De puntillas y a destiempo (El club de las Tulipanes 3)

Lucía De Vicente

Fragmento

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Capítulo 1

—Me cuesta creerlo. Nuestros caminos se cruzaron por pura casualidad.

—Las casualidades no existen —replicó el sacerdote con firmeza—. Desde el momento de su nacimiento, los dos se vieron atrapados en un río de sucesos que unirían sus caminos, aunque nacieran en tierras diferentes.

Abrazos de seda, Mary Jo Putney

Gabriela miró con intranquilidad el panel informativo del aeropuerto de Sevilla, que avisaba de que el vuelo procedente de Edimburgo estaba tomando tierra, y se dirigió con paso decidido hacia la puerta de llegada que indicaba. Esperaba que los viajeros no tardaran mucho en salir porque los altísimos tacones de las sandalias la estaban matando.

Pero no tanto como para no darse cuenta del atractivo chico que escudriñaba el monitor a su lado. Uno de esos que haría volver la cabeza a cualquier mujer: alto, fuerte, rubio, con ojos azules y un atractivo hoyuelo en la barbilla.

«¡Compórtate, Gabriela, que el chico se ha debido de dar cuenta de que lo estás mirando con descaro y no se atreve ni a levantar la vista del suelo!», se amonestó para sus adentros.

Dispuesta a acabar cuanto antes con su tarea, alzó el cartel que llevaba en la mano para reclamar la atención de los primeros viajeros que empezaban a gotear al ritmo de apertura de aquellos cristales opacos. ¡Menudo embolado le había preparado Beatriz!

Beatriz Crespo era una de sus tres socias del Hotel-Palacio Los Tulipanes, concretamente, la directora de eventos, pero esa mañana estaba tan liada preparando los últimos detalles del congreso que iba a celebrarse durante tres días que no se le ocurrió mejor idea que pedirle que fuera ella al aeropuerto a recoger a los participantes.

Por eso estaba allí. ¿Cómo podría haberse negado, si Bea siempre estaba dispuesta a hacer favores a todo el mundo?

Y por eso, también, estaba a punto de cortarse los pies y echárselos a los perros, ya que aquellas sandalias que, apenas una semana atrás, su amiga le había obsequiado como regalo de cumpleaños le estaban pasando una factura impagable. Eran preciosas, sí, pero con un tacón de infarto y una plataforma de, como mínimo, angina de pecho. Y, como no podía ser de otra forma, con dibujo escocés.

Sí, Beatriz estaba obsesionada con todo lo que hacía referencia a las Tierras Altas y a sus highlanders. Hasta el punto de que empezaba a enamoriscarse de uno –o quizá estaba enamorada de él hasta las trancas y no quería reconocerlo– que, para más inri, era el culpable de que aquel congreso de la Asociación Escocesa de Cazadores de Mitos Antiguos fuera a celebrarse en Los Tulipanes.

«Escocesa» era la clave. De ahí el porqué de aquellas torturadoras sandalias y de que ella decidiera calzárselas esa mañana, como mudo homenaje a los recién llegados.

Tan ensimismada estaba en el bucle de sus divagaciones que soltó un grito, acompañado de su correspondiente saltito, cuando sintió un liviano toque sobre el hombro. Pero, al girarse, la queja quedó atascada a su garganta.

—¡Hola! ¿Eres Beatriz Crespo? —preguntó el atractivo rubiales de unos minutos atrás, con una arrebatadora sonrisa en los labios.

—¿Eh? No, no, no. Soy Gabriela Torres, la socia de Beatriz —respondió desubicada por completo—. ¿Y tú eres…?

—Soy Ewan Forbes, el...

—¿Amigo de Cam? ¿El organizador del Congreso? —completó la frase por él.

—El mismo. Perdona la confusión, es que cuando te he visto con el cartelito…

—Ah, es que no sabía si vendrías aquí o llegarías a Cádiz por tus medios. Y como no conozco a los congresistas pensé...

—¡Mira, ahí vienen dos de ellos! —la interrumpió.

Y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, le arrebató el cartel que llevaba en la mano y lo elevó por encima de las cabezas del resto de las personas que aguardaban la aparición de sus amigos y familiares. Con su más de metro ochenta y pico, para él, aquella era una gesta simple, pero para ella, que apenas llegaba al metro sesenta y cinco...

Aunque el calzado obraba a su favor. «¡Malditas sandalias!».

Los siguientes veinte minutos fueron una locura. A medida que los miembros de la expedición recogían su equipaje y se sumaban al grupo que poco a poco se iba formando en un rincón de la terminal, aquello se convertía en un galimatías de conversaciones en un inglés casi ininteligible para sus desacostumbrados oídos, a causa de ese terrible acento escocés que tenían todos ellos.

Se sintió ignorada, aunque tampoco era que le preocupara lo más mínimo, pues bastante tenía con intentar hacer un recuento de los que iban llegando. Misión imposible, por otra parte, porque no paraban de moverse de un sitio a otro y, al final, ya no sabía a quién contaba y a quién no.

—¿Estamos ya todos? —preguntó en un momento dado el tal Ewan, con lo que consiguió que su preocupación se aligerara bastante—. ¿Echáis en falta a alguien?

Al observar que nadie ponía objeciones, se tomó la revancha sustrayendo el cartel a Ewan sin ofrecer ninguna explicación y llamó la atención de la concurrencia agitándolo con fuerza por encima de su cabeza.

—Señores, señoras —exclamó alzando la voz cuatro o cinco tonos por encima del volumen que utilizaba habitualmente—, mi nombre es Gabriela y soy una de las socias del Hotel-Palacio Los Tulipanes —explicó en inglés, cuando vio que la mayoría le prestaba atención—. Si me siguen, los llevaré hasta el autocar y una vez allí procederemos a pasar lista antes de iniciar la marcha hasta Cádiz. Procuren no despistarse.

Y sin esperar ningún tipo de respuesta o queja, les dio la espalda y empezó a caminar con su cartelito en ristre, sin echar la vista atrás ni un solo instante.

El chófer, previsor, ya tenía las puertas y los maleteros abiertos cuando ellos llegaron. Ella se quedó fuera, apartada, observando el panorama. O lo que era lo mismo, al atractivo rubio desempeñarse como anfitrión, ayudando a unos y otros y conminándolos a ocupar sus asientos para el viaje.

«Bueno, guaperas, si te empeñas en hacer mi trabajo… Por mí no hay problema en que, de momento, tengas tus cinco minutitos de gloria», aceptó de buen humor. «Digo yo que habrá que dejarte que te ganes los honores del organizador».

Pero en cuanto vio que ya estaban todos a bordo, se aproximó sin prisa para tomar las riendas de la operación, aunque una ancha espalda ocupaba todo el espacio del hueco de las escaleras.

—Por favor, Ewan, siéntate tú también —pidió al propietario de aquella retaguardia tan bien formada y, sin darle ocasión de protestar, tomó la carpeta que reposaba sobre la primera fila de asientos de la derecha y señaló el que estaba junto a la ventanilla.

Aunque se había reservado las dos plazas para sí misma e, incluso, antes de bajar del autocar dejó sobre ella todos sus enseres a fin de asegurarse de que nadie osara colocar allí sus excelsas posaderas, compartirlas con Ewan de pronto no le pareció tan mala idea. ¡No señor!

Una vez en el interior, se dio cuenta de que el jaleo que estaban montando los escoceses en aquel reducido espacio era de preocupar; todos hablaban y reían al mismo tiempo, con un tono tan elevado que mucho se temía que los de la Benemérita acudieran a medir el nivel de decibelios.

«¡Y luego los españoles tenemos fama de escandalosos!», se quejó para sí misma. «Pues estos no tienen qué envidiarnos en ese aspecto».

Desde luego lo que no tenían era nada que ver con lo que ella y sus socias se habían imaginado cuando leyeron la descripción que de sí mismos hacían en la página web de su asociación: «Destacados catedráticos, académicos, estudiosos y entusiastas personalidades del campo de la Historia, la Antropología y la Arqueología, que aúnan sus conocimientos en la verificación y registro de mitos, leyendas, fábulas y tradiciones, que forman parte de culturas antiguas y actuales». En su momento, aquello les sonó a aburridos a más no poder, así que, como no podía ser de otro modo, de inmediato se hicieron un mapa mental de lo que iban a encontrarse: un grupo de tediosos y circunspectos sexagenarios, con reverentes calvas, pobladas cejas y anodinas gafas de pasta sobre sus miopes ojillos.

Pero la realidad era que, en efecto, solo tres o cuatro participantes respondían a aquel perfil que ellas crearon en sus activas cabecitas. El resto conformaba un heterogéneo grupo, en el que también había unas cuantas mujeres, que cubrían una amplia franja de edad que iba desde los treinta y algo a los cincuenta y pocos años y que, aparentemente, tenían unas ganas locas de divertirse y no daban la sensación de ser nada aburridos.

Contenta con no tener que desempolvar su oxidado inglés más académico y correcto, tomó la bolsa de botellines de agua de la nevera instalada junto al conductor y se dispuso a repartirlos entre todos ellos al tiempo que contaba para ver si algún rezagado se había quedado en la terminal.

Lo hizo dos veces, una de ida y otra de vuelta, pero incluyendo al rubio sumaban cuarenta y uno. ¡Le faltaban tres personas!

Aquello provocó que su corazón se disparara y empezara a hiperventilar mientras su mente imaginaba a tres personas vagando por el aeropuerto sin saber adónde ir ni entender ni papa de español. Lo que, sin remedio, significaba problemas, comisarías y retrasos.

Alarmada, se aproximó a Ewan para compartir con él aquel «pequeño» detalle.

—Ay, es verdad, se me ha olvidado comentártelo —dijo él, todo sonrisas—. Hay dos asociados que se incorporarán al congreso a lo largo de estos días, ya que no han podido abandonar sus obligaciones antes, y uno de los conferenciantes llegará el sábado.

—¡Uf, qué susto me he llevado! —exclamó. El alivio supuraba por todos y cada uno de los poros de su piel mientras hacía una señal al conductor para que emprendiera la marcha. Enseguida, tomó el micrófono para reclamar la atención de los viajeros—. Buenos días, señores —saludó.

Un rugido de «hello» y «nice to meet you» se apoderó de su protagonismo.

Con una sonrisa, hizo caso omiso de la interrupción y continuó con el discursito que llevaba preparado.

—Desde el Hotel-Palacio Los Tulipanes les damos la bienvenida a España —siguió diciendo en un perfecto inglés—. Espero que hayan tenido un buen vuelo. Sin embargo, aún nos faltan 121 kilómetros para llegar a nuestro destino final. Por lo tanto, y puesto que aquí es una hora más tarde que en su país y somos conscientes de que este horario es un poco tardío para sus costumbres, hemos pensado que lo más oportuno es hacer una parada para almorzar en un restaurante próximo a la autopista.

Todos aplaudieron de inmediato como uno solo. La algarabía y las alharacas a su previsión elevaron su buen humor, ya que tenía que admitir que aquel era un público entusiasta y receptivo, lo que era muy de agradecer habida cuenta de su inexperiencia en esas lides.

—Calculo que llegaremos a Los Tulipanes —interrumpió la euforia— sobre las cuatro de la tarde, más o menos. Allí, nuestra directora de eventos, la señorita Beatriz Crespo, les dará la bienvenida y los ayudará a instalarse. Les deseo una feliz y productiva estancia con nosotros —dicho lo cual apagó el micrófono y se sentó en el asiento que estaba junto a Ewan.

—¡Muy bien, Gabriela! —la jaleó—. Eres una gran profesional.

—Gracias —repuso ella, halagada por el reconocimiento—. En realidad, no tengo mucha práctica en todo esto —confesó—, la profesional es Beatriz. Pero, de momento, me temo que no os va a quedar más remedio que apañaros conmigo. Lo siento. Aunque ella os recibirá en Cádiz y me tomará el relevo para atenderos como merecéis.

—Yo no.

—Tú no ¿qué?

—Que yo no lo siento. Tu presencia es un regalo para la vista y los oídos de los pobres mortales como yo.

No pudo evitar soltar la carcajada. Aquella especie de piropo tan elaborado, dicho con perfecto sonsonete sevillano, le pareció encantador a pesar de que, por regla general, solían molestarle ese tipo de requiebros tan falsos y manidos.

—¿Cuánto tiempo llevas en Sevilla, Ewan? Porque ya tienes hasta acento…

—Pues en septiembre harán diecisiete años.

—¡Madre mía, media vida!

—Casi, casi. Cumpliré treinta y nueve el mes que viene.

—¿Y a qué se dedica un circunspecto y sesudo historiador de casi cuarenta tacos en una ciudad andaluza?

—¡A echarse a perder! —Ambos rieron al unísono.

—No, en serio, ¿a qué te dedicas?

—Trabajo como asesor técnico de gestión de fondos documentales, gráficos y bibliográficos del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico.

—Uy, eso sí que es importante. Ah, ¿entonces eres español?

—¿Yo? ¿Con esta pinta? —respondió señalándose con el pulgar—. ¿Tú me has visto?

—Bueno, puedes haberte nacionalizado. O ser hijo de española y padre escocés, o haber nacido aquí, o no sé. Como eres funcionario…

—No, no, yo nací en Inverness —la interrumpió—. Soy escocés de pura cepa, pero como ciudadano de la Unión Europea, y mientras el Brexit siga sin ser un hecho, tengo los mismos derechos que cualquier español. Así que soy funcionario porque me presenté a las oposiciones de la Junta para el Cuerpo Técnico del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico y las aprobé. Vamos, que me lo he ganado a pulso.

—¡Sin duda! —aceptó ella componiendo una cara de disculpa—. ¿Y qué fue lo que te trajo a España?

—Vine en 2002 con una beca para hacer un curso de postgrado sobre Estudios Históricos Avanzados en la universidad y, al final, me enamoré de Sevilla y de las sevillanas, así que aquí me quedé —respondió jocoso.

—Interpreto que no de las que se cantan y se bailan…

—De esas también —aceptó muerto de la risa—. ¿Y sabes? No me desempeño nada mal con el baile.

—Ni con las otras, ¡seguro!

—¿Y tú de dónde eres? —cambió el ritmo del interrogatorio, con lo que pasó, en un parpadeo, de ser la que preguntaba a tener que responder—. Porque, por tu aspecto, creo que tampoco eres de aquí.

—Pues te equivocas, yo sí soy de aquí; nacida en Cádiz, de padres y abuelos gaditanos.

—¡Venga ya! Pero si pareces nórdica.

—No siempre somos lo que parecemos. No puedo creer que te dejes llevar por esos clichés.

—En realidad, ha tenido mucho que ver el hecho de que tu inglés es casi perfecto, lo que no es muy normal en una española de tu edad. Al menos, yo no conozco a nadie más.

—Pues estás de suerte porque vas a conocer a cuatro este fin de semana —rebatió divertida—. Todas mis socias lo hablan igual de bien que yo. Estudiamos en un internado irlandés y las monjas eran unas petardas con el tema de la pronunciación y la sintaxis.

—¿Sois amigas desde el colegio? —preguntó él, sorprendido.

—Sí. Y precisamente por eso somos socias, pero esa es una historia muy larga que ya te contaré en otro momento, si es que te sigue interesando.

—¿Por qué no ahora? Aún tenemos ochenta kilómetros por delante…

—Porque ahora vas a almorzar con todos tus amigos y compatriotas, que ya estamos llegando al restaurante donde tenéis reservada la comida.

Y sin más, se levantó del asiento para dar las oportunas indicaciones al resto de los pasajeros.

Ewan miró hacia donde estaba Gabriela. Era la viva imagen de un ángel escapado de alguna nube; tan menuda y rubia, con aquella piel de alabastro y esos ojos grises del color de las profundas aguas del lago Ness en los nublados días del invierno. Estaba sentada en un banco a la sombra, fuera del restaurante, y parecía muy ensimismada mientras escribía algo en su móvil. Suponía que se trataba del «parte» a sus socias sobre la llegada de todos ellos y el desarrollo de aquel almuerzo que, por cierto, había sido impecable: un guiso de carne que quitaba el hipo y boquerones fritos, de segundo, regados con un buen vino de la tierra. De postre, unos Mostachones de Utrera con una copita de Pedro Ximénez.

¡Con lo peligroso que era aquel vinillo dulce! Él sabía por experiencia que entraba fácil, pero que, incluso para avezados bebedores de whisky como eran ellos, se digería con bastante más dificultad. Y, en efecto, ni siquiera el café de después obró su magia, por lo que todos acabaron bastante «calentitos».

No sabía si lo que Gabriela pretendía era que se quedaran fritos durante el resto del viaje para así mantenerlos callados, o simplemente todo era producto de un marketing muy bien estudiado para que estuvieran contentos y que no vieran los posibles defectos posteriores.

¡Pobre inocente! No sabía con quién se jugaba los cuartos. Alcohol a un escocés para tumbarlo, ¡ja! Necesitaría más que una copita si era eso lo que pretendía.

Ella, en cambio, había comido con la frugalidad de un pajarito y bebido muy poco; una simple ensalada con un montón de colorines, queso y agua. Mucha agua, eso sí. Tanto como para ahogar a un pez. Menos mal que al menos tuvo a bien acompañarlos con los mostachones y brindar con el vinito. Almorzando así no le extrañaba que estuviera tan delgada.

Cuando por fin consiguió sacar a sus colegas de aquel lugar, después de consentir que tomaran por asalto la tienda y se avituallaran con un importante surtido de los bizcochitos envueltos en papel y botellas de Pedro Ximénez, llevaban ya más de quince minutos de retraso sobre el límite de tiempo que ella les impuso antes de bajar del autocar. Por suerte, no parecía muy enfadada por la demora.

—¿Estamos todos? —preguntó ella en cuanto consiguió que la gente se quedara sentada, aunque ya nadie lo hacía en el mismo lugar que a la llegada—. Voy a contaros, no vaya ser que alguien se haya quedado rezagado.

—Deja, ya lo hago yo —se ofreció él, previendo los problemas de Gabriela si los chicos empezaban a moverse.

Ella no protestó. Muy al contrario, pareció encantada con su predisposición a ayudarla, visiblemente relajada. Todo iba de maravilla hasta que Douglas Sinclair, una eminencia en Historia Antigua de la Universidad de Edimburgo, que sin embargo era uno de los asociados más jóvenes y gozaba de una merecida fama de juerguista, se erigió en portavoz del grupo y empezó a jalear a la concurrencia pidiendo hurras y vivas para Gabriela por la fabulosa comida con la que los había homenajeado.

A partir de ese momento, ya no hubo quien los parara. De las gracias y las alharacas pasaron a los chistes y, de ahí a las canciones, no medió ni un parpadeo. Finalmente, él se dio por vencido con el recuento.

—En marcha —pidió al conductor antes de acomodarse junto a Gabriela.

Durante un largo rato no mantuvo ningún tipo de conversación con ella. En cambio, animado como todos los demás por el alcohol ingerido, colaboraba en la chanza general, daba palmas, jaleaba los hurras a la organización o coreaba al resto de congresistas. Hasta que, de pronto, se dio cuenta de que, aunque ella se reía con aparente diversión, no participaba en la juerga.

—Gabriela, ¿te está molestando todo esto? Pareces un tanto… distante.

—No, no, para nada.

—Entonces, ¿por qué no cantas con todos?

—Porque tengo un oído horrible y no quiero que os llueva durante vuestra estancia en Cádiz. —Se rio de su propio comentario—. Pero vosotros estad tranquilos, seguid divirtiéndoos, que a eso habéis venido.

—Sí, claro. Además, están muy agradecidos por la excelente comida y quieren demostrártelo.

—¿A mí? ¡Yo no tengo nada que ver con todo esto! Ha sido Beatriz quien se ha encargado de organizarlo…

—Bueno, tú por eso no te preocupes, que los escoceses somos muy generosos y tenemos homenajes para todas. A Beatriz ya le llegará su momento.

—Ya veo, ya. Sois unos aduladores de libro.

—Solo con quien de verdad se lo merece.

—Pues, créeme, en este caso yo no me lo merezco. Mi tarea en Los Tulipanes es muy diferente. Cada una de nosotras cuatro lleva un área distinta de la dirección del hotel, aunque a menudo nos ayudamos y nos metemos en jardines ajenos, como ha ocurrido hoy.

—¿Ah, sí? ¿Y a qué te dedicas tú?

—Yo me encargo del marketing y la publicidad. Y también llevo las redes sociales.

—Vamos, que eres de las que se esconde tras una pantalla, ¿no?

—Bueno, tanto como esconderme, no. Pero sí que soy de las que prefiere cosechar resultados que protagonismo.

—¿Y a qué te dedicabas antes de que abrierais el hotel? Porque Cam me dijo que lo habéis inaugurado hace apenas cuatro meses, en febrero.

—Sí, por carnavales. Estamos muy contentas con cómo nos va. Solo podemos dar las gracias al Universo por todo lo que nos está concediendo.

La respuesta le pareció, cuando menos, extraña. Por otra parte, no se le escapó que ella no había respondido a su primera pregunta, lo que no dejó de incitar su curiosidad.

—¿Llevabas el marketing de alguna otra empresa de hostelería y turismo? —insistió.

—¡No, que va! Antes de esto yo vivía en Barcelona y, entre otras cosas, trabajaba de community manager para diferentes clientes.

—¿Qué otras cosas? —preguntó dispuesto a enterarse de en qué consistía la vida de aquella mujer tan enigmática—. ¿Lo dejaste todo para venirte a Cádiz a emprender esta aventura con tus socias?

—Bueno, ellas y yo acabábamos de heredar ese palacete tan espectacular y tenía una cláusula que nos obligaba a vivirlo y explotarlo si no queríamos perderlo, así que todas dejamos nuestros anteriores trabajos y nos embarcamos en esta extraña empresa.

—¿Heredasteis? ¿Ese pedazo de edificio del que Cam me ha mandado fotos es heredado?

—Ajá. Nuestra profesora de Lengua y Literatura en el colegio…

—¿De una profesora? —la interrumpió confundido—. ¿Pero estas cosas ocurren en la vida real?

—Sí, eso parece. —Y se rio, como si aquello fuera lo más normal del mundo y su sorpresa, algo infundado—. Cada cual tiene un destino en su vida y el de nosotras cuatro es estar juntas desde la infancia.

—¿Nunca os habéis separado? —incidió todavía más confuso.

—Separado del todo, no; Bea siempre intentaba aglutinarnos. Pero tengo que reconocer que, durante dieciocho años, yo apenas he visto a las demás. Me marché a la India al poco de terminar el colegio y luego, cuando regresé, nunca volví a Cádiz más que para visitar a mi abuela. Hasta que, hace poco más de un año, recibimos la noticia de que éramos las legatarias de esa casa y nuestras vidas volvieron a enlazarse como si no hubiera pasado ni un solo día desde que dejamos la escuela.

—De verdad, no puedo creer lo que me estás contando.

—Pues créelo, yo nunca miento.

—¿Qué nunca mientes? ¡Eso sí que es increíble! —Y se rio como si le hubiera contado un buen chiste.

—Jamás —sentenció ella, muy seria.

—Entonces, dime a qué te dedicas, además de a ser community manager, porque he observado que esa pregunta no querías responderla.

—Y no quiero…

Si la mayoría de sus respuestas hasta ese momento lo habían sorprendido, esa, desde luego, lo desubicó por completo. ¿Qué se decía a una réplica tan directa y sincera?

—Sin embargo —siguió hablando ella ante su silencio—, lo haré si tú me respondes a mí a algo. ¿Por qué no dejas de mirarme los pies? —preguntó acto seguido, sin esperar a que él aceptara la propuesta—. ¿Eres uno de esos tíos que tienen algún extraño fetiche con los pies de las mujeres?

—¿Cómo? No, no, nada de eso.

—¿Entonces? Quiero que sepas que estás incomodándome.

¡Dios! Se llevaba mal con las mujeres retorcidas y cizañeras que basaban su vida en mentiras, pero tanta verdad en vena no sabía cómo manejarla.

«Nunca pidas todo lo que deseas porque pueden concedértelo», se recriminó para sus adentros al darse cuenta de que su más reiterada petición a los hados era encontrarse a una mujer sincera.

Pero, contra el exceso de sinceridad, solo existía un arma.

—No tengo ningún fetiche, soy de lo más normalito —repuso—. Pero ¿tú sabes qué es eso que llevas en los pies?

Ella se los miró, confundida.

—Unas sandalias. ¿No te gustan? Me las ha regalado Bea la semana pasada y, como tienen un tartán escocés, pensé en estrenarlas como homenaje de bienvenida a todos vosotros.

—¿Y qué tartán es ese? —insistió él.

—No lo sé, la verdad. No lo he buscado. ¿Tú lo sabes? Bueno, supongo que sí —se rectificó a sí misma—, o no me lo habrías preguntado. ¿Quizá el de algún clan enemigo del tuyo? —preguntó con sarcasmo.

—No, exactamente. Más bien todo lo contrario; es el tartán de los Forbes.

—¡Anda, el de los Forbes! —repitió—. ¿Y tú no te apellidas Forbes, como los muchimillonarios esos tan famosos?

—Exacto. Aunque no tengo nada que ver con los muchimillonarios, como tú dices.

—¡Pues qué casualidad!

—La casualidad no existe, Gabriela. Solo existe la causalidad.

Ella se lo quedó mirando con aquellos enormes ojos grises entornados.

—Entonces, si se trata de causalidad, seguramente lo que esto quiere decir es que te tengo a mis pies, Ewan —dijo levantándose para recoger el micrófono.

Y sin más, dio por cancelada aquella extraña conversación.

—Señores, hemos llegado a nuestro destino. —Su voz sonó tranquila y melodiosa por los altavoces—. ¡Bienvenidos al Hotel-Palacio Los Tulipanes! Recojan su equipaje y nos encontramos dentro, en la recepción.

—¡Gabriela! —la llamó al darse cuenta de que faltaba a su parte del acuerdo y se disponía a apearse del autobús sin responder a su pregunta.

—Más tarde, Ewan, ahora tengo que hablar con Beatriz.

Y desapareció de allí. A su paso una estela de aroma dulce y amaderado le hizo pensar en ángeles rubios con ojos grises.

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Capítulo 2

—… Es uno de esos aterradores castillos medievales con paredes de tres metros de anchura, chimeneas y armas antiguas acechando en rincones oscuros.

—¿Hay fantasmas? —preguntó ella esperanzada.

—Tres o cuatro, pero bastante inocuos.

Abrazos de seda, Mary Jo Putney

Gabriela bajó del autocar como alma que se lleva el diablo. Lo de ir a hablar con Bea era una mera excusa, lo sabía. Y también sabía que estaba haciendo trampas y que eso no era nada legal ni le aportaría «buena vibra» a su vida. Pero siempre era mejor a que Ewan la tomara por loca, que era lo que solía ocurrir con todos los hombres cuando les decía que se dedicaba a la espiritualidad. Ella era sensitiva, vidente y médium. Vamos, lo que en román paladino venía llamándose «una bruja». Una bruja buena, sí, pero bruja, al fin y al cabo.

—Muy bien, tengo que comerme mis palabras. Lo admito —dijo dirigiéndose a Beatriz, que los esperaba en la puerta de entrada del palacete con una radiante sonrisa instalada en los labios.

—¿Qué es lo que admites? —repuso su amiga, sin comprender a qué se refería con aquella especie de saludo tan poco protocolario.

—¿Te acuerdas de que buscamos a qué se dedicaba la asociación de los escoceses? ¿Y que explicaban que eran eruditos, estudiosos y todos esos títulos, y dijimos que sonaban a aburrimiento total?

—¿Y no lo son? —preguntó Bea mientras asentía con determinación.

Ella negó con un efusivo movimiento de cabeza.

—¿Recuerdas cuando íbamos de excursión con las monjas y cantábamos esas canciones tan divertidas y pegadizas?

—Claro.

—Pues esto ha sido lo mismo, pero en versión inglesa. Han estado cantando una tras otra hasta la saciedad. —Elevó los ojos al cielo y frunció los labios para recordar el sonsonete machacón que parecía haberse erigido en el himno de aquel congreso—. «Tadatátátátá, tadatátátá five hundred miles. Tadatátá five hundred more» —tarareó—. La acababa uno y la comenzaba otro. Llegan a cantarla una vez más y termino aprendiéndomela.

—Vamos, como niños de colegio.

—Solo que con más pelos en las piernas.

Ambas soltaron una carcajada al unísono que atajaron, también al mismo tiempo, al ver que uno de los recién llegados se dirigía hacia ellas. Bea seguramente solo lo hizo por profesionalidad, pero sus motivos eran bien diferentes: era Ewan quien se acercaba con decisión con su trolley a rastras.

—De acuerdo, Gabriela, más tarde —concordó él en voz tan baja que era imposible que Bea lo hubiera escuchado, puesto que le dio la espalda simulando apartar del camino la maleta, para que así no pudiera verlo mover los labios—. ¿Beatriz Crespo? —siguió diciendo a continuación tras girarse y dedicar a su amiga una espectacular sonrisa, que ella devolvió tendiéndole la mano a modo de bienvenida—. Soy Ewan Forbes —se presentó.

Deseando escapar, ella miró con descaro su reloj de muñeca y, como si tuviera algo ineludible que hacer, se excusó lo mejor que pudo con la clara intención de desaparecer cuanto antes.

—Si me disculpáis… —Y, con toda la naturalidad del mundo, tendió la mano a Ewan, que soltó la de Bea y aceptó la suya de inmediato—. Encantada de conocerte. Espero que lo paséis muy bien aquí.

—Eso espero yo también —respondió él con un sutil cabeceo—. Pero recuerda, tú y yo tenemos un trato, así que intentaré encontrarte más tarde —susurró para ella sola.

—¿Dónde vas con tanta prisa, Gabriela? —interrumpió Bea lo que fuera que iba a decir—. ¿No ibas a ayudarme a instalar a nuestros visitantes? Además, me vendrías de perlas puesto que ya conoces a la mayoría…

—Uy, Bea, no puedo. Lo siento —cortó las pretensiones de su amiga—. Tengo una sesión en quince minutos —desestimó con una naturalidad que estaba muy lejos de sentir. Esa era la única excusa que sabía que Beatriz no cuestionaría.

Un buen pretexto, sí, aunque no por ello menos cierto. Y, al mismo tiempo, un terrible error. Ewan la miraba con aquellos ojazos azules entornados y una muda pregunta escrita en la cara. «¿Una sesión de qué?». No era necesario ser ningún lince para darse cuenta de que él las había escuchado y, con esa especie de huida hacia delante que ella acababa de utilizar, no hacía más que empeorar la situación y darle pistas que no deseaba facilitarle.

—Lo estás haciendo genial, Gabrielita —se recriminó con dureza, masticando cada una de las palabras dichas en voz baja, mientras se dirigía con premura hacia el interior del hotel.

Muy digna, intentó guardar el tipo haciendo equilibrio sobre el andamiaje que llevaba en los pies sin tropezar. Dura tarea cuando sentía la incómoda e intensa mirada de Ewan en su espalda como algo tangible y físico.

—¡Buenas tardes, Hernández! —saludó en voz alta, malhumorada y sin detener su arrolladora marcha, al encontrarse de frente con el criado que la esperaba solícito, como siempre, nada más traspasar el zaguán de entrada—. No, no necesito nada, muchas gracias. Puede retirarse.

—¿Pero con quién hablas, Gabriela? —la detuvo Ana, a quien se cruzó en el corredor porticado que rodeaba el patio del palacete, ahora convertido en parte del lobby del hotel.

—¡Hola, cielo! —respondió al tiempo que paraba en seco su impetuoso avance—. Con… ¡nadie! —se detuvo antes de llegar a responder. No tenía tiempo ni ganas para explicaciones.

—¿Ya estás con tus chorradas? ¿A quién has visto ahora?

—Anda, déjame, que tengo prisa. Llego tarde a una sesión.

—¿Tarde tú? ¿No me digas? —repuso la otra mujer con sorna. Cada una de sus palabras rezumaba sarcasmo, pero ella no estaba por la labor de ponerse a discutir, así que ignoró su pulla—. Si tú nunca llegas tarde a ningún sitio…

Sí, ella siempre llegaba tarde a todos lados, lo aceptaba; se llevaba fatal con los horarios. Ana, sin embargo, parecía tener un reloj en el culo y era una maniática de la puntualidad.

Ana Morales era otra de sus socias; la diseñadora de interiores que, junto con Mario Guerra, su pareja y el arquitecto que doña Fina les legó a la par que aquel edificio, eran los artífices de que todo aquello luciera de la manera en que lo hacía. De hecho, su amiga invertía la mayor parte de su jornada laboral en conseguir que cada detalle que adornaba las estancias del hotel fuera el más apropiado para la situación; desde la colocación de los más frescos, exóticos y maravillosos tulipanes, a la iluminación, la ambientación y la elegancia que parecía fluir con naturalidad en cada rincón. Tenía que reconocer que era una maga de la decoración.

—¿Y tú dónde vas? —quiso saber, más por estar segura de que no la iba a interrumpir que porque le importara.

—A ayudar a Bea con sus highlanders. ¿No quedamos en eso? ¿No acordamos que todas la ayudaríamos con este primer congreso en el hotel? De hecho, creo recordar que fuiste tú quien dijo que te parecía muy bien porque… «las cartas lo aconsejaban» —repitió sus palabras al tiempo que dibujaba con los dedos el signo de las comillas.

—Sí, vale, pero yo ya he hecho mi parte. Los he recibido y llevo con ellos desde la una de la tarde, así que ahora os toca a vosotras. Estaré en la biblioteca y, si necesitáis algo, solo tenéis que ponerme un wasap.

—Vale, vale —aceptó por fin su amiga—. ¡Corre, ve a tu consulta, no vayas a ser impuntual! —exclamó Ana, muerta de la risa, encaminándose a la recepción.

«¡Miel sobre hojuelas!», dijo para sus adentros mientras aceleraba el paso. «Un problema menos». Tendría la biblioteca para ella sola durante un buen rato y se evitaría tener que dar explicaciones. No era que aquello no pudiera hacerlo en otro lugar, pero allí, junto a la chimenea y bajo la atenta mirada de su benefactora, era donde tenía mejor conexión. Y no se refería a la conexión a Internet, que esa era igual de buena en todo el edificio, sino a la espiritual.

De acuerdo, se había permitido la licencia de dejar que Ana y Bea pensaran que aquella se trataba de una de sus consultas con alguno de sus clientes habituales, pero la realidad era que no tenía nada que ver con eso. En esta ocasión no utilizaría sus cartas del Tarot. Ni qué decir tenía que, por supuesto, sus «consultas» no estaban nada relacionadas con las Ciencias Médicas y sí con las Esotéricas.

Precisamente, eso era lo que no quería confesar a Ewan: que la mayor parte de su tiempo laboral lo pasaba leyendo las cartas, a través de su propio consultorio online, a un montón de clientes dispuestos a pagar lo que fuera necesario por saber qué les deparaba el futuro. Un quehacer del que, por cierto, cada vez se sentía menos orgullosa, ya que dar ese servicio previo pago no estaba bien. Su don no era algo por lo que debiera cobrar, sino que lo correcto sería regalarlo igual que a ella se lo regalaba el Universo.

Cualquiera con dos dedos de frente le diría que, en ese caso, lo hiciera de gratis o, simplemente, no lo hicier

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