1
He decidido contar esta historia después de meditarlo mucho. Lo que realmente ocurrió nunca llegó a conocerse, salvo por quienes vivimos los acontecimientos de una manera personal y directa. Ahora sé que la verdad puede ser la mayor de las mentiras pero, no hace mucho tiempo, yo aún creía en la Verdad. Mi nombre es Loanne Harvey, y soy consciente de que, al escribir estas páginas, estoy cometiendo la insensatez de poner en peligro mi propia vida.
El día en que Donovan me habló por primera vez sobre lo sucedido coincidimos por casualidad en una cafetería cercana al Municipal Building, frecuentada por conocidos periodistas de Nueva York. Donovan trabajaba en el Centro de Información de la sede de Naciones Unidas, como responsable de la oficina de comunicados de prensa; yo era redactora de la sección cultural de uno de esos periódicos gratuitos de gran difusión, que la gente lee de pie mientras bosteza en el metro. Ambos fuimos compañeros en la Escuela de Periodismo y durante las prácticas como becarios en distintos medios audiovisuales y escritos, después de nuestra licenciatura. Y aunque hacía ya un par de años que no vivíamos juntos, de vez en cuando quedábamos en algún restaurante de moda y hablábamos de nuestras cosas. Realmente seguíamos muy unidos, a pesar de las distancias que nos separaban: yo le quería como a un hermano, pero Donovan estaba enamorado de mí desde que nos conocimos en la primera clase de la Escuela de Periodismo, hacía más de quince años. Al menos, eso seguía asegurándome cada vez que nos veíamos. Supongo que por ese motivo siempre teníamos algo nuevo que contarnos. Además, Donovan estaba puntualmente informado de las delicias gastronómicas que merecía la pena degustar en cada rincón de Manhattan. Estaba convencido de que los buenos periodistas debían saber apreciar la cocina vanguardista de cualquier lugar de la Tierra: a veces les iba la vida en ello; sobre todo, si trabajaban entre representantes políticos de ciento noventa y dos naciones del mundo.
Cuando me vio entrar aquel día en la cafetería, Donovan se disculpó ante un grupo de gente trajeada con el que hablaba y se acercó a mí sonriendo. Sus ojos, de un exótico color gris claro, como de gato albino, destellaban una alegría sin tapujos.
—¿Qué haces tú por este feudo de periodistas ilustres? —me preguntó, a la vez que me abrazaba con la misma ternura apasionada de siempre.
Le respondí que esa mañana tenía que sustituir a un redactor de la crónica municipal de mi periódico en una rueda de prensa del alcalde Michael Bloomberg. Cosas de la precariedad laboral y el pluriempleo de los periodistas cutres como yo. Donovan siempre me había reprochado que mi única aspiración en el influyente mundo del periodismo se limitara a ser una cronista de la vida cultural de Nueva York, en un insignificante periódico gratuito que acababa sirviendo de papel higiénico a los vagabundos de la Gran Manzana. También sabía que desde que comenzó la crisis de las «hipotecas basura», yo ocupaba en mi empresa el primer puesto entre los candidatos a un inminente despido.
—¿Qué tal van las cosas? La última vez que hablamos estabas un poco preocupada por tu empleo —dijo Donovan con aire indolente.
—Mi sección sigue siendo la menos rentable del periódico. Lo demás ya puedes imaginarlo.
—No empieces a lamentarte, es demasiado temprano para eso. Además, la recuperación comenzará pronto… Según aseguran los analistas económicos del FMI, dentro de poco la puta crisis solamente será como la desagradable resaca de una borrachera universal, provocada por el codicioso estado de embriaguez de los especuladores de Wall Street —comentó con sorna.
—Hace mucho tiempo que dejé de creer en los gurús financieros; prefiero no hacerme ilusiones —repliqué.
Hablar con Donovan sobre la crisis económica y sus causas era lo que menos me apetecía en ese momento, así que intenté desviar el rumbo de nuestro diálogo con un reproche personal, desprovisto de cualquier sutileza.
—No me lamento, sólo intentaba hacerte un resumen de mi vida. Por si no lo sabías, ha pasado más de un mes desde la última vez que cenamos juntos.
—Sí, es verdad… —titubeó él, como si buscara una excusa verosímil con la que replicar a mi queja—. He estado muy liado últimamente, por eso no te he llamado durante todo este tiempo.
—Tampoco has contestado a mi móvil, ni siquiera cuando te llamé el día de tu cumpleaños por si te apetecía que cenáramos juntos —murmuré, disimulando una mueca irónica.
Donovan no dijo nada; me cogió del brazo, miró hacia el grupo que seguía conversando junto a la barra como si nadie hubiera echado en falta su ausencia, e hizo ademán de dirigirse a una mesa.
—Vamos, toma algo conmigo —propuso.
—No quiero interrumpirte…
—Son compañeros de la ONU, me reúno con ellos todos los días, no me echarán de menos por unos minutos.
Nos sentamos a una mesa apartada del grupo, junto a la cristalera. Afuera, el aire helado del norte hacía que la gente se encogiera de frío bajo los abrigos, las bufandas y los sombreros, pero dentro de la cafetería la temperatura era tropical.
Pedí al camarero un té con leche para mí y un solo doble sin azúcar para Donovan: él era adicto al café.
—¿Sabrás guardar un importante secreto? —me preguntó Donovan sin más rodeos, tan pronto el camarero dejó las tazas sobre la mesa.
Saber si Donovan bromeaba o hablaba en serio era como intentar adivinar el juego de manos de un prestidigitador: es imposible descubrir dónde guarda las cartas marcadas. Así que opté por pensar que estaba bromeando.
—¿Vas a regalarme una de tus confidencias políticas?
—¡Te hablo en serio, Loanne…!
—Entonces deberías saber que sí sé guardar un secreto —repliqué con gesto ofendido.
—Realmente es un asunto muy delicado…
—¿Por qué no me dices de qué se trata?
—Hace unos días, un tipo negro apareció ahorcado en uno de los aseos de la sede de Naciones Unidas.
—Es una broma, ¿verdad…? —solté, sin saber qué otra cosa podía decir ni qué emoción debía expresar mi rostro. Lo que Donovan me contaba era algo realmente insólito, y que yo supiera, ningún medio de comunicación de Nueva York se había hecho eco de esa noticia.
—Jamás bromearía con algo así. Además, el cadáver estaba desnudo, y tenía una nota clavada con un alfiler blanco en el pecho…
—¿Una nota? —pregunté desconcertada.
—Sí, era una nota sobre Dios.
—¿Sobre Dios?
—¡Sí, sobre Dios!
No pude contenerme y, sin disimular mis ganas de sonreír, le espeté:
—¿Dónde está el truco? No quiero que me tomes el pelo con uno de tus chistes políticos.
—No hay ningún truco, ni se trata de una broma… Ésa es la cuestión.
—¿Qué quieres decir?
Los ojos grises de Donovan parpadearon.
—La nota contenía un texto muy breve… una especie de advertencia o de amenaza —dijo, quedándose de nuevo en silencio, como si esperase a que yo le preguntara.
—¿Y qué decía esa nota?
—¡Dios está aquí y es uno de nosotros!
—Aquí… ¿en Nueva York?
—La nota no da ningún detalle sobre dónde.
—¡Pero cosas así las proclaman cada día todos los creyentes del mundo! ¡Ese hombre negro del que me hablas podía estar chiflado o ser simplemente un fanático suicida! —exclamé, incrédula.
—Sí, eso mismo pensé yo, pero hay algo más…
—¿Qué más?
Toda esa historia me parecía demasiado pueril, demasiado ingenua. Incluso demasiado absurda, ridícula o estúpida. Yo esperaba que Donovan soltara de un momento a otro una carcajada final y concluyera triunfante su broma macabra con alguna de sus ocurrencias, pero en lugar de eso adoptó un aire de solemnidad, y su voz se transformó.
—El texto de la nota está escrito en las seis lenguas oficiales de Naciones Unidas, y explica en un par de párrafos, como si fuese un simple comunicado de prensa, que Dios permanecerá oculto entre las multitudes hasta que la intensa luz del Rayo haga desaparecer el Cielo y el sonido del Trueno haga temblar la Tierra. Entonces, un poderoso ejército de ángeles celestiales se pondrá en marcha y comenzará una nueva era.
—¡Pero todo lo que dices es una locura! ¿Cómo es que nadie ha hablado públicamente de ese suceso, tratándose de un hecho ocurrido en la sede de Naciones Unidas?
—La noticia está siendo considerada como un secreto de Estado que muy pocos conocen. En el Departamento de Seguridad de la ONU y en el FBI todos se preguntan cómo pudo aparecer el cuerpo colgado en uno de los aseos sin que ninguno de los agentes nocturnos del centro de control lo descubriera hasta el amanecer.
—¿Y las cámaras de vigilancia de los pasillos?
—No grabaron a nadie durante toda la noche. Alguien debió de manipularlas.
Obedeciendo a mi escaso instinto periodístico, mi mente seguía resistiéndose a aceptar lo que mis oídos escuchaban con absoluta nitidez.
—Siento decirlo, Donovan, pero todo lo que me estás contando no tiene ningún sentido. Naciones Unidas es uno de los lugares más vigilados del planeta. Tú lo sabes mejor que yo —afirmé, después de llevar la taza de té a mis labios.
—Tiene mucho sentido, aunque tú no lo creas. El cadáver apareció colgado en Naciones Unidas el mismo día de las elecciones legislativas que han dado un varapalo al presidente Obama…
—¡Joder! —exclamé, sin entender qué trascendencia real podía tener ese hecho, para que las autoridades del Estado mantuvieran en secreto la noticia durante casi dos semanas. Según mis cálculos, las elecciones legislativas habían sido el día 2 de noviembre y estábamos a mediados de mes.
—El FBI cree que posiblemente se trate de un simple suicida con un terrorífico sentido del humor, aunque todavía no han cerrado la investigación por la amenaza que contenía la nota clavada en el pecho del ahorcado. Pero yo estoy convencido de que se trata de un asesinato.
—¿Un crimen político? —solté sin pensar.
—Nada puede descartarse…
Donovan hizo una pausa para mirar de nuevo hacia sus compañeros de la ONU, que seguían conversando animadamente entre ellos en la barra de la cafetería. Sentí la tentación de preguntarle quién era el ahorcado, a qué se dedicaba, por qué se habría suicidado o por qué alguien lo había matado colgándolo en un aseo de la sede de Naciones Unidas un día tan especial para el presidente Obama y Estados Unidos, pero preferí no seguir su juego de intrigas.
—¿Por qué me cuentas todo esto, si se trata de un secreto tan importante? —pregunté, aún desconcertada.
—Ni siquiera yo mismo lo sé, créeme. Tal vez no hubiera debido hablarte de ese extraño suceso. Pero una vez hicimos un juramento de sangre, ¿lo recuerdas…? Nunca habría ningún secreto entre nosotros dos.
—Claro que lo recuerdo, pero aquello fue como un juego de niños. Lo que me has contado es un secreto de Estado, no algo que nos afecte únicamente a nosotros —alegué.
—Yo siempre seré fiel a mi juramento, pase lo que pase, Loanne. Sabía que si te veía tendría que hablarte de la noticia secreta, como ya la llamamos en el centro de prensa de Naciones Unidas. Tú también eres periodista, así que considera lo que te he contado como una información confidencial de la que no debes hablar con nadie hasta que el FBI aclare el misterio.
—Sí, supongo que habrá una explicación razonable para que algo así haya podido ocurrir —murmuré entre dientes, esperando que Donovan me lanzara sin piedad el dardo afilado que pusiera fin a su pantomima.
Pero Donovan me miró sin decir nada, con los ojos abismados en algún remoto lugar, que yo no fui capaz de ver.
2
La rueda de prensa a la que asistí esa mañana en el ayuntamiento comenzó más tarde de lo previsto. El alcalde de Nueva York hizo balance de su programa electoral un año después de su reelección, valoró la crisis económica global como una situación crítica, aunque transitoria y superable, hizo algunos comentarios sobre la recuperación del empleo en la ciudad y la reducción del gasto público anunciada por el presidente Obama, formuló severas críticas al sistema financiero, destacó la necesidad de mantener el liderazgo internacional de Estados Unidos, y terminó lanzando un mensaje de optimismo moderado a los neoyorquinos. Luego respondió durante unos minutos a las preguntas de los periodistas.
Al finalizar la rueda de prensa, unos amigos se acercaron a mí y me invitaron a comer con ellos en un concurrido restaurante de Duane Street. Eran redactores de otros periódicos con los que yo salía de copas algunos sábados por la noche. Me habría gustado acompañarlos, pero debía regresar lo antes posible al periódico para escribir mi artículo.
En las oficinas de la redacción todos se habían marchado a comer; todos menos Alessia Brown. Estaba sentada frente a su ordenador, retocando unas fotografías de las personalidades más influyentes de Nueva York para un reportaje de la sección de sociedad del periódico. El dinamismo y la vitalidad de Alessia eran excepcionales. Afroamericana de origen, tenía unas facciones muy dulces, unos ojos muy negros y unos labios muy sensuales. Sus antepasados fueron esclavos en Nueva Orleans; pertenecían a la etnia de los nuba, en lo que hoy es el sur de Sudán. Nunca conocí a otra mujer tan solidaria e inquieta como Alessia. Era reportera gráfica y también hacía periodismo de investigación en asuntos puntuales, pero su verdadero deseo era convertirse en cooperadora permanente de una organización humanitaria en África. En verano se marchaba de vacaciones a los lugares más insospechados y peligrosos, para participar en algún proyecto de ayuda a los refugiados. Sus reportajes fotográficos se definían por un desconcertante enfoque de la ternura y la crueldad.
—Aunque no lo creas, la felicidad es posible en medio del horror —me había dicho en una ocasión.
Por un momento intenté imaginar qué habría hecho ella si Donovan le hubiera contado la noticia secreta del hombre negro ahorcado en Naciones Unidas. Podía apostar mi cabeza sin temor a perderla a que Alessia ya habría removido los cimientos de la ONU para publicar un reportaje de investigación sobre lo ocurrido, dejando testimonio visual de los protagonistas en multitud de secuencias fotográficas.
Junto a la alfombrilla de su ordenador había una lata de cerveza abierta y un pedazo de hamburguesa mordisqueada.
—¿Necesitarás que te acompañe para hacer las fotos que me comentaste ayer? —dijo sin dejar de mirar la pantalla del ordenador, en el mismo instante en que pasé junto a su mesa.
Le respondí que no, que ya había quedado con el director en incluir en la entrevista una foto de archivo del profesor que nos habían enviado desde la editorial.
Luego, como todos los días desde que yo había iniciado el tratamiento de inseminación artificial en la clínica de fertilidad que ella misma me había recomendado, Alessia me preguntó qué tal me encontraba. Me bastó con guiñarle un ojo y alzar el pulgar para que supiera que todo iba bien. Sin decir nada más fui hasta mi mesa y me puse a redactar con desgana el artículo sobre la rueda de prensa del alcalde.
Esa misma tarde tenía que entrevistar a un desconocido profesor de filosofía de la Universidad de Columbia, que acababa de publicar un ensayo sobre el modo en que el ser humano había dado respuesta a las grandes preguntas de la vida a lo largo de los siglos, y cómo, en esa capacidad intelectual, radicaban las claves de nuestra supervivencia. Yo no había leído el libro por falta de tiempo; pero algo sobre el ineludible destino del mundo se anticipaba en la contraportada del ejemplar que me había enviado la editorial por mensajero hacía un par de días. Ni siquiera había podido echar un vistazo en Google para buscar información sobre el profesor. El resumen biográfico de la solapa tampoco destacaba nada extraordinario, salvo un sinfín de textos académicos publicados. El autor se llamaba Edgar Theroux.
Por la foto supuse que debía de tratarse de un hombre atractivo, a pesar de haber superado los sesenta y cinco años. Yo aún no había cumplido los treinta y siete, y en algunos aspectos, seguía siendo demasiado infantil. Tal vez por ese motivo me atrajo la madurez del profesor desde el primer instante. En la fotografía del libro tenía el pelo de un blanco ceniciento, corto y peinado hacia delante para disimular unas entradas indiscretas. Los ojos no eran grandes, pero tenían una expresión tragicómica que se acentuaba cuando sonreía. El conjunto de su rostro, sin embargo, era de una severidad amable. Al menos, eso me pareció a mí.
Habíamos quedado en un conocido hotel de la Quinta Avenida, y llegué con tiempo suficiente para descansar un poco antes de la entrevista. Esperé en el hall de recepción, sentada frente a la puerta giratoria. Tenía el libro sobre mi regazo para que el señor Edgar Theroux pudiese identificarme con facilidad; yo sólo había hablado por teléfono con su editora para concretar la hora y el lugar de la cita. Él no me conocía.
Aún faltaban unos minutos para las cinco. Pero en lugar de pensar en las preguntas que le haría al profesor, mi mente no dejaba de darle vueltas a la historia que Donovan me había contado por la mañana. No porque yo temiera realmente que hubiese algo amenazador o inquietante en ese extraño suceso, sino porque no acababa de comprender la transformación que había observado en el rostro de Donovan mientras me hablaba de lo ocurrido. Donovan parecía envejecido, consumido por un miedo irracional impropio de su carácter intrépido. Yo nunca le había visto tan abstraído, tan ensimismado. Era como si mirara hacia dentro de sí mismo, en lugar de hacerlo hacia afuera. Antes de decirle adiós esa mañana, le pregunté:
—¿Te encuentras bien?
Pero él parecía estar pensando en otra cosa.
—Claro, claro… —dijo, como si el beso de despedida que dejé en sus labios lo hubiera despertado al fin de una ensoñación repentina.
Sin darme cuenta, mientras esperaba en la recepción del hotel, repetí mentalmente el comienzo de la nota que tenía el cadáver: «Dios está aquí y es uno de nosotros». Y lo hice una y otra vez, como si fuese una plegaria o el estribillo de una canción de las que cantan los creyentes los domingos en las iglesias. Visto así, pensé, no había nada enigmático ni misterioso en esas primeras palabras. Pero el texto completo, manuscrito en las seis lenguas oficiales de Naciones Unidas y clavado con un alfiler en el pecho de un ahorcado de raza negra, el mismo día de las elecciones legislativas que pondrían en tela de juicio al primer presidente de color en la historia de Estados Unidos, resultaba, sin duda, sorprendente.
Tras la puerta giratoria apareció el hombre que estaba esperando. Fue tan puntual como el gran reloj de cubo que colgaba del mostrador de recepción lo fue en dar las cinco. El profesor Edgar Theroux parecía algo despistado; miraba a un lado y a otro del hall sin saber muy bien lo que buscaba. Me puse en pie y le salí al paso agitando el libro como una banderola de bienvenida. Al verme, los ojos del profesor chispearon.
—¿Señorita Loanne Harvey? —me preguntó, extendiendo su mano para estrechar la mía.
El profesor era como su fotografía del libro, aunque visto en persona parecía más joven y fuerte. Le rogué que me acompañara hasta una sala contigua al hall, reservada para citas y encuentros de negocios.
—Parece que nevará está noche —comentó.
—Sí, eso he oído en la radio mientras venía en taxi hacia aquí.
El profesor Edgar Theroux se quitó su largo abrigo negro y una bufanda del mismo color que llevaba anudada al cuello. Tenía el rostro congestionado por el frío.
—¿Ha venido usted andando? —pregunté.
—Es saludable dar un paseo con este tiempo invernal.
Se sentó en un amplio sillón de cuero negro, posó sus manos a ambos lados y me miró como un niño curioso. Sus dedos eran finos y, en uno de ellos, llevaba un anillo de oro con un pequeño diamante que destelló con los colores del arco iris bajo la luz de los focos del techo.
—Bien, señorita Harvey, podemos comenzar cuando usted lo desee.
—¿Le importa si grabo la entrevista?
—En absoluto, supongo que así será más fácil para usted recordar de qué hemos hablado —dijo con humor.
Activé la grabadora y la dejé sobre la mesa.
Durante unos segundos guardé silencio. Luego simulé que ordenaba algunas notas sueltas sobre el libro cerrado. Realmente no sabía cómo comenzar la entrevista. Busqué un bolígrafo en mi bolso. El amable profesor no mostraba ninguna impaciencia. Pensé olvidarme del libro escrito por él y preguntarle sin más qué opinaba de la noticia secreta que Donovan me había contado. Como filósofo, algo podría decirme sobre el ahorcado y la absurda hipótesis de que Dios estuviera en Nueva York y fuese uno de nosotros. Pero pronto desistí de mi intención. Habría sido demasiado atrevido por mi parte, y tampoco quería traicionar la confianza que Donovan había depositado en mí. Al fin y al cabo, se trataba de un importante secreto de Estado. Así que opté por comenzar con una pregunta menos comprometida.
—¿Qué somos, profesor Theroux? —inquirí para salir del atolladero.
Yo sabía que había formulado una pregunta demasiado ambigua, pero ¿acaso los filósofos no se desenvuelven entre la borrosa abstracción de las ideas?
—Somos organismos vivos e inteligentes. Supongo…
Lo interrumpí antes de que prosiguiera. Es una estrategia eficaz en periodismo para marcar territorios con un entrevistado mucho más culto que el entrevistador.
—Su libro trata sobre los seres humanos, ¿ha llegado usted a conocerlos?
—Me hace usted una pregunta difícil. Como individuos, los humanos han sido históricamente previsibles, aunque, como especie, yo diría que no tienen límites. Llegar a conocerlos con suficiencia es una cuestión puramente biológica y filosófica, sólo eso.
Mis dudas sobre la entrevista se desvanecieron en ese instante. Ya no tenía nada que temer por no haberla preparado a tiempo. No es difícil entrevistar a un sabio, por muchos que sean sus méritos: sólo hay que enlazar la nueva pregunta con la anterior respuesta del entrevistado. Es una máxima muy útil para periodistas en apuros como yo.
—¿Quiere decir que, como individuos, los seres humanos nacemos programados?
—En cierto modo, sin duda. Si no fuese así, la evolución no habría sido posible. Durante miles y miles de años los seres humanos han repetido los mismos patrones genéticos, hasta afianzarlos como estables.
—Entonces somos pura genética —dije, sintiéndome cada vez más segura de mí misma frente al sabio profesor.
—No exactamente. También hay mucho de cerebral en la especie humana. Yo diría que el cuerpo es genética pura, pero la mente es algo mágico, como una fantasía.
—¿De veras cree usted que somos tan especiales?
—¡Claro! Usted lo es, todos los humanos lo somos. Todos tenemos un cuerpo, una cabeza, unos ojos, unos brazos, un sexo, unas piernas. Y también un cerebro que no se diferencia en mucho de los otros cerebros humanos: la misma forma, el mismo volumen de masa encefálica, la misma estructura neuronal. Sin embargo, cada ser humano es completamente distinto a los otros porque su cerebro, o su mente, que es ese cerebro en acción, percibe el mundo de manera distinta según su propia experiencia vital.
—Eso significa que estamos programados a la vez para ser heterogéneos, diferentes —me atreví a deducir.
El profesor Edgar Theroux parecía entusiasmado, a pesar de la calma que expresaba al hablar.
—Así es. Me alegra que usted lo comprenda. Ése es el principio esencial de la libertad humana individual. Somos iguales para poder ser distintos. Esas diferencias entre unos y otros son las que causan la complejidad laberíntica de las sociedades creadas por los seres humanos a lo largo de la historia…
Volví a interrumpirlo.
—¿Da igual el color de la piel, la forma de los ojos o el idioma que se hable?
—Es lo mismo, aunque nuestra percepción de las razas siga siendo en muchos casos tribal, esas diferencias nos permitieron subsistir en condiciones climáticas adversas hace mucho tiempo, antes de convertirse en un elemento de conflictos sociales por el territorio, la comida, la cultura y la propia descendencia.
—¿Qué virtud destacaría usted del ser humano actual?
—Su capacidad creativa y su capacidad de colaboración. Con la primera ha conseguido mejorar el mundo; con la segunda, ha hecho posible que ese bienestar sea compartido por muchos, a pesar de las carencias de las sociedades de hoy.
—¿Y el mayor defecto?
—Su capacidad para matar.
Cuando terminé la entrevista ocurrió algo que me hizo sentir avergonzada.
—Usted no ha leído ni una sola página de mi libro, ¿me equivoco? —dijo el profesor Edgar Theroux, mirándome a los ojos.
Agaché la cabeza y recogí la grabadora.
—Lo siento, he estado muy ocupada durante estos días. Sólo pude leer el texto de la contraportada. Pero, después de todo lo que hemos hablado durante la entrevista, le prometo que lo leeré.
—No se preocupe, no tiene importancia. De todos modos, le dejaré mi correo electrónico. Si lee el libro escríbame un e-mail; me gustaría conocer su opinión.
—Gracias, señor Theroux, lo haré. Ha sido un placer conocerle.
3
Había comenzado a nevar al anochecer.
Cuando llegué a mi apartamento y abrí la puerta, una bocanada de aire ardiendo se escapó del interior. La calefacción central del edificio estaba al límite de su potencia y dentro hacía un calor insoportable. Me fui desnudando por el pasillo, dejando en el suelo las prendas que vestía: las botas, el abrigo, el vestido, la ropa interior. Abrí el grifo de la bañera y preparé un baño de sales. Estaba agotada.
Dejé el libro del profesor Edgar Theroux sobre la mesilla de noche del dormitorio, busqué mis zapatillas de andar por casa y me cubrí con una bata ligera. Quería llamar por teléfono a Donovan antes de que fuese más tarde. Donovan se acostaba muy temprano, pero madrugaba aún más. A las cinco de la mañana sonaba su despertador y a las cinco y cuarto estaba corriendo por el parque cercano a su casa. A las seis se daba una ducha, se vestía, tomaba un café solo y a la seis y media salía para Naciones Unidas. A las siete en punto estaba en su despacho, repasando la prensa del día para su jefe. A las ocho comenzaba su agenda.
Donovan no tardó en coger el teléfono.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
—No deberías preocuparte tanto por mí.
—Esta mañana me pareció que estabas un poco raro…, no sé… preocupado —titubeé.
—Últimamente duermo poco, sólo es eso.
—¿Es por lo ocurrido en la ONU?
La voz de Donovan se elevó en el auricular.
—No quiero comentar ese asunto por teléfono. Olvida lo que dije, no hablaba en serio.
—Si era una broma no tuvo ninguna gracia.
—Olvidé la parte final del chiste. No supe cómo acabar la historia.
La explicación de Donovan no me convenció. Algo le ocurría, de eso estaba segura.
—Dime qué te preocupa, tal vez yo pueda ayudarte.
—No es nada, ya te lo he dicho. Sólo estoy cansado.
—¿Por qué no vienes a casa y hablamos? —sugerí.
—Estaba a punto de meterme en la cama cuando ha sonado el teléfono, mañana tengo un día complicado.
—¿A qué hora terminarás?
—Podría verte para cenar, si quieres.
—Entonces te llamaré mañana —concluí.
Metida en la bañera y cubierta por una densa espuma de aromas orientales, cerré los ojos y me concentré en no pensar en nada. No hacía mucho tiempo que me había inscrito en un curso intensivo de relajación, y cada noche, al llegar a casa, me esforzaba por poner en práctica las técnicas de control mental y respiración diafragmática que había aprendido para favorecer mi fertilidad. Básicamente, trataba de dejar mi mente en blanco, permitiendo que los pensamientos fluyeran libremente entre mis neuronas, sin recrearme en ninguno de ellos. Al principio no conseguía más que darle mil vueltas a la cabeza, pero poco a poco fui logrando desechar las ideas obsesivas que me perturbaban, hasta alcanzar un estado de armonía interior realmente catártico.
Esa noche, sin embargo, no pude olvidarme de Donovan. Le conocía lo suficiente como para saber que algo bullía en su cabeza, alimentado por un fuego de llamas invisibles pero impúdicamente tortuosas. También me sorprendió que Donovan no quisiera comentar la noticia secreta por teléfono, y que se arrepintiera de haberme hablado de ella. ¿Por qué Donovan negaba ahora que hablara en serio? ¿Por qué pretendía hacerme creer que se trataba de una broma, de un chiste del que había olvidado el final?
Acababa de secarme el pelo cuando sonó el timbre del apartamento. No esperaba a nadie, y menos a esas horas de la noche. Con el albornoz puesto salí a ver quién era. Donovan estaba en el pasillo. A través de la mirilla tenía una cabeza desproporcionada y unos ojos saltones, de sapo de cuento. Me olvidé de su aspecto cómico y deforme y abrí la puerta, sorprendida de que fuese él.
—Lo he pensado mejor —dijo Donovan, sin atreverse a entrar.
—Pasa, no te quedes ahí plantado.
—Sólo estaré unos minutos —se excusó.
Le dije que se acomodara en el salón mientras yo recogía mi ropa del suelo y me ponía un pijama. Él prefirió ir a la cocina para preparar un café. Las manos le temblaban levemente.
En un par de minutos estuve de nuevo con él en la cocina. La cafetera silbaba con la pereza de un viejo barco de vapor del Misisipi. Preparé unas tazas pequeñas y una cucharilla. Él nunca tomaba azúcar.
Donovan se sentó en una banqueta metálica, junto al frigorífico. Le dije que en el salón estaríamos más cómodos, pero él no se movió.
—No debemos volver a hablar de la noticia secreta por teléfono —soltó, con un dudoso tono imperativo en su voz.
—¿Sólo has venido para decirme eso?
—Nadie debe saber que te he contado lo del ahorcado.
Le ofrecí su taza de café.
—Nadie va a saberlo, puedes confiar en mí.
—Sería peligroso para los dos —añadió Donovan, como si temiera que alguien pudiese oírlo.
—¿Peligroso?
Donovan dio un sorbo a su taza de café.
—El mismo día que encontraron el cadáver del hombre negro colgado recibimos instrucciones concretas del FBI. Un par de agentes especiales nos advirtieron a todos los responsables del Departamento de Prensa de la ONU sobre la necesidad de mantener en el más estricto secreto lo sucedido.
—¿Y han averiguado algo nuevo desde entonces?
—Hay demasiadas incógnitas que la policía tendrá que desvelar, antes de hacer pública la noticia. Los expertos en grabaciones de seguridad del FBI han comenzado a especular sobre cómo pudo llegar ese hombre a los aseos sin que ninguna de las cáma
