Todas las veces que fuimos inevitables (Saga Yugen 4)

Chloe Santana

Fragmento

Freya

Freya

Hace doce años

Salí de la cama y corrí para esconderme dentro de la tienda de campaña cuando escuché el sonido de unos pasos que se acercaban a mi habitación. Cerré la cortina y me abracé a Wendy, la muñeca de trapo con la que dormía todas las noches. No quería ver a nadie. Estaba enfadada con el mundo. Para colmo, Astrid se había reído de mí después de que hubiese llorado en el desayuno, cuando nuestros padres me contaron que nuestro conejito se había ido al cielo. Mi hermana mayor tenía doce años, cuatro más que yo, y, según nuestro padre, sufría una enfermedad llamada «preadolescencia» que se curaría con el paso del tiempo. Yo no entendía a qué se refería. Lo único que sabía era que había pasado de ser una hermana molona que siempre quería jugar conmigo a una estirada que se encerraba en su cuarto con sus amigas y se burlaba de mí.

—Freya… —La voz suave de mi madre me tranquilizó—. ¿Puedo pasar?

Me sequé las lágrimas con el puño del jersey. No quería que mamá me viera llorar. Seguía muy disgustada por las palabras de Astrid: «Solo era un estúpido conejo viejo. Deja de lloriquear como una niñita».

—Vale —respondí conteniendo un hipido.

Quería ser tan dura como mi hermana mayor, pero necesitaba el abrazo consolador de mi madre. Astrid se enfrentaba a todos los que tenían la osadía de interponerse en su camino, incluidos los niños del colegio que se metían conmigo. Se quejaba de que yo dejase que me ningunearan, algo ridículo, porque el hecho de que no te defiendas no significa que merezcas que los demás sean crueles contigo. A pesar de lo diferentes que éramos, mi hermana mantenía a raya a los compañeros de clase que me hacían la vida imposible. En más de una ocasión la habían mandado al despacho del director después de haberle atizado a algún niño que me había llamado Cruella de Vil o bicho raro. Lo de Cruella era porque sufría piebaldismo, una condición genética que había heredado de mi padre. El rasgo visible de este síndrome era una mancha blanca en la frente con forma de mariposa y un mechón del mismo color en el centro del pelo que contrastaba con mi cabello negro. Sí, Cruella era un mote muy original. Lo de bicho raro se debía a que prefería tener la cabeza enterrada en un libro antes que hacer amigos, ya que era una niña curiosa por naturaleza a la que le encantaba hacer preguntas y ver documentales. O sea, un bicho raro de ocho años que se sentía incapaz de relacionarse con los demás críos de su edad.

—Freya… —canturreó mi madre.

Se puso a buscarme por la habitación y aquello me provocó una risilla. Se agachó para mirar debajo de la cama y luego fue al armario. Mi mamá era la mejor madre del mundo. Supongo que todos los niños dicen lo mismo, pero yo estaba absolutamente convencida de que la mía era genial. Se dedicaba a escribir cuentos infantiles. Tenía una gran imaginación. Por eso, en lugar de leerme historias, inventábamos las nuestras propias. Se tiraba en la hierba para jugar conmigo y no le importaba mancharse los pantalones de barro. En los días de lluvia, nos poníamos las botas de agua y saltábamos en los charcos. Y también preparaba galletas de chocolate con mantequilla de cacahuete que me dejaba probar cuando aún estaban calientes.

—¡Bu! —exclamé saliendo de mi escondite.

—¡Qué susto me has dado! —Se llevó una mano al pecho y me dedicó una de sus sonrisas.

La gente decía que Astrid se parecía mucho a mamá. Las dos eran rubias, menudas y tenían los ojos verdes. Yo, por el contrario, había heredado el cabello negro de papá (con piebaldismo incluido) y sus ojos color miel. Sin embargo, tenía el carácter calmado de nuestra madre, a diferencia de Astrid, que era tan resolutiva como nuestro padre, un hombre que se dedicaba a los negocios y que siempre llevaba traje y corbata. Yo no tenía ni idea de lo que significaba aquello, pero me daba la impresión de que papá era alguien muy importante.

—Hola, pequeña valkiria. —Mamá se agachó para quedar a mi altura.

Me encantaba que me llamara así. Nuestros nombres eran nórdicos porque mamá había nacido en Bergen. Astrid se llamaba como ella. A veces le tomaba el pelo y le decía que yo me había quedado con el nombre guay. Me gustaba ser la única Freya del cole.

—¿Puedo entrar en tu refugio?

Fingí pensarlo durante unos segundos. Luego asentí y le hice un hueco para que entrase. Me partí de risa cuando se golpeó la cabeza con el techo.

—¡Qué niña tan sinvergüenza! —exclamó—. ¿Te ríes de tu mamá?

Me retorcí de la risa cuando se puso a hacerme cosquillas. Esa era mi madre. Siempre encontraba la forma de animarme.

—¡No, mami! ¡Para, para!

—Solo si me das un abrazo.

Le eché los brazos al cuello y me refugié en su aroma. Mamá siempre olía a masa de galletas y canela.

—¿Por qué ha tenido que morir Muffin? —quise saber.

—Los animales tienen una esperanza de vida más corta que la de las personas —me explicó acariciándome el pelo con cariño.

—Pero yo no quería que muriera…

—Lo sé, tesoro. —Mamá se apartó para mirarme a los ojos—. Muffin ha estado seis años con nosotros. Tienes que quedarte con los momentos bonitos que habéis vivido. ¿Te acuerdas de cuando grabamos aquel vídeo en el que se comía una zanahoria?

—¡Sí!

Mi madre cogió el móvil y lo vimos. Echaba de menos a Muffin. Hice un puchero al ver su carita rechoncha.

—¿Ves lo feliz que era?

—Sí, mami.

—Muffin se ha ido al cielo de los conejitos, pero no por eso ha dejado de quererte. Ahora está con sus amigos y desea que lo recuerdes con mucho cariño porque juntos fuisteis muy felices. —Sonreí al pensar en un cielo lleno de conejitos que comían zanahorias y corrían por un prado verde. Me gustaba pensar que Muffin estaba allí—. Cuando alguien que queremos se marcha, no significa que el amor que sentimos desaparezca. Porque el amor, Freya, dura para siempre si es verdadero.

—¿Entonces no puedo llorar?

—Claro que puedes, tesoro. —Mi madre volvió a abrazarme.

—Pero Astrid se burla de mí cuando lloro. Dice que soy débil.

—Las lágrimas no son malas. Venimos a este mundo llorando, y eso, cariño, es un signo de fortaleza, aunque haya personas que no sepan verlo. No pasa nada por mostrar que algo te duele. Eso no quiere decir que seas débil, sino que tienes un gran corazón que ama de verdad. Y no hay nada más valiente que amar sin límites.

—¿Por qué Astrid y yo somos tan diferentes? —Quería entender cómo era posible que dos hermanas fueran totalmente opuestas—. Me gustaría ser valiente y tener muchos amigos como ella.

Mi madre me apartó el pelo de la cara con ternura.

—El mundo sería un lugar muy aburrido si todos fuéramos iguales, ¿no te parece?

—Tal vez. —Me encogí de hombros.

—¿Quieres que cocinemos galletas?

—¡Sííí!

Mi madre me sonrió con dulzura.

—Antes debes prometerme una cosa.

—Lo que sea, mamá.

—Pase lo que pase, tenéis que cuidar la una de la otra.

—Astrid no quiere que cuide de ella… —respondí desconcertada.

—Algún día te necesitará tanto como tú a ella.

Tenía clarísimo que eso no pasaría nunca. Astrid era fuerte, decidida e independiente. Resultaba evidente que para ella yo solo era un estorbo. De todos modos, una promesa es una promesa.

—No quiero que te mueras, mamá —me sinceré antes de salir de la habitación.

No sé por qué lo dije. Puede que me gustara que Muffin estuviera en un cielo lleno de conejitos, pero quería que mi madre me siguiera arropando por las noches. Se me llenaron los ojos de lágrimas al pensar que algún día dejaría de abrazarme.

—Freya… —Mi madre me acarició la mejilla—. Siempre voy a estar contigo.

—¿Siempre? —pregunté entre lágrimas.

—Siempre. —Me puso una mano en el pecho—. Justo aquí, donde el amor nunca muere y nuestros seres queridos viven eternamente.

No entendí aquello. ¿Cómo iba a vivir mi madre dentro de mi pecho? ¡No cabía! Quise hacerle un millón de preguntas al respecto, pero me dio la mano y nos dirigimos a la cocina. En ese momento, mi hermana salió de su habitación y mi madre le preguntó si le apetecía unirse a nosotras. Astrid refunfuñó que aquel era un plan de críos y se encerró en el baño, seguramente para pintarse con el maquillaje de mamá, algo que tenía prohibido. Yo, por el contrario, me aferré a la mano de mi madre y sonreí al tenerla solo para mí.

Aquel día aprendí que la felicidad son pequeños instantes que debes guardar como un tesoro porque nunca sabemos lo felices que somos mientras lo estamos siendo.

Pol

Pol

Hace diez años

—¡Nos vemos mañana! —se despidió Leo.

—¡Adiós, Apestoso! —Gabi me sacó la lengua.

Puse los ojos en blanco. Aquella cría nunca cambiaría. En cuanto me di la vuelta, dejé de hacerme el duro y sonreí como un idiota. Me encantaba estar con mis colegas. Cuando tocaba la batería, me sentía libre. El verano era la mejor época del año. Decía adiós al colegio privado, las reuniones sociales y la lista infinita de reglas estrictas de mis padres. Era absolutamente feliz… hasta que debía volver al ático. Entonces, tragaba saliva antes de meter la llave en la cerradura mientras me preguntaba de qué humor estaría aquella noche. Era un alivio que solo nos viéramos para cenar. Mi padre se pasaba la mayor parte del día en el campo de golf con sus amigos o en aquel restaurante de Puerto Marina en el que hablaba de negocios que supuestamente deberían interesarme cuando fuera un adulto. Por desgracia para él, tenía mis propios planes.

Respiré hondo antes de entrar. A pesar de que veraneaba en el mismo complejo de apartamentos que Gabi, Leo y Axel, el ático de mi familia no tenía nada que ver con los pequeños estudios en los que ellos se alojaban. El complejo contaba con tres edificios y nosotros estábamos en el de los apartamentos más grandes. Por supuesto, mi padre se había encargado de elegir el ático más lujoso con vistas a la playa. Debería de ser un oasis de paz, pero esa palabra no tenía cabida en mi familia.

—Pol… —susurró mi madre. Estaba temblando, lo que no auguraba nada bueno—. Lávate las manos y ve a la mesa.

—Mamá —dije preocupado—, ¿te encuentras bien?

Mi madre se volvió con gesto irritado y enderezó la espalda. Al principio solía restarle importancia y forzaba una sonrisa, pero ya no era un crío al que pudiera engañar. Era consciente de lo que estaba pasando.

—Ve al baño —me ordenó inflexible.

Apreté los puños. Puede que solo tuviera doce años, pero sabía que lo que sucedía era injusto. Lamentablemente, de cara a la galería éramos una familia idílica. Si a eso le sumabas el poder y la influencia de mi padre, uno de los abogados más prestigiosos del país, el resultado era una absoluta impunidad.

No quería que él lo pagara con ella, como hacía siempre. Por eso me dirigí al baño y me lavé las manos. Luego fui a la terraza con vistas a la playa, donde cenábamos todas las noches a las diez menos cuarto.

Mi hermana tenía una expresión dócil y estaba sentada con la espalda erguida. Su pasividad me enervaba, aunque supongo que era su forma de sobrevivir. Se había convertido en la hija perfecta que sacaba matrícula de honor, hablaba varios idiomas y se relacionaba con los hijos de los amigos de nuestros padres.

—¿Y Nico? —pregunté al no verlo.

—Llegas diez minutos tarde —me reprochó mi padre.

—¿Y Nico? —insistí, a pesar de la mirada suplicante que me dedicó mi hermana.

Mi padre me observó con ira mal contenida.

—Siéntate, Pol.

—¿Dónde está Nico? —Me dio igual que me lanzara una mirada de advertencia. No pensaba sentarme hasta que averiguara qué le había pasado a mi hermano.

—Está castigado —me informó mi padre con tono glacial—. Y ahora siéntate.

—¿Por qué? —pregunté contrariado.

Conocía sus castigos injustos. Yo los sufría de primera mano. Sin embargo, tenía especial inquina hacia nuestro hermano mayor. Cualquier excusa le parecía buena para descargar su rabia contra él.

—Se ha hecho pis en la piscina —me explicó Iris en voz baja, como si temiera molestar a mi padre.

—¿Y por eso lo has castigado? —repliqué atónito—. ¡No lo ha hecho a propósito!

—Tu hermano es una vergüenza para la familia —dijo mi padre con desagrado.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Me dio rabia llorar delante de él, pero no pude contenerme. Él suspiró, con toda seguridad aburrido por lo que consideraba una escena.

—Tiene una discapacidad intelectual —lo defendí—. El médico dice que…

—Eres igual de débil que él. —Mi padre se puso de pie. Esta vez no retrocedí. Alcé la barbilla y le sostuve la mirada. Mi reacción lo sorprendió un poco, hasta que se echó a reír—. ¿De verdad crees que vas a llegar a algo tocando la batería? Eres un pobre iluso. Solo te permito esa distracción porque es verano y prefiero perderte de vista. De lo contrario, me avergonzarías delante de nuestros conocidos.

Se inclinó hacia delante y me puso las manos en los hombros. Su rostro era una máscara de desprecio. Apretó con fuerza hasta que me hizo daño y esbocé una mueca de dolor.

—Que te quede una cosa muy clara —me advirtió con un tono que me heló la sangre—: eres mi hijo y harás lo que yo te diga. Vas a estudiar Derecho y trabajarás en el bufete de nuestra familia. Podrías aprender un poco de tu hermana.

—Papá… —le suplicó Iris.

—Cállate —le ordenó, y ella se encogió en la silla. Mi padre volvió a centrarse en mí—. Siéntate de una vez y deja de mirarme de esa forma.

No sabía a qué se refería. Tenía la vista nublada por las lágrimas. Quizá era eso lo que le molestaba. Más de una vez me había dicho que los hombres de verdad no lloraban.

No sé de dónde saqué fuerzas para decir:

—No voy a sentarme si Nico no cena con nosotros.

Mi padre apretó los dientes, cogió el plato que había en la mesa y lo estampó contra el suelo. Me encogí de miedo, pues por un instante pensé que me lo iba a romper en la cabeza.

—Conque no quieres cenar, pequeño mocoso ingrato…

—Déjalo, papá —intervino Iris con desdén—. No merece la pena que te enfades con él. La cena se va a enfriar.

Mi padre me evaluó durante unos segundos. Luego asintió y volvió a sentarse. Noté que mi hermana me miraba de reojo y suspiraba aliviada. Solo lo había dicho para aplacarlo. Solía hacer ese tipo de comentarios para que él creyera que era absurdo perder el tiempo conmigo.

—Desaparece de mi vista —me ordenó con desagrado.

Me largué corriendo, no fuera a ser que cambiara de opinión. Conocía sus cambios de humor. Una noche sin cenar era un regalo comparado con otras represalias. Además, podía hacerle compañía a Nico. Fui a su habitación y lo encontré llorando bocabajo en la cama.

—Papá se ha enfadado conmigo —sollozó—. Dice que, si vuelvo a avergonzarlo, me llevará muy lejos de casa. No quiero estar separado de vosotros…

No era la primera vez que lo amenazaba con algo así. En aquel momento descubrí lo que era el pánico. Si mi padre decidía encerrar a Nico en un centro, no podría hacer nada por evitarlo. No supe qué decir para consolarlo, por lo que lo abracé hasta que se calmó. Luego cogí uno de sus puzles favoritos y le propuse que jugásemos. Al cabo de media hora, la puerta de la habitación se abrió. Pensé que sería mi padre para echarme la bronca, pero apareció mi hermana con una bandeja con dos sándwiches y un par de zumos.

—Se ha quedado dormido —dijo en voz baja.

Le di las gracias con la mirada.

—¡Eres la mejor, hermanita! —Nico le dio un abrazo que por poco la tiró de espaldas.

—No se lo puedes decir a nadie —le pidió.

Nico asintió. Devoramos la improvisada cena mientras mi hermana permanecía en silencio. Era muy buena actriz, pero a mí no podía engañarme. Tenía cuatro años más que yo y se había convertido en la hija modélica. Sabía que aquella situación le dolía tanto como a mí. Sin embargo, ella había optado por otro mecanismo de defensa.

Cuando mi hermano se quedó dormido, la intercepté antes de que pudiera salir de la habitación.

—¿Cómo lo soportas? —quise saber.

Se encogió de hombros.

—¿Qué otra cosa puedo hacer? —respondió sin alterarse—. Si fueras listo, intentarías no cabrearlo. No le des más motivos para que lo pague con Nico. Él es la presa fácil.

Me quedé paralizado por sus palabras. ¿Eso pensaba? ¿Que yo le daba motivos para descargar su ira contra el pobre Nico?

—Oye… —Me puso una mano en el hombro al percibir mi malestar—. Solo digo que no podemos hacer nada. Somos unos críos.

—¿Y cuando seamos adultos? —repliqué cabreado—. Cuando sea mayor de edad…

—Escaparás —se adelantó—. Yo también, y me llevaré a Nico conmigo.

—¿Y mamá? —pregunté apenado.

—No puedes salvar a una persona que se ha acostumbrado a vivir en una jaula.

La puerta de la habitación de mis padres se abrió y mi hermana se marchó a toda prisa a su dormitorio. Corrí a esconderme en el mío y no me quedé tranquilo hasta que los pasos se alejaron. Lo último que pensé cuando me quedé dormido fue que yo no sería como él. Me dedicaría a la música, me rodearía de buenas personas y encontraría mi propio camino. Los hijos no tienen por qué repetir los patrones de sus padres. Su mal ejemplo me enseñaría lo que no debía hacer.

Yo jamás sería un monstruo.

Hallaría una salida a aquella pesadilla.

Viviría sin miedo.

Fragmento de la revista ¡Escándalo!

Fragmento de la revista ¡Escándalo!

¿Qué ha sido de Pol Casals?

Esa es la pregunta que todos nos hacemos desde que lo vimos subirse a un escenario por última vez. Los fans de Yūgen echan de menos al batería. Hace ocho meses, la banda comenzó una gira de conciertos que se canceló sin previo aviso. Esta mañana, Yūgen ha emitido un comunicado a través de su perfil de Instagram en el que anuncia el inicio de una gira por las principales ciudades del país. Por desgracia para los admiradores de Pol, el artista será reemplazado por otro músico.

¿Qué le ha sucedido a Pol? ¿Habrá dejado el grupo de manera definitiva? ¿Estará enfadado con Gabi después de que esta se declarase a Samantha Jordan en su último concierto?

Los seguidores de Yūgen se hacen muchas preguntas sobre la repentina marcha del músico. Sin embargo, Leo, Axel y Gabi siguen sin dar ninguna explicación mientras Pol se encuentra en paradero desconocido.

¿Dónde se habrá metido el chico malo del rock?

1. Pol

1

Pol

Llevo ocho meses limpio. He dejado los porros, no bebo alcohol y ya no me meto nada. Eso no significa que no me apetezca. Joder, hay días en los que ni siquiera puedo levantarme de la cama. Sin embargo, lo que pasó me abrió los ojos. Estuve muerto durante varios minutos, según me contaron. Lograron reanimarme, pasé una temporada ingresado en el hospital y unos cuantos meses en tratamiento de desintoxicación.

No tengo miedo a morir, que conste. Ya he visto lo que hay al otro lado: un vacío absoluto. Lo que me asusta es hacerle daño a la gente que quiero. Cuando desperté en aquella habitación de hospital, mi hermana me estaba apretando la mano y lloraba en silencio. Se sobresaltó al mirarme, se limpió las lágrimas y murmuró: «¿Por qué nos haces esto, Pol? ¿No te importamos? ¿Nico te trae sin cuidado?». No dijo «¿Por qué te haces esto?», y eso me horrorizó, que creyera que ella y Nico me daban igual. Así que le prometí que me rehabilitaría. Cumplí mi palabra. Desde entonces he estado limpio, y el resto ya es historia…

Estuve de mochilero en la India, pasé unas semanas en un hotel con encanto de Sri Lanka y luego casi un mes en Bali, practicando taichí y viendo el atardecer en la playa con la única compañía de alguna novela de misterio. Me largué para poner distancia con el dolor. Hui de la tentación. Le di la espalda a los errores. Me aparté de todos.

Y aquí estoy de nuevo. Solo llevo una semana en Barcelona y ya siento que la casa se me cae encima. Vivo en un ático en primera línea de playa, cerca de las Ramblas. Me enamoré de él hace cuatro años. Techos altos, suelos hidráulicos, ventanas con vitrales y una enorme terraza con piscina climatizada, solárium y unas vistas privilegiadas. Desde aquí arriba puedo ver la basílica de Santa María del Mar, el Montjuic y la Barceloneta. Sin embargo, asomado a la terraza me siento un completo fracasado.

Me vibra el móvil y lo saco del bolsillo. Mi hermana me pregunta si puedo merendar con ella esta tarde. Le respondo que estoy agotado del viaje. Le he estado dando largas para quedar. Llegué hace una semana, pero le he dicho que aterricé esta mañana en Barcelona porque me apetecía estar solo. Todavía no tengo fuerzas para enfrentarme a nadie.

Contemplo la lista de llamadas perdidas. Tengo varias de Leo y Axel. La última es de Leo de hace un par de horas. Respiro hondo. Sé que tiene la mejor intención, pero hace tres meses le dejé clara cuál era mi postura. Consulto mis redes sociales. No sé por qué lo hago, ya que llevo meses sin actualizarlas. Entro en el perfil de Yūgen y leo el comunicado con un nudo en el estómago: «Nos complace anunciar el inicio de nuestra gira (…). David Sarcos se unirá provisionalmente al grupo…». Aprieto el móvil contra la palma de la mano y noto que la bilis me sube por la garganta. Me digo que no me afecta, aunque es una puta mentira. La palabra «provisionalmente» da vueltas en mi cabeza.

No sé por qué me fustigo. Soy un masoquista. Voy a ponerme el bañador y luego me tiro a la piscina. Doy unos largos e intento deshacerme de la ansiedad. No sé cuánto tiempo permanezco en el agua, pero no es suficiente. Me apoyo en el bordillo y estiro el brazo para coger el móvil. Necesito la compañía de alguien que no me juzgue. Podría irme de fiesta, pero entonces estaría expuesto a las tentaciones de la noche. Sinceramente, no soy tan fuerte como para salir indemne. Al final me decanto por Emili, una modelo de piernas infinitas con la que me he acostado en un par de ocasiones. Lo poco que recuerdo de ella es que era divertida y lo pasamos bien en la cama. Le envío un wasap. No sé si seguirá soltera.

Emili aparece al cabo de media hora acompañada de algunos amigos. En ese momento pienso que cuantos más seamos, mejor. Me arrepiento al cabo de un par de horas, cuando la cosa empieza a desmadrarse. En cierto modo no puedo culpar a Emili y a su séquito. Hasta hace poco tiempo, mi ático era el epicentro de las mejores fiestas. Se ha corrido la voz de que estoy de vuelta en la ciudad y la gente no deja de llegar. Algunos son colegas, otros conocidos y a muchos no los he visto en mi vida. Hay música a todo volumen, alcohol y sexo. Un par de influencers se lo están montando en la piscina y me preguntan si me apetece unirme a ellos. Lo descarto con un movimiento de mano y una sonrisa falsa. El antiguo Pol no se lo habría pensado dos veces.

Recojo los botellines de cerveza que hay en el poyete de la piscina y los meto en una bolsa de basura. Me duele la cabeza. No sé por qué pensé que esto sería una buena idea. Ahora estoy cabreado con Emili, aunque sé que no es del todo culpa suya. Debería haberle cerrado la puerta en las narices cuando se presentó con cuatro amigos. Ahora no hay quien los eche de aquí sin armar un puto escándalo. Lo último que me apetece es aparecer en la portada de alguna revista y que mañana la prensa haga cola en el portal.

—¡Ey! —Emili me abraza por detrás—. Lo siento, no sabía que la cosa se descontrolaría tanto.

Me aparto de ella y me doy la vuelta. Me mira poniendo morritos. Ya ni siquiera tengo ganas de acostarme con ella. Fuerzo una sonrisa.

—No pasa nada.

Joder, sí que pasa. Quiero que todos se larguen. Cojo una botella de Limón&Nada, un par de pastillas para dormir y voy a encerrarme en mi habitación. Lo de ser un chico light en una fiesta de borrachos es un asco. Con un poco de suerte me quedaré grogui y, cuando me despierte por la mañana, todos se habrán largado. Me llevo una sorpresa al encontrarme a dos futbolistas de primera división montándoselo en mi cama. Creo que uno de ellos está casado y el otro sale con una modelo.

—¡Tío! —se queja uno de ellos—. ¿No sabes llamar?

Aprieto la mandíbula. Esto es el colmo.

—Es mi habitación.

Me miran como si me hubiera vuelto loco. Al ver que no tienen la menor intención de salir de mi cama, arranco el edredón y los dejo en pelotas.

—Largaos de mi casa.

Se visten a toda prisa y se marchan protestando. Joder, ahora voy a tener que cambiar las sábanas. En ese momento, alguien se cuela en mi habitación. Me giro con cara de pocos amigos para pedirle que se marche y me encuentro con una belleza morena y alta que me mira con una sonrisilla pícara.

—Hola. —Me acaricia el pecho con un dedo—. ¿Qué tal estás?

Frunzo el ceño.

—¿Y tú quién coño eres? —le espeto, deseando pagar mi frustración con ella.

Retrocede con los labios apretados y me lanza una mirada asesina.

—Soy Nesa. Nos acostamos el año pasado en la fiesta de Vanity Fair.

La miro con desinterés. No me suena de nada. Tampoco dudo de su palabra. Seguro que follamos mientras estaba puesto hasta las cejas. Por eso no la recuerdo.

—Vete de mi casa. Se acabó la fiesta.

Nesa me mira con incredulidad.

—Capullo —me insulta antes de largarse.

Arranco las sábanas de un tirón, hago una bola con ellas y las meto en el cesto de la ropa sucia. Luego regreso al salón y busco el mando del equipo de música. No lo encuentro por ninguna parte, así que me subo a la mesa del comedor y pego un silbido. Casi nadie me presta atención. Los que sí lo hacen creen que estoy de coña y comienzan a aplaudir. Malditos idiotas. ¿Por qué habré dejado entrar a toda esta panda de gorrones? ¿Qué esperaba conseguir?

—¡Fuera! —grito hecho una furia—. ¡Idos de mi casa!

Alguien me lanza una pelota de playa. Busco al culpable, pero solo veo caras puestas de algo y gente borracha. Intento no perder la calma.

—¡Antes eras más divertido, Pol! —grita un tío que no conozco de nada—. ¿Qué te ha pasado?

A la mierda. Agarro un jarrón que seguro que me costó una pasta y lo estrello contra el suelo. Todo el mundo enmudece de golpe. Sonrío con suficiencia. Conque ahora sí me prestan atención…

—Largaos de una maldita vez.

Todos rehúyen mi mirada y comienzan a recoger sus cosas. Me bajo de la mesa justo cuando llaman al timbre. Sea quien sea, lo voy a mandar a la mierda. No veo el momento de quedarme solo. Abro la puerta y pongo cara de asesino en serie. Mi expresión se esfuma al ver a los dos mossos d’esquadra.

—Sus vecinos nos han llamado —me informa uno de ellos. El otro echa un vistazo dentro y abre los ojos de par en par—. Está haciendo demasiado ruido.

«Menuda pesadilla».

Antes de que pueda responderle, la gente sale en tromba del ático y prácticamente arrollan a los agentes. Cierro la puerta y respiro aliviado. Me sobresalto al encontrarme a Emili sentada en el aparador, desnuda de cintura para arriba. Me guiña un ojo y abre las piernas. Mierda, lo que me faltaba. Me froto la cara.

—Por fin solos —dice juguetona.

—Vete a tomar por culo.

La esquivo y voy a tirarme en el sofá. Me grita que soy un hijo de puta y algo más que no llego a oír. Cuando por fin me quedo solo, dejo escapar un profundo suspiro. Esta es mi vida ahora. No me reconozco. Ya no queda nada del batería fiestero que vivía la vida al límite. No sé si eso es bueno.

La gente no siempre cambia para bien.

2. Freya

2

Freya

Me sudan las manos y no puedo dejar de mover las piernas. Mi hermana está sentada a mi lado en la sala de espera del hospital como si la cosa no fuera con ella. No la entiendo. Estamos esperando los resultados de su ecografía. Hace un par de semanas se detectó un bulto en el pecho. Desde entonces ha actuado como si esto fuera un mero trámite burocrático. A ver, que me alegro de que posea semejante fortaleza mental. Yo en su lugar estaría cagada de miedo, teniendo en cuenta que nuestra madre falleció de cáncer de mama metastásico hace siete años.

No podemos ser más distintas…

Si no fuera porque encontré la carta en su casa un día que fui a hacerle una visita, hoy habría venido sola. Ella es así. Parece invencible. De verdad creo que no le tiene miedo a nada. Cuando fui a confrontarla, se puso hecha una furia y me acusó de meter las narices en sus asuntos. Al menos me ha dejado acompañarla, pero me ha prohibido hablar del tema hasta que reciba los resultados. Ha seguido trabajando en el concesionario de nuestro padre (es la mejor vendedora) y no ha faltado ni un solo día al gimnasio. Mi hermana está hecha de otra pasta. Me exigió que no se lo contara a nuestro padre y he tenido que hacer un gran esfuerzo para mantener la boca cerrada. En cierto modo la entiendo. Papá lo pasó fatal después de la muerte de nuestra madre. Ambas sabemos que fue el gran amor de su vida y que todavía no lo ha superado.

Me gustaría cogerle la mano, pero sé que solo le trasladaría mi nerviosismo. Me muerdo el labio y rezo para que sea un quiste de grasa. Al tener antecedentes de cáncer de mama, el proceso ha sido muy rápido. Hace una semana le extrajeron una muestra y hoy le comunican los resultados. Bendita sanidad pública.

—Ya estoy preparada para lo peor —dice con calma.

La miro alarmada.

—No será nada.

Astrid ni siquiera se inmuta.

—Solo ha pasado una semana. Pues claro que es algo malo —responde convencida—. Si no, no me habrían llamado tan pronto.

Me pongo enferma y me entran ganas de llorar. No me puedo creer que sea tan dura. De verdad, no sé a quién ha salido. Antes pensaba que era tan seria como mi padre, pero él se queda en pañales a su lado. No sé si sentir admiración o lástima por ella. No me gusta que sea así de indiferente. Creo que no es del todo feliz.

Me llega un wasap y cojo el móvil para dejar de observarla. De lo contrario, romperé a llorar y me ganaré una mirada exasperada. Luego me dirá algo del estilo: «No dramatices. Debería ser yo la que estuviera llorando».

Es Oriol. Se lo he contado porque necesitaba desahogarme con alguien. Mi novio me pregunta si ya hemos recibido los resultados. Le respondo que estamos a la espera y me pide que lo llame cuando sepa algo. Añade que me quiere y se despide con un beso.

—¿Oriol? —intuye mi hermana con desagrado.

—Sí.

No dice nada más. Tampoco hace falta. No lo soporta. Antes le caía bien, pero mi novio cometió un error y, desde entonces, le ha hecho la cruz. Así es mi hermana. Si alguien le falla, no le da una segunda oportunidad. Ya hemos hablado del tema. La última vez acabamos discutiendo. Simplemente, no la entiendo. Si yo lo he perdonado, ¿por qué le cuesta tanto trabajo a ella?

Se pone de pie y me doy cuenta de que la han llamado. Me levanto de un salto y respiro hondo. Cruzo los dedos sin que me vea. Sé que es una tontería, pues no cambiará el diagnóstico. Entramos en la consulta, donde nos recibe un médico con semblante adusto. Por su expresión ya sé lo que va a decir. Tiene la misma cara que puso mi madre el día que me explicó que Muffin había muerto.

—Suéltelo ya, doctor —le pide mi hermana impaciente—. ¿Tengo cáncer?

Estoy mareada después de salir del hospital. Le pido a mi hermana que nos tomemos una Coca-Cola antes de marcharnos porque no me veo con fuerzas de conducir. Astrid hace un gesto de exasperación y me suelta que quiere llegar a tiempo a su clase de spinning. La miro con incredulidad y me espeta que no va a dejar de llevar una vida normal porque le hayan diagnosticado cáncer. A estas alturas ya no debería de sorprenderme, pero su respuesta me impacta.

Me pregunto si todavía no lo ha asimilado. Quizá está en una fase de negación. Quiero tranquilizarla. El médico ha sido muy optimista. Han detectado el cáncer justo a tiempo. No sé qué decir sin que me salte a la yugular, así que ando con pies de plomo.

—Es normal que estés asustada —le manifiesto con cautela cuando aparco delante de su portal.

—No estoy asustada —responde irritada—. Ya sabía cuál sería el diagnóstico antes de que me dieran los resultados.

—Vale. —No quiero llevarle la contraria justo ahora—. ¿Te apetece que me quede a dormir contigo esta noche?

Mi hermana resopla.

—Estoy bien, Freya —me asegura—. Dentro de nueve días entraré en un quirófano. Hasta entonces quiero seguir con mi rutina.

—De acuerdo.

—Ni una palabra a papá —me advierte.

—Pero…

—Ya se lo diremos más adelante. No tiene por qué enterarse hasta que empiece con la quimio. No quiero preocuparlo.

No me apetece mentir a mi padre, pero ella es la que está enferma. No me corresponde tomar esa decisión.

—De verdad que estoy bien —insiste al notar mi reticencia—. Ya has oído al médico.

—Sí, sí —respondo más animada—. Vas a salir de esta.

—Pues claro —resopla—. Soy tu hermana mayor. Tengo que cuidar de ti.

Su comentario me saca una sonrisa. Ya sé que Astrid está acostumbrada a velar por mí. Desde que nuestra madre murió, se tomó al pie de la letra lo de ser una segunda figura materna, a pesar de que solo me saca cuatro años. Me ve como alguien débil y exageradamente sensible. Me duele un poco que tenga esa opinión de mí. Sé que a partir de ahora me va a necesitar más que nunca. Teniendo en cuenta que mi hermana es la persona más testaruda e independiente del planeta, eso nos va a granjear más de una discusión. Supongo que con el paso del tiempo aceptará que las tornas han cambiado y que ahora me toca a mí cuidar de ella.

Pese a que es una persona muy poco cariñosa, le doy un abrazo con el que espero que entienda lo que no soy capaz de decirle en este momento. Mi hermana aguanta varios segundos antes de apartarse.

—Te quiero —digo con los ojos vidriosos.

—Y yo.

—¡Llámame si necesitas cualquier cosa! —exclamo mientras ella camina hasta su portal.

—Que sí, pesada.

Me desinflo en cuanto entra. Conduzco hasta el parque más cercano, me siento en un banco y rompo a llorar. Doy tanta pena que una señora mayor se me acerca, me tiende un pañuelo de papel y me dice que en esta vida todo tiene solución menos la muerte. Lloro todavía con más fuerza y la mujer se disculpa compungida. Le aseguro que no es culpa suya y acabamos compartiendo una caja de galletas antes de que prosiga su paseo. Después de tranquilizarme un poco, busco información sobre el tratamiento de mi hermana. Doy con una página web de ayuda para familiares al cuidado de pacientes con cáncer. Leo toda la información, con especial hincapié en los efectos de la quimioterapia. Recuerdo las palabras de mi madre y miro al cielo. A veces no sabemos lo fuertes que somos hasta que nos toca cuidar de un ser querido.

Iris me llama en ese momento, como si supiera que necesito una amiga. Nos conocimos hace un año en una parada de autobús. Nunca olvidaré el impacto que me causó aquella chica rubia y trajeada. Estaba discutiendo acaloradamente por teléfono. Cuando colgó, se desplomó en el asiento y se llevó las manos a la cara.

—¿Un mal día? —le pregunté con tacto.

Me miró de reojo y guardó silencio. Metí la mano en mi bolso y le ofrecí un chupachups de fresa. Ella entornó los ojos. Esbocé una sonrisa tímida.

—Me funciona cuando tengo un día asqueroso.

Por un instante pensé que me mandaría a la mierda, pero al final aceptó el caramelo. Las dos nos habíamos refugiado de la lluvia en aquella marquesina. Me contó que era abogada y acababa de perder a un cliente muy importante. Yo le expliqué que acababa de enterarme de que mi novio me había sido infiel. Nos consolamos mutuamente y, en cuanto amainó la tormenta, fuimos a tomarnos un café al bar más cercano. Desde entonces nos hicimos inseparables.

—Tiene cáncer —le digo nada más descolgar.

—Oh, Freya… —Puedo verla conteniendo las lágrimas al otro lado del teléfono. La gente suele pensar que Iris es una pija estirada. En realidad, es una bellísima persona y la mejor amiga que te puedas echar a la cara—. ¿Cómo estás?

Le cuento lo sucedido en el hospital y la reacción de mi hermana. Le abro mi corazón. Admito que estoy muy asustada porque no sé si podré con esto. Iris me escucha sin interrumpirme hasta que termino.

—Necesita tiempo para digerirlo —reflexiona—. Y tú deberías desconectar.

—¿Desconectar? —repito confusa—. Solo quiero estar con ella.

—Y vas a estarlo. Tu hermana se dará cuenta de que te necesita. ¿Sabes qué? Deberíamos ir un fin de semana a la casa de los Pirineos. Te vendrá bien relajarte un poco antes de afrontar lo que está por venir.

—No me apetece…

—Por eso mismo deberías ir.

No sé cómo me dejo arrastrar. El caso es que al final acepto pasar el fin de semana con ella en la casa rural que tiene en el Pirineo leridano. Lo último que quiero es alejarme de mi hermana. Sin embargo, creo que Iris tiene razón. Algunas personas necesitan tiempo y espacio para pedir ayuda, así que lo mejor que podemos hacer por ellas es concedérselo mientras cruzamos los dedos y esperamos que acudan a nosotros.

3. Freya

3

Freya

Iris ha tenido que hacer un viaje de última hora a Castellón para reunirse con un cliente, por lo que decidimos viajar por separado. De lo contrario, tendría que desviarme primero a Castellón y luego subir hasta los Pirineos. No me importa hacer el viaje sola. Soy una buena conductora. Cómo no serlo si mi padre y mi hermana son vendedores de coches, estudio un grado de Técnico de Automoción y mi gran pasión es la Fórmula 1. Además, le he pedido el coche prestado a mi padre. Me encanta conducir su Toyota híbrido. Es una gozada. Pongo mi lista favorita de Spotify y tarareo «Cold Heart», de Dua Lipa y Elton John.

Iris me ha dicho que llegará por la noche, pero he preferido salir por la mañana. Me apetece sentarme en el porche y disfrutar de los rayos de sol con una taza de café y un buen libro. No es la primera vez que voy a su casa rural. Tiene unas vistas preciosas de un lago y está rodeada de montañas. Sé que la familia de Iris dispone de mucho dinero. Mi amiga casi nunca habla de ellos, pero solo hace falta echarle un vistazo a su ropa y al Mercedes de gama alta que conduce. Siempre pensé que era afortunada por haberme criado en un hogar donde no nos faltaba de nada. A los dieciocho, mi padre pagó la matrícula del grado privado que estudio. Ahora trabajo por las tardes en el concesionario y gano un dinero extra para mis gastos. Somos una familia bien avenida, lo que no tiene nada que ver con la vida lujosa de mi amiga. Ella vive en un dúplex en pleno centro de Barcelona con su hermano Nico, hace la compra en un supermercado ecológico y toda su ropa interior es de La Perla (la mía es de Primark, y a mucha honra). A pesar de su lujosa vida, siempre he tenido la impresión de que Iris no se siente del todo orgullosa de su familia. Por supuesto, es una corazonada. Solo sé lo poco que me ha contado de sus hermanos, ya que nunca me ha hablado de sus padres.

Quedan veinte minutos para llegar a mi destino cuando el cielo se cubre de nubes grises. Espero que solo sea una tormenta pasajera. Diez minutos después, está lloviendo como si se fuera a acabar el mundo. Aprieto el volante con fuerza. Los limpiaparabrisas funcionan a toda velocidad y apenas veo la carretera. Levanto el pie del acelerador y entrecierro los ojos. Intento mantener la calma. Ya falta poco para llegar. Respiro aliviada al ver la casa. Aparco lo más cerca posible de la entrada, cojo la mochila que, por suerte, llevo en el asiento del copiloto y salgo a toda prisa del coche. Me refugio en el porche. A la porra lo de disfrutar del sol.

La casa se alza en una única planta. La fachada es de piedra y el porche, de madera. Está decorada con un estilo rústico. Vigas en el techo, suelos de madera, cocina con muebles de nogal y una chimenea en el centro del salón. Es principios de enero y estoy congelada, por lo que voy al leñero y cojo un par de troncos. Enciendo la chimenea tal y como me enseñó Iris. Me caliento las manos y luego camino hasta la cocina para preparar café. Menos mal que hice la compra antes de venir porque la despensa está vacía y el supermercado más cercano se encuentra a diez minutos en coche. Con la que está cayendo, no me atrevo a conducir. Me pregunto si Iris será capaz de hacerlo en semejantes condiciones. No es por criticarla, pero como conductora deja mucho que desear.

Abro una caja de Chips Ahoy!, cojo la taza de café, el libro que estoy leyendo y me siento en el sofá que hay frente a la chimenea. Me tapo con la manta de borreguito que encuentro a los pies del asiento. Es un planazo, aunque me gustaría que Iris llegase pronto para tener una de nuestras charlas. Me sumerjo en la lectura de Tres citas con Carter, una novela romántica que me está gustando mucho. El tiempo se me pasa volando y no me doy cuenta de que han transcurrido dos horas hasta que suena mi móvil. Es Iris.

—¡Hola! —la saludo.

—Estoy en el hospital.

—¡Ay, Dios! —exclamo asustada—. ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?

—Tranquila —responde con voz llorosa, lo que acrecienta mi temor—. No es nada grave. Un idiota que iba en patinete eléctrico me ha atropellado cuando cruzaba por un paso de peatones. Me he roto la tibia.

—¡Madre mía!

—Ojalá prohibieran los putos patinetes —dice cabreada—. El lunes de la semana que viene tengo un juicio muy importante. Me lo voy a perder. Los médicos me han prescrito reposo. Voy a llevar una escayola durante seis semanas.

—El juicio es lo de menos, Iris…

—Lo siento. No voy a poder ir.

—¡No es culpa tuya! ¿Cómo vas a volver a Barcelona?

—Un colega del bufete me va a llevar. No te preocupes.

—Vale. —Me tranquilizo—. Salgo ya para allá. Esta noche puedo quedarme a dormir contigo y así cuido de ti.

—Freya…

—Ni se te ocurra negarte.

—Allí está diluviando. He consultado el parte meteorológico. No vas a conducir en semejantes condiciones.

—Pero no puedo quedarme aquí si tú no estás…

—Claro que puedes. ¡Estás en tu casa! —exclama con vehemencia—. Oye, estoy inflada a calmantes y cabreadísima porque un capullo me ha atropellado. Lo último que necesito es pensar que mi mejor amiga podría sufrir un accidente en plena tormenta. Por favor, no cojas el coche. Puedes quedarte todo el fin de semana. Ya sabes que por mí no hay ningún problema.

La verdad es que me da un poco de miedo quedarme aquí sola. La casa más cercana está a dos kilómetros. Pienso en un asesino en serie o en el psicópata de las películas de miedo. Soy una presa fácil.

—La casa tiene alarma. —Me lee la mente—. No te rayes. Yo me he escapado allí muchas veces para evadirme. Todas las ventanas tienen rejas y la puerta es blindada. Nadie puede entrar.

—Vale, vale —respondo de mala gana—. Que sepas que, en cuanto amaine la tormenta, no te vas a librar de mí.

—Lo sé. —Se ríe—. Tengo mucha suerte de tenerte.

—¡No le pegues al tío del patinete! —bromeo.

—Uy, solo le voy a poner una demanda que se va a arrepentir de haber nacido.

Me parto de risa porque sé que no exagera.

—Te quiero, rubia.

—Te quiero, miedica.

No me quedo del todo tranquila después de colgar. En realidad, no sé de qué tengo miedo. Es imposible que alguien entre en este búnker. Iris tiene razón. Regreso al sofá y me arrebujo en la manta. Aquí dentro no puede sucederme nada malo.

Me desvelo a las doce y media de la noche con ganas de hacer pis. Salgo de la habitación para ir al baño. Luego me entra sed y voy a la cocina. Estoy bebiendo cuando me percato de la pierna que sobresale del extremo del sofá. Pego un grito y el vaso se cae al suelo, rompiéndose en mil pedazos. La pierna se mueve. El corazón me da un vuelco. Abro el primer cajón que encuentro, cojo un cuchillo y lo esgrimo con las dos manos.

—¡Fuera! —grito con voz temblorosa. Pego la espalda a la pared y retrocedo lentamente en dirección al baño con la intención de encerrarme dentro, pues es la única habitación con pestillo. Luego recuerdo que mi móvil está en el dormitorio y me quedo paralizada. Si me encierro en el baño, no podré pedir ayuda. El intruso se despereza con toda la calma del mundo—. ¡Estoy armada!

—Suelta eso —dice con tono aburrido—. Te vas a hacer daño.

Algo primitivo se apodera de mí. Agarro el jarrón que hay sobre la encimera y se lo lanzo con todas mis fuerzas sin soltar el cuchillo. Él masculla una palabrota. Aprovecho para correr hasta la habitación de Iris para coger el móvil. No lo veo por ninguna parte. Entonces recuerdo que lo dejé en la mesa del salón.

«Mierda».

—Estás como una puñetera cabra.

Me sobresalto al escuchar su voz. Está en la entrada de la habitación. Le tiro lo primero que tengo delante, que resulta ser una almohada. La esquiva y se ríe con incredulidad. Me cabrea que no me tome en serio.

—¿Pretendes matarme de un almohadazo?

—¡No te acerques a mí! —Lo señalo con el cuchillo—. ¡No me obligues a utilizarlo!

—En serio, suelta eso —dice con tono severo.

—No hasta que te vayas —contesto con voz temblorosa.

—¿Por qué me iría de mi casa?

—¡Esta no es…!

Me quedo callada de golpe. Estaba tan asustada y todo ha sucedido tan deprisa que ni siquiera lo he mirado a la cara. En cuanto mis ojos se cruzan con los suyos, me quedo boquiabierta. Nunca lo había visto en persona, pero sin duda se trata de él. A ver, las revistas no le hacen justicia. Es más fuerte y musculoso. Pelo negro, mirada desdeñosa, sonrisa burlona. No me lo puedo creer. ¡Es el hermano de Iris!

—¿Qué haces aquí? —balbuceo.

Se cruza de brazos y se apoya en el marco de la puerta.

—Eso debería preguntártelo yo a ti.

—¡Iris me ha invitado! —me defiendo alterada—. ¡Se suponía que teníamos la casa para nosotras!

—¿Dónde está mi hermana? —pregunta con recelo.

Su mirada desconfiada me indigna. ¿Acaso piensa que soy una okupa?

—No ha podido venir —le explico—. Habíamos quedado aquí, pero ha sufrido un accidente.

Se le descompone la expresión.

—¿Qué le ha pasado?

Se me escapa un bufido.

—Deberías saberlo. Es tu hermana. —Su mueca crispada no me intimida—. La atropelló un tío con un patinete eléctrico. Se ha roto la tibia.

—Joder… —De repente, endurece el gesto—. ¿No me estarás mintiendo? ¿Cómo sé que no eres una ladrona?

—¿Disculpa? —Saco pecho y lo miro indignada—. ¡Podría pensar lo mismo de ti! Estaba durmiendo cuanto te has colado a hurtadillas.

—He llegado hace una hora y me he quedado dormido en el sofá. No me he colado a hurtadillas. Tengo llave y conozco la clave de la alarma. En caso contrario, habría sonado, ¿no te parece? —Me quedo callada porque tiene razón. Me lanza una mirada de suficiencia que me enerva—. ¿Cómo sé que eres amiga de mi hermana?

Pongo mala cara. Esto es el colmo. Vale, considerando que es la casa de su familia tiene más derecho que yo a estar aquí. Pero ¡me ha dado un susto de muerte! ¿A quién se le ocurre venir de madrugada en plena tormenta?

—Apártate de mi camino —le espeto para que se quite de la puerta.

—Suelta el cuchillo, Lara Croft.

Aprieto la mandíbula, aunque dejo el cuchillo en la mesita de noche. Él se mueve de la puerta y salgo de la habitación para coger mi móvil. Le enseño mi fondo de pantalla. Es una foto en la que Iris y yo estamos abrazadas.

—¿Lo ves? —digo triunfal—. ¿No se te ha ocurrido saludar cuando has visto que había alguien en la casa?

—Estabas durmiendo. —Se encoge de hombros—. Pensé que eras mi hermana.

—¿No te has dado cuenta de que el coche que hay en la entrada no es el suyo?

—No.

Veo las latas vacías de cerveza sobre la mesa. Pues claro que no se ha dado cuenta. Seguro que ha llegado borracho como una cuba. Pongo mala cara. Entiende lo que estoy pensando y aprieta la mandíbula. No me intimida. Es la primera vez que lo veo en persona, pero ya tengo formada una opinión de él por todo lo que me ha contado Iris.

—¿Vas a volver a la habitación o prefieres quedarte en el sofá?

Estoy a punto de responderle cuando me percato de la herida que tiene en la sien. Entonces recuerdo el jarrón que le he tirado y me siento culpable.

—¡Estás sangrando!

Se lleva la mano a la cabeza y contempla la sangre con frialdad.

—No es nada.

No le hago caso. Voy a buscar el botiquín que hay en el baño. Fuera llueve a mares y me pregunto cómo habrá conseguido llegar hasta aquí. Prefiero no saberlo. El hermano de Iris es la clase de persona que me produce un gran rechazo. Lo tenía todo para ser feliz y lo desaprovechó al elegir las drogas. Cuanto más lejos, mejor. Gracias.

4. Pol

4

Pol

Me aparto de la loca cuando se acerca a mí con el botiquín. Respira profundamente y me lanza una mirada exasperada. No sé de qué va esta tía. ¿Pretende que le pida disculpas por venir a mi casa? Joder, de verdad creía que era mi hermana. Cuando he llegado, llovía a mares y apenas podía ver nada. Había un coche aparcado en la entrada y di por hecho que era el de Iris. Abrí la puerta del único dormitorio de la casa y me la encontré tapada hasta la cabeza, por lo que no le vi la cara. Supuse que era Iris porque suele escaparse aquí a veces. Dice que le sirve para desconectar. Así que abrí un par de latas de cerveza sin alcohol, cogí un paquete de patatas fritas y me quedé sobado en el sofá hasta que la loca me despertó amenazándome con un cuchillo.

Y yo que pensaba que iba a ser un fin de semana tranquilo…

—Tengo que desinfectarte la herida —dice irritada, como si me estuviera comportando como un crío.

—La herida que tú me has hecho al tirarme un jarrón a la cabeza —le recuerdo con tono acusador.

—Pensé que eras un ladrón.

Por lo visto, la palabra «perdón» no entra dentro de su vocabulario. No sé de qué me sorprendo. Ha cogido un cuchillo como si fuera capaz de clavármelo, pero se nota que solo es una niña asustada que va de dura. No le echo más de diecinueve años. Estatura media, delgada y rostro atractivo. Tiene unos bonitos ojos almendrados color miel, la boca carnosa y la nariz respingona. Su pelo negro contrasta con dos mechones blancos que tiene recogidos detrás de las orejas. Lleva una camiseta enorme con la cara de Chuck Norris y la frase: «Quien se ríe el último, ríe mejor. Pero quien se ríe de Chuck Norris muere». Al darse cuenta de que la estoy mirando, se tira de la camiseta para taparse los muslos. Pongo mala cara. No la estaba mirando de esa forma. Solo estaba leyendo la frase. Ni que fuera a lanzarme encima de ella.

—No te emociones. No eres mi tipo.

—No sabes cuánto me alegro —responde con ironía.

A ver, no voy a mentir. Es guapa. Si nos hubiéramos conocido en otro momento de mi vida, le habría tirado la caña. Pero me ha amenazado con un cuchillo y es muy antipática. Además, lo último que me apetece es echar un polvo.

Abre el botiquín, coge un paquete de gasas y un bote de agua oxigenada.

—Trae eso. —Se lo arrebato de las manos.

—¡Solo quiero curarte! —exclama cabreada.

—No voy a dejar que me pongas las manos encima.

Suelta un bufido. Deja el botiquín en la mesa y veo que contempla algo.

—¡Te has comido mis patatas! —grita indignada.

—No sabía que eran tuyas.

Me mira de reojo y pone mala cara. Por suerte, no dice nada. Me desinfecto la herida mientras me observa en silencio. Luego se marcha. Supongo que va a volver a encerrarse en el dormitorio. La escucho barrer los trozos de jarrón. Después regresa con una bolsa de basura en la que mete las latas de cerveza y el paquete vacío de patatas.

—Iba a limpiarlo yo.

—Sí, claro.

También pongo mala cara. Me da igual lo que piense. Qué tía más borde. Aunque no me extraña. Es amiga de Iris. Seguro que es una pija estirada. Será la hija de algún amigo de nuestros padres. La típica niñita rica que no da un palo al agua y solo sabe utilizar la tarjeta de crédito de papá.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto. No me interesa, pero la tormenta parece que va para largo y me sentiré más cómodo al saber su nombre.

—Tú tampoco te has presentado.

Se me escapa una risa áspera.

—Sabes de sobra cómo me llamo.

—Iris habla poco de ti —me suelta con indiferencia—. No lo recuerdo.

Solo lo dice para tocarme la moral. Casi todo el mundo sabe cómo me llamo.

—Seguro que has leído mi nombre en alguna revista…

—No me interesa la prensa —responde con tono desdeñoso—. No eres tan fascinante como crees.

—Ni tampoco conoces a Yūgen —añado con sarcasmo—. Nunca has escuchado nuestra música en la radio. Venga, sigue haciéndote la dura. No cuela.

—¿Se supone que debo sentirme impresionada por tu fama? —replica con un tonillo chulesco que me saca de quicio—. Ya sé que eres el batería de Yūgen. Tu hermana lo comentó una vez.

—Pol —le digo para que se deje de jueguecitos absurdos—. ¿Y tú eres…?

—Freya.

—Menudo nombrecito —me burlo. Es catalana, su acento la delata—. Tu madre se debió de quedar contenta al ponerte un nombre tan original.

—Mi madre está muerta —me espeta.

«Joder».

—Perdona, yo no…

—No importa. —Me da la espalda. Creo que está llorando.

Menudo bocazas estoy hecho. La miro sin saber qué hacer o decir. Hemos empezado con mal pie y estamos aquí encerrados. Debería poner de mi parte para que la convivencia no sea un infierno. Al menos hasta que pueda librarme de ella.

—¿Te quieres largar de una vez para que pueda dormir? —pregunta con tono glacial—. Estoy agotada.

—Está diluviando —respondo cabreado. Además, esta es mi puñetera casa. ¿En serio tiene la poca vergüenza de echarme?—. ¿Adónde quieres que vaya?

—Al dormitorio. —Se da la vuelta. Tiene los ojos brillantes, pero la mirada que me la

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