Drácula, mi amor

Syrie James

Fragmento

1

Cuando me apeé del tren en Whitby, aquella soleada tarde de julio de 1890, ignoraba por completo que mi vida, y las de aquellos que conocía y amaba, pronto estarían sometidas a peligros que nos cambiarían para siempre a todos los que sobrevivimos. Al poner el pie en el andén de la estación aquel día no sentí un repentino escalofrío, ni tuve un extraño presentimiento que me avisara de los acontecimientos que estaban a punto de suceder. De hecho, no hubo nada que me indicase que aquellas vacaciones junto al mar fueran a ser distintas de las agradables estancias que las habían precedido.

Tenía veintidós años. Acababa de abandonar mi empleo como profesora, después de cuatro felices años, con el fin de prepararme para mi inminente matrimonio. Pese a que me preocupaba profundamente que mi prometido, Jonathan Harker, no hubiera regresado aún de su viaje de negocios en Transilvania, me sentía dichosa por la posibilidad de pasar el siguiente par de meses con mi mejor amiga, hablando sin restricciones y construyendo castillos en el aire.

Divisé a Lucy en el andén, más bonita que nunca en aquel traje blanco de lino, los negros rizos asomando de forma recatada bajo el elegante sombrero adornado con flores, y buscándome entre la multitud. Nuestras miradas se encontraron y se le iluminó el rostro.

—¡Mina! —exclamó Lucy, y ambas corrimos al encuentro de la otra.

—¡Cuánto te he echado de menos! —respondí abrazándola—. Parece que hubiera pasado un año, y no meses, desde la última vez que nos vimos. Han sucedido tantas cosas.

—Yo siento lo mismo. La pasada primavera las dos éramos mujeres sin compromiso. Y ahora…

—¡… estamos prometidas! —Sonreímos alegres y nos abrazamos de nuevo.

Lucy Westenra y yo éramos amigas desde el día en que nos conocimos en el colegio Upton Hall, cuando ella tenía doce años y yo catorce. A pesar de que proveníamos de clases sociales distintas —Lucy tenía unos padres afectuosos y acaudalados que la adoraban en tanto que yo no conocí a los míos y solo recibí una buena educación por cortesía de una beca—, nos hicimos inseparables. Éramos un compendio de contrastes: yo tenía mejillas rosadas, ojos verdes, cabello rubio y estatura media, cualidades que los demás parecían considerar atractivas; mientras que Lucy era una belleza deslumbrante, de figura perfecta, menuda, con unos brillantes ojos azules, tez marfileña y una masa de impresionantes rizos castaño oscuro. A Lucy le encantaba montar a caballo y jugar al tenis, mientras que yo siempre me he sentido más feliz con la nariz metida en un libro; aunque teníamos otras cosas en común.

Durante nuestros años de estudiantes dormimos, jugamos y estudiamos juntas, dimos largos paseos, reímos y lloramos y nos contamos secretos. Dado que yo no tenía un verdadero hogar al que regresar cuando acababan las clases, con frecuencia, y sumamente agradecida, pasé las vacaciones con la familia de Lucy; bien en su casa de Londres, en el campo o en cualquier centro turístico costero que llamara la atención de la señora Westenra. Cuando más tarde me convertí en maestra en el mismo colegio en el que habíamos estudiado, nuestra amistad continuó inquebrantable; cuando Lucy se graduó y regresó a Londres con su madre viuda, nos mantuvimos constantemente en contacto mediante frecuentes cartas y visitas.

—¿Dónde está tu madre? —le pregunté buscando a la señora Westenra con la vista.

—Ha vuelto a nuestra casa de huéspedes para descansar. ¿Qué te parecen mi vestido y mi sombrero de paseo nuevos? Mamá insiste en que es la última moda en la costa, pero ha montado tal alboroto que ya me he aburrido.

Aseguré a Lucy que su vestido era precioso y que el único motivo por el que encontraba aburrida la moda era porque nunca había tenido impedimentos para seguirla.

—Si tuvieras solo cuatro vestidos y dos capas en tu haber, Lucy, codiciarías las prendas que ahora desdeñas.

—De lo que careces en cantidad, querida Mina, lo compensas en calidad; siempre tienes un aspecto dulce y favorecedor. ¡Me encanta tu traje de verano! ¿Vamos? Tengo un carruaje de alquiler esperando. Pide al maletero que lleve tu equipaje. Espera a ver este lugar. ¡Whitby es una delicia!

En efecto, mientras nos alejábamos de la estación me quedé maravillada con la preciosa vista que tenía desde la ventanilla del carruaje. La suave brisa estaba impregnada del salobre olor del mar y las gaviotas volaban en círculo. Justo debajo de nosotros, el río Esk se abría paso entre dos verdes valles en pendiente, discurriendo por un ajetreado puerto en su camino al mar. El cielo, de un vívido azul y colmado de esponjosas nubes, conformaba un encantador contraste con las casas de rojos tejados de la vieja ciudad, que estaban todas apiñadas, una sobre otra, a lo largo de la escarpada ladera.

—¡Qué maravilla de ciudad!
—Es cierto. Me alegró mucho que mamá decidiera ir a algún lugar nuevo este verano. Me he hartado de Brighton y Sidmouth.

—Has sido muy amable invitándome a venir con vosotras de nuevo. —Tomé una de las manos enguantadas de Lucy y se la apreté afectuosamente—. Ahora que ya no doy clases y que he dejado mi habitación del colegio para siempre, no sé adónde más podría haber ido este verano.

—No se me ocurriría pasar estas vacaciones con nadie más, querida Mina. ¡Vamos a divertirnos muchísimo! Dicen que pueden darse agradables paseos y que puedes alquilar barcas y remar por el río.

—¡Oh! Me encanta remar.
—Y mira al otro lado del río, ¿ves aquel largo sendero que asciende en curva? Al parecer conduce hasta la iglesia y a aquella abadía en ruinas que hay en la cima. Me muero de ganas de explorar, pero desde que llegamos ayer, mamá se ha sentido demasiado agotada para dejar la casa de huéspedes y sin deseos de subir la montaña. Ahora que estás aquí podemos dar largos paseos juntas y verlo todo.

—¿Acaso está enferma?
—No. Al menos no lo creo. Lo que sucede es que últimamente parece fatigarse con facilidad y un ascenso pronunciado la dejaría sin aliento. Espero que el aire del mar le haga bien. Bueno —agregó emocionada—, ¿qué te parece mi anillo de compromiso?

Se retiró el guante y me acercó la mano. Contuve el aliento mientras estudiaba la alianza de oro engastada con perlas que adornaba su delicado dedo.

—Es precioso, Lucy.
—Déjame ver el tuyo.
—Yo no tengo anillo de compromiso —reconocí—. Pero justo antes de que Jonathan se marchara de viaje, se enteró de que había aprobado los exámenes. ¡Ya no es oficinista, sino abogado! Prometió comprarme un anillo en cuanto regrese.

—¿Habéis intercambiado por lo menos un mechón de cabello?

—¡Por supuesto! Guardamos los mechones en pequeños sobres, por ahora.

—Arthur y yo guardamos los nuestros en relicarios gemelos; él lo lleva colgado de la cadena del reloj. Pero yo no suelo ponerme el mío tan a menudo desde que me regaló esto. —Con una sonrisa jovial Lucy jugueteó con el lazo negro de terciopelo que llevaba al cuello y que estaba adornado con un broche de diamantes.

—Llevo admirando tu collar desde que he bajado del tren. Es verdaderamente exquisito.

—El broche de diamantes pertenecía a la madre de Arthur. Lo adoro. Raras veces me lo quito, salvo cuando voy a dormir.

Llegamos a una bonita casa en Royal Crescent, espaciosa y antigua, dirigida por la viuda de un capitán, en la que Lucy y su madre se alojaban. Me ocupé de que subieran mi equipaje al dormitorio que Lucy y yo íbamos a compartir. Dado que la señora Westenra continuaba durmiendo y que era demasiado pronto para cenar, las dos cogimos nuestros sombreros y sombrillas y nos dispusimos a explorar Whitby.

—¿Qué noticias tienes de Jonathan? —me preguntó mientras pasábamos por North Terrace disfrutando de la vista del mar y de la agradable brisa veraniega—. ¿Has recibido otra carta?

Dejé escapar un suspiro de inquietud.
—No he sabido nada de él desde hace un mes. Estoy muy preocupada.

—Un mes no es tanto tiempo entre una carta y otra. —Lo es para Jonathan.

Durante los últimos cinco años, Jonathan había trabajado como pasante en prácticas en Exeter con un buen amigo de su familia, el señor Peter Hawkins, el mismo hombre que había financiado su educación. A finales de abril, el señor Hawkins había enviado a Jonathan como representante suyo a una región del este de Europa, Transilvania, para que se reuniera con un aristócrata llamado conde Drácula, en nombre del cual había efectuado una transacción inmobiliaria. Jonathan estaba emocionado, pues siempre había anhelado viajar, pero nunca había dispuesto de los medios para salir del país hasta el momento.

—Durante todos estos años, Jonathan y yo hemos mantenido correspondencia con gran regularidad, en ocasiones dos veces por semana. Cuando partió recibía abultadas cartas en las que me hablaba sobre la travesía, sobre todas las cosas que estaba viendo, sobre las gentes que conocía y sobre las nuevas comidas que cataba. De pronto cesó toda comunicación. Ignoraba si había llegado a Transilvania y pensé que podría haberle sucedido algo. Obtuve las señas del conde Drácula gracias al señor Hawkins y escribí a Jonathan a esa dirección. Al final recibí una nota, pero era escueta y apresurada, solo unas pocas líneas en las que me decía que su trabajo casi había concluido y que emprendería el regreso al cabo de unos días. Le respondí de inmediato para informarle de mis planes de viajar, de modo que pudiera escribirme aquí, a Whitby. Pero ha pasado otro mes y sigo sin recibir respuesta. ¿Qué puede haberle suce dido?

—Tal vez se haya demorado en Transilvania más de lo previsto, o haya decidido visitar los lugares de interés turísticos de camino a casa.

—De ser así, ¿por qué no ha escrito? ¿Por qué no ha respondido a mi última carta?

—A menudo el correo se extravía, Mina, y puede tardar años en llegar si ha de viajar de un país a otro. Créeme, Jonathan está bien. Tendrás noticias suyas en cualquier momento. Él no querría que te preocuparas. Lo que le gustaría es que disfrutases de las vacaciones.

Suspiré de nuevo.
—Supongo que tienes razón.

Bajamos un empinado tramo de escalera que conducía al embarcadero y dejamos atrás la lonja de pescado, donde los pescadores y sus esposas estaban parados junto a las hileras de barcos amarrados, pregonando las últimas capturas del día a unos pocos buscadores de gangas vestidos de forma anodina. Los graznidos de las aves marinas, el sonido del agua meciéndose y las velas agitándose con la brisa flotaban en el ambiente; el olor salobre del mar y los del pescado fresco y del cáñamo húmedo eran tan penetrantes que casi podía saborearlos.

—Me encanta la costa —exclamé animada por la alegre disonancia de imágenes, sonidos y olores que nos rodeaban—. Bueno, ahora cuéntamelo todo, Lucy. ¿Cómo es tu señor Holm wood? ¿O debería decir el futuro lord Godalming?

—¡Oh! Arthur es un verdadero encanto. Ha prometido venir de visita muy pronto. Le echo mucho de menos cuando estamos separados.

—¿Habéis fijado ya la fecha de la boda?
—No, pero mamá insiste en que nos casemos pronto, tal vez a principios de septiembre. He de reconocer, y espero que no te moleste que lo haga ante ti, que septiembre me parece espantosamente pronto. Hace tan solo dos meses que acepté la proposición de Arthur. Todavía no me he hecho a la idea de que voy a casarme.

Miré a Lucy sorprendida.
—En tus cartas decías que estabas locamente enamorada de Arthur y muy emocionada con vuestro compromiso.

—¡Y así es! Amo a Arthur. Es tan alto y apuesto, y tiene un cabello rizado precioso. Tenemos mucho en común y mamá le adora. Sé que es el hombre perfecto para mí y soy muy feliz.

Habíamos cruzado el puente del río, único modo de llegar a East Cliff. Una vez en la otra orilla, comenzamos a subir un nuevo y larguísimo tramo de escalera, la misma que Lucy me había señalado desde el carruaje, que ascendía la ladera en una delicada curva desde la ciudad hasta la abadía y la iglesia en ruinas que se alzaban en la cima.

—Si eres feliz, Lucy —le dije mientras avanzábamos—, ¿por qué pareces tan preocupada?

—¿Parezco preocupada? —Lucy frunció el ceño de ese modo dulce que tan bien había llegado a conocer—. ¡No es mi intención! Lo que sucede es que me entristece un poco darme cuenta de que estas van a ser las últimas vacaciones que pasemos juntas, Mina, tú y yo solas, y que muy pronto ya nadie pensará en mí como en una joven casadera, sino como en una mujer casada, seria y vieja. ¡Disfruto tanto siendo joven, admirada y deseada por tantos hombres diferentes! ¡Y pensar que todo ha acabado y aún no he cumplido veinte años!

Contemplé la expresión de desdicha del bello rostro de Lucy y reprimí el impulso de romper a reír.

—Mi queridísima Lucy —le dije cogiéndome de su brazo—, me gustaría compadecerte, pero me temo que nunca he experimentado la emoción de la que hablas. Solo he tenido un pretendiente: Jonathan. No todas recibimos proposiciones matrimoniales de tres hombres distintos en un mismo día.

Lucy negó con la cabeza desconcertada.
—¡Todavía sigo sin dar crédito cada vez que recuerdo aquel día! De veras, cuando Dios da, da a manos llenas. Nunca había tenido ninguna proposición antes del veinticuatro de mayo, al menos no en firme, pues la vez que William Russel escondió un anillo en mi porción de pastel cuando tenía nueve años no cuenta, ni aquel día que Richard Spencer me besó en el campo detrás del colegio y me pidió que le prometiera que me casaría con él. Por entonces no era más que una niña y ellos no eran más que atolondrados muchachos. Desde que nos mudamos a Londres muchos han sido los hombres que me han admirado, pero ninguno se había acercado para declararse, y luego, de repente ¡tres proposiciones a la vez!

Lucy me había escrito contándome los pormenores de tan extraordinario día. El doctor John Seward, un excelente médico joven, se había pasado a visitarla por la mañana para confesarle su amor y pedirle la mano. Tras él llegó otro pretendiente —un rico americano de Texas llamado señor Quincey P. Morris, que era amigo íntimo del doctor y del señor Holmwood— que realizó la misma ferviente proposición justo después del almuerzo. Lucy, abrumada por el remordimiento, se había visto obligada a explicar que debía rehusar sus ofertas porque estaba enamorada de otro hombre. Esa misma tarde, Arthur Holmwood se las había arreglado para conseguir estar un momento a solas con ella para proponerle matrimonio y Lucy aceptó con entusiasmo.

—Debió de ser una sensación maravillosa —dije—, descubrir que tantos hombres buenos, nobles y respetables te adoraban.

—Fue maravilloso… y, sin embargo, terriblemente de sa gradable al mismo tiempo. No me figuro cómo el doctor Seward y el señor Morris decidieron que estaban enamorados de mí; cada vez que venían de visita me veía obligada a sentarme como una boba, sonreír como una niña buena y ruborizarme con modestia cada vez que hablaban mientras mamá llevaba el peso de la conversación. Algunas veces deseaba gritar de frustración, pues todo era demasiado pueril. Aunque me agradaban. Cuando nos quedamos solos al fin, cada uno de ellos me abrió su alma y su corazón. ¡Tuve que despedir a dos de ellos, sombrero en mano, sabiendo que iban a salir de mi vida para siempre!

»Me eché a llorar al ver la expresión del doctor Seward, pues parecía realmente abatido y descorazonado. Cuando le dije al señor Morris que había otro hombre, me respondió con ese encantador acento texano, “querida, tu honestidad y coraje me han convertido en un amigo, y eso es más raro que un amante”. Dijo un montón de cosas nobles y valerosas sobre su rival, sin tan siquiera saber que era Arthur, su mejor amigo. Luego… ¿Te he contado lo que el señor Morris me pidió que hiciera antes de marcharse?

—¡Sí! Te pidió que le besaras, para ayudarle a amortiguar el golpe, supongo… ¡Y tú lo hiciste! —Nos detuvimos a medio camino para recobrar el aliento y la miré—. Lo reconozco, me sorprendí un poco.

—¿Por qué?
—¡Lucy, no puedes ir por ahí besando a todos los hombres que pidan tu mano solo porque sientes pena por ellos!

—No fue más que un beso. ¡Oh, Mina! ¿Por qué no dejan que una muchacha se case con tres hombres, o con tantos como desee, y se ahorre todos estos disgustos?

Rompí a reír y abracé a Lucy.
—Mira que eres boba. ¿Casarse con tres hombres? ¡Menuda idea!

—Me sentí muy mal por tener que hacer tan infelices a dos de ellos.

—Si estuviera en tu lugar, no perdería más el tiempo preocupándome por el doctor Seward y el señor Morris —dije mientras reanudábamos la marcha—. Con el tiempo se recobrarán de la decepción y encontrarán a otras jóvenes que adorarán el suelo que ellos pisen.

—Eso espero, porque creo que todo el mundo merece sentir la felicidad que yo he hallado con Arthur y que tú compartes con Jonathan.

—Yo también lo creo. Ser esposa, ser la esposa de Jonathan, pasar nuestras vidas juntos, ayudarle con su trabajo, convertirme en madre, es todo cuanto siempre he deseado.

Lucy guardó silencio durante un momento y a continuación añadió:

—Mina, ¿siempre te has sentido así?
—Así, ¿cómo?
—Sé que Jonathan y tú sois amigos de toda la vida… pero no lo habías considerado como pretendiente hasta hace poco. ¿Alguna vez has pensado en otro hombre antes de Jonathan?

—No, nunca.
—¿Nunca? Desde que yo dejé el colegio debió de haber algún joven u hombre que te gustase y al que le gustases… ¿Alguien de quien nunca has hablado?

—Si lo hubiera habido lo sabrías, Lucy. Siempre te lo he contado todo.

—Eso no puede ser. Una joven ha de tener algunos secretos. —Lucy agitó las pestañas de forma juguetona. Luego se echó a reír y añadió—: Espero que sepas que estoy bromeando, Mina. Yo tampoco te he ocultado secretos, ni a ti ni tampoco a Arthur. Mamá dice que la honestidad y el respeto son lo más importante en un matrimonio, incluso más que el amor. Y yo estoy de acuerdo… ¿Qué opinas tú?

—También lo estoy. Jonathan y yo detestamos el secretismo y los tapujos. Hace mucho hicimos un pacto solemne: que siempre seríamos completamente sinceros el uno con el otro; una promesa que nos parece de suma importancia ahora que vamos a convertirnos en marido y mujer.

—Así es como debería ser.

Habíamos coronado la escalera y pasamos tranquilamente junto a la iglesia de Saint Mary, un edificio de piedra similar a una fortaleza, con una sólida torre y tejado almenado, cuyo resistente exterior parecía diseñado para sobrevivir a las agresiones de la tempestuosa climatología del mar del Norte. Nuestra expedición nos llevó a las inmensas y magníficas ruinas adyacentes de la abadía de Whitby, lóbregas e imponentes, situadas en extensos pastos verdes y rodeadas de campos salpicados de ovejas. No pudimos evitar mirar admiradas su belleza ni contemplar la magnífica nave sin tejado, el altísimo crucero sur y las delicadas ventanas ojivales del extremo oriental de la antigua capilla de la abadía.

—Antes de venir leí algo acerca de la maravillosa leyenda que pesa sobre esta abadía —dijo—. Se dice que durante ciertas tardes de verano, cuando el sol cae sobre la parte norte del coro en un ángulo determinado, puede verse a una dama vestida de blanco en una de las ventanas.

—¿Una dama vestida de blanco? ¿Quién puede ser? —Algunos creen que se trata del fantasma de santa Hilda… la princesa sajona que fundó la abadía donde había habido un monasterio en el siglo siete, que busca vengarse de los vikingos que saquearon su espléndido edificio.

—¡Un fantasma! —exclamó Lucy con una carcajada—. ¿Crees en los fantasmas?

—Desde luego que no. Seguro que la visión no es más que un reflejo provocado por los rayos del sol.

—Bien, pues yo prefiero la leyenda. Es mucho más romántica.

Dejamos la abadía y volvimos sobre nuestros pasos, saliendo a una zona abierta entre la iglesia y el acantilado, que estaba repleta de lápidas erosionadas.

—Santo cielo —dije—. Qué camposanto tan inmenso… ¡Y menuda vista!

En efecto, el cementerio que rodeaba la iglesia era verdaderamente amplio y estaba bien situado. Emplazado de forma dramática en lo alto del escarpado precipicio, daba a la ciudad y al puerto por un lado y al mar por el otro. Parecía ser un lugar muy popular. Más de dos docenas de personas paseaban a lo largo de la serie de caminos que lo atravesaban o estaban sentadas en los bancos dispuestos junto a los senderos, admirando la vista y disfrutando de la brisa.

La vista nos atrajo como un imán. Nos encaminamos directamente hasta el mirador, donde encontramos un banco de hierro pintado de verde, situado cerca del borde del precipicio. Allí nos sentamos. El asiento proporcionaba una magnífica imagen panorámica de la ciudad y del puerto, del infinito y resplandeciente mar, de los rompeolas, de dos faros y de la amplia playa arenosa que se extendía a lo largo de la bahía, allá donde el cabo se adentraba en el mar. A nuestro lado dos pintores trabajaban en sus caballetes; detrás, ovejas y corderos balaban en los prados. Oí el repicar de los cascos de un burro que ascendía el camino pavimentado y el murmullo de las conversaciones de los transeúntes; pero, por lo demás, se respiraba paz y una completa quietud.

—Creo que es el lugar más bonito de Whitby —declaré.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo —repuso Lucy—, y este es el mejor banco de todos. Por tanto, lo reclamo como nuestro y de nadie más.

—Me parece —dije con una sonrisa alegre— que debería subir aquí más a menudo para leer o escribir.

Si entonces hubiera sido consciente de los sucesos que se desencadenarían en ese preciso lugar, que alterarían de forma funesta el destino de Lucy e influirían de un modo dramático e inexorable en el mío, habría dado media vuelta e insistido en que nos marcháramos sin demora de Whitby. Al menos me gusta creer que habría tenido el coraje de hacerlo. Pero ¿cómo iba a imaginar lo inimaginable? En particular cuando todo comenzó de forma tan inocente.

Durante mi primera noche en Whitby, Lucy comenzó a caminar dormida.

Pasamos una velada sumamente agradable. Después del paseo, Lucy y yo regresamos a la casa en Royal Crescent, donde disfrutamos de una cena temprana con la señora Westenra. Aquella buena mujer estaba de un humor excelente y me dio una calurosa bienvenida. Después, mientras Lucy y su madre salían a hacer algunas visitas de compromiso a conocidos que tenían en la zona, yo me escabullí al acantilado de nuevo, y allí pasé una maravillosa hora sentada en nuestro banco, escribiendo mi diario.

Sin embargo, no mucho después de que Lucy y yo nos retirásemos a nuestra habitación y nos quedásemos dormidas, me despertó un crujido. La noche era cálida y habíamos dejado abiertos los postigos y las ventanas. Cuando abrí los ojos, medio adormilada, vi en medio del resplandor de la luna que iluminaba el dormitorio que Lucy se había levantado de la cama y se estaba vistiendo.

—¿Lucy? ¿Qué sucede? ¿Por qué te levantas?

Mi amiga no respondió, pero continuó abotonándose las enaguas. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos y la vista perdida. Lucy tomó una falda del guardarropa y comenzó a ponérsela.

—¡Lucy! —Me levanté y crucé descalza la habitación hasta que llegué a su lado—. ¿Por qué te vistes?

Una vez más, no obtuve respuesta; Lucy no parecía ser siquiera consciente de mi presencia. Comprendí de inmediato lo que sucedía.

Había presenciado tan peculiar comportamiento por parte de Lucy en anteriores ocasiones, años atrás, cuando estábamos en el colegio. Una noche que estaba nevando, se levantó de la cama y salió descalza, vestida solo con el camisón; por fortuna un sirviente la encontró antes de que muriese congelada, hizo que se calentara junto la chimenea y la llevó de vuelta a la cama. En otra ocasión, Lucy se puso su mejor abrigo y su sombrero y bajó las escaleras hasta la cocina, donde se tomó una gran porción de tarta de manzana y un vaso de leche antes de ser descubierta. A la mañana siguiente solo tenía un vago recuerdo de dichos incidentes, o no se acordaba de nada en absoluto.

—Lucy, querida —dije apoyándole las manos en los hombros y mirando sus ojos sin expresión—, todavía es de noche. Debes volver a la cama. Déjame que te ayude a desvestirte.

Para alivio mío, no opuso resistencia. El sonido de mi voz, o quizá el contacto de mis manos, hizo que cediera y me obedeció. Me las arreglé para desvestirla, le puse de nuevo el camisón y la acosté sin despertarla.

Durante el desayuno, a la mañana siguiente, Lucy era la misma de siempre y parloteó animadamente como si la noche anterior no hubiera sucedido nada fuera de lo habitual. Riendo suavemente, les conté a Lucy y a su madre el episodio que había tenido lugar.

—¿Sonámbula? —respondió Lucy con una carcajada de sorpresa mientras untaba la tostada con mantequilla y mermelada—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez.

A diferencia de nosotras, la señora Westenra no encontró las noticias divertidas.

—Ay, Señor —dijo frunciendo la pálida frente con preocupación a la vez que jugueteaba con el collar de perlas que llevaba al cuello—. Siempre me ha inquietado ese viejo hábito tuyo, Lucy. Pensar que te vuelve ahora, nada menos, cuando nos encontramos en este extraño y nuevo lugar.

La señora Westenra era una mujer de baja estatura, de figura rechoncha y tenía cuarenta y cinco años. Era fácil ver de quién había heredado la belleza su hija, pues ambas poseían los mismos rasgos atractivos, idénticos ojos azul oscuro, cabello rizado y una delicada tez marfileña.

—Ha heredado esa tendencia de su padre —añadió volviéndose hacia mí—. Edward solía levantarse por las noches y se vestía para salir si no le despertaba a tiempo para impedírselo. Una noche en la ciudad, un bobby lo encontró deambulando por Saint James’s con su mejor traje de los domingos. En otra ocasión, en el campo, bajó la caña al río a las dos de la madrugada y se fue a pescar.

Lucy se echó a reír.
—Lo recuerdo. Pobre papá. —Su sonrisa se esfumó y se le empañaron los ojos mientras tomaba un sorbo de chocolate—. Oh, cuánto le echo de menos.

—Tu padre era un hombre maravilloso —convino la señora Westenra. Luego sacudió la cabeza con pesar y continuó—: Nunca pensé que me dejaría sola de este modo. Creía que yo sería la primera en fallecer. Pobre Edward. —Los ojos se le llenaron repentinamente de lágrimas y alargó la mano por encima de la mesa para coger la de su hija—. Gracias a Dios que Lucy ha estado en casa conmigo durante este último año y medio. No sé cómo voy a seguir adelante cuando se haya casado.

Lucy colocó la otra mano sobre la de su madre y la miró a los ojos.

—Mamá, lo harás muy bien. Arthur y yo no viviremos lejos e iremos a visitarte tan a menudo que apenas te darás cuenta de que me he ido.

La señora Westenra se enjugó los ojos con la servilleta. —Eso espero, cariño. Soy muy feliz por ti, Lucy, y confío en que tú también lo seas.

Las dos mujeres intercambiaron una sonrisa afectuosa. Noté la cálida sensación de afecto que irradiaban y al mismo tiempo, y a mi pesar, una pequeña punzada de envidia. Una de mis mayores penas en la vida era no haber conocido la dicha de tener el amor de un padre o de una madre. El oscuro estigma de mi pasado había sido una fuente de mortificación desde que me enteré de todo siendo niña, y aún me sonrojo de vergüenza cada vez que pienso en ello.

—Hablemos de la boda —propuso la madre de Lucy recuperando el ánimo mientras tomaba un delicado bocado de huevos revueltos—. Creo que Arthur y tú deberíais casaros lo antes posible.

—¿A qué tanta prisa, mamá? Los compromisos prolongados son muy comunes. Incluso papá y tú esperasteis un año para casaros, ¿no es así?

—Sí, pero nuestras circunstancias eran diferentes. Tu padre luchaba por abrirse paso en el mundo financiero y deseaba que todo estuviera encauzado antes de que nos casáramos. Arthur no se halla sujeto a tales limitaciones financieras. Es muy rico. Siendo hijo único, un día heredará Ring Manor y todas las propiedades y posesiones de su padre. No hay razón para que esper

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