Los brujos del poder

José Gil Olmos

Fragmento

Título

ADVERTENCIA

Este libro trata un tema sensible: la relación que han sostenido algunos políticos mexicanos y de muchos otros países con brujos, hechiceros, chamanes y personajes que pertenecen al mundo mágico y mitológico. Debido precisamente a esto, nos dimos a la tarea de conseguir diversas fuentes de información, directas, documentales y testimoniales; el objetivo ha sido acreditar este fenómeno tan extendido en la historia de la política nacional e internacional, reconociendo que trata de un hecho universal.

Una parte muy importante de esta investigación se basó en los testimonios de personas que pidieron el anonimato como única condición para narrar lo que vieron de manera directa, a lo que accedí por razones de seguridad, pues algunos de los personajes políticos de los que se habla siguen teniendo un enorme poder. Otra parte de la investigación está fundamentada en textos dedicados a personajes históricos, los cuales nos dieron diversas pautas para la investigación.

Aunque el presente trabajo se concentró en los casos que pude acreditar, circunscribiéndome al siglo XX y a los inicios del XXI, vale la pena señalar que existen muchos otros casos que, sin embargo, no abordé porque la información que logré recabar era de tercera mano o no pude confirmarla. Es importante señalar, asimismo, que en todo momento se mantuvo la distancia que separa la vida pública de la privada, por lo que sólo se eligieron los casos en que las prácticas esotéricas o místicas trascendían a la acción pública. Es decir, cuando estas creencias influían en los personajes a tomar decisiones de gobierno o políticas que incidían en la vida pública, en todos nosotros.

En esta nueva edición de Los brujos del poder quiero hacer énfasis en que este fenómeno nada tiene que ver con pueblos subdesarrollados o ignorantes. Tampoco con gente fanática porque a lo largo del tiempo de la humanidad también se registra en países calificados como altamente desarrollados y cultos o en personajes con ideologías socialistas, comunistas o políticamente preparados en los centros de estudios de vanguardia.

Es por ello que le hemos dedicado especial atención a registrar las historias de otros países de Europa y América en un capítulo especial que va al final del libro y que ayudará a comprender al lector que el esoterismo es un fenómeno sin fronteras y de culturas, que acompaña a la humanidad a lo largo de su camino.

Vaya mi gratitud sincera para quienes tuvieron el valor de contarme sus experiencias al lado de los actores políticos que nos han gobernado. Sin su valiente testimonio no habría sido posible realizar este trabajo.

PRÓLOGO

El libro de José Gil Olmos me llevó a una de las pasiones de mi vida: la música. Entre las páginas de Los brujos del poder, mi memoria se fue llenando de notas y armonías, recuerdos de muchas horas en las salas de conciertos o inmóvil al lado del tocadiscos de hace tantos años y los CD y DVD de hoy.

En relación con la brujería brotaron los nombres y las obras sin tiempo, eternos, para decirlo en un lenguaje fácil, pero preciso. Paul Dukas y El aprendiz de brujo, El amor brujo de Manuel de Falla, pero sobre todo Niccolò Paganini, pieza central en el grato quehacer de escribir estas líneas.

En su mundo, Paganini alcanzó la gloria y aun estuvo a punto de superarla. Hechicero como no ha habido otro en el matrimonio arrebatado de un artista con su instrumento, en Viena desbancó a los músicos locales y le llovieron invitaciones de países cercanos y remotos. A todos enloqueció. Franz Peter Schubert malbarató tres de sus lieder para comprarse una entrada y en su diario dejó escrito: “En el adagio de Paganini escuché cantar a un ángel”.

Hay un dato que sobrecoge: el genovés recibió por un concierto la misma recompensa que Schubert por su Sinfonía inconclusa. Ni en la Europa musical ni en sitio alguno podría darse algo igual. Paganini, brujo, embrujó a su tiempo.

Su nombre se volvió moda: bastones, sombreros y bebidas a la Paganini, pasteles con la efigie del italiano genial, canciones alusivas a él, todo se concentró en el maestro de manos enormes y dedos que abarcaban como a un muñeco su violín portentoso. En Alemania, país de trato soberano a los músicos, todos maestros, la leyenda fáustica aún sigue viva. La mentalidad germana había llegado al paroxismo, a través de la razón pura se buscaría la explicación de un fenómeno sobrenatural: Paganini.

Rodeado de un halo de misterio, la fama del ínclito violinista se acrecentaba con cada concierto. Para un ser común y corriente era imposible un dominio instrumental de tal magnitud sin haber vendido su alma al diablo. Con tal de inspeccionar de cerca al hacedor de prodigios, el Vaticano lo recibió en San Pedro y lo condecoró a posteriori con “La Espuela de Oro”. Sifilítico, envenenada la sangre con mercurio, la agonía del célebre maestro fue lenta y atroz. Entre sus desgracias, fue tiranizado por charlatanes que le ofrecían curas milagrosas, y en Niza, su hijo ilegítimo pidió que le fueran administrados los santos óleos.

Pero la voluntad del padre se impuso: era pronto aún para exhalar el último aliento. Rechazado el sacerdote, al cadáver no se le concedió cristiana sepultura. A Aquiles, el hijo bastardo, le tocaría en su suerte deambular 11 años con el cadáver embalsamado a cuestas. Hubo de rechazar ofertas de circos que pretendían exponer al público a ese mago del violín que yacía inerte en su ataúd de nogal. En el cementerio de Parma se decía que, de vez en cuando, un grupo de brujas acudía con sus escobas para rendirle tributo al indómito violinista. Hubo quien afirmara que del Guarneri del Gesù, que Paganini dejó en heredad al ayuntamiento de Génova, se desprendía humo a través de sus efes si alguien se atrevía a recrear la música sobre sus cuerdas portentosas.

Al trabajo de José Gil le agradezco que haya removido recuerdos y emociones que tan hondo llegan. Pienso que los libros adquieren su propia brujería en cuanto caen en manos de un lector. En ellos hay una manera de vivir lo ya vivido. Y vivir otra vez es cuestión de brujería.

JULIO SCHERER GARCÍA

INTRODUCCIÓN

Desde que la política se volvió el espacio donde se ejerce el poder, es decir, cuando concentró su ejercicio en manos de un grupo determinado de personas, quienes ostentaron el monopolio del poder buscaron el apoyo de lo divino. La relación entre políticos y brujos se remonta así hasta el origen mismo de las sociedades. Es la sacralización de lo político, el paso de lo divino a lo terrenal, donde lo terrenal se justifica, apoya y sustenta por lo divino. En todo el mundo, y México no es una excepción, los políticos se han acercado a brujos y astrólogos, a videntes y hechiceros, a chamanes y espiritistas. Pero las razones originales se han ido deformando con el paso del tiempo: mientras las sociedades se alejan de las religiones, el sentido de lo divino se trastoca para permanecer. Ya no se comparte ni se justifica el poder, sino que se apoya a éste, se le recomiendan acciones a los políticos, se les predice el futuro. Hoy los políticos sólo ambicionan poseer un oráculo. Quieren ver el futuro, alejar las envidias, “trabajar” a sus opositores. Quieren obtener un mayor poder, volverse intocables durante el ejercicio del poder público. No desean ser legitimados, que eso lo hace la democracia, quieren ser invencibles.

La fila de gobernantes proclives al susurro de la magia es larga y ancha. Reyes y reinas, príncipes y princesas, emperadores, zares, dictadores, señores feudales, presidentes y jefes de Estado, mandos militares y gobernadores, ediles, líderes de organizaciones sociales, presidentes municipales y hasta políticos partidistas de menor importancia acuden a pedir ayuda y protección. Todos consultan y mantienen cerca a algún personaje vinculado con lo sobrenatural, que a su vez y a su manera ejerce una expresión singular del poder. Incluso ha habido políticos que, influidos por el poder que se les presenta ante los ojos, han pretendido practicar sortilegios.

Aunque ningún pueblo se salva de políticos o personajes poderosos afines a estas prácticas, quienes han tenido gobernantes de espíritu imperialista son, quizá, los que más han padecido el influjo de aquellos que podemos llamar los brujos de la política o los brujos del poder, atendiendo la incidencia que éstos tienen en el ejercicio del poder desde hace varios miles de años: desde que, en el antiguo Imperio persa, surgió el término magia con el objetivo de denominar al grupo de sacerdotes que cultivaban “el arte de influir en el curso de los acontecimientos por medios sobrenaturales”.

Los emperadores del Viejo Mundo —egipcios, griegos y romanos— tenían la creencia de que el porvenir se podía ver a través de actos religiosos, que en muchas ocasiones implicaban sacrificios. Los griegos, precursores de la política moderna, de la lógica y la razón, también fueron influidos por la magia, representada por seres mitológicos como Medea y Circe, las más grandes hechiceras de la mitología cretense. Además, como ejemplifica la literatura antigua, los éforos espartanos acudían con los hechiceros a contemplar el oráculo durante los ritos paganos para, de esa manera, tomar decisiones trascendentales para el futuro de su pueblo.

En el caso de los romanos es famoso el rito de los idus de marzo, en el que se leía el futuro en las vísceras de las aves convertidas en oráculo sangriento. Quizás el pasaje más difundido de este rito es la advertencia hecha a Clodio Julio César, a quien el oráculo le advirtió que los senadores del Imperio le tenían preparada una traición mortal.1

Otras culturas, como la celta, la sajona o la bretona, tuvieron sus propios ritos, dioses, brujos, magos y seres mitológicos, a los que acudían sus gobernantes, siempre con el objetivo de incidir en el futuro o entronizarse en el poder.

Con la llegada de la Edad Media, tanto los brujos como sus prácticas fueron estigmatizados por la Iglesia católica (de ahora en adelante, Iglesia), que entonces dominaba toda Europa y que necesitaba presentarse como la única institución divina. El monopolio de la magia, representado por la persecución que significó la Inquisición, se extendió hacia América tras su descubrimiento. Sin embargo, y a pesar de la pretensión monopólica de la Iglesia, la figura de los magos, chamanes y videntes se mantuvo con la anuencia de las estructuras terrenales de poder, cuyos actos los brujos justificaban.

Como explica la investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Esther Cohen, en su libro Con el diablo en el cuerpo:

En la magia de los siglos XV y XVI, el filósofo, el mago, el inquisidor y la bruja se vieron sometidos a un enfrentamiento brutal, donde la posibilidad de existencia de uno parecía construirse, sin remedio alguno, sobre la ruina del otro. Fue así como, en términos generales, el horizonte de la magia se fue desdibujando y adquirió modalidades inéditas. Quizá sería más acertado decir que no fueron únicamente sus “practicantes” quienes decidieron darle un giro mayor a este ejercicio milenario, sino las estructuras de poder y el reacomodo general de una sociedad que colocaron la magia, no a toda sino a aquella incapaz de dar a su práctica un discurso legitimador e institucional, en el banquillo de los acusados: la magia popular, concretamente, la llamada brujería, vino a ocupar el lugar del otro, del enemigo, de aquel que asedia y a quien habrá que castigar […].

La bruja, antes curandera, hechicera, amiga del pueblo, inclusive de la propia Iglesia que veía en su práctica una función productiva, en la medida en que ocupaba un lugar en el desempeño de la salud social, se transforma violentamente en la enemiga de todo aquello a lo que aspira una sociedad, como la renacentista, que pretende superar las supuestas tinieblas del Medioevo. Sin embargo, la magia, entendida como la filosofía más sublime del periodo, no desaparece. Muy por el contrario, ésta resurge con mayor fuerza, sólo que esta vez no en los márgenes de la sociedad, sino en las cortes, en las universidades y en las iglesias. La magia adquiere en los siglos XVI y XVII un lugar determinante en la cultura alta: es ella la que se constituye, en palabras de Ficino, en la copula mundi, en la “única disciplina con la posibilidad de albergar a la filosofía y, aunque parezca extraño, a la teología. Filosofía y teología, “compañeras” desde la Edad Media, se ven ahora asumidas por la magia natural, entendida como la posibilidad última y única de comprender y manipular la naturaleza y, a través de ella, acercarse al mundo divino.2

Esta distinción es muy importante para los propósitos de este trabajo, pues sólo así podemos entender la presencia permanente, a veces oculta y otras no tanto, de personajes como Merlín y Rasputín en las cortes británicas y rusas, desempeñando un papel importante en la toma de decisiones de sus respectivos reyes. Magos como éstos, con poderes sobrenaturales, capaces de leer los signos ocultos y de vaticinar el futuro, son el sueño dorado de los políticos actuales.

No sólo las elites políticas del Viejo Mundo se acercaron o practicaron los ritos mágicos del poder; en América, los chamanes son un precedente claro de esta figura. Ahí están los ritos indígenas relacionados con los hongos o el peyote; ahí también, la presencia de los sacerdotes sentados siempre a un lado de los emperadores aztecas y mayas.

Pareciera que todo ejercicio de poder necesita estar acompañado de un juego de adivinación, una razón en mitad del déficit absoluto de razones. Algo que dé seguridad y confianza ante la incertidumbre de futuro.

Esta vinculación entre brujos —como en este libro podemos llamarles genéricamente, de una manera aventurada y para fines prácticos— y élites políticas permanece hasta nuestros días. Por ejemplo, el nacionalsocialismo (NAZI) de Adolfo Hitler tenía un fuerte contenido esotérico. Su teoría racista del “hombre nuevo”, del ser superior, se basaba en una concepción mágica del mundo y del hombre. Louis Pauwels y Jacques Bergier, en su polémica obra El retorno de los brujos,3 documentan el vínculo que existía entre los brujos y los funcionarios de la Alemania nazi. No hace mucho, el 4 de marzo de 2008, la agencia informativa AFP dio a conocer que, según documentos desclasificados por el gobierno británico, Adolfo Hitler tomaba muchas de sus decisiones tras consultar a su astrólogo personal, Karl Ernest Krafft. Por su parte, aseguró AFP, Gran Bretaña contrató a un astrólogo de origen húngaro, Louis de Wohl, quien leyó en el cielo las acciones que Hitler tomaría.

Un caso más cercano lo encontramos en Argentina, el llamado Brujo Criollo, José López Rega, cantante de boleros frustrado y futbolista fracasado del River Plate, quien pasó de policía a secretario particular, consultor, curandero y asesor de Juan Domingo Perón. El Rasputín de la Pampa también fue uno de los personajes más influyentes y tétricos de la dictadura militar argentina, al auspiciar el escuadrón de la muerte —la Alianza Anticomunista Argentina—, al que se le adjudica la muerte de más de dos mil militantes de izquierda. Este personaje, un masón que practicaba el “umbandismo”, culto brasileño que sincretiza las religiones africanas, el catolicismo, las prácticas indígenas, el espiritismo y el ocultismo, decía que era capaz de curar “fallas humanas” y “males espirituales”.4

Igualmente, en España existe la historia de que el dictador Francisco Franco consultaba a las brujas del norte de África, especialmente una que se llamaba Mersida y vivía en Marruecos. Franco participó en rituales marroquíes y en sesiones espiritistas al lado de toda su fami

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