Introducción
Bernardo Barranco Villafán
La pederastia clerical es, ante todo, un acto criminal. Es la profanación y el sometimiento del cuerpo de un menor para satisfacer las patologías sagradas. Es el abuso del clérigo de su investidura simbólica. Es un atropello trágico que deja secuelas imborrables en el cuerpo y en el alma de las víctimas. El depredador sagrado quebranta la confianza que la sociedad deposita en su representación social. La pederastia clerical está penada por las leyes civiles, sancionada por el derecho canónico de la Iglesia y, además, es un grave pecado, pues transgrede el sexto mandamiento. Lamentable también la misma Iglesia, al encubrir a sus pederastas, quebranta otros mandamientos de las bienaventuranzas, como el noveno, relacionado con mentir y ofrecer falsos testimonios.
Este libro busca abordar la pederastia clerical desde diferentes aristas, disciplinas y actores. Trata el fenómeno criminal que representa la pederastia clerical. Debemos reconocer que el maltrato y la violencia sexual a los niños tiene magnitudes que rebasan a la propia Iglesia católica. México, se dice aquí en un ensayo, ocupa el primer lugar de este atroz delito de abuso sexual, más de 5.4 millones de casos se reportan al año, donde una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños son abusados, la mayoría de ellos en el contexto familiar. El fenómeno es complejo.
Una pregunta que flota desde hace más de dos décadas es ¿por qué la pederastia se ha centrado en la Iglesia católica? ¿No son tan graves en la familia o en otras instituciones como las escuelas, los clubes deportivos e incluso otras Iglesias? ¿Por qué resulta tan llamativa la transgresión de los clérigos depredadores católicos? Conviene de arranque preguntarnos por qué la sociedad ha focalizado a la Iglesia católica como la principal transgresora sexual. El papa Francisco respondió a estas interrogantes en febrero de 2019, señalando que los depredadores sagrados contradicen los grandes principios del Evangelio y contravienen los fundamentos morales y éticos que la Iglesia transmite a la sociedad; asimismo, la pederastia clerical desvirtúa la misión y la autoridad de la Iglesia en la historia humana. En suma, el pederasta es la antítesis del corpus y la identidad del mensaje de Jesús. El depredador sagrado representa el lado oscuro y perverso de la Iglesia.
La pederastia clerical es un lastre criminal complejo. Ésta es una de las tesis de otro de los ensayos que aquí se presentan, en el cual se reconoce que no existen respuestas ni explicaciones únicas ni unánimes sobre cómo afrontar este problema tortuoso y controvertido que, bajo cualquier enfoque y circunstancia, es una conducta injustificable por ser violatoria de la dignidad humana y especialmente de las personas más vulnerables por razón de edad: niñas, niños y adolescentes.
Si bien hay diferencias y matices entre pedofilia y pederastia, vale la pena mirar la definición que hace la Organización Mundial de la Salud: “Se clasifica la pederastia como los trastornos de preferencia sexual por los menores que se encuentran entre las perturbaciones de la personalidad y del comportamiento en adultos. La pedofilia se define como la preferencia sexual por los niños, ya sean niños, niñas o ambos, generalmente en edad pre púber o al inicio de la pubertad”.1
En todas las culturas existen bestiarios en sus mitologías. En la cultura contemporánea el depredador sagrado es la bestia con sotana. Es el maligno que se arropa y disfraza con los símbolos de santidad. Un ser infausto que seduce y violenta sexualmente a sus víctimas con el rostro y ropaje de un ángel. La psiquiatría moderna y las ciencias de la conducta definen el abuso sexual de un menor como un “asesinato psíquico”. Es un acto que atenta contra la identidad y el potencial del menor. Transgrede el desarrollo de la persona. El niño representa esa identidad humana, esa vitalidad que el pederasta ha extraviado en algún lugar de su hoja de vida y puede ser propiciado por el entorno que le rodea. En la conducta del pederasta clerical se presenta una pulsión homicida, compulsiva y repetitiva que personifica el aspecto psicopatológico, así como el control racional le confiere una cualidad criminal propia de las psicopatías.
Las perversiones sexuales de los personajes públicos, incluidos los eclesiásticos, son resultado de las relaciones de poder que guardan los individuos con el establishment. Michel Foucault, en su Historia de la sexualidad, encuentra un estrecho vínculo en el imperio de los privilegios como factor represivo y la sexualidad como una dimensión construida desde el poder.2 Hombres poderosos como Silvio Berlusconi, Bill Clinton, Harvey Weinstein, Dominique Strauss-Kahn y en nuestro medio Andrés Roemer, Enrique Guzmán y Félix Salgado Macedonio se saben protegidos por el poder. Dicha impunidad no guarda mucha diferencia con los sacerdotes pederastas. Cobijados por el predominio de una cultura patriarcal, políticos y pederastas clericales se sienten por encima de la sociedad. Conductores y dueños de las conciencias de los individuos y, por tanto, también de sus cuerpos. Políticos envilecidos encuentran refugio en el poder de los gobiernos mientras los sacerdotes pederastas en la estructura eclesiástica. Así, la patología de los abusos sexuales es expresión de la corrupción del poder.
PEDERASTIA Y LA CRISIS HISTÓRICA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Bajo los escándalos de pederastia clerical, sin duda la Iglesia enfrenta una gran crisis histórica de credibilidad sin precedentes. Los casos ventilados por los medios han mermado dramáticamente la confianza e incrementado la desaprobación de su conducta. La crisis de pederastia ha sacudido la autoridad moral de una institución cuya materia prima son justamente los principios. A lo largo de los últimos lustros emergieron vicios institucionales que conmovieron a la opinión pública. Se evidenciaron la cultura del silencio, el disimulo, la protección corporativa, la reticencia a colaborar con la justicia secular, es decir, el encubrimiento institucional de criminales que facilita el imperio de la impunidad. El derecho canónico aborda la pederastia sin la contundencia deseada. En 1917 el canon 2359, en su párrafo 2, decía: “Si admitieran un delito contra el sexto mandamiento del decálogo con menores de dieciséis años […] sean suspendidos, sean declarados infames, en caso de que tengan cualquier tipo de oficio, beneficio, dignidad, o ministerio sean privados de ellos, y en casos más graves sean depuestos”. El código fue reformado en 1983. En esa fecha nadie pensaba en el tsunami que acecharía a la Iglesia; hay una referencia poco contundente en el canon 1395, párrafo 2: “El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo, cuando este delito haya sido cometido con violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical, cuando el caso lo requiera”.3 En suma, los señalamientos canónicos no son severos.
Hemos sido testigos de cómo la Iglesia en los últimos 20 años ha enfrentado una crisis planetaria provocada por los escándalos de pederastia, sólo comparable con la crisis de la Reforma en la Edad Media. Entre ambas hay enormes diferencias, el sacudimiento del siglo XVI provocó una fractura interna, la crisis actual del siglo XXI es la ruptura de la Iglesia con la sociedad moderna, es decir, una crisis civilizatoria. Sus números han decaído y sobre todo sus ingresos se han mermado dramáticamente a causa del recelo y la desaprobación por su conducta indigna. La pederastia ha debilitado a la institución, cuyo relato y materia prima con la que se ofertan a la sociedad son justamente principios morales de la cultura.
La llegada del papa Francisco en 2013 a la silla pontificia levantó demasiadas expectativas. Prometió tolerancia cero y creó la comisión pontificia para atender los abusos, presidida por el cardenal estadounidense Sean O’Malley. Sin embargo, pareció no tener urgencia ni tomar acciones de fondo hasta que estallaron nuevas convulsiones, provocadas por las acusaciones penales a George Pell, cardenal australiano, número tres en la curia vaticana, acusado de pederastia y encubrimiento en aquel país. Igualmente, en 2017 la emblemática activista irlandesa Marie Collins, víctima de abuso, renunció a la comisión papal. La razón que argumenta es el poco compromiso de la curia al más alto nivel, y que la pederastia no estaba siendo tomada en serio por la Santa Sede. Denunció desdén por parte de actores donde imperaba una falta de sensibilidad hacia las víctimas. Al despedirse Collins declaró sobre el caso Pell, quien había sido encumbrado por Francisco, lo siguiente: “Trató muy mal a las víctimas, subestimó los casos de abusos. No creo que pudiese quedarse más en el Vaticano cuando había tantas víctimas en Australia que demandan explicaciones. Siempre pensé que debía haberse ido a darlas”.4 A pesar de que había señales inquietantes, las alarmas se encendieron, aún más durante la desastrosa visita que Francisco realizó a Chile en enero de 2018. En su gira, se negó a aceptar las acusaciones sobre una red local de abusadores sexuales; el pontífice las calificó de calumnias sin pruebas. Ahí se puso en evidencia que el Papa no tenía el pulso del fenómeno de la pederastia clerical y estaba siendo engañado por el propio episcopado chileno. Tres meses más tarde, gracias a una investigación que ordenó Francisco, el caso escaló al demostrarse la veracidad de las denuncias y la complicidad de las estructuras eclesiales del país andino. En mayo de ese año el Papa convocó en Roma a la conferencia episcopal en pleno y después de un día de silencio y oración el caso explotó, los 34 obispos chilenos presentaron su renuncia. Tocó fondo la crisis más profunda en la historia de la iglesia chilena, que se sumó a las distintas fracturas en Canadá, los Estados Unidos, Irlanda, Australia, Alemania, México y otros países alrededor del globo donde los casos de pederastia se cuentan por decenas ante la tibieza de la Santa Sede.
No debe olvidarse que bajo el pontificado de Juan Pablo II la pederastia clerical se encubrió como parte de la política de Estado, cuya consigna era la defensa abigarrada del clérigo agresor como mandato institucional. La crisis mediática estalló con el arribo de Joseph Ratzinger al pontificado en 2005. La Iglesia católica fue severamente exhibida y golpeada por la opinión pública mundial. Años después Benedicto XVI reconoció en 2016 en el libro Últimas conversaciones, con su biógrafo oficial Peter Seewald, que los escándalos de pederastia fueron el mayor tormento de su pontificado. Aun cuando Benedicto XVI cambió normas, transformó políticas, creó protocolos para proteger a niños de abusos, se debe reconocer que dejó intactos a muchos sacerdotes y obispos pederastas. Dos ejemplos: Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, y el cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de Washington. Sin tocarlos ni llevarlos a juicio canónico, a ambos les pidió la reclusión a la vida de oración, que por supuesto no acataron.
El sorpresivo arribo de Francisco en 2013 representó nuevas esperanzas porque parecía confrontar a la pederastia, pero a lo largo de los años quedó claro que la tarea es compleja. Es remar contracorriente. Francisco batalló con las inercias institucionales, los sectores tradicionales no lo dejaron ir más a fondo, el clero se atrincheró. Dominó una profunda desilusión entre los grupos de víctimas por la ambigüedad de la Iglesia. Prevaleció el confinamiento de la curia romana como una ciudad sitiada. A Francisco le ha faltado más contundencia y vigor frente al cáncer pederástico. El Papa es exigido, debe pasar de las bellas palabras a hechos categóricos, de las buenas intenciones a los resultados, de los perdones a acciones rotundas. El Papa actual pareciera limitado a veces por lidiar con otros frentes de hostilidad.
EL REVELADOR INFORME MCCARRICK
El martes 10 de noviembre de 2020 el Vaticano publicó un extenso informe de 450 páginas, titulado “Informe sobre el conocimiento y el proceso de decisión institucional de la Santa Sede en relación con el ex cardenal Theodore Edgar McCarrick (1930-2017)”, publicado por la Secretaría de Estado. El voluminoso texto refiere cómo Theodore E. McCarrick alcanzó los escaños más altos en la jerarquía de la Iglesia católica, a pesar de existir referencias y señalamientos de que había abusado sexualmente de menores y jóvenes seminaristas durante décadas. A pesar de todo, McCarrick fue encumbrado. Con textos probatorios y testimonios, el informe da cuenta de la historia perniciosa del excardenal arzobispo de Washington dimitido del estado clerical por la gravedad de sus actos. El caso McCarrick es emblemático porque pone al descubierto una red de complicidades, errores y omisiones que involucran las más altas esferas del Vaticano en los últimos tres pontificados. Juan Pablo II era amigo cercano de McCarrick desde 1976. En 2000 el Papa quiso promoverlo como arzobispo de Nueva York, pero surgieron rumores de una vida homosexual subterránea y de abusos. El cardenal de Nueva York, John O’Connor, le escribió al Papa advirtiéndole el “secreto a voces” sobre sus prácticas. McCarrick se defendió y recibió el apoyo de la curia, en especial del secretario de Estado, Angelo Sodano, y de Stanislaw Dziwisz, secretario particular del Papa, por cierto recientemente acusado por encubrir pederastas.5 Finamente, en 2001 Juan Pablo II nombró a McCarrick arzobispo de Washington y después lo hizo cardenal. ¿Cómo un personaje así se encumbra en la alta jerarquía? ¿Por qué a pesar de los señalamientos la curia los pasa por alto?
El papa Benedicto XVI también aparece en el informe con una cuota grave de responsabilidad. En 2005 resurgieron y se documentaron acusaciones en firme de acoso y abuso de jóvenes. Recién nombrado Papa, Ratzinger pidió la renuncia al cardenal estadounidense, al que acababa de conceder una prórroga de dos años en su mandato, para convertirse en obispo emérito. Sin embargo, Ratzinger nunca inició una investigación ni un juicio canónico, como ameritaba el caso. Como hiciera con Marcial Maciel, se le recomendó llevar una vida de retiro y de oración, primero de manera oral y después por escrito en 2008. McCarrick nunca acató la recomendación y siguió llevando misiones diplomáticas en los Estados Unidos a nombre de la Santa Sede, acciones de recaudación de fondos y un activo lobby con la clase política estadounidense. Incluso sobornos y generosas dádivas a miembros de la curia romana hasta 2018, en tiempos de Francisco. Vuelven estremecedores estrépitos con las denuncias de un opositor conservador a Bergoglio, el exnuncio en Washington Carlo Maria Viganò.6
El informe es una joya, tiene una pulida redacción que trata de exculpar a los Papas, pero los hechos se imponen. El Vaticano niega haber encubierto los abusos sexuales a menores cometidos por el excardenal estadounidense McCarrick, pero reconoce negligencias graves y falta de sensibilidad hacia el reclamo de las víctimas. Es necesario analizar el papel de la burocracia vaticana para explicar el comportamiento delictivo no sólo de la curia romana sino de las conferencias episcopales. Es el reinado del clericalismo perverso que es capaz de alterar todo el sistema para sabotear los signos de advertencia y evitar esclarecer los incidentes que emergen como señales de alerta. Estamos hablando de una cultura clerical de intereses y poder, destinada a proteger a los funcionarios de alto rango que pasaron por alto normas eclesiásticas y civiles. En ese sentido, el informe de la Secretaría de Estado es un importante paso de transparencia que propicia mayor autocrítica y deslinde de responsabilidades. En pederastia, mirar al futuro no basta si no se resuelven los agravios a víctimas en el pasado. La investigación es un paso importante y se espera que se abran más. En México esperamos que se despliegue una investigación similar para el caso Maciel. El informe McCarrick es indicativo de que todos los actores tienen una cuota de responsabilidad: los Papas, la curia romana, los nuncios, la autoridad civil y las propias Iglesias locales.
LA PEDERASTIA SEGÚN BENEDICTO XVI Y FRANCISCO
Es importante destacar las visiones tan opuestas sobre la pederastia clerical que existen en la cúpula de la Iglesia católica. Tan sólo compararemos los enfoques diferentes que guardan los dos pontífices. Joseph Ratzinger, Papa emérito, publicó un ensayo sobre la Iglesia y los abusos sexuales a pocas semanas concluida la cumbre sobre la pederastia que convocó Francisco en Roma.7
Benedicto XVI afirma que el colapso moral de la Iglesia comenzó en 1968. Agrega que en la revolución sexual de 1968 se convirtió en “libertad sin norma”. La permisividad sexual de la sociedad secular contaminó el cuerpo eclesiástico. El texto de Benedicto XVI levantó agudas polémicas en torno al diagnóstico de la pederastia, en especial en Alemania, donde se publicó el ensayo originalmente. El diagnóstico de Ratzinger ha alentado a los sectores tradicionalistas opuestos al enfoque del papa Francisco. El Papa emérito asegura que la Iglesia vive una profunda crisis de credibilidad porque ha sido infectada de la mundanidad secular sexualizada. La Iglesia se ha contagiado de una sociedad moderna que aspira vivir sin Dios, enuncia: “La Iglesia está muriendo en las almas y no necesariamente en sus estructuras. Quizá la Iglesia no sabe cómo salir de la situación en que se ha expuesto con sus propias potestades y trata de imputar un mal interno, no resuelto, a la hipótesis del colapso externo”.
Pareciera que Ratzinger sigue obsesionado con 1968. Las revueltas estudiantiles y culturales marcaron su biografía. De un respetable joven teólogo progresista conciliar se fue deslizando, justo a partir de 1968, a posturas cada vez más tradicionales. Sin embargo, su análisis no checa con la propia historia. En la misma Alemania hubo denuncias de abusos, registradas desde la década de 1950. Asimismo, el encubrimiento vergonzoso de la Iglesia irlandesa data de la década de 1940. Lo mismo podemos decir del caso Marcial Maciel. El cardenal João Braz de Aviz, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, declaró a la revista católica Vida Nueva en relación con el caso Maciel: “Quien lo tapó era una mafia, ellos no eran Iglesia. Tengo la impresión de que las denuncias de abusos crecerán, porque sólo estamos en el inicio. Llevamos 70 años encubriendo, y esto ha sido un tremendo error”. También mencionó que el Vaticano tenía documentos desde 1943 sobre la pederastia en los Legionarios. La hipótesis de Ratzinger es cuestionable. La pederastia clerical es de larga data y no fue provocada por la fisonomía de la revolución cultural del 68. Ratzinger ha mostrado una particular contrariedad contra las clases medias europeas y sobre todo los jóvenes que se alejaron de la Iglesia. En el libro entre Ratzinger y el escritor Vittorio Messori, de 1985, el futuro Papa arremete contra la ideología hedonista del sector terciario y anuncia la operación, bajo el pontificado de Juan Pablo II, de una necesaria restauración.8 Ya como Papa, Benedicto XVI embiste contra lo que él llamó “la dictadura del relativismo” de las sociedades modernas. Benedicto se refiere a una cierta irrupción del relativismo moral donde no existe ya el bien y el mal, sino sólo aquello “que según la circunstancia es relativamente mejor”. Ahora el anciano Papa emérito descarga su furia contra la revolución sexual de la juventud del 68. La matriz es una, y según el Papa en retiro, la colonización secular tiene el mismo origen.9
El texto de Ratzinger no escapa al análisis eclesiocentrista. Su texto no tiene el enfoque de las víctimas y muestra poca sensibilidad hacia ellas. Parece importarle más la pertinencia de una Iglesia en quiebra que el dolor causado a cientos de miles de niños indefensos frente al clericalismo abusador. Ratzinger sentenció que a partir del Concilio Vaticano II se debilitó la teología moral de la Iglesia. En cierto sentido la Iglesia se apartó del derecho natural y reprochó el movimiento de teólogos progresistas con incursiones audaces que finalmente debilitaron el pensamiento teológico de institución. Con eufemismo habla de un garantismo como una ideología jurídica en la Iglesia que, mal interpretada, protegió a los sacerdotes pederastas. Las normas, los procesos y el derecho de réplica jugaron a favor de los abusadores. Ratzinger parece reconocer cierta responsabilidad frente a los procesos lentos, burocráticos, que rebasaron tanto a las diócesis como a la Santa Sede. Sin embargo, omite un código interno que data del siglo XIX y que fue actualizado por Juan XXIII en la década de 1960. Es un código de omertá.10 Dicha compilación clerical está diseñada para proteger estructural e institucionalmente al cura o clérigo infractor. O ¿es el código el garantismo en su máxima expresión al que hace alusión Benedicto XVI?
En contraparte tenemos la perspectiva del papa Francisco. El argumento, repetido constantemente por el Papa, es el clericalismo, el abuso de poder y concebir a la Iglesia como el centro civilizatorio sujeto tanto de privilegios como de prerrogativas extraordinarias. Recordemos el dramático informe de Pensilvania de 2018 que reveló una red de 300 curas depredadores que abusaron de más de mil víctimas menores de edad.11 El saldo que arroja el estrujante informe motivó un nuevo mensaje del papa Francisco, quien en una misiva responsabiliza con contundencia al clericalismo, que incluye a laicos: “El clericalismo genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”. En su misiva, Francisco reconoce que la Iglesia no actuó a tiempo. Cita a Ratzinger, quien exclamó unos días antes de convertirse en Papa, en la Semana Santa de 2005: “¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a ella! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! […] Señor, sálvanos”. Sin embargo, las víctimas ya no quieren actos de contrición ni arrepentimientos, quieren justicia y acciones profundas que pongan fin a ese flagelo.
Ante reproches de la opinión pública por haber hecho poco ante los escándalos de pederastia, Francisco convocó a una cumbre eclesial sobre el tema, denominada “La protección de los menores en la Iglesia”, del 21 al 24 de febrero de 2019 en Roma. Asistieron todos los presidentes de las conferencias episcopales del mundo, expertos y algunas víctimas para encarar el flagelo de la pederastia clerical. Fue una de las reuniones más importante de su pontificado. El pontífice argentino respondió a la imperiosa necesidad de encontrar medidas y fórmulas concretas para enfrentar la crisis más compleja que está arruinando la Iglesia católica. Como cabeza de la Iglesia, Francisco aspira a recuperar el terreno perdido y la moralidad desmoronada. Pero también se arriesga a levantar expectativas e inducir la desilusión especialmente entre los colectivos de víctimas.
Para Francisco las denuncias y la crisis de pederastia en la Iglesia son un fenómeno aún más grave porque refuta la autoridad moral, contradice la credibilidad ética de la misma. Para el Papa argentino la conducta de los sacerdotes pedófilos es un misterio de la malignidad humana. Ha repetido que el consagrado es elegido por Dios para guiar las almas a la salvación, pero al dejarse subyugar por su fragilidad humana, o por su enfermedad, se convierte en un instrumento de perversidad. Dice: “No hay explicaciones suficientes, existen demasiadas dilucidaciones para estos abusos en contra de los niños. Humildemente y con valor debemos reconocer que estamos delante del misterio del mal, que se ensaña contra los más débiles porque son imagen de Jesús”.
En dicha cumbre Francisco reconoció: “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños”. Hermosas palabras y sentidos deseos de reparación y atención a aquellos que fueron abusados por clérigos, sin embargo, chocan con los cuestionamientos de las agrupaciones internacionales de víctimas, como la Red de Sobrevivientes de Abusos Sexuales por Sacerdotes (SNAP, por sus siglas en inglés) y Ending Clergy Abuse (ECA). Dichas redes de víctimas han levantado su voz crítica para ser escuchadas. Y en Roma pidieron ser tomadas en cuenta. Sin embargo, hay una brecha con el Vaticano. Y las hermosas palabras y gestos del Papa se ven empañados por los hechos; demandan con firmeza interlocución advirtiendo: “El tiempo de las palabras, los perdones y las solicitudes de perdón ha pasado, es el momento de actuar con inclemencia”.
Francisco aborda el tema del poder como explicación. En su mensaje final de la cumbre contra la pederastia, insistió:
No se puede, por tanto, comprender el fenómeno de los abusos sexuales a menores sin tomar en consideración el poder, en cuanto estos abusos son siempre la consecuencia del abuso de poder, aprovechando una posición de inferioridad del indefenso abusado que permite la manipulación de su conciencia y de su fragilidad psicológica y física. El abuso de poder está presente en otras formas de abuso de las que son víctimas.
LOS ENSAYOS SOBRE LOS DEPREDADORES SAGRADOS
Falta establecer estrategias concretas. No aparecen ni siquiera hipótesis pragmáticas. La teología feminista va mucho más lejos que Francisco. Juan José Tamayo retoma a la feminista estadounidense Mary Daly en un trabajo pionero en el que afirma que la masculinidad sagrada en la Iglesia se torna condición para ejercer todos los poderes. Lo domina absolutamente todo:
El acceso a lo sagrado, la elaboración de la doctrina, la moral sexual, los puestos directivos, la representación institucional, la presencia en la esfera pública, el poder sagrado de perdonar los pecados, el milagro de convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, el triple poder de enseñar, de santificar y de gobernar. Este poder empieza por el control de las almas, sigue con la manipulación de las conciencias y llega hasta la apropiación de los cuerpos en un juego perverso que, como demuestran los numerosos casos de pederastia, termina con frecuencia en las agresiones sexuales más degradantes para los que las cometen y más humillantes para quienes las sufren. Se trata de un comportamiento diabólico programado con premeditación y alevosía, practicado con personas indefensas, a quienes se intimida, y ejercido desde una pretendida autoridad sagrada sobre las víctimas que se utiliza para cometer los delitos impunemente.12
Ésta es la ruta que aborda nuestro libro. En su ensayo, la teóloga feminista Ruth Casas Godoy señala: “La masculinidad sagrada, [es una] aproximación teológica a la perversión pedofílica”. Se encauza en el no lugar de las víctimas frente al poder patriarcal presente en la Iglesia y en la sociedad. Desde la perspectiva de las víctimas, la teóloga señala que lamentablemente para muchas de ellas la denuncia se convierte en revictimización, sobre todo cuando la Iglesia centra su interés en el otorgamiento del perdón al perpetrador y no en la sanación ni en la sanción que demanda la víctima. La revictimización puede ser considerada como un “abuso institucional” cuando la víctima es sometida a chantajes, amenazas, agresiones, injusticias y demoras. Por ello la autora demanda romper paradigmas y visualiza a la Iglesia obligada a reconocer las nuevas visiones de la sexualidad, romper con la esclerosis del pecado de la carne, y exige cambios en la cosificación de la sexualidad.
La pederastia en México nos remite inexorablemente a los Legionarios de Cristo y a su siniestro fundador Marcial Maciel. El prototipo del depredador sagrado es Marcial Maciel. Él ha inspirado el título y la portada de este libro. Su congregación se convirtió en un edén de perversión. No debemos olvidar que el Vaticano y Benedicto XVI intervinieron la orden el 1º de mayo de 2010 para una revisión profunda. Por ello, en los últimos años los Legionarios han presentado informes con los que buscan redimirse ante la sociedad y supuestamente con las víctimas. ¿Por qué creerles ahora cuando llevan decenios mintiendo? ¿Cómo otorgar un bono de credibilidad a una congregación religiosa estigmatizada bajo la corrupción? La memoria es corta y aún no se ha aquilatado todo el daño que han provocado Marcial Maciel y sus Legionarios a la sociedad y a la Iglesia en nuestro país. A la Iglesia católica le ha costado aceptar la pederastia como un mal endémico, pero la inercia institucional es demasiado pesada para que operen cambios profundos a corto plazo. Por ello, en el libro hay tres ensayos que están vinculados a Maciel y los Legionarios.
José Barba, un verdadero héroe de la denuncia contra la pederastia clerical porque ha luchado como pocos, con tenacidad, entereza y solidez argumentativa ha disputado palmo a palmo con la poderosa congregación que le ha jugado sucio. Barba y sus compañeros exlegionarios emprendieron contra viento y marea la búsqueda de la verdad. Ha resistido los desplantes de la burocracia religiosa, tanto en México como en Roma, y las calumnias fabricadas por la orden, y han soportado campañas mediáticas. Otros habrían tirado el arpa, José Barba no. La denuncia de los atropellos sexuales cometidos por Maciel y el encubrimiento sin escrúpulos de la orden religiosa son el trasfondo de su texto. Su ensayo “Opacidad y poder: Marcial Maciel” fue una conferencia. Ahí nos narra su lucha y sus motivos: por dignidad y como acto de justicia. En el último año han fallecido tres de sus compañeros exlegionarios que iniciaron su lucha de denuncia. José se está quedando solo, no así su entereza y fortaleza humana. Me siento muy orgulloso de haber contado con su colaboración en este libro porque José Barba es y será un emblema de integridad de las víctimas de los depredadores sagrados.
El texto de Ana Lucía Salazar, “Mi historia: el dolor que permanece”, es una confesión valiente e intensa, narrada en primera persona. El escrito está construido desde la intimidad, donde uno se asoma a la hondura de su alma que busca justicia. Desde esa profundidad nos percatamos de su niñez robada. Clama a la Iglesia y
