Los crímenes de Cater Street (Inspector Thomas Pitt 1)

Anne Perry

Fragmento

Capítulo 1

1

Charlotte Ellison estaba de pie en el centro de la sala de estar con un periódico en las manos. Su padre no había sido demasiado precavido al dejarlo sobre una de las mesas. No le gustaba que su hija leyese semejantes cosas; prefería contarle él las noticias que consideraba aptas para una jovencita. Y por supuesto eso excluía escándalos –personales o políticos–, asuntos susceptibles de controversia y, naturalmente, cualquier clase de crímenes; en suma, todo aquello que pudiese resultar interesante.

Para leerlo, Charlotte tenía que ir a la habitación de Maddock, el mayordomo, que guardaba el periódico para echarle una ojeada antes de tirarlo, y por ello siempre llevaba por lo menos un día de retraso con respecto al resto de los londinenses.

Sin embargo, en aquella ocasión tenía entre sus manos el periódico del día, con fecha 20 de abril de 1881, y en su noticia más destacada anunciaba la muerte del señor Disraeli, ocurrida el día anterior. Charlotte se preguntó en primer lugar cómo le habría sentado aquello al señor Gladstone. ¿Habría sentido la pérdida? ¿Acaso un acérrimo enemigo podía llegar a formar parte de la vida de alguien en igual medida que un gran amigo? Seguramente sí. Cada hilo tiene su lugar en el vasto tejido de los sentimientos.

Sonaron unos pasos en el vestíbulo, y Charlotte se apresuró a dejar el periódico en su sitio. No había olvidado la ira de su padre al descubrirla, tres años atrás, leyendo la edición vespertina de un diario. En aquella ocasión el artículo explicaba un intercambio de calumnias entre el señor Whistler y el señor Ruskin, y el enfado de su padre había sido incluso comprensible. Pero el año anterior, sin ir más lejos, había mostrado el mismo disgusto al ver que su hija se interesaba por las noticias de la guerra zulú contadas por personas que habían estado en África. Se había molestado tanto que le prohibió leer aun los pasajes más inocentes. Al final Dominic, el esposo de su hermana, le había contado lo que sabía; pero siempre le llegaban las cosas por lo menos con un día de retraso.

Al recordar a Dominic, olvidó por completo al señor Disraeli y los titulares del periódico. Dominic la había fascinado desde su primera visita a la casa, seis años antes, cuando Sarah tenía sólo veinte años, Charlotte diecisiete y Emily trece. Por supuesto, había escogido a Sarah; Charlotte sólo podía entrar en la sala en compañía de su madre, de modo que los encuentros estaban sujetos al más estricto decoro. Dominic, apenas la veía, pronunciaba palabras vagamente amables mientras sus ojos observaban, por encima de su hombro izquierdo, la rubia melena y el delicado rostro de Sarah. Charlotte, con su melena caoba tan difícil de peinar y sus facciones algo duras, era tan sólo un compromiso del que había que librarse con buenos modales.

Naturalmente, un año después contrajeron matrimonio, y Dominic perdió parte de su misterio. Había dejado de pertenecer al mágico mundo de los sueños románticos. Sin embargo, cinco años después, a pesar de vivir bajo el mismo techo, en la misma casa, grande y perfectamente ordenada, Dominic seguía ejerciendo sobre ella igual fascinación que el día de su primer encuentro y no había perdido ni un ápice de encanto.

Los pasos que se habían oído en el vestíbulo eran precisamente los suyos. Lo sabía sin necesidad de pensarlo. Formaba parte de su vida: estaba atenta al menor de sus movimientos, lo reconocería en medio de una muchedumbre, sabía en qué parte de la habitación se encontraba y recordaba cada una de sus frases, incluso las más triviales.

Se había acostumbrado a la situación. Dominic siempre había estado fuera de su alcance. Nunca se había interesado por Charlotte, ni ella había concebido jamás la posibilidad de que eso ocurriese. Tal vez algún día encontraría alguien a quien querer y respetar, el hombre adecuado, y su madre hablaría con él, comprobaría si era una persona aceptable desde todos los puntos de vista. Su padre llevaría a cabo los preparativos necesarios, tal como había ocurrido con Dominic y Sarah, y como sin duda ocurriría también con Emily y algún pretendiente a su debido tiempo. No era algo en lo que desease pensar, pero formaba parte de su futuro. El presente lo formaban Dominic, la casa, sus padres, Emily, Sarah y la abuela. El presente era la tía Susannah, que pasaría a tomar el té en unas dos horas, y el hecho de que los pasos del vestíbulo se alejaban, permitiéndole así echar otro vistazo al periódico.

Unos minutos después, su madre entró en la sala tan silenciosamente que Charlotte no se dio cuenta.

–Charlotte.

Era demasiado tarde para ocultar lo que estaba haciendo. Bajó un poco el periódico y miró directamente a los ojos castaños de su madre.

–Sí, mamá –dijo con tono de verdadera confesión.

–Ya sabes lo que opina tu padre de que leas esas cosas. –Lanzó una mirada al periódico–. No entiendo qué te impulsa a hacerlo; tu padre nos pone al corriente de las noticias agradables que aparecen publicadas, y son muy pocas. Si te empeñas en leerlas personalmente, por lo menos hazlo de manera discreta; ve a la habitación de Maddock o pídele a Dominic que te cuente lo que sepa.

Charlotte se sonrojó. Miró hacia otro lado. ¡No tenía la menor idea de que su madre conociese sus visitas al cuarto de Maddock y mucho menos que estuviera al tanto de sus conversaciones con Dominic! ¿Se lo habría contado el propio Dominic? ¿Por qué la sola posibilidad le dolía como una traición? Era una idea ridícula. Confiaba plenamente en Dominic. ¿Cómo había podido siquiera imaginar algo parecido?

–Tienes razón, mamá. Lo siento. –Arrojó el periódico sobre la mesa–. No permitiré que papá me vea.

–Si quieres leer, ¿por qué no lees libros? En la biblioteca encontrarás una obra de Dickens, y estoy segura de que aún no has leído Coningsby del señor Disraeli.

Es curioso cómo la gente afirma estar segura de algo cuando en realidad no lo está.

–El señor Disraeli murió ayer –repuso Charlotte–. No podría disfrutar de la lectura. No en estas circunstancias.

–¿El señor Disraeli? ¡Oh, querida, lo siento! Nunca me importó el señor Gladstone, pero no se lo cuentes a tu padre. Me recuerda al vicario.

Charlotte sofocó una risilla.

–¿No te gusta el vicario, mamá?

Su madre se puso seria de inmediato.

–Claro que me gusta. Ahora, por favor, ve y arréglate para el té. ¿Acaso has olvidado que la tía Susannah viene a visitarnos esta tarde?

–Pero no llegará hasta dentro de una hora y media, por lo menos –replicó Charlotte.

–Entonces borda un rato o continúa el cuadro que estabas pintando.

–No me está quedando bueno.

–¡Charlotte, la gramática! No me está quedando bien. Lo lamento. Tal vez sea mejor que acabes los guantes para que puedas llevárselos mañana a la mujer del vicario. Le prometí que se los haríamos llegar.

–¿Crees que realmente sirven de algo a los pobres?

Era una pregunta sincera.

–No tengo la menor idea. –El rostro de su madre se relajó al pensar, obviamente por primera vez, en ese tema–. Creo que nunca he conocido a nadie realmente pobre. Pero el vicario asegura que sí, y no tenemos por qué desconfiar.

–Aunque no nos guste demasiado.

–¡Charlotte, por favor, no seas impertinente!

Su tono era verdaderamente duro. Sabía que era verdad aunque no estuviese dispuesta a reconocerlo. No podía enfadarse con Charlotte, sino, en todo caso, consigo misma.

Obediente, Charlotte salió de la habitación y subió por la escalera. Lo mejor sería que acabase los guantes; tendría que hacerlo en un momento u otro.

Dora, la ayudante de la cocinera, sirvió el té en la sala de estar. El té era uno de los asuntos más previsibles. Si estaba en casa, se servía siempre a las cuatro en punto, en la misma habitación de muebles verde pálido y ventanales con vistas al jardín, en aquel momento cerrados a pesar de que el claro sol primaveral iluminaba la hierba y los últimos narcisos. El jardín era pequeño, con unos metros de césped, un lecho de flores y un único y hermoso abedul junto al muro. Entre los ladrillos trepaban las rosas preferidas de Charlotte. El rosal era viejo pero muy bonito; florecía desde junio hasta noviembre. Las rosas crecían en desordenados ramilletes que luego formaban frondosos mantos de pétalos caídos.

Lo imprevisible era la compañía. Algunas veces iban a visitar a alguien, se sentaban en sillas desconocidas de otra sala de estar y mantenían tímidas conversaciones, y otras veces eran ellos quienes recibían visitas. Sarah tenía amigas jóvenes y casadas cuya conversación resultaba extremadamente aburrida para Charlotte. Las amigas de Emily eran más divertidas: charlaban sobre moda y amor –quién cortejaba a quién o quién estaba a punto de empezar a hacerlo. Las amigas de la madre eran mujeres serias, de comportamiento severamente correcto y riguroso, pero había dos que contaban historias capaces de fascinar a Charlotte: recuerdos de viejos admiradores, muertos tiempo atrás en Crimea, Sebastopol y Balaclava, y recuerdos también de los pocos que volvieron sanos y salvos. Solían comentar la vida de Florence Nightingale: «Tan poco femenina pero con un valor impresionante, querida. ¡Puede que no sea una dama, pero sí una patriota inglesa admirable!»

Las amigas de la abuela eran todavía más interesantes. No es que le gustaran demasiado, pues eran unas viejas damas desagradables. Pero la señora Selby tenía más de ochenta años y podía recordar la batalla de Trafalgar y la muerte del almirante Nelson: los lazos negros en la calle, la gente llorando, los periódicos impresos con márgenes negros; al menos eso decía ella. Hablaba con frecuencia de Waterloo y del Gran Duque, de los escándalos de la emperatriz Josefina, de la vuelta de Napoleón de su exilio en Elba, y de los Cien Días. Mucho de lo que explicaba lo había oído en otras salas de estar como aquélla, tal vez algo más austeras, con muebles más discretos y neoclásicos; sin embargo, aunque sus historias no fuesen vividas, a Charlotte le fascinaban.

Pero estaban en 1881, muy lejos de semejantes acontecimientos, con el señor Disraeli muerto, con farolas de gas en las calles y ¡mujeres cursando estudios en la Universidad de Londres! La reina era la emperadora de la India y el imperio se extendía por todos los rincones de la tierra. Wolfe y su victoria en los llanos de Abraham en Canadá, Clive y Hastings en la India, Livingstone en África y la guerra zulú… todo ello formaba ya parte de la historia. El príncipe consorte había muerto de tifus veinte años atrás; Gilbert y Sullivan escribían óperas como H.M.S. Pinafore. ¿Qué pensaría el emperador Napoleón de todo aquello?

Aquel día, la señora Winchester fue a visitar a la madre de Charlotte –un verdadero aburrimiento–, pero afortunadamente la tía Susannah fue a verlos a todos. Era la hermana menor de papá. De hecho, sólo tenía treinta y seis años, diecinueve menos que su hermano y sólo diez más que Sarah; parecía más una prima que una tía. Hacía tres meses que no la veían, tres meses que parecían una eternidad. Había pasado una temporada en Yorkshire.

–Tienes que contarnos todos los detalles, querida. –La señora Winchester se inclinó ligeramente, con el rostro ardiendo de curiosidad–. ¿Quiénes son, los Willis? Sin duda ya me has hablado de ellos –tenía la absurda convicción de que todo el mundo se lo contaba todo–, pero últimamente mi memoria no es todo lo buena que debería.

Aguardó la respuesta ansiosa, con las cejas arqueadas. Susannah era una de sus temas preferidos: sus idas y venidas y, sobre todo, una posible aventura o, mejor aún, un supuesto escándalo… Reunía todos los elementos necesarios. Se había casado a los veintiún años con un caballero de buena familia y, un año después, en 1866, el hombre había muerto asesinado en Hyde Park Riots, dejándola bien asentada, con una gran fortuna, en plena juventud y con una belleza envidiable. No había vuelto a casarse, a pesar de que le sobraban pretendientes. Ciertas personas opinaban que todavía guardaba luto por su marido y, como la reina, nunca podría recuperarse de su pérdida; por el contrario, no faltaba quien sostenía que su matrimonio había resultado tan doloroso para ella que no se arriesgaría a repetir.

Charlotte pensaba que la verdadera razón estaba entre ambos extremos: una vez cumplido el deseo de su familia y de la sociedad de verla casada, su tía se había prometido no volver a comprometerse hasta encontrar un amor verdadero, lo que, al parecer, aún no había conseguido.

–El señor Willis es un primo materno –contestó Susannah con una sonrisa de compromiso.

–Claro, por supuesto. –La señora Winchester se echó hacia atrás–. ¿Y qué hace el señor Willis, rezar? Estoy segura de que resulta una persona muy interesante.

–Es el sacerdote de un pequeño pueblo –repuso Susannah, aunque su mirada se cruzó con la de Charlotte con un guiño travieso.

–¡Oh! –La señora Winchester intentó disimular su decepción–. Es estupendo. Imagino que usted le sería de gran ayuda en su parroquia. A nuestro querido vicario le encantaría saber de su nueva experiencia; y a la pobre señora Abernathy. Estoy segura de que oír hablar del campo y de los pobres la ayudará a sentirse mejor.

Charlotte se preguntó en qué sentido oír hablar sobre los pobres o sobre el campo podría confortar a nadie y, en especial, a la señora Abernathy.

–¡Oh, sí! –apuntó la madre–. Sería una idea excelente.

–Deberías llevarle unas frutas en conserva –añadió la abuela, asintiendo con la cabeza–. Siempre es agradable recibir regalos, pues indica que los demás se preocupan por uno. Pero la gente de hoy en día ya no es tan atenta como en mis tiempos. Por supuesto, la culpa la tienen esos crímenes y esa violencia. Eso hace cambiar a la gente. Y menuda falta de modestia: las mujeres se comportan como si fueran hombres y pretenden todo tipo de cosas inconvenientes. ¡Dentro de nada, en las granjas cantarán las gallinas en lugar de los gallos!

–¡Pobre señora Abernathy! –insistió la señora Winchester, meneando la cabeza.

–¿La señora Abernathy ha estado enferma? –preguntó Susannah.

–¡Por supuesto! –contestó la abuela–. ¿Qué esperabas, hija? Eso le digo yo a Charlotte todo el rato. –Lanzó una mirada penetrante a Charlotte–. Tú y Charlotte sois iguales ¿sabías? –Se trataba de una acusación dirigida a Susannah–. Solía considerar a Caroline responsable de Charlotte –se refirió a su nuera haciendo un ligero gesto de desprecio con su carnosa mano–, pero supongo que no puedo culparla a ella de cómo eres tú. Eres hija de tu época. Tu padre nunca fue lo suficientemente estricto contigo, pero por lo menos no lees esos horribles periódicos que llegan a esta casa. Nada bueno se saca de ellos.

–Mamá, no creo que Charlotte lea los periódicos tanto como supones –apuntó Susannah tratando de defender a su sobrina.

–¿Cuántas veces consideras que se debe leer algo para estar segura de que el daño está hecho? –preguntó la abuela.

–Cada uno es diferente, mamá.

–¿Cómo lo sabes? –La abuela era más avispada que un terrier.

Susannah guardó la compostura y a penas se sonrojó:

–Los periódicos cuentan las noticias, mamá; y las noticias cambian cada día.

–¡Menuda tontería! No describen más que crímenes y escándalos. El pecado no ha cambiado desde que Nuestro Señor permitió que invadiese el jardín del Edén.

Eso zanjó la conversación. Siguieron unos minutos de silencio.

–Tía Susannah –dijo Sarah al cabo–, cuéntanos, ¿el campo en Yorkshire es tan hermoso como dicen? Yo nunca he ido. Tal vez los Willis podrían acogernos a Dominic y a mí… –sugirió.

Susannah sonrió.

–Estoy segura de que estarían encantados. Pero me cuesta creer que a Dominic pueda interesarle la vida rural. Siempre me ha parecido un hombre con motivaciones más ambiciosas que el visitar pobres y asistir a reuniones a la hora del té.

–¡Haces que parezca muy aburrido! –exclamó Charlotte impulsivamente.

A cambio, recibió una mirada general de sorpresa y desaprobación.

–Eso es lo que la señora Abernathy precisa, no me cabe duda –apuntó la señora Winchester haciendo un gesto de asentimiento–. Le haría mucho bien, pobre mujer.

–Yorkshire puede resultar muy frío en abril –explicó Susannah con serenidad, mirando a cada uno de los presentes–. Si la señora Abernathy ha estado enferma, ¿no cree que sería mejor esperar a junio o a julio?

–¡El frío no tiene nada que ver! –sentenció la abuela–. Resulta vigorizante y muy saludable.

–Salvo si uno está saliendo de una enfermedad…

–¿Pretendes llevarme la contraria, Susannah?

–Mamá, sólo deseo dejar claro que a principios de la primavera Yorkshire no es el sitio ideal para alguien de salud delicada. En lugar de resultar vigorizante puede provocarle una neumonía.

–Pero, al menos la mantendría distraída –se empecinó la abuela.

–¡Pobre mujer! –añadió la señora Winchester–. Sin duda dejar este lugar, aunque fuese para ir a Yorkshire, le haría un gran bien, cambiaría su estado de ánimo.

–¿Qué tiene de malo este lugar? –inquirió Susannah mirando a la señora Winchester y luego a Charlotte–. Siempre creí que éste era un sitio especialmente agradable. Tenemos todas las ventajas de la ciudad sin el agobio de la gente que vive en las partes más pobladas y sin el gasto que implica residir en las zonas más de moda. Nuestras calles están limpias como las que más y estamos a un paso de todo cuanto presenta interés o resulta divertido, eso por no mencionar a nuestros amigos.

La señora Winchester se inclinó hacia ella.

–Es evidente que has estado fuera –dijo con tono acusador.

–Sólo dos meses. ¿Acaso este lugar ha cambiado tanto en tan poco tiempo? –La pregunta era irónica, incluso un poco sarcástica.

–¿Cuánto tiempo se necesita? –La señora Winchester se estremeció con afectación y cerró los ojos–. ¡Pobre señora Abernathy! ¿Cómo puede soportarlo? No me extraña que la pobre tenga miedo de irse a dormir.

Susannah se sintió confundida y miró a Charlotte en busca de ayuda. Ésta decidió concedérsela y afrontar las consecuencias.

–¿Recuerdas a Chloe, la hija de la señora Abernathy? –No esperó a recibir respuesta–. La asesinaron hace seis semanas; murió estrangulada. Le habían destrozado la ropa y sus pechos habían sido muy maltratados.

–¡Charlotte! –Caroline lanzó una mirada penetrante a su hija–. ¡No hablaremos de ello!

–Llevamos toda la tarde haciendo comentarios sobre la cuestión, de una forma u otra –respondió Charlotte con tono de protesta. Con el rabillo del ojo vio a Emily sofocar una risilla–. Simplemente lo hemos camuflado entre un mar de palabras.

–Mejor dejarlo camuflado.

La señora Winchester se estremeció de nuevo.

–Ni siquiera puedo pensar en ello, sólo con recordarlo me pongo enferma. La encontraron en la calle, tirada en la acera, como si fuese un montón de ropa sucia. Su cara tenía un aspecto terrible, azul como… como… ¡oh, Dios! Con los ojos abiertos y la lengua colgando. Llevaba horas bajo la lluvia; no me extrañaría que haya estado allí toda la noche.

–¡No se moleste en dar detalles! –dijo la abuela con cierta brusquedad al ver el rostro alterado de la señora Winchester.

Ésta recuperó rápidamente su aire afligido.

–¡Oh, es terrible! –se quejó con un gesto de dolor–. Por favor, señora Ellison, no permita que volvamos a mencionar este tema. Me resulta insoportable. ¡Pobre señora Abernathy, no sé cómo puede soportarlo!

–¿Qué remedio le queda? –repuso Charlotte–. Ocurrió. Ahora nadie puede hacer nada.

–Supongo que tampoco antes. –Susannah miraba fijamente su taza de té–. Seguro que fue un loco o un ladrón; es la clase de cosas que no se pueden prever. –Levantó la vista y frunció el entrecejo–. No estaría paseando sola en la oscuridad, ¿verdad?

–Mi querida Susannah –objetó Caroline–, en invierno oscurece a partir de las cuatro de la tarde, especialmente en los días lluviosos. ¿Cómo puede alguien quedarse siempre en casa después de las cuatro de la tarde? ¡Ni siquiera podríamos visitar a los vecinos a la hora del té!

–¿Eso se disponía a hacer?

–Iba a llevarle ropa vieja al vicario para que la repartiese entre los pobres. –De pronto, el rostro de Caroline reflejó profunda tristeza–. Pobre muchacha… apenas si tenía dieciocho años.

Y a continuación, la historia les embargó el ánimo, dejó de ser un simple escándalo que comentar, un relato morboso… Se trataba de una muerte real, la de una mujer como ellas: el ruido de unos pasos, unas manos repentinas en el cuello, el pavor, el intento desesperado por respirar, los pulmones a punto de estallar y, finalmente, la nada.

Nadie pronunció palabra.

El silencio no se rompió hasta que Dora entró desde el vestíbulo.

Charlotte seguía deprimida cuando su padre volvió a la casa, pasadas las seis. Había oscurecido y empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. El carruaje avanzaba por el camino. Edward Ellison trabajaba en un banco de la ciudad, cobraba un buen sueldo y pertenecía a la clase media acomodada. A Charlotte le hacían comportarse como si perteneciese a una clase incluso superior.

Edward entró y sacudió las gotas de lluvia de su abrigo durante los escasos segundos que tardó Maddock en llegar para recoger la prenda y colocar el sombrero de copa en su sitio.

–Buenas noches, Charlotte –dijo con tono afable.

–Buenas noches, papá.

–Espero que hayas tenido un buen día –dijo mientras se frotaba las manos–. Me temo que el tiempo no es el que corresponde a esta época del año. Es posible que se acerque una tormenta. El ambiente está muy cargado.

–La señora Winchester vino a tomar el té. –Era una forma indirecta de contestar a su pregunta, ya que su padre sabía cuán poco le gustaba la señora Winchester.

–Cielos… –Esbozó una ligera sonrisa. Entre ellos existía un entendimiento tácito, aunque no siempre se pudiese advertir–, creí que iba a venir Susannah.

–¡Oh! Ella también estuvo con nosotras, pero la señora Winchester se pasó todo el rato preguntando sobre los Willis y hablando de Chloe Abernathy.

La expresión de Edward se endureció. Charlotte se dio cuenta de que, sin querer, había traicionado a su madre. Su padre esperaba que su mujer fuese capaz de evitar ese tipo de charlas en su sala de estar. No le agradaba la idea de que no fuese así.

En ese momento, Sarah cruzó de la sala de estar al vestíbulo; la luz que se encontraba detrás de ella creó una especie de halo en torno a su cabello rubio. Era una hermosa mujer, más en la línea de la abuela que de Caroline, con la misma piel de porcelana, la boca pequeña y la barbilla redondeada.

–¡Hola, Sarah, querida! –Edward le dio una palmadita en el hombro–. ¿Estás esperando a Dominic?

–Pensé que te lo habrías encontrado –contestó ella con un ligero tono de decepción–. Espero que llegue antes de que descargue la tormenta. Hace unos minutos me ha parecido oír un trueno.

Retrocedió unos pasos. Edward entró en la sala de estar, se dirigió hacia la chimenea y se colocó de espaldas al fuego, impidiendo que el calor llegase a los demás. Emily estaba sentada frente al piano y pasaba las páginas de la partitura distraídamente. Miró a sus hijas con satisfacción.

Sonó otro trueno, a lo lejos, y luego un portazo. Todo el mundo miró instintivamente hacia la puerta. Se oyeron unos pasos, la voz de Maddock y, finalmente, Dominic entró en la sala.

Charlotte sintió un nudo en la garganta, aunque a esas alturas ya debería haberlo superado. Era delgado y fuerte. Sonrió discretamente y miró primero a Edward –tal como lo exige el protocolo en una familia patriarcaly luego a Sarah.

–Espero que hayas tenido un día agradable –dijo Edward, que seguía junto al fuego–. Has logrado llegar antes de que estalle la tormenta. Creo que se va a poner feo en una hora o incluso en menos. Siempre temo que los caballos se asusten y provoquen un accidente. Becket perdió la pierna de esa manera, ¿lo sabías?

La conversación tuvo lugar muy cerca de Charlotte; se trataba de la típica e intrascendente charla familiar, uno de los pequeños rituales diarios que marcan el ritmo de la vida. ¿Acaso iba a ser siempre igual? Días interminables cosiendo, pintando, dedicada a las tareas domésticas, a las reuniones a la hora del té, esperando la llegada de su padre y de Dominic. ¿A qué se dedicaban las demás? Se casaban, criaban hijos y llevaban la casa. Por supuesto, las pobres trabajaban y las de buena sociedad se ocupaban en acudir a fiestas, galopar por los parques y viajar en carruajes, aunque era de suponer que también atendían a su familia.

Ella no había conocido a nadie, salvo a Dominic, que le inspirase lo suficiente para que su vida girase en torno a él. Tal vez debería imitar a Emily y conseguir unas cuantas amigas del estilo de Lucy Saldelson o las hermanas Hayward; parecía como si siempre estuviesen empezando o acabando una historia de amor. Pero todas ellas se veían increíblemente estúpidas. Pobre papá. Resultaba muy duro para él tener tres hijas y ningún varón.

–… podría, ¿no es cierto, Charlotte?

Dominic la miraba con las cejas arqueadas y una expresión divertida en su elegante rostro.

–Sueña despierta –comentó Edward.

Dominic sonrió abiertamente.

–Podrías vencer a la señora Winchester en su propio terreno, ¿no es cierto, Charlotte? –repitió.

Charlotte no sabía de qué se hablaba. Estaba claro que se había perdido una parte importante de la conversación.

–Puedes ser tan inquisitiva como ella –explicó Dominic–. Contestar a todas sus preguntas con más preguntas. ¡Estoy seguro de que existen temas que prefiere no tocar!

Charlotte le contestó con franqueza, como hacía siempre. Tal vez ésa era una de las razones por las que se había enamorado de Sarah.

–No conoces a la señora Winchester –respondió sin preámbulos–. Si no quiere hablar de algo, simplemente te ignora. No concibe razón alguna por la cual su respuesta tenga que contestar a tu pregunta. Dice lo primero que se le ocurre.

–¿Hoy le tocó a la pobre Susannah?

–No; el tema de hoy fue la pobre señora Abernathy. Susannah era una cuestión tangencial que le permitía llegar a la conclusión de lo bueno que sería para la pobre señora Abernathy pasar unos días en Yorkshire.

–¿En abril? –Dominic se sorprendió–. La pobre señora se congelaría y se moriría de aburrimiento.

Edward se puso serio. Por desgracia, Caroline llegó en ese preciso instante.

–Caroline –dijo fríamente–, Charlotte me ha dicho que esta tarde habéis hablado de Chloe Abernathy. Pensaba que me había expresado con claridad, pero por si no es el caso lo repetiré: no quiero que en esta casa se especule o se chismorree sobre la desafortunada muerte de esa muchacha. Si puedes ayudar a la señora Abernathy a sobrellevar su desgracia, adelante; de lo contrario, espero que la cuestión quede zanjada. ¿Queda alguna duda sobre mis deseos a este respecto?

–No, Edward, por supuesto que no. Me temo que no logro controlar a la señora Winchester. Es tan… –Se interrumpió porque sabía que de nada servirían sus explicaciones. Edward había expresado claramente su desacuerdo y ya estaba pensando en otra cosa.

Maddock entró y anunció que la cena estaba servida.

Al día siguiente la tormenta había amainado. La calle amaneció limpia bajo la clara luz de abril, el cielo era de un azul pálido y, en el jardín, el rocío hacía brillar cada brizna de hierba. Charlotte y Emily dedicaron la mañana a las tareas de la casa, tal como solían hacer, y Sarah fue a la modista. Caroline se había encerrado, junto a la señora Dunphy, la cocinera, para repasar las cuentas de la comida.

Por la tarde, Charlotte fue sola a llevarle los guantes a la mujer del vicario. No le agradaba tener que hacerlo, especialmente en un día como aquél, con muchas posibilidades de que el vicario se encontrase en casa. Era un hombre que la deprimía mortalmente. Sin embargo, esa vez no podía negarse. Le tocaba a ella y ni Sarah ni Emily parecían dispuestas a liberarla de esa desagradable tarea.

Llegó a la vicaría un poco antes de las tres y media. El aire, después de la tormenta era cálido y había sido un agradable paseo; eran cerca de tres kilómetros, pero estaba acostumbrada a hacer ejercicio.

La sirvienta abrió la puerta casi de inmediato. Se trataba de una mujer de aire severo, formas angulosas y edad indeterminada. Charlotte nunca lograba recordar su nombre.

–Gracias –dijo al entrar–. Creo que la señora Prebble me espera.

–Sí, señorita. Sígame, por favor.

La mujer del vicario estaba sentada en una de las salas más pequeñas, en la parte de atrás de la casa. Junto a ella se encontraba su marido, de espaldas a un fuego humeante y negro.

–Buenas tardes, señorita Ellison –dijo, inclinando tan poco la espalda que parecía jorobado–. ¡Qué agradable verla emplear su tiempo en ayudar a los demás!

–No es gran cosa, señor vicario. –Sentía el impulso de llevarle la contraria–. Son sólo unos guantes que han hecho mi madre y mis hermanas. Espero que sean… –se interrumpió porque se dio cuenta de que no sentía nada de lo que decía. Eran simples palabras vacías, ruidos para llenar el silencio.

La señora Prebble se acercó y cogió la bolsa. Era una hermosa mujer, de pecho grande, robusta, con manos fuertes y delgadas.

–Estoy segura de que cuando llegue el invierno, muchos se lo agradecerán. Cuando uno tiene las manos frías, el resto del cuerpo se queda helado; ¿se ha fijado?

–Sí, supongo que sí.

El vicario la observaba fijamente y ella intentaba rehuir su gélida mirada.

–Parece que tiene frío, señorita Ellison –sentenció él–. A la se

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