
Ese viernes en Nocturnia el cielo estaba muy nublado, y la joven vampira Amelia Fang se preparaba para pasar un fin de semana fangtástico. La noche siguiente era el cumpleaños de Grimaldi. Grimaldi era uno de los mejores amigos del mundo de Amelia.
—Primero cenaremos de muerte, luego jugaremos y DESPUÉS ¡veremos la última película de SUPERBATRACIO! —le contó Amelia, emocionada, a su madre, la condesa Frivoletta—. Y a Grimaldi le he hecho un regalo SUPERESPECIAL. Es una figura de Grimaldi, Florencia, Tufón y yo, los cuatro debajo del Árbol Petrificado Que Parece Un Unicornio.
—Creo que va a ser un espanto maravilloso, mi horrible polo de hielo —respondió la condesa.
Estaba sentada a la mesa de la cocina, dándole de comer un cuenco de puré de sesos al hermano pequeño de Amelia: Vincent. Era su plato favorito, más que nada porque le encantaba quitarle la cuchara a su madre de un MANOTAZO y reírse como un loco. Esa vez, además, llenó el pañal de un montón de cacas apestosas.
Amelia tenía muchas ganas de perder a su hermano de vista durante un par de días. Aunque lo quería MUCHÍSIMO, Vincent era la criatura más pegajosa y hedionda que Amelia había conocido. Y si la familia le quitaba ojo aunque fuese solo un segundo, echaba a rodar o se metía en el cubo de la basura o refregaba las manos mugrientas por todas partes.
La noche anterior había esparcido estofado de patas de araña por toda la edición limitada y firmada de El encantador de calabazas de Amelia. Y la semana anterior se había comido sus deberes, y a ella le había dado mucha vergüenza tener que decírselo a la maestra. Pero al menos esa semana no tendría que preocuparse de nada parecido.
Amelia pasó el resto de la noche preparando la mochila de calabaza. Y cuando descolgó de la percha su vestido de calabaza favorito, se dio un susto de muerte. ¡Tenía un agujero enorme y babeado en la parte de abajo! Reconoció ese tipo de baba: una mezcla de mocos y puré de sesos…
—¡Viiinceeeeeeeeent! —gritó.
Bajó la escalera dando pisotones fuertes.
—¡Mamá! ¡Vincent ha hecho un agujero con los dientes en mi vestido de calabaza favorito! Supongo que fue la semana pasada, cuando se metió en la lavadora.
Miró a su hermano con el ceño fruncido, y él estiró sus bracitos mugrientos hacia ella.
—¡Nada de abrazos! ¡Te has portado muy mal!
Amelia se sentó en una de las sillas de la cocina y se recostó en el respaldo. Pulposi, que era su calabaza de compañía, le saltó al regazo con un ¡poing! y se le acurrucó en la barriga.
—Al menos puedo confiar en que tú no me llenarás la mejor ropa de mordiscos —murmuró.
—Ay, mi pequeña y encantadora revientagranos —dijo la condesa con afecto—, intenta no enfadarte con tu hermano. Todavía es muy pequeño.
—¡Pero me estropea todas las cosas bonitas! —respondió Amelia furiosa—. ¡El otro día encontré marcas de su trasero en las revistas de calabazas!
La condesa le acarició la mejilla.
—Puede que ahora te parezca que tu hermano es un incordio, pero si no estuviera con nosotros, echarías de menos los mocos y los pegotes que va dejando por ahí.

—De eso NADA —contestó Amelia malhumorada.
Justo entonces, Vincent se vertió todo el batido tibio de sudor de sobaco dentro del pañal.
—Ya sé que lo ensucia todo UN POCO —se rio la condesa Frivoletta—. Pero conozco a otra pequeña vampira que hacía lo mismo cuando era bebé. —Le guiñó un ojo—. Además, cuando te pones con tus creaciones de calabaza en tu dormitorio, a ti también te gusta ensuciarlo todo.
—Eso es distinto —respondió Amelia—. Ensucio por un motivo en concreto. Y LUEGO lo limpio.
La condesa sonrió.
—Sé paciente, horrorcito mío. No lo hace adrede. —Le dio a Amelia un beso en la frente—. ¿No ves que te adora?
Vincent parpadeó mirando a Amelia y después se quitó el pañal de un tirón y lo lanzó al otro lado de la cocina.
—En cualquier caso, vas a pasar un fin de semana maravilloso con tus amigos —dijo la condesa—. Tengo un millón de cosas que hacer ahora que tu padre y Uuuh están en la cama con frankengripe. Entre los dos ya han gastado casi treinta y nueve cajas de pañuelos de papel ¡en solo dos días!

La siguiente vez que salió la luna, Amelia se zampó un cuenco de cereales Monstruos Mancos, lista para salir corriendo a la fiesta de noche de cumpleaños de Grimaldi. ¡Estaba deseando empezar el fin de semana de diversión sin su hermano!
La condesa Frivoletta entró en la cocina con un poco de tambaleo. Su habitual moño cardado parecía un nido de pájaros y se había abrigado con una bata de terciopelo.
—Horrorcito —dijo con la voz muy ronca—, creo que he cogido la… la… la… ¡ACHÍS!
—¡Ay, no! —exclamó Amelia—. ¿Tú también has cogido la frankengripe?
—Creo que sí, mi pequeño pedacito de carne —respondió la condesa.
Entonces se sonó los mocos y casi se le salen los ojos de las cuencas.
—Anda, sé un horrorcito y cuida de Vincent.
Amelia miró a su querida madre con auténtico pavor.
—Pero ¡si es el cumpleaños de Grimaldi! —gritó.
—Lo siento mucho, horrorcito —respondió la condesa Frivoletta—. ¿Puedes llevártelo a la fiesta? Yo tengo que acostarme. Y no me gustaría nada contagiaros esta frankengripe tan asquerosa a uno de los dos.
Amelia suspiró. Era lo último que quería hacer, pero sabía que debía ayudar a su madre.

—Bueno, no te preocupes —dijo en voz baja—, me las apañaré muy bien…
Por el rabillo del ojo, Amelia vio un chorrito de líquido amarillo volando por los aires. Justo a tiempo, cogió el cazo que tenía más cerca y lo usó para atrapar el pis.
—Bien, pero requetebién —dijo con una sonrisa muy forzada en la cara.



—¡Feliz noche de cumpleaños! —gritó Amelia cuando Grimaldi Guadaña abrió la puerta de la barcaza donde vivía con su familia.
—¡Ameeeliaaaaaa! —la saludó Grimaldi—. Florencia y Tufón ya están dentro… Más te vale darte prisa o ¡Tufón se comerá el cuenco ENTERO de palomimocos con colas de caracol!
Entonces vio a Vincent, que iba dentro de su cochecito ataúd.
—Ay, ¡hola, Vincent!
Amelia entró un poco avergonzada.
—He tenido que traerlo, espero que no te importe —dijo—. Mi madre, mi padre y Uuuh tienen la frankengripe, así que nadie puede cuidar de él. ¡Y yo no pensaba perderme tu noche de cumpleaños por nada del mundo!
—¡No importa! —contestó Grimaldi, y, contento, la hizo pasar.
Pulposi entró dando botes detrás de ella.
—¡Cuantos más, mejor!
Amelia no estaba segura de que Grimaldi fuese a pensar lo mismo al cabo de unas horas con Vincent, pero de todos modos sonrió y dijo que sí con la cabeza.
La condesa Frivoletta había llamado antes para preguntar a los padres de Grimaldi si les importaba echarle un ojo al bebé. Así que, aparte de una maravillosa cena de muerte para Grimaldi, Grimardo y Grimelda habían preparado un plato especial de puré de sesos para Vincent. Amelia se avergonzaba mucho de su hermano porque él no paraba de tirarse pedos y enseguida consiguió que todo el salón oliese a rayos. Todos fingieron que no se daban cuenta.
—Qué grande se está haciendo —arrulló Grimelda, y le hizo cosquillas debajo de la barbilla—. ¿A que sí? ¿A que eres el más guapo? Debes de estar muy orgullosa de tu hermano, Amelia.

Sin embargo, en ese momento Amelia no estaba muy orgullosa de él. Por suerte, tenía la boca llena y no podía contestar. Sonrió y continuó zampándose el postre de glóbulos oculares cubiertos de chocolate.
Poco después, Grimardo dio dos porrazos en el suelo con la guadaña.
—¡La hora de los regalos! —canturreó.
Los amigos soltaron vítores.
—¡YUPIIIIII! ¡LA MEJOR PARTE! —exclamó Florencia Tronco.
Florencia era una raza rara y enorme de yeti (y NO había que confundirla con una bestia). Revolvió por debajo de la mesa y sacó un paquete pequeño.
—NO SE ME DA BIEN EMBALAR REGALOS —dijo avergonzada—. LO QUE SE ME DA BIEN ES EMBALARME CUANDO ME EMOCIONO.
Vincent intentó agarrar el regalo cuando Florencia se lo daba a Grimaldi.
—¡NO LO TOQUES CON TUS ZARPAS PEGAJOSAS, RENACUAJO! —se rio Florencia.
Grimaldi rasgó el papel y sacó algo que parecía un gorro deforme con un pompón.
—¡Anda, gracias, Florencia!
—¿Qué es, mi pequeño pepinillo petrificante? —preguntó Grimelda, y se inclinó para verlo desde el otro lado de la mesa.
Grimaldi estudió el extraño objeto.
—Hummm, ¿Florencia?
—¡ES UNA FUNDA DE LANA PARA LA
