Madrid, verano de 1991
Cuando ocupé mi asiento en el avión, aún conservaba esa sonrisa tonta que se me había dibujado en la cara unas horas antes. Pagar 8.000 pesetas por exceso de equipaje y sentirme la mujer más ligera del mundo hasta me pareció divertido.
Empecé a notar algunas miradas indiscretas así que, sin dejar de recrearme en esa desconocida y placentera sensación, aparté la idea de la cabeza y adopté una expresión más acorde con lo que tenía por delante: estábamos listos para despegar.
A punto de elevarme a 30.000 pies sobre el suelo, justo en ese preciso instante, me di cuenta de que estamos formados por retales, que cada uno de nosotros toma y deja algo en los demás y que la trama de nuestras vidas se teje con madejas de todos los colores.
Plegué la mesita del asiento delantero, cerré los ojos y, mientras el avión recorría la pista preparándose para el despegue, como en una película, las imágenes de mis últimos meses en Madrid se fueron sucediendo vívidamente ante mí.
Me vi entrando en aquella academia buscando cómo ocupar mi escaso tiempo libre, encontrar algo que me distrajera de una existencia anodina. ¿Cómo iba a sospechar entonces que aquellas mujeres, que tan generosamente me abrirían su corazón para compartir vivencias, historias pasadas, risas y alguna lágrima aguja en mano, cambiarían mi vida para siempre?
Recordé aquella primera tarde, cuando encontré a doña Amelia en la puerta con los labios pintados del carmín más rojo que se pudiera encontrar en la planta baja de El Corte Inglés, con un porte que dejaba entrever su origen y que hacía que te preguntaras qué hacía allí. A su lado estaba Julia, con los ojos más vivos que jamás he visto, menuda y nerviosa, con un entusiasmo del que era imposible escapar.
Cada una de las puntadas que he dado desde aquel día se han convertido en los pasos que me han guiado hacia el destino que yo sentía que la vida me negaba y que ahora se presentaban ante mí como un camino cierto que debía seguir.
Pero empecemos por el principio: en la vida, como en la costura, las prisas nunca son buenas.
INVIERNO
1990
1
Todos tenemos un sueño y Julia acariciaba el suyo desde hacía mucho tiempo. Empezó a alimentarlo de pequeña cuando, sentada a los pies de Nati, su madre, jugaba con unos retales a hacerle ropita a una Mariquita Pérez que en su casa no se podían permitir. La muñeca era un regalo de doña Amelia, la señora más amable de todas las que encargaban trabajos de costura a su madre.
Corrían los años cincuenta en un Madrid de posguerra que intentaba levantar cabeza. Las habilidosas manos de Nati y su inquebrantable espíritu de lucha hicieron que nunca le faltara el trabajo entre las señoras del barrio de Salamanca, siempre deseosas de lucir impecables y novedosos diseños.
La costura mantenía a aquella familia y pagaba los medicamentos que su padre enfermo necesitaba. Julia no conocía otra vida, trabajo duro, sacrificio y la certeza de que ella compartiría el mismo destino que su madre, de quien aprendió el oficio desde bien jovencita. Sin embargo, ella se permitía soñar. Se perdía entre los pasillos de las tiendas de telas, se imaginaba vestida con los tejidos más finos y se veía de mayor, viviendo en una casa elegante, como aquellas que en ocasiones visitaban juntas. La mayoría tenía una puerta de madera labrada en cuyo centro había siempre una mirilla de bronce que la mantenía alerta, inmóvil y en silencio hasta que la oía deslizarse. Tras la puerta, una asistenta sobriamente vestida, que casi nunca sonreía, las conducía a una salita donde ambas permanecían de pie, cogidas de la mano hasta que aparecía la dueña de la casa.
Casi todas las señoras eran mujeres estiradas y secas en el trato. Sin embargo, doña Amelia, algo más joven que las demás, era amable y siempre le ofrecía algún dulce. Entonces, como si se tratara de una ceremonia, Julia se volvía hacia su madre hasta que esta asentía con la cabeza dando su aprobación. Así pasaba el rato, entretenida mientras observaba cómo con cada prueba las prendas iban cobrando vida y cómo Nati, con un acerico en la muñeca, iba marcando una pinza, entallando una cintura, cogiendo un bajo... Le fascinaba descubrir cómo una pieza de tela podía convertirse en un vestido con vuelo, de esos que te hacen querer girar sin parar, sus favoritos; o mejor aún, los que llegaban hasta el suelo, esos que parecían propios de una princesa y atraían las miradas de todos los presentes.
Sin duda, aquellos años entre hilos y tejidos fueron un estímulo para desarrollar su creatividad y el germen de una idea que iría tomando forma como lo hacían las prendas, prueba tras prueba. Pero la vida de Julia aún tendría que experimentar muchos cambios y todos ellos, desafortunadamente, ocurrieron más deprisa de lo que hubiese querido.
Su padre falleció poco después de que ella cumpliera los quince, tras pasar años en cama aquejado de una dolencia pulmonar que tardaron en diagnosticar como tuberculosis. La enfermedad estaba muy avanzada, los antibióticos escaseaban y no eran baratos. Era vital asegurar la continuidad del tratamiento para poder curarle, y aunque Nati se afanara en conseguirlo y Julia echara horas fregando las escaleras de algunas comunidades de vecinos, no les fue fácil.
Después de la muerte de su padre, Julia dedicó cada vez más tiempo a ayudar a su madre con los arreglos que le llegaban. Por fortuna no les faltaban los encargos y aprendió muy rápido un oficio que cada vez la absorbía más.
Comenzó a servir en casa de doña Amelia al cumplir dieciséis años, cuando los señores, ajenos a las manifestaciones de estudiantes que se vivían en un Madrid en estado de excepción, se mudaron al magnífico piso de la calle Claudio Coello. Les faltaba personal de servicio externo y doña Amelia no dudó en preguntarle a Nati por su hija. Sabía de la reciente muerte de su marido e imaginó que el trabajo le vendría bien. Aquella niña dulce y educada que acompañaba a su madre durante las pruebas se había convertido en una jovencita alegre y dispuesta, justo lo que ella necesitaba. Por eso no dudó en acogerla cuando su madre enfermó y tuvo que dejar de coser para ella. Si emplearla había sido una forma de ayudar a la familia y de tener compañía, los lazos entre ellas se estrecharon aún más tras el fallecimiento de Nati pocos años después.
Doña Amelia provenía de una familia que encadenaba una lista de apellidos compuestos cargados de guiones y preposiciones, lo que solía ir ligado a una buena posición social. Se había criado entre los más finos linos y sábanas de hilo bordadas por las monjas más diestras de los conventos de Madrid. Todo su ajuar —sábanas, toallas, mantelerías, pañuelos— llevaba bordadas sus iniciales. A veces Julia curioseaba en los cajones de la antigua cómoda del cuarto de la plancha y descubría auténticos tesoros: mantelerías de doce servicios con sus servilletas a juego con sofisticadas vainicas, bordados y puntillas, cubrebandejas de guipur, tapetes de bordado francés, todo cuidadosamente envuelto en papel de seda amarilleado por el paso de los años.
Pero, a pesar de su buena cuna y de las comodidades entre las que había crecido, podía intuirse que doña Amelia no se había casado tan joven solo por amor, sino porque los rimbombantes apellidos de su familia ocultaban una situación económica delicada. La menor en una casa de siete hermanos varones se encaprichó de don Javier, un apuesto joven llegado a Madrid decidido a prosperar a toda costa, y su padre vio en él al candidato ideal para casar a su pequeña. Los tiempos, para cada cual a su manera, seguían siendo difíciles.
El matrimonio le abrió las puertas a un mundo nuevo, divertido, a una agitada vida social, viajes a Europa, recepciones y cenas de gala, a las que asistían como parte del ritual acordado, para que su esposo pudiera integrarse en un círculo en el que aún no se sentía cómodo, pero donde le era imprescindible encajar.
El vestidor de la señora era un espectáculo. La naturaleza la había bendecido con una belleza y un cuerpo apto para cualquier diseño y ella hacía lo imposible por mantenerse al tanto de las modas y las últimas tendencias.
A principios de cada temporada, la madre de Julia visitaba las tiendas de tejidos de Velázquez y Serrano para hacerse con algunas muestras y poder enseñarle a doña Amelia las novedades. Luego decidirían juntas, no sin antes hojear las últimas tendencias en El hogar y la moda y Teresa, las revistas de moda del momento.
Aquello duró tres años, hasta que por fin doña Amelia se quedó embarazada. Ella empezó a pasar más tiempo sola en casa mientras él no dejaba de encadenar reuniones, viajes y compromisos. Pronto, la joven madre se rindió a la evidencia: una vez cubiertos los objetivos vitales de ambos, su matrimonio se reveló como poco más que una fantasía que no tardó en desvanecerse. El señor descubrió las delicias de la ciudad y se entregó a su vida social mientras ella suspiraba por que le prestara algo más de atención, que compartieran más salidas al cine y al teatro, y también con retomar los paseos en verano por su añorada San Sebastián cuando Madrid se quedaba desierta en pleno mes de agosto.
Con el nacimiento del pequeño Alfonso, correr detrás del niño por el parque del Retiro o disfrutar de alguna tarde de cartas con las escasas amigas que tenía cerca se convirtieron en las diversiones más emocionantes a las que doña Amelia podía aspirar. A pesar de su juventud, perdió la frescura de su mirada, olvidó el carmín en un cajón y se volcó en su hijo. Así vivió los años de infancia y pubertad del niño, salpicados por algunos embarazos fallidos que la sumieron poco a poco en un sentimiento de tristeza que no fue capaz de dejar atrás.
Al crecer, Alfonso se fue descubriendo como un muchacho con una sensibilidad especial que chocaba frontalmente con lo que su padre esperaba de él, un heredero que continuara la saga familiar y tomara las riendas de sus negocios cuando él faltara. Los desencuentros entre ambos se volvieron cada vez más frecuentes. Las discusiones y las diferencias fueron aumentando con el tiempo y a doña Amelia le tocó mediar entre ellos. Comprendía a su hijo y entendía que tenía derecho a seguir su propio camino, pero su marido se cerró en banda y Alfonso se vio obligado a marcharse de casa cuando aún era muy joven.
La única presencia constante en la vida de doña Amelia pasó a ser la de Julia, quien cada mañana, al cruzar el umbral de la puerta principal, inundaba la casa con su alegría.
Doce años después, don Javier falleció repentinamente de un ataque al corazón que cogió por sorpresa a la familia y a los amigos más cercanos, pero no a sus socios y a su médico, que venían advirtiéndole de que un estilo de vida tan estresante acabaría pasándole factura. El ritmo frenético de trabajo al que estaba sometido y algunas inversiones equivocadas, alentadas por el prometedor horizonte de un 1992 en que había puesto muchas esperanzas, terminaron de minar un corazón que ya estaba tocado desde hacía tiempo. Él nunca se tomó su hipertensión como algo serio, decía que prefería vivir a su manera el tiempo que pudiera que vivir a medias y llegar a viejo.
Su muerte supuso un golpe muy duro para doña Amelia, un imprevisto difícil de encajar. No solo porque tuvo que enfrentar la pérdida de su marido, sino porque, al hacerlo, se dio de bruces con un puñado de sentimientos que no sabía cómo manejar. Pensaba que debía convertirse en una viuda afligida y sumirse en el duelo más profundo y, al mismo tiempo, se descubrió fantaseando con la posibilidad de tener al fin una vida diferente. Sentía vértigo ante la posibilidad de quitarse el corsé que la constreñía, de dejar de fingir la entrega a un matrimonio que había dejado de existir hacía demasiado. Pero, sobre todo, ante la esperanza de recuperar a su hijo.
Julia fue el gran apoyo de doña Amelia durante los días siguientes al entierro, para soportar los pésames, las esquelas en los periódicos y todos los demás ritos, costumbres y pomposas muestras de afecto, sinceras o no, que se sucedieron tras el fallecimiento de don Javier y con los que era inevitable cumplir. De pronto, se quedaron las dos solas en el inmenso piso de Claudio Coello y Julia comenzó a pensar que sus servicios ya no eran necesarios, de modo que se decidió a hablar sinceramente con la que había sido su señora durante tantos años. Había surgido una posibilidad de cumplir un viejo sueño y tal vez era el momento de lanzarse a por él.
—Doña Amelia, ahora que el señor ha fallecido, puede que usted ya no me necesite y quiera mudarse a su antiguo piso; al ser más pequeño puede que le resulte más cómodo y manejable. Sabe que mi sueño siempre ha sido dedicarme a la costura, como hacía mi madre. Llevo algunos años ahorrando y me gustaría alquilar un local en mi barrio donde podría empezar un negocio de arreglos y, como ya acabé el curso de corte y confección, ampliarlo con encargos o, con el tiempo, enseñar a coser.
Después de haber reunido todas sus fuerzas y compartido sus planes con ella, pensó que quizá se había precipitado, pues en la casa aún se recibían cartas de pésame y puede que no fuera el mejor momento para plantear que se marchaba. Pero ya no podía esperar más, las oportunidades pasan y hay que saber verlas a tiempo.
—Acércame un vaso de agua.
Se movió tan rápido como pudo mientras doña Amelia sacaba una pastilla del cajón, la tragaba con un sorbo de agua y dejaba el vaso sobre la mesa de té.
Julia era mucho más que personal de servicio. En estos veintidós años juntas habían construido una relación de amistad y confidencias muy sólida. Doña Amelia la conocía desde pequeña y siempre le había tenido un cariño especial, le inspiraba mucha ternura. Era en quien solía refugiarse en los malos momentos y quien conseguía hacerla reír. Su carácter abierto y su bondad la conquistaron desde la primera vez que la vio.
—Entiendo. Hablamos el lunes si no te importa, ahora me voy a acostar. Alfonso llega mañana a primera hora y necesito dormir. Discúlpame, Julia.
Dudando sobre si debería haberlo dejado para más adelante, Julia se cambió de ropa y, al salir, cerró la puerta con cuidado intentando no hacer ruido.
Mientras recorría el trecho que le quedaba hasta su casa en Embajadores, no paró de darle vueltas. «Tenía que haber esperado unos días, con lo abatida que doña Amelia está ahora, pero claro, y si me quedo sin el local, y si tengo todo al alcance de las manos y se me escapa por dos días... Desde pequeña he soñado con coser, me he formado para ello, he aprendido tanto de mi madre..., no quisiera que toda mi vida transcurriera en esa casa. Sé que tengo mucho que ofrecer y que la vida está para vivirla. Un día enfermas y se acabó, no quiero que ese día llegue sin tener la certeza de que hice todo lo que pude por labrarme un futuro. Bien sabe la señora que para mí es casi una madre y que le estoy muy agradecida por lo que ha hecho por mí, pero no quiero renunciar, siento que esta es una buena oportunidad. Espero que ella lo sepa ver así».
Sin embargo, lo que no imaginaba Julia era que sus palabras no habían caído en saco roto. Doña Amelia no tardaría en darse cuenta de que quizá ese proyecto era lo que le hacía falta para poner de nuevo en marcha su vida. Ayudar a Julia le permitiría no solo devolverle parte de lo mucho que había hecho por ella todos estos años, sino también compartir su ilusión. Pero ¿por qué no dar un paso más y embarcarse juntas en aquella aventura?
Era temprano cuando, a la mañana siguiente, sonó el timbre. Doña Amelia todavía seguía en bata, pero eso era lo de menos. Salió al descansillo a recibirle, el recorrido del ascensor se le hizo eterno.
—Alfonso, corazón, qué alegría más grande —exclamó abrazándole con todas sus fuerzas.
Sostuvo su cara entre sus manos y con los ojos llenos de lágrimas observó fijamente a su hijo. Su rostro se le aparecía como el de aquel muchacho que se fue de casa tantos años atrás. Larguirucho, despeinado, con la camisa por fuera, un vaquero desgastado y algo parecido a un petate al hombro.
—Al fin aquí, mamá, estos días se me han hecho tan largos. ¿Cómo te encuentras? Déjame verte. Estás fantástica. Cuéntame, tenemos tanto de que hablar... Hubiera querido venir enseguida, pero me ha sido imposible. No sabes cómo está Barcelona con tanto proyecto por terminar antes de las Olimpiadas.
—Mucho mejor así, de veras, no sabes lo que ha sido esto. Una locura de gente que ni conocía hablándome de lo mucho que apreciaba a tu padre, de lo gran persona que era. Socios con sus esposas, compañeros de trabajo, empleados..., hasta el bedel apareció por el tanatorio, todo inundado de coronas que no me decían nada, una pesadilla. Y tan repentino que aún estoy en una nube. Es como si no me estuviera pasando a mí, como si fuese a despertar y todo siguiera igual. Pero ¿sabes qué? Para bien o para mal ha sucedido y en este momento te tengo aquí conmigo, y, aun sintiendo su ausencia, no puedo estar más feliz. Puede que eso me convierta en una mala persona, pero es exactamente lo que siento.
—No tienes nada que reprocharte. Anda, vístete y salimos a desayunar, tengo muchas ganas de volver a pasear por Madrid. ¿O prefieres que haga café?
—Me visto corriendo y salimos. A mí también me apetece tomar el aire.
Doña Amelia se perdió en su vestidor mientras Alfonso recorría una casa que no había pisado en doce años. Todo seguía como lo recordaba, las mismas pesadas cortinas con borlones en sus abrazaderas, el mismo tapizado de terciopelo en el orejero de capitoné donde don Javier fumaba sus puros, el chéster de piel que, incluso desgastado por los años, mantenía ese carácter burgués que Alfonso siempre detestó.
Nada había cambiado de lugar, cada cosa seguía inmóvil en el espacio que le había sido asignado décadas atrás, como si cualquier ligero cambio —el ángulo de un jarrón, una foto o una figura de porcelana— pudiera poner en peligro la armonía de un decorado meticulosamente diseñado. Un orden tan rígido que no dejaba espacio para que el aire encontrara nuevos caminos por donde discurrir.
Se asomó a la biblioteca de su padre. Recordaba con nitidez aquella mesa de madera con patas labradas y un tapete de piel verde inglés con un ostentoso ribete dorado alrededor, y el sillón cuyos brazos acababan en una especie de garras de animal cubiertas de pan de oro. Todo permanecía exactamente igual, como si el tiempo se hubiera detenido. Era como contemplar un escenario después de una función, vacío, despojado de las emociones que lo habían habitado.
Su antiguo dormitorio era la única estancia que había sido reconvertida en un cuarto de invitados. Las contraventanas parecían llevar mucho tiempo cerradas y apenas dejaban entrar un haz de luz. Las paredes estaban vestidas con un toile de jouy en tonos burdeos a juego con dos descalzadoras que había a los pies de cada una de las camas, ambas de madera decapada en blanco con cabeceros de rejilla. Las flanqueaban dos mesitas de noche con tiradores dorados en los cajones. Ni rastro de su espacio, aquel lugar en el que creció y del que tuvo que huir para ser él mismo.
Al final del pasillo seguía esa salita donde su madre recibía a sus amistades más íntimas. Allí era donde siempre la veía feliz, ya fuese jugando a las cartas, tomando café o chismeando. Tan llena de vida como entonces, con flores frescas sobre la mesita de té. En las paredes contempló su retrato de niño y las fotografías de los buenos tiempos, recuerdos que para él quedaban muy atrás pero que parecían ser el refugio de su madre.
—Ya estoy, ¿nos vamos? Me muero por unas porras.
—¡La de años que hace que no me como yo unas porras! Oye, ¡qué guapa te has puesto en un minuto!
—Bueno, hago lo que puedo, aunque estoy mayor. Nada que ver con la mujer que dejaste aquí años atrás.
—Pero ¿qué dices? Yo te veo estupenda, y eso que estás pasando por un momento difícil.
—¿Te parece que cojamos un taxi y nos acerquemos a San Ginés? Hace mil años que no voy y mejores porras que allí no vamos a encontrar en todo Madrid.
—¡Porras con chocolate! Por mí, perfecto.
Entraron en el taxi, se tomaron de la mano y en silencio Alfonso fue recorriendo cada una de las calles con la mirada, adivinando qué había cambiado y qué seguía exactamente igual. Sin embargo, aun reconociendo cada esquina, cada acera, cada fuente, todo le parecía más brillante, más nuevo, más vivo.
La emblemática churrería resistía el paso del tiempo. Allí seguían las mesas redondas de mármol blanco y pies de hierro, las sillas negras de rejilla metálica y las roscas de porras recién hechas, que podían olerse incluso antes de entrar en el callejón que le daba nombre.
Encontraron una mesa retirada y tranquila y se instalaron ante una humeante taza de chocolate que doña Amelia tomó con ambas manos para entrar en calor.
—Cuéntame, Alfonso, ¿cómo te va?
—Me va bien, mamá, pero verás, al volver aquí me he dado cuenta de que muchas emociones que creía dormidas se han despertado y no sé muy bien qué hacer con ellas. Tengo que asimilar todo esto, tengo que encontrar la forma de reconciliarme con el pasado. Sentí mucho dolor, rechazo, incomprensión... No tuve más remedio que marcharme. Sé que tú lo entiendes. Tuve que asumir el riesgo de perder mi mejor apoyo, pero estaba seguro de que ese lazo tan fuerte que nos unía entonces perduraría a pesar del tiempo y la distancia.
—Y así es, hijo, así es. Me entristecen mucho tus palabras, pero sé que ese dolor está ahí y es bueno que lo expreses. La pérdida de tu padre se puede convertir en la oportunidad de recuperar todo ese tiempo perdido.
—Sí, yo también lo siento así. Nosotros seguimos aquí, podemos construir de nuevo aquello que tuvimos. La vida sucede y nos toca transitarla haciendo que cada día merezca la pena. No es tarde para nada mientras tengamos los pies sobre este mundo. Dime, mamá, aún es pronto, pero ¿tienes planes? ¿Has pensado qué vas a hacer a partir de ahora?
—En realidad, no. Bueno, anoche me acosté dándole vueltas a una idea. ¿Te acuerdas de Julia?
—¡Claro! ¿Cómo no? Qué maja era, nos reíamos mucho juntos. La recuerdo con mucho cariño, siempre tan atenta y alegre.
—En estos años se ha convertido en mi gran apoyo, ha sido mucho más que una asistenta o como lo quieras llamar; más que una amiga, casi una hija, podría decir. Ayer, después de despedir a la última visita que se pasó por casa a darme el pésame, me contó que quiere empezar un pequeño negocio de arreglos en su barrio. Cose como los ángeles, lo heredó de su madre. Se ha estado formando y es muy buena. Me gustaría apoyarla en esa aventura y devolverle todo lo bueno que ella ha hecho por mí.
—Me parece una idea preciosa, mamá, dice mucho de tu buen corazón.
—Verás, a mi alrededor he visto otras mujeres que se han quedado viudas y han llenado su vida de la misma oscuridad que sus ropas. Se han negado a experimentar nuevas aventuras, a volver a creer en el amor, se han enterrado en vida. Dudo si por una profunda convicción o porque es lo que se esperaba de ellas. Alfonso, he hecho muchas cosas sin que nadie me preguntara qué era lo que yo quería. Cuando yo era joven, la cosa iba así. Teníamos el camino trazado y debíamos seguirlo, y no necesariamente al lado de un marido, sino, en demasiadas ocasiones, detrás de él. Durante estos últimos años, apenas tuve trato con tu padre; tu partida me reveló muchas cosas que cuando estaba a su lado no podía percibir. Mi obligación era seguir ahí, guardar las apariencias, sonreír en las comidas y reuniones sociales; pero mi corazón estaba en otra parte. Ahora siento que la vida me da una segunda oportunidad y no quiero ser una viuda más. Entiéndeme, quise mucho a tu padre, pero él se ha ido y yo sigo aquí, y quiero hacer algo que me apasione con la vida que me queda.
—Mamá, quiero regalarte una frase, creo que es de Machado: «Hoy es siempre todavía». Tienes todo el derecho del mundo a coger las riendas de tu vida y hacer con ella lo que libremente dispongas. No imagino nada más bonito que ayudar a alguien a quien quieres tanto a cumplir su sueño. Esto sí que es un notición. Me encanta la idea.
—El que sabía de negocios era tu padre, yo nunca he prestado mucha atención a los números, pero confío mucho en el talento de Julia y no pierdo nada por intentarlo. El seguro de tu padre nos cubrirá las espaldas durante un buen tiempo y no creo que haya mejor forma de gastarlo.
—Me hace muy feliz escucharte, mamá, las ilusiones son lo que le dan sentido al tiempo que nos queda. ¿Por qué vas a convertirte en una viuda triste más cuando puedes volver a ser dueña de tu vida? Papá me hizo daño, el sentimiento de haberle defraudado me acompañó durante mucho tiempo, pero aprendí a valorar mi felicidad por encima de la suya y a comulgar con lo que me dictaba el corazón. Fue un trabajo arduo, me costó muchas lágrimas. Estando aquí, siento que puede que aún queden algunas heridas por cicatrizar, pero también estoy convencido de que hice lo correcto y más ahora que escucho lo que tú misma me cuentas.
—Entonces, ¿no te parece una locura?
—En absoluto, cuenta conmigo si te puedo ayudar en algo y dale un abrazo enorme a Julia cuando la veas. Me da pena tener que marcharme tan deprisa y no tener la oportunidad de verla. ¿Ya has comentado el tema con ella?
—No, voy a hacer unas llamadas esta misma tarde y el lunes cuando llegue le contaré el plan.
Había un buen trecho de regreso a casa, pero Alfonso tenía muchas ganas de pasear por la ciudad, recorrer la calle Mayor, pasar por la Puerta del Sol, enfilar la calle Alcalá hasta Cibeles... Todos esos lugares en un tiempo tan familiares le resultaban ahora excitantes. El tiempo parecía detenerse y la ciudad le recibía con sus mejores galas, o así lo percibió él.
2
El lunes por la mañana Julia no se había quitado aún el abrigo cuando doña Amelia, que había oído el ruido de las llaves y la puerta cerrarse, se presentó a medio vestir en el recibidor. Llevaba un traje de pantalón con su raya impecablemente marcada, una blusa blanca de botones dorados a medio abrochar y una gargantilla de eslabones. Pero lo que más le llamó la atención fue verla con los labios rojos a los que había renunciado muchos años atrás y que ahora parecían más un símbolo de rebeldía que un dictado de la moda, como el vestido verde de la Adela de Lorca.
—No te cambies, nos vamos a la calle.
—Buenos días, doña Amelia, ¿se encuentra mejor? ¿Ya se marchó Alfonso?
—¿No me has oído? Termino de vestirme y nos vamos. Tengo algo que proponerte —dijo mientras se calzaba—, pero será de camino, nos esperan. Ve llamando al ascensor.
Julia contaba los pisos a través de aquellas puertas de hierro forjado sin salir de su asombro. Al llegar al portal dieron los buenos días al portero, que barría las escaleras y, abrochándose el abrigo, echaron a andar.
Cuando se quiso dar cuenta, ya estaban en la calle Lagasca. Por lo que había oído contar a los vecinos del barrio, calculaba que la antigua sombrerería llevaría cerrada más de cuatro décadas. Presumía de ser la mejor de Madrid, título que probablemente se disputara con La Favorita o Casa Yustas de la plaza Mayor. Desde su inauguración a principios del siglo XIX siempre estuvo regentada por la familia Herederos de Román.
Estaba en el número 5 de la calle —la vida de Julia estaba llena de impares—, las lunas de los escaparates que flanqueaban la puerta de entrada eran redondeadas —propias del estilo art déco que imperaba en los edificios de la época— y la belleza de su diseño invitaba al paseante hacia el interior para mostrarle sus tesoros.
Ahora, tras años de abandono, lucía oscura y triste, una sombra de lo que fue, o al menos eso parecía al mirar a través de aquellos cristales cegados por el polvo acumulado, que deformaban la visión de lo poco que podía intuirse a través de ellos.
La tienda era espaciosa pero acogedora. Un largo mostrador de madera de castaño la recorría. Su frente, labrado a mano, se conservaba en perfecto estado y, sobre él, una antigua caja registradora dorada que marcaba pesetas y céntimos acentuaba el carácter del local. Una elegante boiserie revestía la pared del fondo; delante de ella, dos sillas y una mesita redonda de madera; en la esquina, un paragüero que, con toda seguridad, podría contar mil historias de los clientes que frecuentaban el establecimiento, no en vano, estaba situado en una de las mejores calles del barrio. Se tenía por una de las tiendas preferidas de la alta sociedad de la ciudad.
Bastaba con cerrar los ojos para imaginar cómo debió de haber sido aquel lugar en su mejor momento: los estantes exhibiendo sofisticados sombreros y tocados dispuestos con riguroso orden; los empleados, instruidos para mostrar los más exquisitos modales, a la altura de su clientela...
En la trastienda aún quedaban algunas cajas de cartón forradas de papel, algunos retales de fieltro de lana, moldes de madera y herramientas raras, una máquina de coser industrial y una plancha muy pesada.
Mientras el agente inmobiliario enumeraba las múltiples ventajas que presentaba el local y doña Amelia asentía mostrando un interés contenido, Julia se movía nerviosa de un lado a otro de la tienda.
Ya imaginaba con todo lujo de detalles las mesas de corte, altas y con una lámpara sobre ellas; la zona de plancha y las máquinas de coser; un armario con celosía donde guardar telas, tijeras, acericos y demás; las sillas de madera, con un buen respaldo... Le daría un aire de taller tradicional, lejos de los metacrilatos que se estilaban ahora, quería tener la sensación de llegar a casa al abrir la puerta cada día. Pondría alguna planta y traería los libros y revistas que su madre había ido coleccionando a lo largo de sus muchos años de modista.
Aquel espacio ahora tan lleno de polvo como falto de vida estaba cerca de recuperar todo su esplendor.
—Las dejo un momento a solas para que puedan hablar —comentó el señor de la inmobiliaria saliendo del local.
—Doña Amelia, pellízqueme, esto no puede estar pasando.
—Anda, tranquilízate. Y olvídate ya del «doña», que ahora seremos socias.
—¿Cómo que socias? ¿Pero de qué me está usted hablando?
—Tú eres quien me ha hecho compañía y ha cuidado de mí todos estos años mientras el señor llegaba tarde o no llegaba; tú eres quien me consoló cuando mi hijo se marchó de casa y quien ha aguantado mis lágrimas y mis dramas. Te quiero como a una hija, lo sabes, y ahora quiero ser tu socia.
—Pero... no entiendo.
Doña Amelia continuó hablando.
—Conozco tu sueño y la habilidad de tus manos, sin duda herencia de tu madre. Tú no vas a abrir un sitio de arreglos en tu barrio. Tú te mereces algo más. Mira, el señor tenía un buen seguro de vida, más de lo que voy a gastar de aquí a que Dios me llame a su gloria. Quiero devolverte lo mucho que has hecho por mí. No sé si me quedan quince o veinte años, pero lo que me quede quiero que me sirva para hacer algo bueno, demasiado tiempo he vivido en lo que debía ser, en lo que se esperaba de una señora de mi posición. Se acabó.
—Doña Amelia, no sé qué decir.
—Amelia, Amelia, que vamos a ser socias. Y ahora vámonos, que este señor tiene que cerrar.
—Perdón, perdón, ya voy.
El agente inmobiliario le entregó su tarjeta a doña Amelia y quedaron en hablar esa misma semana. Le comentó que no creía que, tras tantos años cerrada, los herederos no se pusieran de acuerdo. No estaban los tiempos para despreciar un alquiler.
Se despidieron de él y emprendieron el camino de vuelta a casa.
—Doña Amelia, esto es mucho más de lo que jamás hubiera podido soñar. ¿Está usted segura?
—Por favor, ni doña ni usted.
Julia no podía contener las lágrimas, el local estaba en el sitio perfecto, con escaparates a la calle, era espacioso... Y sí, necesitaba unas cuantas manos de pintura y algunas reparaciones, pero confiaba plenamente en devolverlo a la vida.
—Haré algunas llamadas. He sabido de una franquicia de arreglos que se ha establecido hace poco en Madrid. Quizá no sea tan mala idea empezar por ahí, pero lo que sí tengo claro es que tú vales para mucho más. Mis amistades eran clientas de tu madre y saben de tu destreza con la aguja, no nos costará atraerlas. Tenemos mucho trabajo por delante, pero estoy segura de que va a ser un éxito. ¿Se te ocurre algún nombre?
Julia ni siquiera escuchaba, aún estaba intentando asimilar lo que había pasado. Esto superaba con creces el futuro que había imaginado. En unas horas, la idea que tenía en mente había cambiado por completo y tenía mil cosas nuevas en que pensar.
El modesto local de arreglos iba a ser ahora un establecimiento frecuentado por las señoras del barrio de Salamanca. Ya no arreglaría uniformes escolares ni volvería cuellos de camisas, cosería para las señoras que vestían aquellas etiquetas de grandes casas de nombre francés o italiano.
—Yo me ocuparé de las finanzas para que tú te puedas centrar en la parte creativa. Bien sabe Dios que no entiendo mucho de números, pero aprendo rápido y algo habré sacado de los cientos de comidas a las que acompañé a mi marido. Dispongo de fondos suficientes para poner el negocio en marcha. Con el tiempo iremos viendo cómo funciona y podremos ir dándole forma poco a poco. Recuerdo que el señor siempre decía que no se podía montar nada sin contar con un buen plan de negocio, que esa era la base, que debía existir un plan bien trazado, con todo pensado y previsto para empezar, y ¿sabes qué?, nosotras lo vamos a hacer y lo vamos a conseguir.
Con los ojos aún llenos de lágrimas y la cabeza todavía en las nubes, Julia logró articular una frase.
—No sé cómo darle las gracias, doña Amelia.
—Al contrario, soy yo la que te las debo. Desde que mi hijo Alfonso se marchó, su ausencia me pesaba más cada año; bien lo sabes tú que tantas veces me has visto llorar y que tantos enfrentamientos con su padre presenciaste. Me has dado la oportunidad de compartir tu ilusión, de apoyarte para lograr tu sueño, cuando yo ya había olvidado todos los míos. En cierto modo, me has devuelto a la vida.
Así era. La doña Amelia que Julia conoció de niña había ido apagándose en los últimos tiempos; sus días se sucedían en una cadencia monótona, como si al irse su hijo se hubiera llevado con él una parte de su madre, que ahora intuía que podía recuperar.
El señor había expresado su deseo de que el primogénito fuera varón y de que llevara el nombre de su abuelo paterno y así fue. Educado en los mejores colegios de Madrid, su padre se esforzó para que se rodeara de las amistades más adecuadas y trazó para él un plan de vida en sintonía con sus propios intereses.
Sin embargo, desde pequeño, Alfonso siempre buscó refugio en su madre; existía entre ellos una complicidad difícil de describir. Según se fue haciendo mayor, las diferencias con su padre y los constantes choques entre ambos hacían imposible la convivencia. Alfonso entendió que la única forma de ser él mismo era poniendo tierra de por medio. El precio era muy alto, pero, ante todo, debía mantenerse fiel a sí mismo. Después de aquello, el matrimonio se fue distanciando aún más, pero mantenían las apariencias de cara a la galería. El tema quedó zanjado en una cena en la que don Javier le trasladó a su mujer la versión que contarían a amigos y conocidos. Doña Amelia culpó a su marido hasta el último de sus días de haber perdido aquellos años junto a su hijo.
—Lo primero es hablar con la inmobiliaria e intentar ajustar un poco el precio. Llamaré a los que nos hicieron la reforma integral de Claudio Coello, a ver si ellos pueden encargarse. Son caros pero muy buenos. Supongo que habrá que adecuar toda la instalación eléctrica, tuberías y demás, el local es muy antiguo y lleva décadas cerrado. No tenemos tiempo que perder y prefiero contratar una empresa que se ocupe de todo. En cuanto tengamos esto listo, haré correr la voz entre mis amistades: unas partidas de cartas y un par de tardes de té con pastas serán suficiente. Seguro que mis amigas no me imaginaron jamás metida en semejante embolado —dijo sonriendo—. Tú puedes empezar por hacer una lista de las máquinas y materiales que vamos a necesitar para arrancar, algo aproximado. Ya lo iremos ajustando, contar con fondos nos permite cierta libertad de movimiento. Julia, tenemos mucho por delante y casi no has dicho ni mu. Bueno, tampoco yo he parado de hablar. La idea me entusiasma tanto que me he olvidado de preguntarte tu opinión.
—¿Mi opinión? ¿Qué puedo decir? Todo esto es mucho más de lo que yo tenía pensado. Lo cierto es que me da un poco de vértigo, pero con usted a mi lado me siento capaz de cualquier cosa.
Doña Amelia se detuvo en seco.
—Mira, vamos a dejar esto claro de una vez por todas —dijo extendiendo su mano derecha hacia Julia—. ¿Socias?
—Socias, ¡claro! —respondió Julia con el mismo gesto.
—Pues, en adelante, seremos Amelia y Julia. Ni «doña» ni «usted».
—¡Hecho!
3
Solventaron cada uno de los problemas que les fueron surgiendo durante la reforma y, contra todo pronóstico, en unos cuatro meses ya estaba casi todo listo. El local estaba irreconocible, de aquel polvoriento y oscuro lugar quedaba más bien poco. En el exterior conservaron las lunas redondeadas y los escaparates de madera, aunque aligeraron el tono del barniz para darle un aire más fresco. El fondo del escaparate principal se pintó de blanco y se decoró con un estarcido de unas flores pequeñas muy discretas.
El interior se transformó por completo. Se conservaron solo algunos de los estantes, a petición de doña Amelia, que consideraba aquello un tributo a la vieja sombrerería que ella había frecuentado de pequeña de la mano de su abuelo. Un toque de nostalgia que creía que podía permitirse y que la empresa de interiorismo supo incluir en el proyecto. El resto era un espacio lleno de luz, moderno, amplio, muy similar al que Julia imaginó la primera vez que había entrado allí.
El antiguo suelo de tarima de madera en forma de espiga había sido acuchillado y barnizado y lucía como nuevo. Las paredes se pintaron de un tono amarillo vainilla que hacía juego con algunos de los textiles que darían calidez al local y se instaló un zócalo de madera blanca en la pared principal.
Se habían bajado un poco los techos para incluir los puntos de luz que más de un quebradero de cabeza habían costado al electricista y que quedaron repartidos por el local teniendo en cuenta la distribución final del mobiliario, el rincón de la plancha, las mesas de corte y el resto de las zonas de trabajo.
La magnífica lámpara de araña, que estaba en las últimas cuando la encontraron en la sombrerería, había sido restaurada y vuelta a instalar en su ubicación original. Se sustituyeron las cuentas de cristal dañadas y el resto lo limpió a conciencia un anticuario amigo de la familia, que les devolvió el brillo de antaño. El cable del que colgaba, ahora algo más corto, se cubrió con una tela de lino de color verde musgo. Al contrario de lo que Amelia y Julia pensaron al principio, lejos de ser la nota discordante, encajaba extrañamente bien en su nuevo entorno, como si hubiese sido creada para ocupar ese espacio para siempre, como si perteneciera a aquel lugar y no a ningún otro.
A lo largo de los meses que duraron las obras, las dos socias habían tenido tiempo de sobra para darle mil vueltas al asunto y definir a grandes rasgos el plan de negocio. Había mucho de que ocuparse, pero doña Amelia sabía delegar y, una vez distribuidas las tareas, pudieron dedicar sus esfuerzos a centrarse en la idea original que había dado pie a toda esta locura. Los arreglos de costura atraerían a la clientela al principio y darían a conocer este nuevo servicio en la zona, pero quedarían en un segundo plano muy pronto. Unas manos como las de Julia valían para mucho más que para cambiar cremalleras, entallar chaquetas o coger dobladillos. La modistería tampoco podría ser el principal objetivo, ya que no contaban con costureras de confianza que pudieran apoyar esta actividad por el momento, aunque se ofrecería como un servicio muy exclusivo a las amigas más íntimas de doña Amelia.
Una de las ideas que rondaba por la cabeza de Julia desde el principio era dedicarse a enseñar todo lo que ella había aprendido con los años. Siempre escuchaba atentamente a su madre cuando cosía. A esta le gustaba explicarle cada uno de los arreglos que hacía, la dificultad que presentaba un corte o una tela determinada y cómo se solucionaban algunos problemas técnicos modificando los patrones para que la prenda se ajustara a los gustos y el cuerpo de la clienta. Esa fue su inspiración, quería enseñar, pero quería hacerlo de un modo novedoso, lejos de los sistemas de patronaje clásicos, de una forma más flexible y amena. En las clases de corte y confección a las que había asistido durante tanto tiempo, había observado que muchas chicas abandonaban al descubrir que antes de sentarse a la máquina y confeccionar su primera prenda debían pasar semanas en las que estudiaban teoría, y se dedicaban a tomar medidas, trazar patrones, conocer los tejidos... Desanimadas, acababan por descartar la idea de aprender a coser. Ella sabía bien que la costura no conocía las prisas y que había que asentar bien las bases para avanzar, tener paciencia, equivocarse y aprender con cada puntada. Coser, descoser y volver a coser era para ella una metáfora de la vida. Intentarlo, equivocarte y aprender venía a ser lo mismo. Así lo vio hacer a su madre durante toda su vida y estaba convencida de que ese era el camino. Tenía que buscar un enfoque novedoso y acorde con los tiempos de cambio.
El espíritu creativo de la movida madrileña de los ochenta aún seguía presente y la gente joven buscaba expresarse a través de su manera de vestir. Coser una falda recta o aprender a hacer un cuello camisero no casaba mucho con eso. Su idea era aprovechar toda esa creatividad y permitir que las futuras alumnas cosieran lo que quisieran, enseñarles a usar la máquina y animarlas a crear sus propios proyectos. Las clases serían reducidas hasta donde la economía de las alumnas y la rentabilidad del negocio lo permitieran.
Contaban con el asesoramiento de algunas amistades de don Javier que no dudaron en ayudarlas y, aunque no hicieron muchos números, parecía claro que había que diversificar para que el negocio funcionara. No tenían un plan cerrado, pero tampoco iban a ciegas; la idea era irse adaptando hasta dar con la tecla. Las mañanas serían para coser y las tardes para enseñar. Doña Amelia atendería a proveedores, contestaría el teléfono y organizaría la agenda de las clases. Ella misma se asignó también el papel de relaciones públicas. Ese fue el título que se dio, que consistía en hacer correr la voz entre sus conocidas y contratar unas cuñas publicitarias en la radio para anunciar la apertura del negocio y el comienzo de las clases.
La mañana del jueves ambas socias se citaron en la puerta del local; las obras habían concluido y empezaba, según Julia, la parte más divertida. Al fin podrían tocar esos muebles que habían dibujado junto con el carpintero meses atrás. Le costaba imaginarlo todo colocado en su sitio y estaba deseando que llegara el momento.
—Disculpa, Julia, me he retrasado. La chica ha llegado más de veinte minutos tarde y tenía que esperarla para darle instrucciones. Dime, ¿alguna novedad?
—Tranquila, ya ves que aquí las cosas van despacio, pero el encargado me ha jurado y perjurado que hoy quedará todo listo y nos entregará las llaves. Los muebles están a punto de llegar. En casa ya he empaquetado los libros y revistas de mi madre. Quiero ponerlos en un lugar destacado de la librería, y cerca de ellos colocaremos la Negrita, con la que cosió toda su vida y en la que yo di mis primeras puntadas, y su maniquí. Ya he hablado con el conductor de la furgoneta para que mañana lo recoja todo.
—Perfecto. Raro será que no surja nada en el último minuto —contestó doña Amelia, que de obras y reformas ya sabía un poco—, pero confiemos en que todo suceda según lo previsto y no tengamos que retrasar la apertura. Instalarán el rótulo de la puerta a principios de la semana que viene y, mira, estas son las tarjetas que acabo de recoger de la imprenta. Han quedado bonitas, ¿no crees?
Doña Amelia, según nos contó luego, había aprovechado todos sus contactos y las amistades de su marido para no dejar ningún cabo suelto. Quería cuidar y hacer atractiva la imagen de la academia, ya que no había nada parecido por el barrio y vender la idea podía no ser fácil al principio. Necesitaba algo que entrara por los ojos, que resultara fresco y novedoso. Recordó aquella pequeña empresa que diseñó toda la papelería de la última sociedad que fundó don Javier y los llamó. Se presentó allí un chico joven, con el pelo peinado hacia atrás con mucha gomina, una chaqueta —que con toda seguridad había heredado— y una corbata torpemente anudada que le daba un aspecto algo desaliñado, más cercano al estilo de un creativo excéntrico que al del hombre de negocios que quería emular. En unos
