La ciudad
Érase una vez un hombre que vivía fuera de los muros de la ciudad. Si había cometido algún crimen, si pagaba culpas de antepasados, o si sólo por indiferencia o por vergüenza se había retirado, eso es algo que no se sabe. Tal vez hubiera un poco de todo eso. Quizá hubiera un poco de todo, pues de lo feo y de lo hermoso, de la verdad y de la mentira, de lo que se confiesa y de lo que se esconde, construimos todos nuestra azarosa existencia. Vivía el hombre fuera de los muros de la ciudad, y de esa segregación, deliberada o impuesta, acabó por hacer un pequeño título de gloria. Pero no podía evitar (realmente, no lo podía) que en sus ojos flotara esa niebla melancólica que envuelve a todo desterrado.
Intentó algunas veces entrar en la ciudad. Lo hizo, no por un deseo irreprimible, ni siquiera por cansancio de su situación, sino por mero instinto de cambio o desasosiego inconsciente. Eligió siempre las puertas erradas, si puertas había. Y sí llegó a creer que había entrado en la ciudad, y quizá sí, era como si junto a la ciudad real hubiera imágenes de ella, inconsistentes como la sombra que en sus ojos se iba haciendo cada vez más densa. Y cuando esas imágenes se desvanecían, como la niebla que de las aguas se desprende al roce luminoso del sol, era el desierto lo que le rodeaba, y, a lo lejos, blancos y altos, con árboles plantados en las torres, y con jardines suspendidos en los miradores, los muros de la ciudad brillaban de nuevo inaccesibles.
De allá dentro llegaban rumores de fiesta. Así se lo decía, más que los sentidos, la imaginación. Rumores de vida serían, al menos. No la muerte solitaria que es la contemplación obstinada de la propia sombra. No la desesperación sorda de la palabra definitiva que se escapa en el momento en que sería, más que una palabra, una llave.
Y entonces el hombre bordeaba las largas murallas, tanteando, en busca de la puerta que, oscuramente, podría estarle prometida.
Porque el hombre creía en la predestinación. Estar fuera de la ciudad (si eso tenía real consistencia) era para él una situación accidental y provisoria. Un día, en el día exacto, no antes ni después, entraría en la ciudad. Mejor dicho: entraría en cualquier parte, que a eso se resumía su esperar. Que la niebla de la melancolía se hiciera noche sería un mal necesario, pero también provisional, porque el día predestinado traería una explicación: o quizá ni eso siquiera. Un final, un simple final. Una abdicación sería ya suficiente.
El hombre no sabía que las ciudades que se rodean de altos muros (aunque sean blandos y con árboles) no se toman sin lucha. No sabía el hombre que antes de la batalla por la conquista de la ciudad tendría que trabar otra batalla y vencer en ella. Y que en esta primera lucha tendría que luchar consigo mismo. Nadie sabe nada de sí antes de la acción en la que tendrá que empeñarse todo él. No conocemos la fuerza del mar hasta que el mar se mueve. No conocemos el amor antes del amor.
Llegó la batalla. Como en los poemas de Homero, también los dioses entraron en ella. Combatieron a favor y en contra, y algunas veces unos contra otros. El hombre que luchaba por vivir dentro de los muros de la ciudad cruzó espada y palabras con los dioses que estaban de su lado. Hirió y fue herido. Y la lucha duró largos, largos y largos días, semanas, meses, sin treguas ni reposo, unas veces junto a las murallas, otras tan lejos de ellas que ni la ciudad veía ni se sabía ya bien qué premio encontraría al final del combate. Fue otra forma de desesperación.
Hasta que, un día, el campo de batalla quedó libre y despejado como un estuario donde las aguas descansan. Sangrando, el hombre y el dios que había permanecido junto a él miraron de frente aquellas puertas abiertas de par en par. Había un gran silencio en la ciudad. Amedrentado aún, el hombre avanzó. A su lado, el dios. Entraron —y sólo después de haber entrado quedó habitada la ciudad.
Érase una vez un hombre que vivía fuera de los muros de la ciudad. Y la ciudad era él mismo. Ciudad de José, si un nombre queremos darle.
Una Navidad hace cien años
Quien dice cien, dice mil. O cuarenta. En fin, una eternidad. La tierra está aplastada de negrura. No llueve, andan lejos las tempestades: el aire está parado, denso de frío, y parece estallar como una red tenue de cristales suspendidos. Hay una casa, y luz dentro de ella. Y gente: la Familia. En la chimenea arden troncos de leña en fuego blando que de repente se encrespa cuando se le juntan unas ramas secas. Crece la llamarada entonces, se divide, sube por la chimenea tiznada, ilumina los rostros de la Familia y vuelve a quebrarse de inmediato. Se oye mejor el hervor de las cazuelas, la fritanga de aceite donde flotan las formas antiguas de los buñuelos, entre el humo espeso, grasiento, que va a entrañarse en las vigas del tejado y en las ropas húmedas. Son quizá las once, y la mesa está puesta, el momento es de paz y de conciliación —y la Familia anda por la casa, confusamente atareada, como un hormiguero.
Pronto saldrán todos hacia el patio trasero. Ahora va a ser lanzado el cohete que anuncia a los vecinos que ya el último buñuelo ha salido chorreando de la sartén y fue a caer en el lebrillo hondo en el que este producto de la dulcería casera aguarda el refinamiento último de la canela y del azúcar. Por las puertas abiertas, el Niño ve a la Familia sonriendo, formando y deshaciendo grupos alrededor del Abuelo, que sopla un tizón y lo acerca al pedazo de caña relleno de pólvora. Había pedido que le dejasen ayudar, pero no se lo consintieron: hay que andar con cuidado con los niños.
La pólvora se inflama bruscamente, lanza un chorro de chispas, silba —y el cohete se dispara hacia el aire helado, lo corta como una espada de fuego, y allá muy alto restalla, sonoro, entre los ecos de otro cohete distante. La varilla desciende con una luz desmayada, mortecina, y va a caer lejos, en los olivares, sobre los hierbajos helados. No hay peligro de incendio. De pronto, la Familia siente frío y vuelve a casa, llevando en brazos, entre los anillos, entre los tentáculos, al Niño que no había podido ayudar a tirar el cohete. El interior de la cocina está más frío. La Abuela lanza una brazada de virutas, y el fuego vacila, elige el lado más accesible de la leña y, mansamente, reanuda su trabajo de destrucción.
La Familia da vueltas en torno a la mesa, con muchos rostros rojos y sonrientes que tienen nombres pero que son, sobre todo, para el Niño, los Padres, los Abuelos, los Tíos, los Primos —un cuerpo de animal complicado que le recuerda la historia de la Serpiente-de-Siete-Cabezas o el Dragón-que-No-Duerme. Sobre la mesa hay, en este momento, una batalla de dientes, de dentelladas que deforman los rostros. Se cuentan casos, chistes, todos ríen. El frío está allá fuera, y la helada, y la noche impenetrable. El Niño se anima, ha olvidado ya la decepción, quizá dentro de un año le dejen lanzar el cohete solo. Tiene también una historia que contar, y va a contarla. Sólo está a la espera de una pausa, de un momento en que se callen todos, para ajustar su vocecilla trémula, porque la historia es importante, mucho más de lo que la Familia podría creer. Entonces, el momento se aproxima, el Niño se prepara, es ahora —empieza a hablar. La Familia mira asombrada, pone toda la atención que puede, pero esta atención no dura mucho, no puede durar, y alguien corta el relato con una frase que los hace reír a todos. Una frase que hará llorar al Niño.
Porque el Niño se levanta de la mesa, abre la puerta, se separa de la Familia y baja los tres peldaños que llevan al mundo. Allí delante hay un muro encantado, bajo, como de un mirador que diera a tierras desconocidas. El Niño se inclina sobre el muro, deja caer la cabeza sobre los brazos cruzados, y siente que se deshace dentro de él un nudo de lágrimas. De la casa llegan risas y voces, alguien habla en voz alta, y luego resuenan carcajadas. Hace mucho frío.
El cielo es alto y profundo. Visto desde allí, parece hecho de terciopelo negro, como si fuese posible llegarle con la mano. Y las estrellas. Duras, nítidas, implacables, casi feroces. Vistas a través de las lágrimas, son diferentes. Qué mundo extraño, éste. Bajo los pasos del Niño, el suelo estalla. Y, enfrente, los árboles negros, vagamente terroríficos, adoptan el aire confidencial de quien conoce los secretos todos.
La aparición
No es una historia de fantasmas, aunque sea una historia del otro mundo. Y tanto la podré contar en media docena de renglones apresurados como llenar y llenar hojas y más hojas de papel, esta crónica y otra, y las siguientes, hasta el infinito, hasta la rendición y la renuncia. Porque de antemano sé que todo cuanto diga o llegue a decir no va a bastar para aflorar siquiera la franja luminosa de la aparición nocturna. Es éste el defecto de las palabras. Partimos de la base de que no hay otro medio de entendernos y explicarnos, y acabamos descubriendo que nos quedamos en medio de la explicación, y tan lejos de entender que mejor sería haber dejado a los ojos y el gesto su peso de silencio. Tal vez incluso el gesto sea excesivo. A fin de cuentas, él no es más que el dibujo de una palabra, el caminar de una frase en el espacio. Nos quedan los ojos, y su acceso privilegiado a las apariciones.
Cosas de éstas no ocurren muchas veces en la vida. Dependen de una conjunción de tiempo y de lugar, del viaje terrestre de un ser determinado y de los impulsos oscuros o conscientes que en ese viaje lo hayan guiado. Dependen (¿quién sabe?) de los astros, de su posición en el cielo, de la fase de la luna, de la hora en que ella nació o desaparecerá. Dependen de una sombra, de una vibración de la atmósfera. Dependen de que lleguemos en el momento exacto al sitio preciso. Tenemos una probabilidad entre un millón —y, no obstante, a veces ocurre.
Es de noche. Hay un camino entre dos hileras de árboles. Alguien avanza por ese camino, alguien al que el silencio asusta vagamente, y, más que el silencio, la soledad y el juego alternado de sombra y de luz que por el suelo se extiende. Es un muchacho que viene de lejos, de una fiesta de aldea donde estaba aquella eterna muchacha de quien nada se recibirá, pero que es, en sí misma, la promesa del futuro amor. Desde allí hasta la casa, el muchacho tiene que andar aún una legua. Pasará la noche, o lo que quede de ella, en una barraca de maderos, en un lecho de hojarasca y hojas secas de maíz. Habrá una niebla espesa cuando se despierte, y lo sabe porque se lo dicen varias señales en el cielo. Mientras tanto, va andando por el camino silencioso. No piensa. A aquella hora, la muchacha está durmiendo, se ha recogido, otra vez crisálida, en el capullo del que saldrá mariposa. El muchacho aguza el oído para distinguir los rumores nocturnos y sus amenazas. Del lado derecho de la trocha, hay un charco, donde, de vez en cuando, brillan hojas de espadas. La noche es terrible, ya lo sabemos.
De repente, el camino parece acabar. Traza una curva brusca, se esconde tras un vallado, y muestra, como para cortar el paso a quien pase, un árbol aislado, alto y alto, oscuro sobre el azul-negro del cielo. El muchacho siente el frío gélido del miedo. Se detiene, mira alrededor, da dos pasos atrás. El campo se ha recogido en un silencio mayor bajo la luz fantasmagórica de la luna. El árbol llena el camino y el espacio. Condensa en sus ramas toda la oscuridad de la noche. Tal vez allí encuentren cobijo las aves de nombres fúnebres y ojos amarillos. Y habrá murciélagos colgados cabeza abajo, envueltos en sus propias alas como en sudarios negros. Están allí, a la espera, los innominados terrores del mundo de la tiniebla.
Y vino la aparición. Desde muy lejos se aproximó una brisa que era un murmullo. Movió los tallos tiernos de los hierbajos, las navajas verdes de los cañaverales, hizo ondular en un estremecimiento de luz las aguas pardas de la charca, alzó como una ola las ramas extendidas, envolvió al muchacho en un rápido remolino —y siguió adelante hasta el árbol que lo esperaba. Y subió por el tronco y por las ramas, murmurando siempre. Y las hojas volvieron hacia la luna su faz oculta, y todo el árbol se cubrió de blanco hasta la rama más alta. Y a los ojos deslumbrados del muchacho, trémulo ahora de conmoción y asombro, la aparición del haya milagrosa se mostró en un vertiginoso segundo —que durará mientras dure la vida.
El zapatero prodigioso
Hoy quisiera una prosa descansada, tranquila, que dijera las cosas más serias de la manera más sencilla. Una prosa que se ayudase a sí misma, en la que yo no interviniera o no tuviera más presencia que la del contemplativo que descansa a la orilla del río y ve pasar las aguas. La historia de las personas está hecha de lágrimas, algunas risas, unas pocas pequeñas alegrías y un gran dolor final. Y todo puede ser contado en los más diversos tonos: elegiaco, dramático, irónico, reservado, y todos los otros cuya enumeración aquí no cabe o, si cabe, acabaría destrozándome la cadencia de la frase.
Conozco a este hombre desde que me conozco. No es rigurosamente verdad, pero me parece haberlo visto siempre sentado en su tronco desmochado, con el banco abarrotado de las herramientas del oficio y mil pequeños objetos que ya no servían para nada. Y todo reposaba en una capa inmemorial de tierra apisonada de la que emergían clavos torcidos, virutas de suela, residuos de un trabajo continuado y atento. La tienda era un cubículo con una puerta de metro y medio de altura (poco más), por donde sólo los niños podían entrar sin curvarse. Me descubrí hombre el día en que tuve que inclinar la cabeza. Allí pasé horas interminables mientras allá fuera rechinaba el calor en los cantos rodados con los que habían pavimentado la plaza. También al caer la tarde, cuando la primera brisa anunciadora de la noche erizaba como una advertencia las hojas de los plátanos que bordeaban la fuente.
Mi zapatero tenía muchos amigos, pero las horas de visita variaban de acuerdo con la posición social de cada uno. El médico nunca estaba allí cuando llegaba un andrajoso; el párroco no pasaba de la puerta; los labradores de aquellas tierras evitaban encontrarse con enemigos de la vecindad, y decían cosas graves y profundas o chismorreos desde la puerta mientras iban rebuscando con insistencia en los bolsillos del chaleco. Sólo yo era parroquiano de todas las horas. Mi condición de muchacho de la ciudad (porque allí vivía), gozando de grandes vacaciones, me convertía en una plataforma donde cualquiera podía representar su número. Oía los casos clínicos del médico, los monosílabos del pobre, las regañinas ásperas del cura o las interminables letanías del labrador. Mientras tanto, mi zapatero iba batiendo la suela, daba cera al bramante, hacía saltar los puntos o cortaba las rebabas con dos tajos secos y rigurosos.
Era un hombre enfermo, viejo antes de tiempo, retorcido como un sarmiento o un olivo viejo. Toda la fuerza se le había juntado en los brazos. Y yo, que nunca fui hombre de muchas musculaturas, tenía una envidia loca de aquellos hombros poderosos donde las cuerdas de los tendones se estremecían y se hinchaban en un ritmo que hoy quisiera llamar solemne. A mi zapatero le gustaba hablar y oír. Contaba casos de su juventud, vagas conspiraciones de tiempos remotos, la terrible y deliciosa historia de una pistola de la que tal vez acabe hablando yo también —¿qué sé yo, pasados tantos años? Mientras él hablaba, iba yo entreteniéndome en hacer agujeros en un trozo de suela con una lezna. O removía el agua a la que la suela en remojo daba un toque astringente. Y así pasaba el tiempo. Después, mi zapatero quería saber novedades. Yo se las daba, si podía, y adornaba la historia o la inventaba para darme a valer. ¿Me comprenden, verdad? Yo venía de la ciudad, no podía dejarlo sin las respuestas que él precisaba.
Hasta un día. Era al atardecer. Había llegado del río, después de muchas horas al sol, sucio de barro, con el alma limpia de tanto azul y verde —y media docena de peces ya secos, enfilados por las agallas con una rama verde de sauce. Iba a mostrar mi pesca. Mi zapatero mostró un interés moderado. Algo lo tenía preocupado. Se alisaba el pelo con la lezna, suspendía el movimiento de los brazos al tirar del bramante —señales que yo conocía muy bien y que anunciaban preguntas de grandísima importancia. Y llegó la pregunta. Decidido, mi viejo amigo tendió hacia atrás su cuerpo deformado, se echó las gafas hacia la frente y disparó:
—¿Crees tú en la pluralidad de los mundos?
¿Qué le respondí? Que sí, que no, que quizá, que Fontenelle dijo, que el otro replicó. Pero hoy pido a las grandes potencias que mandan hombres al espacio que me hagan el favor de averiguarlo rápidamente y que le den una respuesta a mi zapatero. Es un hombre lleno de interés que vive en una aldea y tiene un tenderete con un horizonte de plátanos de sombra que se erizan en la noche cuando el cielo se cubre de estrellas.
Carta a Josefa, mi abuela
Tienes noventa años. Estás vieja, dolorida. Me dices que fuiste la muchacha más hermosa de tu tiempo —y yo lo creo. No sabes leer. Tienes las manos gruesas y deformadas, los pies como acortezados. Cargaste en la cabeza toneladas de leña y de haces, albuferas de agua. Viste nacer el sol todos los días. Con el pan que has amasado podría hacerse un banquete universal. Criaste personas y ganado, metiste a los lechones en tu cama cuando el frío amenazaba con helarlos. Me contaste historias de apariciones y hombres lobo, viejas cuestiones de familia, un crimen de muerte. Viga maestra de tu casa, fuego de tu hogar —siete veces quedaste grávida, siete veces pariste.
No sabes nada del mundo. No entiendes de política, ni de economía, ni de literatura, ni de filosofía, ni de religión. Heredaste unos cientos de palabras prácticas, un vocabulario elemental. Con eso viviste y vas viviendo. Eres sensible a las catástrofes y también a los casos de la calle, a las bodas de las princesas y al robo de los conejos de la vecina. Tienes grandes odios por motivos de los que ya ni el recuerdo te queda, y grandes dedicaciones que no se asientan en nada. Vives. Para ti, la palabra «Vietnam» es sólo un sonido bárbaro que nada tiene que ver con tu círculo vital de legua y media de radio. De hambres, sabes algo: viste ya una bandera negra izada en la torre de la iglesia. (¿Me lo contaste tú, o habré soñado que lo contabas?). Llevas contigo tu pequeño capullo de intereses. Y, sin embargo, tienes ojos claros y eres alegre. Tu risa es como un cohete de colores. Nunca he visto reír a nadie como a ti.
Te tengo delante, y no entiendo. Soy de tu carne y de tu sangre, pero no entiendo. Viniste a este mundo y no te has preocupado por saber qué es el mundo. Llegas al final de tu vida, y el mundo es aún para ti lo que era cuando naciste: una interrogación, un misterio inaccesible, algo que no forma parte de tu herencia: quinientas palabras, huerto al que en cinco minutos se da la vuelta, una casa de tejas y el suelo de tierra apisonada. Aprieto tu mano callosa, paso mi mano por tu rostro arrugado y por tu cabello blanco que resistió el peso de las cargas —y sigo sin entender. Fuiste hermosa, dices, y veo muy bien que eres inteligente. ¿Por qué te han robado, pues, el mundo? ¿Quién te lo robó? Pero quizá de esto entienda yo, y te diría cómo, y por qué, y cuándo, si supiera elegir entre mis innumerables palabras las que tú podrías comprender. Ya no vale la pena. El mundo continuará sin ti —y sin mí también. No nos habremos dicho el uno al otro lo que más importa.
¿Realmente no nos lo habremos dicho? No te habré dado yo, porque mis palabras no eran las tuyas, el mundo que te era debido. Me quedo con esa culpa de la que no me acusas —y eso es aún peor. Pero, por qué, abuela, por qué te sientas al umbral de tu puerta, abierta hacia la noche estrellada e inmensa, hacia el cielo del que nada sabes y por el que nunca viajarás, hacia el silencio de los campos y de los árboles en sombra, y dices, con la tranquila serenidad de tus noventa años y el fuego de tu adolescencia nunca perdida: «¡El mundo es tan bonito, y me da tanta tristeza morir!».
Eso es lo que yo no entiendo —pero la culpa no es tuya.
Mi abuelo, también
Tal vez el día lluvioso sea el responsable de esta melancolía. Somos una máquina complicada en la que los hilos del presente activo se enredan en la tela del pasado muerto, y todo eso se cruza y entrecruza de tal modo, en lazos y apreturas, que hay momentos en los que la vida cae toda sobre nosotros y nos deja perplejos, confusos y súbitamente amputados del futuro. Cae la lluvia, el viento disloca la compostura árida de los árboles deshojados —y de tiempos pasados viene una imagen perdida, un hombre alto y flaco, viejo, que ahora se aproxima, por una senda encharcada. Trae un cayado en la mano, un capote embarrado y antiguo, y por él resbalan todas las aguas del cielo. Delante, avanzan los animales fatigados, con la cabeza baja, rasando el suelo con el hocico. Hombre y animales avanzan bajo la lluvia. Es una imagen común, sin belleza, terriblemente anónima.
Pero este hombre que así se aproxima, lento, entre cortinas de lluvia que parecen diluir lo que en la memoria no se ha perdido, es mi abuelo. Viene cansado, y viejo. Arrastra consigo setenta años de vida difícil, de dificultades, de ignorancia. Y con todo, es un hombre sabio, callado y metido en sí, que sólo abre la boca para decir las palabras importantes, las que importan. Habla tan poco (son pocas las palabras realmente importantes) que todos nos callamos para escuchar cuando en el rostro se le enciende algo como una luz de advertencia. Eso aparte, tiene un modo de estar sentado, mirando a lo lejos, aunque ese lejos sea sólo la pared más próxima, que llega a ser intimidante. No sé qué diálogo mudo lo mantiene ajeno a nosotros. Su rostro está tallado a hachuela, fijo, pero expresivo, y los ojos, pequeños y agudos, tienen de vez en cuando un brillo claro como si en ese momento algo hubiera sido definitivamente comprendido. Parece una esfinge, diré yo más tarde, cuando las lecturas eruditas me ayuden en estas comparaciones que abonan una fácil cultura. Hoy digo que parecía un hombre.
Y era un hombre. Un hombre igual a muchos de esta tierra, de este mundo, un hombre sin oportunidades, tal vez un Einstein perdido bajo una espesa capa de imposibles, un filósofo (¿quién sabe?), un gran escritor analfabeto. Algo sería, algo que nunca pudo ser. Recuerdo ahora aquella noche tibia de verano cuando dormimos, los dos, bajo la higuera —lo oigo hablar aún de lo que había sido su vida, del Camino de Santiago que sobre nuestras cabezas resplandecía (cuántas cosas sabía él del cielo y de las estrellas), del ganado que lo conocía, de las historias y leyendas que eran su caudal de la infancia remota. Nos dormimos tarde, enrollados en la manta lobera, porque al amanecer refrescaría sin duda y el rocío no caía sólo sobre las plantas.
Pero la imagen que no me abandona es la del viejo que avanza bajo la lluvia, obstinado y silencioso, como quien cumple un destino en el que nada se puede modificar. A no ser la muerte. Pero, entonces, este viejo, que es mi abuelo, no sabe aún cómo va a morir. Aún no sabe que pocos días antes de su último día va a tener la premonición (perdona la palabra, Jerónimo) de que ha llegado el fin. E irá, de árbol en árbol de su huerto, abrazando los troncos, despidiéndose de ellos, de los frutos que no volverá a comer, de las sombras amigas. Porque habrá llegado la gran sombra, mientras la memoria no lo haga resurgir en el camino encharcado o bajo la concavidad del cielo y la interrogación de las estrellas. Sólo esto —y también el gesto que de repente me pone en pie y la urgencia de la orden que llena el cuarto tibio donde escribo.
El afilador
No es bueno mirar para el pasado. El pasado es ese armario de los esqueletos del que hablan los ingleses, gente discreta, de poco sol y aún menos alborozo. Pero, a veces, la memoria, por caminos que ni siquiera sabemos explicar, trae al día en que vivimos imágenes, colores, palabras y figuras. ¿Cómo voy yo ahora, por ejemplo, a saber por qué diablos aparece ante mí un hombrecillo de boina medio caída empujando su máquina de una sola rueda, mientras arranca de una siringa o flauta de Pan la melodía que es su tarjeta de visita? Si no es una añoranza que exige represión, sí es, al menos, algo que tendrá que ver con cierta defectuosa conformidad con el presente.
La verdad es que no lo sé. Tenemos ahí a ese hombre, de escasas y gallegas palabras, muy metido en sí. Era una figura que tenía su porqué de simpatía. Venía de lejos el afilador, y pasaba. Raíces, ninguna, o allá muy lejos, en los «airiños da súa terra». Pero, para los años que entonces yo tenía, esos de donde me llega ahora el hombre entero, la rueda de afilar y la flauta, había algo siniestro en la suma que de todo esto se extraía. ¿Cómo lo diré? La calle estaba tranquila, recatada, con ropas en las ventanas, tal vez claveles, si era tiempo de ellos, o geranios, que es flor de todo tiempo, o casi. De repente (nada de «de repente», pensándolo mejor, porque el sonido empezaba a oírse de lejos), la melodía entraba calle adentro y ponía en frenesí a las amas de casa. Era un rebuscar desatinado en cajones de cocina, en cestas de costura, un bajar precipitado escaleras abajo. El afilador se instalaba y quedaba allí, a veces todo el día, poniendo parches en lebrillos de barro, fondos de sartén, arreglando paraguas —y, sobre todo, afilando cuchillos y tijeras melladas por la doméstica tarea de cortar.
A mí, que acechaba tras los cristales, me aterrorizaba la expresión concentrada del afilador, atento al filo, como si para él no hubiese (y no la había) misión más importante en la vida que dar a cada uno un filo vivo, que serviría para la prosaica tarea de pelar patatas, para degollar menos prosaicamente una gallina (eran rareza entonces los pollos), o para poner al sol las tripas de un enemigo. Indiferente, el afilador probaba el filo. En cuanto al beneficio, si se lo preguntaban, tal vez respondería con un aria de su flauta.
Llegada la noche, desaparecía. En el interior de las casas se probaba el corte, había centelleos fríos de acero disponible, y si entonces supiese yo lo que eso significaba, diría que toda la calle quedaba apestada por una atmósfera de sadismo. Las pacíficas amas de casa, tijera en ristre, lanzaban miradas enloquecidas alrededor, en busca de víctimas. Aquel día no se podía hablar más alto o practicar un acto fuera de lo común y cotidiano. La presencia viva del acero asustaba a los niños y a las aves del corral.
Mientras tanto, a lo lejos, el sonido de la flauta iba desvaneciéndose. Y yo, un chiquillo que vivía apretado en la piel que en la vida le había tocado en suerte, lanzaba el vaho a los cristales y trazaba dibujos incomprensibles, con la vaga inquietud de quien adivina que hay en las cosas sentidos ocultos que sólo ocultamente pueden ser entendidos.
Nadie se baña dos veces en el mismo río
Estoy tumbado en la orilla. Dos barcas, sujetas a un tronco de sauce cortado en remotos tiempos, oscilan movidas por el viento, no por la corriente, que es blanda, lenta, casi imperceptible. El paisaje que tengo delante lo conozco ya. Por una abertura entre los árboles veo las tierras lisas de las márgenes fangosas, y, al fondo, una franja de vegetación verde oscuro, y luego, inevitablemente, el cielo en el que flotan nubes que ya no son tan blancas, porque la tarde toca a su fin y hay un tono nacarado que es el día que se extingue. Mientras tanto, el río corre. Mejor se diría que anda, que se arrastra, pero no es costumbre.
Tres metros por encima de mi cabeza hay, prendidos en las ramas, manojos de paja, espigas de maíz, aglomerados de lodo seco. Son los vestigios de la riada. A la izquierda, en la otra orilla, se alinean los fresnos que, a esta distancia, por obra del viento que estremece sus hojas con una vibración interminable, me recuerdan el interior de una colmena. Es el mismo hervor, una especie de zumbido vegetal, una palpitación (es lo que pienso ahora), como si diez mil aves hubiesen brotado de las ramas en una ansiedad de alas que no pueden alzar el vuelo.
Mientras voy pensando, sigue pasando el río en silencio. Viene ahora en el viento, de la aldea, que no queda lejos, un quejumbroso tañido de campanas: alguien ha muerto, sé quién ha sido, pero ¿de qué sirve decirlo? Allá, muy altas, dos garzas blancas (o quizá no sean garzas, es igual) dibujan un baile sin principio ni fin: han venido a inscribirse en mi tiempo, irán después continuando el suyo, sin mí.
Miro ahora hacia el río, que conozco tan bien. El color del agua, su manera de deslizarse a lo largo de las orillas, las espadañas verdes, las plataformas de limo donde las libélulas (también llamadas quitaojos) posan el extremo de las pequeñas garras —este río es algo que corre en mi sangre, algo a lo que estoy prendido desde siempre y para siempre. Navegué en él, aprendí en él a nadar, conozco sus pozos y los escondrijos donde los barcos se detienen inmóviles. Más que un río, es quizá un secreto.
Y, con todo, estas aguas no son ya mis aguas. El tiempo fluye en ellas, las arrastra y va arrastrado en la corriente líquida, lentamente, a la velocidad (aquí en la tierra) de sesenta segundos por minuto. ¿Cuántos minutos han pasado ya desde que me tendí en la orilla, sobre el heno seco dorado? ¿Cuántos metros anduvo aquel tronco podrido que oscila? Suenan aún las campanas; en la tarde se ha notado un estremecimiento, ¿dónde están las garzas? Lentamente, me levanto, sacudo la hierba seca agarrada a mi ropa, me calzo. Cojo una piedra, un trozo de cuarzo redondeado y denso, lo tiro al aire, en un gesto del pasado. Cae en medio del río, se hunde (no lo veo, pero lo sé), atraviesa las aguas opacas y se posa en el lodo del fondo, se entierra un poco. Ha cambiado de lugar, tal vez el invierno lo arrastre más allá, lo restituya a la orilla desde donde lo arrojé. Tal vez quede allí para siempre.
Bajo hasta el agua, hundo en ella las manos, y no las reconozco. Me vienen a la memoria otras manos hundidas en otro río. Mis manos de hace treinta años, el río antiguo de aguas que se han perdido ya en el mar. Veo pasar el tiempo. Tiene el color del agua y va cargado de detritus, de pétalos arrancados, de un sonar medido de campanas. Yo sacudo las manos cargadas de tiempo y me las llevo a los ojos —mis manos de hoy, con las que me aferro a la vida y a la verdad de esta hora.
Las bondadosas
En la vida de cada uno de nosotros hay siempre una Vieja Casa. La mía ya no existe. Durante más de cien años, sus cuatro paredes ciegas (digo «ciegas» porque no tenían ventanas, sólo un postigo) defendieron del frío y de la lluvia a quienes allí vivieron. «Defendieron» es una manera de decir, porque, en definitiva, en el invierno el agua se helaba en los cántaros y la lluvia encharcaba el suelo de tierra pisada. Entre las tejas se veían las estrellas, y la luz de la luna llevaba a la noche entera a pasear por dentro de la casa, silenciosa como un alma pacífica del otro mundo que, de éste, sólo tuviera buenos recuerdos.
La casa ya no existe. La demolió una historia de partijas y de odios fraternos, aullada ante el asombro de un rostro viejo. Razón tenía Gide cuando exclamaba: «¡Familias, os odio!». El catecismo del rencor nunca tuvo mejores catecúmenos. Eran cuatro palmos de tierra pobre y fueron disputados como si del mundo se tratase. Papel sellado, leyes y abogados salaron la herida, y allí quedó una familia cortada en pedazos, y cada uno de estos pedazos, gritando. Una historia como tantas. No vale la pena insistir: me sobran ya razones para el pesimismo.
Ante el espacio que la casa ocupó, me di cuenta de que el tiempo, pese a los estragos que en nosotros hace, no tiene mucha importancia: estar vivos es ya de por sí una victoria. Pero la desaparición de las cosas es grave. Si me es permitido expresarme así, diré que la casa había organizado el espacio de un modo determinado, había dibujado un perfil particular del cielo, había dispuesto sus volúmenes como elementos del paisaje, era paisaje. Y ahora había allí otra casa, adornada de marmolita donde tendrá buen nido el polvo, con arriates colgados de las ventanas para que las flores, laboriosamente, procuren honrar su condición de plantas.
La vi y seguí andando, y ni siquiera miré hacia atrás. Nada tenía yo que ver con lo que allí quedaba: una casa sin pasado, que algún día lo tendrá, sin duda, pero que, moldeado en otro espacio, no será el mío. Así mueren las infancias, cuando ya no son posibles los regresos porque, cortados los puentes, bajan hacia el agua infatigablemente las vigas descoyuntadas en el espacio ajeno. Entonces, no hay más remedio que hacer como las culebras: dejar la piel en la que ya no se cabe, abandonarla en el suelo, o colgada de un matojo rastrero, y pasar a la edad siguiente. La vida es breve, pero en ella cabe mucho más de lo que somos capaces de vivir.
Más tarde, oí el relato circunstanciado de la guerra familiar. Ya entonces la conmoción se había hundido hasta desaparecer en el hábito iniciado de ya no tener Vieja Casa: escuché serenamente la historia lamentable, el juego interesado de alianzas, el parloteo vacuo de los leguleyos, el dicho calumnioso, la furia y la soberbia en la plaza pública. Un caso de ambición sin grandeza, algo de lo que nada más se saca que desprecio e indiferencia.
Pero me gané el día. Porque en un momento determinado, cuando entraron en los pormenores de la demolición (y ahí temblé por mí: lo que desaparecía era mi espacio), me dijeron que hasta vinieron al final las bondadosas. Me sobresalté: en una historia sin bondad, ¿qué venían a hacer las bondadosas? ¿Y quiénes eran esas criaturas a última hora aparecidas para reconciliarme con la especie humana? No, no tardé mucho tiempo en entender: las tales bondadosas no eran almas vivientes, eran los bulldozers que habían echado abajo, en un santiamén, las paredes de la Vieja Casa, la que me ha servido de pretexto para evocaciones y lirismos.
Me sentí profundamente satisfecho. Aquel pueblo, ante la palabra
