La leyenda mágica (Noa Paradise 2)

Noa Paradise

Fragmento

cap-1

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¿Te he contado alguna vez cómo salvé al mundo de la destrucción con mis superpoderes de meiga? ¿Cómo? ¿Que eso es justo de lo que iba El hechizo secreto, mi libro anterior? Mmm... Pues ahora que lo dices, puede que tengas razón. Es que, ya sabes, ¡tengo montones de cosas en la cabeza! El colegio, mi canal de YouTube, mi nueva hermanita, Gisela (¡que acaba de nacer hace nada!), mis poderes mágicos de meiga, mis...

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Sí, sí, no te frotes los ojos, que has leído bien: lo de los poderes de meiga lo estoy diciendo muy en serio. Por si la palabrita no te suena mucho, «meiga» es algo así como el nombre que se les da a las brujas buenas en Galicia, que es de donde soy yo. A mí siempre me habían encantado las meigas, pero solía pensar que no eran más que personajes de cuento. Aunque eso era antes de que consiguiese mis poderes, claro.

Nunca olvidaré la noche en la que me interné en un bosque tenebroso (que estaba al lado de mi casa, pero que no por ello era menos tenebroso...) y pronuncié las palabras mágicas frente al viejo cruceiro (los cruceiros son monumentos en forma de cruz que se encuentran en los cruces de caminos de muchas zonas rurales de Galicia y Portugal). A partir de ese momento, podría decirse que mi vida se convirtió en una auténtica lo-cu-ra repleta de mascotas parlantes, hechizos raros y tradiciones milenarias que yo tenía que seguir al pie de la letra..., aunque no estuviese muy por la labor. Oh, ¡y eso por no mencionar a la feiticeira, que se suponía que era una bruja malvada que quería destruirme! Al final resultó que la tal feiticeira era Morgana de Castro, una compañera de clase de la que terminé haciéndome amiga. Morgana fue quien realizó un hechizo muy bestia que podría haber acabado con el equilibrio entre el mundo de los humanos y el mundo mágico y haberlo enviado todo a paseo, así que... ¡poca broma con ella! Morgana y yo no tuvimos más remedio que llamar a mi Avoa («abuela» en gallego), que también es meiga, para que nos ayudase a detener aquel lío tan gordo. Y entonces..., entonces... oye, estoy pensando que todo esto que te estoy contando es la historia de El hechizo secreto... ¿Te lo has leído o no? Si todavía no lo has hecho, ¿a qué estás esperando?

El caso es que, tras todo aquello, yo pensaba que ya no me iban a suceder muchas más aventuras en la vida. Seguiría subiendo vídeos a mi canal, yendo a clase con mis amigos y amigas, jugando con mis mascotas (una de las cuales es Lili, mi gata parlante, o, mejor dicho..., mi gata respondona) y pasando las tardes después del colegio con Gertrudis, mi alocada canguro. Ya sabes: las típicas cosas más o menos normales que haría una meiga preadolescente más o menos normal. Pero como ya te estarás imaginando... ¡estaba totalmente equivocada! Ey, ¡míralo por el lado positivo! ¡Si no me pasasen cosas raras y fantásticas, este libro que tienes entre las manos jamás habría existido!

Salvar al mundo de la destrucción es una cosa. Pero tal y como descubrí —y creo que tú también lo harás a lo largo de estas páginas— no tiene ni punto de comparación con... hacer un curso de magia para meigas. Puede que a primera vista no parezca gran cosa, pero... ¡eso sí que es chungo y complicado! ¡Ay! ¿Quién me mandaría meterme en semejante berenjenal?

Todo empezó un día cualquiera, al llegar a mi casa después del cole. Aquella tarde no tenía deberes ni había quedado con nadie, así que hice lo que hago casi siempre que tengo un ratito libre: ¡grabar un vídeo para mi canal de YouTube! Mi canal de YouTube es como un pequeño oasis de creatividad en el que vuelco muchas de mis ideas y hablo de las cosas que me molan. Hay vídeos de retos, de bromas, de preguntas y respuestas, de slime..., ¡de todo un poco, vamos! Y, como no podía ser de otra forma, de vez en cuando también se cuela algún que otro vídeo en el que salgo haciendo trucos de magia. El último lo había grabado con Morgana la misma noche en la que intentamos arreglar su hechizo destruyemundos y consistía en un truco en el que sacábamos a mi gata, Lili, de un sombrero mejicano (no preguntes, es una historia un poco larga de explicar...). Así que esta vez me había propuesto superarlo con un truco todavía más espectacular. Pero para eso iba a necesitar que alguien me echase una mano. O, para ser más precisos, una zarpa.

—¡Lili! ¡Lili, bonita! ¿Por dónde andas? —pregunté, poniendo mi voz más angelical.

De pronto, observé que un pequeño montón de ropa que tenía sobre la cama empezaba a tambalearse. Tal y como yo sospechaba, mi gata, Lili, salió de su interior al cabo de unos segundos con cara de malas pulgas. Tenía toda la pinta de haber estado dedicándose en cuerpo y alma a su actividad favorita, que es pegarse unas siestacas tremebundas que a veces pueden llegar a durar horas.

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—Oh, ¿qué pasa ahora? Estaba ocupada haciendo..., esto..., mmm..., cosas de gatos. ¿Es que no puedes dejarme en paz ni un momento? ¡Qué pesaditos sois los humanos! —contestó ella de mala gana.

Vale, vale, vayamos por partes. En primer lugar: sí, mi gata, Lili, habla. De hecho, puede que hablar sea su segunda actividad favorita después de dormir (comer sándwiches de atún debía de ser la tercera...). Pero, en realidad, Lili es una gata supernormal y corriente —eso sí: ¡ni se te ocurra decirle que he usado esas palabras para describirla, porque sería capaz de pasarse una semana bufándome y poniéndome mala cara!—. Lo que quiero decir es que la especial soy yo. Y es que las meigas tenemos una conexión mágica y misteriosa con el mundo de la naturaleza y con algunos animales, como, por ejemplo..., los gatos. Y es por eso que podemos entenderlos. En cambio, cuando alguna vez le preguntaba a Lili por qué no entendía a Lara, nuestra perrita, esta reía entre dientes y decía: «¡Todo el mundo sabe que los perros no hablan!».

En segundo lugar, tienes que saber que, dependiendo de cómo tenga el día, Lili puede ser un poquito cascarrabias. Yo sé perfectamente que en el fondo ella tiene un gran corazón, pero es de esa clase de personas —quiero decir, de esa clase de gatos— que siempre se empeñan en hacerse las duras y en dárselas de pasota. Por ejemplo, su mejor amigo era un pequeño canario al que iba a visitar cada noche, pero, según ella, «solo lo hacía porque estaba esperando la oportunidad para hincarle el diente». En fin, seguro que ya sabes de lo que te hablo. Es posible que conozcas a alguna persona así. Pero como dice el refrán, «perro ladrador, poco mordedor». ¡Ups! ¡Tampoco le digas a Lili que la he comparado con un perro!

Pues eso: que como la había despertado de su siesta, Lili tenía la tarde un poco cruzada. ¡Empezábamos bien! Mi idea era hacer el viejo truco de la caja y las espadas (ya sabes: ese en el que el ayudante del mago o maga se mete dentro de una pequeña caja mágica y este la atraviesa con varias espadas sin hacerle ningún daño). Pero como yo no tenía ni espadas, ni caja mágica, ni ayudante, tendría que utilizar lo único que tenía a mano, que era una pequeña caja de zapatos vieja, unas agujas de hacer punto trucadas y... a Lili.

—Necesito que me hagas un pequeño favor —le dije—. Es para uno de mis vídeos.

—¡Oh, no! —suspiró ella.

—¡No te preocupes! Solo tienes que meterte aquí dentro. Luego, clavaré unas agujas, y...

—¿Agujas? Claro que sí, guapi... —Lili se dio la vuelta y se volvió a la cama—. Despiértame a la hora de la cena, anda.

—No, no. Estas no son agujas normales. ¡Son agujas retráctiles! ¿Lo ves? Parece que se clavan, pero están trucadas.

Para demostrárselo, cogí una de las agujas que tenía preparad

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