Purgatorio

Jon Sistiaga

Fragmento

 Capítulo 1

1

Viernes

Si empezaba a escribir, seguramente pasaría el resto de su vida en la cárcel. Cerró los ojos y volvió a pensarlo por última vez, apretando fuerte el bolígrafo con la mano derecha. Si confesaba, estaría redactando su propia sentencia y a lo mejor su epitafio como persona, pero también saldaría viejas cuentas con todos sus demonios y algún que otro antiguo amigo. La tenue luz que colgaba del techo iluminaba la primera página de una pequeña libreta de cuero negro en la que iba a escribir esa condena. Sentado allí, en el rincón preferido de su restaurante, junto al pasillo que lleva a los baños, este hombre abatido ya hacía tiempo que había puesto su alma en la cola de espera del purgatorio.

El último de los empleados del Toki-Eder se extrañó de que todavía estuviera por allí: «Agur, Josu, hasta mañana. Cierras tú, ¿verdad?», le gritó desde la puerta antes de salir. No tenía la sensación de haber sido mal jefe durante todos los años que el restaurante llevaba abierto. Prácticamente el personal era el mismo desde el principio y esa fidelidad debía de significar algo. Su proyecto de casa de comidas, de lugar de encuentros culturales y sociales, había funcionado. Josu Etxebeste tenía un don con el público. Su clientela, entre la que no faltaban escritores, actores, empresarios o políticos, había dado al Toki-Eder fama de ser un lugar donde se comía muy bien y siempre pasaban cosas interesantes.

El edificio, una vieja fundición de hierro, tenía más de un siglo. Josu lo había comprado en ruinas y lo restauró manteniendo la planta original y las robustas paredes de piedra. En la parte exterior del complejo todavía resistía en pie uno de los antiguos hornos que fundían el mineral extraído de las cercanas minas de Ibarla. Una cascada de hiedra verde lo cubría entero, dándole un cierto aire fantasmal y misterioso. Toki-Eder estaba situado a las afueras de Irún, en uno de los últimos meandros que trazaba el río Bidasoa antes de diluirse en el Cantábrico. A Josu le gustaba contar a sus clientes que ese río tan barojiano abrazaba y bendecía a su restaurante y que el aventurero Zalacaín, del que siempre hablaba como un personaje real, había pasado por allí en alguna de sus correrías.

Josu, pelo canoso y abundante a sus cincuenta y cinco años, vestido siempre con vaqueros y camisetas oscuras que le daban un cierto aire de artista abstraído, era el alma de todo aquello, pero ahora, inclinado contra esa mesa, estaba a punto de romper con su pasado y destrozar su presente. Su popularidad y su éxito como restaurador se habían construido sobre una mentira miserable y atroz. Abrió los ojos y miró con melancolía las mesas vacías del restaurante después de un viernes trepidante de trabajo. Le dio mucha pena perderlo todo, pero empezó a escribir con pulso firme en el diario.

En Behobia, 35 años después…

No sé por qué quiero contarlo. Ni por qué ahora. Supongo que necesito sacar todo este pus de dentro. Esta pena honda que me pudre.

No quiero tachar nada de lo que escriba en este cuaderno. Lo que salga será lo que siento. Y de lo que me avergüenzo. Así que «pena honda» no es seguramente la mejor expresión. Debería decir la vileza que me pudre desde hace tiempo. Y la CULPA. Con mayúsculas. La CULPA por haber sido un canalla y seguir siendo un cobarde.

Ya está bien de callar.

Ya casi nadie recuerda a Imanol Azkarate, excepto la familia y los amigos que acuden a su homenaje en cada aniversario. Su hija…

Yo fui uno de los que le secuestraron hace 35 años.

Yo fui el encargado de meterle un tiro en aquel bosque húmedo y oscuro, cuando la Dirección nos comunicó que había problemas para cobrar el rescate.

También fui yo el que le habló, cocinó y entretuvo aquellas dos semanas angustiosas. El único del comando que tenía humanidad para charlar con él y jugar a las cartas durante largas horas, y el único con cojones para matarlo. Mi primer muerto. Mi último muerto. Para los periódicos, otro de los asesinatos sin resolver de la banda…

¡Así es como hay que llamarlo! Asesinato. Ni acción armada, ni ejecución, ni atentado, ni ekintza. Por su nombre: ASESINATO… Supongo que entonces eso me convierte, por fin, en lo que siempre he sido: un asesino

La mano de Josu se detuvo al acabar de redondear con el bolígrafo la última letra. Ni siquiera añadió el punto final. Perfeccionó esa o repasándola una y otra vez y luego fijó la mirada en la palabra que acababa de escribir: «asesino». Y volvió a cerrar los ojos, cansado de su silencio, de su impostura, profundamente triste, porque sentía en ese momento que llevaba toda la vida ocultándose de sí mismo. Escondiéndose de Josu. Del otro Josu, de aquel al que llamaban Poeta por su afición a leer. ¿De qué le sirvió tanta lectura? ¿Tanta filosofía y tanta novela? Matar es un acto mecánico. Una suspensión temporal de humanidad. Se deja de ser persona. En realidad, se deja de ser humano. Da igual la formación, los estudios, los valores. Cuando se hace, cuando se mata, se iguala en inhumanidad a otros asesinos. Pero cuando esa suspensión temporal finaliza, se vuelve al Yo. Al de antes. Y eso es lo que Josu, a diferencia de otros asesinos como él, no había sabido asimilar.

Poeta fue solo un alias, un sobrenombre, un nom de guerre, como le gustaba decir entonces con cierta arrogancia. En la Organización no había nombres ni apellidos. El alias era lo primero que te daban en el ritual de iniciación, en la primera cita. Una ceremonia rápida y furtiva en la que el aspirante pasaba a convertirse en miembro de esa comunidad de elegidos. Poseer un alias te permitía desdoblar tu personalidad. Ser el de siempre ante los de siempre, y el héroe arriesgado y entregado a la Causa para los partidarios de esa causa. Ser Josu para la familia y para los amigos de la cuadrilla, y Poeta para los compañeros de lucha. Una nueva y rutilante identidad clandestina.

En realidad, Poeta era solo un mote. Un simple mote para despistar a la policía y ganar tiempo en los interrogatorios sin identificar a otros. Josu lo sabe. Si es que algún día la tuvo, hace años que se despojó de cualquier épica revolucionaria. Incluso le fastidia encontrarse de vez en cuando por el restaurante con ciertos conocidos de aquella época, antiguos miembros de la Organización que van saliendo de las cárceles y que mantienen todavía, orgullosos, el alias de entonces, tratando de aferrarse a su pasado y conservar así una notoriedad o un reconocimiento del que ahora, acabada la lucha, perdidas la guerra y la esperanza, carecen.

Muchos de ellos, pensaba Josu, son solo títeres extraviados que añoran los tiempos en los que se alistaron como candidatos a mártires. Al menos, entonces se creían alguien. Y los suyos les hacían sentirse importantes. Ahora, muchos de ellos estaban sin trabajo. En una Euskadi que no era la que soñaron. Deambulando de bar en bar. Mendigando una cerveza o una sonrisa. Un trabajo. Una mirada, apenas, que los llevara a pensar que valió la pena. Josu lo tenía mucho más claro, porque hacía tiempo que había reconocido la sordidez de su pasado.

… un asesino. Eso es lo que soy. Un verdugo. Un eliminador de vidas.

Imanol Azkarate no merecía morir. Bueno, nadie merece morir. ¡Joder, tenía una hija de mi misma edad! Pobre Alasne. A veces viene a comer por aquí. Siempre sola. Y yo intento evitarla. Me meto en la cocina a echar una mano para no tener que sostenerle la mirada.

Le destrozamos la vida a ella también. No tuvo hijos, ni pareja…

Nunca se identificó al comando. Nunca nos descubrieron. Yo seguí haciendo mi vida habitual. Disimulando. Acudiendo a aquellas grandes manifestaciones del principio, tan multitudinarias, tan ilusionantes, con toda esa gente marchando junta. Allí yo sentía, rodeado de todos ellos, que tenía su aprobación para lo que había perpetrado.

Que me perdonaban por haber matado.

Que había hecho lo necesario por nuestro pueblo…

Vaya mierda todo.

Josu recordaba aquellas verbenas de verano. Las canciones en euskera cantadas a coro por decenas de personas. Los vasos de kalimotxo y los pintxos de txistorra. Ese momento de la tarde en el que sonaba la letra de aquella canción: «Voló, voló, Carrero voló…», y todos en la plaza lanzaban al aire sus jerséis, sus pañuelos, sus txapelas, lo que tuvieran a mano, celebrando la muerte. Se brindaba por un cadáver. Y lo hacían niños, mujeres, adolescentes, abuelos. Todos. Había un fervor inexplicable por aplaudir el asesinato de la mano derecha de Franco, aunque hiciera ya tiempo que España había abrazado la democracia.

Esa liturgia ceremonial en forma de prendas lanzadas al aire se convirtió, durante años y años, en una tradición irrenunciable de todas las fiestas patronales del País Vasco: « y hasta el alero llegó…». El momento sublime de comunión identitaria. Todos los buenos vascos, los auténticos, los comprometidos, los que se guiñaban el ojo entre sí en señal inequívoca de que compartían las mismas metas y los mismos métodos, cantando abrazados. También participaban otros menos significados, más tibios, que no se dejaban ver por manifestaciones, pero se sentían a gusto en aquellas ceremonias tribales de las fiestas populares. Y esos vascos, con su presencia, prestaban una aceptación tácita a esos akelarres. Su clamoroso silencio otorgaba legitimidad al uso de esa fuerza imparable que emanaba del Pueblo. Que provenía de la mismísima alma de la Nación. Y Josu, lo recuerda bien ahora, disfrutaba de aquella sensación eufórica de pertenecer a algo muy bonito, a un movimiento de gente generosa que arriesgaba su vida por alumbrar un nuevo futuro para Euskadi.

Nunca me consideré un héroe, ni un gudari, ni alguien especial. Renuncié a la Organización después de aquello. Fue todo muy duro. Me superó. Pero también es cierto que durante años y años me sentí liberado de cualquier responsabilidad. Dispensado de tener remordimientos. De alguna manera, perdonado por los míos, que me eximían de cualquier reflejo de culpabilidad. En las guerras se mata, nos repetían, y hay muertos, y los Nuestros (esa palabra tan manoseada) también caen.

Así que había un empate moral. Mejor dicho, Nosotros gozábamos de cierta superioridad moral, porque éramos los buenos, los oprimidos por Ellos.

¡Ellos! ¡Nosotros! Qué expresiones tan asesinas y dañinas.

Ellos eran los eliminables. Los obstáculos para nuestra liberación nacional. Los prescindibles.

Así pensaba yo hace 35 años. No veía víctimas, sino objetivos. No hablaba de industriales o empresarios, sino de explotadores. Los robos a bancos eran expropiaciones y los secuestros, la forma de recuperar la justa plusvalía que esos explotadores debían reintegrar a la clase trabajadora vasca.

¡Qué fuerte que yo escriba esto ahora, dueño de un negocio de doce empleados! Pero, en fin, ese era Poeta. Un idealista, sí, pero también un iluminado. Alguien que cosificaba a los enemigos de su ideología para despojarlos de su humanidad. Si dejaban de ser personas, era más fácil sacrificarlos.

Así nos adiestraron. En el odio.

Josu Etxebeste hizo una pausa y salió a la terraza a respirar un poco de noche. Hacía mucho tiempo que no se había visto a sí mismo tan nervioso. Le temblaba la mano. Ahora se preguntaba cómo y dónde iba a esconder ese diario hasta que su plan se pusiera en marcha. Tenía que asegurarse de que nadie destruiría la prueba de su íntimo exorcismo, porque sabía que al menos su antiguo compañero de comando no iba a querer verse arrastrado por su confesión. El murmullo atronador de los grillos le sacó de sus cavilaciones. Una suave brisa peinaba las aguas mansas del Bidasoa difuminando el espejo en el que se reflejaban la luna y los árboles de la orilla. Un latigazo húmedo de frío le provocó un pequeño respingo y lo devolvió dentro de la sala para seguir escribiendo las fealdades de su alma.

Ni el Poeta de antes ni el Josu de ahora hemos podido olvidar el sonido de nuestros pasos en las hojas secas de aquel sendero. Engañamos a Imanol diciéndole que cambiábamos de zulo, que estaría más cómodo, que tendría más espacio y más luz. Mientras caminaba delante de mí le iba hablando de idioteces, de la buena temporada de la Real Sociedad o de la cena del día anterior que habíamos preparado en el pequeño hornillo de la cabaña donde le tuvimos.

Imanol callaba. O asentía tímidamente a mis intentos de disimular el rumor viscoso de lo que iba a ocurrir.

No he vuelto a estar cerca de la muerte, pero creo que cualquier asesinato genera, antes de ejecutarse, una especie de silencio espeso. Todo parece detenerse.

Como una elipsis en el tiempo que te regala un momento de duda.

Una última oportunidad de no hacerlo, de mandarle una orden a tu mano para que no saque la pistola del bolsillo.

Es un segundo. Solamente un segundo de vacilación.

Como si los ojos del mundo te observaran. Te juzgaran.

Te estuvieran diciendo que estás a punto de cruzar la línea que separa las personas que son capaces de asesinar de las que no. Las que sufrirán una penitencia que les mortificará toda su vida y las que nunca van a llevar ese peso.

Y yo, en ese momento, me condené…

Pude echarme para atrás.

Pude ser valiente. Enfrentarme a la Organización. Negarme. Nadie me obligaba a hacerlo, igual que nadie me obligó a ser militante. La decisión de matar fue solo mía.

Y la tomé allí, en ese sendero. Entre los hayedos de un bosque que de repente enmudeció y produjo un silencio turbador. Creo que todos sus habitantes, sus pájaros, sus topos, sus conejos, sus árboles, sus vientos, todos, sabían que iba a haber muerte.

Imanol también escuchó ese silencio repentino, pero no se dio la vuelta. Siguió andando como si hubiera comprendido su destino. Todavía no entiendo por qué no intentó salir corriendo, enfrentarse a mí, quitarme la pistola, no sé, convencerme de que no lo hiciera. ¡Habíamos jugado tantas veces a cartas en su cautiverio! Siempre me ganaba. Era muy bueno. A veces tenía la sensación de que era capaz de ver mi rostro a través de la máscara que me cubría. Siempre sabía, al darme los buenos días o las gracias por la comida, mi estado de ánimo.

«¡Andas triste hoy o qué! Venga, que pronto saldremos de aquí, ya lo verás», me solía decir para animarme.

Como si esa cárcel del pueblo nos tuviera raptados a los dos. Y en parte era así. Esa cárcel, ese Pueblo, nos tenía secuestrados. A él, para pagar por la Causa y seguir comprando armas para matar por esa Causa. Y a mí, porque habían embargado mis emociones. Porque ese Pueblo mágico y puro me permitía traspasar todos los límites éticos que habíamos aprendido en nuestros hogares, con nuestros padres, en las escuelas, con nuestros profesores, y que nos dotaban de humanidad.

La Causa robó mis inquietudes más honestas y puras y las puso al servicio ciego de sí misma.

Sin discusión.

Sin crítica.

Como un tótem sagrado al que no se podía fallar. Mucho menos cuestionar. Y un tótem, un dios, siempre te pide sacrificios para demostrar tu lealtad.

«Sacrificios humanos», exclamó Josu en alto mientras se levantaba para dirigirse a la barra del restaurante. Abrió el grifo de la cerveza y se sirvió una caña en silencio, perdido en sus propios recuerdos. Bien tirada. Dejando que el líquido reposara unos segundos antes de darle un último golpe al tirador. Le gustaba con un dedo de espuma. Así era como les había enseñado a servir a sus camareros. Un pequeño bigote blanco apareció sobre su labio superior tras el primer trago, largo y cadencioso. «Sacrificios humanos», volvió a decir en alto mientras regresaba a la mesa y dudaba si escribir esa expresión en el cuaderno.

¿Por qué Imanol no me miró a los ojos y me dijo «no lo hagas»?

¿Por qué no suplicó por su vida?

Solo se detuvo un momento para coger aire y seguramente para escuchar, él también, el silencio abrumador. Luego continuó andando. Los brazos caídos. Los pies crujiendo sobre las hojas ocres del suelo. El cuello y la cabeza ligeramente inclinados hacia delante.

Esperando el disparo, estoy seguro.

En 35 años no he dejado de preguntarme si su abatimiento era cansancio, incredulidad o simplemente dignidad. La que yo nunca he tenido. Supongo que cuando todo esto salga a la luz, su hija Alasne dejará de hablarme, es probable que me dé dos hostias y ya no vuelva más por el restaurante.

Si es que sigue abierto…

Josu Etxebeste llevaba treinta y cinco años de congojas y soledades apenas enterradas por esa decisión juvenil de lanzarse al vacío oscuro de quitar vidas. Nadie es igual que hace veinte o cuarenta años. Nadie es la misma persona. Pero hay una verdad inmutable que anida en todos. Algo que a muchos carcome por dentro. Esa verdad es la decisión que se toma en un determinado momento y que convierte al que la toma, para siempre, en esclavo de ese instante. Y para aquel joven Josu, ese instante fue el momento en el que apretó el gatillo.

Mi compañero de comando, los responsables que ordenaron el asesinato, los dirigentes de la Organización que lo decidieron… Somos muchos los que deberíamos hacer esto, pero estoy solo. Me siento solo.

Hace mucho tiempo que me aislé de ellos, que los repudié. Para algunos me convertí en un traidor; otros, sin embargo, me respetan porque reconocen que nunca hablé. Me temo que cuando sepan lo que pretendo hacer, unos y otros intentarán convencerme, persuadirme, o algo peor.

No busco venganza, pero las penitencias individuales son solo salidas en falso. Parches que ayudan a unas pocas víctimas. Mientras esa mortificación no sea unánime, de todos nosotros, y realmente de corazón, el resto de las víctimas no se sentirán aliviadas.

Mis antiguos camaradas son capaces de vivir con su conciencia. Yo no. La mía lleva años naufragando. No me siento mejor que ellos. Todos, en fin, somos culpables. Incluso el policía que me torturó y me descoyuntó. Ese cabronazo cruel que me rompió los huesos y disfrutó dejándome hecho un guiñapo también es capaz de convivir con su conciencia. Yo no.

Ojalá lo que voy a hacer sirva para algo.

Ojalá otros me acompañen…

Escribir le había dejado exhausto. Esos primeros apuntes sobre el pliegue más oculto de su vida eran parte de un proceso de expiación que llevaba tiempo madurando. No había vuelto a hacer daño a nadie, pero la maldad en cierto modo seguía agazapada en su interior, porque había permitido dejar un dolor suspendido durante demasiado tiempo. La hija de su víctima se merecía una respuesta. Esa mujer tenía derecho a cerrar su duelo poniendo nombres y caras a los que se lo provocaron.

Josu cerró la libreta negra y se puso unos guantes de látex. Cogió entonces los tres sobres de papel nacarado que tenía encima de la mesa con tres destinatarios y tres direcciones diferentes. Comprobó el contenido que había en cada uno de ellos, les puso unos sellos y los cerró con cuidado, utilizando una barra de pegamento de su oficina. Después salió del restaurante y condujo hasta Pamplona para introducirlos en un buzón cercano a la plaza del Castillo. Sin descansar, regresó de nuevo a Irún confiando en que las cartas llegaran todas a la vez pasado el fin de semana.

2

Lunes

A Sánchez le extrañó que le llegara un sobre a su nombre: «Comisario Ignacio Sánchez, jefe superior de policía del País Vasco, comisaría de San Sebastián».

Hacía mucho que no recibía una carta escrita a mano. El enorme despacho al que acudía todos los días a las ocho de la mañana seguía oliendo a rancio por mucho que cada noche dejara las ventanas entreabiertas. Las antiguas paredes, pintadas con un gotelé ya sucio y viscoso, debían de llevar allí desde los tiempos de la dictadura. El viejo gancho del que ahora colgaba el cuadro del rey había sostenido también, sucesivamente, los retratos de Franco y del rey emérito. No había en la estancia ni medallas, ni diplomas de cursos, ni títulos, ni figuras, ni condecoraciones, todas esas cosas que llenan los despachos de los jefes policiales a medida que van ascendiendo y mandando. Era como un lugar de paso. Circunstancial. La chaqueta de punto que colgaba olvidada en un perchero junto a la puerta estaba tan deformada que cualquiera se podía dar cuenta de que llevaba ahí, sin moverse, el mismo tiempo que su dueño en el cargo.

Una bandera de España, que Sánchez había apartado hasta dejarla casi camuflada con las cortinas de color burdeos que oscurecían más, si cabe, el despacho, era la otra concesión que el comisario había dejado a su condición de máxima autoridad policial. La bandera estaba descolorida y mustia. Sánchez, al que le quedaba muy poco para jubilarse, llevaba tiempo pensando que él también se sentía marchito y desanimado.

Contempló su rostro en el reflejo de la pantalla del ordenador, el lugar más reservado de su despacho a miradas ajenas y en el que había puesto de salvapantallas la foto de su familia. Elena, su compañera, había fallecido dos años antes, y sus dos hijos estudiaban en Estados Unidos. Se vio viejo. Ahora que tenía mucho tiempo para pensar, que el día a día como policía era firmar papeles de manera rutinaria, que su agenda era básicamente encuentros y comidas con políticos, ahora sí que la echaba de menos. Le había robado a Elena los mejores años de su vida. La había apartado, abandonado, dejado, descuidado, todas esas cosas que se pueden hacer con alguien a quien quieres pero a quien olvidas mimar de vez en cuando. Elena nunca le reprochó nada. Sabía que su trabajo era peligroso, que requería de una concentración máxima, que muchos días no podía volver a casa porque estaba siguiendo alguna buena pista de la Organización. Lo había conocido así, siendo un joven inspector de policía, y nunca, nunca, se quejó: «Si te cambio, te echo a perder», le gustaba decirle a Sánchez. Sí, el comisario la añoraba. Era su equilibrio. Ella tenía la bondad que él no conocía. Era la paciencia en sus arrebatos. La comprensión en sus dilemas. Era su mejor versión. Su contrafuerte. Y ahora que todo estaba tranquilo en Euskadi, que podría agradecérselo, se había ido.

Se pasó la mano derecha por la cabeza calva, en un acto reflejo para desperezarse, y volvió la vista a la pila de cartas que había encima de la mesa. La curiosidad le pudo y dejó el resto del correo ordinario para centrarse en esa letra escrita con bolígrafo azul, un poco torcida, pero de rasgos firmes e incluso rotundos. Durante muchos años se había especializado en leer y releer notas, mensajes, garabatos, esquemas, órdenes, reflexiones, todo lo que se iban incautando en sus operaciones antiterroristas. Llegó a desarrollar una cierta habilidad para reconocer la letra de algunos de los responsables de la Organización, a los que todavía no había detenido o siquiera identificado. Sabía de quién provenía una orden para atentar o quién había escrito una reflexión estratégica.

Sus entonces compañeros de la brigada de información le consideraban una rata de biblioteca. Se pasaba horas y horas releyendo la documentación manuscrita o contrastando las letras, las palabras y el tipo de escritura. Las formas adverbiales utilizadas. Las firmas. Comparaba incansablemente escritos encontrados en registros con los cuerpos de letra de los detenidos a los que obligaba a firmar su declaración. A veces era capaz de confirmar quién había redactado un comunicado solamente por su forma de organizar los párrafos, por las expresiones usadas o por el dialecto de euskera. Siempre defendió que en la Organización había jefes ocultos que nunca fueron identificados. Personas que nunca dispararon pero que lo dirigieron todo desde cómodos despachos o bonitas villas junto a la costa. Los «hombres sin rostro» los llamaba. Sus superiores siempre le escuchaban, no sin cierta condescendencia porque le tenían mucho respeto, pero Sánchez nunca encontró las pruebas ni tampoco pudo identificarlos. Siguieron siendo sombras de las que el comisario solo tenía reflexiones escritas.

Toda una vida policial dedicado a la lucha antiterrorista. Y ahora que todo había acabado empezaba por fin a disfrutar de una tierra que había hecho suya pero que no había podido pisar con tranquilidad durante treinta y cinco años. Salir al mediodía a comer unos pintxos sin estar constantemente alerta y la mano cerca del arma era un lujo demasiado peligroso en aquellos tiempos. En los bares habían caído muchos compañeros suyos. En esos descuidos en los que se bajaba la guardia. Ahora, por fin, podía irse a pasear a la playa de Hendaya sin estar obsesionado por reconocer rostros de presuntos terroristas entre los bañistas. Los sábados por la mañana se había acostumbrado a disfrutar en coche de las sinuosas curvas de la carretera de Jaizkibel subiendo desde Lezo. Conducir sin escolta. Un lujo. Aunque todavía seguía comprobando los bajos del vehículo en busca de alguna bomba; un viejo reflejo que ya formaba parte de su vida. La única costumbre que mantenía de aquellos años tremendos. Esa y la de sentarse en los restaurantes de cara a la puerta, vigilando quién entraba.

Miró el sobre. La letra no le sonaba de nada. Sería, pensó, otra queja de algún ciudadano preocupado por la seguridad de su barrio o una nueva denuncia anónima entre vecinos de escalera. Y pensó también que esa carta era muy fina, que había sido escaneada previamente a la entrada de la comisaría y que eran otros tiempos, que ya no había nada que temer. Que no le iba a explotar en la cara. Cogió el abrecartas con el escudo de la policía, que le habían regalado sus compañeros de promoción al ser ascendido a jefe superior, y la abrió:

Hola, Sánchez. Prefiero llamarte Sánchez, aunque sé que tus compañeros de la policía te llamaban Iñaki para euskaldunizarte el nombre. Enhorabuena. Habéis ganado. La Organización fue derrotada y se disolvió. Te tengo que dar las gracias por haber acabado con toda aquella locura. Pero estoy seguro de que coincidirás conmigo en que todavía permanecen viejas heridas abiertas, supurando, y que solo sanándolas devolveremos cierto equilibrio a esta historia de buenos y malos.

Ahora mismo estarás pensando de qué va todo esto. Sabes quién soy, pero no me vas a reconocer. No hay mucho rastro de mí.

Me conoces, sí, me conoces porque hace muchos años me torturaste. Aguanté, Sánchez, pero me rompiste vivo. Por eso sé que te llamaban Iñaki. Porque mientras me aplicabas los electrodos en aquella comisaría, tu superior, al que llamabas «jefe», sin nombre ni apellidos, se reía bien alto y te gritaba que subieras la potencia de las descargas: «¡Dale duro a este hijo de puta, Iñaki!». Y tú le hacías caso. Y sonreías. Y me susurrabas al oído que me ibas a freír vivo, y que te diera nombres.

La mente de Sánchez empezó a volar hacia el pasado. A los años duros. A los tiempos oscuros de sótanos y gritos. De sudor y nicotina. De sangre y babas. De quejidos, llantos y orines. De discusiones entre compañeros para establecer los límites en los interrogatorios. De las órdenes de los superiores que nunca venían por escrito. De los policías novatos a los que se los encanallaba con las misiones más sucias y complicadas, y a los que se los aleccionaba después a soltar su adrenalina en un calabozo sucio e insonorizado. Él fue uno de ellos. Él les dijo a muchos detenidos que los iba a freír. El autor de la carta podía ser cualquiera de ellos.

Sánchez siguió leyendo con curiosidad. ¿De qué iba esto? ¿Ese tipo quería venganza?

Ahora mismo estás repasando mentalmente esa situación solo para darte cuenta de que se repitió tantas veces y fue tanta la gente que pasó por tus manos, que todavía sigues sin saber quién soy.

Nunca confesé. Y nunca me pillaste.

Y poco después de aquella sesión aterradora donde casi consigues acabar con mi dignidad, yo dejé la Organización.

Lo que me hiciste ha marcado el resto de mi vida. Me falta una uña, tengo erosiones negruzcas por todo el cuerpo y un dolor crónico en los riñones. A veces, por las noches, me despierto gritando, soñando contigo, con tu cara y la de tus secuaces.

Me humillaste, me quebraste los huesos y me arrancaste la autoestima.

Supongo que después de tantos años torturando, siendo un burócrata del dolor, habrás entendido que aquello no servía para nada. Que todos te decíamos lo que querías oír con tal de que frenaras en tu sadismo. Porque eras un auténtico hijo de puta, Sánchez. Un funcionario cruel y bárbaro. Pero te quiero ayudar, si tú me ayudas. Porque tú ya eres otro. Y yo también soy otro.

El comisario dio la vuelta a la hoja, rápidamente, para seguir leyendo. Ya no tenía ninguna duda de que, en efecto, ese hombre había pasado por sus manos. No parecía querer ajustar cuentas, más bien parecía que en las siguientes líneas iba a proponerle algo.

Estoy dispuesto a confesar un secuestro y un asesinato que nunca resolviste. Sé que ahora mismo sabes de quién te estoy hablando. Sí, el asesinato del industrial Imanol Azkarate. Fui yo. Sé que intentarás llegar a mí antes de que pueda volver a escribirte. Quédate con mi ADN si encuentras algo en el sobre, pero no tendrás con qué compararlo. Somos ya demasiado mayores, Sánchez, y no estoy en ninguna base de datos. Todo pasó hace mucho tiempo. Estoy dispuesto a decirte quiénes fuimos, a confesar quiénes le secuestramos. A aclarar ese asesinato sin resolver, y pagar por ello.

El pulso del comisario empezó a acelerarse. El caso Azkarate era su caso. Su cuenta pendiente. Posiblemente el asesinato de la Organización que más impacto le produjo. Puso todo su empeño personal en resolverlo, pero fue inútil. Se detuvo a mucha gente, se interrogó a muchos sospechosos. No consiguieron nada. Todas las líneas de trabajo encallaron. Sánchez nunca olvidó el rostro de aquella joven cuando fue a reconocer el cadáver de su padre.

Hubo, recuerda, cierta ritualización en cómo había sido colocado. Cierto respeto por el cuerpo. Sentado. Apoyado contra un árbol. Con las manos sobre su regazo. Como si se hubiera quedado dormido. Una especie de dignidad muy diferente a la habitual en otros secuestros y asesinatos de la Organización, en los que los cadáveres eran abandonados tal y como caían al suelo. El que mató a Azkarate tuvo un cierto respeto con su víctima y eso le había llamado la atención entonces. El que mató a Azkarate ahora le estaba escribiendo.

Sí, Sánchez, he dicho «asesinato». Porque yo fui el asesino. Yo disparé a ese hombre.

Y quiero pedirte un favor. Me gustaría que tú también confieses. Que reconozcas que fuiste un torturador despiadado. Y aunque la aberración de tus actos no ha impedido tu ascenso profesional, tu éxito como policía, quiero pedirte que hurgues en lo más oscuro de ti, como yo lo he hecho. Que rebusques en la maldad que también anida en tu interior. Que sigue ahí, escondida, agazapada, tratando de pasar desapercibida en estos nuevos tiempos donde todos nos hemos olvidado de lo que fuimos y de lo que hicimos.

Se vive bien en esta amnesia colectiva. Y hay cierta prisa por olvidar todo lo que pasó. Por pasar página. Sé que cada uno defenderemos por qué actuamos de aquella manera. Incluso, como yo, algunos nos arrepentiremos. Son nuestras verdades. Imperfectas, porque cada uno tenemos una, pero nuestras, ¿verdad, Sánchez?

Te cambio tu pasado por el mío.

Te cambio tu honor por mi condena.

Tu responsabilidad con tanto dolor a cambio de mi cárcel.

En esta historia yo fui de los malos, lo reconozco. ¿Y tú, Iñaki?…

El comisario Ignacio Sánchez, Iñaki el torturador, Nacho, como le llamaba su difunta esposa, y el resto de yoes que acumulaba el viejo policía convulsionaron todos a la vez dentro de su baqueteado cuerpo. Volvió a leer la carta un par de veces más solo para cerciorarse de que, en efecto, la letra no le sonaba de nada. Miró por la ventana del despacho, por la que empezaba a entrar un sol templado de finales de verano, y sonrió. Algo en su interior se había removido. Un viejo cosquilleo que no sentía hacía años.

3

Lunes

El gorjeo se podía escuchar perfectamente. Había empezado a lloviznar. Pequeñas gotas se agarraban a la áspera piel de las manzanas, que colgaban de sus ramas esperando a ser recogidas. Dos insolentes txantxangorris parecían tener una fuerte discusión entre los arbustos que adornaban la tapia de la casa familiar de los Azkarate. La hierba estaba recién cortada y el olor del ganado del caserío cercano se mezclaba con el aroma a humo que emanaba de la chimenea del salón. El caserón tenía casi dos siglos de antigüedad y se decía que había sido refugio de una partida de partisanos carlistas que hostigaban a las guarniciones liberales de San Sebastián y a los soldados que custodiaban el puerto de Pasajes. El blasón familiar, un escudo de piedra deteriorado por el tiempo, se mantenía aferrado a la fachada principal. En los días claros, desde esta ladera del monte Jaizkibel se podía ver San Juan de Luz, en el lado francés, y las peñas de Aia en el lado guipuzcoano. En el pórtico de la casa, resguardada del sirimiri, Alasne Azkarate se preguntaba cuándo fue la última vez que había visto un txantxangorri. Hacía muchos años que todos sus recuerdos entrañables, los que te hacen sonreír y evocar, parecían estar bloqueados.

Todo su pasado se había vuelto a reescribir el día que asesinaron al aita. Inconscientemente, su cerebro había decidido que la dulzura o el sentimentalismo eran bienes prescindibles. Que la risa era solo una convención social que utilizaría en sus relaciones profesionales y siempre a distancia, casi con desdén. De manera forzada. Apoyada en una de las columnas de madera del porche, con los ojos cerrados y los brazos cruzados, escuchaba en silencio el canto de los pájaros, buscando en su melodía alguna cadencia, algún ritmo repetido que le permitiera saber si su conversación seguía siendo tensa o ya se habían reconciliado.

Con su larga melena blanca peinada hacia un lado y su expresión siempre seria, con un porte elegante pero un tanto taciturno, los pocos amigos que la frecuentaban la comparaban con una de esas protagonistas tristes y solitarias del romanticismo inglés del XIX. Siempre ensimismada. Esperando sombras. Buscando fantasmas.

Aunque habían pasado treinta y cinco años, Alasne recordaba todos los días aquel bosque, cerca de casa, donde encontraron el cuerpo de su padre. Un único fogonazo de memoria cada mañana. Un latigazo a su sensibilidad. Porque ella tuvo que reconocer el cadáver. Y vio lo que habían hecho a su aita. Su cuerpo sentado estaba doblado sobre sí mismo y apoyado en un haya alta y delgada, como esos troncos en los que se ata a los reos que van a fusilar. La cabeza caída sobre el pecho. La sangre, que le brotaba desde la nuca, le había teñido toda la camisa. Las gafas de leer que había a su mano derecha parecían haber sido tiradas allí, después de muerto. Su mano izquierda cerrada, aferrando algo. Un puño apretado del que sobresalía un pequeño papel de hoja cuadriculada en el que ponía «Maite zaitut, bihotza». Las tres palabras susurradas con las que su padre la dormía todas las noches de pequeña. «Te quiero, cariño».

¡Cuántas veces se imaginó a su aita escribiendo esa nota! Atemorizado, angustiado, imaginando que su ejecución era inminente. Siempre creyó que sus secuestradores le permitieron escribir en su cautiverio y que el día de su muerte consiguió engañarlos guardándose un mensaje en la mano. Porque a Imanol le gustaba mucho tomar notas de cualquier cosa. Seguro que los había convencido de que así se aburriría menos y el secuestro sería más llevadero. Y reconocía que sentía orgullo de que su padre consiguiera esconder ese mensaje, que era solo para ella. Por eso lo llevaba siempre colgando del cuello. Enrollado sobre sí mismo y dentro de un minúsculo cilindro transparente. «Maite zaitut, Bihotza». Una despedida. Una caricia. Un abrazo. Un adiós. Toda una vida resumida en tres palabras. Un verso tristísimo. Un trozo de papel que el policía que investigó el caso sin haber dado con los asesinos le devolvió a Alasne allí mismo, junto al haya alta y delgada.

—Es la letra de su padre, ¿verdad?

—Sí —respondió ella entre sollozos.

—Quédeselo. Es para usted —le dijo el agente—. La llamaremos para que lo lleve a comisaría. Es una prueba, pero ahora lléveselo. Es suyo. Lo siento mucho. Le prometo que los encontraremos.

Por eso Alasne no había vuelto a ese bosque donde jugó al escondite tantas veces de pequeña o donde años después perdió la virginidad. Aquel lugar mágico de su juventud se convirtió en un paraje prohibido al que ni siquiera miraba cuando pasaba con su coche de vuelta a casa. Porque aquello, el secuestro y asesinato de su padre, lo cambió todo. Dejó de salir con sus amigos de siempre, dejó de sentirse orgullosa de sus anteriores simpatías nacionalistas y dejó incluso de hablar en euskera. Se negaba a utilizar una lengua por la que habían matado a su padre. Imanol Azkarate. Vasco de mil generaciones. Un hombre afable, sensible, emprendedor, que había empezado de muy joven distribuyendo sifones de soda por los bares de toda Guipúzcoa en su propia camioneta y que se había convertido con los años en el mayor distribuidor de bebidas de toda la provincia.

Sus viejas botas de ir al monte, las mismas que llevaba cuando lo secuestraron, seguían estando en el soportal del caserío, vigilando la llegada de las galernas. Manchadas todavía con el barro de su último paseo. Alasne había decidido que continuarían allí hasta que alguien respondiera por su asesinato. Aunque no pretendía engañarse a sí misma. Sabía que eso no iba a pasar. Pero verlas allí, en el suelo, era en el fondo una manera de sentirse acompañada. Le gustaba sentarse en las sillas de mimbre del pórtico y perderse en sus pensamientos, mientras acariciaba el colgante con el mensaje. «Te quiero, cariño».

Alasne sintió un pequeño escalofrío. La temperatura había bajado de repente. Entornó los ojos para mirar hacia la cima del Jaizkibel, intentando atravesar con su vista la turbia cortina de sirimiri que había enfriado la tarde. Una grumosa lámina de nube blanca descendía desde la cumbre, muy baja y pegada a la montaña, como la nata de la leche hirviendo cuando se sale de la cacerola.

Aita, creo que viene galerna. Voy a sacar la compra del coche y recoger el correo —dijo Alasne en alto, mirando hacia las dos botas marrones.

Lo hacía de manera inconsciente. Simplemente le salía hablar con su aita. Como si continuara por allí, calculando el tiempo que faltaba para que la lluvia arreciara o aconsejándola si ese año había que sembrar tomates o coles en el huerto de enfrente. Alasne no hablaba en alto pensando lo que su padre haría o contestándose ella misma. No. «Eso lo hacen las locas», se repetía a menudo. Alasne le hablaba a su padre porque quería seguir sintiéndolo cerca. Le preguntaba sabiendo que nunca obtendría respuestas, que ni siquiera el policía que investigó el caso se las pudo dar, que nunca encontraron a los asesinos. Pero se sentía reconfortada en su soledad.

El fuerte viento del Cantábrico, racheado, constante, hizo caer algunas manzanas de los árboles. Alasne cogió un impermeable azul claro que había colgado detrás de la puerta y se dio prisa en salir. Los dos txantxangorris echaron a volar al ver a la única hija de Imanol Azkarate acercarse en su dirección. Alasne, que los vio irse con sus conversaciones a otra parte, pensó que le gustaría que volvieran o, incluso, que anidaran en alguno de sus manzanos. Al cerrar el maletero del coche se apartó un momento la capucha del chubasquero para comprobar si había correo en el buzón. Con un gesto despreocupado, recogió la única carta y entró rápidamente en el jardín del caserío. Cerró la cancela y se apresuró a llegar al porche para refugiarse de la lluvia.

Su rostro estaba ahora serio y un poco tenso. En el soportal de piedra, sin esperar a entrar en el salón, junto a las botas de su padre leyó el destinatario de la carta: «A la hija de Imanol». Se quedó petrificada. No ponía ningún nombre. Ningún apellido. Dos líneas más abajo, la dirección de la casa. Dio la vuelta al sobre inmediatamente para leer el remitente. Solo había un enigmático «lo siento» escrito en tinta azul. Una gota de lluvia había desdibujado la última letra. La o.

4

Lunes

La barra del bar Ametza estaba como siempre atestada de pintxos. Una decena de turistas japoneses los miraban con entusiasmo, memorizando los que iban a elegir, antes de decírselo a su guía. De la cocina se escapaba un estimulante aroma a hongos recién salteados y por todo el local se escuchaba el tintineo de los vasos de txakoli chocando los unos con los otros mientras un camarero lo escanciaba desde lo alto. Las pequeñas burbujas estallaban al impactar contra el cristal y los japoneses fotografiaban la escena con sus móviles, fascinados por la precisión y la rapidez con la que les servían. Todas las mesas estaban ocupadas por clientes que hablaban también en francés, inglés o italiano. El bullicio quedaba relativamente tamizado por la música de Oskorri, que sonaba a través de los altavoces recordando los tiempos de una Euskadi sin turismo, sin apenas visitantes. La Euskadi que le gustaba a Zigor Altuna, que como todos los días a media mañana había salido de su bufete para tomarse un café en la parte vieja de San Sebastián.

—Los japoneses son los mejores clientes. Apenas hablan, eligen cuatro pintxos cada uno, dejan buena propina y se van sin hacer ruido y sin quejarse de nada —le dijo Lander, el camarero, mientras limpiaba a su lado varios vasos con un trapo que llevaba colgado de la cintura.

Zigor observaba a los turistas desde el fondo de la barra, de pie, como siempre, dando pequeños sorbos a la taza. Con cincuenta y cinco años, se mantenía en muy buena forma. Alto, muy moreno y bien parecido, salía a correr todas las mañanas por el Paseo Nuevo y se escapaba al monte en cuanto podía. A Zigor le gustaba ese hueco del bar; era la única zona que no había cambiado desde la reforma que había hecho el dueño unos años antes. Allí seguían, como vestigios de un pasado muy cercano, la vieja cabina verde de teléfono que ya nadie utilizaba y la hucha negra con la pegatina que reclamaba el acercamiento de presos a Euskadi. A Zigor no le gustaba la nueva normalidad vasca. No le gustaba que las calles de la parte vieja de San Sebastián, sus calles, se hubieran convertido en un territorio intransitable y atestado de visitantes.

Es verdad que cuando acompañaba a clientes extranjeros que venían a cerrar negocios en su bufete, él se encargaba personalmente de bajar con ellos, pasear por esas mismas calles y alardear de los pintxos: «Micrococina de alta creación —les decía—, que es otra de las singularidades que hacen que este pueblo sea diferente». También es cierto que el final de la violencia había permitido que su despacho, Bufete Altuna, especializado en derecho mercantil, se hubiera convertido en el más prestigioso de la provincia. Empresas extranjeras, multinacionales o grandes corporaciones que habían decidido invertir en el nuevo País Vasco recurrían a sus servicios para cerrar los grandes acuerdos. No le iba nada mal a Zigor Altuna, que al dejar un par de euros encima de la barra para pagar el café no resistió la tentación de coger la hucha negra y agitarla en el aire para sopesar su contenido.

—¡A los presos les llega cada vez menos dinero! —exclamó.

—Ya nadie se fija en la hucha —contestó Lander—. Ni los de siempre, Zigor. Ni tú, que tampoco echas dinero nunca. Estoy pensando en quitarla, porque nadie deja pasta y tampoco me da buena imagen ante muchos clientes. Los presos están más solos que nunca. Solo existen para sus familias.

Zigor apuró el café sin contestar y se quedó pensativo unos segundos. Lander, el camarero, tenía razón. Desde que todo paró, desde que la Organización decidió disolverse, él también había optado por alejarse de aquel entorno y centrarse en su nuevo horizonte profesional. Habían fracasado. Eso era una realidad. Habían pretendido una insurrección popular y ese mismo pueblo les había dado la espalda. Aquella Euskadi por la que habían arriesgado tanto resultó ser una quimera. Aunque a Zigor Altuna no le habían cogido nunca, aunque eran muy pocos, casi contados con los dedos de una mano, los que conocían su discreto pasado de militante, sentía como una derrota inconsolable tantos y tantos años de lucha.

Sin embargo, su pragmatismo, el mismo que le había permitido sobrevivir entre las sombras de la violencia, se había impuesto hasta convertirlo en una persona admirada y admirable. La exagerada autoestima de Zigor le hacía contemplarse a sí mismo como alguien con capacidades extraordinarias. Alguien que había engañado y sorteado durante años a la Policía, a la Guardia Civil y a la Ertzaintza. Que había sido capaz de pasar de terrorista (no le gustaba ese término, pero lo pensaba para enfatizar su logro) a reputado abogado. Sin que nadie supiera su verdadera identidad, quién era realmente. Su tóxico narcisismo le hacía sentirse tan superior, tan inteligente, tan sagaz, que a veces consideraba que no había tenido enemigos a su altura.

Ya no le importaba ser uno de aquellos a los que antes despreciaba. Es más, si lo iba a ser, tenía que sobresalir entre ellos. Años antes había ordenado secuestrar o extorsionar a muchos de los que ahora le s

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