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DOS CAZOS
P¿Los reconoces? Sí, son ellos: Tomi, Nico y Fidu, los pilares de los Cebolletas.
Tienen que conseguir una foto de carnet para llevársela a su entrenador, Gaston Champignon. Una de esas fotos que se ponen en los carnets de identidad o los permisos de conducir. Por eso están bajando por las escaleras del metro de la parada de Moncloa, donde hay un fotomatón que les viene al pelo.
Primero entra Tomi, el capitán. Regula el taburete para tener los ojos a la altura adecuada, se mira en el espejo y se peina con las manos. Comprueba que la cortinilla de la puerta esté bien corrida (porque, si entra luz, la foto sale demasiado clara), a continuación inserta las monedas, aprieta la tecla y se espera a que se dispare el flash. En ese momento oye a Fidu que exclama:
—¡Hola, Eva! ¿Qué haces por aquí?

¡GOL!
Tomi aparta rápidamente la cortinilla y asoma la cabeza para saludar a su amiga bailarina, pero no ve a Eva por ningún lado. Justo en ese instante se oye el flash del fotomatón. Tomi comprende enseguida que ha caído en la trampa de su portero...
Nico se ha echado a reír, y Fidu, que lleva una bolsa de patatas en la mano, comenta:
—Ya te decía yo que el Capi caería en la trampa... En lugar de cuatro retratos, la máquina escupe cuatro fotos con la camiseta y el brazo de Tomi...
—Muchas gracias, amigos, me habéis hecho desperdiciar dos euros —dice Tomi, mirándolas con tristeza.
Fidu extiende los brazos, como hace cuando le han metido un gol y trata de demostrar que no ha sido culpa suya.
—¿Nosotros? Nadie te ha pedido que te asomaras. Tomi vuelve al fotomatón, corre la cortinilla, mete otros dos euros en la ranura y esta vez la sesión fotográfica sale bien.
Luego le toca a Nico, que posa de lo más serio. —Podías haber sonreído —le reprende Fidu—. Solo son fotos, no unos deberes para el cole...
El último en entrar al fotomatón es el portero de los Cebolletas, que le da la bolsa de patatas a Tomi antes

DOS CAZOS de sentarse. El capitán espera a que Fidu ajuste el taburete y meta el dinero. Luego le guiña el ojo a Nico y mastica ruidosamente una patata. No ha pasado ni medio segundo antes de que el portero salga de un salto del otro lado de la cortinilla y se abalance sobre la bolsa, como si fuera un balón que va directo a la red.
—¡Que nadie toque mis patatas! —grita justo cuando se dispara el flash y la máquina fotografía otra vez una camiseta—. ¡Me habéis hecho perder dos euros! —exclama luego disgustado.
—Así estamos en paz... —responde Tomi, mientras Nico no para de reír.
Antes de irse, los tres amigos entran a la vez en el fotomatón. Fidu, el más gordo, se sienta en el taburete, y Tomi y Nico se apretujan a su lado para entrar en el punto de mira.
—Cuando se dispare el flash —sugiere Nico—, gritemos todos a la vez «¡Cebolletas!».
La foto sale estupenda: los tres amigos abrazados y sonrientes, apretujados, formando un solo cuerpo con tres cabezas.
Pero al salir de la máquina se topan con la mirada severa de un señor que lleva una corbata violeta de topos feísima y tiene una barbita blanca puntiaguda.

¡GOL!
—Esto no es un tiovivo del parque de atracciones —les suelta con brusquedad—. ¡Si queréis jugar, iros a un parque y no hagáis perder el tiempo a la gente que tiene prisa!
—Pero, señor, si no estábamos jugando —responde Nico—. Solo queríamos hacernos una foto juntos, porque somos tres grandes amigos, además de miembros y fundadores del mítico equipo de fútbol de los Cebolletas.
El hombre de la barbita parece aún más enfadado: —¿Cebolletas? ¿Encima me tomáis el pelo? ¡Maleducados!
—Pero si no he sido maleducado, señor —replica Nico—. Solo he tratado de explicarle amablemente la situación.
—¡Basta, fuera, fuera! —les apremia el hombre irritado—. ¡Ya me habéis hecho perder demasiado tiempo! —Entra en el fotomatón y corre la cortinilla.
—Vámonos —se dicen Tomi y Nico, mirándose y encogiéndose de hombros.
Pero Fidu, que no soporta los malos modales, ha tenido una idea. Se zampa las últimas patatas, sopla en la bolsa vacía y la hace estallar de un manotazo justo cuando la máquina está disparando el flash.
Asustado por el estruendo,
el tipo ha cerrado los ojos y ha
hecho una mueca, con una caR>ra más pálida que su barba blanca. Así saldrá en la foto, con expresión de terror, como si acabara
de ver un fantasma.
Me parece que también él tendrá que volver a hacerse la foto y gastarse dos euros más.
Cuando los chicos llegan a la cita, que es a las tres en el Pétalos
a la Cazuela, el restaurante del cocinero-entrenador Gaston Champignon, los demás jugadores de
los Cebolletas ya han llegado y
están mirando y remirando las fotos de sus espléndidas vacaciones
en Brasil.
—¿Os acordáis de cuando jugamos en el mítico Maracaná? —pregunta Sara mientras le pasa una foto a João.

¡GOL!
—¿Y de la fiesta en la playa, tocando música y bailando samba alrededor de la hoguera? —dice Nico.
Todas las fotografías que se desparraman por la mesa están llenas de mar y de sol, y les traen grandes recuerdos: los partidos en la arena, la excursión a Corcovado, las zambullidas en las olas de Copacabana, el surf, Rogeiro y todos los nuevos amigos...
Lara, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, mira hacia la ventana y suspira:
—¡Cuánto echo a faltar el verano!
Entre otras cosas, porque la ventana tiene un aspecto tan triste como una cara que llora. Por el cristal se deslizan gotitas de lluvia. Ha llegado el otoño, que además de las nubes y el frío ha traído consigo las clases y los árboles sin hojas.
Pero para los Cebolletas se trata de un otoño especial, que también traerá castañas y muchas otras cosas buenas. Porque a mediados de octubre, es decir, en dos semanas, comenzará el primer campeonato de verdad para los chicos que entrena Gaston Champignon. No serán ya partiditos en el Retiro ni enfrentamientos contra sus rivales los Tiburones Azules, sino ¡todo un campeonato, con partidos en casa y en los campos rivales, con una clasificación y con un árbitro uniformado!

DOS CAZOS
Por eso posaba tan serio Nico en el fotomatón. Hasta hace un año solo era un crack en matemáticas, con unas gafas demasiado grandes y unas piernas demasiado delgadas para soñar con convertirse en un futbolista. Ahora, en cambio, la foto que acaba de hacerse aparecerá en una ficha de la Federación, como las que tienen los campeones de primera división. Será un futbolista de verdad y disputará un campeonato regular con el número 10 a la espalda.
Todos los Cebolletas esperan muy emocionados el día del debut.
Champignon saluda a Tomi, Nico y Fidu, que entran en la cocina corriendo y le entregan las fotos.
—Estupendo —dice el cocinero—. Así os puedo federar e inscribiros en el campeonato. Dentro de una semana nos comunicarán el calendario y sabremos cómo se distribuyen los partidos.
—Espero que uno de los primeros sea contra esos presumidos de los Tiburones Azules —dice Sara con una sonrisa pícara.
—Exacto, Lara —añade Nico—, así verán todo lo que hemos aprendido en Brasil.
—Soy Sara —le corrige la gemela. Nico las confunde siempre.

¡GOL!
—¡Míster! —exclama de pronto Tomi—, ¿por qué no pedimos que les hagan también la ficha a Rogeiro y Tania? Estoy seguro de que a nuestros amigos brasileños les encantaría.
—¿Y por qué no? Sería una manera fantástica de agradecerles su hospitalidad y sus consejos futbolísticos —responde Champignon acariciándose el extremo derecho del bigote en señal de aprobación.
—¡Muy buena idea, Capi! —chillan a coro los Cebolletas, alargando las manos y poniéndolas una sobre otra.
—Bueno —prosigue el cocinero—, como os decía, dentro de una semana se publicará el calendario de partidos. Lo importante no es contra quién jugaremos, sino llegar preparados al primer encuentro y dar siempre lo mejor de nosotros, preocupándonos sobre todo de una cosa: ¿de qué cosa, mon capitaine?
—De divertirnos —responde Tomi—. Porque quien se divierte siempre gana.
—¡Exacto! Superbe! —exclama monsieur Champignon—. Divertirnos y ayudarnos mutuamente. ¿Por qué, Becan?
—Porque no somos pétalos sueltos, sino una sola flor —contesta el extremo derecho.

DOS CAZOS —¡Respuesta correcta, mon ami! —concluye el cocinero satisfecho—. Os habéis ganado estos merengues a los pétalos de rosa que me ha ayudado a preparar la madre de Becan. Pero sin pasarse, ¿eh, Fidu? El campeonato se acerca. ¡Cuidado con la línea! Una pequeña merienda y luego iremos a entrenarnos.
Cuando la madre de Becan, que lleva algunos meses trabajando en el restaurante de Gaston Champignon, lleva los pasteles a la mesa, a Fidu se le iluminan los ojos como si fueran dos bombillas.
Los entrenamientos de monsieur Champignon son como sus platos: siempre contienen sorpresas... Hoy, por ejemplo, saca de su coche floreado una caja de esas que normalmente sirven para cargar frutas o verduras.
Pero es una caja especial, porque lleva atada una pequeña cuerda.
El entrenador de los Cebolletas lo explica:
—Este ejercicio sirve para fortalecer los músculos
de las piernas. Os ataréis la cuerda a la cintura y haréis varios esprints arrastrando la caja.
Cinco esprints por cabeza. La caja pasa de un Cebolleta a otro.

Y LUEGO, SIN LA CAJA, ¡OS PARECERÁ
QUE VOLÁIS!
CLARO, A CAZO LE ENCANTA VIAJAR MIENTRAS DUERME.
JOÃO SE ATA LA CUERDA A LA CINTURA...
ZZZ
¡PERO
SI LA CAJA
NO PESA
NADA!
LE METEREMOS DENTRO UNA OLLA.
¿CON EL GATO DENTRO?
... Y, EN CUANTO SILBA CHAMPIGNON...
LOS CEBOLLETAS
OBSERVAN DIVERTIDOS. SI ME ARRASTRARAN
METIDO EN UN TONEL,
NO PODRÍA DORMIR.
EN CAMBIO CAZO RONCA FELIZ, SOÑANDO CON PECES Y RATONES.
¡ES EL GATO MÁS DORMILÓN DEL MUNDO!
... EL EXTREMO DERECHO SE LANZA A CORRER ARRASTRANDO AL GATO EN SU OLLA.
IIIIIZZZ

DOS CAZOS
Sentados en los bancos del Retiro, Pedro y sus amigos los miran divertidos. Son sus grandes rivales, los jugadores de los Tiburones Azules. El campeonato está a punto de empezar y crece la expectación de los dos equipos, que se mueren por enfrentarse. Además de la expectación, también crece el número de bromas que se gastan...
En cuanto Fidu llega resoplando a los bancos, arrastrando la olla, Pedro le dice:
—Por fin habéis descubierto vuestra verdadera vocación: perros de trineo...
Los de los Tiburones Azules se parten de risa. —No, qué va —responde Fidu—. Me estoy especializando en transportar animales, así si te hace falta te puedo llevar adonde quieras.
A César, el amigo de Pedro, se le escapa una risita, pero sus compañeros de los Tiburones le lanzan una mirada asesina.
Mientras los Cebolletas acaban el ejercicio con la caja, el cocinero llama a Nico y le explica otro:
—Como sabes, la mayor cualidad de un número 10 es su visión del juego. Tú eres el que debe dar los pases a los delanteros, así que tienes que acostumbrarte a correr con el balón entre los pies, pero sin mirarlo. Los
