Prólogo de la autora
Esta aventura literaria comenzó a finales del 2019 cuando Carmen Thyssen me llamó a mi teléfono móvil y me pidió que escribiera un libro sobre su vida. En ese momento, me dije a mí misma que probablemente estaba hablando con la mujer que había hecho más por el arte en España en los últimos cincuenta años. En cuestión de segundos pensé que su propuesta podría ser fascinante y le dije que sí, aunque le puse un pero...
—Baronesa, lo que no podemos hacer es reinventar su vida porque la conoce todo el mundo.
—Llámame Tita, lo primero. Quiero contar mi vida tal y como ha sido. Creo que ha llegado el momento de hacerlo.
—¿Con sus claros y sus sombras?
—Sí.
—Pues cuente conmigo, pero las cosas debemos hacerlas bien. La editorial tendrá que unir nuestro trabajo en forma de contrato.
—Sí, estoy de acuerdo. Lo primero y antes de nada, llámame de tú.
—Gracias, Tita.
Días después, mi agente literaria Antonia Kerrigan, fallecida recientemente, firmaba con ella y con Penguin Random House. Yo igualmente firmé con mi agente y ésta a su vez con la editorial. De esta forma ya estábamos unidas para escribir su vida en forma de novela biográfica.
Poco a poco me fui introduciendo en su vida y fui testigo de la maraña legal en la que andaba la baronesa para cerrar el último acuerdo con el Gobierno de España, para que su colección privada se quedara en el museo Thyssen de Madrid. Supe con todo lujo de detalles cómo se iban produciendo los acontecimientos con el gobierno y con el abogado de su hijo Borja. Dos frentes con los que tuvo que lidiar para conseguir que su colección y la de su marido estuvieran juntas.
Yo observaba todo con los ojos de un niño, ávidos de información. Los primeros encuentros tuvieron lugar en unos sillones de seda verde con dibujos de animales exóticos, pintados por su amiga la pintora Mercedes Lasarte. Por las paredes, decoradas con tela de seda pintada en rosa, se encontraban diferentes retratos de Ricardo Macarrón en los que Borja compartía protagonismo con el barón Thyssen y con el rey Juan Carlos I. Alguien me dijo que la casa de La Moraleja —que parecía en su exterior y en su interior una casa de la exótica isla de la Polinesia Francesa, Tahití— había sido inaugurada por el propio rey Juan Carlos. El rey emérito había apoyado mucho en su día la llegada de la colección Thyssen a España. Ese acercamiento a la familia del rey supe pronto que tuvo un artífice, Luis Gómez-Acebo, el marido de la infanta Pilar de Borbón. Tita lo mencionaba constantemente junto al nombre del prestigioso abogado Rodrigo Uría. Sin ellos y sin los diferentes ministros de Cultura de distintos gobiernos, hubiera sido imposible traer la colección a España.
Yo lo único que deseaba era conocer a fondo a la mujer que tenía ante mis ojos en chándal y con la cara sin una gota de maquillaje. Tan solo adornada con un anillo con un brillante rosa de gran tamaño en forma de rombo en su dedo anular de la mano izquierda. Posteriormente me confesó que fue un regalo de Heini, su marido. En realidad, allí estaba sonriente la protagonista de la novela que yo quería retratar. Me encontré con una mujer muy fuerte, muy sonriente pero a la vez muy sola aunque estuviera rodeada de personas de servicio, de un pequeño ramillete de amigos que se cuentan con los dedos de una mano, y de su sobrino Guillermo. Estas personas y sus tres hijos formaban parte de su pequeño universo. Sin olvidarme de sus perritos caniches negros con los que convivía en su habitación, instalada en la parte superior de la casa.
Muchos días en los que quedábamos me encontraba con su ropa, casi toda en blanco y en colores muy claros, aireándose en decenas de perchas colgadas en burros en la misma puerta de su mansión de 10.000 metros cuadrados.
Una vez atravesado el umbral de la puerta, uno se topa con un atril en el que suelen firmar las autoridades que allí se dan cita muy a menudo. Su casa es centro de reuniones al más alto nivel y punto de encuentro con sus más fieles como Antonio Salcedo, un artista que trabajó como restaurador de marcos del museo, hoy ya jubilado. Desde hace muchos años forma parte de su círculo familiar. Una fidelidad incondicional demostrada a base de años. Igual que la de Mercedes Lasarte o la de su sobrino Guillermo, una persona muy emprendedora, ahijado de Lex Barker y pupilo de Heini; o Eugenia, que es su mano derecha y su mano izquierda. Siempre a su lado después de muchos años. Da alegría solo verla. Su chófer, su jefe de seguridad, el servicio específico de cada casa, las cuidadoras de sus hijas, sus secretarias, el personal del museo, su documentalista, Ana... todos pendientes de sus viajes y de sus necesidades.
A Tita no le gusta salir a callejear como hacen otras damas que viven en La Moraleja. Ella no se mueve de su casa y, si sale, va al museo o a los domicilios de otros conocidos que la invitan a cenar. Por cierto, su Casa con mayúsculas no es otra que Más Mañanas, la que levantaron Lex Barker y ella en Sant Feliu de Guíxols. Es el lugar donde se concentran todos sus recuerdos de sus diferentes vidas. Es para ella igual de importante que Tara para el personaje de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó. El lugar donde todo empezó, donde carga pilas y donde ha sido más feliz. También allí tuvieron lugar los primeros pasos de su hijo Borja y de sus hijas, Sabina y Carmen.
Por cierto, el día en el que madre e hijo llegaron a un acuerdo con el Gobierno de España, concretamente con el ministro Miquel Iceta, lo celebraron mucho. Tuve la suerte de ser invitada a la comida que dio Tita a su entorno más cercano: su hija Carmen, su sobrino Guillermo, sus nietos Sacha y la pequeña Kala. También estaba su amiga Mercedes Lasarte y los responsables de los distintos museos que hoy exhiben sus colecciones por distintas ciudades españolas. Carmen hija me pareció una joven muy educada, prudente y de exquisitas formas. A su hermana melliza, Sabina, la conocí la tarde anterior con motivo del regreso a España del famoso cuadro de Gauguin, el Mata Mua, y comprendí lo que suponía para ella ser famosa sin desearlo. Me pareció muy tierna y, a la vez, vulnerable ante la presencia de la prensa. Lo pasó muy mal y se abrazó a mí en algún momento. Ese mundo, en el que se ha sabido mover su madre como pez en el agua, era evidente que no le gustaba en absoluto y de hecho, no estuvo presente en la comida del día siguiente. Su hermana Carmen llevó mejor la presión mediática. Son dos jóvenes muy educadas y cariñosas con gustos muy diferentes.
Le estoy muy agradecida a Tita por haberme dejado asomarme a su mundo y de que me presentara a Borja en un acto posterior en el Thyssen. Solo un apretón de manos y unas palabras para comprender que se trata de una persona cercana, campechana y con sentido del humor. Su madre tenía verdadero empeño en que le conociera. «Mi hijo es la persona más importante de mi vida junto con mis hijas». Sin embargo, los diálogos telefónicos entre ellos —de los que fui testigo en más de una ocasión— a veces me parecían muy duros. Algunas frases que pronunciaban entre risas a través del teléfono sonaban a advertencias en un momento especialmente delicado en plena negociación con el Gobierno de España. Aún hoy me siento incapaz de discernir si ambos bromeaban o estaban dispuestos a emprender una nueva guerra entre ellos. No hace falta ser muy inteligente para percibir que la clave de su tensión tiene un nombre: Blanca Cuesta, la mujer de Borja. De hecho, en aquella comida de celebración tras el definitivo acuerdo con el gobierno, en el restaurante Numa Pompilio, su hijo y Blanca no comieron cerca de Tita. Decidieron sentarse fuera del lugar acotado para los invitados. Se trata de una relación que se tensa y se destensa constantemente. Tita siempre espera que un día todo vuelva a ser como antes de que Blanca apareciera en sus vidas. Ella y Borja, me dejó claro, se quieren profundamente.
Desde el principio grabé lo que hablábamos con una grabadora y a veces, con dos. Todo me parecía trascendental e importante. Tengo que reconocer que Tita se abrió en canal para hablarme de su vida. Fue muy generosa. El inicio de la pandemia nos alejó durante un año y después, en el 2021 y 2022, continuamos nuestras conversaciones en el comedor presidido por una larga mesa de madera —me recordaba a la de los consejos de administración de las grandes empresas—. Las dos nos sentábamos separadas por el ancho de la mesa. Yo me fijaba en un cuadrito de Francisco Iturrino que mostraba a un caballo blanco corriendo libre por unas amplias praderas y solía decirle: «Este cuadro te representa a ti, libre y dueña de tus actos». Y Tita sonreía. Al principio, un médico me hacía la prueba del covid-19 antes de dialogar con ella. Luego ya nos fuimos relajando aunque manteniendo las distancias en todos los sentidos. Siempre quedábamos por la tarde y terminábamos al final del día. A veces, de madrugada. Al acabar, regresaba a casa por la carretera vacía del municipio de Alcobendas, a 15 kilómetros al norte de Madrid. Tenía siempre a mano mi salvoconducto por si me paraba la policía. Mi coche era el único que circulaba por la M-40 a esas horas de la noche.
Fueron muchos encuentros en los que pude conocer a una mujer con gran personalidad. Le cogí cariño y creo que ella a mí también. Siempre le llevaba un regalo: tartas, pastas, pasteles, magdalenas... Es golosa y lo celebraba mucho.
Todo se torció a mitad de enero del 2023. Días antes nos habíamos felicitado el año y nos habíamos deseado lo mejor para el proyecto que teníamos entre manos. En ese momento estaba contenta con el libro. Justo después de una ardua selección de fotos de sus álbumes particulares que realizamos Ana, su documentalista, y yo, dejamos de tener contacto directo. Bien es cierto que estuvo una semana enferma. Sus empleados guardaron celosamente cualquier tipo de información. Una vez que dio el visto bueno a las fotos, retocadas para que no aparecieran cigarrillos en ninguna de sus manos —«fumar no está bien visto», nos decía—, ya no volví a verla.
A pesar de este final inesperado para mí, agradezco los grandes secretos que ha compartido conmigo y que seguirán a buen recaudo. Tita tenía ganas de hablar y de contar su verdad. Sin embargo, algo se torció cuando en su entrevista con el popular Risto Mejide utilizaron una pregunta que sirvió de cebo para anunciarla durante toda una semana. Eso debió de destapar la caja de los truenos entre madre e hijo. Y de forma indirecta, a mí me repercutió. El hecho objetivo es que no seguimos hablando y no volvimos a encontrarnos cara a cara.
En estos meses sin noticias, las aguas turbulentas entre Borja y Tita se han remansado. Incluso, he visto que han celebrado su ochenta cumpleaños juntos. Me alegro mucho. Eso significa que han llegado a un acuerdo sobre la herencia. En eso estaban cuando surgieron los problemas entre nosotras. Tita sigue buscando lo mejor para su hijo y para sus hijas para cuando ella falte. Desea ser justa con los tres y hacer lo mismo que Heini con sus hijos: alcanzar la paz.
Para mí han sido tres años trepidantes, demasiado intensos quizá. Creo que los abogados han tenido y tienen un lugar demasiado preferente en su agenda y en su día a día. Tita deseaba hacer memoria porque había hechos y circunstancias de su vida que no quería que se olvidaran. Pero la prensa ha sido testigo fiel de todo cuanto ha ido aconteciendo en su curiosa y variada existencia. Su vida está por entero en las hemerotecas. Pocas cosas se escapan a los fieles notarios de su vida, los periodistas. Al final del libro, aparecen muchos de los artículos, entrevistas —algunas hechas por mí— , libros y documentos que me han ayudado a conformar esta visión de la persona y del personaje. Lo ha contado todo o casi todo. Esta novela recrea su vida. También deseo descubrir al lector a la mujer y a la coleccionista de arte que impulsó la llegada a España de la colección Thyssen. Sin la voluntad y decisión de ella, hoy el museo estaría en Inglaterra, Alemania o en Estados Unidos.
Como periodista, creo en la libertad de expresión pero también en el respeto a mis fuentes. Por esto, no he utilizado las revelaciones confidenciales que afectan a su intimidad y que Tita me hizo durante las entrevistas que mantuvimos para el proyecto de libro conjunto. Sin embargo, la enorme cantidad de información sobre su vida que he mencionado en el párrafo anterior, sumada a las personas de su entorno y compañeros míos de profesión con los que he hablado —y a los que ella ha hecho numerosas confidencias a lo largo de los años— me han proporcionado una visión muy interesante del personaje que merece llegar a los lectores.
La editorial me ha animado a publicar otro libro diferente al que tenía pensado con Tita Cervera, una mujer a la que he llegado a admirar aunque no he llegado a comprender. Hay material suficiente en las hemerotecas, en los libros, en los museos, en los documentos sonoros de las radios y en los archivos de las televisiones para construir una historia que no va a dejar indiferente a nadie.
Los lectores se van a encontrar con una novela con personajes reales aunque nos recuerden a personajes de ficción de las míticas series de televisión en donde la ambición y el dinero centraban las relaciones entre los protagonistas.
Con respecto a Tita me quedo con su lado amable y cariñoso de estos últimos años. Todo se desvaneció como ocurre en los matrimonios donde se descubre un engaño. Fue la propia Tita la que comentó a la periodista Susana Griso que «ella iba a ser la autora de su biografía». Nos enterábamos todos a la vez: los espectadores, la editorial y yo.
Sinceramente, eso ya forma parte del pasado porque hoy os presento una nueva novela biográfica con una protagonista apasionante y apasionada: la baronesa Thyssen. Sin duda, el personaje más interesante de estas últimas décadas. Cuando vivía el barón los viajes formaban parte de su día a día. Podía desayunar con el rey Juan Carlos en Madrid, tomar el té con el rey Carlos de Inglaterra, entonces Príncipe de Gales, en Londres y cenar con el matrimonio Reagan en California. Todo en un mismo día a golpe de avión privado. Si Tita descolgara el teléfono y llamara al presidente ruso Vladimir Putin, éste respondería. Antes de la guerra con Ucrania estuvo tentándola con millones encima de la mesa para que su colección fuera a Rusia. Le propuso hacer un museo en San Petersburgo con su nombre. Eso es poder y ella lo tiene. Rechazó la oferta porque ella «estaba comprometida con España».
Recordemos que siempre ha hecho gala de su demostración de fuerza. Paró un plan urbanístico encadenándose a los árboles del Paseo del Prado; enamoró a hombres tan dispares como Lex Barker, Espartaco, el doctor Abril o Heini Thyssen... Todos mayores que ella. Pocas veces se la ha visto en compañía de alguien de su edad. Tan solo una: Manuel Segura, el padre biológico de su hijo. Ha conocido a John Fitzgerald Kennedy, a los Reagan, a Margaret Thatcher, al matrimonio Gorbachov, a la reina Isabel II de Inglaterra y a su hermana, la princesa Margarita, a Felipe González, a Aznar, a Zapatero, a Mariano Rajoy, a Pedro Sánchez y a su vicepresidenta Carmen Calvo. Ha tratado con todos los ministros de Cultura desde que comenzó a dialogar con Javier Solana en 1987 hasta hoy. Ha conocido a Marilyn Monroe, a Frank Sinatra, Roger Moore, Dean Martin, Robert Wagner, Linda Evans, Lee Van Cleef... Con este último, encabezó reparto en la película Objetivo: matar. También ha acompañado a Julio Iglesias en una de sus giras por Europa; ha conocido a los grandes empresarios que manejaban los hilos de las finanzas mundiales... Intelectuales, filósofos, fotógrafos, pintores, músicos... Sin embargo, se acuerda especialmente de su infancia y de sus primeras compañeras de colegio; del primer beso que le dieron durante unas vacaciones; de cuando salió volando al abrir la puerta del coche que conducía su padre; del empeño de su madre y de su abuela Sabina en que estudiara en los mejores colegios y en que aprendiera idiomas...
Es consciente de que han existido personas que no le han querido bien. Apela a su ángel de la guarda que siempre la ha protegido de todos los que le han querido mal. Habla con sus seres queridos aunque ya no estén en este mundo. Se fía de lo que le dicen las cartas cada noche. Ella les pregunta y unas veces responden y otras no desean hablarle. Perdona casi todo menos que los hijos de Heini no les dejaran tranquilos y felices los últimos años de vida en común.
Esta mujer con tanta influencia en el mundo del arte, con fobia a las alturas y a la oscuridad; con mano para las plantas y cierta virtud para el baile; madre por encima de todo; coleccionista de cuadros y mecenas de artistas es la que os presento en este libro. ¡Bienvenidos al universo de Tita Thyssen...!
Una decisión arriesgada
23 de mayo de 1994
Fueron segundos lo que necesitó Tita para tomar la decisión de secuestrar a su propio marido. Había que sacarle del hospital de la Pitié-Salpêtrière de París cuanto antes. El barón Thyssen, con el que llevaba casada desde hacía nueve años, había salido de un coma después de doce días debatiéndose entre la vida y la muerte. Sus hijos, los primeros sorprendidos de su recuperación, deseaban trasladarle a otro hospital para enfermos mentales. No lo consultaron con Tita y cuando ella llegó al hospital esa mañana se encontró que ya estaba todo decidido. Los hijos mayores contaban con la complicidad de un psiquiatra que organizó todo para llevar a Heinrich Thyssen-Bornemisza a un manicomio a las afueras de París. Todo tendría lugar a primeras horas de la mañana del día siguiente. Dijeron que era para que se recuperara antes de las secuelas del ictus que había sufrido durante la operación. Pero Tita sabía que si su marido no podía estar junto a ella y le dejaban solo en un hospital para enfermos mentales, se moriría de pena.
Georg, el primogénito, al que todos llamaban Junior, deseaba hacerse con las riendas de todos los negocios familiares. Tenía prisa. No era suficiente para él haberse quedado con la mayoría de las empresas de su padre utilizando el engaño e incluso la compra de algunos abogados que asesoraron mal al barón. El dinero parecía que podía con todo. No existían barreras, ni morales ni humanas, para lograr la meta deseada: acumular más poder y sobre todo, más dinero.
Esta pesadilla había empezado dieciocho días atrás. Primero la operación a manos de uno de los más prestigiosos cirujanos del mundo, el doctor Éduard Kieffer, presidente del Departamento de Cirugía Vascular del hospital, y después el coma durante la intervención para solventar el aneurisma que podía obstruir el flujo de la corriente sanguínea. Tita era la única que confiaba en su recuperación. Ni los médicos creyeron posible que superara el coma. De hecho sus hijos comenzaron a discutir por su herencia ante un final que preveían inminente.
Tita, la quinta esposa del barón Thyssen, no podía creer lo que estaba sucediendo: los hijos no estaban conmovidos ante el posible deceso de su padre, sino todo lo contrario. Hacían cuentas entre ellos para saber cuánto correspondería a cada uno en caso de que se produjera su muerte.
El caso es que aquel 23 de mayo de 1994 Tita sacó fuerzas para llevarse a su marido de allí. Lo primordial era poner en marcha un operativo para sacarlo del hospital en una silla de ruedas sin despertar sospechas. Después habría que introducirlo en una ambulancia que lo llevaría hasta el aeropuerto de aviones privados. Periodistas amigos estarían esperándoles para captar el momento. Tenía que quedar claro que el barón se iba de París por su propia voluntad...
Una vez dentro del avión privado le trasladarían a España, a Girona. «Junto al mar su recuperación sería más rápida», le dijo el doctor Kieffer.
Mientras la secretaria del barón, madame Stirnimann y el fiel Antonio Salcedo la ayudaban a poner en marcha su plan, Tira se quedó pensando en cómo había cambiado su vida en tan solo cuatro años. Le vino a la memoria ese momento mágico y único que vivieron juntos dentro de la capilla Sixtina...
PRIMERA PARTE
1
La creación de Adán
19 de julio de 1990
Tita sintió un escalofrío mientras subía por el andamio de aluminio de la capilla Sixtina. Aquel día culminaban los trabajos de restauración de los frescos que Miguel Ángel había pintado cuatro siglos antes. El barón Thyssen, que había contribuido económicamente a una parte de esos trabajos, observaba cómo su esposa ascendía delante de él hacia la bóveda donde el pintor toscano había ilustrado los nueve episodios del Génesis. Ambos trataban de coronar una cumbre de más de veinte metros. Sentían mucho entusiasmo y algo de vértigo, pues se trataba de una altura considerable.
Tita, que tantas veces había soñado con ese momento, cuando estaba ya muy cerca de las pinturas frenó su escalada. Después de contemplarlas durante unos segundos, posó el dedo índice sobre el dedo de Dios del fresco de La creación de Adán. No había cámaras, tan solo los acompañaba uno de los pintores que, durante años, había estado restaurando los frescos de la capilla. Fue un momento único, especial. El tiempo se detuvo para ella ante aquellas figuras extraordinarias del Renacimiento italiano consideradas una de las obras más bellas de la Historia del Arte. A su lado se encontraba el barón. Juntos disfrutaron emocionados de las nueve escenas del Génesis, desde La creación hasta El salvamento del arca de Noé. Permanecieron en silencio durante un largo rato para que ni siquiera una palabra rompiera la magia de la contemplación de un espectáculo tan sublime. Se sentían ante una obra sobrehumana que les hacía partícipes de la genialidad de Miguel Ángel.
Tita había colocado el dedo índice sobre el dedo de Dios que acababa de crear la luz, el fuego, la Tierra y, por último..., al hombre. Estaba rodeada de toda la corte celestial de aquella divinidad todopoderosa en la mismísima capilla Sixtina. Percibió aquel momento como un regalo que le ofrecía la vida, un instante de felicidad que parecía una auténtica ensoñación. A medio metro de sus ojos, las pinturas de Miguel Ángel la convertían en una espectadora privilegiada de cómo el primer hombre sobre la faz de la Tierra cobraba vida. El barón Thyssen quiso formar parte de ese instante junto a su esposa y también acercó el dedo índice al del Creador pintado por Miguel Ángel.
—My darling, estamos disfrutando de la misma perspectiva que tenía el pintor cuando creó estos frescos.
Tita sonreía consciente de estar viviendo un momento inolvidable. El barón sabía perfectamente cómo se sentía.
—Hay algo en estas pinturas que va más allá de lo que observamos —continuó Heini—. Miguel Ángel era un experto en anatomía humana. Pero ese solo fue su punto de partida. Hay estudios que señalan que tras la figura de Dios se esconde una acertada representación del cerebro humano. Los bordes de la pintura se correlacionan con los surcos principales del cerebro. Estás ante una de las obras de arte más analizadas de la Historia.
—Merece la pena esperar toda una vida por contemplar esta maravilla de cerca...
—Está bien que lo sientas así. Es la perfección absoluta. Cada pintura encierra un misterio, ¿no te parece? Las observamos y captamos intenciones que a lo mejor su autor ni se había planteado. El momento creativo precisamente tiene algo de conexión con Dios. Buonarroti era un hombre obsesionado con la perfección.
—Gracias, Heini, por este momento inolvidable.
—Celebrémoslo en el hotel. Mañana hay que madrugar. ¡Nos recibe el papa!
Descendieron por el andamio con mucho cuidado y, antes de abandonar la capilla ubicada en el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano, se despidieron del pintor. El sacerdote encargado de guiarlos hasta el exterior se dirigió al barón mientras caminaban lentamente:
—Barón Thyssen, aquí es donde tiene lugar el cónclave en el que se elige al papa; la sala donde los cardenales depositan sus votos después de deliberar quién de ellos guiará los destinos de la Iglesia.
—Sin duda es un buen sitio para que la curia romana se inspire —comentó el barón.
—Le agradecemos el esfuerzo económico que ha hecho durante estos años. La situación era crítica.
—Para mí ha sido un privilegio contribuir al mecenazgo de una obra tan sublime. Después de la recepción con el papa iremos a comer con monseñor Marzinkus al Instituto para las Obras de Religión que dirige. Ahora debemos retirarnos cuanto antes. Mañana nos toca madrugar.
—Usted sabe qué peligro corrían los frescos. No me cansaré de darle las gracias. En el Vaticano sabemos que no es la primera vez que ayuda a una causa de la Iglesia. Contribuyó también a la reparación del convento de San Marcos en Florencia, incluida la restauración de los frescos de Fra Angélico tras las terribles inundaciones de 1966. Esos gestos deberían contar con un mayor reconocimiento público.
—¿No dice la Biblia «que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda»? Pues todo está bien así.
Al llegar a la salida se dieron un apretón de manos. Tita le hizo un gesto respetuoso con la cabeza y los dos salieron de allí con la sensación de haber contribuido a que no se perdieran esos frescos que eran patrimonio de todos.
—De nada sirven las obras de arte si no pueden ser admiradas por la gente —comentó el barón.
—Tienes toda la razón —le confirmó Tita mientras intentaba asimilar todo lo que acababan de vivir.
Durante unos minutos pasearon bajo la luna de aquella noche del 19 de julio de 1990 que jamás olvidarían. El coche que los estaba esperando los condujo hasta el hotel situado en la plaza de la República de Roma. Aquella noche brindaron con champán en su habitación. La experiencia de admirar la obra de Miguel Ángel de cerca los había emocionado tanto que estuvieron hablando de arte hasta la madrugada. Por otro lado, además, era su tema de conversación preferido.
Al día siguiente, después de desayunar, seguían bajo los efectos de la visita.
—Sigo impresionada por el movimiento de las figuras, los colores... Renacimiento puro —comentó Tita.
—He estado pensando que nosotros tocamos el dedo de Dios porque deseábamos hacerlo, pero Adán tiene el suyo curvado sin que llegue a tocar el del Creador, como si no quisiera tener contacto... ¿No te diste cuenta? Creo que Miguel Ángel quiso expresar así el libre albedrío, la capacidad de los humanos para elegir nuestras acciones y Adán decidió no seguir a Dios.
—Se nos hace tarde.
Dejaron la conversación para vestirse e ir a la audiencia privada con el papa. Tita se puso un traje de chaqueta negro y, como único adorno, un collar de perlas gruesas y unos pendientes también de perlas con forma de lágrima. Dejó para el final la mantilla, que se colocó con ayuda de su madre. Ésta llegó a la habitación con Borja, el hijo de Tita, que ya tenía nueve años y que no acababa de entender por qué había tanto revuelo esa mañana en la habitación de su madre.
—Vas a conocer al papa —le decía su abuela—. Uno de los líderes espirituales más importantes de nuestro tiempo.
—Es una de las personas que más han influido en el final del comunismo en Polonia y en toda Europa —comentó Heini mientras se ajustaba el nudo de la corbata negra—. Un hombre extraordinario.
—Y para ir a verle, ¿tengo que llevar esta corbata que me ha puesto la abuela?
—Sí, allí todo el mundo la lleva y tú también —le replicó su madre.
Todos iban de negro, a excepción del niño, que llevaba una chaqueta roja y una corbata de figuras geométricas del mismo color. Salieron con tiempo del hotel. El barón era extremadamente puntual.
Después de que los condujeran hasta la sala de audiencias, aún tuvieron que esperar unos minutos. Juan Pablo II finalmente irrumpió en la estancia con energía. Tenía el pelo canoso, una altura considerable y una voz profunda que infundía mucho respeto. Tita y su madre contuvieron la emoción ante su presencia. El papa se dirigió a ellas en italiano. Carmen había vivido en Roma de forma intermitente con su primer marido, Lex Barker, y le contestó en ese idioma, que hablaba con fluidez. Sin embargo, Heini conversó con él en inglés sobre los trabajos de restauración.
El pontífice se mostró tan cercano y campechano como esperaban. Antes de concluir la audiencia, Juan Pablo II les regaló dos rosarios y estuvo hablando con el pequeño Borja. Le cogió la mano y le preguntó por sus estudios. El muchacho iba a cumplir diez años tres días después, el 24 de julio, y le contestó con un escueto «bien» con el que quiso resumir su etapa escolar. El papa le preguntó si le gustaba el deporte y el niño le contestó que sí sin entrar en detalles.
Borja le escuchaba muy atento. El pequeño de la familia llevaba el apellido Thyssen desde los siete años, cuando el barón lo adoptó. Tres años antes había sido bautizado en la catedral de San Patricio de Nueva York.
Estaban frente al papa más carismático de los últimos tiempos y Juan Pablo II también tuvo unas palabras para Tita sobre el recibimiento que le hicieron en España ocho años antes.
—Me alegro mucho de que le guste mi país —respondió Tita. Espero que Su Santidad regrese pronto.
—Mientras Dios me dé fuerzas... —comentó el papa sonriente—seguiré recorriendo el mundo.
Juan Pablo II se despidió con una sonrisa y les dio su bendición. Madre e hija se miraron impresionadas por el momento que estaban viviendo.
Una vez que salieron de allí, comentaron lo bien que habían encontrado físicamente a Su Santidad a pesar del atentado de Alí Agca del que fue víctima nueve años atrás en la plaza de San Pedro de Roma. El terrorista le había disparado varios tiros al pontífice pocos días antes de que cumpliera sesenta y un años. Ahora, a los setenta, parecía conservar intactas las ganas de seguir viajando por el mundo.
Regresaron los cuatro al hotel, pero el matrimonio tenía otro compromiso: habían quedado para comer con el obispo Paul Casimir Marzinkus. Cuando estuvieron de nuevo listos, salieron del hotel para acudir a la cita que iba a tener lugar en la misma institución que presidía, el Instituto para las Obras de Religión, también conocido como el Banco Vaticano. Desde el año 1971 se encargaba del control del dinero de los fondos católicos y eso le convertía en uno de los hombres más poderosos de la Iglesia pero también en uno de los más criticados y observados.
En el transcurso de la comida, abordaron el tema que los había llevado hasta allí: su participación en el mecenazgo de las obras de restauración de los frescos de la capilla Sixtina. Nada más concluir el almuerzo, Marzinkus le concedió al barón el honor de plantar un árbol en el Vaticano como reconocimiento a su labor.
—Siempre nos recordará que nos ayudó con generosidad a lo largo de estos últimos años.
—Será un honor.
Heinrich Thyssen, una vez en los jardines, cogió una pala y comenzó a cavar un hoyo en el lugar previamente designado. Tras terminar el hueco y plantar la semilla del árbol, la visita a Roma concluyó cuando regresaron al hotel. Ya estaba todo recogido y las maletas cerradas. Solo les quedaba desplazarse hasta el aeropuerto privado y regresar a Villa Favorita, la residencia de los Thyssen en Lugano, al sureste de Suiza.
2
El paraíso
Para los Thyssen, Villa Favorita era mucho más que una lujosa construcción del siglo XVII. En 1932, el padre de Heini, al ver la fantástica residencia que el príncipe Leopoldo de Prusia había comprado en Lugano huyendo de los desastres de la Primera Guerra Mundial, reconoció «el paraíso». Supo que ese era el lugar en el que querría vivir el resto de su vida. Se enamoró de los treinta y cinco mil metros cuadrados de la finca situada en mitad de una exuberante vegetación que recorría la falda de la montaña de San Salvatore hasta el borde del lago Lugano, también llamado Ceresio. Se trataba de un lago alpino que se extendía entre el cantón del Tesino, en Suiza, y las provincias de Varese y Como, en Italia. También contribuía a su aspecto de postal otro monte, el Brè, cuya forma recordaba al famoso Pan de Azúcar de Río de Janeiro. Estaba situado justo enfrente del embarcadero. Hasta donde alcanzaba la vista, uno se veía en un entorno más cercano a una ficción de cuento de hadas que a la realidad.
El edificio principal de Villa Favorita era de color siena pálido, al más puro estilo toscano, y contaba con una gran entrada porticada. El príncipe Leopoldo, antes de morir en 1931, añadió sendas alas a derecha e izquierda del edificio e hizo plantar novecientos cipreses —que llevó en tren desde Italia— a ambos lados del camino que daba a la entrada principal. El padre del barón, del que éste heredó su nombre y apellido, Heinrich Thyssen, hizo construir una galería anexa, que se comunicaba con el edificio principal a través de un pasillo. En ella fue colgando sus cuadros hasta que decidió abrir su colección al público en 1937.
De las primeras cosas que el barón Thyssen le explicó a Tita en cuanto ella puso un pie en aquel lugar tan bello fue de dónde procedía el nombre de Villa Favorita.
—Se lo puso el conde Rodolfo Giovanni Riva, que compró esta propiedad en torno al año 1800. Un siglo después pasaría a manos del príncipe de Prusia y diez años antes de la Segunda Guerra Mundial ya formaba parte del patrimonio de mi familia. Mi padre estaba convencido de que por un lugar tan hermoso y tan alejado de la gran urbe nunca pasarían tanques ni balas. Y tenía razón, porque ni las tropas ni las ambiciones de Hitler se cruzaron jamás por aquí. Suiza siempre se mantuvo fiel a su política de neutralidad.
Tita supo admirar el entorno y las obras de arte que se exhibían en sus paredes. Aunque lo que más le impresionó fue ver un Renoir colgando en la pared de su habitación de invitados. ¡Un Renoir! El cuadro titulado Campo de trigo, un óleo donde predominaba el amarillo en primer plano y el verde en el fondo. Un pequeño lienzo que al mirarlo te hacía perderte por aquel mar de espigas de Normandía. Ahora, ya casada con el barón desde agosto de 1985, se había familiarizado con el hecho de vivir entre pinturas únicas que ya también formaban parte de su vida. Heini le había explicado muchas veces cómo el arte se había apoderado de aquella mansión.
—Mi padre decidió hacerse coleccionista de pintura en la primera década del siglo XX. Las primeras obras que vistieron estas paredes fueron de Frans Hals, de Caravaggio, de Holbein el Joven, de Carpaccio y Ghirlandaio.
—¿Tu padre fue el que te inculcó el amor por el arte?
—Sí. Aunque su educación fue muy estricta conmigo, como imponía la época, le gustaba hablarme de arte y pasear conmigo de noche por los pasillos en donde colgaban sus cuadros. Cuando empezó a coleccionar tenía una idea muy clara: reunir obras de pintores europeos de otros siglos que estuvieran en manos de coleccionistas americanos.
—Tienes lienzos maravillosos, pero hay uno en concreto que sé que te ha acompañado casi toda tu vida. Me lo ha contado Giorgio. —Se refería al mayordomo italiano que llevaba años junto al barón.
—¡Lo que no sepa él...! Te refieres al cuadro de Giovanna Tornabuoni. Esta dama de la nobleza florentina del Quattrocento siempre ha formado parte de mi vida. Sabemos que murió de sobreparto el año en que la pintó Ghirlandaio. ¡Detrás de un cuadro hay muchas historias! Y ésta a mí me conmovió.
Tita y Heini habían comenzado el año con largas conversaciones al más alto nivel para rematar la decisión, tomada cuatro años atrás, de llevar la colección Thyssen a España. También celebraron el cumpleaños del rey Juan Carlos, al que estaban muy agradecidos por su apoyo, en la casa que acababan de inaugurar en Madrid, en la exclusiva zona de La Moraleja. Días después tuvieron que viajar a Nueva York para acudir a una reunión con Henri Kissinger quien, tras su experiencia como exsecretario de Estado con Richard Nixon y con Gerald Ford, era miembro en aquel momento del Club Bildelberg, el grupo exclusivo al que pertenecen las personas más influyentes del mundo. Le hablaron de su interés por completar la colección Thyssen con cuadros representativos del arte americano.
Retuvieron varias frases de Kissinger. Heini recordó la que había pronunciado en la comida sobre la tarea de los líderes: «Llevar a su gente de donde está a donde no ha estado». Pero a Tita se le quedó grabada esta otra: «Si no sabemos adónde vamos, ningún camino nos llevará a ninguna parte». Ella sí tenía claro su objetivo. Quería que la colección Thyssen estuviera en España. Otra cosa era que los herederos del barón le pusieran muchos obstáculos en el camino.
La mañana en que regresaban a Lugano, mientras Tita se estaba arreglando, oyó al barón llamarla con un hilo de voz: «My darling!». No hizo falta que dijera nada más. Tita comprendió que algo estaba pasando. Salió corriendo del baño y le vio tirado sobre el suelo sin poder ponerse en pie. Intentó tranquilizarle y pidió ayuda al agente de seguridad que los acompañaba. Éste, de inmediato, llamó a una ambulancia. Tita fue hasta el hospital cogida de su mano mientras intentaba quitar hierro a lo ocurrido. En la primera exploración médica aseguraron que se trataba de un aneurisma de aorta que habría que operar. Tita preguntó si podría viajar a Europa en su estado para operarse allí. Le pusieron medicación y, con la supervisión de un médico durante todo el vuelo, llegaron a España. El doctor Matesanz, cardiólogo y amigo del barón, le dijo que había varios sitios para operarse con toda fiabilidad. Primero le propuso que fuera en Madrid.
—Si algo sale mal, mis hijos culparán a Tita. Tenemos muchos enfrentamientos por el destino de mi colección. Debemos liberarla de esa carga.
Como segundo lugar, Matesanz propuso Houston y, finalmente, le habló de París.
—Me decanto por París —decidió el barón. Estamos todos cerca de la capital francesa y mi operación no supondrá un problema para nadie.
—Se hacen cientos a diario. En dos semanas te habrás repuesto. Estarás en las manos del que llaman «mejor embajador de la cirugía vascular francesa», el doctor Kieffer. Pero en un espacio breve de tiempo habrá que hacer una segunda operación de la otra carótida. Ahora mismo le llamo para que te opere cuanto antes.
Así fue, y a los pocos días ingresaba en el antiguo hospital de la Pitié-Salpêtrière de París... La intervención resultó un éxito y a los quince días ya le dieron el alta. A Tita aquel hospital no le gustó por la antigüedad de sus instalaciones, pero comprendió que lo importante eran el quirófano y las manos del doctor Kieffer. En las primeras declaraciones que hizo el barón tras recibir el alta hospitalaria, dijo: «Me ha cuidado la mejor de las enfermeras: Tita». Al final todo había quedado en un susto. Poco a poco las cosas volvieron a la normalidad, aunque pospusieron muchos compromisos hasta que llegó el mes de julio.
Ese primer mes del verano se convirtió en el mejor en años. Después del susto, Tita llamó a su hermano Guillermo para que estuviera con ellos y, de paso, agradecerle todos los años de trabajo que había invertido para poner en marcha el sistema informático que había permitido trabajar por capas en los frescos de la capilla Sixtina. Ahora que llegaba el parón de las vacaciones, los dos hermanos junto a sus respectivas familias volvían a verse.
El matrimonio Thyssen solía repartir su descanso veraniego entre sus diferentes casas. El primer destino era la finca de Tita en Girona. En Más Mañanas, los días eran sobre todo familiares El Mediterráneo se convertía en el epicentro de todas las actividades. «Mis primeros recuerdos siempre están asociados al mar —comentó el barón nada más llegar allí—. Fue mi compañero durante los dieciocho primeros años de mi vida, en Holanda. Era otro mar también hermoso: el mar litoral de Frisia, una zona intermareal del mar del Norte. Durante la marea baja se podía atravesar andando o en coche».
—Mi vida desde niña también está relacionada, sobre todo en verano, con el mar. Tengo muchos recuerdos escritos en alguno de mis diarios de infancia y juventud. Pero este mar es bravo por lo abrupto del paisaje. También tiene calas únicas y maravillosas.
—Me gustaría que me leyeras alguno de esos diarios.
—Lo haré, pero necesitaríamos parar el reloj para que pudiera mostrarte mi vida. Cuando tengamos tiempo..., y tú y yo, hoy por hoy, carecemos de él. Estas vacaciones hay que aprovecharlas para que te repongas. Además, me he apuntado con Borja a clases de buceo. Primero aprenderemos en la piscina y después saldremos al mar. Es algo que hemos querido hacer siempre.
—¡Fantástico! Uno tiene que hacer realidad sus sueños. El mío es bien sencillo: vivir la última parte de mi vida a tu lado y cerca del mar —comentó Heini a su mujer.
Tita se acercó hasta él y le besó.
—Esta casa siempre nos acogerá. En los momentos buenos y en los malos. Siempre ha sido muy especial. Tengo la impresión de que el mar todo lo cura...
El que se mostraba más feliz de estar allí era Borja, que compartía con su amigo Sacha todos los momentos del día. Habían crecido juntos y se veían de año en año. Cuando se reencontraban, no había quien los separara. Iban al mar, buceaban, montaban en bicicleta, jugaban a todo tipo de juegos al aire libre... Siempre juntos.
Trasladar el veraneo de la Costa Brava a Marbella suponía un problema, ya que el niño tenía que dejar a su amigo y a su prima Natalia, la hija pequeña de Guillermo para quedarse solo. Pero debían atender muchos compromisos sociales en la Costa del Sol y se trasladaron hasta la finca de Marbella. A partir de ese momento estaban más expuestos a los flashes de los fotógrafos, que no dejaban de captar todos sus movimientos en el yate que alquilaban. Nada que ver con el Hanse, el yate que el propio barón había diseñado y que se había construido en los astilleros de Bremen. Desde que Georg, el hijo mayor del barón, había dado el último golpe de timón a los negocios de su padre, se habían quedado sin poder utilizarlo. El Hanse había pasado a sus ambiciosas manos. Su padre procuraba no pensar en ello y alquilaba desde entonces uno de los mejores barcos que surcaban esas aguas. También acudían con mucha frecuencia a las fiestas a las que eran invitados. A Tita, que cinco años antes había recibido el nombramiento de lady España y se había casado con el mayor coleccionista privado de arte, Heinrich Thyssen, la reclamaban constantemente para que acudiera a las mansiones de las personas de más renombre instaladas en la Costa del Sol.
Mientras tanto, Luis Vidal, el encargado de la seguridad, que le sacaba medio cuerpo a Borja, estaba siempre vigilante, y Nancy, la niñera filipina, se encargaba de jugar, nadar y compartir momentos de ocio con el pequeño de la casa. Era una forma de cubrir el vacío de su amigo Sacha. Una tarde le confesó a su madre el sueño que tenía desde hacía tiempo.
—Me haría mucha ilusión ir a Disneyworld. Quiero ver la casa de Peter Pan.
Tita se quedó paralizada al escucharlo. Lex Barker, su primer marido, tenía fijación con este personaje de Disney. De hecho, su yate se llamó Peter Pan, y al segundo que compró le puso Peter Pan II. Su hijo cada día se parecía más en costumbres, manías y gustos a él. Ya se lo había advertido en California una médium con la que contactó nada más fallecer el actor de un ataque al corazón en plena calle en Nueva York.
—Mamá, no respondes. ¿Podremos ir a Disney? —Borja la sacó de sus pensamientos.
—Sí, claro que sí. Iremos toda la familia a Disney.
—¿Cuándo?
—Pronto.
—Pero esa no es ninguna fecha.
—Te prometo que iremos cuando no tengamos compromisos. Me encargaré personalmente de buscar una fecha.
El niño se acercó a su madre y la abrazó. Ahora el problema era encontrar un hueco en esa agenda que tenían, repleta de reuniones y de viajes.
Tita se quedó muy pensativa por las muchas coincidencias de la personalidad de su hijo con la de Lex Barker. La actriz Linda Evans le había dicho que no podía seguir en estado de shock tras la muerte de su marido. Y, ciertamente, la médium a la que la llevó la tranquilizó: «Lex volverá como tu hijo. Va a nacer estando tú soltera». Volvía a recordar de golpe aquellas palabras que tanto le habían impactado en su momento. Era evidente que tenían mucho en común.
Borja y la madre de Tita debían regresar a Villa Favorita para que el más joven de la casa decidiera qué dejaba en Suiza y qué se llevaba a España, a su nuevo hogar en Madrid. Empezaría el nuevo curso escolar en el International College Spain. Mientras tanto, el matrimonio Thyssen aprovechó unos días más para irse a Jamaica, al paraíso caribeño. Esa estancia, casi al final del verano, era para olvidarse del mundo y desconectar de los problemas. Solos Heini, ella y la exuberante naturaleza en su mansión principal de Alligator Head. Tita se pasaba las horas muertas mirando al mar transparente.
—¡Vamos, Tita! Con lo que te gusta nadar, ¿no te metes en el agua? El arrecife no deja pasar a los tiburones. Tienes que estar tranquila —le propuso el barón.
—No me gusta encontrarme con bichos raros. Pero está bien, me meteré —respondió ella.
Finalmente, se introdujo en el mar y nadó mucho. El agua le hacía sentir bien. Era como un regreso a su infancia, a sus días de mar y sol junto a su hermano. Pero, de repente, pegó un grito. En la roca en la que se había apoyado había un pez manta que salió huyendo de allí. Siempre que se bañaba en aquellas aguas temía la presencia de un tiburón o de cualquier otro pez que pudiera atacarla. Salió a la orilla y todo quedó en un susto.
En Jamaica tenían tres casas, pero una jamás se ocupaba. A fuerza de preguntar por qué motivo nunca se alojaban allí y siempre permanecía cerrada, a Tita le hablaron de un fantasma. Shady, el mayordomo, les comentó lo de la «presencia espiritual» por primera vez.
—No pueden ir porque sería un agravio para el alma que hay allí. Puede enojarse y sería terrible.
—Entonces, ¿qué podemos hacer? —se inquietó Tita.
—Hay que hacerle una ofrenda; si no, jamás podrán vivir en ella. Tiene que comprar tres gallinas blancas y una botella de ron para homenajearle con un festín.
Lo decía absolutamente convencido mientras Heini y Tita se miraban con cierta incredulidad.
—¡Quién me iba a decir que Shady, al que vi en un show tragando fuego, iba a ser ahora nuestro salvador! —dijo el barón con cierta ironía.
—¡Esa fue mi suerte, conocerle a usted! —Shady le contestaba en serio—. Me ha dado un futuro. Nunca le estaré lo bastante agradecido por haberse apiadado de mí y proporcionarme un trabajo estable. Y no solo eso, al regalarme un coche me ha hecho subir mi categoría.
—Ya he visto que siempre hay un niño dispuesto a lavarlo y a sacarle brillo.
—Es una forma de darme reconocimiento. Ahora soy un referente para mi pueblo y para ese crío.
Al día siguiente aparecieron las cabezas cortadas de las gallinas en cada una de las puertas de las habitaciones de aquella casa, y Shady hizo un conjuro para liberar definitivamente a la presencia. Después informó al barón.
—Nos hemos enterado de que el alma que vagaba por aquí se llamaba Dappy, de modo que le he hemos dado al fantasma su nombre y su sitio y ya puede descansar.
Así fue como, por fin, pudieron entrar en esa tercera casa, ya liberada después del festín que se había dado el fantasma.
Tita salió de compras con el mayordomo para actualizar la casa en la que llevaban tiempo sin entrar. Los muebles se habían estropeado y las piezas de metal estaban completamente oxidadas. Su sorpresa fue mayúscula cuando en el mercadillo se le ocurrió sacar una cámara y disparar para captar el ambiente. En ese momento, la gente se le echó encima. Estaban profundamente contrariados.
—Lo siento mucho. No era mi intención ofenderles —se disculpó Tita.
—¡La señora no conoce nuestras costumbres! —les decía Shady gritando a todos los que se aglomeraron en torno a ella.
—Lo siento muchísimo —repetía Tita juntando las manos en señal de perdón.
—Creen que les ha robado las almas y han quedado atrapadas en las fotos —le indicó el mayordomo asustado.
Tita sacó el carrete y se lo dio al que parecía el cabecilla. Con la ayuda de Shady, salió de allí como pudo. No la dejó sola en ningún momento, y eso tanto Tita como el barón se lo agradecieron mucho posteriormente. Fue el único episodio que rompió la paz que allí sentían. Para los Thyssen aquella era una isla mágica, se olvidaban de todos los problemas: caminaban, nadaban en su embarcadero o se acercaban hasta San, una playa casi desierta. También jugaban al backgammon o se hacían acompañar por grupos locales de música para bailar en las puestas de sol extraordinarias. Tita pintaba durante horas. «Quiero saber qué siente uno ante un lienzo en blanco». Le gustaba plasmar lo que veía, sobre todo la vegetación exuberante, que lo invadía todo. El barón, mientras tanto, hacía sus solitarios e intentaba interpretar lo que le decían las cartas.
Pocos días después regresaron de nuevo a Lugano y Tita volvió a la actividad frenética de siempre. Debían recoger papeles y llevarlos a Madrid.
A la baronesa le gustaba no solo tomar decisiones y leer cientos de documentos y de cartas por la mañana; también echaba un vistazo al mercado del arte y miraba si había algún cuadro interesante que comprar. En Nueva York había vivido no hacía mucho la sensación de pujar por un cuadro de John George Brown, a quien llamaban «el Murillo americano», y lo había conseguido. Para ella esa primera vez había sido importante. Tita lloró de alegría en aquella ocasión tras hacerse con el lienzo. Desde entonces, tomó la costumbre de informarse acerca de los cuadros importantes que estaban en venta.
Las noches en las que se vestían de gala, el barón la hacía bailar cuando todos ya estaban acostados. Una copa de champán, moverse al son de una balada y una charla hasta bien entrada la madrugada.
—¿Te sorprendió mi respuesta cuando me propusiste que me viniera a vivir aquí? —preguntó Tita.
—Conociéndote, me la imaginaba: «Si voy contigo, no lo hago sola. Mi madre, mi hijo y mis tres perritos vienen conmigo» me dijiste. Y tomé la mejor de las decisiones, que vinierais todos. Mi vida era en blanco y negro hasta que llegaste tú y le pusiste color. Es curioso el cariño que le he cogido a Borja y la falta de empatía que tengo con el resto de mis cuatro hijos: Georg, Francesca, Lorne y Alexander. Bueno, quizá a Alexander, por ser el pequeño, también le tenga un afecto especial.
—Borja quiere a Alexander como a un hermano mayor. También es el único que ha venido por aquí. Los demás... no pisan ninguna de nuestras casas.
En Villa Favorita había un comedor grande que estaba cerca del despacho de Heini. También había una terraza frente al lago que cuando se abría parecía un cuadro más de la colección particular. En Lugano se intentaba hacer vida familiar. Esperaban, ahora en Madrid, poder organizarse y seguir haciéndola.
Carmen Fernández de la Guerra, la madre de Tita, aprovechaba su tiempo libre para tomar clases de distintas disciplinas. Le gustaban la música y la costura. En la capital de España debería reorientar de nuevo su ocio, pues había que llenar de actividad las horas de la mañana. Borja también había mostrado interés por todo lo relacionado con los barcos, quería prepararse para manejar uno. Por otro lado, se había convertido en un niño muy bromista. Tenía al servicio siempre en alerta porque gozaba asustándolos con pequeñas bromas que hacían reír a todos. A través de la hermana mayor del barón, Gaby, llegó a la casa una chica francesa, Mary France, que enseguida se hizo con el entorno y con el niño. Era tan delgada que enseguida la comenzaron a llamar familiarmente Olivia, como la delgadísima mujer de Popeye. El barón, al ver lo unido que Borja se sintió a ella en un corto periodo de tiempo, rememoró su pasado.
—Tengo miedo de que le coja tanto apego a Mary France como el que yo le cogí a mi institutriz, Edda Voltz —comentó el barón—. Uno de mis grandes traumas tuvo que ver con ella. Era muy cariñosa, pero a la vez muy estricta. Cuando los alemanes invadieron Holanda colaboró con la Resistencia. Estábamos tan unidos que cuando me fui a estudiar a Suiza, ya que mi padre quería alejarme del ejército nazi, y ella se convenció de que Hitler se quedaría para siempre en Holanda, se vio sin salida. Abrió la espita del gas y se suicidó. La trágica muerte de Edda fue una de las pérdidas más dolorosas de mi vida.
—Vaya, lo siento —le dijo Tita a la vez que le cogía la mano.
—Piensa que cuando nací, en mi casa, en un pequeño pueblo de Holanda, solo me esperaba con optimismo mi abuelo August. Yo era el pequeño de cuatro hermanos y enseguida supe que no había sido un niño deseado. Cuando nací mis padres ya estaban prácticamente separados. Fue Edda quien me dio su amor incondicional. Hoy me acuerdo de ella más que de nadie.
—Está bien que Mary France y mi madre sean las personas de referencia de Borja mientras nos ausentamos.
—Quizá no deberías acompañarme a mis reuniones por medio mundo tanto como lo haces.
—Yo sé que Borja está bien acompañado y, sin embargo, no quiero que tú te sientas solo durante tus viajes. Además, me encanta hacerlo. —Pensaba en qué habría sucedido en Nueva York de no haber estado ella junto a él. Se quitó ese pensamiento de la cabeza a los pocos días. Su filosofía se centraba en que no tenía que regodearse en lo que la hacía sufrir.
El barón subió el volumen de la música y comenzaron a bailar. Nada hacía más feliz a Tita. Heini tarareaba la canción de Irving Berlin para la película Sombrero de copa.
—Heaven... I’m in heaven. And my heart beats so that I can hardly speak. And I seem to find the happiness I seek when we’re out together dancing cheek to cheek... («Cielo, estoy en el cielo. Y mi corazón late tanto que apenas puedo hablar. Y parece que encuentro la felicidad que busco cuando salimos a bailar juntos, mejilla con mejilla»).
3
La profecía
Las mañanas eran frenéticas en Villa Favorita, nada que ver con las noches ni con las cenas románticas y musicales. Las reuniones constantes con asesores y abogados marcaban las agendas de ambos. Heini y Tita habían decidido llevar la colección de cuadros a España.
Acababan de cumplirse cuatro años del gran engaño del que habían sido víctimas: el hijo mayor del barón, Georg, los había convencido para firmar un acuerdo sobre la colección, el Art Trust. Heinrich Thyssen estampó su firma en el documento demostrando tener plena confianza en su hijo y en sus abogados, que cobraban minutas millonarias. Estos, contratados por el barón, habían dado el visto bueno al acuerdo, pero Heini no tardó en descubrir que todo formaba parte de una trama urdida para despojarle de sus pinturas y de sus negocios.
La ilusión del barón hubiera sido llevar a cabo la ampliación del museo de Villa Favorita. Siempre pensando en su padre y en lo que a él le hubiera gustado, se había ido haciendo con una colección que, en la década de los noventa, sumaba más de mil trescientos cuadros. Había conseguido unir los de su propia colección privada a los de su padre, además de rescatar en subastas pinturas que habían recibido en herencia sus hermanos o incluso, recomprárselas. Llegó a sacar a concurso público la elección del mejor proyecto arquitectónico para llevar a cabo la ampliación. El ganador fue el anteproyecto del arquitecto británico James Stirling. El barón lo expuso en el Palacio de Congresos de Lugano y se sintió muy orgulloso al dar el dato de lo mucho que había contribuido la familia a activar el turismo del arte en la ciudad durante los últimos cuarenta años. Pero todo se esfumó, se vino abajo.
Tal y como le había predicho una adivina a su madre, «Tu hijo pequeño salvará los negocios familiares, pero, al final de su vida, lo perderá todo». Georg, el primogénito, fue el artífice de que ese vaticinio se hiciera realidad. Primero le pidió a su padre que convenciera a Tita para que renunciara a los derechos que la ley suiza le otorgaba como esposa. Al final, no solo renunció a los cuadros, sino también a la participación en los negocios del barón. Ambos pensaron que, si ese era el requisito imprescindible para conseguir la ampliación de Villa Favorita, no supondría un obstáculo. Gracias al acuerdo sufragarían los gastos de ampliación del museo y conseguirían una importante cantidad de dinero anual para el mantenimiento y la adquisición de nuevas obras de arte. Pero lo que se había pactado verbalmente nada tuvo que ver con lo que finalmente se firmó...
—¡Quién me iba a decir que todo era un engaño! El documento que firmamos no recogía el acuerdo al que habíamos llegado.
—Eran demasiadas páginas, el notario decía que, si no lo firmabas rápido, podríais estar todos en la notaría tres días con sus tres noches.
—¡Ni se me pasó por la cabeza que mi hijo me pudiera traicionar! Me fie no solo de él, también de mis propios abogados. ¡El dinero todo lo corrompe! Le he dado a Junior un trato preferente respecto al resto de mis hijos, tal y como pacté con su madre tras el divorcio. A los veintiséis se incorporó al negocio familiar. Poco después le hice consejero delegado y a los treinta le di un puesto de supervisor del grupo. Y ahora, a los cuarenta, me deja sin nada.
—Está claro que uno debe leer al detalle lo que firma. Da igual lo mucho o lo poco que se tarde —reconoció Tita, que, desde entonces, ya no dejaba pasar ni un papel sin estudiar hasta la última coma.
—Esa fue la lección que aprendí hace ya cuatro años. Lo positivo es que estamos cerca de una buena solución.
—Creo que aquel fue el peor día de mi vida... Traicionado por mi propio hijo. Está claro que no siente ningún afecto hacia mí; su madre se ha encargado toda su vida de que me viera como un enemigo.
Como si entendiera lo que allí se estaba diciendo, la perrita Juanita Bananas, una yorkshire de color canela que se movía siempre entre las piernas del barón, dio un salto y se acomodó en su regazo. Heini continuó hablando.
—Parece que lo estoy viendo. ¿Te acuerdas? Junior vino a comer con nosotros y, en un determinado momento, nos dijo que era preciso vender algunos cuadros para crear un fondo con el que seguir manteniendo el grueso de la colección.
—Imposible olvidarlo. Te quedaste en silencio, sin hacer ningún comentario. Comprendiste de golpe que todo lo que se había hablado antes había sido un engaño.
—Bueno, le repliqué que no era lo que habíamos pactado. Su respuesta se me quedó clavada como un puñal: «La situación ahora está así». Fue uno de los grandes disgustos de mi vida. Pensé que habría que ir deshaciendo la colección. Todavía sufro al recordarlo. Menos mal que, cuando se fue, me abriste una ventana a la esperanza cuando me propusiste que la sacáramos de Villa Favorita para mantenerla intacta.
—No me he equivocado mucho. Ya viste que, al hacer partícipes a distintos países de tu voluntad, no tardaron en ofrecerse Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Francia, España...
—De haber continuado en Villa Favorita, nos hubiéramos visto forzados a vender parte del corazón de la colección. Por lo tanto, poco a poco habría ido perdiendo su esencia. El corazón de una colección jamás se debe vender.
Ese domingo, que ponía fin al verano de 1990, la luz de Lugano convertía el paisaje en una auténtica postal. Se prepararon para disfrutar de una jornada familiar. Con Tita, el barón había ganado una familia, algo que no había conocido ni siquiera en su infancia. Decidieron comer en el porche, el día se prestaba a ello. El monte Brè, la montaña más soleada y misteriosa de Suiza, se erigía rotunda en mitad de aquel entorno de cuento. Esa comida contaba en la mesa con un comensal más de los habituales: el hermano mayor de Tita, Guillermo. Había viajado hasta Suiza para ver a su madre y a su hermana aprovechando el fin de semana antes de que se trasladaran a Madrid. Después de almorzar con ellos y antes de regresar a Barcelona, donde residía, conversaron sobre el destino final de la colección. Estaban tomando el café cuando Guillermo quiso conocer los últimos detalles del acuerdo con España.
—Hay que reconocer que Tita estuvo acertada cuando hizo la pregunta que lo desencadenó todo. Yo no creo en las casualidades, creo en el destino. Cuando recibisteis la visita del director general de Bellas Artes, Miguel Satrústegui, y del abogado Rodrigo Uría para pediros que recuperarais para España el retrato de La marquesa de Santa Cruz de Goya, que había salido del país de forma ilegal, en realidad os estaban abriendo una puerta al futuro.
—Lo que querían es que yo subvencionara la compra del cuadro que se iba a subastar en la capital británica. Los recibimos en nuestro castillo de Daylesford, en Inglaterra, donde se encuentra enterrada toda mi familia. Durante esos días estaba con nosotros el duque de Badajoz, Luis Gómez-Acebo, y fue cuando Tita hizo la gran pregunta: «¿Por qué va a financiar mi marido la compra de un cuadro para dárselo al Ministerio de Cultura, cuando éste podría conseguir la colección Thyssen-Bornemisza entera?».
—Uría, que en ese momento probaba la salsa picante que habíamos servido de acompañamiento con el salmón marinado, comenzó a toser compulsivamente hasta ponerse rojo —recordó Tita.
—A lo mejor no fue tanto la salsa como la sorpresa de lo que acababas de decirle —añadió su madre, que no pudo evitar inmiscuirse en la conversación.
—El caso es que ese fue el principio de todo... No sé yo si en España llegarán a saber algún día lo que has peleado para que la colección fuera a nuestro país —añadió Guillermo.
—Perfectamente podía haber terminado en Alemania —apuntó el barón—. Estaban dispuestos a construir un museo. Varias ciudades se ofrecieron como sede. Sin embargo, el primer ministro, Helmut Kohl, pronunció ante mí una frase nada acertada, el verdadero detonante de que descartara Alemania: «Necesitamos un museo para que pasen el rato las primeras damas de los jefes de Estado que visitan nuestro país».
—Lo que te molestó, Heini, fue que considerara tu colección como un mero entretenimiento para las primeras damas... —señaló Tita con ironía.
—Aquello no me gustó, desde luego.
—Francia lo intentó también, ¿no? —quiso saber Guillermo.
—Sí, pero, aunque vinieron varios ministros a vernos, al final no se concretó nada. Nos llegaron a proponer el Petit Palais para albergar la colección. Pensé en todas las reformas que habría que hacer para adaptar un edificio tan emblemático y, al final, lo descarté. No me convenció —sentenció Tita—. Inglaterra fue el país más insistente. El Gobierno y la familia real británica querían la colección a toda costa.
—Bueno, la primera ministra, Margaret Thatcher, nos llegó a recibir dos veces en Londres. La primera, en su residencia en Downing Street, donde trató de convencerme con vehemencia para que trasladara la colección hasta Inglaterra. La segunda vez volvió a intentarlo en su residencia privada. Reconozco que en ese último encuentro se creó cierta tirantez. Incluso mostró abiertamente su enfado cuando vio que no accedíamos a sus pretensiones. En uno de esos arranques le pidió a Tita que la acompañara al baño. Cuando estuvieron a solas, se levantó la falda y le enseñó las posaderas.
—¿Qué? —preguntó Guillermo entre risas—. No puede ser. Eso no me lo habías contado, hermana.
—Ni falta que hace... —Tita sonrió con timidez.
—Había mucha tensión. La oferta de los británicos llegó a ser muy detallada y concreta. El príncipe Carlos y la princesa Margarita ejercieron una labor de mediación importante. El príncipe de Gales hasta vino aquí, a Villa Favorita, pilotando su propio avión. Recuerdo que dijo que el jet era tan grande que casi se había comido las piscinas de Lugano. Fuimos muy sinceros con él y le comentamos que la oferta de España nos parecía interesante. Al final, se dio cuenta de que la decisión estaba tomada. Fue entonces cuando el príncipe peleó por un cuadro y habló de lo importante que sería para el Reino Unido tener el retrato de Enrique VIII de Inglaterra, de Holbein el Joven. Fue entonces cuando decidí prestárselo a su país durante seis meses.
—De modo que Tita se convirtió en el gran escollo para Inglaterra.
—Y no te olvides de mis hijos Georg, Francesca y Lorne, que han visto también en Tita a su principal rival. Alexander está más unido a Borja y a nosotros. Los mayores critican con dureza la opción de España, pero en el fondo esos juicios se dirigen a tu hermana. Esta decisión de sacar la colección dejando de lado la ampliación del museo de Villa Favorita nos da una oportunidad de mantenerla unida, aunque tengamos la sensación, como los acróbatas, de estar en la cuerda floja.
Carmen Fernández intentó levantarse de la mesa, pero le fallaron las piernas. Sus dos hijos se quedaron mirándola. Se volvió a sentar de golpe y no hizo ningún comentario. Guillermo y Tita fueron conscientes de que su madre estaba perdiendo movilidad.
—Brindemos por mamá y por España —zanjó la baronesa la conversación. No quería seguir ahondando en otra de las heridas que se habían abierto con los hijos del barón. Tampoco quería preocupar a su madre.
Desde que surgió la posibilidad de que la colección se trasladara al Palacio de Villahermosa, en Madrid, los Thyssen dejaron de contemplar cualquier otro escenario: se encontraba en el centro de Madrid, frente al Museo del Prado y muy cerca del Museo Reina Sofía. Era un lugar cargado de historia. Allí se había alojado el duque de Angulema al llegar a Madrid al frente de los Cien Mil Hijos de San Luis. A mediados del XIX, mientras el duque celebraba una de sus famosas fiestas, Franz Liszt tocó el piano en uno de los salones. Fue sede del Liceo Artístico y Literario durante el Romanticismo, y, años después, de la Banca López Quesada. Tras la quiebra de la entidad en 1983, el edificio pasó a manos del Estado y se adscribió al Museo del Prado. Desde ese momento, el Palacio de Villahermosa se convirtió en un espacio adicional para exposiciones de la pinacoteca nacional. Las obras de rehabilitación por parte del arquitecto Rafael Moneo habían comenzado en el mes de marzo de ese mismo año.
—¿Y Estados Unidos no os hizo una oferta interesante? —siguió preguntando Guillermo.
—La Fundación Getty de Los Ángeles también se mostró interesada en hacerse con la colección. Viajamos allí con motivo de una exposición temporal. Después de reunirnos con ellos, nos llevaron a visitar el terreno donde pensaban instalar el Museo. Nos comentaron que estaban decididos a que ese museo se llamara Getty-Thyssen si llegábamos a un acuerdo, pero Tita me hizo ver que, con el paso del tiempo, acabaría siendo Getty. Todo el esfuerzo por mantener el apellido de mi padre ligado a la colección no habría servido para nada.
—Está claro que España se fue revelando como la mejor opción —comentó Tita—. Por eso, en abril de hace dos años, en 1988, firmamos, como base del acuerdo, la carta de intención de la que ya te hablé. Y en diciembre de ese mismo año, con la firma del contrato de alquiler de la colección, ya no hubo vuelta atrás. Bueno, ahora hay que trabajar duro para que esto no quede en un alquiler, sino que Madrid sea el destino definitivo.
—Eso os quitaría muchos dolores de cabeza. ¿Para cuándo esperáis la inauguración?
—Para dentro de dos años, aproximadamente —añadió Tita entre sonrisas—. Ahora hay que rehacer por dentro el palacio, del que solo va a quedar la fachada. Se va a reconstruir todo el interior del edificio.
—Han intervenido el rey Juan Carlos, el presidente Felipe González, sus ministros Javier Solana primero y Jorge Semprún después, y el intermediario perfecto, nuestro amigo Luis Gómez-Acebo, duque de Badajoz. De hecho, fue él quien envió la propuesta formal al Gobierno que propició que Felipe González diera luz verde para iniciar las negociaciones.
—Esto ya no hay quien lo deshaga. ¡Cuando te propones algo, lo consigues! —insistió Guillermo.
En un determinado momento, el barón se levantó para atender una llamada y justo después, Carmen madre, con la excusa de acompañar a Borja a su habitación, se quiso echar un rato en la cama. Al quedarse solos los dos hermanos, la conversación derivó en temas familiares. Guillermo comentó que su hijo mayor iba muy bien en sus estudios en Londres relacionados con Museología y Arte Comercial. A Tita le gustó mucho que su sobrino sintiera su misma pasión por el arte. Antes de que Guillermo abandonara Villa Favorita, le dijo a su hermana en voz baja que sería bueno que a su madre la viera un especialista.
—Creo que mamá debería ir a un traumatólogo. Conozco uno muy bueno en Barcelona.
—Tienes razón, se queja de un dolor persistente en la cadera.
—Puede que se haya caído y no nos haya querido decir nada. Han pasado diez años de la primera operación.
—Habrá que convencerla para que se vaya unos días a Barcelona. Le costará separarse de Borja. Mami lo pasó muy mal cuando vio que Heini perdía todo el control sobre sus empresas. Está muy pendiente de nosotros. No entiende que un hijo pueda hacer algo como lo que le ha hecho Junior a su padre.
—Es difícil entender que unos hijos estén en contra de un padre que los ha hecho millonarios.
—Estos hijos no han convivido apenas con Heini y las madres se han encargado de educarlos alejados de él. Durante los primeros años yo intenté acercarme a ellos, pero me he dado cuenta de que es imposible.
—Como tú sueles decir, solo ven a su padre con cara de dólar. No le tienen ningún afecto.
Cuando el barón se incorporó de nuevo a la conversación, cambiaron de tema. Heini le expuso a su cuñado varios asuntos técnicos relacionados con su futuro museo y, al final, le hizo una confesión sobre su hermana.
—¿Sabes? Tita ha desarrollado una fobia. Creo que se debe a la presión a la que estamos sometidos en los últimos tiempos.
—No tiene importancia. Se trata de una claustrofobia que me impide meterme en los ascensores —replicó Tita—. Ya está, no hay mucho más que decir.
—¿Cuál ha sido el detonante? Tiene que haber un motivo —quiso saber Guillermo.
—Me ha pasado y punto. No le doy más vueltas.
Como era algo que para Tita tenía una solución fácil, subir a pie, dejó de coger ascensores de la noche a la mañana. El barón dio más datos de la claustrofobia que sentía su esposa en los espacios pequeños.
—El problema se presentó cuando el director de la Caixa estuvo detrás de la colección y nos invitó a comer en sus instalaciones, en un décimo piso. Tita decidió ese día subir andando por unas escaleras exteriores. A partir de ese momento, no hemos vuelto a tener citas en pisos altos.
—Yo creo que me está saliendo ahora el miedo que pasé de jovencita en el incendio de unos apartamentos de la Metro-Goldwyn-Mayer. Me encontraba en el vigésimo piso y no había forma de que me rescataran. Las malas experiencias se quedan grabadas en nuestro cerebro y, tarde o temprano, salen.
—Cuando tienes un hijo, tus miedos del pasado brotan y se hacen más visibles. Lo superarás cuando veas que Borja ya no depende de ti —sentenció Guillermo convencido de que era cuestión de tiempo.
—Todavía queda mucho para eso. Creo, sinceramente, que mi miedo nace del fuego, no tanto por la maternidad. Las llamas me imponen mucho respeto.
—Toda esta situación que estamos viviendo también te habrá afectado —replicó el barón.
—Nosotros podemos con eso y con más. Mi claustrofobia ha surgido de repente y se irá igual que ha venido. De momento, tiene solución: no montar en ascensor, sin más.
—Mi hermana es muy valiente. Siempre lo ha sido, aunque imagino que sigue durmiendo con una lucecita encendida, ¿no? Suma miedos a los que intenta ir poniendo una solución.
—Duermo con una lucecita por los fantasmas desde que en México entró en mi habitación ese señor que os conté que al abrir los ojos se encontraba cerca de mi cama. Estaba mirándome con un pañuelo blanco en la mano. Siempre me he preguntado qué habría ocurrido si no me hubiera despertado. Menos mal que salió corriendo cuando me encaré con él.
—¿No sería algún empleado del hotel? Tienes que desterrar de tu vida las malas experiencias —añadió el barón—. Me habría encantado conocerte en ese momento, incluso antes que Lex, y eso que siempre le he tenido admiración y respeto.
—Estoy segura de que ese señor a los pies de mi cama era un asesino que andaban buscando. ¿No es mucha casualidad que yo sorprendiera en mi habitación a esa persona con un pañuelo blanco y días después viera en el periódico que habían detenido al «asesino del pañuelo blanco»?
—No lo pienses. No ocurrió nada.
—Desde entonces no me gusta levantarme y no ver. Me voy a dormir siempre con algo de luz.
Carmen madre regresó tras haber descansado unos minutos y se dirigió a su hija tras escuchar el final de la conversación.
—Yo duermo con algo de luz también. Esto le viene de familia.
—Gracias, mami. —Tita abrazó a su madre—. Qué suerte tenerte a mi lado. No sabes la tranquilidad que me das.
—Mamá, Tita y yo lo hemos hablado y pensamos que deberías ir a Barcelona para que te miren la cadera. Conozco un médico muy bueno que trabaja en la Clínica Sant Honorat, en la Avenida del Tibidabo —aseveró Guillermo.
Se lo soltó de sopetón y su madre se quedó muy sorprendida. No esperaba que hubieran estado hablando sobre ella. Después de un rato callada, le contestó.
—Pues no os digo que no, porque el dolor cada vez es más intenso. Aprovecharé vuestro traslado a Madrid para irme unos días a Barcelona.
—Me alegra oír eso. Creo que es la mejor decisión —admitió Tita—. Yo iré contigo al médico. Ya me dirás para cuándo le dan cita.
Guillermo se despidió de todos y quedó con su madre en verse en unos días. Tita le dijo a su hermano que fuera a Madrid la próxima vez que quisiera verlos. «Nuestro hogar ahora estará allí. Tenemos que visitar las obras del museo y seguir hablando de nuestros cuadros con el ministro de Cultura». Los dos hermanos no aguantaban mucho sin saber uno del otro. Habían estado muy unidos desde que sus padres se separaron. Tanto que, a veces, parecía que Guillermo ejercía de padre más que de hermano mayor.
Esos días en familia los anotaba Tita en su diario como días destacados, para reseñar con detalle.
