.

Antes de nuestra llegada, en la aldea nunca había habido un despertador, ni un reloj de pulsera, ni de pared. La gente había vivido siempre según la salida y la puesta del sol.

Nos sorprendió comprobar el poder, casi sagrado, que el despertador ejercía sobre los campesinos. Todo el mundo venía a consultarlo, como si nuestra casa sobre pilotes fuera un templo. Cada mañana el mismo ritual: el jefe iba de un lado a otro, a nuestro alrededor, fumando su pipa de bambú, larga como un viejo fusil. No apartaba los ojos de nuestro despertador. Y a las nueve en punto, daba un largo y ensordecedor silbido, para que todos los aldeanos fueran a los campos.

—¡Ya es hora! ¿Me oís? —gritaba ritualmente hacia las casas que se levantaban por todas partes—. Es la hora de ir al tajo, ¡pandilla de holgazanes! Pero ¿a qué estáis esperando?, ¡retoños de los cojones de un buey!...

Ni a Luo ni a mí nos gustaba demasiado ir a trabajar en aquella montaña de senderos abruptos y estrechos que subían y subían hasta desaparecer en las nubes, senderos por los que era imposible empujar un carrito y donde el cuerpo humano representaba el único medio de transporte.

Lo que más nos horrorizaba era llevar la mierda a la espalda, en cubos de madera semicilíndricos especialmente concebidos y fabricados para transportar toda clase de abono, humano o animal. Cada día debíamos llenar de excrementos mezclados con agua aquella especie de mochilas, cargarlas a nuestros lomos y trepar hasta campos situados, a menudo, a una altura vertiginosa. A cada paso oías cómo la mierda líquida chapoteaba en el cubo, justo junto a tus orejas; y el hediondo contenido escapaba poco a poco de la tapa y se vertía, chorreando a lo largo de tu torso. Queridos lectores, les ahorraré las esce

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