No matarás

Ana Sofía González
Ana Sofía González

Fragmento

Título

Juan Pablo la sujeta con fuerza. Vicky dice que no. Él enrosca los dedos en su pelo enmarañado. La inmoviliza sin dificultad. Te gusta mi verga y lo sabes, dice y mete la lengua en su oreja. La tomó por sorpresa. Esperó detrás de los coches a que ella sacara la basura. Le succiona la boca. Ella aprieta los labios y cierra los ojos. La abofetea. No te hagas del rogar, pendeja, bien que quieres que te la meta.

La lleva a empujones al fondo del patio de tendido. El hedor a orina en el azulejo corroe sus fosas nasales. Los ladridos de un rottweiler retumban al otro lado de la puerta. La presencia del hombre perturba al animal. Ladra y se azota feroz contra la lámina.

Juan Pablo la tira al piso y le sube la falda. La mujer trata de evitarlo. No, déjame. Manotea, repite que no. No grites, dice y le tapa la boca. Le asesta otra cachetada.

Todo el día pensó en metérsela. Le exaspera que se resista tanto. No le queda mucho tiempo, el camión que debe tomar llegará a las siete en punto. Saca su navaja del bolsillo. Le rasga los calzones y la desnuda. Vicky, inmóvil, pega con fuerza una rodilla contra la otra. Juan Pablo le escupe y sonríe burlón. Suelta la navaja. Le abre las piernas y le introduce dos dedos en la vagina con brusquedad. Su erección se aviva. Se baja los pantalones y la penetra. Jadeos. Sábanas ondean en el tendedero. Ladridos incesantes detrás de una puerta de metal. Un bóiler. Herramientas oxidadas. El ardor de las paredes vaginales la abrasa. Él se mueve cada vez más rápido. Saca la lengua y pone los ojos en blanco. Vicky levanta la mirada. Una parvada de tordos surca el cielo. Juan Pablo está a punto de eyacular.

Con un rechinido se abre la puerta. El perro se abalanza feroz contra él. La primera mordida es en el muslo derecho. Sacude la cabeza y lo jalonea para arrancarle el pedazo. Mana sangre de una arteria perforada. Juan Pablo siente los colmillos despedazar el tejido. Se encorva para proteger pene y testículos. Grita. Lo golpea con el puño. Busca su navaja a tientas. No la encuentra. Alcanza una maceta y la estrella contra la cabeza del animal. Es inútil. Siente su carne desprenderse. La bestial mandíbula lo acribilla. Palpa el piso y al fin encuentra la navaja. Intenta encajársela repetidas veces en la cabeza. No logra lastimarlo. El perro no recula. La herida de Juan Pablo es lacerante. Vicky, encogida en el rincón, lo observa aterrada.

Juan Pablo apuñala a la fiera cerca de la oreja y consigue que afloje por un instante. Alcanza a ver su pierna destrozada. Piel y músculos desgarrados. Sangre a borbotones.

Una adolescente atraviesa la puerta, Alejandra, la dueña del perro. El animal arremete contra el hombre. La segunda mordida es en el brazo izquierdo. El rottweiler enloquecido sacude la extremidad. Con la fuerza que le queda, el hombre logra hendir su navaja en el ojo del perro. El cristalino explota, salpica una sustancia acuosa. El rottweiler, desorientado y adolorido, lo suelta.

¡Ven acá!, le grita furioso a Vicky. Ella se arrastra para alejarse. Juan Pablo la sujeta del tobillo y la jala hacia él. La mujer intenta gritar. El alarido se le atora en la garganta. Está acorralada. Juan Pablo alza la mano sujetando la navaja, parece que va a apuñalarla. Alejandra grita. Él, aturdido, gira y repta hacia ella. Blande el filo. Le roza la espinilla. Un fino hilo de sangre le escurre. Alejandra alcanza una pala y golpea al hombre. Seco. Metal contra cráneo. Él aún se esfuerza, quiere herirla. Otro choque firme y preciso. Metal contra nuca. Un crujido. Un último golpe.

Juan Pablo, inmóvil, aún la mira, pero ahora es incapaz de pensar. Millones de neuronas siguen funcionando, solo que han perdido conexión con el resto del cuerpo. Brota sangre del cuero cabelludo. Una sustancia rosada escurre por su cuello. Alejandra tira la pala. La sangre se extiende. El hombre tendido deja de moverse.

Juan Pablo no irá a la parada del camión.

No verá más a su esposa, ni a sus hijos.

Nadie lo volverá a ver.

Viento

Escucho los primeros truenos. Apago las luces y miro por la ventana. Me enrollo en el edredón de mi cama y veo las primeras gotas pegar contra el cristal. Siento las manos heladas, pero no voy a cerrar la ventila. Me gusta el olor a tierra mojada y me gustan las tormentas eléctricas. En clase de física, el profe nos dijo que cada segundo que pasa entre el rayo y el trueno equivale a trescientos cuarenta metros.

De caer unas cuantas gotas, de repente llueve tanto que no alcanzo a ver los árboles. La luz de un rayo ilumina mi recámara. Cuento, uno, dos, tres, llega el trueno. Los cristales se cimbran. Cayó muy cerca, a unos mil veinte metros de aquí. ¿Habrá caído en el campo de golf? Imagino un árbol incendiado.

Las tormentas me daban pánico por culpa de Vicky y sus historias de terror. Según ella en su pueblo cayó un rayo en una casa y chamuscó a una niña que dormía en su cama. Bien muerta, dijo, aunque no sé si creerle. Vicky dice cada cosa. Por ejemplo, asegura que en la casa de al lado vive un fantasma y afirma que a ella los espíritus le hablan al oído.

En las bocinas suena Viento, de Caifanes, me encanta esa canción. Subo el volumen y el sonido de la lluvia se atenúa. Un fino chorro de agua entra por la rendija de la ventana y empapa la duela. Mi papá se pondría histérico si lo viera. No me importa. No pienso cerrar la ventana. Equis, da igual, no importa lo que haga, todo le parece mal. No sé cuál de mis fallas lo pone de peor humor: si mis malas calificaciones o que soy niña. Yo creo que la segunda, porque en cuanto me ve pone cara de ¿qué haces aquí, escuincla? Estoy segura de que es por eso.

Sé que él quería un hijo con pene, testículos y semen, mucho semen para preservar su estirpe. Nosotros no somos una familia de abolengo, para nada, solo que él se siente parido por Christian Dior. Además, mi papá teme que todo su dinero se lo va a quedar quién sabe quién cuando me case. En serio, yo nunca me voy a casar, qué horror.

Hace dos años mi mamá se embarazó. A mí me cayó como bomba el chistecito. No supero el oso que sentí cuando mis amigas se enteraron. Me dio asco nada más de imaginarme a mis papás encuerados haciendo esas cosas. Más de una vez me tocó oír los golpecitos de la cabecera contra la pared de mi cuarto. Una vez pegué la oreja para corroborar lo que estaban haciendo y escuché los gemidos de mi ma­má. Quería arrancarme las orejas. Literal, es lo más perturbador que he escuchado en mi vida. Me daban ganas de vomitar, no es broma. Creían que no me daba cuenta cuando mi papá le decía a mi mamá que subieran “a ver una película”. Yo a propósito preguntaba ¿qué película van a ver? ¿me invitan? Mi mamá seria negaba con la cabeza, mi papá no contestaba nada. Más obvio, imposible.

Mi papá le presumió a todo el mundo que al fin iba a llegar su machito, así le decía al bebé, como si se tratara de un perrito o de un chivito. No sé por qué estaba tan seguro de que era un varón, porque mi mamá me dijo que en el ultrasonido aún no podía distinguirse nada.

Estaba tan emocionado que consiguió una camiseta miniatura del Real Madrid, su equipo de futbol favorito. Ah, porque él y sus amigos le van al Real Madrid o le van al Barcelona. No al América, al Querétaro o a las Chivas, como la gente normal. No, señor, como mi bisabuelo era español, pues él se cree más español que el rey de España.

Llegó feliz a enseñarme la playerita. ¿A poco no está pocamadre?, me preguntó. Imaginé al tierno bebé regordete babeando en las piernas de mi papá con la camiseta puesta, viendo uno de sus aburridos partidos de futbol. Todavía no nacía y mi hermano ya me caía gordísimo. Pobre, a veces pienso que no nació por mi culpa, por haberlo rechazado sin siquiera conocerlo. Ahora que lo pienso, no estaría nada mal tener un hermano.

A mi mamá ya empezaba a crecerle la panza, no mucha, pero ya se le notaba. De pronto un día de la nada, tuvo un sangrado masivo y tuvieron que llevarla al hospital. El doctor dijo que mi hermano, o lo que fuera, se había encarnado a un fibroma en el endometrio o algo así. Lo que yo entendí es que mi mamá tenía un tumor que no permitió que el feto se desarrollara y lo terminó matando.

Durante mucho tiempo tuve una pesadilla recurrente en donde veía a un monstruo putrefacto con mil dientes tragándose al bebé. Espantoso. Yo estaba con mi papá cuando el doctor le entregó el fibroma en una bolsa de desechos peligrosos. Mi papá sostenía la bolsa con la punta de los dedos frente a la lamparita del buró para examinarlo a contraluz. Me recordó al corazón crudo de un pollo y me pregunté si esa cosa se habría comido a mi hermano con todo y piernitas.

Tuvo suerte, patología indica que es benigno, señaló el médico casi con una sonrisa. Después, el muy sádico le explicó a mi papá que, desafortunadamente, había tenido que aspirarlo todo, ya que los órganos del producto se habían licuado. Juro que usó esas palabras, le dijo “producto” y “licuado” a mi hermanito, no estoy inventando. Al final también tuvo que quitarle la matriz a mi mamá.

Cuando regresaron del hospital, papá se encerró en su estudio. No salió ni a trabajar durante cinco días seguidos. Apretaba contra su pecho la camiseta del Real Madrid. Me dio lástima, pero cuando me acerqué a abrazarlo me pidió que lo dejara solo. Hace poco vi que todavía guarda la camiseta en el cajón de sus relojes.

En cuanto a mi mamá, duró dos noches internada. Después de eso se la pasó dormida un mes entero. Literal, dormida. No importaba a qué hora entrara a su cuarto, siempre la veía acostada con los ojos y las cortinas cerradas, vivía como en una cueva. Ni siquiera la oí llorar como a mi papá, parecía como en estado vegetal. Apenas si hablaba. Yo le llevaba sopa y no se la comía. Su buró estaba repleto de medicinas. Solo se levantaba al baño. Me acurrucaba junto a ella y permanecíamos horas en silencio.

Un día regresé de la escuela y la fui a saludar como siempre. Me sorprendí al encontrar las cortinas abiertas y me emocioné cuando oí el sonido de la regadera. La esperé sentada en la cama. Abrió la puerta del baño y una nube de vapor salió con ella. Me pareció raro verla despierta y hasta me sonrió. Se acercó a mí y me abrazó, me di­jo que a partir de ese momento íbamos a estar mejor. Yo no podía creer que estuviera contenta, me alegró verla así.

Cómo iba a saber que, para estar mejor, iba a tener que irse de la casa. Se fue a las dos semanas sin despedirse. No me dijo adiós, pero la última noche que durmió en mi casa, fue a mi cuarto y me dijo que debía desaparecer por un tiempo.

¿Cómo que desaparecer?, le pregunté.

Los cambios son buenos, ya verás.

¿Te vas a ir? No contestó.

Voy contigo. No quiso, dijo que no podía mantenerme y que yo todavía tenía que terminar la prepa e ir a la universidad.

Porque, escúchame bien, tú tienes que ir a la universidad sí o sí, no como yo, tú no vas a depender económicamente de un hombre, ¿me oíste?, exclamó con los ojos vidriosos.

¿Cuándo te vas? De nuevo no contestó. Apretó mis manos con fuerza y me dio un beso en la frente.

Algún día me entenderás, dijo.

Cuando Vicky me despertó para ir a la escuela, ya se había ido. Fui a buscarla a su cuarto, después a la cocina, luego a la cochera. Su camioneta seguía ahí, sentí alivio, aunque me duró muy poco. Corrí por toda la casa y ya no la encontré. No sabía que ese último apretón era la despedida. De saberlo, no la habría soltado.

Mi papá estaba todavía más sacado de onda que yo, porque a él no le dijo nada. Nada de nada. Solo le dejó un sobre con las llaves de la Suburban, las tarjetas de crédito, su celular y una carta que nunca me dejó leer.

Lo primero que hizo fue hablar por teléfono como enajenado. Abrió la agenda y le marcó a todas las amigas de mi mamá. Decía cosas como: Hola, ¿de casualidad vas a ver a Magui? O, no seas mala, si ves a Magui dile que me hable, es que se le olvidó su celular. Incluso habló con mis tías que viven en la Ciudad de México y eso que no las soporta. Pude adivinar que ellas tampoco sabían nada porque mi papá marcó y marcó hasta que llegó a la letra Z y ya no tuvo a nadie más a quién llamar.

Aunque ya era tarde, me obligó a ir a la escuela. Durante las clases me la pasé con el estómago revuelto. ¿De verdad mi mamá se había ido de la casa?, quizá habría ido al club o a visitar a una amiga o al doctor. No sabía que ahora sí iba en serio. No era la primera vez que amenazaba con irse. Cada vez que mi papá le pegaba, ella hacía su maleta y todo el numerito. Mi papá siempre la convencía de quedarse, le pedía perdón y le prometía que no volvería a suceder.

Cuando volví del colegio todo seguía igual, la única diferencia era que mi papá ya no estaba preocupado, ahora parecía un energúmeno diabólico. Me trató horrible. Me gritó como si yo tuviera la culpa. Me decía que yo la había ayudado, que yo era una ingrata. Sus regaños me hicieron llorar, pero me entristeció más comprender que mi mamá se había ido.

Vicky trató de consolarme con té de manzanilla y uno de tila que sabía a rayos. Al paso de los días a mi papá se le bajó el genio y yo dejé de llorar. Todo estuvo callado, como si nosotros también nos hubiéramos ido.

Mamá se fue el 11 de marzo de 1994, hace casi dos años que no la veo. Ni en Navidad ni en mi cumpleaños y apenas he hablado con ella. Me envía cartas sin remitente de vez en cuando. Vicky las separa del resto de la correspondencia para que mi papá no las vea. Me cuesta trabajo leer su letra manuscrita. En todas dice que me extraña, que está bien, que no me preocupe por ella, bla, bla, bla. En la última que recibí me dijo que pronto nos íbamos a ver. No sé a qué se refería con “pronto”, han pasado semanas y nada. No entiendo por qué tarda tanto.

Los primeros meses sin mi mamá la pasé muy mal, sobre todo a la hora de acostarme. Solía quedarse sentada en el sillón de mi cuarto hasta que me quedaba dormida. Empezó a hacerlo cuando yo tenía siete años y me daba miedo la oscuridad. Luego crecí y le dije que si quería podía dejarme dormir sola. A mi mamá no le importó que yo ya no tuviera miedo y continuó acompañándome todas las noches. No hablábamos, pero su compañía me reconfortaba.

Una noche le pregunté por qué se había casado con mi papá. Fue la única ocasión en la que realmente se abrió conmigo. Me contó de la primera vez que salió con él. Llevaron chaperón porque mi abuelita era mega estricta y no la dejaba salir sola con ningún chavo. Al principio, mi papá le abría la puerta del coche, le regalaba flores y le prestaba su saco cuando hacía frío.

Mami, ¿en qué momento cambió?, le pregunté. Se quedó callada. A lo mejor está enojado porque no te salen bien las cuentas, sugerí.

No, no es por eso, dijo.

En mi cuarto hay dos camas: la mía y la de visitas. Cuando mis papás peleaban, mi mamá dormía en mi cuarto. Primero lo hacía una o dos veces al mes, al final dormía conmigo casi diario. La escuchaba llorar debajo de las cobijas. Me rompía el corazón verla así. No sabía qué decirle y no me quedaba más que acariciar su pelo. Aunque no sé si el verbo “pelear” se pueda aplicar en este caso. Según el diccionario, pelear significa luchar, combatir, contender. Ella no hacía nada de eso, más bien mi papá le gritoneaba horrible por cualquier cosa y ella apenas se defendía. Él le decía groserías, la empujaba y a veces hasta le pegaba con el puño en el brazo o en la espalda. Cuando mi mamá lloraba se le iba la voz, así que rara vez le respondía.

¡Contesta, Margarita!, le gritaba y entonces mi mamá se esforzaba por decir algo que no empeorara las cosas.

Mami, ¿y por qué no te divorcias? Los papás de Liz Quintana se divorciaron y ella dice que su mamá está tranquila desde entonces. Mamá respondía que eso no era posible, que mi papá prefería matarla antes que darle el divorcio.

Yo no sé por qué papá quería seguir casado con mi mamá, si se veía a leguas que no la quería. Desde que tengo memoria fue malísima onda con ella. Por ejemplo, cuando cumplieron diez años de casados, fuimos a Madrid de vacaciones. Yo tenía nueve años. Mamá se encargó de todo, empacó las maletas, compró los boletos de avión y reservó el hotel en la agencia de viajes. Todo pagado por mi papá, obvio.

Él quería que nos hospedáramos en el hotel Reina Victoria, pero ya no había lugar y mamá reservó en un hotel que se llamaba Senador del Real. Nunca olvidaré el nombre. Cuando llegamos pensamos que nos habíamos equivocado de dirección. Era espantoso. Por fuera parecía abandonado.

La recepción era muy chica y oscura. Apenas si cabíamos los tres con todo y maletas. El encargado, un señor gordo y sudoroso, traía puesta una camiseta sin mangas agujerada. El cigarro se le quedaba pegado al labio inferior al hablar. Para las pulgas de mi papá, que no sale de mi casa si no es bañado, perfumado y con la camisa perfectamente planchada.

No había elevador, así que mi mamá tuvo que subir los dos pisos con cada maleta por las escaleras, yo le ayudé como pude. Mi papá no porque toda la vida ha sufrido de la espalda y no puede cargar cosas pesadas. Los corredores olían a una mezcla entre comida rancia y pies. La habitación, la verdad, estaba deprimente. Había manchones en la alfombra del año del caldo que alguna vez había sido beige. La colcha de la cama estaba deshilachada y el sofá donde me tocaba dormir tenía migajas, quién sabe de qué. Lo peor era el baño lleno de hongos en los azulejos. Era asqueroso, no digo que no. Solo que mi mamá y yo lo único que queríamos era salir a pasear, era mi primera vez en España. Además, los tres moríamos de hambre. Desde el avión veníamos saboreándonos el jabugo y el queso manchego. Mi mamá y yo abrimos nuestras maletas para cambiarnos.

Bueno, dijo mi mamá, al fin que el cuarto solo es para dormir.

Mi papá daba vueltas en el cuarto como si fuera un tiburón en un acuario. Se detuvo frente a la ventana que miraba al edificio de al lado, como a un metro de distancia. Mi mamá y yo cerramos las maletas casi al mismo tiempo al ver su expresión. Cuando algo le molesta a mi papá, aprieta la quijada y se le tensa el cuello.

Ricardo, ¿quieres que nos cambien de cuarto?, preguntó mamá con voz suave para no irritarlo. Él la miró con el ceño fruncido. De pronto dio un pisotón en el suelo. Pescó a mi mamá de la nuca y la obligó a agacharse hasta forzarla a tocar con la cara la cucaracha que acababa de pisar. Yo vi cuando su nariz rozó la gelatina amarillenta que salía del caparazón. Sentí cómo poco a poco toda la sangre se me fue a los pies.

¿Segura que quieres quedarte en este hotel?, preguntó papá con los dientes apretados. Mamá negó con la cabeza. Yo, calladita, porque si decía algo arremetería también contra mí.

Bajamos al lobby. Mamá temblaba y ya no pudo bajar las maletas. Mi papá las echó a patadas por las escaleras. Llegó a insultar al gordo de la camiseta que seguía fumando, le gritó que su hotel era una mierda. El tipo lo miró de arriba abajo y respondió que tenía que pagarle al menos la primera noche. Vaya usted a chingar a su madre, no le voy a pagar nada, gritó papá y dio un manotazo en el mostrador. El señor con la boca abierta apagó el cigarro y no volvió a decir ni pío.

Tomamos un taxi que nos llevó a otro hotel. Mi papá iba en el asiento delantero, platicaba con el taxista sobre el clima y el marcador del último partido del Real Madrid, mientras mi mamá miraba hacia afuera y se frotaba la nariz y el cachete con un pedazo de papel de baño. El nuevo hotel era elegante y estaba en un barrio muy bonito. Una vez registrados, dejamos las maletas en el cuarto y nos fuimos a comer al restaurante favorito de mi papá, el Asador Donostiarra.

En cuanto entramos al restaurante acompañé a mi mamá al baño. Rompió en llanto frente al espejo como si fuera una niña chiquita. Escupía en el lavabo y lloraba más. Cálmate, mami, que si papá se da cuenta se va a volver a enojar, le dije. Se echó agua y jabón y se talló la cara. Se restregó una toalla de papel y se volvió a lavar con fuerza. Tuve que ayudarla a limpiarse el rímel escurrido para que no se le notara que había llorado.

Cuando regresamos a la mesa, había un platón de jabugo y dos cervezas. Te pedí una cañita, Magui, dijo mi papá con una sonrisa.

Comí poco porque todo se me atoraba en el nudo que tenía en la garganta. Mamá masticaba con la vista en el florero. Papá estaba relajado y contento, y empezó a hablar con entusiasmo sobre los planes para los próximos días. Qué tal si mañana vamos al Museo del Prado y después caminamos hacia la Cibeles, propuso.

No se habló del incidente de la cucaracha nunca más.

Entiendo que mi mamá se haya ido, en su lugar me habría ido desde mucho antes. Lo que no comprendo es por qué no me llevó con ella.

8…

Si algo me emputaba en esta vida era que todos los días me entretuvieran en la caseta de vigilancia. Había trabajado en el Residencial Campestre El Palomar desde hacía más de tres años. Diario entraba a la misma hora, siempre iba a las mismas casas. Los guardias me conocían bien, uno de ellos hasta vivía en mi cuadra, pero les encantaba hacerme batallar, nomás por chingar. Nada les costaba apuntarme en friega y ya. ¡Ah no!, les tenía que dar mi identificación y, además, llamaban casa por casa pa’ preguntar si habían solicitado el servicio de lavado de carros. Todos los días era la misma chingadera.

—Nombre, por favor.

—Juan Pablo Delgado.

—¿A qué domicilio va?

Puta madre, trataba de no desesperarme, me costaba un huevo y la mitad del otro no mentárselas.

—A la cinco, diez, doce, dieciséis, veintiuno, treinta y dos y cincuenta y ocho, carnal.

Ya hasta me había aprendido los números de memoria y eso que nunca fui bueno pa’ las matemáticas. Me trataban como si fuera un pinche delincuente. Les pedí a varios de mis patrones que me tramitaran una credencial de empleado fijo, pero ninguno se rifó. Bola de culeros.

El pinche residencial estaba bien mamalón y grandote de a madres. Debía caminar un friego entre casa y casa, porque me quedaban muy retiradas una de otra. La neta, me latía un buen, porque todo estaba cabrón de verde, los camellones, el campo de golf y los jardines. No solo eso, las banquetas de concreto blanco eran lisitas como hojas de papel y ver los pinches caserones estaba con madre. Además, donde quiera había árboles y me daban sombra todo el camino. Se me antojaba echarme en el mentado grin y tocarlo con la palma de la mano como si fuera una alfombra. Nomás que no dejaban. La primera vez que entré a chambear en el Palomar, me acosté ahí a echar una jeta y pa’ pronto llegó un bato de vigilancia para pedirme que me alzara a la verga. Hasta me dolían los ojos de ver tanto pasto desaprovechado, nadie lo usaba, ni siquiera los morritos.

Fuera del Palomar, me cae que el pasto nunca era verde. En mi colonia quesque había una cancha de futbol, solo que en lugar de pasto había un terregal con unos pocos matojos de hierbas en las esquinas. Y la calle ni se diga, en temporada de lluvias todo se volvía un puto lodazal.

Por eso los domingos me gustaba llevar a mis chavos y a mi señora a la Alameda, allá de perdida podían treparse a los juegos y comerse una nieve. Lo malo era que entre los letreros de “Favor de no pisar el césped” y la reja pinchurrienta pa’ que la gente no se pasara, tampoco daban chanza de echarse en las áreas verdes. De todos modos, ni quién quisiera, estaba lleno de cacas y meadas de perro, me cae que solo los teporochos iban a jetearse allí.

En el Palomar no había rejas, ni lodazales, ni mierda tirada. Nombre, todo estaba limpio como recién barrido. Se me figuraba que la tierra en los carros que lavaba todos los días venía flotando directo desde mi colonia. Esa pinche mugre se pegaba a todo, a los parabrisas, a los espejos, y hasta a las costuras de los asientos de piel. Tenía que aspirarlos un chingo de veces para que se les quitara.

En el residencial tampoco dejaban pasar chupe ni a los trabajadores fijos, ni a los subcontratistas como yo. Para evitarme pedos, le hice un arreglo a mi mochila pa’ esconder mi pachita. Así en las revisiones no se daban color, y es que la neta, yo no podía circular sin mi gasolina. Me la chiquiteaba a traguitos y así el litro me rendía casi todo el día.

Conseguí mi mochila en el tianguis en 1993, hacía tres años ya, y era del mejor equipo del mundo: el Atlante. Fue el año en que ga­namos el campeonato. Habíamos quedado en décimo lugar la temporada anterior y en la siguiente no solo llegamos a la final, se la dejamos caer a los putos del Monterrey. Tenía fe de que esta temporada íbamos a quedar campeones de vuelta, porque la mera verdad, el Atlante era el equipo más chingón de todos.

Mis patrones me decían que nadie detallaba los carros como yo, y sí, la neta era el más verga para esto. Lo malo es que, así como un día te hacían sentir el más salsa, al otro podían darte una patada en el culo. Como aquella vez en la casa veintisiete, la del ruco del peluquín. Todavía me acuerdo y se me quiere chorrear la bilis.

Llegué temprano, me tocaba lavar un carrito de golf, un Granmarquís y un Topaz. Me acuerdo clarito. Empecé con el Granmarquís, metí la mano debajo del asiento y me encontré un suéter de vieja color rojo. Lo puse encima del tablero, como todo lo que hallo. Porque era una mamada lo que la gente dejaba en sus carros, por esta, que vi de todo: fajos de billetes, relojes de oro y hasta fuscas. Un día el morrito de la dieciséis dejó una bolsita con mostaza en su 300ZX, y yo me dije, esas cosas mejor ni las toques. Por eso co­sa que encontraba, cosa que dejaba a la vista porque no quería que an­duvieran diciendo que les faltaba esto, que les faltaba aquello. Y la neta, sí era mucha tentación, ganas no me faltaban, pero no me la iba a jugar por una grifa o unos lentes, por muy chingones que estu­vieran.

El caso es que dejé el suéter en el tablero y le seguí chambeando. En eso salió la patrona, que se iba ir a correr, y me dijo buenos días. Le respondí buen pedo como siempre y de paso le vi las nachas, porque traía unas licras que se le metían en la raja, por esta, que se le miraban como si no trajera nada.

Ya iba empezando con el carrito de golf cuando volvió toda colorada. Vi que abrió el Granmarquís y agarró el suéter rojo que había encontrado y se metió de vuelta a su casa, al rato toqué el timbre para que me pagaran y, en lugar de la empleada, salió el patrón con su peluquín emputadísimo con cara de chamuco.

—¡Eres un pendejo, pinche indio! —me dijo y me aventó dos billetes arrugados en la jeta—. No te quiero volver a ver aquí, imbécil —y azotó la puerta. Nomás me acuerdo y me hierve el buche, chingue a su reputa madre, yo qué chingados iba a saber que el dichoso suéter era de quién sabe quién. Y así nomás, con la mano en la cintura me mandó a la verga y me quedé sin ciento cincuenta pesos semanales con los que yo contaba. Y ni cómo reclamar.

Yo por eso andaba buscándole, porque sí sacaba pal chivo con las lavadas, pero muy apenas. Con que me cancelaran dos o tres servicios en la semana me daban en la madre y ya no me alcanzaba p’al gasto, peor tantito en época de lluvias.

Pa’ qué me acordé del culero ese del peluquín, que chingue a su madre cada vez que respire.

Verónica Castro

Vicky observa una mosca posada sobre su huevo revuelto. En las manos sostiene la toalla para secar los platos. Espera a que el insecto se pose en la ventana. Da un trapazo. Busca la mosca muerta en el piso y en la toalla. No está.

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