Introducción
La justicia tiene que ver con la verdad, y en cierto sentido es la victoria de la verdad.
BERNARD WILLIAMS
En 1989 la industria del espectáculo posicionó a Gloria Trevi como un fenómeno musical que marcaría la historia del entretenimiento mexicano, con una irreverencia no vista en los escenarios hasta ese momento. Las letras de sus canciones pudieron haberse escrito con el fin de conectar con un público principalmente adolescente e infantil, mezclando rebeldía e ingenuidad, para reflejar una necesidad generacional de ser entendidos, poseer una identidad personal y perseguir sueños propios.
A la vista de todo lo que ha salido a la luz sobre los abusos y tortura sexual a tantas adolescentes y jovencitas, resulta difícil no hacer una conexión con los contenidos de este “fenómeno” de la música pop que en muchos casos eran explícitos, sexuales, con doble sentido, y algunos de sus performance, con claras alusiones al sadomasoquismo. Pretextando novedad e irreverencia juvenil, parecían direccionar a sus seguidores y seguidoras un mensaje disruptivo, de supuesto empoderamiento en el caso femenino, y mostrar la capacidad de cada niña-mujer de ser libre en su sexualidad y en sus decisiones de vida.
El vertiginoso ascenso de la carrera de Gloria Trevi dio como resultado muchos otros proyectos que produjeron generosos dividendos para la industria del espectáculo, como, por ejemplo, películas, revistas y calendarios. Cada uno mostraba en la burbuja de esta industria una supuesta revolución musical y de ideas que incluso sorprendió —o al menos hizo levantar la mano— a los llamados intelectuales,1 quienes recularon en algún momento, guardaron silencio o fueron demandados por la propia Trevi. Carlos Reyna escribió:
Gloria Trevi era considerada un icono generacional, no sólo por Monsiváis, sino por otros intelectuales como Elena Poniatowska y Guadalupe Loaeza, quienes le dedicaron columnas y entrevistas cuando se les preguntaba sobre la figura de la revelación juvenil de los noventa. No había duda, Gloria Trevi representaba lo nuevo, el anti-establishment y estaba en la cima.
Al salir el escándalo, Monsiváis eliminó por completo cualquier rastro que pudiera haber entre la Trevi y él: eliminó la crónica, los dibujos, las fotos y guardó un silencio que sólo le quitó una provocadora pregunta hecha por Sabina Berman: ¿borrar a Gloria Trevi no es como una censura estalinista? Monsiváis respondió: “No trato con quien me miente. No escribo de fantasmas. Ya es un ser inexistente”.2
¡Y cómo no! Su mensaje era amplificado por los medios de comunicación, poderosamente convincente. Pero lo que no se analizaba —porque no se sabía, estaba escondido de manera perspicaz o no estábamos preparados como sociedad para entenderlo— es que detrás de ese asombroso fenómeno se encontraba el caso criminal, a mi parecer, más cruel de la historia del espectáculo hasta ahora conocido, no sólo en nuestro país, no sólo en Latinoamérica, sino me atrevería a decir que en el mundo entero.
Es de vital importancia entender, sin embargo, que el personaje de la Trevi probablemente jamás habría brillado de la manera en que lo hizo si no fuera por su creador: el productor Sergio Andrade, reconocido en ese mundo de la actuación y del entretenimiento por sus composiciones y su desempeño en festivales musicales tan importantes como el de la OTI (Organización de Televisión Iberoamericana). En esa esfera de lo “artístico” obtuvo un gran respeto por su atinada capacidad de crear éxitos para cantantes como “Tiempos mejores” de Yuri; “Suavemente” de Crystal; “Con tan pocos años” de Lucero; “Tierno” de César Costa, entre tantos otros.
Mucho se rumoraba de su temperamento y de su afición a las mujeres. Pero lo que hoy puedo comprobar, según las evidencias, es que ya había clarísimos indicios de quién era él y en quiénes se convertían juntos, como lo reveló Raúl Velasco en una entrevista. El reconocido conductor del programa Siempre en domingo, de Televisa, declaró que Andrade nunca fue su amigo. Sin embargo, dijo que los años que trabajó en el festival OTI le fueron suficientes para darse cuenta de que era una persona enferma, a quien se le hacía muy normal la perdición y la promiscuidad sexual. “Para mí [Sergio Andrade] es un psicópata y la Trevi es otra que reúne todas las características”, expresó Velasco.
¿Por qué nadie paró la monstruosidad evidente? Sí, la monstruosidad que le robó la vida a decenas de niñas, adolescentes y jóvenes, a quienes aun estando vivas les costó la vida a ellas y a sus hijos. Porque, aun cuando la mayoría tiene hoy una existencia llena de amor y protección, nadie puede obviar ni minimizar las secuelas sufridas como víctimas a más de dos décadas de que Sergio Andrade fuera detenido en Brasil junto con las personas que lo acompañaron por al menos 20 años: Gloria de los Ángeles Treviño Ruiz y María Raquenel Portillo.
Mucho de lo que se ha dicho, aun siendo de buena fe, apenas ha sido correcto; mucho más se ha publicado irresponsablemente y, peor aún, con dolo, siendo su único fin controlar e influir en la opinión pública.
Es conocido por todos que de esta manipuladora manera muchos han pretendido ganar las batallas jurídicas. Pero en realidad no se ha dicho todo ni se ha dicho bien. Las piezas, revueltas a propósito, quedaron así en nuestro país por conveniencia de distintos poderes fácticos, detrás de una inmune columna de humo que se perpetró entre jueces, ministerios públicos y abogados.
* * *
Soy Karla de la Cuesta, abogada y activista de derechos humanos. Gracias a ambas actividades hoy soy capaz de entender lo que viví como víctima de abuso y explotación, y también de ayudar a otras mujeres, niñas y jóvenes que vivieron situaciones similares.
Hace más de 30 años, en 1991, yo no sabía qué significaban palabras como coacción, engaño, violación, amenaza, acoso, explotación, violencia, tortura, esclavitud, adoctrinamiento… y no tenía por qué saberlo, ni mucho menos vivirlo. Ni yo, ni las otras niñas, adolescentes y jovencitas, nadie tendríamos que haber sufrido ninguna de esas acciones reprobables, tipificadas muchas de ellas como delitos.
Un evento de fans de Gloria Trevi en la Ciudad de México marcó mi destino para siempre. ¡Con cuánta ilusión asistí a ver en persona a la que se había convertido en un ícono musical! Imaginen la emoción que sentí cuando otra chica de su equipo se acercó para preguntarme si quería hacer una audición para ser parte de sus coristas: Sergio Andrade, su reconocido manager y productor, nos recibiría en ese mismo momento, pero además Mary Boquitas, su famosa corista, nos llevaría a platicar en privado con Gloria. Ahí fue cuando tiraron la carnada, ¡y la mordí! Para mí era como un sueño hecho realidad, mismo que se convirtió en una verdadera pesadilla que no ha terminado.
A partir del año 2000, cuando la Interpol tocó a la puerta del departamento en Brasil donde me encontraba privada de mi libertad y de todos mis derechos, incluido el ser apartada de mi hija recién nacida, pude volver a casa con mis padres. Pero el infierno no terminó, sólo se convirtió en uno diferente.
Pese a estos precedentes tan relevantes, estamos hablando de un caso que generó un inmenso dolor para decenas de familias, que se ha tocado, manoseado y publicitado de una manera totalmente superficial y hasta frívola: se trató como un escándalo, como si fuera sólo un chisme más del mundo del espectáculo.
Durante casi tres décadas, el silencio ha marcado mi destino. La desproporcionada relación de poder de los victimarios sobre mí resultó aplastante y sepultó las palabras que se quedaron ahogadas en mi garganta, dando como resultado una historia de impunidad e injusticia que prevalece hasta la actualidad.
Cansada de callar, me preparé para alzar la voz y estoy lista. Me hice experta en el delito de trata de personas y logré entender a detalle lo que habíamos vivido, así como la manera en la cual el Estado mexicano hizo caso omiso y minimizó la gravedad de los brutales hechos de manera pública e irresponsable, causando una severa revictimización que todavía nos afecta. Viajé junto con otras organizaciones a la sede de la ONU, en Ginebra, Suiza, para hacer escuchar mi voz en el foro “Human Rights and Modern Slavery 2017” (“Derechos humanos y esclavitud moderna 2017”).
Mi abogado hizo hincapié en dos palabras que cambiarían mi vida para siempre y que se convertirían en mi misión y visión: verdad y justicia. Esas dos palabras significan dos derechos —reconocidos internacionalmente— esenciales para las víctimas que nos fueron negados (en nuestro caso, por más de 20 años). Al conectar con ellas, dentro de mí, supe que la ausencia de éstos era lo que formaba ese hueco en mi corazón que me provocaba tristeza y desesperanza; es una herida que me ha acompañado todos estos años, una sensación de vacío que me ha resultado inexplicable y no creí que nadie más pudiera entender. Soy sobreviviente porque estoy viva. Pero ya no sobrevivo. Ahora soy más fuerte, más valiente, conozco las leyes y sé cuáles son mis derechos. Y sí, soy víctima y siempre lo seré porque nada puede borrar lo ocurrido.
En 2018 mi abogado pudo conocer algunos detalles del expediente y me citó en un restaurante en el centro de la ciudad. Lo que me dijo fue muy conmovedor: “Karlita, si yo fuera tu papá, no sé si me hubiera podido contener”. Creo que lo impactó tanto conocer lo muy poco que se sabía hasta ese momento que se convirtió, junto con su familia, en un pilar para poder ponernos de pie. En ese entonces yo todavía no tenía la capacidad de hablar nada de mi historia y era profundamente sensible, por lo que nuestras pláticas al respecto estaban llenas de lágrimas y sentimientos encontrados. Todos estos años me había sentido tan sola y desprotegida sin encontrar a quien tuviera compasión o empatía por nuestro dolor. Jamás olvidaré sus palabras porque me abrieron un camino de justicia, verdad, memoria y libertad.
En aquella ocasión acordamos iniciar las gestiones necesarias para obtener el expediente completo. Después de casi un año de múltiples trámites, viajé a Chihuahua para la solicitud final; tuve que entrar nuevamente a la penitenciaría del estado, asaltada por los recuerdos de aquella impunidad incesante con que se nos intentó aplastar. Pero vencí a los demonios y finalmente conseguimos el documento. El envío de todos los tomos del expediente a la Ciudad de México fue otro reto: pesaron exactamente una tonelada. Sí, una tonelada de papeles acumulados, y, sin embargo, un juez no fue capaz de encontrar en ellos las pruebas suficientes contra las personas involucradas.
Decidí armarme de valor para leer las declaraciones de algunas de mis compañeras, pero tardé más en animarme a leer la mía y más aún en leer las de mis hermanas. No podía enfrentar el recuerdo de tanto sufrimiento y menos el de ellas. No podía.
Pero en el momento en que leí el primer testimonio narrado —y continué uno por uno—, dentro de mí empezó a arder poderosamente un fuego que cambió mi percepción. Comprendí que debía ser valiente porque ya no se trataba sólo de mí. Conforme fui avanzando en la lectura y análisis, sentía que me convertía en otra persona. No podía concebir la brutalidad de los testimonios de mis compañeras y los detalles ahí descritos. El asombro se convirtió en un coraje que ya no me permitiría dejar que los graves hechos ocurridos quedaran impunes, en la oscuridad de un lóbrego archivo.
Increíblemente, yo misma entendí por primera vez la verdad en su totalidad. ¿Cómo era posible esto? Claro que sabía que todas habíamos experimentado cosas más o menos parecidas, pero leer lo que testificaron, en sus propias voces, sentir la profundidad del dolor y el sufrimiento en cada una de sus historias me abrió los ojos a la crónica de un caso criminal que no tiene dos versiones ni dos caras, la cual no está sujeta a quien la quiera o no creer, y que mucho menos puede verse a través de la sentencia omisa de la justicia de Chihuahua.
Callar es lo que hice siempre: encontrar formas de justificar por qué era mejor optar por el silencio para no tener que vivir el torbellino de la denuncia. Pero después de todo lo que leí no podía quedarme callada. Volver a dejar todo en la oscuridad no era una opción. ¡Otra vez no!
Hoy hablo desde una tribuna avalada por el conocimiento, porque tengo muchos años estudiando múltiples casos de víctimas de este delito, sobrevivientes que, como nosotras, viven su proceso de recuperación desde el silencio —soportando tener que escuchar la versión falsa que los victimarios instauran—, desde la negación, desde la confusión, para finalmente, y si tienen suerte, contar la realidad que conocen, pero que no encuentran valor para revelar.
Nunca más podría dormir tranquila sabiendo que pude haber hecho algo y no lo hice. Y así cobró forma esta parte de la historia.
