Prólogo
Está sentado a su escritorio, abatido a causa del miedo y de la gravedad del paso decisivo que, una vez dado, no puede revertirse. Como el tiempo y la muerte.
La pluma tiembla en su mano cuando empieza a escribir.
Tengo esto en la cabeza desde hace tiempo. Sé que la mayoría de la gente no entenderá por qué, especialmente los que me quieren, y a los que yo también quiero. Todo cuanto puedo decir es que nadie sabe por qué infierno he pasado. Estas últimas semanas han sido sencillamente insoportables. Ha llegado el momento de irme. Lo siento tanto…
Firma con su nombre. El habitual garabato ampuloso. Ilegible. Y dobla la nota, como si al ocultar las palabras pudiera hacerlas desaparecer. Como un mal sueño. Como el paso que está a punto de dar hacia la oscuridad.
Se levanta, y mira alrededor, su habitación, por última vez, preguntándose si de verdad tendrá valor para llevarlo a cabo. ¿Debería dejar la nota o no? ¿Realmente supondría una diferencia? Echa un vistazo al papel, ahora ha vuelto a abrirse, apoyado en la pantalla del ordenador, donde espera que sea visible. Su corazón se llena de arrepentimiento cuando sus ojos siguen las enrevesadas letras que aprendió a escribir durante todos esos años, cuando aún tenía toda la vida por delante. Un agridulce recuerdo de inocencia y juventud. El olor al polvo de tiza y a la leche caliente del colegio.
¡Qué inútil ha sido todo!
1
Cuando Fin abrió los ojos, una extraña luz rosada bañaba el interior del viejo refugio de piedra que los había resguardado de la tormenta. Desde el fuego casi extinguido, el humo se movía perezosamente en el aire tranquilo, y Whistler no estaba.
Se apoyó en los codos y vio que la piedra de la entrada había sido apartada a un lado. Más allá vio la bruma de la aurora, teñida de rosa, que pendía encima de las montañas. La tormenta había pasado. La lluvia había caído y había dejado en su estela una calma antinatural.
Fin se libró de las mantas con dificultad y se arrastró, dejando atrás el fuego, hacia donde sus ropas estaban dispersas por el suelo de piedra. Aún había un punto de humedad en ellas, pero estaban lo bastante secas como para volver a ponérselas, así que se tumbó de espaldas y se deslizó dentro de los pantalones, luego se sentó, se abotonó la camisa y se pasó el jersey por la cabeza. Se puso los calcetines, se calzó las botas y, sin molestarse en atarse los cordones, salió a gatas a la ladera de la montaña.
La vista que le recibió era casi sobrenatural. Las montañas del sudoeste de Lewis se alzaban abruptamente a su alrededor y desaparecían en una oscuridad de nubes bajas. El valle a sus pies parecía más amplio que bajo los relámpagos de la noche anterior. Los gigantescos fragmentos de roca que cubrían el suelo emergían como espectros de la niebla que se acercaba desde el este, donde un sol todavía invisible lanzaba un brillo rojo antinatural. Parecía el principio de los tiempos.
Whistler, de pie, recortado contra la luz al otro lado de la colección de accidentados refugios que ellos llamaban «colmenas», miraba el valle desde lo alto de una cresta, y Fin caminó a trancas y barrancas por el suelo empapado, con las piernas temblorosas, para reunirse con él.
Whistler ni se volvió ni se percató de su presencia. Seguía allí como una estatua congelada en el espacio y en el tiempo. A Fin le impresionó su rostro, vaciado de todo color. Su barba parecía pintura negra y plateada derramada sobre un lienzo blanco. Sus ojos, oscuros e impenetrables, estaban perdidos en la sombra.
—¿Qué pasa, Whistler?
Pero Whistler no dijo nada, y Fin se volvió a ver qué estaba mirando. Al principio, lo que vio en el valle simplemente lo llenó de confusión. Entendía lo que veía, y sin embargo no tenía sentido. Se volvió y miró al otro lado de las colmenas, a la mezcolanza de rocas que se alzaban por encima de ellas, y la ladera pedregosa que subía a lo alto de la montaña, donde había estado la noche anterior viendo los relámpagos reflejarse en el lago que había abajo.
Luego volvió a mirar el valle. Pero no había lago. Tan solo una gran cuenca vacía. Su contorno era claramente visible donde, durante eones, había estado royendo la turba y la roca. A juzgar por la hondonada que había dejado en el suelo, debía de haber medido un kilómetro y medio de largo, uno de ancho, y quince o veinte metros de profundidad. Su lecho era una espesa capa de turba y limo, salpicada de rocas grandes y pequeñas. En su extremo oriental, donde el valle se hundía en la niebla del amanecer, un ancho canal marrón, de doce o quince metros de anchura, corría por la turba como el rastro dejado por una babosa gigante.
Fin miró a Whistler.
—¿Qué ha pasado con el lago?
Whistler se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—Ya no está.
—¿Cómo puede desaparecer un lago?
Whistler siguió mirando fijamente el lago vacío durante largo rato, como en trance. Hasta que de pronto, como si Fin acabase de hablar, dijo:
—Algo así sucedió hace mucho tiempo, Fin. Antes de que tú y yo naciéramos. En algún momento de los cincuenta. En Morsgail.
—No comprendo. ¿De qué estás hablando? —Fin estaba totalmente desconcertado.
—Lo mismo. Postie solía cruzar un lago todas las mañanas, en el camino entre Morsgail y Kinlochresort. Estaba en medio de la pura nada. Loch nan Learga. Una mañana, iba por ese camino como de costumbre, y ya no había lago. Tan solo un gran agujero. Yo lo había cruzado muchas veces también. Aquello armó un revuelo de mil demonios. Vinieron de los periódicos y la televisión de Londres. E hicieron toda clase de especulaciones… bueno, ahora parecen una locura, pero entonces llenaron la radio, la tele y las columnas de los periódicos. La teoría favorita era que un meteorito había caído en el lago y este se había evaporado.
—¿Y qué fue lo que pasó?
Whistler alzó los hombros y volvió a bajarlos.
—La mejor teoría es que era una turbera.
—¿Que era qué?
Whistler hizo un mohín con los labios, los ojos siempre fijos en la cuenca repleta de limo del desaparecido lago.
—Bueno… puede ocurrir tras un largo período sin lluvia. No es algo muy común aquí. —Casi sonrió—. La superficie de la turba se seca y se agrieta. Y, como cualquier cortador de turba sabe, una vez que está seca, la turba es impermeable al agua. —Señaló con la cabeza el rastro de la babosa gigante que se perdía en la niebla—. Hay otro lago allí, bajando el valle. Si tuviera dinero, lo apostaría a que este lago se ha drenado en el otro.
—¿Cómo?
—La mayoría de estos lagos se asientan en turba que reposa sobre gneis lewisiano. Con bastante frecuencia están separados por crestas de un material menos estable, como anfibolita. Cuando al período de sequía le sucede una lluvia fuerte, como la de anoche, el agua de lluvia corre por las grietas de la turba y crea una capa de lodo sobre el lecho de roca. Es posible que aquí la turba entre los lagos simplemente se haya deslizado por encima del lodo, que debido al peso, el agua del lago superior se haya abierto paso a través de la anfibolita y que todo el maldito montón se haya drenado valle abajo.
Cuando el sol se elevó un poco más, corrió el aire y la niebla se aclaró un poco. Lo bastante como para revelar algo blanco y rojo que atrapaba la luz en lo que debía de haber sido la parte más profunda del lago.
—¿Qué demonios es eso? —dijo Fin, y cuando Whistler no respondió—: ¿Tienes unos prismáticos?
—En la mochila. —La voz de Whistler era poco más que un susurro.
Fin volvió corriendo al refugio y entró a por los prismáticos. Cuando regresó a la cresta, Whistler no se había movido. Continuaba mirando impasible la cuenca en la que había habido un lago. Fin se llevó los prismáticos a los ojos y ajustó las lentes hasta que el objeto rojo y blanco quedó enfocado con claridad.
—Dios mío —se oyó susurrar, casi sin darse cuenta.
Era una avioneta monomotor que descansaba entre un montón de piedras, ligeramente inclinada. Parecía bastante intacta. Los cristales de la cabina estaban cubiertos de barro y limo, pero el rojo y blanco del fuselaje era claramente visible. Como también las letras, pintadas en negro, de la matrícula.
G-RUAI.
Fin sintió que se le erizaba el vello de la nuca. RUAI, abreviatura de Ruairidh; Roderick en gaélico. Una matrícula que había estado semanas en todos los periódicos hacía diecisiete años, cuando aquella avioneta desapareció, y Roddy Mackenzie con ella.
La niebla se despegaba de las montañas como humo, teñida por el amanecer. Reinaba una calma perfecta. Ni un sonido rompía el silencio. Ni siquiera el canto de un pájaro. Fin bajó los prismáticos.
—¿Sabes de quién es esa avioneta?
Whistler asintió.
—¿Qué demonios está haciendo aquí, Whistler? Dijeron que su plan de vuelo era ir a Mull y que había desaparecido en algún lugar del mar.
Whistler se encogió de hombros, pero no hizo ningún comentario.
—Voy a bajar a echar un vistazo —dijo Fin.
Whistler le cogió del brazo. Había una mirada extraña en sus ojos. Si Fin no le hubiera conocido, habría pensado que era miedo.
—No deberíamos.
—¿Por qué?
—Porque no es asunto nuestro, Fin. —Suspiró. Un largo y sombrío suspiro de resignación—. Supongo que tendremos que dar parte, pero no deberíamos involucrarnos.
Fin le miró dura y largamente, pero decidió no preguntar. Liberó el brazo de la presa de Whistler.
—Voy a bajar a echar un vistazo —repitió—. Puedes venir conmigo o no venir.
Le puso los prismáticos en la mano y empezó a bajar por la colina hacia la cuenca vacía.
El descenso era abrupto y difícil, por rocas fragmentadas y turba endurecida y resbaladiza a causa de la vegetación empapada por la lluvia. Las piedras delimitaban las orillas de lo que había sido el lago, y Fin se deslizó por ellas tratando de no perder pie y de mantener el equilibrio empleando los brazos para evitar una caída. Abajo, abajo hacia las entrañas de lo que fuera un lago, vadeando barro y limo, a veces hundido hasta las rodillas, entre rocas que usaba como peldaños para cruzar la vasta hondonada.
Casi había llegado a la avioneta cuando miró atrás y vio que Whistler lo seguía, a pocos metros de distancia. Whistler se detuvo, respirando con dificultad, y los dos hombres se quedaron mirándose durante casi un minuto. Luego Fin miró más allá, por encima de capas de turba y piedra que parecían las líneas de un mapa cartográfico, hacia lo que no más de doce horas antes había sido la orilla. Si el lago aún hubiera estado allí, en ese momento estarían a quince metros por debajo del agua. Giró de nuevo para cubrir el espacio que quedaba hasta la avioneta.
Estaba ligeramente inclinada entre el caos de rocas y piedras que cubría el fondo del lago, casi como si la hubiera depositado allí la delicada mano de Dios. Fin notaba la respiración de Whistler a su lado.
—¿Sabes lo más raro? —dijo.
—¿Qué? —No sonó como si realmente quisiera saberlo.
—No veo ningún daño.
—¿Y?
—Bueno, si la avioneta se hubiera estrellado en el lago estaría bastante machacada, ¿no?
Whistler no hizo ningún comentario.
—A ver, míralo —insistió Fin—. Casi no tiene abolladuras. Todos los cristales están intactos. Ni siquiera el parabrisas está roto.
Fin trepó por encima de las últimas rocas y se encaramó, resbalando, al ala más cercana.
—Tampoco hay muchos rastros de oxidación. Supongo que casi todo es aluminio.
No se atrevió a ponerse de pie en el ala, traicioneramente resbaladiza, y avanzó a cuatro patas hacia la cercana puerta de la cabina. La ventanilla estaba cubierta por una gruesa capa de limo verde y era imposible ver el interior. Empuñó la manilla y trató de abrir. La puerta no se movió.
—Déjalo, Fin —dijo Whistler desde abajo.
Pero Fin estaba decidido.
—Sube y échame una mano.
Whistler no se movió.
—¡Por el amor de Dios, Roddy está ahí dentro!
—No quiero verlo, Fin. Sería como profanar una tumba.
Fin negó con la cabeza y se volvió hacia la puerta, apoyó ambos pies en el fuselaje y tiró con todas sus fuerzas. De repente la puerta cedió, con un chirrido como de metal rompiéndose, y Fin cayó de espaldas en el ala. La luz del día inundó el interior de la cabina por primera vez en diecisiete años. Fin volvió a ponerse de rodillas y se agarró al marco de la puerta para asomarse al interior. Oyó que Whistler subía al ala detrás de él, pero no miró atrás. Lo que tenía delante de los ojos era impactante, su sentido del olfato se había visto atacado por un olor como a pescado podrido.
Al pie del parabrisas, el tablero de mandos cruzaba en arco la cabina, una masa de indicadores y cuadrantes, con los cristales empañados y enlodados, las paredes interiores decoloradas por el agua y las algas. El asiento del copiloto, en el lado más próximo a él, estaba vacío. Los pomos rojo, negro y azul de los mandos del acelerador, situados entre los asientos, aún eran visibles, y estaban en la posición de punto muerto. Los restos de un hombre estaban sujetos con el cinturón al asiento del piloto, en el lado más lejano. El tiempo, el agua y las bacterias habían devorado toda la carne, y lo único que mantenía de una pieza el esqueleto eran los restos blanqueados de tendones y ligamentos que no se habían descompuesto debido a la fría temperatura del agua. La chaqueta de cuero estaba más o menos intacta. Los vaqueros, aunque descoloridos, también habían sobrevivido, igual que las zapatillas deportivas, aunque Fin pudo ver que la goma estaba hinchada, distendiendo el calzado alrededor de lo que quedaba de los pies.
La laringe, las orejas y la nariz habían perdido toda su estructura, mientras que el cráneo era completamente visible, con unos cuantos mechones de pelo aferrados a los vestigios de un tejido blando.
Todo aquello era bastante tremendo para los dos viejos amigos que recordaban al joven, inteligente e incansable Roddy con su mata de pelo claro y rizado. Pero lo que más les perturbó fue el terrible daño infligido en el lado derecho de la cara y en la parte trasera del cráneo. La mitad de la mandíbula parecía haber desaparecido, dejando al descubierto una hilera de dientes rotos y amarillentos. Los huesos del pómulo y la parte superior del cráneo estaban completamente destrozados.
—Dios. —La voz de Whistler llegó hasta Fin como un jadeo blasfemo.
Había bastado un instante para absorber la escena que se descubría al abrir la puerta, y Fin retrocedió involuntariamente casi enseguida, chocando con la parte de atrás de la cabeza contra el hombro de Whistler. Cerró de golpe la portezuela y se dio la vuelta, deslizándose hasta quedar apoyado en ella. Whistler se había puesto en cuclillas y lo miraba con los ojos muy abiertos.
—Tenías razón —dijo Fin—. No deberíamos haberla abierto. —Miró el rostro de Whistler, tan pálido que se le veían marcas en la piel en las que Fin nunca se había fijado, resultado quizá de algún episodio de varicela durante su infancia—. Pero no por haber profanado una tumba, Whistler.
Whistler frunció el ceño.
—¿Por qué, entonces?
—Porque hemos alterado la escena de un crimen.
Whistler se quedó mirándolo durante largos segundos, sus ojos oscuros enturbiados por la confusión, luego se volvió, bajó del ala y emprendió el camino de regreso hacia la orilla, trepando sin pausa para salir del cráter y volver a las colmenas.
—¡Whistler! —gritó Fin, pero el hombretón no interrumpió el ritmo, y no miró atrás.
2
Fin, sentado en el despacho de Gunn, miraba el caos de papeles amontonados como por una ventisca sobre el escritorio del sargento de detectives. De vez en cuando un coche pasaba por Church Street, e incluso a esa distancia podía oír las gaviotas que sobrevolaban en círculos los arrastreros en el puerto. Míseras casas enjalbegadas de pronunciados tejados llenaban la vista desde la ventana, y él se levantó y fue hacia ella para ampliar su campo de visión. Macleod & Macleod, el carnicero, que no era pariente suyo. La tienda de caridad Blythswood Care en la esquina, con la nota manuscrita en el escaparate: «No aceptamos restos de rastrillos». El restaurante indio The Bangla Spice, y el Café Thai. Gente muy lejos de casa.
La vida seguía para los demás como si nada hubiera pasado. Y sin embargo, para Fin el descubrimiento de los restos de Roddy en la avioneta en el fondo del lago había cambiado todos sus recuerdos, alterando para siempre su versión de aquella historia y la forma en que habían ocurrido las cosas.
—Una turbera parece una buena explicación. Su amigo Whistler sabe lo que dice.
Fin se dio la vuelta cuando Gunn entró con un fajo de papeles. Su cara redonda estaba afeitada al milímetro, más abajo de un oscuro pico de viuda, su piel rosada salpicada de un aftershave astringente y muy perfumado.
—No hay mucho que Whistler no sepa —dijo Fin, y se preguntó qué era lo que Whistler sabía y no decía.
—Lo de la desaparición del lago en Morsgail es cierto. Y al parecer hubo otro par de turberas a principios de los noventa en la vertiente norte de Barra y Vatersay. Así que no es algo nuevo. —Dejó caer los papeles en su escritorio, como si cayera otra nevada, y suspiró—. Pero no ha habido mucha suerte con la familia del difunto.
Fin no estaba seguro de por qué, pero la referencia a Roddy como «el difunto» fue casi dolorosa. Y sin embargo llevaba muerto diecisiete años. La estrella del rock celta más llena de talento y exitosa de su generación, extinta en la flor de la vida.
—Su padre murió hace cinco años, su madre el año pasado, en un centro geriátrico de Inverness. No hay hermanos ni hermanas. Supongo que tiene que haber parientes lejanos en alguna parte, porque parece ser que la casa de Uig fue malvendida por los herederos. Puede que lleve un tiempo encontrarlos. —Gunn se pasó una mano por el pelo oscuro y aceitoso, luego se la limpió inconscientemente en la pernera del pantalón—. Su amigo el profesor Wilson está cogiendo un avión en Edimburgo en este mismo instante.
—¿Angus?
Gunn asintió. Tenía malos recuerdos de su único encuentro con el mordaz patólogo.
—Quiere examinar el cuerpo in situ, y fotografiaremos toda la escena. —Se frotó la mandíbula pensativo—. Va a salir en todos los periódicos, señor Macleod. La maldita prensa se lanzará sobre ello como buitres. Sí, y sobre la pasta. Desde Inverness. No me sorprendería que lo hicieran los propios peces gordos. Les encanta ponerse delante de las cámaras y ver sus bien alimentadas caras en la tele. —Hizo una pausa, se dio la vuelta y cerró la puerta—. Dígame, señor Macleod. ¿Qué le hace pensar que Roddy Mackenzie fue asesinado?
—Prefiero no decírtelo, George. No quiero condicionar tu interpretación de la escena del crimen. Creo que es una valoración que debes hacer por ti mismo.
—Está bien. —Gunn se dejó caer en la silla y giró hasta quedar de frente a Fin—. En cualquier caso, ¿qué demonios estaban haciendo usted y Whistler Macaskill en las montañas y en medio de una tormenta, señor Macleod?
—Es una larga historia, George.
Gunn levantó los brazos hasta entrelazar los dedos detrás de la cabeza.
—Bueno, tenemos tiempo de sobra hasta que llegue el avión del forense… —Dejó la frase en el aire. Como entrada para Fin. Y Fin se dio cuenta de que solo hacía un par de días que Whistler y él se habían reunido por primera vez en media vida. Y ya parecía una eternidad.
3
I
Había sido un veranillo de San Martín, la larga temporada cálida y seca se había extendido hasta entrado septiembre, un fenómeno poco corriente en la isla situada más al norte de las Hébridas Exteriores. Lo más al norte y al oeste que se podía ir en Europa, la isla de Lewis estaba bronceada por meses de sol de verano y desacostumbradas semanas sin lluvia. Y el tiempo aún aguantaba.
Aquel día, a Fin le había llevado casi dos horas conducir desde Ness hasta Uig bajando por la costa oeste. Desde un lugar tan al norte como Siadar, Fin había visto alzarse las montañas del sudoeste en dirección a Harris, un corte púrpura oscuro y amenazador contra el más pálido de los cielos azules. Era el único punto del horizonte en el que aún quedaban nubes. No eran desafiantes, simplemente estaban ahí, desplazándose entre las cumbres. La flor amarilla de la tormentila silvestre crecía entre los helechos, dando un toque de oro a un paisaje en el que hasta el brezo estaba blanqueado. Sus diminutos pétalos se inclinaban en una reverencia bajo la brisa entumecedora que soplaba desde el océano, arrastrando con ella el olor del mar y un lejano aroma a invierno.
En aquel primer día de su nueva vida, Fin reflexionó acerca de cuánto había cambiado esta en poco menos de dieciocho meses. Por aquel entonces estaba casado, tenía un hijo, una vida en Edimburgo, un trabajo como detective en la división «A» del Departamento de Investigación Criminal. Ahora no tenía ninguna de esas cosas. Había vuelto al claustro materno, a su isla natal, pero no estaba seguro de por qué. En busca de lo que había sido, quizá. Lo único que sabía con certeza era que el cambio era irrevocable, y había empezado el día en que un conductor se llevó la vida de su pequeñín en una calle de Edimburgo y no se detuvo.
Cuando hubo rodeado la punta de Loch Ròg Beag, Fin guió el Suzuki cuatro por cuatro salpicado de barro fuera de la carretera de un solo carril, hacia un accidentado sendero de grava sin espacio para adelantar. Dejó atrás un rebaño de vacas de las tierras altas, con sus largos y curvados cuernos y su desgreñado pelaje pardo, para remontar el río hacia un lago que más parecía una charca donde, inusualmente, los árboles crecían al resguardo de un pliegue de las colinas, y a la sombra de su protección se hallaba Suaineabhal Lodge.
Hacía mucho tiempo que Fin no veía a Kenny John Maclean. Big Kenny había dejado la isla con los demás. Pero su vida había tomado un rumbo completamente distinto. Ahora vivía en una vieja granja que había ampliado y modernizado, situada al final del sendero, enfrente de la hospedería. Una jauría de perros acudió ladrando desde un establo con tejado de cinc cuando Fin se detuvo en la zona de aparcamiento. La hospedería ocupaba una antigua granja, y cuando sir John Wooldridge compró la propiedad de Red River, la amplió por un costado y por detrás, y añadió en la parte delantera un porche con vistas al lago. A diferencia de Cracabhal Lodge, en un extremo del lago Tamnabhaigh, que podía alojar a más de veinte personas durante las temporadas de caza y pesca, Suaineabhal no tenía más que un puñado de dormitorios y estaba reservada exclusivamente para pescadores. Pero tenía un bar público, y en esa época del año todas las noches estaba lleno de pescadores y sus guías, y de vecinos que salían a tomar una pinta y un trago de whisky.
Aquella mañana no había un alma en los alrededores, hasta que Kenny llegó dando zancadas hasta la puerta que daba al lago y ordenó a los perros que guardaran silencio. Intimidados por la reprimenda del jefe de la manada, se contentaron con olfatear a Fin con tranquila curiosidad, respirando su olor desconocido mientras la luz del sol caía a su alrededor salpicando el suelo como una lluvia. Kenny vestía botas verdes Hunter sobre pantalones caqui, y un chaleco con multitud de bolsillos encima de un jersey militar de lana verde, con refuerzos en los hombros y en los codos. Cuando se acercó, se quitó la gorra dejando a la vista un pelo muy corto y pelirrojo que estaba perdiendo color, y tendió su manaza callosa para dar un cálido apretón a Fin.
—Cuánto tiempo, Fin —dijo, en una mezcla de inglés y gaélico; aunque la mayoría de su jornada transcurría en inglés, con Fin volvía al gaélico sin pensar. Era la lengua de su infancia, la primera que surgía entre ambos con naturalidad.
—Me alegro de verte, Kenny —dijo Fin, y así era.
Se quedaron mirándose un momento, evaluando los estragos del tiempo. La cicatriz de cinco centímetros que seguía la línea de la mejilla izquierda de Kenny, resultado de un accidente infantil que había estado a punto de costarle un ojo, había palidecido con el tiempo. Kenny siempre había sido un tipo alto, más alto que Fin. Ahora era enorme, había crecido en todas direcciones. Parecía más viejo que Fin, también. Pero siempre había sido un chico a la antigua, toscamente tallado en la madera del campo, y no muy sofisticado. Lo bastante brillante, sin embargo, como para ir a la facultad de agrícolas de Inverness y volver a la isla para dirigir la propiedad en la que había crecido.
Fin, aunque no era un hombre pequeño, había conservado su aspecto aniñado, y seguía teniendo un pelo abundante, claro y rizado; sus ojos verdes estaban fijos en el oculto recelo que veían en la mirada, más oscura, de su viejo compañero de colegio.
—He oído que has vuelto con Marsaili. Que vives con ella, me dijeron.
Fin asintió.
—Por lo menos hasta que termine de arreglar la granja de mis padres.
—Y dicen que su hijo es tuyo y no de Artair.
—¿Eso dicen?
—Es lo que he oído.
—Parece que has oído un montón de cosas.
Kenny sonrió.
—Mantengo la oreja pegada al suelo.
Fin le devolvió la sonrisa.
—Ten cuidado, Kenny. Podría entrarte barro, y entonces ya no oirías tan bien.
Kenny resopló.
—Siempre fuiste un maldito sabelotodo, Macleod. —Titubeó un momento y su sonrisa desapareció como un rayo de sol al quedar oculto por una nube—. También he oído que has perdido un hijo.
El color aumentó muy ligeramente alrededor de los ojos de Fin, oscureciéndolos.
—Has oído bien.
Siguió una larga pausa, en la que quedó claro que no pensaba dar más explicaciones.
El final de aquel intercambio personal quedó marcado por la recolocación de la gorra de Kenny, que se caló hasta las cejas. Incluso su tono de voz cambió:
—Tendré que informarte de tus obligaciones. Imagino que Jamie se habrá encargado de los puntos principales. Pero, como la mayoría de los terratenientes, no sabe mucho de la tierra.
A Fin no se le escapó el detalle. Puede que Jamie fuera el jefe, pero Kenny se consideraba su superior. Y ahora era el jefe de Fin, y su breve intercambio entre iguales había terminado.
—No estoy seguro de que yo te hubiera contratado como jefe de seguridad. No te ofendas, Fin, estoy seguro de que eras un buen policía, pero no estoy tan seguro de que eso te cualifique para atrapar furtivos. En cualquier caso… el porqué no es cosa nuestra, ¿no?
—Tal vez tú podrías hacerlo mejor —dijo Fin.
—Nada de «podrías», Fin. Pero dirigir una finca de más de cincuenta mil acres, con pesca extensiva de salmón, trucha asalmonada y trucha común, además de la caza, se lleva todo mi tiempo. —Sonaba como un folleto publicitario—. Y no tenemos pocos problemas.
II
El Range Rover de Kenny brincaba y traqueteaba por la pista llena de baches, siguiendo el curso del río, por un terreno que se hacía aún más escarpado a su alrededor. Colinas peladas, escabrosas, salpicadas de pedruscos y cortadas por barrancos se alzaban hacia cumbres montañosas perdidas entre las nubes. Grandes rocas se aferraban a las laderas, grandes masas de gneis de cuatro mil millones de años. Kenny miró a Fin y siguió la dirección de su mirada.
—La piedra más antigua del mundo —dijo—. Esos bloques llevan en estas colinas desde la última glaciación. —Señaló la sombra de la montaña, a su izquierda—. ¿Ves esos cauces de agua que atraviesan la roca? Originalmente eran grietas en la superficie; cuando el agua se congelaba dentro, el hielo se expandía hasta que la roca explotaba, y lanzaba esos trozos enormes por todo el valle. Tenía que ser todo un espectáculo. Pero me alegro de no haber estado cerca.
Delante de ellos, un pequeño lago reflejaba el azul de cristal tallado del cielo en su superficie rizada por el viento, y Kenny se acercó a un cobertizo de chapa pintado de verde al que llamó la cabaña del almuerzo. Un sitio en el que los pescadores y sus guías podían resguardarse del clima para comerse sus sándwiches. La pista para vehículos terminaba allí. Un sendero peatonal llevaba hasta el agua, mientras que otro serpenteaba colina arriba, trepando abruptamente entre montones de rocas y corrientes vadeables de agua clara que normalmente estarían crecidas en esa época del año. Después de semanas de sequía, la mayoría de ellas se reducían a un hilillo de agua.
Kenny estaba en forma para ser un hombre tan corpulento, y Fin hizo lo posible por seguirle el ritmo cuando empezó a subir a zancadas la empinada senda. La pista serpenteó entre las hendiduras de las colinas, abrazando la cara sur de una roca vertical situada a su derecha, antes de que Kenny saliera de ella para cruzar el lecho de un arroyo casi seco. Luego se dirigió, entre hierbas crecidas y brezo, hacia una cumbre que había a su izquierda. Largas zancadas que lo llevaron hasta la cumbre varios minutos antes que Fin.
Cuando lo alcanzó, Fin se dio cuenta de lo alto que habían subido, primero en el Range Rover y luego a pie. Sintió el viento llenar su chaqueta y después su boca, dejándolo sin respiración, mientras veía el suelo caer en picado a sus pies para revelar un extraordinario paisaje de tierra y agua bañado por el sol. Los colores marrón, azul pálido, verde y morado se fundían a sus pies en una resplandeciente lejanía.
—El lago Suaineabhal —dijo Kenny. Se volvió, sonriente, hacia Fin—. Uno se siente como un dios aquí. —Algo llamó su atención muy por encima del lago—. O como un águila. —Fin siguió la dirección de su mirada—. Tenemos veintidós parejas que anidan entre este lugar y la propiedad de North Harris. La mayor densidad de águilas reales de Europa.
Se quedaron mirando al ave mientras cabalgaba las corrientes térmicas, casi a la misma altura a la que estaban ellos, con más de dos metros de envergadura, las plumas abiertas en las puntas de las alas y en abanico en la cola, como dedos, manipulando cualquier movimiento del aire. De pronto se dejó caer, como una flecha lanzada desde el cielo, desapareció por un momento entre la mezcla de colores del suelo, y volvió a mostrarse a la vista inesperadamente, llevando un animalillo ya muerto en sus letales garras.
—Mira allí, a la entrada del lago. Verás unas construcciones de piedra con tejado de cinc. Una paridera y un par de graneros. Dos de nuestros guardias viven allí. No hay forma de llegar con coche, solo se puede ir en barca o a pie. Y tardas un día entero si vas andando. Tendrás que ir a que te conozcan.
—¿Quiénes son?
—Estudiantes. Ganándose un poco de dinero durante las vacaciones. Déjame que te diga que llevan una vida durísima. Sin agua corriente, sin electricidad. Tengo motivos para saberlo, yo mismo lo hice cuando estudiaba agrarias. —Se volvió hacia el oeste y señaló las cuatro cumbres que delimitaban el lado más lejano del valle, donde el Mealaisbhal, la cumbre más alta de Lewis, alzaba la cabeza y los hombros sobre las otras—. Teníamos guardias al otro lado, en una vieja paridera en el lago Sanndabhan. La encontrarás en el mapa cartográfico. Pero se han ido. Les dieron una paliza hace tres noches, cuando se toparon con unos furtivos que tendían redes en la desembocadura del Abhainn Bhreanais. Y no encuentro a quién pueda reemplazarlos.
—Me imagino que informaste a la policía.
Kenny sonrió, henchido de genuina diversión.
—Desde luego. Pero, como sabes muy bien, eso no sirve absolutamente para nada. —Su bonhomía se esfumó en un instante, como si alguien hubiera pulsado un interruptor—. Esos hijos de puta van en serio. Hay dinero a lo grande en juego, ¿sabes? El precio del salmón salvaje en tierra firme, o para el caso en Europa o en el Lejano Oriente, es astronómico, Fin. He oído decir que ahúman parte del salmón antes de enviarlo. Y entonces el precio sube. Están poniendo redes en las desembocaduras de los ríos y sacan cientos de esos puñeteros peces. La población está disminuyendo, y eso nos está arruinando. Hay consorcios de hombres de negocios que pagarían miles de dólares por una ronda en uno de nuestros ríos. ¡Pero no si no hay un maldito pez en ellos!
Avanzó a buen paso hacia el sur, hasta el borde de la pendiente, y en la distancia, por encima del Cracabhal, pudieron ver la gran hospedería a orillas del lago Tamnabhaigh. Le habló por encima del hombro:
—Controlamos los ríos y los lagos, asegurando que los peces remontan para desovar, conservando su número. Esos hijos de puta actúan de forma indiscriminada. Dentro de diez años no quedará nada. —Se volvió hacia Fin con una oscura determinación en los ojos—. Hay que detenerlos.
—¿Tienes idea de quién está detrás?
Kenny negó con la cabeza, furioso.
—Si la tuviera, habría unas cuantas piernas rotas en esta isla. Necesitamos cogerlos con las manos en la masa. Jamie asumió la dirección de la finca después de que su padre sufriera un derrame cerebral en primavera, y está dispuesto a hacer prácticamente cualquier cosa para pararlo. Y esa es la razón de que estés aquí. —La desaprobación estaba clara en la mirada que lanzó a Fin—. Pero tal vez sea mejor que vayas poco a poco. Empieza por un objetivo fácil.
Fin frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
La sonrisa de Kenny casi regresó.
—Whistler —dijo.
—¿John Angus?
La consternación de Fin hizo reír a Kenny.
—Sí. ¡Menudo idiota está hecho!
Fin no había vuelto a ver a Whistler desde que había dejado la isla. Había sido el chico más inteligente de su promoción en el Nicolson, quizá de todas las promociones. Con un coeficiente intelectual tan fuera de la escala que era casi imposible de medir, Whistler podría haber escogido la universidad que hubiera querido. Y sin embargo, de todos ellos, era el único que había elegido quedarse.
—¿Whistler está involucrado con los furtivos?
La risa de Kenny se convirtió en una carcajada.
—¡Por Dios, claro que no! A Whistler Macaskill no le interesa el dinero. Ha sido furtivo durante años. Bueno, eso ya lo sabes. Ciervos, liebres silvestres, salmón, trucha. Pero solo para comer. Personalmente, siempre he mirado para otro lado. Pero Jamie… bueno, Jamie tiene otras ideas.
Fin negó con la cabeza.
—Me parece una pérdida de tiempo.
—Sí, puede ser. Pero ese maldito idiota tiene cabreado a Jamie.
—¿Qué ha pasado?
—Jamie se lo encontró hace pocas semanas pescando en el lago Rangabhat. A plena luz del día, con todo el
