Polémica con Richard Wagner
Julio, 1911
Lo que debo a Richard Wagner en goce y conocimiento artísticos es algo que no podré olvidar jamás, por más que me llegase a distanciar de él espiritualmente. En mi calidad de prosista, narrador y psicólogo, nada tenía que aprender, en tanto que inmediato y relativo al oficio, de ese teatrero sinfónico cuya influencia poética, semejante a la de Klopstock, se hace sentir fuera del ámbito de lo individual y cuyo estilo en la prosa fue siempre un elemento de embarazo en mi admiración. Pero las artes no son sino las formas en que se manifiesta el arte, que es el mismo en todas ellas, y Wagner no precisaba ser el gran recopilador de las artes que era para poder influir en todas ellas como maestro y promotor. Además, lo que prestaba a mi relación con él una calidad íntima y directa era la circunstancia de que, en el fondo, a pesar del teatro, siempre vi y admiré en él a un gran épico. El motivo, la referencia a sí mismo, la fórmula simbólica, la significativa alusión verbal a través de largos pasajes eran, según mi sentir, recursos épicos, que me encantaban precisamente por ello y pronto me di cuenta de que las obras de Wagner, estimulantes como nada en el mundo, influían en mis juveniles afanes artísticos, infundiéndome un anhelo impregnado de admiración y de envidia de hacer, al menos en pequeño y callada
34Thomas Mann mente, algo semejante. Realmente, no es difícil advertir un hálito del espíritu que anima a El anillo de los Nibelungos en mis Buddenbrook, en esa procesión épica de generaciones unidas y entrelazadas gracias a un conjunto de motivos centrales.
Durante mucho tiempo, el nombre del hombre de Bayreuth presidió mi pensamiento y mi quehacer artísticos. Me parecía que todos mis afanes venían a desembocar en este nombre augusto. Pero en ningún momento, ni siquiera cuando no me perdía ni una sola representación del Tristán en el Hoftheater de Munich, fue mi culto en torno a Wagner realmente un culto a Wagner. Como genio, como carácter, me parecía sospechoso; como artista, irresistible, aun cuando también profundamente equívoco en lo relativo a la nobleza, pureza y rectitud de sus influencias, y nunca en mi juventud me entregué a él con aquella confiada adoración que profesé por los grandes poetas y escritores, por aquellos genios que Wagner calificaba de «poetas literatos», creyendo tener derecho a hablar de ellos casi con condescendencia. Mi amor por él era un amor sin fe, y es que siempre tuve el escrúpulo de no poder amar sin creer. Era una relación escéptica, pesimista y desengañada, casi de antipatía, pero apasionada y de una indescriptible fuerza vital. Horas maravillosas, de una dicha profunda, descubierta en soledad en medio de la multitud de espectadores, horas de estremecimiento y breves momentos de beatitud, embeleso de los nervios y del intelecto, atisbos en trascendencias grandiosas y conmovedoras como solo este arte insuperable puede deparar.
Pero hoy ya no creo, si es que lo creí alguna vez, que la cúspide del arte consista en el carácter insuperable de sus recursos. Y creo saber que, en el firmamento del espíritu alemán, la estrella de Wagner ha entrado en su ocaso.
No estoy hablando de su teoría. Si no fuera algo tan absolutamente secundario, una mera y superflua glorificación, a posteriori, de su talento, su obra sería seguramente tan insos
Richard Wagner y la música
tenible como ella, y nadie la habría tomado en serio ni por un momento sin la obra que, mientras está uno en el teatro, parece demostrarla y que, en realidad, solo se demuestra a sí misma. Pero ¿es que alguien puede haber creído seriamente en esta teoría alguna vez? ¿En la suma de pintura, música, palabra y gesto, que Wagner tuvo la desfachatez de presentar como la culminación de todas las inquietudes artísticas? ¿En una jerarquía de géneros, en la que el Tasso iría detrás del Sigfrido? ¿Es que hay quien lea los escritos de Wagner? ¿A qué se debe esta falta de interés por Wagner el escritor? ¿A que tales escritos son declaraciones partidistas y no confesiones? ¿A que comentan de modo muy deficiente y enrevesado su obra, en la que realmente alienta el autor, con todo su sufrimiento y su grandeza? Habría que dar por válida esta disculpa. Lo cierto es que de los escritos de Wagner no se aprende mucho acerca de Wagner.
No, estoy hablando de su propia obra gigantesca, la que hoy ha alcanzado su máxima popularidad entre el público burgués, de su arte como gusto, estilo e interpretación del mundo. No hay que dejarse engañar por los gritos entusiasmados del público joven en el gallinero. En realidad, se encuentra hoy entre la juventud culta mucho de crítica wagneriana, mucha desconfianza instintiva, aun cuando esta no llegue a ser expresada, sí, hay que decirlo, hasta indiferencia por Wagner. ¿Y cómo podría ser de otro modo? Wagner es decimonónico hasta en lo más íntimo de su ser, es más, es el artista alemán representativo de esa época que acaso perviva en la memoria de la Humanidad como grandiosa, pero, ciertamente, también como infausta. Ahora bien, si pienso en las obras maestras del siglo
, se me aparece algo que se distingue esencialmente y, a mi entender, con ventaja, de la obra de Wagner, algo extraordinariamente lógico, concreto y claro, algo riguroso y amable a la vez, algo tan vigoroso como aquella, pero de una espiritualidad más sosegada, depurada y sana, algo que no busca su grandeza en el colosalismo barroco ni su
2>Thomas Mann belleza en el delirio; a mí me parece que tiene que llegar un nuevo clasicismo.
Pero aun ahora cuando, inesperadamente, llega a mis oídos un acorde, una frase evocadora de la obra de Wagner, me estremezco de alegría, me invade una especie de nostalgia del hogar y añoranza de la juventud y nuevamente como entonces mi espíritu se rinde a ese embrujo sabio y delicado, nostálgico e insidioso.
A Ernst Bertram
Bad Tölz, 11-VIII-1911
Casa de campo de Thomas Mann
Querido amigo:
Le doy las gracias de todo corazón por su carta, tan importante e interesante para mí.
Me decidí a escribir sobre Wagner solo con grandes reparos de mi parte y por imperativo de una antigua promesa hecha a la redacción del Merker. Este periódico (que se edita en Viena) organizó para su número dedicado a Bayreuth una especie de encuesta sobre Wagner; hace aproximadamente seis meses que se convocó, y como quiera que, con motivo de la fundación del periódico, me comprometí a colaborar alguna vez, pensé en utilizar esa ocasión para librarme cómodamente de dicho compromiso. Pero cuando llegó el momento y la redacción del periódico apremiaba, el asunto ya no se me antojaba, desde luego, tan cómodo, y lo que el Merker llama mi «ajuste de cuentas con Wagner» es propiamente un modo irresponsable, descuidado y periodístico de desembarazarse de un asunto que hubiese exigido un tratamiento más minucioso y categórico. («¡Si hubiera tenido tiempo para ello!») En fin, tendrán que conformarse. Acerca de la crisis en la que yo me encuentro frente a este arte no da ese articulito ni la más remota idea. El lunes último, a modo de prueba, escuché El crepúsculo de los dioses: mi aversión
38Thomas Mann interna hacia ese ostentoso alarde de exhibición de la pasión y la tragedia humana me hizo refunfuñar de indignación. Pensé amargamente que solo una nación bárbara y espiritualmente miope podía levantar templos a semejante producto. Pero, afortunadamente, no llegué a escribir tal cosa. Sin duda, con el tiempo he de aprender a pensar con mayor ecuanimidad.
El artículo aparece en el número de julio de 1911 del Merker (Viena, Österreichischer Verlag).
Suyo afmo.,
THOMAS MANN
A Julius Bab
Bad Tölz, 14-IX-1911
Casa de campo de Thomas Mann
Mi muy querido Bab:
Muchas gracias. Tiene usted razón: a Goethe Wagner le hubiera parecido un fenómeno eminentemente repulsivo. Sin duda, frente a los grandes hechos y efectos, Goethe tenía un talante muy tolerante, desde luego, y a veces me pregunto si no nos hubiera contestado: «Ese hombre es demasiado grande para vosotros». Pero, en todo caso, ello habría sido asunto suyo. Sin embargo, a los alemanes en general habría que plantearles la disyuntiva: o Goethe o Wagner. Imposible compaginarlos. Aunque temo que ellos optarían por Wagner. O tal vez no. ¿Acaso todo alemán no sabe que Goethe es un guía y un héroe nacional digno de la mayor veneración y confianza, mucho más que este gnomo de Sajonia, de talento deslumbrante y carácter mezquino? Quaeritur.
Le saluda su afmo.,
THOMAS MANN
De «Reflexiones de un apolítico»
1918
En lo artístico, en lo literario, mi amor hacia lo alemán empieza exactamente allí donde es posible y válido en un contexto europeo, donde existe la posibilidad de que tenga repercusiones europeas y sea accesible a todos los europeos. Los tres nombres que tengo que mencionar cuando busco los fundamentos de mi formación intelectual y artística, nombres de tres astros que refulgen en el firmamento alemán unidos para siempre, aunque no representan unos hechos intrínsecamente alemanes sino europeos, son: Schopenhauer, Nietzsche y Wagner.
Aún me parece estar viendo la pequeña habitación de las afueras de la ciudad, situada en un lugar elevado, en la que, dieciséis años atrás, tumbado en un extraño diván, leí El mundo como voluntad y representación. Juventud solitaria y anárquica, cautivada por el mundo y la muerte; ¡cómo sorbía el mágico elixir de esta metafísica, cuya más íntima esencia es el erotismo, y en la que yo veía la fuente espiritual de la música del Tristán! [...]
Por aquel entonces, mi pasión por la obra de Richard Wagner alcanzó su punto culminante; si digo «pasión» es porque palabras más mesuradas como «admiración» o «entusiasmo» no describirían adecuadamente ese sentimiento. Los años de la máxima capacidad de entrega suelen ser al mismo
Richard Wagner y la música
tiempo también aquellos en los que se experimenta la mayor excitabilidad psicológica, la cual, en mi caso, fue agudizada aun poderosamente por cierta lectura crítica; y la entrega aunada al conocimiento...: he ahí precisamente la pasión. El descubrimiento más trascendental y fecundo de mi juventud fue este: que la pasión tiene la vista clara o no es digna de este nombre. El amor ciego, todo panegírico y apoteosis, es una majadería. Existe cierta clase de lisonjera literatura wagneriana que nunca he podido soportar. Estas lecturas críticas a las que me refiero eran los escritos de Friedrich Nietzsche, especialmente sus críticas artísticas o, lo que viene a ser lo mismo, tratándose de Nietzsche, su crítica wagneriana. Porque dondequiera que en estos escritos se hable de arte y artistas — y no es que se hable con benevolencia precisamente — se puede leer indefectiblemente el nombre de Wagner, aunque no aparezca en el texto: Nietzsche había experimentado y estudiado, si no el arte propiamente dicho — aunque también esto podría afirmarse—, sí el fenómeno «artista» referido a Wagner, al igual que en la obra de arte wagneriana, experimentó el arte en sí, con apasionamiento, a través de esta crítica; y todo esto ocurrió en años decisivos para mí, de manera que todos mis conceptos del arte quedarían determinados por esa crítica o, si no determinados, por lo menos marcados... y precisamente en un sentido que no por ingenuo y arrebatado era menos escéptico y malicioso.
Entrega por conocimiento, amor con los ojos abiertos: esto es pasión. Puedo asegurar que el fervor de mi pasión wagneriana no sufrió menoscabo por nacer de la psicología y el espíritu crítico; una psicología y un espíritu crítico cuyo refinamiento está a la altura de su subyugante objeto. Por el contrario, recibió sus más finos y vivos acicates por esto en especial, y precisamente por esto se convirtió en auténtica pasión, con toda la carga que un sentimiento tal implica para nuestros nervios. El arte de Wagner, por más poético y «alemán» que quieran presentárnoslo, es en sí y por sí un arte ex
42Thomas Mann tremadamente moderno, un arte en modo alguno inocente: es sabio y profundo, ardiente y sofisticado, capaz de aunar medios que te embriagan y que te despejan la mente, de un modo sencillamente agotador. Pero ocuparse de él puede llegar a convertirse casi en vicio, en algo que cae en el ámbito moral, en una entrega, en un abandono total a lo nocivo y devorador, si no se hace con espíritu fervoroso y entusiasta; si se trata de proceder analíticamente, con el resultado de que los peores descubrimientos vienen a ser una forma de glorificación y a la postre no son sino expresión de una pasión. En Ecce homo hay una página sobre el Tristán que demuestra que la actitud de Nietzsche hacia Wagner es de fervorosa admiración, rayana en el paroxi
