La sabiduría del corazón

Pablo Sol Mora

Fragmento

La sabiduría del corazón

PRÓLOGO

Un poeta muerto

Todos los veranos, mis padres acostumbraban llevarnos de vacaciones a mi hermana y a mí a algún lugar de la República. En 1988, año del centenario del nacimiento de Ramón López Velarde, tocó turno a San Luis Potosí y Zacatecas. Fuimos en auto, un Rambler American blanco, desde Xalapa, Veracruz. Yo tenía doce años.1

La verdad, recuerdo poco del viaje. En San Luis llegamos a un hotel en el que mi madre se había quedado de joven, el antiguo Hotel de Gante, del que nos había hablado mucho y guardaba un recuerdo hiperbólico, pero que entonces se encontraba más bien en decadencia y del que no pasamos de la recepción. Nos cambiamos a otro, no recuerdo cuál, y allí un día recibimos la visita de Joaquín Antonio Peñalosa, un cura simpático de lentes y tez sonrosada, del que yo por esa época leería y releería sus libros de chistes religiosos, Humor con agua bendita y Más humor con agua bendita, y del que por supuesto ignoraba que era un eminente lector de López Velarde, el descubridor de María Nevares, la novia de los “ojos inusitados de sulfato de cobre”.2 De la conversación que tuvo con mis padres alcancé a pescar un nombre, Manuel José Othón, y el título de un libro, Poemas rústicos.

San Luis me gustó, pero me impresionó más Zacatecas, con sus callejones (“altas / y bajas del terreno, que son siempre / una broma pesada”)3 y sus edificios de cantera rosa. Recuerdo la fachada de la Catedral, definición visual del Barroco, el Café Acrópolis y el teleférico del Cerro de La Bufa. En algún momento del viaje mi padre anunció que al día siguiente iríamos a un pueblo cercano, Jerez, a visitar la casa de un poeta.

—¿Cómo se llama el poeta? —pregunté.

—Ramón López Velarde.

—¿Vamos a ver al poeta?

—No, el poeta está muerto. Su casa es ahora un museo.

Primera noticia: Ramón López Velarde, un poeta muerto.

De aquel viaje no conservo muchas memorias de Jerez. La casa de López Velarde —con un patio, un corredor, un pozo y habitaciones de altos techos— me recordó, eso sí, a la vieja casa de mis abuelos, en Coatepec, Veracruz. Vi fotos del poeta y su familia, me dijeron que había fallecido muy joven, a los treinta y tres (a los doce no me pareció tan joven), y que había escrito un poema que se llamaba “La suave Patria”. Me tomaron una foto con mi hermana en el pozo del patio, antes de que pusieran ahí una no muy afortunada estatua del escritor. Y eso fue todo.

Algunos años después, tendría ya diecisiete o dieciocho y estaba enfebrecido descubriendo autores, me topé con el volumen de Obras, preparado por José Luis Martínez para el Fondo de Cultura Económica, y leí algunos poemas de La sangre devota, Zozobra y El son del corazón. El poeta muerto me tiró del caballo. Sentí una conmoción verbal solo comparable a la que había sentido hacía poco con Borges. El asombro ante el uso insólito de ciertos adjetivos y sustantivos. Recuerdo especialmente los versos finales de “Ser una casta pequeñez…”:

¿Por qué en la tarde inválida,

cuando los niños pasan por tu reja,

yo no soy una casta pequeñez

en tus manos adictas

y junto a la eficacia de tu boca?4

Con una infancia muy religiosa detrás, me conmovían, además, la culpa y la fe católicas de Ramón, aunque ya no las compartiera del todo. Versos como los confesionales de “Humildemente…”:

Te conozco, Señor,

aunque viajas de incógnito,

y a tu paso de aromas

me quedo sordomudo,

paralítico y ciego,

por gozar tu balsámica presencia.5

“La suave Patria”, poema obstinadamente mal leído, la descubrí años después y le soy fiel desde entonces. Es un privilegio de México que su poema nacional, en vez de ser una epopeya rimbombante, sea una “épica sordina” como esta, irónica, tierna y delicada, pero ya habrá tiempo de hablar de eso.

Como sucede con ciertas conversiones religiosas, mi acercamiento a López Velarde se fue dando por etapas y faltaba aún la tercera y definitiva. Luego del descubrimiento adolescente y de la primera lectura de “La suave Patria”, la revelación plena de la magnitud de su estro, por utilizar la expresión que él usó para referirse a Samuel Ruiz Cabañas, ocurrió hace algunos años. Viviendo en aquella casa en Coatepec, que la visita a la suya en Jerez me recordara, me dediqué meses a la lectura atenta de su poesía y su prosa, una de esas lecturas lentas, demoradas, progresivamente deslumbrantes.

Se impuso la necesidad inmediata de escribir algo sobre López Velarde, y lo primero que tuve claro es que debía ser el poeta hablando y que la forma que más le convenía era la del monólogo dramático. Así surgió, a lo largo de arduos meses de 2019, Los minutos, en donde aparece un López Velarde ficticio con el que comparto no pocas cosas, publicado en la revista Letras Libres en junio de 2021, en el número dedicado a su centenario luctuoso, y que se estrenó en Aguascalientes, actuado y dirigido por Rafael Reyes Aboytes.6

Sin embargo, el ímpetu lopezvelardeano no se agotó ahí. Yo había leído, naturalmente, las biografías del poeta: Ramón López Velarde. Estudio biográfico (1952) de Elena Molina Ortega, Vida y pasión de Ramón López Velarde (1954) de Baltasar Dromundo, Ramón López Velarde. Álbum (1988) de Elisa García Barragán y Luis Mario Schneider y Un corazón adicto: la vida de Ramón López Velarde (1989) de Guillermo Sheridan, además de los estudios parciales dedicados a su estancia en diversas ciudades: Ramón López Velarde en San Luis Potosí (1988) de José Francisco Pedraza Montes, La edad vulnerable. Ramón López Velarde en Aguascalientes (2010) de Sofía Ramírez y Un acueducto infinitesimal. Ramón López Velarde en la Ciudad de México 1912-1921 (2019) de Ernesto Lumbreras. No me pareció inoportuno, más de treinta años después de las últimas tentativas biográficas globales, emprender una nueva biografía del poeta, lo más completa, documentada y rigurosa posible, tomando en cuenta, desde luego, los trabajos anteriores. Tratándose de un escritor, sería también necesariamente un estudio crítico. ¿Para qué escribir o leer la biografía de un autor si no para comprender mejor su obra? A propósito de Kafka, Borges escribió: “Los hechos de la vida de este autor no proponen otro misterio que el de su no indagada relación con la obra extraordinaria”.7 En el caso de López Velarde —que, por cierto, más de una afinidad tiene con Kafka— la relación ha sido sin duda indagada, pero quedan zonas oscuras o mal comprendidas. Este libro, espero, contribuirá a aclarar algunas, por ejemplo, su genealogía documentada, su estancia en los seminarios de Zacatecas y Aguascalientes, la figura de su padre, su papel en el juicio a Madero, su frustrada candidatura al Congreso, sus pleitos políticos, sus avatares laborales bajo los gobiernos revolucionarios, su relación con María Nevares, su devoción a las prostitutas, las circunstancias de su enfermedad y su muerte, y el significado personal de no pocos poemas.

Uno de los equívocos más extendidos en torno a López Velarde es pensar que ya sabemos todo sobre él, que no queda nada por esclarecer, presunción temeraria que fue objeto de una crítica de Gabriel Zaid en 1991 que, aunque por supuesto se ha avanzado desde entonces, sigue siendo válida;8 o sencillamente que ya está suficiente o bastante estudiado. En efecto, mucho se ha escrito sobre López Velarde y hay excelentes trabajos críticos y de investigación sobre él (por ejemplo, los de Xavier Villaurrutia, José Luis Martínez, Luis Noyola Vázquez, Elena Molina Ortega, Allen W. Phillips, Octavio Paz, Guadalupe Appendini, José Emilio Pacheco, Martha L. Canfield, Gabriel Zaid, Elisa García Barragán y Luis Mario Schneider, Guillermo Sheridan, Marco Antonio Campos, Vicente Quirarte, Víctor Manuel Mendiola, Juan Villoro, Fernando Fernández, Alfonso García Morales y Ernesto Lumbreras),9 lo que evidentemente no significa que no haya más qué decir. Por otro lado, llama la atención que de uno de los poetas supuestamente mejor estudiados de la literatura mexicana no exista una edición crítica de todas sus obras, rigurosa en términos filológicos, ni una biografía moderna y exhaustiva, y que el último intento de estudio integral —Ramón López Velarde, el poeta y el prosista de Allen W. Phillips— date de 1962, tres de las tareas básicas en torno a un clásico.10 De la segunda ya he mencionado los antecedentes. Respecto a la primera, es claro que la benemérita edición de José Luis Martínez ha cumplido su ciclo y es perfectible; la mejor edición actual, exclusivamente de la obra poética, es la publicada por Alfonso García Morales en la UNAM en 2016, que así desmintió el vaticinio de Enrique Fernández Ledesma acerca de que los españoles no apreciarían a López Velarde. Por lo demás, cada generación establece una nueva relación con sus clásicos, lo que implica la necesaria renovación periódica de ediciones y estudios críticos y biográficos.

La figura de Ramón López Velarde plantea un agudo dilema en torno a las nociones de vida y obra. Apenas habrá un verso suyo que no remita a un episodio o circunstancia concreta de su existencia. La materia de su poesía fue su vida personal, particularmente amorosa, y su conocimiento permite una mejor comprensión de su obra. No hará falta decir que no es el caso de todos los poetas, pues algunos nunca tratan de su intimidad. López Velarde, en cambio, es uno de los poetas más personales, íntimos y autobiográficos de la poesía en lengua española. Eso hace que el estudio crítico de sus poemas deba remitirse necesariamente a su biografía y su biografía a sus poemas (sobra aclararlo, no hay traslado inocente de la vida a la obra: hay reconstrucción, recreación, invención, y eso también debe ser examinado). Por eso es que este libro, más aún que otras vidas de poetas, es forzosamente un híbrido de biografía y crítica literaria.

Ramón López Velarde fue, ante todo, un poeta que intentó descifrar el misterio de su propia alma, pero no fue ajeno a la historia, y es también, inexorablemente, un lugar: México, y una época: finales del siglo XIX, el Porfiriato y albores del XX, la Revolución (y más allá de las circunstancias locales, en el fondo de su drama, es un poeta religioso del Occidente cristiano cercado por una modernidad incrédula). Diversas circunstancias han hecho de él un signo de México. Este libro es también una tentativa de interpretar ese signo.

Como irá descubriendo el lector en las páginas que siguen, el corazón tiene un papel fundamental en la poesía y la cosmovisión de López Velarde. El poeta estaba convencido de que a las verdades más profundas no se llegaba vía la razón, sino la emoción, el presentimiento, la intuición: la corazonada. El corazón, para él, era el verdadero órgano de conocimiento. Más aún: de sabiduría. Su corta vida, apenas treinta y tres años, no le alcanzó para desarrollarla del todo, pero es un hecho que la entrevió. Por eso, Ramón López Velarde: la sabiduría del corazón.

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1888

EL AÑO EN MÉXICO: LA REELECCIÓN

El 15 de junio de 1888 —santos Vito, Modesto y Crescencia, mártires— cayó en viernes. Ese día, La Patria. Diario de México, dirigido por Ireneo Paz, futuro abuelo de un poeta, ostentaba un editorial en su portada titulado “Las próximas elecciones”. Allí se empezaba execrando el pasado clerical del país y exaltando la Reforma y el liberalismo, para concluir con el respaldo al presidente que buscaba la reelección:

México, educado en la escuela del partido clerical y retrógrado, ha venido avanzando en el terreno de las nuevas ideas de una manera prodigiosa. Se pretendió en un tiempo que fuéramos esclavos de una agrupación de hombres sin fe, sin conciencia, sin nada que significara la libertad de un pueblo que persigue ideales sublimes. Adorar a los apóstoles de la iglesia era la primera y santa enseñanza; morir por conservar los preciosos tesoros de la inquisición y el confesionario, un deber ineludible; repletar las arcas sagradas del clero henchidas con el fruto, noblemente adquirido por el pueblo en amargos días de trabajo, una promesa para la vida eterna […] pero vino la Reforma, y los falsos ídolos desaparecieron y surgió luminosa y pura la idea de la conciencia libre, del pensamiento ilimitado en las esferas de la razón y del respeto y el derecho profundísimo que debemos a la eterna justicia […]

El país entero aclama al Señor General Díaz para que siga al frente del poder, durante el próximo periodo constitucional. Sus antecedentes y su conducta pública y privada le han hecho acreedor a esa honrosa distinción. Creemos que su presencia en el alto puesto que ocupa es una necesidad de la época para que acabemos de reorganizarnos, y en esa virtud, no vacilamos en proclamarle como el hombre necesario en este momento histórico para hacer la felicidad de la patria.1

A pesar de su enfático respaldo final, matizado por el argumento de la “necesidad de la época”, Ireneo Paz —veterano liberal, compañero y seguidor de Porfirio Díaz en sus inicios— comenzaba a ver con desconfianza cómo el entronizado general, que había llegado al poder oponiéndose a una reelección presidencial, la de Sebastián Lerdo de Tejada en 1876, estaba ahora a punto de reelegirse y se distanciaba cada vez más de sus partidarios originales, acercándose a viejos opositores y nuevos adictos.2 Sin embargo, como muchos hombres de su generación que habían visto el ascenso de Díaz como caudillo liberal, continuaba apoyándolo, pese a todo.

Más exaltado y sin reservas era el tono del polígrafo Alfonso Luis Velasco, que en la misma fecha, en las páginas de la Revista Latino-Americana, rememoraba en los siguientes términos la entrada a la capital de las tropas republicanas al mando de Díaz, que derrotaron al ejército del emperador Maximiliano de Habsburgo en 1867:

Entonces era yo un niño de cinco años que escuché un nombre, que a través de los tiempos y de las fatalidades humanas lo conservo, y con él el culto que merece: es como el recuerdo primero de nuestra vida, cuando sentimos dentro de sí mismos algo que nos hace felices. Yo que sufrí durante varios meses, niño aún, las durezas de una población miserable, aprendí el nombre del héroe que me hizo libre. Era yo muy niño; pero ya la gratitud cabía en mi pecho, y hace veintiún años que la conservo y será inmutable en el tiempo y la distancia. El nombre de ese héroe lo sabe y lo respeta todo México; es la personificación de la patria: se llama PORFIRIO DÍAZ.3

No obstante, no todo eran loas y manifestaciones de apoyo en la prensa de la época. El Monitor Republicano, por ejemplo, se quejaba en su portada, por la pluma de Juvenal —el periodista Enrique Chávarri, encarcelado el año anterior por reproducir el artículo de un periódico norteamericano que criticaba la inseguridad en México—,4 de la falta de libertad de prensa y cuestionaba:

¿Se cree de buena fe que la reelección es buena, es conveniente?... Pues bien, ¿por qué no discutir esta cuestión importantísima en la que siempre hemos llamado la tribuna del pueblo?

Más que nunca para el porvenir de este pobre país sería necesaria hoy la libertad de la prensa. Los antireeleccionistas pueden estar equivocados y nada más conveniente que vencerlos en estadio del libre pensamiento, a la faz de la nación.

La prensa está muda ahora, se ha reducido al papel de cronista, tiene que pesar sus palabras, y esto hace más profundo el silencio electoral.5

Por su lado, el opositor Diario del Hogar, de Filomeno Mata, había proclamado en abril al viejo liberal José María Iglesias, antiguo rival de Díaz, como su candidato a la presidencia, en un intento por evitar la reelección.6

La Patria, aquel 15 de junio, daba cuenta, además, de las noticias más importantes que llegaban de Europa y Estados Unidos. La más relevante, el grave estado de salud del emperador alemán y rey de Prusia Federico III, que moriría esa misma fecha, habiendo reinado únicamente noventa y nueve días, y que sería sucedido por su hijo Guillermo II, último Kaiser y rey de los Hohenzollern, luego obligado a abdicar en 1918. En España, Cristina, la reina regente, se encontraba resfriada y con calentura, pero aun así había recibido al ministro liberal Sagasta, quien le había presentado la renuncia del gabinete, y que con Cánovas, el conservador, se alternaba el poder. En Estados Unidos había rumores de una rebelión de los indios chickasaw contra el Gobierno federal y se temía por la salud del célebre general de la Unión, Philip Sheridan, que fallecería en agosto. En su última página, dedicada a la publicidad, el periódico anunciaba para esa noche, en el Teatro Nacional, la zarzuela Campanone, con la señorita Soledad Goyzueta; recomendaba las virtudes del verdadero elíxir del doctor Guillié (tónico, altiflegmoso y antibilioso), del Quina-Laroche (males de estómago, dispepsias, calenturas) y del arseniato de oro dinamizado del doctor Addison (para tratar la anemia y enfermedades del sistema nervioso), y pregonaba la venta de los libros Obras poéticas de Isabel Prieto, Breves nociones de economía política de Guillermo Prieto y, faltaba más, Algunas campañas de Ireneo Paz.

En las antípodas de la prensa liberal de La Patria o El Monitor Republicano, La Voz de México, diario católico, publicó ese día un encendido editorial titulado “Hidrofobia del liberalismo”, donde se fustigaba a los críticos de la peregrinación a Roma que, con motivo de las fiestas jubilares del Papa León XIII, había organizado un grupo de conservadores mexicanos. Flamígero, remataba: “Siga rabioso el liberalismo hasta que se despedace a sí mismo como los atacados del mal que lo enloquece”.7 Tras décadas de conflicto que habían pasado por la guerra de Reforma y el Segundo Imperio, el triunfo liberal en el país era incontestable, pero la tradición conservadora y católica —que no era solo la caricatura oscurantista que pintaba el editorial de La Patria o el resentimiento que traslucía el de La Voz— no se había ido a ninguna parte y, aunque derrotada, pervivía. Por lo demás, la mayoría de los liberales eran, de hecho, católicos, con algunos librepensadores deístas y unos cuantos ateos, como Ignacio Ramírez, el Nigromante, que famosa y escandalosamente declaró en un discurso en la Academia de Letrán: “No hay Dios”.8

En 1872, a la muerte de Benito Juárez —contra cuya intención de mantenerse en el poder se había rebelado Díaz, uno de sus generales predilectos— asumió la presidencia Sebastián Lerdo de Tejada, que amnistió a los insurrectos. Para cuando, a su vez, siguiendo la inexorable costumbre, Lerdo intentó reelegirse cuatro años después, Díaz volvió a tomar las armas lanzando el Plan de Tuxtepec. Al triunfo de la revuelta, el general se instaló en el poder y comenzó la pacificación del país y la normalización de relaciones con otras naciones, especialmente Estados Unidos. En 1880, impedido legalmente para buscar la reelección dado el origen de su rebelión, Díaz cedió el poder a su ministro de Guerra, Manuel González, pero en 1884 reasumió la presidencia sin mayores problemas. En su segundo periodo, Díaz integró a su gobierno a antiguos juaristas y lerdistas; se fomentó la inversión extranjera; se ampliaron las vías férreas y telegráficas; se reprimió la rebelión de los indios yaquis en Sonora, y comenzaron a destacar como diputados personajes que luego se convertirían en pilares del régimen, como el futuro secretario de Educación e ideólogo, Justo Sierra, que propuso una iniciativa para que la educación primaria fuera nacional, laica y gratuita, o el futuro secretario de Hacienda, José Yves Limantour, artífice de las finanzas porfiristas. En el último año del periodo, sin el recato de años atrás y caídas ya las máscaras antireeleccionistas, se promovió abiertamente una reforma constitucional para permitir la reelección presidencial.

1888, por otra parte, parecía un año de progreso material. El ferrocarril, sello del Porfiriato, avanzaba imparable. Gracias a las obras en Torreón, Coahuila, ya era técnicamente posible hacer un recorrido desde la Ciudad de México hasta Nueva Orleans y Nueva York; se inauguró el tren en Guadalajara, conectándola con la capital, y se autorizó la ampliación de la red ferroviaria en Yucatán, indispensable para el próspero comercio del henequén, construido sobre la explotación de los campesinos mayas. En abril, en su informe frente al Congreso, el presidente anunció que la recaudación fiscal del año anterior había sido superior a las de 1882 y 1883, las más altas hasta entonces. Sobra decirlo, llegado el día de las elecciones, Díaz se impuso sin dificultades y el 10 de octubre fue declarado ganador con el poco pudoroso 98 % de los votos.9 Ya no pararía de reelegirse hasta 1910. Los niños nacidos en 1888, hasta entrados sus veintes, conocerían el nombre de un solo presidente, cuya sombra parecería proyectarse sobre todo el país. El régimen político que había comenzado oponiéndose a la perpetuación en el poder de un solo hombre e instaurando una paz y un orden necesarios para el desarrollo económico y social, acabaría como una dictadura y dando pie a una revolución.

EL AÑO INTERNACIONAL

En América y Europa, 1888 fue un año de clima desapacible. En el noreste de Estados Unidos, en marzo, la gran tormenta de nieve cobró más de cuatrocientas víctimas y mantuvo a miles encerrados en sus casas. En España, y en particular en Madrid, llovió tanto que al año siguiente se estrenó la zarzuela alusiva El año pasado por agua, con música de Federico Chueca y Joaquín Valverde, que hizo famosa la “Mazurca de los paraguas” y en la que un regocijado Neptuno bajaba de su fuente para convivir con los madrileños.10 En Cuba, en septiembre, el llamado ciclón de Faquineto azotó el occidente de la isla causando cientos de muertos. En México hubo abundantes lluvias todo el año, e incluso el árido estado de Zacatecas marcó entonces el máximo índice de precipitación pluvial del que se tenga registro en el siglo XIX.11

A nivel internacional, el año estuvo señalado por algunos acontecimientos notables:12 en enero, se funda en Washington la National Geographic Society; en abril, se inaugura en Barcelona la magna “Exposición Universal” (México no participó, pero se preparó afanosamente a lo largo del año para estar presente en la de París de 1889, con un pabellón sobre la cultura mexica); en mayo, la Ley Áurea termina oficialmente la esclavitud en Brasil; en junio, en Santiago de Chile, se funda la Universidad Católica, y en Londres se realiza la grabación fonográfica más antigua que se conserva, el Israel en Egipto de Händel; entre agosto y noviembre, una serie de asesinatos de prostitutas, atribuidos a Jack, el Destripador, conmociona a la capital inglesa; en septiembre, muere en Asunción, Paraguay, Domingo Faustino Sarmiento, presidente argentino y autor del Facundo, y George Eastman patenta la primera cámara fotográfica Kodak; en noviembre, en París, se abre el Instituto Pasteur y, en Estados Unidos, el presidente norteamericano demócrata Grover Cleveland, aunque gana el voto popular, pierde el Colegio Electoral frente al republicano Benjamin Harrison, cediendo la presidencia; en diciembre, un poco conocido pintor holandés de apellido Van Gogh se corta una oreja en Arlés, Francia.

EL AÑO LITERARIO

En cuanto a la literatura, en la novela predominan el Realismo y el Naturalismo y se publican Los Maia de Eça de Queirós, Pierre y Jean de Maupassant y Los papeles de Aspern de Henry James. La primera narra la decadencia de una gran familia portuguesa a lo largo de tres generaciones, y la segunda, el enfrentamiento entre dos hermanos, pero en ambas son elementos fundamentales de la trama los amores clandestinos y el choque entre la moral social de la época y el deseo sexual, la tercera trata sobre las dificultades de un biógrafo para reconstruir la vida de un famoso escritor. En el teatro aparecen al mismo tiempo dos obras con protagonistas femeninos: La señorita Julia de Strindberg y La dama del mar de Ibsen. En la primera, una señorita de la aristocracia sueca se enreda con un miembro de la servidumbre, resaltando los conflictos de clase y género; en la segunda, una joven debe escoger entre permanecer con su marido, un respetable médico mayor que ella, o fugarse con su antiguo novio, que reaparece súbitamente. Las dos obras cuestionan el rol social atribuido a la mujer en el siglo XIX. Tanto las novelas como las obras de teatro reflejan algunas de las tensiones sociales de la época: la pugna entre la ética pública y el deseo privado, la represión sexual de la moral cristiana y el carácter indomable del eros, el dilema del matrimonio, las diferencias económicas y sociales, la conducta y el papel de la mujer. En la poesía, especialmente la francesa, comienza a imponerse el simbolismo (Jean Moréas viene de publicar su manifiesto en 1886), que se decanta por el hermetismo, la mitología y las imágenes. Jules Laforgue, que escribió en verso libre una poesía irónica y coloquial, había muerto el año anterior, y en 1888 aparecen Amor de Paul Verlaine, que junto con Paralelamente conforma un díptico que expresa tanto la religiosidad como la sensualidad de su autor, y Del silencio de Georges Rodenbach, animador de la revista La joven Bélgica.

En el ámbito hispánico, aparecen Miau de Benito Pérez Galdós (el año anterior había publicado su obra maestra, Fortunata y Jacinta), novela sobre las miserias de la vida burocrática en el Madrid del siglo XIX; El licenciado Torralba de Ramón de Campoamor, extenso poema irónico, prosaico, que critica cómicamente los valores de la filosofía, la religión y la moral; Tabaré de Juan Zorrilla de San Martín, poema nacional, épico-lírico, del Uruguay, que canta los amores de un indígena charrúa y una española, y notablemente, en Chile, la primera edición de Azul… de Rubén Darío, libro de poemas y prosas, emblema del Modernismo. Es famosa la carta que el escritor español Juan Valera escribió a su autor el 22 de octubre: “Leídas las páginas de Azul…, lo primero que se nota es que está usted saturado de toda la más flamante literatura francesa […] Y usted no imita a ninguno: ni es usted romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quintaesencia”.13

En México, Emilio Rabasa publica El cuarto poder, novela sobre las tensas relaciones entre la prensa y el poder político, y el crítico Manuel Puga y Acal, alias Brummel, Los poetas mexicanos contemporáneos, en el que elogia a Salvador Díaz Mirón y Manuel Gutiérrez Nájera, y ataca a uno de los poetas más populares del momento, Juan de Dios Peza. El libro provocó una respuesta airada de El Tiempo, diario católico dirigido por el escritor Victoriano Agüeros, que acusaba al joven crítico de galicista e ignorante de la gramática y de las tradiciones clásica y española, y que negaba la condición de poetas a los celebrados por él, mientras defendía a Peza, pero solo en tanto poeta de los valores del hogar, la paternidad y la familia.14 Por las mismas fechas, un editorial de El Municipio Libre lamentaba la escasez de publicaciones exclusivamente literarias en el país, el predominio editorial de obras extranjeras y que los conflictos civiles hubieran transformado a la prensa en casi exclusivamente militante y política, para terminar exhortando a escritores y lectores a resucitar la literatura mexicana.15 El mismo año, el geógrafo y escritor Antonio García Cubas comenzó a publicar su monumental Diccionario geográfico, histórico y biográfico de los Estados Unidos Mexicanos.

Pero el año literario fue especialmente notable en nacimientos y a la distancia parece decisivo en la historia de la poesía moderna: el 13 de junio nació en Lisboa, Portugal, Fernando Antonio Nogueira Pessoa, creador de Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis, entre otros heterónimos, y autor del Libro del desasosiego. Aunque colaboró de manera asidua en periódicos y revistas, Pessoa publicó prácticamente un solo libro en vida, el extraño poema nacional Mensaje, y permaneció casi desconocido fuera de su país, incluso varios años después de su muerte en 1935. Hoy es unánimemente reconocido como uno de los mayores escritores del siglo XX, ejemplo de cómo incluso un gran escritor puede quedarse al margen del canon literario y solo ser reconocido de forma gradual. Pessoa es el poeta por excelencia de la otredad, que no precisó ir a buscar fuera, sino que encontró dentro sí mismo: una otredad múltiple. Su obra terminó de destruir la ilusión de un yo único, monolítico, y reveló que cada uno de nosotros es muchos.

El 26 de septiembre, en San Luis, Missouri, Estados Unidos, nació Thomas Stearns Eliot, el poeta de la desolación moderna en La tierra baldía, publicada en 1922. Caso diametralmente opuesto al de Pessoa, Eliot tuvo en vida una autoridad y un reconocimiento internacionales. Conservador, nostálgico de la unidad religiosa y cultural del catolicismo y la Edad Media, Eliot abandonó Estados Unidos y la fe unitaria, se mudó a Inglaterra y se convirtió al anglicanismo. La tierra baldía —poema formalmente novedoso: fragmentario, hecho de rupturas y yuxtaposiciones— expresa la crisis de la consciencia moderna, individual y colectiva, sujeta al paso del tiempo y al devenir histórico. En sus versos, la modernidad se asoma al espejo y, angustiada, retrocede ante el vacío.

Y el viernes 15 de junio de 1888 —santos Vito, Modesto y Crescencia, mártires—, a la una de la mañana, en el pueblo de Jerez, Zacatecas, México, nació José Ramón Modesto López Velarde, el poeta de Zozobra.16

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Jerez, Zacatecas, México

“Y LE PUSIERON POR NOMBRE JEREZ…

Fray Alonso de la Mota y Escobar era criollo.1 Nació seguramente en la Ciudad de México, Nueva España, en 1546. Se doctoró en la Real y Pontificia Universidad de México y después en Salamanca, e hizo una brillante carrera eclesiástica que a finales del siglo XVI lo llevó a ocupar el obispado de Guadalajara, cuando la mayoría de las sedes episcopales estaba reservada para peninsulares. Se dedicó a conocer a fondo su diócesis y en los primeros años del siglo XVII compuso la Descripción geográfica de los reinos de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya y Nuevo León (el primero abarcaba los actuales estados de Jalisco, Nayarit, Aguascalientes y Zacatecas), en cuyas páginas puede leerse la siguiente noticia de Jerez:

Esta Villa se fundó en este valle con diversos intentos, debe de haber cuarenta años. El uno fue para hacer fortaleza y resguardo contra los indios chichimecos en la fuerza de la guerra, y para que fuese como centinela y reparo de los alrededores de la ciudad de Zacatecas y de sus caminos y comarcas, entradas y salidas de recuas y bastimentos, y así se pobló este lugar de soldados y le pusieron por nombre Jerez de la Frontera, porque por todas cuatro partes del mundo estaba rodeada de muchos enemigos. Y acabada la guerra, viendo que este valle era fertilísimo y abastado de pastos de grande apruebo para ganados, se convirtieron los soldados en labradores y tienen haciendas y heredades gruesas de maíz […] Es este valle de temple frío sano, alegre y apacible; corren lindos aires y hay maravillosas aguas, y pasa por medio de la villa un arroyo de agua perpetuo, del cual sacan los labradores zanjas y regaderas para regar sus sementeras de maíz […] Tiene lindos cotos de muchos conejos, venados y corzos, y así la califico por una de las mejores y más sanas viviendas que hay en toda la Nueva Galicia; lleva la tierra maravillosamente todas las frutas de Castilla y todo género de hortaliza, sino que como los vecinos son tan pobres y tan faltos de servicio, a nada se animan ni se ocupan en los aumentos que pudieran tener con la comodidad de gente.2

A fines del siglo XIX, poco menos de tres siglos después de que el obispo Mota y Escobar hiciera su descripción, la situación de Jerez —que en 1846 había cambiado el nombre oficialmente a Ciudad García, en honor al gobernador zacatecano Francisco García Salinas— era muy distinta. Seguía siendo el vergel bucólicamente descrito, pero la población, que entonces ascendería a cerca de doce mil habitantes, se había animado a mucho y con grandes esfuerzos lo había convertido en un pueblo próspero, de riqueza fundamentalmente agrícola, complementada con la ganadería.3 Esto era un marcado contraste con el resto del estado de Zacatecas, cuya fortuna, sobre todo durante la Colonia, había sido minera, de plata,4 lo que se reflejaba en su soberbia capital, que en el virreinato había llegado a ser la tercera ciudad más poblada, solo detrás de México y Puebla.

Así, Jerez y sus alrededores habían sido el huerto de la mina. No poseía los lujos ni la suntuosidad que el dinero de la minería podía comprar, había permanecido ajeno a los esplendores barrocos visibles en la ciudad de Zacatecas, pero con base en el campo y el comercio de sus productos se había transformado en un pueblo floreciente, una suerte de oasis urbano-rural. No era solo que en el valle de Jerez hubiera haciendas (como Ciénega, La Labor o Santa Fe, entre las más importantes), ranchos y tierras de labranza —donde se cultivaba maíz, trigo, durazno, manzana, pera, chabacano, membrillo, higo, tuna—,5 sino que en el propio pueblo las casas poseían grandes huertas donde se sembraban árboles frutales, flores y plantas. La riqueza de la tierra y sus frutos no era, para quien nacía y crecía en Jerez, una idea abstracta, sino una realidad cotidiana, visible y palpable. Apenas habría habitante que, no siendo agricultor, no tuviera parientes que lo fueran o antepasados inmediatos que lo hubieran sido. El Censo de 1895, el primero en realizarse en el país, contaba, en el partido de Jerez, que abarcaba otras poblaciones, alrededor de 50 000 habitantes, entre los cuales aproximadamente 12 000 se dedicaban al campo, por mucho la actividad económica mayoritaria (en contraste, por ejemplo, se contabilizaron 293 comerciantes, 226 costureras, 154 carpinteros, 76 empleados públicos, 58 “filarmónicos”, 8 profesores, 6 abogados, 4 dulceros y 3 cerveceros).6

La prosperidad jerezana parecía tener una raíz económica muy clara: la pequeña propiedad de la tierra. En un encomiable estudio legal aparecido en 1895, Legislación y jurisprudencia sobre terrenos baldíos, Wistano Luis Orozco hace la crítica del latifundismo y elige como caso de estudio las poblaciones de Jerez y Villanueva, ambas en Zacatecas, ofreciendo de paso una invaluable radiografía comparativa del lugar:

El viajero que visita hoy a Jerez encuentra una ciudad pintoresca que respira bienestar por todos sus poros. Iglesias suntuosas, habitaciones espléndidas, jardines hermosísimos, un comercio activo en el que se invierten fuertes sumas de numerario; un teatro amplio; un buen colegio de instrucción primaria y secundaria; una penitenciaria casi terminada; un buen hospital, vastas alamedas en su derredor; todas las comodidades, en fin, de una sociedad civilizada. Los hombres son notablemente corpulentos; las mujeres hermosas, el pueblo aseado, trabajador y morigerado.

El viajero que visita a Villanueva, encuentra todo lo contrario. Una ciudad que debe contar más de diez mil habitantes, volviéndose ruinas por todas partes. Ni un solo edificio notable: iglesias muy pobres; no hay teatro, hospital ni hoteles. Las casas consistoriales en estado lastimoso; no hay parques, no hay alamedas alrededor; el comercio languidece en la inacción; el pueblo es humilde, vive en la mayor miseria, la raza está degenerada; las discordias domésticas tienen dividida a la clase acomodada de aquella sociedad.

¿En qué consiste una diferencia tan profunda entre estas dos ciudades en el mismo paralelo, sobre tierras igualmente fértiles, en un clima igualmente sano, nacidas bajo condiciones etnológicas, morales y religiosas enteramente iguales? […]

La razón de todo esto consiste en la gran diferencia con que está repartida la propiedad agraria en uno y en otro valle.7

Orozco da luego los datos clave: en Villanueva, por ejemplo, había seis haciendas que concentraban 238 762 hectáreas de tierra mal o escasamente aprovechada, cuyos dueños ni siquiera vivían en el pueblo; en el valle de Jerez, en cambio, había más de dos mil pequeños propietarios pendientes de sus cosechas.8 Para no dar la impresión de estar pintando un cuadro idílico, toma la precaución de apuntar: “No vaya a creer el lector que aquello es el reino de Sesostris descrito por Fénelon. Estas pinceladas suponen grandes vacíos; y ni siquiera es Jerez una de las partes más hermosas de nuestro fecundo suelo; pero la buena distribución de la tierra hace de aquella comarca una de las más felices del país, y ya hemos dicho lo que es la ciudad de Jerez, gracias a esa buena distribución de la propiedad agraria”.9

JEREZ Y LA MODERNIZACIÓN PORFIRISTA

En la época en que Orozco llevó a cabo su investigación, finales del siglo XIX, y como puede deducirse de su testimonio, Jerez atravesaba por un periodo de bonanza que era posible gracias a la Pax Porfiriana (entre 1880 y 1900, Zacatecas estuvo gobernado prácticamente por un solo hombre, reproduciendo a nivel estatal el modelo nacional, el general Jesús Aréchiga, convencido liberal y veterano de la lucha contra la invasión francesa). Y ya no se trataba solo de un modesto bienestar, sino que los jerezanos, diligentes y a tono con los tiempos, estaban embarcados en un original proyecto de modernización de su pueblo acorde a su dimensión e identidad, como ha mostrado Carlos Lira Vásquez.10 Este incluía, aparte de la pavimentación de calles o la construcción de aceras, la introducción de servicios como el alumbrado público, el telégrafo, el teléfono y —corona de la modernidad— una estación de tren, aunque esta, cuya tentativa data de 1884 y se repitió en 1912, nunca acabó de construirse.

El afán modernizador transformó notablemente el aspecto urbano de Jerez en apenas tres décadas. El 15 de septiembre de 1880 se inauguró por todo lo alto el Teatro Hinojosa, con luneta, palcos y galería; en 1888, la Plaza de Armas comenzó a transformarse en el Jardín Grande, que contaba con kiosco, fuentes y esculturas; en 1896, se inauguró la neogótica Escuela para Niñas (diseñada por Dámaso Muñetón, notable cantero y maestro albañil, responsable de varias construcciones zacatecanas),11 conocida como Edificio de la Torre, y años después la más sobria Escuela para Niños, en un inmueble que había sido una cárcel; en 1910, en las fiestas del centenario de la Independencia, el Jardín Chico o Brilanti se convirtió en Hidalgo, al ser colocada allí una estatua del prócer. Todas estas eran obras civiles, impulsadas y cuidadas por la comunidad de Jerez, profundamente involucrada en el desarrollo de su pueblo. Este, acaso, sea uno de los rasgos distintivos de la sociedad jerezana de aquella época: una comunidad organizada, con consciencia cívica, orgullosa de su tierra y con un fuerte tejido social.

La renovación urbanística y arquitectónica de Jerez —de estilo ecléctico que un autor local denominó “gótico jerezano”—12 no se limitó a las grandes obras públicas. Los ciudadanos sumaron sus domicilios privados a la tarea y, en la medida de sus posibilidades, construyeron, remodelaron o adornaron sus casas. Como en otros pueblos mexicanos similares a Jerez, a finales del siglo XIX, una casa familiar tradicional contaba con un zaguán, una cocina con fogón, un patio, cuartos y recámaras de altos techos, un corral, un pozo, un corredor y algunas otras piezas.13 La vida familiar y doméstica era intensa, colectiva, en compañía de parientes, criados, vecinos, amigos y animales domésticos. Se nacía y se moría en la casa, que pasaba de generación en generación, y se desarrollaba con ella un sentido de pertenencia y un vínculo emocional que luego se volverían menos comunes. Un poeta jalisciense de la época, Francisco González León, describió muy bien la atmósfera de aquellos hogares mexicanos:

Casas de mi lugar que tienden a desaparecer;

raras casas que aún suelo yo encontrar.

Es de ver

la amplitud de los patios empedrados,

el brocal con arcadas de ladrillo,

los arriates adosados a los muros

(altos muros patinados y sin brillo)

y la parra que se afianza entre sus grietas,

y macetas, y macetas, y macetas…

Los equipales criollos

debajo del corredor;

cocina que es comedor;

los enormes cajones despenseros;

mesas de pino

tan blancas como el lino

que duerme en los roperos.14

RELIGIOSIDAD Y CULTURA JEREZANAS

El pueblo de Jerez, apenas hace falta decirlo, era profundamente católico (en todo el partido, el Censo de 1895 contabilizó 49 983 católicos y 22 protestantes).15 Su mayor devoción era la Virgen de la Soledad, a la que estaba dedicado el Santuario, que con sus torres gemelas era el templo más relevante del pueblo, por encima de la Parroquia, sede del curato. La advocación databa apenas de principios del siglo XIX (los antecedentes del templo, en el siglo XVII, habían estado dedicados a las vírgenes de la Concepción y del Rosario),16 pero la nueva patrona se había instalado con fuerza.

Introducido a España en la segunda mitad del siglo XVI por Isabel de Valois, esposa de Felipe II, el culto a Nuestra Señora de la Soledad se difundió rápidamente por todos los dominios hispánicos.17 Estaba inspirado en el medieval de la Virgen de los Dolores, según los que habría padecido María a lo largo de su vida: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida de Jesús en el templo, el encuentro en el viacrucis, la crucifixión, el descendimiento de la cruz y, finalmente, el entierro, que corresponde al de la soledad de la Virgen, que reflexionaría entonces sobre los sufrimientos padecidos por su Hijo. Es una Virgen enlutada, llorosa, dolorida, acabada representación del aspecto más apesadumbrado y lacrimógeno del catolicismo. Sus fiestas se celebraban en septiembre y en ellas participaba todo el pueblo, como pintorescamente describe Eugenio del Hoyo:

Al amanecer, la banda municipal y las orquestas, sin faltar la “música de tambora”, llenan los aires con sus notas despertando al pueblo entero con las tiernas e ingenuas “mañanitas”, y los cohetes y “morteros” elevan al cielo su estallido jubiloso […]

Seguía la misa, cantada, de tres padres, con sermón, solemnísima. El interior del Santuario, lleno de luces y de flores, presentaba una particularidad digna de ser notada: las señoras mandaban al templo sus más lindas y floridas “macetas” y sus aves más canoras, y así, el presbiterio se convertía en hermosísimo, fantástico jardín: palmas, hortensias, begonias, helechos, azaleas y tuberosas en grandes tiestos de fino barro; canarios, canarios, canarios, zenzontles, clarines, jilgueros, chirinas y gorriones en doradas jaulas suspendidas […]

La fiesta termina a las altas horas de la noche, cuando se quema la pólvora. De las torres del templo cae el manto luminoso de la “lluvia de oro” y los “castillos” y “fuegos de artificio” son maravillas de la pirotecnia; uno, airoso y enorme, se enciende el último, y cuando la llamita titubeante llega a la cúspide, las respiraciones se contienen, se abren las bocas y —esperada sorpresa— cuatro ángeles, antes ocultos, se desprenden girando, y luego, la granada que corona el artificio se desgaja y aparece, ¡oh delirio!, la imagen de la Virgen; entonces de todas las gargantas surge el grito estentóreo: “¡Viva la Virgen de la Soledad!”.18

Otra fiesta destacada era la de la Preciosísima Sangre de Cristo, que en la primera mitad del siglo XIX se celebraba en el templo de la Santa Escuela, y cuyo culto sería objeto más tarde de la carta apostólica Inde a Primis del Papa Juan XXIII, que lo justificaba así:

Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no solo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables.19

De este modo, la religiosidad jerezana estaba enmarcada por dos humores celestiales que enfatizaban el dolor y el sacrificio: las lágrimas de Nuestra Señora de la Soledad y la sangre de Jesucristo. Para los participantes o meros observadores de las celebraciones seguramente no sería fácil olvidar el impacto de esas imágenes del catolicismo más truculento. Otras fiestas importantes tenían lugar durante el carnaval, que era seguido por una Cuaresma que se observaba estrictamente, y, por supuesto, la Semana Santa.

Las artes y las diversiones jerezanas estaban presididas por la música, que se cultivaba de manera entusiasta en el pueblo a todos los niveles. Había pequeñas orquestas y bandas, públicas y privadas. Jueves y domingo la banda municipal tocaba serenatas en el Jardín Grande y el Jardín Chico, mientras la gente paseaba. En casi todas las casas de familias de cierta posición social había un piano, que especialmente las señoritas aprendían a tocar, junto con el canto.20 En el Teatro Hinojosa, además de obras dramáticas, había conciertos y zarzuelas. Más popularmente, comenzó a desarrollarse la tambora (pequeña banda compuesta por instrumentos de percusión y de viento), música de gran estrépito y animación que luego se difundiría ampliamente y se volvería emblemática de la región. Aparte, los jerezanos eran buenos aficionados a los toros y a los gallos.

Fruto de la cultura musical jerezana fue, de hecho, uno de los compositores mexicanos más relevantes del siglo XX, Candelario Huízar, nacido en 1883.21 Hijo de un herrero, asistía desde niño a los ensayos de la banda municipal, a la que luego ingresó tocando el saxhorn, bajo la dirección de Narciso Arriaga, su primer maestro; al mismo tiempo, cultivaba el oficio de la orfebrería de la plata. Luego comenzó a tocar la viola y formó parte de un cuarteto animado por un músico aficionado, el doctor Enrique Herrera. Posteriormente se trasladaría a Zacatecas y, tras la Revolución, a la Ciudad de México, donde ingresaría al Conservatorio Nacional y compondría, dentro de la corriente musical nacionalista, obras como los poemas sinfónicos Pueblerinas (1931) y Surco (1935), a los que la infancia y juventud transcurridas en Jerez no habrán sido ajenas y que fueron elogiados e interpretados por músicos como Silvestre Revueltas y Carlos Chávez.

Las letras no parecen haber sido tan favorecidas en Jerez a finales del siglo XIX y principios del XX. El Censo de 1895 arroja un dato revelador: de los aproximadamente 41 000 habitantes de todo el partido en edad de leer y escribir, solo alrededor de 7 000 sabía hacerlo, un 17 % (buena parte, es de suponerse, en el propio pueblo, pero eso aún deja un alto porcentaje de analfabetismo).22 La literatura era un rumor minoritario. Hubo algunas tentativas periodísticas, como El Turista, La Unión Jerezana y El Bastión.23 Típicamente, entre los más interesados en las letras en un pueblo como Jerez se encontraban los sacerdotes, y entre ellos destacaba el cura Francisco Javier Reveles, fino lector que ya volverá a aparecer.

La actividad literaria de la época se centraba en la capital del estado mediante asociaciones, periódicos y revistas.24 Hacia 1879 comenzó a funcionar el Liceo Calderón —en honor al poeta y dramaturgo liberal Fernando Calderón— integrado por Fernando Calderón Letechipía (que no sería extraño a Jerez, pues murió en la Hacienda Buenavista en 1893), Tomás Lorck, Juan B. Rousset y Luis G. Ledesma, entre otros, que publicaron la revista La Floresta y una colección de libros, la Biblioteca Zacatecana. Posteriormente se formaron la Sociedad Gris, en la que participaban algunos de los liceístas, y las Sociedades Ignacio M. Altamirano e Ignacio Ramírez, de evidente inspiración liberal. En periódicos como la Crónica Municipal, El Defensor de la Constitución y El Liberal solían aparecer poemas de los vates liberales zacatecanos. Había también un grupo literario católico, conservador, que se expresaba en medios como La Unión Católica o La Rosa del Tepeyac —cuyo director, Rafael Ceniceros y Villarreal, que llegaría a ser gobernador del estado por el Partido Católico Nacional en 1912, sería uno de sus miembros sobresalientes— y que solía reunirse en torno a los eventos literarios organizados por los seminarios. Estas publicaciones llegaban a Jerez y de hecho contaron con la colaboración de algunos habitantes del pueblo. Para cerrar el siglo XIX y comenzar el XX, apareció una revista exclusivamente literaria en toda forma, la Revista Zacatecana, animada por los hermanos Toro, Alfonso y Carlos, entre otros jóvenes escritores, que se proponía explícitamente, siguiendo el ejemplo del maestro Altamirano, ser un campo neutral entre liberales y conservadores y dar cabida a todos aquellos que cultivaban el arte por el arte. Curiosamente, algunos de estos estetas abominaban del Decadentismo y criticaban a los modernistas de la Ciudad de México, pero, como solía ocurrir, no tardaron en dar señales de no poder resistirse a su influencia.

A lo largo del siglo XIX, al morir, la mayoría de los jerezanos eran sepultados en el panteón de Dolores,25 llamado así por una imagen milagrosa de la Virgen homónima (antes, como era habitual, se enterraban en los templos o atrios de las iglesias, en este caso la Parroquia o el Santuario). Además de tumbas comunes, se construyeron ambiciosos monumentos funerarios: mausoleos, sarcófagos, esculturas, obeliscos. Actualmente, desde 2015, es un panteón-museo, y si el lector decidiera visitarlo y dar un paseo no tardaría en advertir, grabados en las lápidas, algunos de los apellidos históricos de Jerez: Amozurrutia, Berumen, Brilanti, Cabrera, Castellanos, Escobedo, Hinojosa, Hoyo, Inguanzo, Llamas… Si caminara unos cuantos metros desde la entrada, a su mano izquierda, a un lado del muro, vería un sarcófago sobre el que se levanta la figura de una doliente cubierta de pies a cabeza por un paño, muy a tono con la patrona del pueblo y la Virgen de Dolores. Es el mausoleo de doña Trinidad Llamas Escobedo, nacida en 1827 y casada con José María Berumen Valdés en 1854.26 Su hija menor, Trinidad Berumen Llamas, señorita jerezana en toda regla, se casó en 1887, a los diecisiete años, con un abogado originario de Jalisco, de treinta y cuatro, que hacía no mucho tiempo había llegado a trabajar a Jerez, Guadalupe López Velarde.27 Serían los padres de José Ramón Modesto.

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Dos familias

EL MISTERIO DE LOS LÓPEZ VELARDE

En México, a la fecha, el apellido Velarde —que puede ya encontrarse en Cantabria, en Santillana del Mar, a principios del siglo XIV1 está rodeado de una prestigiosa aura poética. No es muy común y es casi imposible verlo o escucharlo y no pensar en Ramón López Velarde; no necesariamente por haberlo leído, hay que decirlo, pero que de manera inevitable remite a una calle, un parque o una escuela, y que hasta el más desinformado asocia vagamente con la poesía.

La cuestión, como es sabido, es que no parece que Ramón haya sido propiamente Velarde. Siguiendo la costumbre, conservando solo los apellidos paternos del padre y de la madre, su nombre debió haber sido Ramón López Berumen. En su acta de nacimiento, fechada en Ciudad García el 29 de junio de 1888, aparece registrado como Ramón Modesto López (era habitual consignar solo un apellido), pero en su fe de bautismo, del 21 de junio, donde se registra el nombre de José Ramón Modesto, aparece, al margen, Ramón Modesto L. Velarde.2 En ambas, el padre se identifica como Guadalupe López Velarde, así lo hacía siempre, y fue seguramente iniciativa suya que su primogénito y el resto de sus hijos usaran ambos apellidos, en detrimento del Berumen (lo que no deja de ser injusto porque sin duda el lado materno, jerezano, fue más influyente en Ramón que el paterno). Sin embargo, el Velarde no aparece en su propia fe bautismal, ni en la de su padre ni en la de su abuelo. ¿De dónde salió el misterioso Velarde?

José León de la Trinidad Francisco de Guadalupe López Morán, que ese era el verdadero nombre del progenitor, nació en Paso de Sotos, Jalisco, actualmente Villa Hidalgo, el 11 de abril de 1853.3 El pueblo, en el siglo XVIII, era una simple posta de carretas que transitaban entre los actuales estados de Jalisco y Aguascalientes, y era conocido sencillamente como Paso de Carretas. Después se llamó Paso de la Santísima Trinidad de los Sotos, pero durante la Reforma, al prohibirse los toponímicos religiosos, quedó en Paso de Sotos. Era un pueblo agrícola y modesto centro comercial regional.4

El padre de Guadalupe, José Ramón López Díaz, nació en la ranchería El Mimbre, cerca de Paso, y fue bautizado el 20 de noviembre de 1815,5 en plena guerra de Independencia, que ese año sufrió un duro golpe con la captura y el fusilamiento de Morelos; su abuelo era Francisco López Lozano, nacido el 6 de abril de 1778 en Los Ojuelos, Jalisco6 (ambos aparecen registrados como “españoles”, o sea, hijos de españoles), y su bisabuelo, el tatarabuelo del poeta, Juan Antonio López Moya, nacido en 1743, en la localidad de Agua Blanca, no lejos de Paso de Sotos, y casado en Aguascalientes el 21 de abril de 1776 con Gertrudis Lozano.7 Tanto en la fe de bautizo como en el acta matrimonial aparece también el nombre de su padre, que sería el antepasado más remoto de Ramón López Velarde por línea paterna del que se tenga noticia segura, un tal Domingo López. Todos se dedicaban fundamentalmente a la agricultura. En la Parroquia de Teocaltiche hay un acta de matrimonio de 1740 entre un Domingo López y una María de Moya, ambos españoles, que bien podrían ser los padres de Juan Antonio. Allí se asienta que Domingo era “de padres no conocidos”,8 lo que significaría que el López también sería un apellido adoptado.

Ahora bien, lo que es seguro es que Juan Antonio a veces se identificaba como López de Velarde, según consta en dos recibos del juzgado de Aguascalientes por concepto de unas rentas y que datan de 1804 y 1806.9 Es el primer antepasado de Ramón del que consta que utilizara el Velarde, con la aristocratizante preposición “de”, que revela su origen complementario. Es comprensible si consideramos que era habitual en la zona agregar un apellido que sonara prestigioso: Sotomayor, de Vivar, de Velarde (este especialmente en el caso de los López).10 Algunas generaciones después se integraría por completo al apellido original, omitiendo la preposición.

De hecho, quien echara un vistazo a los archivos parroquiales de los siglos XVIII y XIX de Teocaltiche y Aguascalientes, teatro religioso de los acontecimientos que rastreamos, se encontraría un buen número de individuos apellidados López Velarde o López de Velarde (así como hay Romo de Vivar), y no parece probable que todos sean efectivamente parientes de Ramón, sino más bien que el hábito de Juan Antonio no era único. Su hijo, Francisco López Lozano, aparece referido como López de Velarde o López Velarde en algunos documentos (por ejemplo, las diligencias matrimoniales de su hijo Andrés López de Velarde, de 1841, y el acta de defunción de su hijo José Ramón, de 1890),11 y su nieto, José Ramón López Díaz, se identificaba como Ramón López Velarde. Él seguramente habrá transmitido este uso a su hijo Guadalupe, que como ya sabemos hizo lo propio. Sobra decirlo, en la actualidad el prestigio de los apellidos López Velarde deriva del poeta, que los usó siempre, y no de una dudosa genealogía.

José Ramón López Díaz y su esposa, Urbana Morán, tuvieron una prole numerosa: cinco hombres y cuatro mujeres. Los hermanos mayores (Francisco, Pascual y Mateo) se dedicaron a la agricultura y a la minería. Mateo fue empresario y tuvo ranchos y minas, entre ellas una de oro, plata y plomo en Asientos, Aguascalientes;12 al parecer, murió en un accidente minero en Real de Catorce, San Luis Potosí.13 El hermano menor, Inocencio, se ordenó sacerdote, y las hermanas (Josefa, Elena, Margarita y Dolores) no se casaron ni tuvieron hijos, convirtiéndose en esa melancólica figura que llamaría la atención del sobrino, la solterona. Guadalupe, por su parte, estudió Leyes y obtuvo el título en Zacatecas en 1882,14 próximo a cumplir los treinta años. Primer profesionista liberal de su familia, tenía planes y ambiciones diferentes a los de sus hermanos. Es de suponerse, además, que deseara ya establecerse y comenzar a formar su propia familia, a imagen de la paterna. Tardaría todavía algunos años más, pero la oportunidad idónea se presentó cuando llegó a trabajar como notario a Jerez, a fines de 1885 o principios de 1886. No es difícil imaginar la situación. Ya hemos visto que el pueblo, en esa época, gozaba de un auge considerable. No se compararía a la capital del estado, pero era un buen destino para un joven abogado que comenzaba su carrera. Había varias buenas familias con hijas en edad casadera. Guadalupe no habrá tardado en identificar a algunas de ellas, en la iglesia o el parque. Él, a su vez, forastero en un sitio donde todos se conocían, no dejaría de despertar la curiosidad. Las más opulentas familias jerezanas quizá hubieran visto con desconfianza que un advenedizo sin mayores recursos pretendiera a una de sus herederas, pero para otro tipo de muchacha —de apellidos conocidos pero desfavorecida por la fortuna— no sería un mal partido.

LOS BERUMEN LLAMAS

Trinidad Berumen Llamas, como ya recordamos, era la última hija del matrimonio formado por José María Berumen Valdés y Trinidad Llamas Escobedo, que rebasados los cuarenta probablemente ya no esperaban más descendencia. Nació el 17 de diciembre de 1869,15 y menos de un mes después, el 8 de enero de 1870, murió su madre a causa de tisis,16 a cuya memoria dedicaron el monumento funerario descrito; en 1884, antes de que cumpliera quince años, murió su padre,17 quedando huérfana al cuidado de sus hermanos. Según sus fotos y los testimonios de sus contemporáneos,18 era una muchacha bonita, cuyo rasgo físico más sobresaliente era unos larguísimos cabellos negros, hasta las rodillas, que solía recoger en un chongo monumental (su hijo, pace Freud, desarrollaría una obsesión por las largas cabelleras femeninas y más precisamente por ahorcarse con ellas). A nadie sorprendería que Guadalupe se fijara en Trini, y para ella misma y su familia la aparición del formal abogado en el panorama del matrimonio no debió ser una desagradable sorpresa. Comenzaron un noviazgo y pronto, el 19 de agosto de 1887,19 en la Parroquia de Jerez, los casó el presbítero Inocencio López Velarde, hermano del novio.

Hay una foto de aquel día en donde puede verse a la pareja con un típico fondo de estudio de romanticismo decimonónico: columnas corintias, una balaustrada, faroles, árboles y un pájaro remoto. Guadalupe está sentado en una silla de madera, no con mucho garbo, casi diría que algo cansado, vistiendo un traje negro, guante blanco en la mano izquierda y pañuelo en el bolsillo del saco. Aunque tiene la mirada medio perdida, luce robusto, satisfecho, lleva un grueso bigote y una pequeña barba mosca. A pesar de que para parámetros del siglo XIX se había tardado un poco, se había casado y estaba a punto de convertirse en un patriarca. Trinidad está de pie, apoyando sus manos (una con guante blanco) sobre el hombro derecho de su marido; se ve mayor de diecisiete años, parece seria y segura de sí misma, y aparentemente mira al fotógrafo; lleva, por supuesto, un vestido blanco, con una toca y un velo que ocultan su mítica cabellera. La pareja convivirá poco más de veinte años, hasta la muerte de Guadalupe en 1908, y por lo que sabemos fue un matrimonio sólido y feliz, firmemente unido por la fe católica y una numerosa familia (nueve hijos, como los de José Ramón López Díaz y Urbana Morán). Será un dato a tomar en cuenta: Ramón es hijo y nieto de dos patriarcas, hombres que hicieron de la paternidad y la familia el eje de sus vidas; él será el soltero mitológico, el hombre que teme o abomina la procreación, el hijo sin hijos.

Los Berumen eran agricultores y poseían tierras en el municipio aledaño de Tepetongo, notoriamente el rancho El Marecito, de donde iban y venían. El abuelo de Trinidad, Sinesio Berumen, se casó con Ana Valdés y murió en 1848.20 Sus padres, José María Berumen Valdés, nacido en 1828,21 y Trinidad Llamas Escobedo, contrajeron matrimonio en la Parroquia de Jerez el 12 de septiembre de 1854.22 Aparte de Trinidad, tuvieron cinco hijos mayores: Sinesio, Salvador, José María, Modesto, Néstor y Luisa. Con los que Trinidad y su hijo Ramón tendrían más relación sería con los dos primeros y con Luisa, que nunca se casó; ellos apoyaron a su hermana menor a la muerte de sus padres y luego a la de su esposo. Sinesio se dedicó a la farmacéutica y permaneció soltero, acaso convirtiéndose en un espejo en el que Ramón no dejaría de reflejarse. Salvador, por su parte, se casó con Soledad de los Ríos, la hermana mayor de una mujer decisiva en la vida de Ramón, Josefa de los Ríos, mejor conocida como Fuensanta. De los otros hermanos Berumen Llamas se cuentan muchas leyendas que tienen que ver con el juego, el alcohol, la pendencia y desapariciones más o menos prematuras y trágicas.23 No parecen poder ser corroboradas documentalmente, pero es claro que había un lado salvaje y autodestructivo en esa rama de la familia, lado al que el culto y refinado sobrino no será del todo ajeno, pese a las apariencias. Otro botón de muestra de ese aspecto es un primo de Trinidad y tío de Ramón, Marcelo Berumen Inguanzo,24 temido cacique de El Marecito.

En resumen, detrás de Ramón López Velarde hay dos familias típicas de la clase media rural mexicana del siglo XIX. Los bisabuelos son todavía “españoles”, nacidos en la Nueva España; los abuelos se encuentran en la transición o son los primeros hijos de México; los padres, y no se diga los hijos, son orgullosamente mexicanos. Los bisabuelos y los abuelos son agricultores, dedicados a las tareas del campo; los hijos y, sobre todo, los nietos son los primeros profesionistas liberales, pero crecen en pueblos (Paso de Sotos, Jerez) en donde el contacto con el campo todavía es inmediato y no una remota abstracción. No serán ya los dueños o los trabajadores de la tierra, pero el vínculo con ella no está roto. Las familias son patriarcales, numerosas, católicas y viven en estrecha convivencia. Los hombres trabajan y ganan el sustento, y las mujeres se dedican al hogar y a la crianza de los hijos. La religión (Dios y la Virgen), la patria (encarnada en la provincia y los pueblos), el campo y la familia son los ejes de este mundo de valores conservadores. A lo largo de su vida, Ramón López Velarde se apartará o incluso renunciará a algunos de ellos, pero mentalmente no los abandonará nunca. Son sus raíces y él es su fruto.

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“Una casta pequeñez”:
infancia en Jerez (1888-1898)

EL NACIMIENTO

La noche del 14 de junio de 1888 sería ya evidente para Trinidad, la joven madre de apenas dieciocho años, que su primer hijo vendría al mundo de un momento a otro. Se hizo esperar un poco más, hasta el día siguiente y, como comencé recordando, a la una de la mañana, en la casa actualmente marcada con el número 33 de la calle de la Parroquia, nació Ramón López Velarde, cuyo llanto habrá alterado momentáneamente el silencio de la apacible noche jerezana (una trivialidad, todos los bebés lloran, pero las lágrimas tendrán un papel fundamental en su imaginación poética y estarán presentes en su última hora en una escena dramática con los mismos protagonistas de este momento, su madre y él, pero para eso aún faltan treinta y tres años, cuatro días y veinte minutos, según las actas).1

Digámoslo de una vez, Trinidad, a quien los biógrafos de su hijo no suelen dedicar demasiada atención, es la figura femenina primigenia y más constante en la vida llena de mujeres de López Velarde. Está ahí, a la sombra, pero acompaña toda la trayectoria vital del poeta. Lo alumbra y luego debe llevar a cabo uno de los actos más antinaturales desde el punto de vista de un padre: enterrar al hijo. Sabemos poquísimo de ella, es un misterio, aunque quizá no haya mayor misterio. Su segundo hijo, Jesús López Velarde, destaca su bondad y su energía, y hace un típico elogio filial: “Qué le voy a decir, era preciosa, muy noble, controlada”.2 No tuvo una vida fácil: primero perdió a sus padres siendo niña, después enviudó aún joven y luego murió su primogénito, a lo que habría que sumar las convulsiones sufridas por la Revolución y permanentes dificultades pecuniarias. Enfrentó todas esas adversidades con entereza. Sin independencia económica por la condición femenina de su tiempo, a un periodo en que parecía mejorar volvía a sucederle otro desamparo y estuvo siempre sujeta a la buena voluntad de sus familiares. Como tantas mujeres de entonces, encontraba consuelo en la fe religiosa y no es difícil imaginarla como un ejemplo de resignación cristiana. Acatar la voluntad divina, por dura e inescrutable que fuera, era una de sus normas de vida. Sobreviviría a Ramón más de treinta años y moriría en 1957, próxima a cumplir noventa.3

Trinidad está más bien ausente de la poesía de su hijo, aunque sea el modelo original de las abnegadas y devotas mujeres provincianas que pueblan sus versos. A ella y sus hermanas, sin embargo, dedica unos de sus poemas decisivos, con el que muy deliberadamente cierra Zozobra, “Humildemente…”, sobre el muchas veces imaginado y nunca realizado regreso definitivo a Jerez y que acaba en plena confesión religiosa, en el sentido de reconocimiento y declaración de fe, frente a la visión del Santísimo Sacramento en su carroza:

Señor, este juguete

de corazón de imán

te ama y te confiesa

con el íntimo ardor

de la raíz que empuja

y agrieta las baldosas seculares.

Todo está de rodillas

y en el polvo las frentes;

mi vida es la amapola

pasional, y su tallo

doblégase efusivo

para morir debajo de tus ruedas.4

Trinidad fue el primer ejemplo y el pilar de esa fe. ¿Cómo habrá sido, por otra parte, la relación entre ella y su vástago? Recordemos que Trinidad prácticamente no conoció a su madre, que la dio a luz a los cuarenta y murió antes de que cumpliera el mes, y que carecía de un modelo materno inmediato. Y ahí estaba ahora, a los dieciocho, con un bebé en los brazos, cuando hacía no mucho jugaba a ser mamá. Su extrema juventud habrá borrado o disminuido ciertas diferencias con su hijo y en algún punto quizá no habrá sido imposible que los tomaran por hermanos (la diferencia de edad con su hermano mayor, Sinesio, era de trece años, apenas cinco menos que la que tenía con su hijo, que a su vez les llevaría veinte a sus hermanas menores). La mujer que es al mismo tiempo madre, hermana y novia —trinidad femenina— será uno de los ideales amorosos de López Velarde, luego canalizado hacia Josefa de los Ríos, la mítica Fuensanta, pero no hace falta mucha imaginación psicoanalítica para determinar su origen. Esto no significa, sin embargo, que debamos reducir el complejo eros lopezvelardeano a un Edipo clásico, como es tan tentador y fácil hacerlo.

Ramón no monopolizó el amor materno durante mucho tiempo, pues en diciembre de 1890 nació su hermano Jesús, al que siguieron José Trinidad (1893), María Guadalupe (1895), Pascual (1900), Guillermo (1902), Leopoldo (1905) y las mellizas Aurora y Esperanza (1908). Con nueve hijos nadie puede acusar a una madre de prodigar demasiadas atenciones a uno solo. Ramón abandonaría por primera vez el hogar y la familia a temprana edad, a los doce, cuando partió a Zacatecas al seminario; luego se reintegraría y volvería a dejarlos cuando se mudó a San Luis Potosí a estudiar Derecho y después a trabajar a la Ciudad de México, adonde eventualmente su familia se cambiaría huyendo de la furia revolucionaria. Esto es, que diversas circunstancias fueron distanciando normal y gradualmente al hijo de la madre y que, en definitiva, Ramón no era Baudelaire, Pessoa o Borges, poetas en los que la figura materna tuvo un papel desproporcionado (hecho fundamental: su padre murió cuando él tenía ya veinte años y nunca llegó un segundo marido a tomar el lugar del difunto, como sí ocurrió en los dos primeros casos). Es de suponer que Trinidad advertiría que su hijo era especial y particularmente observador, inteligente e imaginativo. No sabemos qué opinaría de sus versos; seguramente le habrá gustado ver recreado el mundo de provincia y su querido Jerez en La sangre devota, aunque ese amor platónico por Pepa de los Ríos, la tía política, lo encontrara fuera de lugar, pero a fin de cuentas inofensivo (ella sabría que ahí no había pasado nada), y, como tantos otros lectores, se habrá desconcertado con los poemas de Zozobra. La glorificación póstuma de López Velarde como poeta nacional por “La suave Patria” no habrá dejado de sorprenderla un poco.

Aparte de su madre, hay otra figura femenina importante en los primeros años del poeta, su nana o, para decirlo con el bello nahuatlismo usado en la época, pilmama (pilli, ‘hijo’ y mama, ‘que carga’), Macedonia López, viuda de Cabral.5 Mujeres con frecuencia indígenas o mestizas, las pilmamas aliviaban los trabajos de las madres de cierta posición social, no exclusivamente ricas, más aún en el caso de las jóvenes y primerizas como Trinidad. Es de asumirse que Ramón, que no conoció a ninguna de sus abuelas (ni a Trinidad Llamas, fallecida en 1870, ni a Urbana Morán, en 1873),6 estableciera una cariñosa relación con ella.

Supersticioso como era, López Velarde nunca descreyó de la astrología —“cuando le place, entra en mi lecho con sus rodillas heladas”—7 y muchas veces se mostró interesado por los signos y los augurios. Es por eso que no es ocioso dedicar alguna atención a su carta astral.8 En unos famosos versos inspirados por la aparición de un nuevo amor, escribió: “Me revelas la síntesis de mi propio Zodíaco: / el León y la Virgen”,9 o sea, el soberano impulso sexual y la pureza espiritual. En realidad, el signo solar de Ramón era Géminis, los gemelos (Cástor y Pólux, en la mitología griega), primer indicio de su carácter escindido. Es un signo de aire —y su vida y obra están llenos de elementos neumáticos, literales y simbólicos—, caliente y húmedo, propenso a la creatividad y a la comunicación; de naturaleza positiva, asociada a la masculinidad, y de cualidad mutable, o sea, que puede presentar dos principios contrarios en la misma personalidad. Su signo lunar, representativo de las emociones y el lado femenino era, precisa y justamente, Virgo, y su ascendente, es decir, su yo exterior, Aries, dinámico y ambicioso, quizá el aspecto que menos cuadra con la idea que generalmente se tiene de su persona, modesta y sencilla, pero que se ajusta a sus pretensiones literarias.

“LA FRENTE LIMPIA Y BÁRBARA DEL NIÑO

No hará falta decir que la infancia —en la vida de López Velarde, de cualquier escritor, de cualquier persona— es una etapa crucial, pero quizá aún más en el caso de un poeta, porque la visión del mundo que expresará más adelante hunde sus raíces en ella. Las impresiones recibidas en la niñez: lo vivido, lo visto, lo pensado, lo deseado, lo temido, lo imaginado es lo que moldea todas las impresiones futuras. En el caso de Ramón, los primeros diez años coinciden con los años pasados en Jerez, antes de mudarse a Aguascalientes. Aunque nunca regresaría de manera definitiva, como era su anhelo, y moriría lejos de él, en cierta forma Ramón nunca abandonó Jerez y fue siempre el niño —el párvulo, por usar un cultismo de su predilección— que pasó ahí su primera y decisiva década. La infancia jerezana será el paraíso perdido, irrecuperable, identificado con la inocencia y la bondad personales, al que siempre volverá la mirada con nostalgia.

La cuestión es cómo reconstruir, sin incurrir en la fantasía novelesca (legítima en ese género, inadmisible en la biografía), la niñez de alguien que murió hace más de cien años y de la que no hay muchos testimonios ajenos. A diferencia de otras etapas, en las que la vida es más pública y no falta documentación, en la infancia, paradójicamente la edad determinante, los hechos capitales pueden perderse en el silencio y la oscuridad. Sin embargo, en el caso de un poeta contamos con una fuente invaluable: sus versos y otros escritos en los que remite a su niñez. Sin olvidar que se trata de una creación poética, estos pueden irnos guiando a través de las experiencias definitivas. Por ejemplo, en su primer libro, La sangre devota, apenas hay poema que no contenga una alusión a la niñez. Aparte, en sus numerosas crónicas rememoró episodios, personajes y lugares de la misma.

Uno de los primeros testimonios sobre Ramón lo debemos a José Manuel Inguanzo, niño de cinco años en 1888:

Sus padres eran muy amigos de los míos, y entonces se usaba en Jerez que cuando nacía un niño se presentaba a todos los amigos: don Guadalupe fue a la casa por mi papá y no recuerdo por qué también fui yo a conocer al recién nacido. Estaba en una cama alta, encima de una colcha blanca de holanes, desnudo y moviendo los brazos y las piernas. Me impresionó y nunca se me ha olvidado. Y ya ve, nada menos que el famoso poeta Ramón López Velarde… De Ramón no le puedo decir que fuimos amigos: cuando uno es chico, cinco años de diferencia es mucho; lo vi crecer porque vivíamos al lado, y nuestros padres, como le digo, eran muy amigos: el licenciado me parecía imponente, muy serio, y doña Trinidad, bonita.10

Previsiblemente, Guadalupe se sentiría orgulloso mostrando su primogénito a todo el mundo. No todo había sido color de rosa para el abogado y notario en Jerez. Población de agricultores apasionados por los litigios de tierra y herencias, la pequeña ciudad era un hervidero de leguleyos, picapleitos, tinterillos y toda la pintoresca fauna del derecho.11 Un Dickens jerezano se habría regodeado ahí. Recién llegado de la capital del estado, quizá Guadalupe pensó que el ambiente laboral del pueblo no sería tan pesado, pero pronto se desengañó. Según varios testimonios, los “licenciados” nativos comenzaron a hacerle la vida imposible, buscando a toda costa que el forastero fracasara y se rindiera. Entre ellos se menciona especialmente a un personaje local, Aniceto Fuentes, apodado la Gata Mocha, periodista de La Unión Jerezana y dueño de una imprenta, amén de abogado de secano, y quien al parecer salió huyendo de Jerez cuando comenzó la Revolución.12 A fin de cuentas, los malquerientes de Guadalupe lograron su cometido, y este, sin renunciar del todo al derecho, decidió dar un giro profesional y fundó el Colegio Morelos hacia 1890, al parecer situado en la calle del Hospicio,13 donde se impartía la educación primaria y al que quizá haya asistido Ramón, pero al que nunca aludió en sus textos. El abogado Guadalupe, ferviente católico y de inclinaciones políticas conservadoras, tenía también vocación de pedagogo.

En aquella época se vivía en Zacatecas una pugna por la educación primaria entre el estado laico y las instituciones religiosas, en especial por la enseñanza de la moral (práctica y laica o confesional).14 El gobernador del estado, el general Jesús Aréchiga, liberal y anticlerical, expidió en 1891 una Ley Orgánica de Instrucción Primaria que obligaba a las escuelas particulares a asumir la laicidad y que dejaba sin validez oficial los certificados expedidos por las que se resistieran. Esta disputa terminaría afectando al colegio fundado por Guadalupe, que a la postre se vería obligado a cerrar.

Sin embargo, por lo pronto, en términos personales y familiares la vida iba viento en popa. Tenía una joven esposa y acababa de nacer su primogénito. Deseaba presentárselo a su propia familia y así, al cumplir un año, se organizó el primer viaje de Ramón a Paso de Sotos, Jalisco.15 Aunque actualmente, por carretera, los 220 kilómetros que separan a Jerez de Villa Hidalgo se hacen en menos de tres horas, a finales del siglo XIX este era un viaje que implicaba diligencia (de Jerez a Zacatecas), tren (de Zacatecas a Aguascalientes) y burro (de Aguascalientes a Paso de Sotos). Y así fueron: don Guadalupe, doña Trinidad, Ramón y hasta la pilmama Macedonia. El propósito, aparte de presentar a la familia, era asistir a la cantamisa del tío Inocencio López Velarde, que pasados los treinta años se estrenaba como sacerdote.

En Paso de Sotos esperaban a Ramón las tías solteronas: Josefa, Elena, Margarita y Dolores —primeras admiradoras lopezvelardeanas— que sometieron al niño a las atenciones y apapachos de rigor. De haber estado presentes en Jerez en su nacimiento, según Noyola Vázquez,16 le habrían organizado una jamaica, mojiganga en la que el recién nacido hace las veces de Niño Dios en el portal de Belén. De haberse llevado a cabo, hubiera abonado a la cristología de López Velarde, obsesionado con los treinta y tres años del Salvador —“la edad del Cristo azul se me acongoja / porque Mahoma me sigue tiñendo / verde el espíritu y la carne roja”—17 y muerto a la misma edad. Así, mientras las tías cuidaban al niño, sus padres se fueron de tardía luna de miel a Guadalajara, ciudad que sería una referencia constante para Ramón, pero que nunca pisaría.

La infancia —sobre todo los primeros años, de los que apenas conservamos recuerdos— transcurre a una velocidad distinta que el resto de la vida, en el que todo se acelera, hasta el vértigo. Sin una conciencia muy clara del tiempo, los días y las horas se alargan indefinidamente e, independiente d su medición, la percepción del tiempo se ahonda según la intensidad de la concentración, en la contemplación o el juego, por ejemplo. Todo niño, por obtuso que sea el adulto en que se convierta después, es un poeta en potencia, en el sentido de que entonces descubre y fija su atención en el mundo con una mirada nueva que perderá luego (el poeta no la pierde o, mejor dicho, la recupera). Aunque sujeto ya a su corriente, el niño vive así un poco al margen del tiempo. Tomar conciencia de este y de la mortalidad marca la pérdida de esa inocencia. Esta edad sin tiempo o de tiempo lento de la infancia es particularmente relevante en un poeta para el que este y su inevitable corolario, la muerte, serán su principal obsesión.

La niñez suele estar marcada por una serie de experiencias difícilmente olvidables: la imaginación, el juego, el miedo, el despertar de la sexualidad, la duda religiosa o filosófica, el descubrimiento de uno mismo y de los otros. Todo ello ocurre en espacios precisos (una ciudad o un pueblo, en primer lugar, y luego un barrio, una calle, un parque, una casa, unas habitaciones) y en determinadas compañías (la familia, los amigos, los vecinos). Juntos conforman la imborrable escenografía de la infancia.

CASAS Y POZOS

A finales del siglo XIX y principios del XX, Jerez era una población de poco más de dos kilómetros cuadrados, con alrededor de cincuenta calles y cien manzanas, de las cuales seis integraban el centro.18 La infancia lopezvelardeana transcurrió sobre todo ahí y en sus aledaños, entre iglesias (el Santuario y la Parroquia), plazas y jardines (la Plaza de Armas y el Jardín Brilanti), edificios públicos (el palacio municipal, el Teatro Hinojosa) y calles de antiguos nombres virreinales (del Silencio, de la Palma, del Espejo, de la Parroquia, del Hospicio, del Santuario, de Dolores…).

Los ámbitos domésticos más importantes para López Velarde son dos: el primero, el que más recordará en su poesía y su prosa, es una casa que desafortunadamente ya no existe y que estaba situada frente a la Plaza de Armas (hoy Jardín Rafael Páez), en el lado norte, y que era propiedad de la familia Llamas (luego de los Berumen Llamas),19 y el segundo, la casa de la calle de la Parroquia (en la actualidad la casa-museo, curiosamente número 33), donde vivió, pero que no era el hogar de sus antepasados.

Que la primera casa pertenecía a la familia de su abuela y no de su abuelo lo prueba la crónica “La sala”, publicada en 1916, año en el que López Velarde escribió varios textos, especie de memorias, en los que recrea espacios y personajes de su infancia y adolescencia (“La sala”, “El comedor”, “La alameda”, “La escuela de Angelita”, “El señor rector”…). Allí, repasando los objetos, se pregunta: “Y ¿quién rezaba en este volumen colonial de la Vida cristiana? Tal vez aquel iracundo don Juan Llamas, jinete sin rival, que quebrantó en más de una ocasión el quinto mandamiento”.20 Se trata de su bisabuelo, el padre de Trinidad Llamas Escobedo, nacido en 1800,21 y al que obviamente no tendría sentido invocar en una casa que no fuera la suya.

Fue esta casa la que más infundió en López Velarde su agudo sentido del pasado, de las genealogías, de los muertos que viven en nosotros. El incipit de “La sala” está cargado de esa consciencia:

Jamás hubo ni habrá para mí una sala como aquella sala. Palenque de la fantasía y escenario de la meditación, ella guarda el eco de los pasos de mi abuela, el fulgor de los cirios que velaron a más de tres cadáveres, tendidos en su centro, y la conversación, ceremoniosa y afable, de las tiesas damas que acudían a su estrado. ¡Pobre sala, hoy destartalada, polvosa y castigada por la guerra!22

Esta sala poblada de fantasmas es también el escenario en que nace simbólicamente el poeta y comienza a desarrollarse su imaginación, y por ello constituye un espacio privilegiado:

El cielo raso, desprendido de una esquina, está pintado con un germen de azul. Lleva, diríamos, un azul sospecha. Este cielo raso fue uno de mis primeros auxiliares (no quiero escribir cómplices) en el hábito de destilar la imaginación. ¿Cómo? Fácilmente. Sobre el cielo raso han dibujado las goteras figuras inverosímiles: una mujer (soltera, probablemente), cuyo talle se estrecha como un lápiz o aguja; una mariposa con piernas de caballo; un militar con espalda reducida a su menor expresión y con botas cuyos tacones se prolongaban metro y medio. Yo, que no traducía aún la Epístola a los Pisones, saboreaba el perfil negruzco de tales caricaturas. Poco, en verdad, se necesita para provocar al poeta en el niño: que llueva copiosamente una noche; que se hagan dos, tres, cuatro goteras; que haya cielo raso para que las goteras dibujen; y que un muchacho boca arriba, desde el sofá o desde la alfombra, mire los dibujos.23

Es la escena fundadora de la biografía del poeta: un niño, solo, contemplando e imaginando. No deja de ser significativo lo que veía entonces: una mujer soltera y esbelta (típico de Ramón), un insecto surrealista (y algo en la imaginación lopezvelardeana anticipa a las vanguardias) y la figura ridícula de un militar, prefiguración de su antibelicismo. Más adelante seguirá el paso lógico: poner por escrito imágenes semejantes, y ese será el nacimiento propiamente dicho del poeta, pero para eso era preciso esto antes la disposición y aptitud para la contemplación y la fantasía.

Esta es la casa a la que se refiere en “Poema de vejez y de amor” (1909), uno de los más reveladores de su sentido del pasado, materializado en sus recuerdos de un hogar, sus habitantes y objetos, y en el que alterna el ejercicio de la memoria con la fantasía de un casto y ultraterreno idilio con Fuensanta:

Mi vida, enferma de fastidio, gusta

de irse a guarecer año por año

a la casa vetusta

de los nobles abuelos

como a refugio en que en la paz divina

de las cosas de antaño

solo se oye la voz de la madrina

que se repone del acceso de asma

para seguir hablando de sus muertos

y narrar, al amparo del crepúsculo,

la aparición del familiar fantasma.

[…]

Los muebles están bien en la suprema

vetustez elegante del poema.

Las arcas se conservan olorosas

a las frutas guardadas;

el sofá tiene huellas de los muslos

salomónicos de las desposadas;

entre un adorno artificial de rosas

surgen, en un ambiente desteñido,

las piadosas pinturas polvorientas;

y el casto lecho que pudiera ser

para las almas núbiles un nido,

nos invita a las nupcias incruentas

y es el mismo, Fuensanta, en que se amaron

las parejas eróticas de ayer.

Dos fantasmas dolientes

en él seremos tranquilo amor,

en connubio sin mácula yacentes;

una pareja fallecida en flor,

en la flor de los sueños y las vidas

carne difunta, espíritus en vela

que oyen cómo canta

por mil años el ave de la Gloria;

dos sombras adormidas

en el tálamo estéril de una santa.24

El poeta de veintiún años (para entonces estudia Derecho en San Luis Potosí), enfermo de ennui, regresa a refugiarse, no tanto en la casa familiar, sino en el pasado que representa la casa. La madrina a la que hace alusión debe ser su tía Luisa Berumen Llamas, hermana de Trinidad, nacida en 1854,25 que efectivamente fue su madrina de bautismo, según consta en la fe (el padrino fue Pascual López Velarde, hermano de Guadalupe). Es muy probable que Luisa, quince años mayor que Trinidad, fuera la depositaria y la transmisora de las historias familiares, y casi apostaría que el “familiar fantasma” es el de aquella tía, cuya leyenda le encantaba contar a Ramón: que en medio de las guerras civiles del siglo XIX arrojó unas monedas de plata al pozo para que no fueran robadas y desde entonces podía verse su espíritu protegiendo el tesoro.26

En el poema son fundamentales los objetos, las cosas en toda su materialidad (los roperos, los vestidos, los espejos, las copas, los baúles, el sofá, la cama, etcétera), que son como los depósitos del tiempo transcurrido y los testigos de la historia familiar y doméstica. No es casualidad que el poema esté dedicado a Amando J. de Alba, sacerdote y poeta jalisciense muy afín a la sensibilidad de lo minúsculo, lo casero y lo provinciano, como el propio López Velarde, y autor de un libro precisamente titulado El alma de las cosas (1918), en el que hace un repaso semejante (el tintero, la mesa, la pluma, la lámpara, el calendario, los libros…). El poeta contrasta el lujo de ciertos objetos con la sencillez de Fuensanta y, a pesar de la resurrección de la cosas que lleva a cabo mediante la palabr

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