El caso Cumbres

Javier Munguía

Fragmento

Frontmatter

Se llamaba Érik Azur, tenía siete años y nada le importaba más que hacer amigos.

Único varón en casa de mujeres, lo habían esperado con impaciencia y recibido con júbilo. Preguntadas sus hermanas mayores sobre qué nombre ponerle, escogieron las versiones masculinas de los suyos. De cariño le decían “el Pollito” porque al nacer les recordaba a uno de tan delgado y largo. Y seguía siendo flaco, y comer le gustaba poco.

Mucho, en cambio, contar historias de sus amigos. Los cosechaba no solo en la escuela y el karate: también entre los insectos, a los que arropaba como parte de su pandilla.

El Pollito iba a la escuela con veinticinco pesos y el consejo de comprarse algo de comer en el recreo. Prefería invitar a sus compinches, desde luego. Una tarde volvió a casa con la demanda de recibir más dinero porque ahora tenía más amigos.

Cursaba segundo de primaria. Como un niño noble, dócil y muy querido por todos lo evocaría su maestra Blanca Esthela, que en honor a su recuerdo conservó sus libros de textos y decoró su pupitre con un ramillete de flores.

Su ausencia significó un rudo golpe para su compañero Patricio. La tristeza se le revolvía con el enojo y el pánico de que fuera a pasarle lo mismo. Rehusaba quedarse solo e inventaba escenas en las que Érik dormía en su casa el día nefasto y esquivaba el peligro.

Aunque enemigo de las disputas, Érik se asimilaba como el protector de su madre y sus hermanas. Que practicara karate tal vez se debiera a eso. Poco antes del rompimiento entre su hermana Érika y su novio Diego, no dudó en interponerse entre ella y los gritos del furioso Diego.

La noche anterior a su muerte, mientras Caty, la empleada doméstica, le preparaba su última cena, Érik le preguntó si creía posible que él venciera a alguien mayor. Sin malgastar la ocasión, Caty respondió que sí, siempre y cuando comiera mucho. Después recordaría la pregunta como una premonición.

María Fernanda, la hermana menor de Érik, podía parecer a vista simple una niña de tres años normal y corriente, pero ella conocía y no ocultaba su identidad verdadera, la de princesa, con un nombre tan largo y rimbombante como el de cualquier princesa respetable: Chocolata Ishtar María Fernanda Peña Coss y León y de Gerardo, pues Gerardo era su príncipe en la guardería.

Su familia la llamaba simplemente “la Beba”. Solía vestirse de acuerdo con su título nobiliario, sobre todo de Cenicienta. Deambulaba por su reino muy ufana y con natural don de mando, para secreta diversión de sus cortesanos.

La Beba podía hacer maldades pero no mentir, y no retrocedía a la hora de repartir golpes. En las peleas con Érik siempre dominaba, pues él era incapaz de cobrarle los agravios con igual moneda. Si le afeaban su conducta por esta u otras principescas fechorías con la advertencia de q

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