Prólogo
Demonio» era una palabra horrible.
Y tan de la vieja escuela. Cuando la gente oía «demonio», se imaginaba todo tipo de caos, como en un cuadro de El Bosco; o peor aún, como en esa basura estúpida del Infierno de Dante. Por favor. Montones de llamas y almas atormentadas, y todo el mundo gimiendo.
Vale, puede que en el infierno hiciera un poco de calorcito. Y que si en él hubiera habido un pintor de cámara, El Bosco habría sido lo mejor de lo mejor.
Pero ésa no era la cuestión. El demonio se consideraba más un entrenador con libre albedrío. Mucho mejor, más moderno. El anti Oprah, por así decirlo.
Todo era cuestión de influencias.
La cuestión era que las características de las almas no eran diferentes a los componentes del cuerpo humano. La forma corpórea tenía una serie de órganos rudimentarios, como el apéndice, las muelas del juicio y el coxis, todos ellos innecesarios en el mejor de los casos y, en el peor, capaces de hacer peligrar el funcionamiento del conjunto.
Con las almas sucedía lo mismo. Ellas también tenían cierto bagaje inútil que les impedía funcionar como era debido, pedazos incómodos y puritanos que colgaban como un apéndice esperando a infectarse. La fe, la esperanza y el amor… La prudencia, la templanza, la justicia y la fortaleza… Todo ese amasijo inútil infiltraba demasiada maldita moralidad en el corazón, y se interponía en el camino del alma y su deseo innato de malignidad.
El papel de un demonio era ayudar a la gente a reconocer y expresar su verdad interior sin permitir que le empañase toda esa mierda de humanidad, que no hacía más que incordiar. Mientras la gente permaneciera fiel a su esencia, las cosas irían por el buen camino.
Y últimamente había sido más o menos así. Entre las guerras que había en el planeta, el crimen, la indiferencia por el medio ambiente y esa fosa séptica de las finanzas llamada Wall Street, a lo que había que añadir las desigualdades que reinaban por doquier, la cosa iba bien.
Por hacer una analogía deportiva, la Tierra era el campo de juego y el partido llevaba jugándose desde que se había construido el estadio. Los Demonios eran el equipo local. El visitante era el de los Ángeles, los proxenetas de esa quimera de felicidad, el cielo.
Donde el pintor de cámara era Thomas Kincaid, hay que joderse.
Cada alma era un quarterback en el campo, una participante de la lucha universal de lo bueno contra lo maligno, y el marcador reflejaba el valor moral relativo de sus hechos en la Tierra. El nacimiento era el saque inicial y la muerte era el final del partido, cuando la puntuación se añadía a una cuenta mayor. Los entrenadores tenían que permanecer en las líneas de banda, aunque podían añadir diferentes complementos para los jugadores humanos sobre el campo para tratar de influir en la situación y también pedir tiempo muerto para arengar a los jugadores. Era lo que se conocía comúnmente como «experiencia cercana a la muerte».
El problema era el siguiente: como si se tratase de un espectador que estuviera viendo un partido de pretemporada en un frío asiento con demasiados perritos calientes en el estómago y un gritón sentado justo detrás de la oreja, el Creador estaba observando la salida.
Demasiadas pérdidas de balón. Demasiados tiempos muertos. Demasiados empates que llevaban a demasiadas prórrogas no resueltas. Lo que había comenzado como una apasionante competición había perdido, evidentemente, todo su atractivo y a los equipos ya les habían dado el aviso: id acabando el partido, chicos.
Así que ambos bandos tuvieron que ponerse de acuerdo para designar a un solo quarterback. A un quarterback y siete jugadores.
En lugar del interminable desfile de humanos, todo se redujo a siete almas situadas en la cuerda floja entre lo bueno y lo maligno… Siete oportunidades para decidir si la humanidad era buena o mala. El empate no era una posibilidad y se jugaban… todo. Si el equipo de los Demonios ganaba, se quedaba con las instalaciones y con todos los jugadores que hubiera y que llegara a haber. Y los Ángeles se convertían en sus esclavos para toda la eternidad, lo cual hacía que la tortura de los pecadores humanos pareciera un aburrimiento.
Si los Ángeles ganaban, la tierra en su totalidad se convertiría en una ridícula mañana de Navidad gigante, en una arrasadora ola de felicidad, cordialidad, bondad y convivencia que se apoderaría de todo. Con ese espantoso panorama, los Demonios dejarían de existir no sólo en el Universo, sino en los corazones y en las mentes de toda la humanidad.
Aunque teniendo en cuenta toda esa felicidad y alegría, era lo mejor que les podía pasar llegada esa situación. Eso, o que les clavaran una y otra vez un palo en un ojo.
Los Demonios no soportaban la idea de perder. Simplemente, no era una opción. Siete oportunidades no eran demasiadas, y el equipo visitante había ganado el cara o cruz metafísico, así que fueron ellos los que propusieron al quarterback que iba a dirigir a las siete «pelotas», por así decirlo.
Ah, sí… el quarterback. Como es lógico, la elección de esa posición clave fue motivo de una acalorada discusión. Al final, sin embargo, acabaron eligiendo a uno, uno en el que ambos bandos estuvieron de acuerdo. Uno con el que ambos entrenadores esperaban inclinar la balanza hacia sus valores y objetivos.
El pobre imbécil no sabía dónde se metía.
La cuestión era que, sin embargo, los Demonios no estaban dispuestos a poner una responsabilidad tan trascendental en manos de un humano. El libre albedrío era maleable, después de todo, y ésa era la base de todo el juego.
Así que decidieron sacar a un jugador al campo. Iba en contra de las normas, por supuesto, pero era implícito a su naturaleza. Y era algo que sus oponentes eran incapaces de hacer.
Ésa era la ventaja del equipo local: lo bueno de los Ángeles era que nunca meaban fuera del tiesto.
No les quedaba otro remedio.
Imbéciles.
Capítulo 1
Aquélla quiere algo contigo.
Jim Heron levantó la vista de su Budweiser. Al otro extremo del oscuro y abarrotado club, más allá de los cuerpos vestidos de negro y llenos de cadenas colgando, al otro lado del aire lleno de sexo y desesperación, divisó a la «aquella» en cuestión.
Había una mujer con un vestido azul de pie al lado de una de las escasas luces que había en el techo de La Máscara de Hierro, con un halo dorado flotando bajo su cabello castaño a lo Brooke Shields, su piel de marfil y su cuerpazo. Era una aparición, un toque de color que destacaba entre las sombrías candidatas neovictorianas adictas al Prozac, bella como una modelo, resplandeciente como una santa.
Y estaba mirándole a él, aunque él cuestionó la parte del interés: tenía los ojos hundidos, lo que hacía que pareciera que lo estaba analizando; el ansia que hizo que se le ralentizaran los pulmones podía ser producto, simplemente, de la forma del cráneo de ella.
¡Qué demonios!, tal vez ella sólo se estaba preguntando qué hacía él en el club. Qué hacían ambos.
—Te estoy diciendo que esa mujer quiere algo contigo, tío.
Jim levantó la vista hacia el señor Casamentero. Adrian Vogel era la razón por la que él había acabado allí, y La Máscara de Hierro era definitivamente el lugar perfecto para él: Ad iba vestido de negro de los pies a la cabeza y tenía piercings en sitios en los que la mayoría de la gente no querría ni ver acercarse una aguja.
—Qué va. —Jim le dio otro trago a su cerveza—. No soy su tipo.
—¿Tú crees?
—Sí.
—Eres idiota. —Adrian se pasó la mano por los negros rizos de su cabeza y éstos se pusieron en su sitio como si estuvieran bien entrenados. Dios, si no fuera porque trabajaba en la construcción y era un malhablado, te preguntarías si usaba laca de pelo para rociarse los alerones.
Eddie Blackhawk, el otro tío que estaba con ellos, sacudió la cabeza.
—Que no le interese no significa que sea idiota.
—Porque tú lo digas.
—Vive y deja vivir, Adrian. Es lo mejor para todos.
Recostado en el sofá de terciopelo, Eddie tenía más aspecto de motero que de gótico con sus tejanos y sus botas militares así que, igual que Jim, él también parecía fuera de lugar; aunque con la corpulencia que tenía el tío y aquellos extraños ojos de color marrón rojizo, era difícil imaginárselo encajando con alguien más que con una panda de aficionados a la lucha: incluso con aquella larga trenza con la que se recogía el pelo nadie se burlaba de él en la obra, ni siquiera aquellos techadores idiotas que eran unos botarates.
—Jim, parece que no eres muy hablador. —Adrian escudriñó la multitud, sin duda buscando una Vestido Azul para él. Después de fijarse en las bailarinas que se retorcían en las jaulas de hierro, se centró en la camarera que les atendía—. Y después de un mes trabajando contigo, sé que no es porque seas tonto.
—No tengo gran cosa que decir.
—Eso no tiene nada de malo —murmuró Eddie.
Ésa era probablemente la razón por la que Jim prefería a Eddie. Aquel hijoputa era otro de los miembros del Club de Hombres Parcos, un tío que nunca pronunciaba una palabra si un movimiento de cabeza o un gesto cumplían la misma función. Cómo se había hecho tan amigo de Adrian, que carecía de la posición de punto muerto en el cambio de marchas de su boca, era un misterio.
Cómo conseguía compartir piso con ese cabrón era algo inexplicable.
En fin. Jim no tenía intención alguna de descubrir los cómos, porqués y dóndes. No era nada personal. En realidad era del tipo de listillos cabezotas que podrían haber sido sus amigos en otro momento, en otro planeta, pero aquí y ahora, su mierda no le incumbía en absoluto y sólo había salido con ellos porque Adrian había amenazado con seguir insistiendo hasta que lo hiciera. Conclusión: Jim vivía la vida siguiendo el código de la no vinculación y esperaba que el resto del mundo lo dejara en paz dentro de su rutina de «soy una isla». Desde que había dejado el ejército había estado vagabundeando, y simplemente había acabado en Caldwell porque había decidido parar ya de conducir; tenía pensado volver a la carretera cuando finalizaran el proyecto en el que los tres estaban trabajando.
El caso era que, en lo que concernía a su antiguo jefe, era mejor continuar siendo un objetivo móvil. Nunca se sabía cuánto tiempo pasaría antes de que apareciera una «misión especial» y Jim fuera llamado a filas de nuevo.
Mientras finiquitaba su cerveza, pensó que le iba bien tener sólo su ropa, su camioneta y aquella Harley estropeada. Estaba claro que no eran demasiadas cosas que ofrecer para tener treinta y nueve años…
Mierda… La fecha.
Tenía cuarenta. Esa noche era su cumpleaños.
—A ver, cuéntame —dijo Adrian, inclinándose—. ¿Estás casado, Jim? ¿Por eso pasas de Vestido Azul? Venga ya, está buenísima.
—El físico no lo es todo.
—Sí, ya, pero está claro que tampoco hace daño.
La camarera se acercó y, mientras el resto pedía otra ronda, Jim le echó un vistazo a la mujer sobre la que estaban charlando.
Ella no apartó la mirada. No parpadeó. Se limitó a humedecer lentamente los labios rojos como si hubiera estado esperando a que él volviera a establecer contacto visual con ella.
Jim volvió a fijar la mirada en la Budweiser vacía y se movió en su sitio para cambiarse de posición, sintiéndose como si le hubieran metido brasas de carbón en los calzoncillos. Había pasado mucho tiempo desde la última vez. No se trataba de una época de escasez de lluvia, ni siquiera de sequía. Era más como el desierto del Sáhara.
Pues al parecer su cuerpo estaba listo para finalizar ese periodo en que lo único realmente activo había sido su mano izquierda.
—Deberías acercarte —dijo Adrian— y presentarte.
—Prefiero quedarme aquí.
—Lo que significa que puede que tenga que reconsiderar tu grado de inteligencia. —Adrian tamborileó con los dedos sobre la mesa y el pesado anillo de plata que llevaba resplandeció—. O al menos tu libido.
—Tú primero.
Adrian puso los ojos en blanco, claramente captando la idea de que no había ninguna posibilidad en lo que a Vestido Azul se refería.
—Vale, ya te dejo en paz.
El tío se recostó en el sofá para repanchingarse en él como lo estaba Eddie. Como era de esperar, no consiguió permanecer con la boca cerrada durante mucho tiempo.
—¿Os habéis enterado de lo del asesinato?
Jim frunció el ceño.
—¿Otro?
—Sí. Han encontrado un cadáver al lado del río.
—Suelen aparecer por ahí.
—¿En qué se está convirtiendo este mundo? —dijo Adrian, y se bebió de un trago lo que le quedaba de cerveza.
—Siempre ha sido así.
—¿Tú crees?
Jim se echó hacia atrás mientras la camarera plantaba las bebidas fresquitas delante de los chicos.
—No, lo sé.
Deinde, ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti…
Marie-Terese Boudreau levantó la vista hacia la ventana enrejada del confesionario. Al otro lado del panel, el rostro del sacerdote se veía de perfil y lleno de sombras, pero ella sabía quién era él. Y él sabía quién era ella.
Sabía perfectamente lo que ella hacía y por qué tenía que ir a confesarse, al menos, una vez a la semana.
—Puedes irte, hija mía. Cuídate.
Mientras cerraba el panel que había entre ambos, el pánico se le agarró al pecho. En esos momentos de silencio después de confesar sus pecados, el lugar degradante en el que había acabado quedaba al descubierto, las palabras que pronunciaba emitían una brillante luz sobre la horrible forma en que pasaba sus noches.
Las desagradables imágenes siempre tardaban un poco en desaparecer. Pero el sentimiento asfixiante que le producía el saber adónde se dirigía a continuación no hacía más que empeorarlo.
Recogió su rosario, puso las cuentas y los eslabones en el bolsillo del abrigo y recogió el bolso del suelo. Unos pasos fuera del confesionario la hicieron quedarse allí.
Tenía sus razones para querer pasar desapercibida, algunas de las cuales no tenían nada que ver con su «trabajo».
Cuando el ruido sordo de los tacones se hizo más débil, abrió la cortina de terciopelo rojo y se fue.
La catedral de San Patricio de Caldwell era más o menos como la mitad de la de Manhattan, pero aun así era lo suficientemente grande como para sobrecoger incluso a los fieles más indiferentes. Con sus arcos góticos que parecían alas de ángeles y un techo tan alto que parecía estar a sólo unos centímetros del cielo, se sintió a la vez indigna y agradecida de estar allí.
Y le encantaba el olor que había allí dentro. A cera de abejas, limón e incienso. Delicioso.
Mientras pasaba al lado de las capillas de los santos, iba entrando y saliendo del andamiaje que habían levantado para limpiar los mosaicos del triforio. Como siempre, las hileras de parpadeantes velas votivas y los tenues puntos de luz de las imágenes inmóviles la tranquilizaron, recordándole que había una paz eterna esperando al final de la vida.
Eso suponiendo que te dejaran cruzar las puertas del cielo.
Las puertas laterales de la catedral estaban cerradas a partir de las seis de la tarde y, como siempre, tuvo que salir por la entrada principal, algo que le parecía excesivo para ella. Aquellos paneles tallados eran mucho más apropiados para dar la bienvenida a los cientos de fieles que acudían a los servicios cada domingo… o para los invitados de bodas importantes… o para los fieles virtuosos.
No, ella era más una persona de las de puerta lateral.
Al menos, ahora lo era.
Justo cuando se estaba apoyando con todo su peso en la gruesa madera, oyó su nombre y miró por encima del hombro.
Allí no había nadie, al menos que ella viera. La catedral estaba vacía, ni siquiera había gente rezando en los bancos.
—¿Hola? —dijo, y su voz resonó—. ¿Padre?
No obtuvo respuesta, y un escalofrío le recorrió la espalda.
Con un rápido movimiento empujó su cuerpo contra la hoja izquierda de la puerta y salió a la fría noche de abril. Juntó las solapas de su abrigo de lana y se apresuró. Sus zapatos bajos hacían clip, clip, clip, al golpear los escalones de piedra y la acera, mientras se dirigía hacia el coche. Lo primero que hizo cuando estuvo dentro fue poner el seguro de todas las puertas.
Jadeando, echó un vistazo a su alrededor. Las sombras serpenteaban en el suelo bajo los árboles sin hojas, y la luna se podía entrever tras las nubes vagabundas. La gente se movía en las ventanas de las casas al otro lado de la iglesia. Un coche familiar pasó lentamente.
No había ningún acosador, ningún hombre con pasamontañas negro, ningún agresor al acecho. Nadie.
Intentando controlarse, consiguió poner en marcha su Toyota y se aferró con fuerza al volante.
Después de echar un vistazo a los espejos, salió con cuidado a la calle y se internó en el centro de la ciudad. Por el camino, las luces de las farolas y de otros coches le iluminaban la cara e inundaban el interior del Camry, dejando ver la bolsa negra de lona que estaba sobre el asiento del acompañante. Dentro estaba el horrible uniforme que pensaba quemar en cuanto saliera de aquella pesadilla, junto con todo lo que se había tenido que poner sobre el cuerpo cada noche durante el último año.
La Máscara de Hierro era el segundo lugar donde ella había «trabajado». El primero había saltado por los aires hacía cuatro meses. Literalmente.
No se podía creer que siguiera aún en el negocio. Cada vez que hacía la bolsa se sentía como si volviera a estar inmersa en una pesadilla, y no estaba segura de si las confesiones en San Patricio mejoraban o empeoraban la situación.
A veces tenía la sensación de que todo aquello sólo servía para remover la mierda que era mejor que siguiera enterrada, pero la necesidad de perdón era demasiado imperiosa como para resistirse.
Giró en la calle Trade y desfiló por delante de la concentración de clubes, bares y estudios de tatuaje que formaban Caldie Strip. La Máscara de Hierro estaba hacia el final y, como el resto, estaba a reventar todas las noches con su perpetua cola de aspirantes a zombis. Se metió por un callejón, dio un salto sobre el bache al lado de los contenedores y desembocó en el aparcamiento.
El Camry encajó perfectamente en un sitio que había al lado de la pared de ladrillo en el que se leía SÓLO PARA EMPLEADOS.
Trez Latimer, el dueño del club, insistía en que todas las mujeres que trabajaban para él usaran los espacios reservados que estaban más cerca de la puerta trasera. Era tan bueno como el reverendo en lo que a cuidar a sus empleados se refería, y todos se lo agradecían. Había una zona sórdida en Caldwell, y La Máscara de Hierro estaba justo en el meollo.
Marie-Terese salió del coche con su bolsa de lona y levantó la vista. Las brillantes luces de la ciudad eclipsaban las pocas estrellas que parpadeaban alrededor de las nubes irregulares, y el cielo parecía estar aún más lejos de lo que estaba.
Cerró los ojos y respiró profundamente unas cuantas veces aferrándose al cuello del abrigo. Una vez dentro del club, estaría en el cuerpo y en la mente de otra persona. De alguien a quien no conocía y que no querría recordar en un futuro. Alguien que le daba asco. Alguien a quien despreciaba.
Última respiración.
Justo antes de abrir los párpados, el pánico volvió a aflorar, haciendo que el sudor sustituyera al frío bajo su ropa y sobre su frente. Con el corazón palpitando como si estuviera huyendo de un atracador, se preguntó cuántas noches más como ésta le quedarían. La ansiedad parecía empeorar cada semana, era como una avalancha que aceleraba, que la arrollaba, cubriéndola con un peso helado.
Pero no podía dejarlo. Aún estaba pagando sus deudas… Algunas financieras y otras que le parecían existenciales. Hasta que volviera a estar en el punto de partida, necesitaba quedarse donde no quería estar.
Y además, se dijo a sí misma que no quería dejar de sentir esa horrible ansiedad. Significaba que no había sucumbido completamente a las circunstancias y que, al menos, una parte de su verdadero yo seguía vivo.
No por mucho tiempo, puntualizó una vocecilla.
La puerta trasera del club se abrió y una voz con fuerte acento pronunció su nombre de la manera más hermosa posible.
—¿Estás bien, Marie-Terese?
Ella abrió de golpe los ojos, se puso la máscara y se dirigió con calma deliberada hacia su jefe. Sin duda, Trez la había visto por una de las cámaras de seguridad; Dios sabía que estaban por todas partes.
—Estoy bien, Trez, gracias.
Él le abrió la puerta y, mientras entraba, sus ojos negros la analizaron. Con una piel del color del café, un rostro que parecía etíope por la suavidad de su estructura ósea y unos labios perfectamente simétricos, Trez Latimer era muy guapo. Aunque para ella lo más atractivo de él eran sus modales. El tío había hecho de la galantería toda una ciencia.
Aunque era mejor no llevarle la contraria.
—Haces lo mismo todas las noches —le dijo mientras cerraba la puerta tras ellos y echaba el cerrojo—. Te quedas de pie al lado del coche y miras al cielo. Todas las noches.
—¿Sí?
—¿Te preocupa alguien?
—No, pero si así fuera, te lo contaría.
—¿Te preocupa algo?
—No. Estoy bien.
Trez no parecía convencido mientras la escoltaba hasta el vestuario de las chicas y la dejaba en la puerta.
—Recuerda, estoy disponible veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año. Puedes hablar conmigo cuando quieras.
—Lo sé. Y te lo agradezco.
Él se llevó la mano al corazón e hizo una pequeña reverencia.
—De nada. Cuídate.
El vestuario tenía las paredes recubiertas de taquillas metálicas alargadas y lo atravesaban bancos atornillados al suelo. Contra la pared del fondo, ante un espejo de corista con luces había un tocador de dos metros de largo lleno de maquillaje, y había pelucas, ropa minúscula y zapatos de tacón de aguja por todas partes. El aire olía a sudor femenino y a champú.
Como siempre, tenía el sitio para ella sola. Era siempre la última en llegar y la primera en irse, y ahora que estaba en modo trabajo no había vacilaciones ni interrupciones en la rutina.
El abrigo dentro del armario. Lo primero, zapatos de calle fuera. Quitarse la goma del pelo de la cola de caballo. Abrir la bolsa de lona de un tirón.
Los vaqueros, el jersey blanco de cuello vuelto y el forro polar azul marino fueron sustituidos por un conjunto que no se pondría en Halloween ni muerta: una falda microscópica de lycra, una camiseta de cuello halter que le llegaba por debajo de las costillas, medias con la parte superior de encaje y unos tacones de putón verbenero que le oprimían los dedos de los pies.
Todo negro. El negro era el color oficial de La Máscara de Hierro y también lo era del anterior club.
Nunca se vestía de negro cuando no estaba trabajando. Cuando llevaba un mes en esa pesadilla, había tirado toda la ropa que tenía que tuviera algo negro, hasta el punto que había tenido que salir a comprar algo que ponerse en el último funeral al que había asistido.
Ante el espejo iluminado, pulverizó sus cinco toneladas de pelo negro con laca y luego se abrió paso entre las paletas de sombras de ojos y colorete para elegir colores oscuros y brillantes, que eran casi tan inocentes como el desplegable central de Penthouse. Rápidamente, se pintó la raya del ojo a lo Ozzy Osbourne y se puso unas pestañas postizas.
Lo último que hizo fue sacar del bolso una barra de labios. Nunca compartía las barras de labios con las otras chicas. Supervisaban todo minuciosamente cada mes, pero no quería arriesgarse: tal vez ella controlase lo que hacía y fuera escrupulosa al máximo en lo que a seguridad se refería. Pero tal vez las otras chicas tenían unos parámetros diferentes.
El brillo rojo sabía a fresa de plástico, pero la barra de labios era fundamental. Nada de besos. Nunca. La mayoría de los hombres lo sabía, pero con una capa de carmín ponía punto final a cualquier debate: ninguno de ellos quería que sus mujeres o novias supieran qué habían estado haciendo en la «noche de chicos».
Evitando mirar su reflejo, Marie-Terese le dio la espalda al espejo y se dirigió hacia fuera para enfrentarse al ruido, a la gente y al trabajo. Mientras recorría el largo y lúgubre pasillo hasta el club propiamente dicho, la base de la música se iba oyendo cada vez más alta, al igual que el sonido de su corazón, que le golpeaba en los oídos.
Tal vez eran una sola cosa.
Al final del pasillo el club se desplegó ante ella, con sus paredes de color púrpura oscuro, el suelo negro y el techo rojo tan escasamente iluminado que era como entrar en una cueva. El ambiente era sexualmente desinhibido, con mujeres bailando en jaulas de hierro forjado, cuerpos moviéndose de dos en dos o de tres en tres y música erótica y psicodélica que inundaba el aire denso.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, analizó a los hombres aplicando unos baremos que le gustaría no haber adquirido nunca.
No adivinabas si serían posibles clientes por la ropa que llevaban, ni por con quién estaban ni por si llevaban alianza. Ni siquiera se trataba de cómo te miraban, porque todos los hombres te hacían un barrido de arriba abajo. En lo que se diferenciaban los posibles clientes era en que se te quedaban mirando con algo más que avaricia: mientras recorrían tu cuerpo con la mirada, el acto ya estaba hecho, en lo que a ellos se refería.
A ella, sin embargo, no le molestaba. Ningún hombre le podía hacer nada peor de lo que le habían hecho ya.
Y había dos cosas que tenía claras: las tres de la mañana llegaban tarde o temprano. Y al igual que su turno, esta fase de su vida no iba a durar eternamente.
En sus momentos más lúcidos y menos depresivos, se decía a sí misma que esta mala racha era algo que iba a superar y de lo que iba a salir, como si su vida tuviera la gripe: aunque era difícil tener fe en el futuro, debía confiar en que un día se levantaría, miraría hacia el sol y descubriría que la enfermedad había desaparecido y que la salud había vuelto.
Eso suponiendo que se tratara sólo de la gripe. Si por lo que estaba pasando era algo más parecido a un cáncer… Entonces tal vez una parte de ella se había ido para siempre, perdiéndose por culpa de la enfermedad.
Marie-Terese desconectó el cerebro y avanzó entre la multitud. Nadie había dicho nunca que la vida fuera divertida o fácil o incluso justa, y a veces hacías cosas para sobrevivir que resultaban total y absolutamente incomprensibles para la parte más familiar de tu cerebro.
Pero en la vida no existían los atajos, y tenías que pagar por tus errores.
Siempre.
Capítulo 2
Joyería Marcus Reinhardt, desde 1893, ponía en el elegante edificio de ladrillo en el centro de Caldwell desde que habían puesto los cimientos de sus gruesas paredes rojas. La empresa había cambiado de manos durante la Depresión, pero el ethos del negocio había continuado siendo el mismo y perduraba en la era de Internet: importantes joyas de lujo vendidas a precios competitivos y con un servicio personal incomparable.
—El vino de hielo se está enfriando en el reservado, señor.
—Excelente. Ya casi es la hora —James Richard Jameson, bisnieto del hombre que le había comprado el negocio al señor Reinhardt, se enderezó la corbata ante uno de los expositores con espejos.
Satisfecho con su aspecto, se giró para pasar revista a los tres miembros del personal que había elegido para que se quedaran hasta más tarde. Todos vestían trajes negros y corbatas club deportivas de William and Terrence de rayas doradas y negras con el logotipo de la tienda grabado, y Janice llevaba un collar de oro y ónice de los años cincuenta. Perfecto. Su gente era tan elegante y discreta como el resto de la tienda, y cualquiera de ellos era capaz de mantener una conversación en inglés o en francés.
Por lo que Reinhardt ofrecía, los clientes eran capaces de subir desde Manhattan o de bajar desde Montreal, y venir desde el norte o desde el sur; el viaje siempre merecía la pena. Miraras adonde miraras veías destellos centelleantes, una galaxia resultante de la cosecha que habían sembrado, y los ángulos de la iluminación directa y de la disposición de las vitrinas de cristal estaban estratégicamente pensados para minimizar la diferencia entre querer y necesitar.
Justo antes de que el reloj de pie situado al lado de la puerta diera las diez, James se precipitó hacia una puerta corredera, sacó rápidamente una Oreck y pasó la aspiradora sobre las pisadas que había en la antigua alfombra oriental. De vuelta al armario de las escobas, se dio la vuelta para comprobar que todo estaba perfecto.
—Creo que ya está aquí —dijo William desde al lado de una de las ventanas enrejadas.
—Dios mío —murmuró Janice inclinándose hacia su compañero—. Desde luego, es él.
James deslizó la aspiradora fuera de la vista y volvió a abrocharse la chaqueta del traje. El corazón le saltaba en el pecho latiendo aceleradamente, pero su apariencia era tranquila mientras caminaba talón-punta, talón-punta para mirar hacia la calle.
Los clientes normales eran bienvenidos en la tienda de diez de la mañana a seis de la tarde, de lunes a domingo.
Los clientes preferentes eran recibidos en privado después del cierre. Cualquier día y a cualquier hora que les viniera bien.
El caballero que se bajó del BMW M6 estaba claramente en el territorio de los clientes preferentes: traje de corte europeo, nada de abrigo a pesar del frío, complexión de deportista, cara de asesino. Se trataba de un hombre muy listo y poderoso que, probablemente, escondía algo turbio, pero en Marcus Reinhardt no se discriminaba el dinero ni de la Mafia ni de la droga. El negocio de James era vender, no juzgar, así que, para él, el hombre que llamaba a su puerta era un dechado de virtudes sobre un par de mocasines de Bally.
James quitó el cerrojo y le abrió la puerta antes de que tocara el timbre.
—Buenas noches, señor DiPietro.
Su apretón de manos era firme y breve; su voz, profunda y cortante; sus ojos, fríos y grises.
—¿Preparados?
—Sí —James titubeó—. ¿Se unirá a nosotros su prometida?
—No.
James cerró la puerta y le indicó el camino hacia la trastienda, ignorando deliberadamente la manera en que Janice clavaba los ojos en el hombre.
—¿Podemos ofrecerle algo de beber?
—Puede empezar a enseñarme diamantes, ¿qué le parece?
—Como desee.
La sala privada de ventas tenía óleos en las paredes, una gran mesa antigua y cuatro sillas de oro. Había también un microscopio, un tapete negro de terciopelo para mostrar las piezas, el vino de hielo frío y dos copas de cristal. James hizo una señal con la cabeza a sus empleados y Terrence se adelantó para llevarse la cubitera de plata mientras Janice retiraba los cálices, un poco nerviosa. William permanecía en la puerta, preparado para cualquier cosa que se les ofreciera.
El señor DiPietro tomó asiento y puso las manos sobre la mesa. Un reloj Chopard de platino centelleó bajo el puño de su camisa. Aquellos ojos, del mismo color que el reloj, no miraban a James a los ojos, sino a la parte trasera de su cráneo.
James se aclaró la garganta mientras se sentaba enfrente del hombre.
—Conforme a nuestra conversación, he elegido una selección de piedras de nuestra colección, además de una serie de diamantes que vienen directamente de Amberes.
James sacó una llave de oro y la insertó en el cajón superior de la mesa. Cuando trataba con un cliente que aún tenía que ver las piezas o hacer una compra, como ahora, hacía una llamada para saber si era de los que querían ver las opciones de mayor calidad que se podían permitir o ir directamente a las piezas más caras.
Estaba claro en qué categoría encajaba el señor DiPietro.
Había diez anillos en la bandeja que James puso sobre el tapete, todos habían sido limpiados con vapor para la presentación. El que sacó de la manta de terciopelo negro no era el mayor, aunque sólo por una fracción de quilate. Sin embargo, era el mejor con diferencia.
—Siete coma siete quilates y corte de esmeralda, color D, interior perfecto. Tengo los certificados GIA y EGL por si los quiere examinar.
James se quedó en silencio mientras el señor DiPietro cogía el anillo y se inclinaba para examinarlo. No tenía sentido mencionar que el pulido y la simetría de la piedra eran excepcionales o que el engarce de platino había sido hecho a mano para el diamante o que era el tipo de artículo que raras veces salía al mercado. Los reflejos de fuego y luz hablaban por sí mismos, los destellos se irradiaban hacia arriba tan brillantes que no quedaba más remedio que preguntarse si la piedra no sería mágica.
—¿Cuánto? —preguntó el señor DiPietro.
James puso los certificados sobre la mesa.
—Dos millones trescientos mil.
Con hombres como el señor DiPietro, cuanto más caro mejor, aunque la verdad es que era un buen trato. Para que Reinhardt continuara en el negocio tenía que equilibrar el volumen y el margen: demasiado margen, volumen insuficiente. Además, siempre y cuando el señor DiPietro se librara de la cárcel o de la bancarrota, era el tipo de hombre con el que a James le interesaba mantener una larga relación.
El señor DiPietro le devolvió el anillo y examinó los documentos.
—Hábleme de los otros.
James se tragó su sorpresa.
—Por supuesto. Sí, por supuesto.
Empezó de derecha a izquierda por la bandeja y describió los atributos de cada anillo, mientras se preguntaba si había malinterpretado a su cliente. También le pidió a Terrence que le trajera seis más, todos de más de cinco quilates.
Una hora después, el señor DiPietro se recostó en la silla. El hombre no había aumentado ni disminuido su atención y no había habido ninguna rápida consulta a su BlackBerry ni ninguna broma para romper la tensión. Ni siquiera le había echado un vistazo a Janice, que era preciosa.
Concentración total y absoluta.
James no pudo evitar imaginarse a la mujer cuyo dedo luciría el anillo. Debía de ser guapa, naturalmente, pero también muy independiente y no demasiado sensible. Normalmente, hasta al hombre más lógico y con más éxito le brillaban los ojos cuando compraba un anillo como ésos para su mujer. Ya fuera por la emoción de sorprenderla con algo excesivo o por el orgullo de poder permitirse algo que sólo el 0,1% de la población podía, los hombres solían mostrar cierta emoción.
El señor DiPietro era tan frío y duro como las piedras que contemplaba.
—¿Hay algo más que pueda enseñarle? —dijo James, desalentado—. ¿Tal vez unos rubíes o unos zafiros?
El cliente metió la mano dentro de la chaqueta y sacó una delgada billetera negra.
—Me llevaré el primero que me enseñó por dos millones redondos.
Mientras James parpadeaba, el señor DiPietro puso una tarjeta de crédito sobre la mesa.
—Si le voy a dar mi dinero, quiero que se lo gane. Y me hará un descuento por la piedra, porque su negocio necesita clientes habituales como yo.
James se tomó un momento para asumir el hecho de que, finalmente, cabía la posibilidad de que se llevara a cabo una transacción.
—Yo… Admiro su perspicacia, pero el precio son dos millones trescientos mil.
El señor DiPietro le dio unos golpecitos a la tarjeta.
—Es de débito. Dos millones. Ahora mismo.
James hizo rápidamente algunos cálculos mentales. A ese precio todavía le ganaba unos trescientos cincuenta mil a la pieza.
—Creo que puedo hacerlo —dijo.
El señor DiPietro no pareció sorprendido.
—Muy inteligente por su parte.
—¿Y la talla? ¿Sabe qué talla tiene su…?
—Los siete coma siete quilates es la única talla que le va a importar. Ya nos ocuparemos del resto.
—Como desee.
James solía hacer que sus empleados se ocuparan de los clientes mientras él metía la compra en su caja e imprimía la tasación para el seguro. Aquella noche, sin embargo, les hizo un gesto negativo con la cabeza mientras DiPietro cogía un teléfono móvil y empezaba a marcar un número.
Mientras James trabajaba en la oficina de la parte trasera, oyó al señor DiPietro hablar por teléfono. Su tono no era incitador ni sugerente.
—Cariño, tengo algo para ti. Voy ahora a verte.
No, el señor DiPietro no estaba llamando a su futura prometida, sino a alguien llamado Tom por un asunto de unos terrenos.
James pasó la tarjeta. Mientras esperaba la autorización, volvió a limpiar de nuevo el anillo con vapor, comprobando de vez en cuando la pantalla digital verde del lector de tarjetas. Cuando le pidió que llamara directamente al servicio de atención veinticuatro horas del banco no le sorprendió, dado el importe de la compra, y tan pronto como se puso en contacto con ellos, el comercial le pidió que le pasara al señor DiPietro.
Transfirió la llamada al teléfono de la mesa de la sala de compras y asomó la cabeza por la puerta.
—Señor DiPietro…
—¿Quieren hablar conmigo? —El hombre extendió la mano derecha mostrando aquel reloj y descolgó el auricular. Antes de que James pudiera acudir para responder la llamada en espera, el propio señor DiPietro contestó y empezó a hablar.
—Sí. Sí, soy yo. Sí. Sí. El apellido de soltera de mi madre es O’Brian. Sí. Gracias. —Levantó la vista hacia James mientras volvía a poner la llamada en espera y el teléfono de nuevo en su sitio—. Le van a dar un código de autorización.
James se inclinó y regresó a la oficina trasera. Cuando volvió a aparecer, llevaba una elegante bolsa roja con asas de seda y un sobre con el recibo dentro.
—Esperamos que vuelva a visitarnos si podemos serle útiles.
El señor DiPietro cogió lo que ahora era suyo.
—Sólo tengo intención de comprometerme una vez, pero habrá aniversarios. Muchos.
Los empleados se retiraron para dejarle paso, y James tuvo que apresurarse para abrir la puerta de la tienda antes de que el señor DiPietro llegara hasta ella. Cuando el hombre se fue tranquilamente, James volvió a echar la llave y miró por la ventana.
Su coche resultó magnífico al arrancar, con el motor rugiendo y las brillantes luces de las farolas reflejadas sobre la pintura negra, tan brillantes como si se tratara de charcos de agua.
Cuando James se dio la vuelta, sorprendió a Janice inclinada sobre otra ventana, con los ojos entrecerrados. Estaba claro que ella no se estaba fijando en el coche, como él, sino en el conductor.
Era extraño que lo que no podías tener siempre pareciera tener más valor que lo que tenías, tal vez por eso DiPietro era tan distante: podía permitirse todo lo que le habían enseñado, así que para él aquella transacción era como para un ciudadano medio comprarse un periódico o una lata de Coca-Cola.
No había nada que las personas verdaderamente ricas no pudieran tener, y qué afortunados eran.
—No os ofendáis, pero creo que me voy a largar.
Jim dejó el casco de la cerveza y cogió su cazadora de cuero. Ya se había tomado sus dos Budweiser, con una más daría positivo, así que era hora de retirarse.
—No me puedo creer que te vayas a ir solo —dijo Adrian arrastrando las palabras, mientras sus ojos se posaban en Vestido Azul.
Ella seguía de pie bajo aquella luz del techo. Y seguía mirando. Y seguía impresionante.
—Solo como un perro.
—Pocos hombres tienen tu autocontrol. —Adrian sonrió y el aro de su labio superior centelleó—. La verdad es que es bastante admirable.
—Sí, soy un santo, vale.
—Bueno, pues conduce con cuidado para poder seguir sacándole brillo a esa aureola. Nos vemos mañana en la obra.
Tras una ronda de apretones de manos, Jim se abrió camino entre la multitud. Mientras se iba, sentía las miradas de aquellos individuos vestidos de negro con cadenas y collares de pinchos, probablemente como les pasaba a aquellos góticos cuando iban a algún centro comercial: «¿Qué coño estás haciendo aquí?».
Supuso que los Levi’s y la camisa limpia de franela herían su sensibilidad de cuero y encaje.
Jim eligió un camino que lo mantuviera alejado de Vestido Azul y, una vez fuera, respiró hondo, como si hubiera pasado algún tipo de examen. El aire frío no le proporcionó el alivio que ansiaba, sin embargo, y mientras se dirigía al aparcamiento trasero, metió la mano dentro del bolsillo de la camisa.
Había dejado de fumar y un año después aún seguía buscando su paquete de Marlboro. Esa maldita costumbre era como sentir dolor en un miembro amputado.
Mientras doblaba la esquina y entraba en el aparcamiento, pasó por delante de una hilera de coches que estaban aparcados con el morro hacia el edificio. Todos ellos estaban sucios, con los laterales llenos de sal para carreteras y de mugre de nieve blanca que llevaba allí meses. Su camioneta, que estaba bajando al final de la tercera fila, estaba exactamente igual.
Miró a derecha e izquierda mientras iba hacia ella. Aquella era una zona mala de la ciudad y, si lo iban a asaltar, quería verlo venir. No es que le preocupara una buena pelea. Se había metido en muchas cuando era más joven y luego lo habían entrenado apropiadamente en el ejército. Además, gracias a su trabajo estaba fuerte como una roca. Pero siempre era mejor…
Se detuvo cuando un destello dorado parpadeó desde el suelo.
Se agachó, recogió un delgado anillo de oro, no, era un pendiente de aro, una de aquellas cosas que encajaban en sí mismas. Limpió la mugre y echó un vistazo a los coches. Se le podía haber caído a cualquiera y no era muy caro.
—¿Por qué te vas sin mí?
Jim se quedó helado.
Mierda, su voz era tan sexy como el resto de ella.
Se irguió por completo, se giró sobre sus botas de trabajo y miró al otro lado de los maleteros de los coches. Vestido Azul estaba a unos diez metros de él, de pie bajo una luz de emergencia que le hizo preguntarse si siempre elegía puntos de luz que la iluminaran.
—Hace frío —dijo él—. Deberías volver dentro.
—No soy friolera.
De eso no cabía duda. Caliente como el demonio era el adjetivo más apropiado.
—Bueno… Me voy.
—¿Solo? —Se acercó abriéndose camino a través del asfalto desigual con sus tacones.
Cuanto más se acercaba, más guapa parecía. Mierda, sus labios, de color rojo oscuro y ligeramente entreabiertos estaban hechos para el sexo. Y ese pelo… Lo único en lo que podía pensar era en abalanzarse sobre su pecho desnudo y sus muslos.
Jim se metió las manos en los bolsillos de los pantalones. Era mucho más alto que ella, pero su forma de andar tenía el efecto de un golpe bajo en el plexo solar que lo inmovilizaba con pensamientos calientes y gráficos planes: mientras observaba su pálida y fina piel, se preguntó si sería tan suave como parecía. Deseaba con todas sus fuerzas saber qué había bajo aquel vestido. Se preguntaba cómo sería sentirla bajo su cuerpo desnudo.
Cuando se detuvo ante él, tuvo que inspirar profundamente.
—¿Dónde está tu coche? —preguntó.
—Es una camioneta.
—¿Dónde está?
En ese momento una brisa fresca vino del callejón y ella se estremeció ligeramente, a la vez que elevaba sus delgados y preciosos brazos para envolverse en un abrazo. Sus oscuros ojos, que habían sido seductores en el club, se volvieron de repente suplicantes… e hicieron casi imposible rechazarla.
¿Iba a hacer eso? ¿Iba a caer en la cálida trampa de una mujer, aunque sólo fuera por un breve instante?
Los barrió otra ráfaga de aire y ella golpeó el suelo con uno de sus tacones de aguja, y luego con el otro.
Jim se quitó su cazadora de cuero y redujo la distancia entre ellos. Mientras se miraban a los ojos, la cubrió con lo que él había estado utilizando de abrigo.
—Estoy allí.
Ella lo cogió de la mano. Él le mostró el camino.
Los Ford F-150 no eran precisamente los mejores del mundo para follar, pero había espacio suficiente si lo necesitabas y, para qué nos vamos a engañar, era lo único que podía ofrecer. Jim le ayudó a subir y luego dio la vuelta y se sentó detrás del volante. Arrancó inmediatamente y cerró la ventilación hasta que el chorro de aire gélido se calentara.
Ella se deslizó por el asiento hacia él, con los pechos sobresaliéndole por los estrechos ribetes de su vestido a medida que se acercaba.
—Eres muy amable.
Amable no era precisamente como él se definiría. Sobre todo no en ese momento, dado lo que tenía en mente.
—No me gusta que una dama pase frío.
Jim la recorrió con la mirada. Estaba acurrucada en su destrozada cazadora de cuero, con la cabeza inclinada y el pelo cayéndole sobre el hombro y enroscándose en su escote. Tal vez se las diera de seductora, pero en realidad era una buena chica que se había metido en algo que le venía grande.
—¿Te apetece hablar? —dijo él, porque ella merecía algo mejor que lo que él quería de ella.
—No —dijo negando con la cabeza—. No, quiero hacer… algo.
Muy bien, Jim definitivamente no era un tipo amable. Era un hombre que estaba a un palmo de distancia de una mujer guapa, y aunque le daba la sensación de que ella era una persona vulnerable, jugar a los terapeutas con ella no era el tipo de situación horizontal que él perseguía.
Levantó la mirada y pudo apreciar una tristeza de huérfana en sus ojos.
—Por favor… ¿me puedes besar?
Jim se contuvo, su expresión le hizo echar el freno y algo más.
—¿Estás segura de esto?
Ella se echó el cabello sobre el hombro y lo colocó detrás de la oreja. Al asentir, el diamante del tamaño de una moneda de diez centavos que llevaba en el lóbulo brilló.
—Sí… mucho. Bésame.
Ella mantuvo su mirada en lugar de mirar hacia otro lado y Jim se inclinó, sintiéndose atrapado y sin importarle lo más mínimo.
—Iré despacio.
Dios…
Sus labios eran tan suaves como se los había imaginado, y él le acarició delicadamente la boca con la suya, con miedo a romperla. Ella era dulce, cálida, y confió en que él marcara un ritmo cuidadoso, recibiendo su lengua dentro de ella y luego echándose hacia atrás para que la palma de la mano de él pudiera bajar con facilidad desde su cara hasta su escote… y hasta su pecho.
Lo que cambio el ritmo de las cosas.
De repente, ella se sentó y se quitó su cazadora.
—La cremallera está en la espalda.
Sus ásperas manos de obrero la encontraron rápidamente, y le dio miedo estropear el vestido azul mientras la bajaba. Y luego dejó de pensar mientras le quitaba la parte de arriba, descubriendo sus pechos y dejando ver un sujetador de seda y encaje que probablemente costaba tanto como su camioneta.
A través del fino tejido se apreciaban sus pezones erectos, y en las sombras emitidas por la tenue luz del salpicadero, eran un espectacular festín para un hambriento.
—Mis pechos son de verdad —dijo suavemente—. Él quería que me pusiera implantes, pero yo… yo no quiero.
Jim frunció el ceño, pensando que cualquier cerdo gilipollas al que se le hubiera ocurrido eso merecía que lo operaran de la vista… con una llave de tuercas.
—No lo hagas. Eres preciosa.
—¿En serio? —le tembló la voz.
—De verdad.
Su tímida sonrisa lo conmovió, se le clavó en el pecho, en lo más hondo. Sabía demasiado sobre el lado desagradable de la vida, había vivido esa clase de cosas que podían hacer que un solo día pareciera un mes, y no le deseaba nada de eso. Sin embargo, al parecer, ella ya había pasado por muchas de ellas.
Jim se inclinó hacia delante y puso la calefacción para que ella entrara en calor.
Cuando se volvió a recostar, ella se separó una de las copas del sujetador y se sujetó un pecho con la mano, ofreciéndole el pezón.
—Eres increíble —susurró él.
Jim se inclinó y tomó la carne con sus labios, lamiéndola suavemente. Mientras ella jadeaba y metía las manos en su pelo, el pecho acogía su boca y tuvo un momento de pura lujuria, de esos que transforman a los hombres en animales.
Pero entonces recordó la manera en que lo había mirado, y supo que no iba a acostarse con ella. Iba a cuidar de ella, allí, en la cabina de la camioneta, con la calefacción encendida y las ventanas empañadas. Le iba a demostrar lo bonita que era y lo perfectas que eran las formas de su cuerpo y su tacto y… su sabor. Pero no le iba a arrebatar nada.
Demonios, tal vez no era tan malo.
«¿Estás seguro de ello? —lo interrumpió su voz interior—. Estás realmente seguro de ello?».
No, no lo estaba. Pero Jim la tumbó en el asiento, enroscó su cazadora de cuero para convertirla en una almohada para su cabeza y juró hacer lo correcto.
Joder… ella era preciosa a rabiar, un pájaro perdido, exótico, que había encontrado un gallinero para refugiarse. ¿Por qué entre todas las personas de este santo mundo lo habría elegido a él?
—Bésame —susurró ella.
Mientras sujetaba su peso sobre sus fuertes brazos para inclinarse sobre ella, pudo ver el reloj digital del salpicadero: 11.59. Exactamente la hora en la que había nacido hacía cuarenta años.
Qué cumpleaños tan feliz había resultado ser.
Capítulo 3
Vin DiPietro estaba sentado en un sofá tapizado de seda en un salón decorado en dorado, rojo y color crema. Los suelos de mármol negro estaban cubiertos de alfombras antiguas, las librerías estaban llenas de primeras ediciones y su colección de estatuas de cristal, ébano y bronce relucía.
Pero lo más espectacular era la vista que había de la ciudad a la derecha.
Gracias a una pared de cristal que recorría la sala a todo lo largo, los puentes gemelos de Caldwell y todos sus rascacielos formaban parte de la decoración tanto como las cortinas, las alfombras y las obras de arte. El panorama que se extendía ante la vista era el esplendor urbano en su máxima expresión, un paisaje vasto y titilante que nunca era igual, aunque los edificios no cambiaban.
El dúplex de Vin en el Commodore ocupaba enteros los pisos veintiocho y veintinueve del rascacielos de lujo, y medía en total novecientos metros cuadrados. Tenía seis dormitorios, un apartamento para la sirvienta, gimnasio y cine. Ocho baños. Cuatro plazas de garaje en el aparcamiento subterráneo. Y dentro era todo exactamente como él había querido: cada baldosa de mármol, cada bloque de granito, cada metro de tela, cada plancha de madera noble, cada centímetro de alfombra; todo ello había sido seleccionado personalmente por él entre lo mejor de lo mejor.
E iba a mudarse.
Tal y como iba la cosa, calculaba que podría entregarle las llaves al nuevo propietario en otros cuatro meses. Tal vez en tres, dependiendo de lo rápido que fueran las cuadrillas en la obra.
Si aquella vivienda ya estaba bien, la que Vin estaba construyendo a orillas del río Hudson iba a hacer que el dúplex pareciera un piso de protección oficial. Había tenido que hacerse con media docena de refugios y terrenos de caza para conseguir la extensión y la cantidad de ribera que quería, pero al final todo se había solucionado. Había derribado las casuchas, desbrozado el terreno y cavado el hueco para una bodega lo suficientemente grande como para jugar al fútbol dentro. La cuadrilla estaba ahora con el armazón y trabajando en el tejado; luego su escuadrón de electricistas instalaría el sistema nervioso central de la casa y sus fontaneros pondrían las arterias. Finalmente, le llegaría el turno a toda esa mierda de los detalles: encimeras y alicatados, electrodomésticos y acabados, y decoradores.
Todo estaba encajando a la perfección, como por arte de magia. Y no sólo en lo que se refería al lugar donde iba a vivir.
Delante de él, sobre la superficie de cristal de la mesa, estaba la caja de terciopelo de Reinhardt.
Mientras el reloj de pie daba las doce de la noche, Vin se recostó sobre los cojines del sofá y cruzó las piernas. No era ningún romántico, nunca lo había sido y Devina tampoco lo era, y ésa era sólo una de las razones por las que encajaban a la perfección. Ella le dejaba su espacio, se mantenía ocupada y siempre estaba dispuesta a meterse en un avión cuando él necesitaba que lo hiciera. Y no quería tener hijos, lo que era una enorme ventaja.
Eso sí que no. Pecados de los padres, y todo eso.
Él y Devina no se conocían desde hacía tanto tiempo, pero cuando algo iba bien, iba bien. Era como comprar tierras para la construcción. Simplemente sabías al mirar el terreno que ahí era donde necesitabas que estuviera el edificio.
Mientras observaba la ciudad allá fuera desde una percha mucho más alta que la de mucha gente, pensó en la casa en la que había crecido. Entonces la única vista que tenía era la de la pequeña construcción cutre de al lado de dos plantas y se había pasado muchas noches intentando ver más allá de donde estaba. Con el estruendo de las peleas de alcohólicos de sus padres de fondo, lo único que quería era escapar. Escapar de sus padres. Escapar de aquel patético barrio de clase media baja. Escapar de sí mismo y de lo que lo separaba del resto del mundo. Y contra todo pronóstico, eso fue exactamente lo que sucedió.
Prefería infinitamente esta vida, este paisaje. Había sacrificado muchas cosas para llegar aquí, pero la suerte siempre había estado de su parte, como por arte de magia.
Cuanto más duro trabajaba, más suerte tenía. Y que todos y todo se fueran al infierno, porque así era como pensaba quedarse.
Cuando Vin volvió a mirar el reloj, habían pasado cuarenta y cinco minutos. Y luego media hora más.
Justo cuando se estaba inclinando hacia delante para coger la caja de terciopelo, el clic y el cerrojo de la puerta principal lo devolvieron a la realidad. Allá en el vestíbulo, los tacones de aguja repiquetearon sobre el mármol y se fueron acercando hacia él. O pasaron por delante de él, más bien.
Devina pasó de largo ante el arco de la sala quitándose su visón blanco y dejando al descubierto un vestido azul de Herve Leger que se había comprado con el dinero de él. Hablando de quedarse boquiabierto: las curvas perfectas de su cuerpo mostraban aquellas bandas de tela que llevaba puestas, sus largas piernas estaban mejor diseñadas que los Louboutin de suela roja que llevaba puestos y su cabello oscuro brillaba más que la lámpara de cristal que pendía sobre su cabeza.
Resplandeciente. Como siempre.
—¿Dónde has estado? —le preguntó.
Ella se detuvo en seco y miró hacia él.
—No sabía que estabas en casa.
—Te he estado esperando.
—Deberías haberme llamado. —Tenía unos ojos espectaculares, con forma de almendra y más oscuros que su cabello—. Habría venido si me hubieras llamado.
—Quería darte una sorpresa.
—A ti no te gustan las sorpresas.
Vin se puso de pie y mantuvo la caja oculta bajo la palma de la mano.
—¿Qué tal la noche?
—Bien.
—¿Dónde has estado?
Ella dobló el abrigo de piel sobre el brazo.
—En un club.
A medida que se iba acercando a ella, Vin abrió la boca y apretó con la mano lo que le había comprado. «Cásate conmigo».
Devina frunció el ceño.
—¿Estás bien?
«Cásate conmigo. Devina, cásate conmigo».
Entornó los ojos fijándose en sus labios. Estaban más hinchados de lo habitual. Más rojos. Y curiosamente no los llevaba pintados.
La conclusión le llegó en forma de escueto y vívido recuerdo de su madre y su padre. Ambos se estaban gritando el uno al otro y lanzándose cosas, ambos borrachos como cubas. La razón era la de siempre, y pudo oír la voz iracunda de su padre clara como el agua: «¿Con quién estabas? ¿Qué coño has estado haciendo, mujer?».
Después de eso, el siguiente punto del orden del día era el cenicero de su madre estrellándose contra la pared. Gracias a la práctica que había acumulado tenía mucha fuerza en el brazo, pero el vodka tendía a hacer fallar el objetivo, así que sólo le daba a su padre en la cabeza una vez de cada diez disparos.
Vin deslizó la caja del anillo en el bolsillo de su chaqueta del traje.
—¿Te lo has pasado bien?
Devina entrecerró los ojos como si estuviera teniendo problemas para adivinar su estado de ánimo.
—Sólo he salido un rato.
Él asintió, preguntándose si el efecto despeinado de su pelo era consecuencia del estilismo o de las manos de otro hombre.
—Bien. Me alegro. Voy a trabajar un poco.
—Vale.
Vin se dio la vuelta y atravesó el salón, la biblioteca y bajó a su estudio. Durante todo el rato mantuvo la mirada en las paredes de cristal y en la vista.
Su padre tenía dos convicciones acerca de las mujeres: que nunca podías confiar en ellas y que si les dabas la mano, te cogían el brazo. Y aunque Vin no quería ninguna herencia de ese hijo de puta, no era capaz de alejar los recuerdos que tenía de su padre.
El hombre siempre había estado convencido de que su mujer lo engañaba, lo que era difícil de creer. La vieja de Vin se teñía de rubio sólo dos veces al año, lucía unas ojeras del color de las nubes de tormenta y su armario se reducía a una bata de casa que limpiaba con la misma frecuencia con que la caja de Clairol entraba en casa. La mujer nunca salía de la vivienda, fumaba como un carretero y tenía un aliento a alcohol capaz de despintar un coche.
Aun así, por alguna extraña razón, su padre creía que los hombres se sentían atraídos por eso. O que ella, que nunca movía un dedo a no ser que hubiera un cigarrillo que encender, reunía el coraje suficiente para salir y encontrar a tíos cuyo gusto en cuestión de chicas tuviera que ver con los ceniceros y el serrín en el cerebro.
Los dos le pegaban. Al menos hasta que fue lo suficientemente mayor para ser más rápido que ellos. Y probablemente lo mejor que habían hecho por él como padres fue matarse el uno al otro cuando él tenía diecisiete años, lo cual fue condenadamente patético.
Cuando Vin llegó a su estudio, se sentó tras la mesa con superficie de mármol y observó su oficina desde fuera de la misma. Tenía dos ordenadores, un teléfono con seis líneas, un fax, un par de lámparas de bronce. La silla era de cuero rojo sangre. La alfombra era del color del artesonado de arce de ojo de pájaro. Las cortinas eran de color negro, crema y rojo.
Metió el anillo entre una de las lámparas y la consola del teléfono, dio la espalda al trabajo y volvió a la vista sobre la ciudad.
«Cásate conmigo, Devina».
—Me he puesto más cómoda.
Vin miró sobre su hombro y vio a su chica, que ahora estaba envuelta en transparencias negras.
Hizo girar la silla.
—Salta a la vista.
Mientras ella se acercaba a él, sus pechos se balanceaban adelante y atrás bajo el fino tejido, y él notó que se le ponía dura. Siempre le habían gustado sus tetas. Cuando ella le había dicho que quería ponerse implantes, él se lo había prohibido al instante. Era perfecta.
—Siento mucho no haber estado aquí cuando tú querías —dijo ella quitándose la bata transparente y arrodillándose delante de él—. Muchísimo.
Vin levantó una mano y le pasó el pulgar por su grueso labio superior.
—¿Qué le ha pasado a tu barra de labios?
—Me he lavado la cara en el baño.
—¿Y por qué llevas aún el lápiz de ojos?
—Me lo he vuelto a poner —dijo con voz suave—. He tenido el teléfono conmigo todo el tiempo. Me dijiste que tenías una reunión hasta tarde.
—Sí.
Devina puso las manos sobre los muslos de él y se inclinó, con los pechos hinchados sobre el canesú de su bata. Dios, qué bien olía.
—Lo siento —gimió ella antes de besarle el cuello y clavarle las uñas en las piernas—. Déjame recompensarte.
Cerró los labios sobre su piel y succionó.
Mientras Vin dejaba caer la cabeza hacia atrás, la miró desde debajo de los párpados. Era la fantasía de cualquier hombre. Y era suya.
Entonces ¿por qué coño no podía quitarse esas palabras de la cabeza?
—Vin… por favor, no te enfades conmigo —susurró.
—No estoy enfadado.
—Tienes el ceño fruncido.
—Sí. —Exactamente, ¿cuándo había sonreído él alguna vez?—. Bueno, ¿por qué no ves qué puedes hacer para mejorar mi humor?
Los labios de Devina subieron como si eso fuera precisamente el tipo de invitación que había estado esperando y, en rápida sucesión, le desató la corbata, le abrió el cuello de la camisa y le desabrochó los botones. Continuó besándolo bajando hacia sus caderas, le desabrochó el cinturón, separó la parte de debajo de la camisa y le arañó la piel con las uñas y los dientes.
Sabía que a él le gustaba el rollo salvaje y ella no tenía el menor problema en complacerle.
Vin le retiró el pelo de la cara mientras daba rienda suelta a su excitación a sabiendas de que él no era el único que podría ver lo que ella le iba a hacer: las dos lámparas de la mesa estaban encendidas, lo que significaba que si alguien en aquellos rascacielos estaba aún en la oficina y tenía unos prismáticos, estaban a punto de dar un condenado espectáculo.
A Devina le gustaba tener público.
Mientras su boca se abría sobre la cabeza de su polla, él gimió y luego apretó los dientes mientras ella se la tragaba hasta la garganta. Se le daban muy bien esas cosas, encontraba un ritmo que lo volvía loco y lo miraba fijamente mientras se lo hacía. Sabía que le gustaba un poco guarro, así que en el último momento ella se echó hacia atrás para que él se corriera sobre sus tetas perfectas.
Con una débil risa, lo miró por debajo de las cejas como una niña traviesa que aún no estaba saciada. Devina era así, cambiante dependiendo de la situación, capaz de ser toda una dama en un momento y una puta al siguiente, tenía una serie de máscaras de actitudes que se ponía y se quitaba a voluntad.
—Todavía tienes hambre, Vin. —Su bonita mano descendió por su fino corpiño hasta el tanga y se quedó allí mientras se acostaba—. ¿No?
A la luz, sus ojos no eran de color marrón oscuro, sino de un negro denso, y estaban llenos de experiencia. Tenía razón. La deseaba. Lo había hecho desde el momento en que la había visto en la inauguración de una galería y se había llevado un Chagall y a ella a casa.
Vin separó la silla y se arrodilló entre sus piernas, abriéndoselas más. Estaba preparada para él, y él la tomó allí mismo, sobre la alfombra, al lado de su mesa. El sexo fue rápido y salvaje, pero a ella le volvía loca y eso lo excitaba.
Cuando tuvo un orgasmo dentro de ella, ella dijo su nombre como si él le hubiera dado exactamente lo que quería.
Dejó caer la cabeza sobre la fina alfombra de seda, respiró con fuerza y no le gustó cómo se sintió. Una vez desaparecida la pasión, se sintió más que agotado; se sintió vacío.
A veces parecía que cuanto más la llenaba a ella, más vacío se quedaba él.
—Quiero más, Vin —dijo ella con una voz profunda y gutural.
En la ducha del vestuario de La Máscara de Hierro, Marie-Terese se metió bajo la ducha caliente y abrió la boca, dejando que el agua la lavara por dentro, además de por fuera. Sobre un plato de acero inoxidable había una pastilla dorada de jabón y ella extendió la mano para cogerla sin tener siquiera que mirar. El sello de Dial estaba casi borrado, lo que significaba que el jabón iba a durar sólo un par de noches más o tres.
Mientras se lavaba cada centímetro de su cuerpo, sus lágrimas se confundieron con el agua llena de espuma, siguiendo su camino hacia el sumidero, a sus pies. En cierto modo, ésa era la parte más dura de la noche, el momento en el que se enfrentaba sola al vapor tibio y al jabón barato, peor incluso que la melancolía que seguía a las confesiones.
Dios, estaba llegando a un punto en que hasta el olor del jabón Dial era suficiente para que se le llenaran los ojos de lágrimas, lo cual demostraba que Pavlov no sólo sabía de perros.
Cuando hubo acabado, salió y cogió una áspera toalla blanca. Su piel se tensó con el frío, contrayéndose y convirtiéndose en una especie de armadura, y su voluntad de seguir adelante experimentó una contracción similar, aparcando sus sentimientos y guardándolos a buen recaudo una vez más.
En la cabina de fuera se cambió y se puso
