Sueño olimpico

Jorge Cuevas Dávalos
Juan Luis Barrios

Fragmento

Sueño olímpico

Prólogo

La historia que tienes en tus manos muestra cómo es la lucha de un atleta profesional como muy pocos te la podrían contar. Leerla fue como un viaje en el tiempo que me llevó a recordar lo que yo, Alejandro Cárdenas, también viví en mi trayectoria como atleta.

Cuando tuve el manuscrito en mi poder, pensé que me tardaría mucho en leerlo, pero el ritmo con que está escrito y la riqueza del contenido hicieron que lo acabara en unos días. Sueño olímpico está contado con el verdadero lenguaje de los corredores de la calle, con la manera de hablar coloquial de los atletas de fondo de México, al grado de que en algunos instantes me hizo cuestionarme si no estaba muy fuerte, si no estaba demasiado crudo, pero yo mismo me contesté que eso estaba muy bien, porque era realidad pura, porque el libro te mete al detalle de cómo suceden las cosas desde las primeras novatadas, las carreras en la pistas de atletismo de campeonatos regionales, nacionales o de unos Juegos Olímpicos; te hace vivir desde dentro las batallas más amargas de un corredor, que no son contra otros corredores, sino contra un sistema que no apoya a sus atletas como en otros países y que hace que un mexicano, para destacar a nivel mundial, deba luchar también contra su propia gente.

Como lector vas a conocer a Juan Luis Barrios íntimamente, descubrirás a un tipo apasionado del deporte, atleta tenaz, disciplinado, inconforme, extrovertido, rebelde y con una forma de pensar muy diferente a lo normal; conocerás al Juan Luis tal cual es y en diferentes facetas, natural, sin máscaras, con sus luces y sombras.

Yo justamente lo conocí cuando empezaba, en la etapa de su vida en que se centra esta historia. Me acuerdo de que preguntaba y preguntaba de todo, de marcas, de pagos, de estrategias, como si quisiera romper los paradigmas del fondo y del medio fondo, y no se me olvida esa sonrisa, que uno no sabía si era su manera natural de sonreír o si se estaba burlando.

Lo que te puedo confirmar es que sí, que exactamente como lo encontrarás en estas emocionantes páginas, así era Juan Luis, y así sigue siendo.

Como telón de fondo de esta novela escrita con hechos reales descubrirás una época extraordinaria en el atletismo mundial y nacional.

A nivel global, con atletas de los más importantes de todos los tiempos, como Hicham El Guerrouj, Gebrselassie, Kipchoge, Bekele o Lagat.

En México también era un momento muy especial, estábamos en el final de una época dorada.

Cuando Juan Luis irrumpió en el escenario nacional, había unos 10 grandes corredores de fondo que ya se estaban retirando, como Germán Silva, Dionicio Cerón o Armando Quintanilla, así que Juan Luis se quedó solo y durante 20 años de constancia como atleta de élite de talla mundial nos hizo creer que el atletismo mexicano seguía bien.

Encontrarás muchas historias memorables e inspiradoras entrelazadas en estas páginas, los compañeros, los rivales, la pareja, los padres, pero a mí en particular lo que más me emocionó fue ver plasmados a tres entrenadores polacos que llegaron a México para los Juegos Olímpicos del ‘68 y se quedaron a vivir en nuestro país, que dejaron huella y nos cambiaron la mentalidad a mí, a Juan Luis Barrios y a otros atletas más, porque nos hicieron ver de una manera única que no se trataba de ser los mejores de México, sino de ampliar la mirada y ser competitivos a nivel mundial.

En el libro se aprecia claramente lo mucho que Tadeusz Kepka, uno de esos tres entrenadores polacos, influyó en que Juan Luis no se conformara con haber conquistado los 800 y los 1 500 metros planos nacionales a los 18 años, sino que rompiera el molde y fuera por más. Tal vez eso resume de qué se trata Sueño olímpico, de romper moldes e ir por más.

No me cabe duda de que descubrir la lucha y los secretos de un atleta de nivel mundial te van a retar a romper moldes y a reflexionar sobre tus propios sueños, cualquiera que sea tu disciplina, artística, empresarial o deportiva.

ALEJANDRO CÁRDENAS1

Marzo de 2025

1 Velocista mexicano, atleta olímpico en cuatro ocasiones y con ocho participaciones en campeonatos mundiales. Medallista de bronce en 400 metros planos en el campeonato mundial de Sevilla de 1999, con una marca personal de 44.31 segundos, que a la fecha se mantiene como récord latinoamericano, y medallista de bronce indoor en el campeonato mundial de Maebashi, Japón, también en 1999.

PRIMERA PARTE

Muchos sueños olímpicos
y una sola carrera

1

¿QUÉ HACEMOS CON
ESTE MUCHACHO?

La arena estaba de bote en bote, la gente loca de la emoción

y en la pista luchaban los cuatro rudos, ídolos de la afición.

Pedro Ocádiz y Conjunto África, “Los luchadores”

–20 DE AGOSTO.

Dos horas antes del disparo de salida de la eliminatoria

de los 5 000 metros planos de los Juegos Olímpicos de 2008.

En el sur de la Ciudad de México, a 12 500 kilómetros

del Estadio Nacional de Beijing–

Yo debí adivinar, desde que estaba en mi panza, que ese muchacho iba a ser corredor, viera usted cómo se movía.

Luego ya de chiquillo también, porque Juan no fue de gatear, ¿eh?, se agarraba de todos lados para levantarse y muy pronto caminó solo. Cuando menos lo esperaba, ya andaba corriendo.

Y miré dónde anda ahora.

Yo me levanté ya hace rato, porque no pude dormir, pero aún no sé si prender la tele o no. Seguro ahorita llega mi esposo y busca la transmisión, aunque luego a veces ni la pasan completa, ya sabe usted, se ponen a pasar varias competencias al mismo tiempo, que si la jabalina, que si el salto, que si las vallas. Pero esa no es la razón de no querer ver, ¿eh?, se lo aclaro, lo que pasa es que yo me pongo muy nerviosa con la tele.

Cuando se puede, prefiero verlo ahí en el estadio, frente a la pista, o en la calle o donde quiera que sea la carrera.

¿A poco no se le hace raro que me pongo más nerviosa viendo una transmisión que la carrera en vivo?, pues le digo que así es.

No me pregunte por qué, porque no sé, la mera verdad, a mí también se me hace raro.

A lo mejor porque estando ahí en vivo puedo apoyar, y gritar. Y cuando echo porras saco los nervios.

Pero ahorita vemos, ¿eh?, tal vez me decido y sí veo la carrera o aunque sea la escucho y me pongo de espaldas a la tele. Ya no sé ni qué digo, soy un manojo de nervios.

Pero, ¿sabe qué pasa?, que me ayuda, me distraigo mientras le cuento. Nomás deje me siento. Al cabo que todavía falta para que empiece la carrera.

Verá usted, desde que nos casamos, mi esposo y yo y mis hijos hemos vivido aquí mismo, en esta privada en la calle San Francisco, que era un predio más grande, que mi suegro, el papá de mi esposo, lo dividió para dejar casas para nosotros y para pura familia. Por eso, podemos decir que Juan creció rodeado de familia.

Cuando era niño, las cosas no eran como ahora, de que los niños no salen de su casa quién sabe hasta cuántos años, Juan desde muy chiquillo, yo creo que de cuatro, ya se salía solo, ¿y sabe qué hacía?, se ponía a correr, pero no en carreras, sino correteando a las gallinas, a los guajolotes y a los perros. Un día me encontré al muchacho trepado en un árbol, todo asustado.

—¿Qué haces ahí? —le grité.

—Es que el pavo real ya se enojó, mamá.

Yo lo dejé ahí colgado. Dije: a ver si se le quita lo travieso. Pero no. No funcionó. No se le quitó ni tantito.

Luego andaba con unos amigos, y consiguieron unas resorteras o las fabricaron, yo qué sé. La cosa es que les tiraban piedras a las gallinas y a los guajolotes, primero nomás a las nuestras y luego a las de los vecinos, a las de sus tíos, y luego a las casas de más lejos. Y cuando le daban a una, se iban corriendo para que no los regañaran.

No sé si debería decírselo, pero Juan sí era vago, la mera verdad, ¿me entiende?, se juntaba con los más grandes, y de todos modos ellos lo seguían a él. Era como un lidercillo, pero no para bien, ¿eh?, andaba nomás sonsacando a los demás para hacer más averías, y la mera verdad, a mí se me hacía que sus travesuras no eran inocentes.

¿Qué dice usted? ¿Me pregunta que si eso me preocupaba?, pues claro. ¿Qué hubiera hecho usted con el muchacho?, ya lo viera, ¿eh?

A ver, ¿qué hace una mamá con un niño tan inquieto?, ¿lo regaña?, ¿lo amarra en un árbol?, ¿lo encierra en un corral con las gallinas?, pues no, ¿verdad?

Yo lo que pensé fue: Juan tiene que aprender a hacer algo bueno con tantísima energía. Porque él tenía, ¿cómo le diré?, ándele… él tenía pila para todo el día y para la noche y no se le acababa, y lo que a mí me apuraba, y mucho, era cómo encontrarle la forma para que usara todo eso para bien en vez de andar ahí de maldoso.

Primero lo llevé a la natación. Me pidieron que le comprará sus goggles, su gorra y su toalla… ¿sabe para qué sirvieron?, para nada, para que me dijera que la natación nomás no. Porque nomás se quedaba en la orilla de la alberca, y un día, cuando fui por él, me dijo: “Mamá, por favor no me traigas aquí”. Se me hace que a la fecha todavía no sabe nadar. Como dicen, hay maderas que no sirven pa’ ciertos barnices.

Hay que saber dónde ya no insistir. Pero también dónde sí, ¿verdad? Por eso le busqué en el futbol, el karate, la gimnasia olímpica, y no sé en cuántos otros deportes. Pero a Juan solo le gustaba una cosa: correr. Y yo dije, pues si le gusta correr, que sea correr.

Unos amigos de mi esposo, perdón, ¿sí le dije cómo se llama mi esposo, el papá de Juan?, Gilberto Barrios, ahorita no tarda en bajar, para que lo conozca y él le platique su versión. Él sí durmió bien.

Ah, pues le digo, cuando Juan tendría ya unos siete años, Gilberto ya se lo llevaba a las carreras, entonces unos amigos de él, de los que corrían, empezaron a decir: “No, pues que Juan tiene cualidades”, “puede ser un buen corredor”, “tráemelo aquí, Gilberto, que entrene con nosotros”, “tráemelo acá, Gilberto, yo te lo entreno”. Pero ¿sabe qué?… a mí ninguno de los amigos me convencía. No dudaba de sus intenciones, se veían buenas gentes, pero no les iba a llevar a mi muchacho para que lo entrenaran. Yo no sabía exactamente por qué, pero yo sentía que Juan estaba para algo más grande.

Pues una como mamá qué va a decir, ¿verdad?, todas las mamás creemos que nuestros hijos son mejores que como los ven los demás, pero ¿qué cree?, yo sí acerté, Juan sí estaba para algo más.

¿A dónde lo llevo? ¿A dónde llevo a este muchacho?, empecé a preguntarme. Y encontré la respuesta en una revista. Todavía la conservo, mírela, ya se ve viejita, ¿verdad?, es que tiene ya sus años; se llama revista Carreras, y es de 1993, por eso ya están todas las páginas amarillas, pero la he conservado estos 15 años, ¿ya le leyó?, ¿ya vio dónde encontré la respuesta? “Con cierre espectacular en los últimos 200 metros, Germán Silva vence a los kenianos en los 10 kilómetros de Cleveland”.

No, no, pero no es en ese artículo en el que encontré la respuesta que estaba buscando, ni tampoco ese del segundo lugar de Isidro Rico con 2:10 en el Maratón de Londres, ni el reportaje de Dionicio Cerón. Nada de eso. Esas noticias las veía mi esposo, él traía siempre la revista.

Aunque yo iba a apoyar a las carreras, en ese entonces no le podía dar razón ni de competencias, ni de marcas, ni de atletas. Pero un domingo que me pongo a hojear, y ahí como no queriendo la cosa encontré este anuncio. Mírelo, léale bien:

En Estrellas Colgate recibimos a niños con potencial, para desarrollarlos como atletas. Todos los niños de la Ciudad de México pueden venir a probarse, los que tienen las condiciones, reciben una formación como deportistas financiada por nuestra empresa, para impulsarlos en su vida, como parte de nuestra misión de responsabilidad social.

Luego luego que lo leí, dije, esto es para mi muchacho, y ahí sí, la que corrí fui yo para llevarlo inmediatamente.

En el artículo no venía ningún domicilio, pero averigüé dónde y a qué horas hacían las pruebas. En sus marcas, listos y vámonos, Juanito.

Tres camiones y, en una hora y media, ya estábamos en las instalaciones, en Calzada de las Águilas, en la Álvaro Obregón.

—Buenas tardes, vengo a que le hagan la prueba a mi hijo.

—Señora, ¿su hijo viene de escuela particular?

Y yo, sin pensar, que les digo que no, no me lo vayan a rechazar por eso, porque en ese entonces yo tenía a Juan en un colegio de monjas, acuérdese que era tremendo; apenas las monjas para aplacarlo poquito. Pero luego me arrepentí de la mentira, dije: de todos modos se van a dar cuenta, y les aclaré que no, que no estaba en escuela pública.

—Señora, mire, este es un programa de responsabilidad social, y todos los niños que ayuda la fundación vienen de escuela pública. De cualquier forma, le vamos a hacer la prueba al niño, pero no le aseguramos nada.

Lo pusieron a correr ahí en una pista de atletismo, pero pues yo ya lo había visto correr, yo lo que quería ver era a los entrenadores, cómo reaccionaban, y mire usted que estaban así como codeándose, y yo pensaba, seguro se están diciendo: “¿Ya viste que sí es bueno el muchacho?”, “corre bien”, “sí la puede hacer”, y yo creo que de veras algo así dijeron, porque en cuanto se acabó la prueba me anunciaron:

—Señora, su hijo tiene cualidades, se puede quedar, pero al terminar el ciclo escolar lo debe cambiar a una escuela pública, si no, no lo podemos tener aquí.

Yo les contesté luego luego:

—Cuenten con ello, lo cambio —pero de todos modos me fui con dudas. No estaba segura de sacarlo de la escuela de monjas, porque ni sabía si se iba a quedar tanto tiempo ahí en Estrellas Colgate como para que valiera la pena tanto cambio. Pero fíjese cómo son las cosas. Antes de que se acabara el ciclo escolar, de la escuela de monjas me lo corrieron.

¿Qué dice?, ¿que quiere saber lo que paso?, pues ahí le va, una mañana me mandaron llamar de la dirección:

—Señora Bertha —me dijo una voz de mujer muy seria—, una hermana, ya grande de edad, se quedó dormida en el salón mientras daba clase. Juan Luis y sus amigos se dieron cuenta, fueron y le cerraron la puerta por fuera, la atrancaron y la madre se quedó encerrada varias horas, hasta que escuchamos que tocaba y tocaba muy angustiada. Esto es inaceptable, a las cuatro de la tarde queremos verla aquí de nuevo, pero también con el papá del niño.

—Oiga, no se puede, a esa hora mi esposo sigue trabajando, dígame a mí qué vamos a hacer.

—Pues ese es el problema, que ya vemos claramente lo mucho que le importa a su esposo su hijo.

Qué gordas me cayeron, mi esposo tenía trabajo, ah, ya nomás porque ellas decían, tenía que salirse del trabajo y a la hora que les diera la gana.

Pues llegué sola a las cuatro de la tarde, y qué bueno, viera que la junta duró menos que una carrera de 800 metros.

—Señora, llegamos a la conclusión de que Juan ya no podrá seguir en esta institución por su comportamiento. Le entregaremos sus papeles y le diremos a qué escuela lo debe llevar.

¿Cómo ve usted?, pues sí, era su colegio, ellas podían decidir expulsarlo, pero eso de que le vamos a decir a dónde llevarlo no me gustó.

—No, gracias, es mi hijo y yo decidiré a qué escuela lo llevo —les dije.

Al siguiente día fui a hablar a otra escuela y ahí me lo recibieron; era pública, así que asunto arreglado con Estrellas Colgate.

¿Ya lo vio usted?, Juan alborotaba el gallinero en el rancho, en la casa, y en la escuela también.

A los meses me hablaron de la nueva escuela:

—Señora Bertha, no encontramos a Juan, no está en el salón, ni en ningún patio, tenemos a un grupo buscando en la escuela y alrededores.

Pues yo también anduve buscando, y ¿dónde cree que apareció el muchacho? Andaba corriendo en el cerro de San Bernabé.

Fue curioso que Gilberto, mi esposo, sospechosamente no dijo ni pío. Luego me di cuenta de que a veces, cuando iba a entrenar al cerro, le chiflaba a Juan, y el muchacho se brincaba la barda de la escuela para seguirlo. Usted ya lo sabe, las cabras y los corredores tienden al monte, qué le vamos a hacer, ¿verdad?

Espero no adelantarme mucho en su historia y en cómo la quiere contar, pero mire cómo son las cosas, que luego Gilberto, mi marido, se sintió culpable el día que Juan le anunció que había dejado la escuela para dedicarse a correr profesionalmente.

Yo no, y no porque la escuela me parezca mal, sino porque yo veía que nada moderado podía pasar con ese muchacho, o se hacía un vago, o, como ha sucedido, llegaba hasta los Juegos Olímpicos.

Todo el primer año yo lo llevé a Estrellas Colgate, hasta que vi que ya se podía mover solo e irse en transporte público, pero de mientras, hacíamos una hora y media de ida y otra hora y media de regreso en el camión, todos los días. A veces me dejaban ver los entrenamientos, otras, esperaba sentada en la banqueta, afuera de la institución.

En el camino Juan no hablaba de otra cosa que de pruebas de diferentes tipos, lanzamiento de quién sabe qué, metros con vallas, carreras, atletismo; era todo lo contrario a la escuela, nunca me habló con pasión de matemáticas, ni de español, ni de química, pero qué tal de ritmos, series, calzado, estrategia, ya luego hasta andaba explicándome qué es el lactato. Yo dije que lo que vaya a hacer, lo haga bien.

Y si le soy sincera no veía mal que se hiciera la pinta de la escuela. Si acaso lo que me preocupaba era otra cosa. Que siempre había sido de buen diente y carnívoro, pero desde que entró a Estrellas Colgate, a las órdenes del maestro Juan Montaño, que fue su primer entrenador, antes de que se le afinara la velocidad, lo que se le afinó fue el diente, de veras que salía más caro alimentarlo que vestirlo.

¿Qué dice?, ¿qué me está preguntando? ¿Qué cómo me despedí de mi hijo ahora que se fue a China? ¿Es eso importante? Pues nada, oiga, no le dije nada cuando se fue, solo pedirle a Dios que todo fuera bien. Le di su bendición y ya.

No crea que soy mucho de hablar, ¿eh? Pero no hablar mucho no significa que no sienta mucho. Si le soy sincera, le debo decir que traía un sentimiento enorme en la garganta, ahí atorado.

Lo llevamos al aeropuerto, y lo vi irse al filtro, caminando con su mochila de deportista en la mano, una tricolor, verde, blanco y rojo como la bandera de México, que les dieron a todos los de la delegación. ¿Y qué cree?, ahí mero, en la mochila, le puse una carta que le escribí. Y ahí en la carta, la verdad sí me expresé. Pero no sé si ya la habrá descubierto y leído, lo sabré cuando regrese.

Mire, mucha gente se pregunta qué siente un atleta que va a ir a unos Juegos Olímpicos por primera vez, ¿verdad?, pero no les pasa por la cabeza preguntarse también: ¿cómo vive ese momento su madre? ¿A poco cree usted que el sueño es solo del que corre?

Oiga, ¿le ofrezco un café?, ya falta menos para que empiece la carrera. Deje pongo un poco de música, tengo una canción que me quita los nervios, yo creo que si la pongo me voy a animar a ver la carrera.

y la gente comenzaba a gritar, se sentía enardecida sin cesar,

métele la Wilson, métele la Nelson, la quebradora y el tirabuzón,

quítale el candado, pícale los ojos, jálale los pelos, ¡sácalo del ring!…

"Los luchadores"

2

¿PARA QUÉ
MUERE UN SUEÑO?

Si las lágrimas te nublan

la vista y el corazón

haz un trasvase de agua

al miedo, escúpelo.

Y jamás des por perdida

la carrera, cree en ti

y aunque duelan, las heridas curarán.

Mago de Oz, “Hoy toca ser feliz”

–A 300 METROS DE LA MARCA DE SALIDA.

En la zona de calentamiento del Complejo Olímpico

del Estadio Nacional de Beijing, China–

Veo con nitidez el Estadio Olímpico, que es una estructura ultramoderna, ya muy bien iluminada a esta hora. Desde aquí se aprecia claramente que simula ser el tejido de un nido, por eso lo llaman “El Nido de Pájaro”.

Además de sentirse el calor de estas fechas en Beijing, desde donde estoy, que es la zona de calentamiento, se escucha y se siente el calor de la gente gritando dentro del inmueble.

Me detengo. Veo al doctor Héctor Aguilar, del equipo mexicano de marcha, me da una palmada en la espalda, me dice que en cuanto acabe mi calentamiento, antes de pasar el filtro para entrar al estadio, le entregue mi mochila.

En la mochila cargo un celular que compré llegando a China, tiene tele y antena de radio, parece hechizo y a la vez del futuro. Traigo también un cambio de ropa y mis spikes.

Aquí en la pista de calentamiento trotaré con tenis, pero allá adentro del estadio competiré con spikes.

De pronto escucho que desde el estadio se intensifica el griterío de la multitud. Si mis cálculos no me fallan, está por arrancar la prueba de los 800 metros planos.

Qué curioso, ¿no crees?, yo comencé siendo corredor de 800. Claro, desde entonces la vida ha dado miles de vueltas a la pista, al grado de que mi prueba de hoy ya no es un reto explosivo, de velocidad como los 800, lo mío, hoy, es una prueba de medio fondo, la eliminatoria de los 5 000 metros planos, cinco kilómetros, pero no en ruta, sino en pista.

Eso sí, fue cuando corría 800 y 1 500, cuando empecé a soñar con participar en una justa olímpica; hace 12 años, hace tres ciclos olímpicos, en 1996, este sueño comenzó. Porque te voy a decir algo, antes de decidir ser atleta, mi sueño era ser locutor. Me hubiera gustado ser un locutor que presentara todo tipo de música, lo mismo canciones románticas que rolas de rock, o a lo mejor tener un programa de discusión nocturno, quizá de geopolítica o a lo mejor de conspiraciones, sí, seguro de conspiraciones, ¿cómo te suena La Conspiración Olímpica, con Juan Luis Barrios?, donde discutimos acerca de los intereses que mueven al mundo y el deporte, siempre acompañados de clásicos, clásicos del rock y clásicos de todos los tiempos.

Bueno, la verdad es que ese sueño no se ha hecho, pero tampoco se ha muerto, quizá en un futuro, cuando me retire del atletismo, podría hacerlo realidad, por qué no, ¿verdad?, ¿será que un viejo sueño de la niñez o la adolescencia puede mantenerse latente por décadas?

Pero bueno, regresemos al presente, al sueño que sí me tiene hoy aquí. Te lo quiero presentar como si fuera ese locutor:

Juan Luis Barrios apostó su vida al atletismo y hoy está aquí, en el Estadio Nacional de Beijing, en los Juegos Olímpicos de 2008. Está por comenzar su trote en la pista de calentamiento, que tiene exactamente las mismas dimensiones que la de la competencia, es una pista de tartán, rojiza, de 400 metros.

Juan Luis trotará unos 10 minutos, luego hará estiramiento activo, trotará otra media hora, y luego hará ocho sprints de 100 metros para ponerse a punto.

Ya una vez dentro del estadio, en la pista principal, dará 12.5 vueltas en su mejor nivel posible. Juan Luis hoy quiere hacer historia, ¿para su país?, sí, quizá, pero también para su vida.

Para este espacio radiofónico, su servidor, Juan Luis Barrios, “el locutor”, ha elegido la que considera la música más ad hoc al momento, por eso el tema para este calentamiento es “Hoy toca ser feliz”, de Mago de Oz. ¿Por qué? Porque como lo pueden escuchar, en uno de sus párrafos la canción dice: “cuando un sueño muere, es porque se ha hecho realidad”.

Hace 12 años, calificar a los Juegos Olímpicos fue el sueño de Juan Luis, pero hoy, felizmente, ese sueño muere, porque el sueño ya no es ser olímpico, el sueño, ahora, es avanzar a la final.

Escuchen lo que dice la canción: “Un sueño muere para dar paso a otra ilusión”, ¿no les parece?, y luego chequen la siguiente estrofa: “cuando un sueño muere, es porque se ha hecho realidad”.

Ahora bien, en un mundo como el de hoy, con la superioridad de los africanos en el atletismo de fondo, la nueva ilusión es demostrar que puedo competir y trascender.

Aunque, por otro lado, debo confesar que hace 15 días, cuando llegué a China, pasó algo que me decepcionó profundamente y me hizo ver que uno como mexicano tiene que desafiar a los atletas asiáticos, europeos y africanos, pero a veces lo más difícil es que tiene que desafiar a los propios mexicanos, y no necesariamente a los que tienen shorts, tenis y un número en el dorsal, más bien a los hombres grises, los que vienen de pantalón largo. Ya sé que n

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