Agradecimientos
A mis padres, a mis hijos, a mi marido; a los pediatras con los que trabajo (hoy ya no podría concebir esta actividad de otro modo que no fuera en equipo con ellos); y a mis pacientes. Por lo que todos ellos se esforzaron en enseñarme y ayudarme a crecer.
A mis terapeutas, supervisores y profesores, especialmente a Martha Gonçalves Bórrega y José Valeros, quienes me acompañaron durante muchos años en mi camino como terapeuta y orientadora de padres.
A los padres que confiaron en mí y me plantearon sus inquietudes, dudas y dificultades. Aquellos con quienes fuimos desgranando ideas, respuestas; a veces sólo descubriendo emociones subyacentes, y ampliando juntos los modelos de decir o de hacer.
A las mamás-alumnas de los grupos de madres, quienes me ayudaron a pensar, me dieron ideas brillantes, que luego hice mías y enseñé a otros, y me hicieron preguntas que resultaron centrales para entender la paternidad e intentar explicarla.
Al programa TVcrecer y a su gente, que me invitó a idear ‘mensajes para padres’ y fortaleció mi deseo de escribir este libro.
A mi hija Sofía, quien logró convertir mis torpes dibujos en esquemas comprensibles y diseñó los canguritos que ilustran estas páginas.
Por último, a Ana Guillot, correctora, asesora, amiga, sin cuya ayuda este libro no hubiera sido posible.
Introducción
Hace ya muchos años, unos veinte o veinticinco, no lo recuerdo exactamente, escribí un artículo corto: “El valor de la mirada de los padres”. Lo pensé para compartir con los padres de mis pacientes como un resumen de algunas ideas que me resultaban fundamentales para la crianza. Nunca me detuve, seguí escribiendo acerca de distintos temas y hoy sigo escribiendo y compartiendo, difundiendo los conceptos que fui aprendiendo, descubriendo, practicando en mis años de experiencia como profesional y madre.
A partir de esos primeros artículos surgió este libro: Criar hijos confiados, motivados y seguros (2011) que tuvo una excelente acogida y me abrió las puertas para colaborar regularmente en diversos medios de comunicación, lo que vengo haciendo desde hace casi diez años. Así tuve el placer y la oportunidad de revisar algunos temas, de profundizar otros y de pensar varios nuevos. Algunos de esos temas estaban delineados en ese primer libro y/o en los siguientes, otros surgieron a raíz de una pregunta en el consultorio, por mail, o a través de una red social, a veces de algo que leía en el diario, y otras de alguna inquietud personal y de situaciones que ocurrieron tanto en mi vida familiar como en el entorno cercano.
Hoy, a diez años de la publicación del libro me cuesta acostumbrarme al cambio que implicó en mi vida profesional: de psicóloga de barrio a autora, columnista de diarios, disertante en colegios y empresas y también viajando al interior. Ya son cinco mis libros publicados –uno con Inés Di Bártolo– y siete los libros de cuentos para chicos escritos con mi hija Sofía Chas, más de 100.000 ejemplares vendidos, y tengo más proyectos de libros nuevos en la cabeza.
Ni en mi mejor sueño creí que iba a estar en este lugar a diez años de la publicación de Criar hijos confiados, motivados y seguros. Facebook fue una interesante vidriera para mostrar mis ideas, pero Instagram me permitió consolidarme como referente de la crianza en nuestro país.
Al releerlo para esta nueva edición del décimo aniversario descubrí con alegría, y también asombro, que las ideas seguían tan vigentes como en 2011, me encantó agregar algunas nuevas fruto de mis incursiones posteriores en inteligencia emocional, neurociencias y teoría del apego, pero también me di cuenta de que seguía promoviendo las mismas ideas, que no necesitaba cambiar mucho.
Escribir me ayudó a sanar cuestiones de mi propia infancia y de la crianza de mis hijos, fui madre joven y no sabía casi nada de lo que hoy sé. Hubiera hecho diferentes muchas cosas de haberlas sabido en los finales de los años ’70. Poder compartir con mis hijos lo que aprendí para que ellos sí puedan aplicarlo a la crianza de mis nietos es una de mis mayores alegrías.
No tengo más que palabras de agradecimiento a quienes lo hicieron posible, en primer lugar, a Florencia Cambariere, editora, quien confió en mi libro desde el primer día, a la editorial Penguin Random House que a través de Flor me abrió sus puertas, a Magalí Etchebarne y a Fernanda Mainelli que fueron tomando la posta de Florencia cuando ella fue asumiendo puestos de mayor responsabilidad dentro de la editorial. Y que me siguen acompañando en mis locos proyectos como este de hacer una versión corregida y revisada de mi primer libro para celebrar los diez años de su aparición.
Otro enorme gracias a los lectores que continúan apostando a leerme, escucharme, seguirme, recomendarme, y que con su entusiasmo y aliento me confirman en este camino.
Aquí les dejo entonces, el nuevo-viejo libro: básicamente el mismo, ¡pero mejor!
EL CAMINO
Los bebés llegan al mundo absolutamente indefensos. Al nacer, no pueden abastecerse por sí mismos y tampoco desplazarse. Las mamás, por otro lado, no tenemos un bolsillo como los canguros u otros marsupiales para cargarlos y cobijarlos, pero sí los tenemos muy cerquita de nosotras, y los atendemos dentro de nuestro propio ‘marsupio’ virtual, imaginario, durante muchos meses. Este período de total indefensión del bebé dura otros nueve meses como un segundo embarazo, que culmina cuando el bebé empieza a desplazarse y puede alejarse de la madre y volver a acercarse cuando lo desea; en un primer momento, gateando; y, luego, caminando.
De todos modos, esta etapa mencionada no termina en ese momento, ya que nuestros cachorros humanos siguen dependiendo de sus padres por largos años. Es extenso el período en el que los adultos humanos nos ocupamos de las necesidades de supervivencia de nuestros hijos y ellos aprovechan esa moratoria para pasarla bien sin la responsabilidad de preocuparse por cuestiones de supervivencia. En esas condiciones, durante los años de infancia y adolescencia, los chicos pueden jugar, establecer relaciones, aprender y desplegar al máximo sus potencialidades. Son años en los que los padres1 podemos y debemos, no sólo alimentarlos y atender sus necesidades básicas sino también acompañarlos en ese ‘convertirse’ en personas adultas, independientes, autoportantes, con una autoestima adecuada y con confianza y esperanza en el mundo, en la vida, en la gente.
En este libro me dedico al niño a partir de los nueve meses de vida. Desde el momento en que sale de al lado de su mamá, como el bebé canguro del marsupio, y descubre el mundo más allá de ella (de todos modos por muchos años volverá una y mil veces a su lado, a ese ‘puerto seguro’: el regazo de mamá). Aunque muchos temas de los que hablo empiezan antes de esos nueve meses. También me ocupo de los intentos de los padres por convertirlo en una persona ‘civilizada’, de modo que pueda adaptarse y vivir en un entorno humano. Analizaremos y nos centraremos en el tiempo de la infancia y la latencia, hasta llegar a los diez u once años. Con latencia me refiero al período entre el final de la etapa edípica y el comienzo de la pubertad, queda “latente” la sexualidad y la energía queda disponible para aprender, jugar, hacer amigos, el deporte, etc. En varias ocasiones me refiero, también, a etapas más tempranas, cuando lo que ocurre más adelante lo hace necesario. Centralmente, éste es un libro acerca de bebés y niños, y no de adolescentes.
En la primera parte, “De padres e hijos”, me centro en aquel lugar especial, aquella posición particular en que podemos ubicarnos los padres de modo de acompañar a los chicos en el desarrollo de la autoestima y de recursos ricos y variados para desenvolverse en la vida (sin desperdiciar energía en defensas), en el desarrollo de un yo fuerte, en el despliegue de su inteligencia, habilidades, motivaciones, etc. Para ello es necesario revisar teorías y cosmovisiones que traemos desde nuestra infancia y ampliar el modelo y los recursos (y a veces reconsiderar ciertos mitos) con los que los criamos.
En la segunda parte, “De hijos”, destaco las distintas etapas por las que ellos van transitando y algunas dificultades propias de cada una.
En la tercera, “Límites”, reviso las diferentes posturas en relación con la disciplina y, con ejemplos concretos, desgrano alternativas que nos facilitan la vida diaria y nos ayudan a enojarnos menos, a sonreír más, a ser más eficaces en nuestra puesta de límites, y, finalmente, a mejorar el clima emocional de la casa. La idea es educarlos sin doblegarlos y reforzar la imagen de sí mismos al mismo tiempo, con mucha firmeza y también mucho amor incondicional.
“La vida diaria”, la cuarta parte, se ocupa de las cuestiones de todos los días: comida, sueño, control de esfínteres, hábitos, colegio, tareas, otras actividades, hermanos, el embarazo de mamá; y abre un espacio para repensar el estilo y el ritmo de vida que llevamos en este nuevo siglo.
En “El juego” (el trabajo de los niños, esencial para su desarrollo sano), incluyo varios artículos que nos permiten entenderlo mejor (por qué juegan y para qué lo hacen), y así darle lugar, favorecerlo, animarnos a jugar con ellos; también hablo de los amigos y del uso del tiempo libre (¡ay!, ¡la televisión, la computadora, los jueguitos!).
La última parte, “Otros temas”, incluye artículos sobre asuntos muy variados, la mayoría de ellos son ‘difíciles’ de afrontar: la separación, la muerte de un ser querido, madres que trabajan; o cuestiones de los chicos, como enfermedades de algún hijo, miedos, vergüenza y timidez, mentiras y robos, etc. Ya que es imposible incluir todas las situaciones complicadas, elegí las que más veo en la consulta, y algunas otras que, aunque no son tan comunes, me parecen importantes.
Hace un tiempo, en la época en que empezaba a imaginar este libro, una amiga me habló del refrán “si el atajo fuera bueno, no existiría el camino”. La frase me resultó una excelente síntesis de lo que me propongo presentar: un libro que hable del camino de la paternidad, que no siempre es corto ni fácil; y del atajo que nos tienta en cada esquina. Defino atajo como aquellas respuestas de los padres que terminan los temas sin que haya procesamiento adecuado, aquellas que elegimos para que los chicos no sufran, o no se enojen con nosotros, o por cansancio.
Esta propuesta es como el camino largo de Caperucita: en el corto, amenaza el lobo; el largo es trabajoso y, por momentos, cansador; pero más seguro para las identidades en construcción de nuestros hijos, para que tengan autoestimas sólidas, para que se respeten y puedan respetar a otros, para que integren dentro de ellos aquellas buenas cualidades o virtudes que anhelamos que tengan. Lo paradójico es que, a mediano plazo, el camino largo termina siendo más corto, se convierte en un verdadero atajo; aunque al principio, hasta que lo internalizamos, lleve más tiempo. A lo largo del libro iremos desgranando las razones por las cuales se hacen necesarios distintos caminos largos en muchos temas de padres e hijos. No hablaremos del único camino (hay muchos otros que seguramente también son buenos), sino de aquellos que fui descubriendo como mamá, como psicóloga de niños, y como orientadora de padres en treinta años de trabajo.
Cuando esperaba a mi primer hijo, y durante sus primeros meses de vida, no estaba interesada en los libros de crianza. Seguramente, en e
