Introducción
A veces parece que las mujeres hemos ganado mucho terreno social, laboral y personal para vivir mejor. Sin embargo, es sorprendente no sólo que nos haya llevado tanto tiempo conseguir nuestros grandes y pequeños triunfos, sino que tengamos que seguir luchando para que la sociedad nos reconozca las cosas más simples o elementales.
Es terriblemente decepcionante ver que todavía tenemos que defendernos por tomar decisiones sobre nuestro cuerpo —como el aborto—, dar explicaciones por elegir nuestro destino, viajar o estudiar en lugar de preferir entregarnos a la vida en pareja, así como enfrentar batallas propias y luchar con los demás para buscar la libertad económica que nos concede independencia y enormes posibilidades de realización.
El mundo femenino ha experimentado tantos cambios que, en ocasiones, parece que nadie sabe bien a bien qué sigue, cómo proceder o si vamos adelante como punta de lanza o nos hemos quedado atrás con conceptos parecidos a los de nuestras abuelitas.
Las reglas que encontrarás en este libro no son estáticas ni las determiné unilateralmente; más bien, están conformadas por múltiples voces, opiniones, experiencias e historias que recopilé a través de un cuestionario que contestaron mujeres de diferentes edades, profesiones y países, para que tú puedas reflexionar, adoptar o compartir las que te resulten más nutritivas y poderosas.
He dividido este libro en siete capítulos, los cuales engloban una lucha interna femenina: la autopercepción, la imagen, la voz, el arraigo, la vulnerabilidad, el propósito y el poder personal. Además, incluí seis entrevistas de personalidades que están derribando normas añejas, rompiendo paradigmas para inspirarnos y forjando las nuevas reglas del poder femenino con su ejemplo: Eufrosina Cruz, Cristina Morató, Carmen Félix, Valeria Loeza, Ágatha Ruiz de la Prada y Saskia Niño de Rivera.
Se trata de fluir en un camino en el que imperan diversas restricciones que nos estorban, pero también en el que se han abierto amplios senderos para hacernos cargo de nuestra propia vida y, con ello, del futuro que deseamos para nosotras, nuestras hermanas, amigas, colegas, hijas y nietas. Por ello, este libro puede leerse de principio a fin, pero también es válido que explores las reglas que resuenen más contigo dependiendo de tu situación personal en momentos determinados.
Espero que cada regla exalte tu seguridad, logre capitalizar tu valor y te permita compartir ese poder tan tuyo que necesitamos para construir un mundo lleno de sororidad, fortaleza y oportunidades para todas nosotras.
Capítulo I
Presencia poderosa
Regla 1
Haz que tu cuerpo hable bien de ti
“El cuerpo nunca miente”.
Martha Graham
Existe un lenguaje silente que todos hablamos. Chinos, rusos, bolivianos, australianos, croatas, mexicanos… hemos aprendido un idioma universal que se expresa a través del cuerpo y a veces es tan franco que hasta incomoda. “Nuestro cuerpo no sólo nos lleva a donde queremos ir, sino que también nos lleva a lo que queremos ser”, dice el escritor irlandés Colum McCann, con una visión impresionante de lo que tenemos y pocas veces valoramos. Porque hemos sido provistas de una plataforma sofisticada y muy completa para hablar sobre nosotras mismas, para expresar con agudeza nuestras más profundas inseguridades, contradecir nuestras palabras, exhibir nuestros sentimientos más íntimos, delatar nuestros verdaderos propósitos; sin embargo, hoy sabemos que de igual manera tiene la virtud de inyectarnos poder.
En las asesorías de imagen que imparto a todo tipo de mujeres —y a algunos hombres también—, dedico buena parte de las primeras sesiones a la comunicación no verbal. Lo hago porque mis clientes están buscando mejorar su vida a través de un estilo que los haga sentir poderosos, y mi labor empieza por trabajar no sólo su seguridad, sino su asertividad sobre lo que van a expresar de sí mismos al concluir mi asesoría. Sabemos que la ropa tiene un idioma que forma parte del gran lenguaje que mencioné al principio: uno que todos entendemos y pocos sabemos hablar correctamente porque no hace uso de las palabras, no obstante, el cuerpo es nuestra principal herramienta para expresarnos al utilizar el lenguaje no verbal.
La postura del cuerpo es un buen punto de partida cuando tratamos de desmenuzar lo que intuitivamente captamos de este lenguaje silencioso. Piensa en cuando ves a una persona cabizbaja, encorvando la espalda y arrastrando los pies. ¿Qué te viene a la mente? ¿Que es una persona poderosa, sexy, próspera, feliz, segura? ¿O, por lo contrario, detectas en segundos que denota inseguridad, debilidad, tristeza y carencia de ímpetu?
En su libro Presencia, la psicóloga social Amy Cuddy explica a profundidad la fenomenal relación entre el cuerpo y la mente para lograr inyectar poder a nuestra presencia. La autora se enfoca en investigaciones, propias y ajenas, sobre algo muy particular: cuando expandimos nuestro cuerpo o, por decirlo de otra manera, nos hacemos tan grandes como podemos, aumenta nuestra testosterona y nos sentimos más seguras, capaces, valientes y poderosas. Si, en cambio, nos hacemos chiquitas como un caracolito, disminuye nuestra testosterona y eso impacta en nuestra confianza. “Expandir tu cuerpo provoca que pienses en ti misma bajo una luz positiva y que confíes en esa percepción sobre ti. Además, aclara tu mente haciendo espacio para la creatividad, presencia cognitiva y pensamiento abstracto”, dice Cuddy.
Cuddy se ha hecho famosa por una Ted Talk en la que explica que se puede propiciar el incremento de testosterona —y, con ello, una carga de seguridad— con tan sólo practicar las poses de poder. Una de ellas consiste en expandir el cuerpo al estilo de la Mujer Maravilla: con la cabeza erguida, los brazos en jarra y las piernas separadas. Ponerte en esa posición, dice ella, antes de un reto importante (no recomienda que sea en el momento preciso), hará que tu cuerpo genere la hormona y actitud necesarias para que te enfrentes al mundo llena de poder. También funciona la pose que llama “estrella de mar”, en donde tu cabeza está erguida, tus brazos abiertos y estirados hacia arriba, mientras separas las piernas y formas una estrella. “El cuerpo cambia la mente, y la mente cambia el comportamiento”, asevera la autora.
Yo, por mi parte, llevo años comunicando en conferencias, cursos y libros el gran poder que tiene una sonrisa, porque verte sonreír me hace sentir bienvenida y me da la sensación de que eres cálida, amigable y confiable. Hace poco, Victoria Beckham —antes una spice girl y ahora diseñadora de moda— confesó al periódico New York Times que no sonreía en las fotografías por lo que, dice, era definitivamente un signo de inseguridad. Hoy, aunque su gesto todavía resulta ser un fantasma de sonrisa, ya el diario afirma que esta gran celebridad “se está suavizando”. ¿Y qué me dices de hablar con alguien que te mira a los ojos? ¿Verdad que sientes que te está escuchando con atención?
Hay otras cosas que comunica el cuerpo, como el aspecto saludable: cuando la piel se ve jugosa, el pelo espeso y brillante o los músculos firmes. Sin embargo, hemos subestimado la posibilidad de que el cuerpo influya en lo que sentimos. William James, a quien se le conoce como el padre de la psicología estadounidense, asegura que uno no canta porque está feliz, sino que se siente feliz porque canta. Esta idea rompedora significa que el cuerpo causa emociones y eso puede suceder simplemente propiciándolo. Es decir, puedes entrenar a tu cuerpo para que sea feliz al cantar o que se sienta poderoso al expandir tus extremidades. Según las investigaciones, lo mismo ocurre si las expresiones de tu rostro son de placer o alegría, pues terminan suscitando estas emociones en tu mente.
Regla 2
Preséntate como alguien que merece estar, siempre y en todo lugar
“Convencemos por nuestra presencia”.
Walt Whitman
“En ocasiones, me inhibe el hecho de no tener tantas cualidades maravillosas, como muchas mujeres de las que me he rodeado últimamente: la feminidad, la confianza e incluso su desarrollo laboral e intelectual”, dice la masajista Liliana Calva. “Eso me hace pensar que quizá no debería ser considerada para compartir con ellas porque pienso: ‘¿Qué podría aportarles yo?’”. La empresaria y marketera Susana San Román revela cómo anula esa incómoda sensación de no merecer estar presente: “¿Cómo superarla? Tratando de recordar por qué me invitaron y que lo que vale es lo que soy y lo que sé”. Y así lo vive la directora comercial de una casa productora de eventos y fábrica de mobiliario, Lú Vallejo: “Si no me consideran, me siento completamente triste, con una desolación en mi pecho. Y me pregunto: ‘¿Por qué no me incluyeron en la junta? ¿Qué no soy importante? ¿Mi opinión no importa? ¿Acaso mis ideas no pueden ser tomadas en cuenta?’. Entonces convierto esta tristeza en frustración o enojo, y como tengo un cargo importante dentro de la empresa, puedo reclamar en un tono fuerte al director general. Sin embargo, cuando veo esta situación desde afuera, me doy cuenta de que habla mi caprichosa niña interior. Aun así, cuando veo que no fui invitada a un cumpleaños de alguna conocida o a alguna reunión, me pregunto: ‘¿Qué tengo que hacer para poder volverme amiga de esa persona que estimo o qué me falta para poder pertenecer a ese grupo selecto?’. Y al final sí siento una desilusión”.
Todo empieza por el principio: preséntate. Así de sencillo o de complicado, porque si no estás presente, nada bueno te puede pasar. Te guste o no, estar presente o estar ausente envía un mensaje a los demás. Según Amy Cuddy, “presencia es el estado de encontrarte en sintonía y ser capaz de expresar cómodamente tus verdaderos pensamientos, sentimientos, valores y potencial”.
Seamos sinceras, no siempre es fácil dejar tu zona de confort y llegar a un ambiente en el que no eres conocida o lo eres, pero tienes que desplegar ciertas habilidades o encantos. ¿Se te antoja optar por una noche viendo una serie en la tele mientras comes tu helado favorito para evitar ese reto? Pues te invito a que, en lugar de eso, desempolves tu mejor atuendo y te des la oportunidad de abrir puertas y hacerte presente.
A lo largo de mi carrera he podido observar a ciertas mujeres que, con el pretexto de que su trabajo se hace a solas —como la contabilidad, por poner un ejemplo—, se vuelven casi invisibles. Procuran que su presencia sea tan sutil que rara vez las notas, y cuando lo haces, es porque coinciden en el elevador contigo, de otra manera, se esconden en su cubículo. Al pensar en eso, no puedo evitar recordar lo que sucedía en mis clases de actuación, en las que el maestro nos ponía a hacer una escena y le pedía a uno de nosotros que se hiciera invisible. La persona en cuestión, que algunas veces fui yo, tenía que estar a la mitad de la acción y bajar tanto su energía para que ninguno de los compañeros actores la notara e incluso los espectadores dejaran de percibirla. Esto significa que estamos hablando de energía pura.
Ante una situación así, lo que hay que evaluar es ¿cuál puede ser la ganancia de una mujer invisible en un entorno laboral? ¿Privacidad? ¿Tiempo de calidad para desarrollar sus tareas? Tal vez. De lo que no me queda ninguna duda es que, al desaparecer, te pierdes de muchas cosas, entre las cuales está la interacción social, que, con el tiempo, puede dar pie a construir amistades. Pero suponiendo que no te interesa tener más amigos, una pérdida evidente y determinante es que, cuando los directivos y jefes de proyectos no te ven, se olvidan de ti, con lo cual no sólo no te tomarán en cuenta para nuevas iniciativas laborales, sino tampoco para aumentarte el sueldo u ofrecerte un mejor puesto.
Atención, chicas que trabajan desde casa: por las mismas razones antes expuestas, es indispensable que, si tienen que elegir sólo un par de días para ir a la oficina, procuren que sean cuando estén ahí su jefa o jefe y los directivos, de manera que su trabajo sea considerado a través del impacto y efecto de su presencia, y que su interacción con ellos en ese espacio laboral propicie nuevas oportunidades para ustedes.
“Las personas se sienten mucho menos presentes cuando no son vistas”, dijo la actriz Julianne Moore a Cuddy en una entrevista. “Es imposible estar presente cuando nadie te ve. Y se convierte en un proceso que se perpetúa a sí mismo porque, cuanto menos te reconoce la gente, más tiendes a pensar que no existes. No hay espacio para ti... En cambio, estás más presente cuanto más vista eres”. Esto se complica cuando en tu mente vinculas tu valor personal con tus méritos laborales, como le sucedió a Fabiola Ortiz, emprendedora y madre de una niña. “Muchas veces creo que no me merezco estar incluida (en eventos y juntas de trabajo) porque llega el síndrome de la impostora y no me la creo, debido al cambio radical que viví los últimos dos años con mi divorcio, mientras abrazaba la maternidad, y además porque, tras el declive en las empresas de las que formaba parte, perdí credibilidad en la carrera que había construido”.
Ahora, una vez que apuestas por hacerte presente, hay que considerar cómo lo haces. Esto requiere que prestes atención a lo que estás comunicando de ti misma. Por ejemplo, recuerdo a una colega que tenía una gran responsabilidad en los eventos que se hacían para los clientes de mi revista, pero su manera de hablar, sus ademanes, su actitud e incluso la elección de su ropa eran excesivamente infantiles, lo cual desataba dudas en el resto del equipo sobre su capacidad de ejecutar, a veces con mano dura, los pasos necesarios en la operación, tales como el manejo del presupuesto, la coordinación de proveedores y la difícil tarea de lidiar con los egos de muchos de nuestros clientes. También viene a mi mente, con dolor y compasión, una junta de trabajo en la que una compañera, sin advertirlo, bostezó sonoramente. A su favor, esta chica tenía una bebita recién nacida en casa y era obvio que no había dormido lo suficiente. No obstante, le llamaron la atención y fue una de las razones por las cuales no le dieron el ascenso por el que había trabajado durante muchos meses.
El punto es que no sólo notamos si te presentas, sino la manera en la que lo haces. Si bien eso se relaciona con las circunstancias en las que llegas —si eres puntual, el modo en que vistes, cómo vienes peinada, maquillada o tu postura corporal, por mencionar sólo algunas características que tienen que ver con la comunicación no verbal—, también resulta relevante tu actitud. Es decir, si sonríes o incluyes a las personas al mirarlas, si interactúas respetuosamente, si eres empática al interesarte por los demás o prestas ayuda a quien la necesita, pues todo eso creará una atmósfera cálida y favorable para el equipo. Entregarte a la experiencia al 100%, sin distraerte con el celular o al conversar con alguien mientras un colega hace una presentación, genera una energía positiva en cualquier ámbito. De hecho, Cuddy asegura que tu presencia es una fuente de seguridad con la que, al escuchar otras voces y transmitirles que están siendo escuchadas, les das reconocimiento y les contagias poder.
Lo importante es que la presencia tiene que ver con ser genuina, ser tú misma y reafirmarles a los demás quién eres, de manera que no se vale fingir o usar máscaras. “La presencia surge de creer y confiar en uno mismo: en sus sentimientos, valores y habilidades reales y honestos”, escribe Cuddy. “Eso es importante, porque si no confías en ti misma, ¿cómo pueden los demás confiar en ti?”. Por un lado, se trata de que estés completamente consciente de que estás ahí y, por el otro, de que no estés ensimismada, sino que te integres entregándote a la experiencia con total atención y corazón. “Cuando no te encuentras presente, la gente lo nota. Cuando lo estás, la gente responde”, agrega la autora.
Regla 3
El tamaño y la forma sólo importan en los diamantes
“Siempre miramos al espejo afirmando: ‘Esto está mal’. ¿Qué puedo hacer? ¡Ya sé qué puedo hacer! Voy a desperdiciar mi pasión, mi energía, mi curiosidad, mi dinero y mi propósito de vida preocupándome por mi cuerpo…”.
Emma Thompson
El tamaño del cuerpo es un tema que puede cambiar la vida de una niña, una adolescente y una mujer adulta. Las que son bajas de estatura, las demasiado altas, las curvies, las bustonas, las piernonas, las flaquísimas, las que no tienen cintura, las de pecho plano, las que carecen de glúteos, las que tienen mucho volumen en el trasero y las que tienen sobrepeso, por mencionar algunas, se han sentido avergonzadas de ese cuerpo en varios momentos de su vida, al grado de que quisieran esconderse bajo la ropa y tratan de evitar, a toda costa, salir en las fotos que con entusiasmo quieren subir sus amigas a las redes sociales.
Muchas personas prefieren un diamante grande y con determinada forma, cuando el verdadero valor de esa piedra es su brillo y pureza, tal como sucede con el cuerpo.
Todos esos comentarios juiciosos, imprudentes, irrespetuosos y hasta malintencionados que logran avergonzarte —aquello que en redes se conoce como body shaming— se han troquelado en tu memoria para hacerte sentir inadecuada, desagradable y hasta deforme. Lo curioso es que el foco de tu preocupación puede ser tan relevante como una discapacidad o tan íntimo como tu desaprobación hacia una parte de tu físico que quizá los demás ni notamos. Así lo comenta la empresaria Adriana Carranza: “Nunca me han gustado mis rodillas, así que trato de quitarles atención, por ello trabajo con prendas que me hacen sentir segura”. O la diseñadora de moda y catedrática María Teresa Netza: “Anteriormente me afectaban mucho los comentarios sobre el color de mi piel, pero hoy ya aprendí a aceptarme”.
“Mi peso me hace sentir insegura con mi cuerpo, vivo batallando con él, es algo que sólo una persona con sobrepeso puede entender. Estoy segura de que es una enfermedad emocional y trabajo para sanar esas heridas tan profundas. Creo que voy por buen camino, pero he necesitado de mucha introspección y apoyo externo para ir sanando. Ahora que he bajado de peso puedo comprar cosas que me gustan, ya no sólo las que me quedan; sin embargo, aun así sigo insegura con mi cuerpo”, revela la diseñadora de joyería Pilar Arcila.
Así, la tendencia de mirarte frente al espejo y que tu mente haga un recuento de esas críticas, aunado a las miles de veces que te has comparado con las demás mujeres que te rodean o con las celebridades, aumenta los deseos de tener un físico diferente. A su vez, este círculo vicioso trae como consecuencia una distorsionada autopercepción. ¿Ahora te explicas por qué es tan difícil ver tu reflejo con amor? El tema es que ceder ante lo que te hizo sentir ese grupo de personas es entregarles tu poder.
Sea cual sea tu fisionomía, odiar tu cuerpo es repudiar algo importante de ti. Pero no te equivoques: eres mucho más que tu cuerpo, así que la relación que tienes con él debe transformarse en una historia de amor. Lo primero que debes considerar es que ese cuerpo es el único que tienes y será sólo por un tiempo limitado. Puede que tus piernas sean cortas y de muslos excesivamente prominentes, pero te sirven para caminar, ¿no? Ahora, imagínate que perdieras una de tus piernas, ¿dejarías de ser tú? ¡Claro que no! Seguramente la extrañarías y la apreciarías tanto que la querrías recuperar, aunque sólo fuera por su funcionalidad. Entonces pensarías que no es que tu cuerpo fuera defectuoso, simplemente tenía una forma única y original. Supongamos que tus dos piernas tuvieran una longitud distinta y caminaras cojeando, tendrías que valorar la libertad de movimiento que te dan. ¿Por qué, entonces, no apreciar unos senos pequeños que están sanos o una figura robusta si se mueve a un ritmo perfecto para bailar?
Hace cinco años, la diseñadora de joyería Carlota Frayle se sometió a una mastectomía radical por diagnóstico de cáncer de mama. La cirugía no salió como se esperaba por una mala praxis, lo que derivó en una segunda operación que, además, complicó el proceso de reconstrucción, el cual finalmente ella decidió no llevar a cabo. “La medicación postcáncer también ha tenido sus efectos en mi cuerpo. Los cambios después de la cirugía y del tratamiento han sido duros de aceptar y sobrellevar”, afirma. “Darme cuenta de que no depende de mí verme como antes y, al mismo tiempo, ser feliz por cómo me veo ante el espejo ha sido muy complicado emocionalmente, pero, a base de mucho esfuerzo, lucha y lágrimas, voy avanzando en el camino”. Ésa es la actitud sanadora para el cuerpo y el espíritu.
Aquí aplica esta premisa: si no puedes aceptar algo en tu vida, tienes que cambiarlo, y si no puedes cambiarlo, tienes que aceptarlo. Desde luego, esto involucra a tu cuerpo. Es momento de soñar con algo distinto de ser flaca, musculosa y deseada. ¡Basta de vivir para atraer a los demás! Debemos ser mujeres que antes de odiar o venerar nuestros cuerpos, los aceptemos y gocemos, sin importar el formato, el color y el tamaño. Militemos para que los cuerpos curvies, los delgados, los de baja o alta estatura, los maduros y los que muestran alguna discapacidad se vean, porque lo que no se ve, no existe, y menos aún se desea.
Hoy día, ya se han roto algunos tabúes, gracias a lo cual vemos en desfiles de moda a mujeres con vitiligo, de tallas grandes, en sillas de ruedas, de edad avanzada, con síndrome de Down y demás. Las redes nos han expuesto y sensibilizado para entender que la belleza se aprende, se nutre, se transforma y se honra desde el corazón.
Regla 4
Si no puedes cambiar algo físico, se vale enfatizarlo
“Un día decidí que era guapa y entonces llevé mi vida como si fuera una chica guapa. No tiene nada que ver con cómo te percibe el mundo. Lo que importa es lo que tú ves”.
Gabourey Sidibe
“Durante muchos años sufrí por mi cara. Sentía que era demasiado tosca, ya que el parámetro que tengo es el de mi mamá: dulce y angelical, de tez blanca, ojos pequeños, cejas delgadas y bien definidas, nariz muy chica y respingada, boca y dientes pequeños proporcionales a su rostro”, cuenta la empresaria Lú Vallejo. “En cambio, yo soy de tez morena, ojotes, labios gruesos bien definidos y dientes grandes acordes con mi cara. Mi nariz era un poco ancha de la parte de abajo y sentía que, si me la operaba, me iba a sentir más cómoda y segura. Y así fue, me hice la rinoplastia, algo muy discreto, y ahora vivo contenta con mi rostro en general: mis ojos de luneta y mi sonrisa de comercial de pasta dental. Con esa seguridad me veo muy diferente frente al espejo”.
Desde la regla anterior quedó claro que se vale cambiar lo que puede modificarse y hay que aceptar y abrazar lo que quizá no es el físico que has idealizado, pero es el que tienes. Es un hecho que, además de ser saludable, hacer ejercicio de manera habitual formará masa muscular y que la apariencia de una dentadura puede mejorar impresionantemente con la nueva tecnología estética. Hemos visto a una persona reducir su tamaño a la mitad gracias a una operación gástrica o injertarse pelo en una cabeza con escasa cabellera. Mientras sea para sentirse mejor, podemos aplaudir estas transformaciones.
Ahora es momento de enfocarnos en qué hacer con lo que no puede transformarse o, incluso, con lo que podría modificarse, pero que merece la pena probar su valor. Pongamos como ejemplo a mujeres famosas con narices grandes: Sarah Jessica Parker, Barbra Streisand, Sofia Coppola, Lady Gaga, Anjelica Huston, Rossy de Palma y, mi actriz favorita, Meryl Streep. Todas ellas tienen los medios para reducirse y afinar, si fuera su propósito, la nariz. ¿Por qué crees que no lo hicieron? Porque eso que para otros puede ser un defecto, para ellas se convirtió en su sello personal y parte de su gran poder. De hecho, no creo que sean exitosas a pesar de su nariz, sino por ella. Por lo tanto, yo también intento predicar con el ejemplo: cuando era niña y adolescente tenía una nariz que la gente consideraba bonita. Todos en mi familia (en la que abundan las narices grandes y aguileñas) me decían que la mía era recta y del tamaño indicado. Pero, como es natural, no sólo pasaron los años, sino que también recibí uno que otro golpe y, finalmente, la genética hizo de las suyas: el caso es que hoy mi nariz está rota, es más grande que antes y muestra un ligero declive, así que, durante un tiempo, me desconocía ante mi reflejo o me sorprendía al verme tan diferente en las fotografías. Sin embargo, lejos de pensar en operarme, he decidido gustarme porque, aunque menos estética, esta nariz tiene historia y personalidad, y lo más importante: es tan mía como mi poder.
Lucía de Luna nació con un lado de la cara mucho más grande que el otro. Con el paso de los años la asimetría fue disminuyendo, pero las miradas y los comentarios indiscretos contribuyeron a que fuera una adolescente muy consciente de su físico, pues sentía que no tenía los estándares de belleza “normales” o los “esperados” para una joven. “Durante años tuve muy baja autoestima por mis inseguridades físicas. Sólo quería ser ‘normal’, y pensaba que no serlo me separaba de la gente, creía que no pertenecía al ambiente que me rodeaba, me sentía externa”, asegura. “Más tarde, entendí que no era que me segregaran, por lo menos no tanto como yo creía, sino que ese sentimiento venía principalmente de mi interior y, más que un sentimiento, era una actitud”.
Ella fue sometida a dos cirugías plásticas de reconstrucción. La primera resultó ser una decepción, pues creía que al salir del quirófano iba a ser “normal”. Para su sorpresa, seguía siendo la misma de siempre. “Ahí entendí que, si quería un cambio, tendría que venir desde mi interior, de la raíz”, afirma. Hubo una segunda cirugía por razones médicas y, a partir de la enseñanza de la primera, se permitió enfrentarla “no sólo con más madurez, sino con los pies en la tierra, sin esperar que el bisturí fuera a perfilar mi personalidad, mi identidad o mi esencia”.
Así fue como sus diferencias físicas —respecto a los estándares que la sociedad aprueba— pusieron en evidencia su miedo a ser diferente, a ser quien es. “Eso pasaba antes de hacer un duro trabajo de introspección para descubrir quién es Lucía. Una vez que trabajé en mí, y después de aceptar y abrazar a quien Dios hizo en mí, es decir, mi esencia, me sentí con mucha más libertad y confianza de mostrarme como soy, más ligera”, agrega. “El cambio interior se hizo notar en el exterior. La gente comenzó a decirme que me veía bien, muy feliz. Empecé a vestirme con más confianza, sacándole partido a mi figura”. El trabajo, como bien dice Lucía, se hace de adentro hacia afuera cuando descubres que la verdadera fuente de poder se construye con tus propios valores y no con los de los demás.
“Por décadas, todo de mi físico me hacía sentir insegura, incluso a veces hubiera deseado ser invisible. Sin embargo, con los años, me he reconciliado con mi presencia a través de conectar con la voz y vulnerabilidad interior”, afirma la diseñadora gráfica Marcela Morales. “Esta introspección ha logrado que mis raíces emocionales crezcan y se arraiguen, de tal manera que ya no presto atención a la estética social”.
¿Acaso no odias los estereotipos? Hoy se vale que los hombres se maquillen, que las mujeres maduras lleven la cabellera tan larga y blanca como les dé la gana. Lejos han quedado aquellos años en los que el color de la piel era un obstáculo para triunfar. Ahora podemos gozar de ver a Rihanna como la nueva cara del perfume J´Adore, en sustitución de la actriz rubia Charlize Theron, y a la cantante Yseult llevando una versión de Maria Grazia Chiuri del icónico outfit del New Look de la marca Dior. Ella portó una chaqueta con una falda plisada de seda, elaboradas en el atelier de alta costura especialmente para sus curvas. La gimnasta mexicana Alexa Citlali Moreno Medina no sólo rompió los esquemas al haber llevado a México hasta las olimpiadas y haber ganado medallas en la Copa del Mundo, sino que lo ha hecho con un cuerpo robusto que no se parece en nada al de las gimnastas de la época de Nadia Comaneci. Así, es hora de que te preguntes: ¿por qué has puesto freno de mano para disfrutar de quien eres?
Regla 5
Deja de cumplir años y empieza a cumplir sueños
“Soy joven y atemporal a cualquier edad”.
Jennifer Lopez
Coco Chanel decía: “La naturaleza te da la cara que tienes a los veinte; a ti te corresponde hacer méritos para la cara que tienes a los cincuenta”. Sin embargo, lo que debemos cuidar es no exagerar para que no nos veamos inexpresivas, evitar cambiar nuestro físico a un grado que quedemos irreconocibles o que tengamos tantas cirugías e inyecciones que terminemos luciendo como Frankenstein. No nos hagamos tontas: nadie quiere ver a una mujer de cara planchada que hable o camine como viejita. Porque debes saber que la juventud viene del espíritu y no del presupuesto que gastas en tu físico. Ser saludable, dormir bien, usar buenos tratamientos de belleza, una buena dosis de protección solar y la autoaceptación hacen más que los cientos de rellenos que puede ofrecer un médico dedicado al rejuvenecimiento.
Hoy tenemos que preparar a las mujeres para la menopausia, porque es una etapa llena de vergüenza y silencio, cuando hay muchas maneras de afrontarla. La primera es hablar del tema abiertamente, como cuando nos hicimos señoritas, mamás o mujeres con la capacidad de decidir con quién tener sexo. La segunda, con el remplazo de hormonas bioidénticas, que regresan la profundidad al dormir, la concentración, la valentía, la confianza en una misma, la libido, la energía, la estabilidad emocional y la capacidad de generar o conservar la masa muscular. La tercera, y no menos importante, es saber que esa etapa no es el principio del fin, sino simplemente un nuevo comienzo.
En cuanto a la edad y el amor, yo tenía más de un prejuicio. Siempre he sido una romántica, aunque por mucho tiempo le di prioridad a la maternidad y a mi trabajo, pero llegó el momento en que me quedé sin empleo y con el nido vacío, así que decidí que era la oportunidad de retornar a mi corazón. El asunto es que ahora la mayor parte de las parejas se conoce por aplicaciones y a mí me parecía que eso era un recurso de desesperados. Afortunadamente, un amigo me preguntó: “¿Cuál es tu preocupación sobre esas aplicaciones?”. Yo le respondí que sentía que podía avergonzarme si alguien conocido me descubría ahí. Mi amigo me aseguró que cualquiera que estuviera viendo mi foto lo haría con mi misma intención: encontrar un compañero sentimental. No fue fácil, pero me sacudí las telarañas propias de mi educación tradicional y descubrí a algunas personas maravillosas que compartían el sueño de enamorarse.
Pilar Pérez Manrique asegura que se acaba de llevar una gran sorpresa con su mamá, que tiene 74 años. “Actualmente está saliendo con un señor de 77 que conoció en Facebook
