Mis besos son míos. Yo no doy explicaciones a nadie sobre lo que hago con ellos, los reparto como me da la gana, los comparto con quien quiero. Como el dinero. Solo que los besos los tiene todo el mundo, son mucho más democráticos, más peligrosos también, nos ponen a todos al mismo nivel. Y si tú hicieses lo mismo, si todo el mundo hiciese lo mismo, el mundo sería un poco más caótico, pero mucho más divertido.
MILENA BUSQUETS,
También esto pasará
Yo creo que cuando el sol sale, cada mañana hay una cosa, algo, en que pone su primer rayo, a lo que toca antes que a nada de lo demás. Yo quisiera ser esa criatura afortunada que recoge todos tus primeros rayos, de alegría o de pena, tu primer
Pedro
PEDRO SALINAS,
Cartas a Katherine Whitmore
—A veces uno solo pierde la brújula —digo.
—Se desbrujula uno, en vez de desbrujarse —dice ella con voz de risa—. ¡Qué distinto!,
¿no?, y con lo parecidas que suenan las palabras.
CARMEN MARTÍN GAITE,
Nubosidad variable
There’s a crack, a crack in everything,
that’s how light comes in.
LEONARD COHEN
1
La ciudad empieza a sonar.
Todos los despertadores están en marcha.
Soy de ese tipo de personas que ponen dos alarmas para concederse cinco minutos más por las mañanas. Disfruto de esa prórroga del sueño entre la realidad y lo que aún duerme. Voy tomando poco a poco conciencia de mi día. El primer café me lo preparo en casa mientras escucho la radio. Me gusta cuando, entre noticias políticas, culturales y económicas, suena una canción que puedo tararear, la sensación de ser afortunada porque han puesto una canción que me sé. Me dejo llevar y comienzo a seguir el ritmo con las manos, incluso cierro los ojos para disfrutarla mejor. Es sin duda uno de esos momentos del día en que parece que todo se para y me siento a gusto conmigo misma.
Apuro el café y cojo el material del trabajo, tratando de no olvidar nada en mi desordenado escritorio. Parece que todas las noches alguien remueva los papeles y justo el que necesito es el que esté en el lugar menos visible. Todos los días me propongo organizarlo, comprar carpetas, poner etiquetas por temas, pero siempre he visto algo de romanticismo en el caos.
De camino al trabajo suelo parar en una cafetería regentada por una familia china muy entrañable. Cuando pido el café para llevar, la chica intenta venderme todo el surtido de dulces que tiene, o bien me recuerda que estamos en el Año del Gallo y me asegura que no hace falta que me preocupe del bolsillo porque todos tendremos suerte en los negocios. Le sonrío pensando que ojalá lleve razón. Hay decenas de cafeterías en el barrio y el café de aquí no es especialmente bueno, pero empecé a venir todas las mañanas y ahora me gusta ver cómo me reconocen. Que sepan, sin que yo se lo diga, que quiero un café con leche fría y que sigan ofreciéndome todos los cruasanes que no voy a llevarme hace que me sienta bien. Es como si me esperaran, o tal vez soy yo quien los busca a ellos. En las grandes ciudades uno necesita que gente desconocida le dé los buenos días.
De la cafetería al metro hay unos escasos cinco minutos a pie. La ciudad conserva aún la neblina del amanecer y se nota el frío por el vaho que despiden las personas al hablar. A estas horas las estaciones de metro desprenden un olor característico. Son una mezcla de perfume de mujer, desodorante de adolescente y olor a cigarrillos apurados en la entrada. El gentío se amontona, mira el reloj o el móvil con nerviosismo. Sin duda, una de las cosas que más valoro de mi trabajo es poder elegir mi horario, lo que me hace formar parte automáticamente en las escaleras mecánicas del grupo minoritario del metro en hora punta: el de las personas que se colocan a la derecha.
Son las ocho y treinta y cinco de la mañana, una buena hora para empezar a trabajar, y ya he encontrado mi sitio.
Soy cantante en la línea 3 del metro.
2
Terminé la carrera de Derecho hace tres años. Después cursé el máster de abogacía. Sin embargo, el día de la imposición de toga, en el preciso momento en que me la colocaron convirtiéndome en licenciada de la promoción de 2013, justo entonces me di cuenta de que no quería ejercer.
De niña, mi hermana y yo solíamos jugar a vestirnos con la ropa de mi madre y simular que estábamos en un juicio. Lo llevábamos en la sangre. Recuerdo que cogía el mortero de madera de mi abuela a modo de mazo y me ponía un vestido negro como toga. ¡Era mi vocación! Entonces ¿por qué quise huir al darme cuenta de que aquel juego de niños se convertía en mi profesión? De repente me vi rodeada. Todos vinieron a abrazarme. Mis padres no dejaban de repetirme una y otra vez lo orgullosos que estaban de mí. Oí que mi madre le susurraba al oído a mi hermana: «Ya estamos todos». La frase se me quedó grabada. Parecía predecir que a partir de ese momento mi vida cambiaría. Pero ¿de qué modo? Ignoraba en qué manos iba a estar mi destino, aunque en aquel instante supe que si seguía ese camino estaría en las de cualquiera menos en las mías.
A los pocos días del crucial acto fui a casa de mi abuela Remedios. Siempre he pensado que su nombre no es una casualidad, pues tiene soluciones para todo y si no sabe algo se lo inventa solo para calmarme. Y en ese momento la necesitaba.
Cuando entré en el comedor mi abuela sonreía más de lo normal.
—¿Cómo está mi abogada favorita?
—Bien, abuela, no sé...
—¿Qué le pasa a mi pequeña Carla? Cuéntaselo a tu abuela —dijo mientras me cogía de la mano.
—Nada, no te preocupes, será que me hago mayor.
Sabía que no podía engañarla, pero a veces ambas disimulábamos.
—Bueno, a ver si esta sorpresa te anima.
Sacó una bolsa y me pidió que la abriese. Dentro había una caja envuelta en papel de regalo: un marco de plata con mi foto de la orla.
—Eras la que faltaba en mi estantería. No sabes las ganas que tenía de verte ahí.
Los marcos de todos mis primos eran más pequeños. Mi abuela Remedios nunca ha disimulado ante los demás que soy la niña de sus ojos. Hizo un hueco en el centro del estante y colocó allí la fotografía. El brillo de sus ojos contemplando la imagen me hizo pensar en aquella niña que jugaba a ser abogada.
Durante las semanas como recién licenciada en las que no sabía hacia dónde encauzar mi vida, también acudí a mi amiga Julia para desfogarme. Nos habíamos conocido siete años atrás (nos tomamos la carrera con calma), en unas jornadas libertarias que habían tenido lugar en el ateneo de la universidad, donde solían celebrarse conferencias sobre política, charlas de feminismo, recitales de poesía, conciertos... Julia era una chica muy comprometida en aquellos años. Con tanta reforma educativa, se pasaba el día organizando manifestaciones, pintando pancartas o repartiendo panfletos por los pasillos de la facultad. En cuanto la conocí, supe que congeniaríamos; ella tenía otra manera de ver las cosas y siempre me fascinaba cómo relativizaba todo: «Si no encuentras piso es que aún no ha aparecido el que es para ti», «Si has perdido dinero es que lo ha encontrado una persona que lo necesitaba más que tú». Su optimismo era constante. Tenía tan claras sus prioridades en la vida que a veces me daba envidia.
En aquellos primeros años de universidad asistimos a muchos encuentros alternativos que tenían lugar en algunos parques de Madrid. Nos sentábamos en corro y pasábamos las horas debatiendo sobre cualquier tema o jugando a las cartas. Un día de otoño estábamos unos cuantos compañeros charlando al sol. Me había tumbado en el césped, tenía la cabeza apoyada en las rodillas de Julia y miraba las hojas que caían del arce. Iba siguiéndolas con el dedo, dibujando el movimiento en el aire y contando los segundos que tardaban en llegar al suelo. Siempre he necesitado buscarle una lógica a todo, me fijaba en el tamaño de cada hoja, el color o en el viento que hacía, en todos los factores que pudieran determinar cuánto tardaría en caer. Cuando por fin encontré una teoría mínimamente razonable no dudé en compartirla con Julia.
—¿Sabes que si la hoja del arce es amarilla, sopla viento y además es grande, tarda mucho más en tocar el suelo?
—Yo creo que la hoja que tarda más en caer es solo porque tiene más ganas de bailar.
Tenía un talento especial para echar por tierra todas mis conclusiones mostrándome otra manera de entender las cosas. Acto seguido se levantó riéndose y me pidió que le escenificara cómo caería yo si fuera una hoja. Entre bromas me puse de pie y me tiré al suelo rápidamente. Ahora iba a mostrarme qué haría ella. «¡Me toca a mí!», gritó, y le pidió a Tim, el chico que siempre nos amenizaba las tardes con su guitarra, que tocara No woman, no cry, de Bob Marley. Julia empezó a moverse dando vueltas, alzando los brazos, con los ojos cerrados y los pies descalzos. Cogiéndome de las manos para que la acompañara, me dijo: «Tú también puedes aprender otras formas de caer, solo tienes que sentir la música». Aquella tarde estuvimos bailando durante horas, sin parar de pedirle canciones a Tim.
Nos contoneábamos dejándonos llevar por el ritmo de la música y, a ratos, yo me quedaba embobada viéndolo tocar, intentaba memorizar la posición de sus dedos, entender cómo funcionaba una guitarra. Alguna vez Tim me pillaba y sonreía sin dejar de tocar.
Quizá a raíz de aquella noche tan especial se le ocurrió dedicarme unas líneas en el correo que nos envió al grupo de amigos cuando se acercaba el final del curso. Su Erasmus se terminaba, Tim tenía que volver a Inglaterra y no le cabían en la maleta todos los enseres que había comprado durante el año. Cuál fue mi sorpresa cuando leí «la guitarra me gustaría regalársela a Carla, no sé si sabe tocarla, pero vi que la miraba diferente al resto».
Sentí que me había dado el relevo. Estaba emocionada por tener una guitarra en casa. Ahora solo quedaba la dura tarea de hacerla sonar. Fue un proceso lento, pero disfruté muchísimo con cada nuevo acorde que aprendía. Cuando descubres que tus manos nunca han estado tan conectadas con algo como con una guitarra, el momento de hacer sonar unas cuerdas y aprender a diario algo nuevo, y no un conocimiento sino un sonido que tus propios dedos crean, establecía un vínculo con la música que no había sentido antes. Mis padres, sin embargo, no estaban tan entusiasmados con la idea, mi dormitorio se encontraba justo al lado del suyo y por las noches mi madre daba golpes en la pared para que dejara de tocar. Con el tiempo aprendí canciones y descubrí que sabía cantar mejor de lo que creía. Entre los exámenes, los trabajos y las clases en la universidad no me quedaba apenas tiempo, pero esos veinte minutos antes de dormir en que tocaba eran los más felices del día.
Ese era el problema. Cuando el día que me colocaron la toga me imaginé resolviendo casos en los juzgados durante el resto de mi vida, mi mayor preocupación era de dónde sacaría el tiempo para hacer lo que realmente me gustaba. Qué locura, ¿no? Estudiar Derecho para acabar tocando la guitarra. Podría seguir teniéndola como afición, pero en el fondo no quería, no sentía que fuera ese su lugar. No quería dar a la música el tiempo que me sobraba, sino el tiempo que yo necesitaba.
Todo ello me llevó a acudir a Julia entre lágrimas. Una vez más, escuchó paciente mis conclusiones, mis teorías y mis miedos y luego me dio su visión de las cosas. Quedamos varias tardes en una cafetería. Al principio no me tomaba en serio, decía en broma que ella necesitaba una amiga abogada por si en el futuro se le iba de las manos su activismo. Hasta que un día le confesé que tenía miedo a defraudar a la gente que me quería, a equivocarme, a no ser feliz. Julia se sorprendió, no esperaba que esta vez mis dudas fueran tan grandes.
—Carla, ¿recuerdas aquella tarde en el parque, hace años, cuando bailábamos como hojas al caer? —Asentí. Nunca podría olvidar aquel día—. Hay muchas formas de hacerlo y yo solo te enseñé la mía, es mi modo de vivir. Me escucho, me cuido e intento mantener el corazón rojo. No puedo resolver tus dudas, ¿sabes por qué? Porque no lo necesitas. Tú sabes lo que sientes, qué quieres, pero te da miedo.
Me sonrojé. Julia era una de las personas que mejor me conocía, incluso más que yo misma.
—No voy a animarte a que abandones todo lo que has conseguido formándote como abogada y tampoco voy a decirte que la música no te hará feliz. Solo puedo decirte que te calmes, que cierres los ojos como aquella tarde mientras bailabas en el parque, que sientas dónde está tu camino y, sobre todo, que tengas valor para decidir por ti misma.
Aquel día cuando volví a casa, tras la charla con Julia, me encerré en la habitación y valoré lo que podía suponer cada una de las decisiones.
La diferencia entre ser cobarde o valiente es que el cobarde tiene miedo a equivocarse y el valiente se equivoca sin miedo. Porque todo es un aprendizaje continuo. Antes de dormir bajé las escaleras más despacio que nunca, intentando atrasar el momento de decirles a mis padres que tenía que hablar con ellos.
Cuando llegué a la sala de estar, estaban sentados en el sofá. Me coloqué de pie enfrente de ellos y les dije:
—Quiero que sepáis que no voy a ejercer de abogada; he descubierto algo que me hace más feliz: la música.
3
En la familia de mi madre abundan los abogados de renombre de Madrid. En 1965 mi abuelo Pedro fundó la empresa Sanz de la Vega Abogados, despacho donde trabajan mi propia madre, sus hermanos Pedrín y Nacho y mi hermana Sandra.
«Ya estamos todos.» Aquella frase que pronunció mi madre en el acto de imposición de togas era una manera de incluirme también en el clan. Mi decisión de abandonar el barco causó muchas disputas familiares, hasta el punto de verme obligada a marcharme de casa para demostrar que era capaz de vivir de lo que me apasionaba y que no necesitaba la ayuda económica de mis padres.
Había cierta inconsciencia en todas mis acciones, pero a la vez sentía que estaba haciendo lo que debía. Era como ir por la carretera y encontrarte en un cruce en el que tienes que decidir entre dos caminos. Por un lado, hay uno muy iluminado, sin obstáculos y del que puedes ver el final; por el otro, encuentras una señal de prohibido y no aciertas a divisar cien metros más allá. Ante esas dos opciones pensé que no quería conocer el final de mi camino antes de empezarlo, prefería acelerar y descubrir qué se ocultaba en la sombra.
Siempre habíamos vivido a las afueras de Madrid, en un barrio residencial, en una casa con jardín donde mi padre nos construyó a mi hermana y a mí un pequeño merendero para que jugásemos de niñas. Cuando crecimos, mi hermana no volvió a sentarse allí y el lugar se convirtió en mi refugio. Bajo una estructura de metal en forma de casetilla cubierta con unas telas blancas había una mesa redonda y un banco, ambos de piedra. Sin duda sería lo que más echaría de menos de aquella casa: las tardes sentada en el banco de piedra mientras leía o acompañada de alguna amiga que había venido a casa. Qué importante era para mí aquel rincón; sentada en aquel banco, me besé por primera vez con un chico después de ayudarle con unos ejercicios de matemáticas. Fue la primera de tantas otras ocasiones. Y allí sentada pasé las últimas horas antes de mudarme, pensando en que no me quedaba más remedio que abandonar mi hogar, mi refugio, irme y demostrar a mis padres que podía vivir por mi cuenta y luchar por lo que quería.
De nuevo, fue Julia quien me echó un cable. Unas amigas suyas vivían en el centro de Madrid y necesitaban una compañera de piso, así que en cuanto me enteré, no dudé en recoger lo imprescindible y abandonar el nido. Una maleta con ropa, otra llena de libros, la guitarra y una libreta con recetas de mi abuela Remedios. Eso fue todo.
La mañana de la mudanza mi madre no me dirigió la palabra durante horas. Hizo como si no pasara nada, como si yo no existiera. Le preguntaba a mi padre si quería un café y a mi hermana le dio un achuchón de buenos días más eufórico de lo normal, mientras me miraba de reojo bajando las maletas por las escaleras.
Al cabo de un par de horas me marcharía de nuestro hogar, la casa de todos, para empezar algo nuevo, pero mi madre se negaba a darme ese último empujón que tanto me hubiera reconfortado. No se daba cuenta de que yo me hacía más fuerte ante aquella actitud suya. Más razón me daba, más ganas tenía de cerrar la puerta. Mi padre tampoco estaba de acuerdo con mi decisión, pero no pudo evitar acercarse cuando anuncié que había llegado un amigo con su coche para ayudarme a trasladar las cosas. Me abrazó susurrándome: «Sabes que esta siempre será tu casa». Sus palabras tampoco fueron lo que esperaba. No quería que me dijera que si tenía que volver, podía regresar allí. Quería su apoyo, que me aseguraran que todo saldría bien y se mostraran orgullosos de mí como el día de la jura. Pero estaba sola en esto; hay veces que tenemos que valernos por nosotros mismos, no necesitaba el consentimiento de nadie, tan solo el mío; como decía Julia, tenía que mantener mi corazón bien rojo.
4
Nada hay más humano que el miedo. La forma de afrontarlo es lo que nos distingue a unos de otros. Los miedos cambian a medida que crecemos, pero nunca podremos librarnos por completo de ellos. Reconozco que a lo largo de la vida muchas cosas me han causado desasosiego: una muñeca de porcelana que había en casa de mi abuela Remedios, las tormentas, los señores con bigote, el cuarto de la limpieza del colegio, volver a casa de noche por el camino que cruzaba el parque, las drogas, la montaña rusa, la muerte de mi abuela... Poco a poco, he aprendido que nadie puede salvarnos de nuestros miedos, solo nosotros mismos.
Cuando tenía cinco años experimenté por primera vez el miedo, los escalofríos provocados por el pánico. Mi pesadilla era perderme sola por la calle, lo que me llevaba a cogerme de la mano de mi madre como si al soltarla fuera caer al vacío más profundo. Ahora incluso puede llegar a excitarme sentirme desubicada, pero en aquel momento era una inquietud que me superaba y hacía que no pudiera salir a la calle si no era con mi madre. En silencio, anhelaba ir corriendo a saltar y jugar con los demás niños, pero no conseguía librarme de aquel miedo que me inmovilizaba. Hasta que una tarde de verano, desde la ventana de la cocina, vi que unas crías pintaban una rayuela con tiza en la acera, y me entró curiosidad. Entonces me di cuenta de que estaba perdiéndome muchas cosas e intenté poner remedio. Poco a poco empecé a soltarme de la mano. Contaba diez pasos y volvía a agarrarla, así hasta que me percaté de que, aunque no tocara la suave mano de mi madre, ella seguía a mi lado.
Solamente años más tarde comprendí que no hay mayor libertad qu
