1
Toby
Año 25, el año del Diluvio
Al alba, Toby sube al tejado para contemplar el amanecer. Usa un palo de fregona para equilibrarse: hace tiempo que el ascensor dejó de funcionar y las escaleras de atrás están resbaladizas por la humedad, así que si patina y se cae, no habrá nadie para levantarla.
Con el primer impacto del calor, la bruma se eleva desde la franja arbolada que se extiende entre su posición y la ciudad en ruinas. El aire huele un poco a quemado, a caramelo y alquitrán, arrastra un tufo rancio de barbacoa y el olor a ceniza pero graso de una hoguera de contenedor después de la lluvia. Las torres abandonadas en la distancia son como el coral de un antiguo arrecife: exangües, descoloridas, desprovistas de vida.
Sin embargo, aún queda vida. Los pájaros pían; serán gorriones. Sus trinos suenan nítidos y agudos, como uñas arañando el cristal: ya no existe sonido de tráfico que los sofoque. ¿Se dan cuenta del silencio, de la ausencia de motores? Y en ese caso, ¿son más felices? Toby no tiene ni idea. A diferencia de otros Jardineros —los de mirada enloquecida o tal vez los más narcotizados—, nunca ha abrigado la ilusión de que puede conversar con los pájaros.
El sol brilla en el este, tiñendo de rojo la bruma azul grisáceo que señala el distante océano. Los buitres, posados en postes eléctricos, despliegan las alas para secárselas, las abren como paraguas negros. Primero uno y luego otro más emprenden el vuelo y ascienden en las corrientes térmicas. Si descienden en picado, significa que han localizado carroña.
«Los buitres son nuestros amigos», enseñaban los Jardineros. «Purifican la tierra. Son los necesarios ángeles siniestros de Dios, que se encargan de la descomposición corporal. ¡Imaginad qué terrible sería que no hubiera muerte!»
¿Aún lo creo?, se pregunta Toby.
Todo es diferente al verlo de cerca.
El tejado tiene algunas macetas con plantas ornamentales asilvestradas; hay varios bancos de imitación madera. Antes estaba el toldo para la hora del cóctel, pero se voló. Toby se sienta en uno de los bancos para examinar el terreno, levanta los prismáticos y explora de izquierda a derecha. El sendero de entrada, con los arriates de lumirrosas ahora descuidadas: parecen cepillos raídos; su brillo morado va apagándose bajo una luz cada vez más intensa. La entrada occidental, con un techo de panel solar de color rosa de imitación adobe, el amasijo de coches al otro lado de la verja.
Los lechos de flores, invadidos de lechuga de las liebres y bardana, con enormes polillas de kudzu revoloteando por encima de ellas. Las fuentes, con las pilas en forma de vieira rebosantes de agua de lluvia estancada. El aparcamiento, con un cochecito de golf rosa y dos monovolúmenes también rosa del balneario InnovaTe, cada uno con el logo del ojo guiñado. Queda un cuarto monovolumen en el camino, empotrado en un árbol: antes colgaba un brazo por la ventanilla, pero ya no está.
El césped ha crecido, la hierba está alta. Se aprecian pequeños montículos irregulares bajo la hierba carnicera, las asclepias y la acedera, y algún que otro trozo de tela, un brillo de hueso. Ahí fue donde cayó la gente, los que corrían y luego trastabillaban por el césped. Toby había observado desde el tejado, agachada detrás de uno de los planteles, aunque no se había quedado mirando mucho rato. Algunas de esas personas habían pedido ayuda, como si supieran que estaba allí. Pero ¿cómo habría podido ayudarlos?
En la piscina flota una capa veteada de algas. Ya hay ranas. Las garcetas, las garzas reales y las pavocetas las acosan en el lado menos profundo. Durante un tiempo Toby trató de sacar a los animalitos que habían tropezado y se habían ahogado: los luminosos conejos verdes, las ratas, los mofaches, con su cola rayada y la característica mancha a modo de antifaz de los mapaches. Ahora ya no interviene. Puede que generen pesca de alguna manera, cuando la piscina parezca más un pantano.
¿Está pensando en comerse esos hipotéticos futuros peces? Claro que no.
Claro que no, aún.
Se vuelve hacia el oscuro muro circundante de árboles, enredaderas y matorrales y lo examina con los prismáticos. Es por allí por donde podría surgir algún peligro. Ahora bien, ¿qué clase de peligro? Imposible imaginarlo.
Por la noche, se oyen los ruidos habituales: los lejanos ladridos de perros, los chillidos de los ratones, las notas como de cañería de los grillos, el ocasional croar de una rana. La sangre que se le agolpa en los oídos: katush, katush, katush. Una escoba pesada barriendo hojarasca.
—Vete a dormir —se dice en voz alta, aunque nunca duerme bien desde que está sola en este edificio.
En ocasiones oye voces: voces humanas, voces de dolor que la llaman. O voces de mujeres: de las mujeres que trabajaban allí, o de las mujeres angustiadas que iban a descansar y a quitarse años de encima chapoteando en el agua y paseando por los jardines. Todas las voces rosa, relajadas y relajantes.
O las voces de los Jardineros, que murmuran y cantan; o los niños riendo juntos, en el Jardín del Edén en el Tejado. Adán Uno y Nuala y Burt. La vieja Pilar, rodeada de sus abejas. Y Zab. Si alguno de ellos sigue vivo, tiene que ser Zab: cualquier día llegará caminando por la calle o aparecerá de entre los árboles.
Aunque ha de estar muerto ahora. Es mejor pensar eso, no derrochar esperanza.
Sin embargo, tiene que quedar alguien más; no puede ser la única del planeta. Ha de haber otros. Ahora bien, ¿amigos o enemigos? Si ve a alguien, ¿cómo va a saberlo?
Está preparada. Las puertas están cerradas; las ventanas, cegadas con tablones. No obstante, ni siquiera esas barreras suponen ninguna garantía: cualquier espacio vacío invita a la invasión.
Incluso cuando duerme está escuchando, como hacen los animales, en espera de un cambio de pauta, de un sonido extraño, de un silencio que se resquebraja como una grieta en la roca.
Cuando los animalitos silencian sus cantos, decía Adán Uno, es que están asustados. Hay que escuchar el sonido de su miedo.
2
Ren
Año 25, el año del Diluvio
«Tened cuidado con las palabras. Tened cuidado cuando escribáis. No dejéis rastro.»
Eso es lo que nos enseñaron los Jardineros, cuando yo era una niña más entre ellos. Nos pedían que nos encomendáramos a nuestra memoria, porque no se puede confiar en nada que esté escrito. El Espíritu viaja de boca en boca, no de cosa en cosa: los libros se pueden quemar, los papeles se pueden hacer trizas, los ordenadores se pueden destruir. Sólo el Espíritu vive eternamente, y el Espíritu no es una cosa.
En cuanto a la escritura, los Adanes y las Evas decían que era peligrosa, porque gracias a ella nuestros enemigos podían seguirte la pista y detenerte, y servirse de tus palabras para condenarte.
Sin embargo, ahora que el Diluvio Seco nos ha arrollado, cualquier cosa que escriba es lo bastante segura, porque lo más probable es que aquellos que habrían usado mis escritos contra mí estén muertos. Así que en realidad nada me impide escribir lo que me venga en gana.
Lo que escribo es mi nombre, Ren, con lápiz de cejas en la pared de al lado del espejo. Lo escribo un montón de veces. Renrenren, como una canción. Uno puede llegar a olvidarse de quién es, si pasa mucho tiempo a solas. Eso me lo dijo Amanda.
No se ve nada por la ventana: es ladrillo de vidrio. Tampoco puedo salir, porque la puerta está cerrada por fuera. Aún dispongo de aire y agua, siempre y cuando el solar aguante. Aún me queda comida.
Tengo suerte. Tengo muchísima suerte. Considérate afortunada, me decía Amanda, y eso hago. Primero, tuve suerte de estar trabajando aquí en el Escamas cuando se produjo el Diluvio. Segundo, tuve aún más suerte porque estaba encerrada en el Cuarto Pringoso, y eso me mantuvo a salvo. Se me había rasgado el guante corporal de biofilm —un cliente se dejó llevar y me mordió en las lentejuelas verdes— y estaba esperando los resultados de mi test. No fue un desgarro con secreciones ni afectación de membrana, sino un desgarro seco, cerca del codo, por eso no me preocupé. Aun así, en el Escamas lo revisaban todo porque tenían una reputación que mantener: se nos conocía como las chicas guarras más limpias de la ciudad.
En el Colas y Escamas te cuidaban, de verdad que lo hacían. Si tenías talento, vaya. Buena comida, un médico cuando te hacía falta..., y las propinas eran generosas, porque entre sus clientes había hombres de las corporaciones más importantes. Estaba bien dirigido, aunque se hallaba en una zona sórdida, como todos los clubes. Era una cuestión de imagen, según Mordis: lo sórdido era bueno para el negocio, porque a no ser que contaras con una ventaja —algo morboso o escabroso, un tufillo turbio—, ¿qué diferenciaba nuestra marca del producto normal y corriente que el tipo podía encontrar en casa, con la crema facial y las bragas blancas de algodón?
A Mordis le gustaba hablar claro. Llevaba en el negocio desde que era un muchacho, y cuando prohibieron los chulos y hacer la calle —por una cuestión de salud pública y de seguridad de las mujeres, dijeron— para ponerlo todo en manos de SeksMart, bajo el control de SegurMort, Mordis dio el salto gracias a su experiencia. «Se trata de a quién conoces y de lo que sabes de ellos», explicaba a menudo. Luego sonreía y te daba en el trasero, pero sólo una palmada de buen rollo, nunca se pasaba de la raya con nosotras. Tenía ética.
Era un tipo atlético, con el cráneo afeitado y ojos brillantes y alerta, negros como cabezas de hormiga, y de trato fácil siempre y cuando todo fuera sobre ruedas. Pero sabía defendernos si los clientes se ponían violentos. «Nadie hace daño a mis mejores chicas», aseguraba. Para él se trataba de una cuestión de honor.
Tampoco le gustaba derrochar: decía que éramos un activo valioso, la flor y nata. Desde la intervención de SeksMart, las que quedaron fuera del sistema no sólo eran ilegales sino patéticas. Unas cuantas mujeres viejas y enfermas que vagaban por los callejones, casi mendigando. Ningún hombre al que le quedara un cachito de cerebro se les acercaría. «Residuos peligrosos», las llamábamos las chicas del Escamas. No tendríamos que haber sido tan desdeñosas; deberíamos haber mostrado compasión. Claro que la compasión requiere trabajo, y nosotras éramos jóvenes.
Esa noche, cuando empezó el Diluvio Seco, estaba esperando los resultados de mi test: te encerraban en el Cuarto Pringoso durante semanas, por si tenías algo contagioso. Te pasaban la comida por la trampilla con cierre de seguridad, y además tenías la neverita con tentempiés, y el agua se filtraba al entrar y al salir. No te faltaba de nada, pero te aburrías. Podías hacer ejercicio en las máquinas, y yo hacía mucho, ya que una artista del trapecio no ha de dejar de entrenarse.
Podías ver la tele o pelis antiguas, escuchar música, hablar por teléfono. O visitar las otras habitaciones del Escamas mediante los intercomunicadores con videopantalla. En ocasiones, cuando estábamos realizando trabajo primario, guiñábamos el ojo a las cámaras a medio gemido, dedicado a la que estuviera enclaustrada en el Cuarto Pringoso. Sabíamos dónde estaban las cámaras, ocultas en los techos de piel de serpiente o de plumas. En el Escamas éramos una gran familia, así que a Mordis le gustaba que fingieses que estabas participando aunque estuvieras en el Cuarto Pringoso.
Mordis hacía que me sintiera segura. Sabía que si tenía un problema grave, podía acudir a él. Sólo hubo unas pocas personas así en mi vida: Amanda, casi siempre; Zab, a veces. Y Toby. No habría pensado en Toby —era muy severa y dura—, pero si te estás ahogando, no quieres agarrarte a algo suave y resbaladizo. Necesitas algo más sólido.
Día de la Creación
Día de la Creación
Año 5
De la Creación y de los Nombres de los Animales
Narrado por Adán Uno
Queridos Amigos, queridos Compañeros Animales, queridos Compañeros Mamíferos:
Hace cinco años, en el Día de la Creación, nuestro Jardín del Edén en el Tejado era un erial, rodeado de barrios en declive y guaridas de maldad; aunque ahora ha florecido como la rosa.
Al cubrir de vegetación estos tejados yermos, estamos poniendo nuestro granito de arena para redimir la Divina Creación de la decadencia y la esterilidad que nos rodean por doquier, y para alimentarnos con comida sin contaminar. Algunos calificarían de fútiles nuestros esfuerzos; sin embargo, si todos siguieran nuestro ejemplo, ¡qué cambio conllevaría a nuestro querido planeta! Aún queda mucho trabajo arduo por delante, pero no temáis, amigos míos: porque avanzaremos pese a las dificultades.
Me alegro de que nadie haya olvidado su sombrero de jipijapa.
Ahora concentrémonos en nuestra plegaria anual del Día de la Creación.
Las Palabras Humanas de Dios hablan de la Creación de un modo que los antiguos podían entender. No se habla ni de galaxias ni de genes, porque esos términos los habrían confundido en gran medida. Ahora bien, ¿por ello hemos de tomar como verdad científica la historia de que el mundo se creó en seis días y considerar absurdos los datos observables? No se puede encorsetar a Dios en interpretaciones literales y materialistas ni juzgarlo según varas de medir humanas, porque Sus días son eones, y miles de edades de nuestro tiempo son para Él como una tarde. A diferencia de otras religiones, nunca hemos pensado que mentir a los niños respecto a la geología sirviera a un bien mayor.
Recordemos las primeras frases de aquellas Palabras Humanas de Dios: la Tierra era caos y confusión, y entonces Dios dijo hágase la Luz, y se hizo. Éste es el momento que la ciencia denomina la Gran Explosión, como si de una orgía sexual se tratara. Mas ambos relatos coinciden en lo esencial: oscuridad; luego, en un instante, Luz. Ahora bien, la Creación continúa, ¿o acaso no se forman nuevas estrellas a cada momento? Los días de Dios no son consecutivos, amigos míos; ocurren a la vez, el primero con el tercero, el cuarto con el sexto. Como nos enseñaron: «Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la Tierra.»
Nos contaron que el quinto día de las actividades creadoras de Dios, las aguas se colmaron de Criaturas y al sexto día la tierra seca quedó poblada de Animales, y de Plantas y de Árboles; y a todos los bendijo Dios y les ordenó que se multiplicaran; y finalmente creó a Adán, es decir, la Humanidad. Según la ciencia, es el mismo orden en el que aparecieron las especies en el planeta. El Hombre fue el último de todos. O más o menos en el mismo orden. O se acerca bastante.
¿Qué ocurre después? Dios lleva a los Animales ante el Hombre, «para que les ponga nombre». Ahora bien, ¿por qué Dios no sabía ya los nombres que iba a elegir Adán? La única respuesta posible es que Dios concede a Adán libre albedrío, y por lo tanto Adán puede actuar de formas que resultan impredecibles al propio Dios. ¡Piénsalo la próxima vez que te tiente comer carne o la riqueza material! ¡Ni siquiera Dios puede saber siempre lo que vas a hacer a continuación!
Dios hizo que los Animales se reunieran hablándoles directamente, pero ¿qué lengua usó? No era hebreo, amigos míos. No era latín, ni griego, ni inglés, ni francés, ni español, ni árabe, ni chino. No: habló a los animales en sus propias lenguas. Al Reno le habló en la lengua de los renos; a la Araña, en la de las arañas; al Elefante, en la de los elefantes; a la Pulga, en la de las pulgas; al Ciempiés, en la de los ciempiés; a la Hormiga, en la de las hormigas. Así tuvo que ser.
Y en el caso de Adán, los Nombres de los Animales fueron las primeras palabras que pronunció: el momento inaugural del lenguaje humano. En ese instante cósmico, Adán afirma su alma humana. Nombrar es —eso esperamos— saludar; atraer a otro hacia uno mismo. Imaginemos a Adán enunciando los Nombres de los Animales con cariño y alegría, como diciendo: «Aquí tenéis, queridísimos. ¡Bienvenidos!» El primer acto de Adán hacia los Animales fue, pues, de amoroso afecto y parentesco, porque, en su estado anterior a la Caída, el Hombre aún no era carnívoro. Los Animales lo sabían y no huyeron. Así tuvo que ocurrir en ese día irrepetible: una reunión pacífica en la cual el Hombre abrazó a todos los seres vivos de la Tierra.
¡Cuánto hemos perdido, queridos Compañeros Mamíferos y Compañeros Mortales! ¡Cuánto hemos destruido a voluntad! ¡Cuánto necesitamos restaurar en nosotros mismos!
El tiempo de poner Nombres no ha concluido, amigos míos. En Su visión, aún podríamos estar viviendo en el sexto día. Como meditación, imaginaos mecidos en ese momento de inmunidad. Estirad los brazos hacia esos ojos amables que os miran con tanta confianza, una confianza que aún no ha sido mancillada por el derramamiento de sangre, la gula, el orgullo y el desdén.
Decid sus Nombres.
Cantemos.
«Cuando Adán tuvo»
Cuando Adán tuvo aliento de vida
en aquel lugar dorado,
vivió en paz con Pájaros y Bestias
y vio el rostro del Señor.
El Espíritu del Hombre habló,
dio Nombre a los Animales;
Dios llamó a todos en hermandad,
acudieron sin temor.
Retozaron, cantaron, volaron...
Cada gesto era alabanza
a la creatividad de Dios
que llenaba aquellos días.
Qué encogido y reducido está
de la Creación el germen;
pues el Hombre rompió la hermandad
con crimen, vicio y codicia.
Oh, Criaturas, que aquí sufrís,
¿cómo al Amor volveremos?
Os nombraremos de corazón
y otra vez seréis amigos.
Del Libro Oral de Himnos de los Jardineros de Dios
3
Toby. Día de las Podocarpáceas
Año 25
Rompe el alba. Se rompe el día. Toby juega con la palabra: rompo, rompes, rompe, rompemos, rompéis, rompen. ¿Qué se rompe cuando rompe el día? ¿La noche? ¿Se rompe el sol, partido en dos por el horizonte como si fuera un coco, derramando luz?
Toby levanta los prismáticos. Los árboles parecen tan inocentes como siempre; pese a ello, tiene la sensación de que alguien la está vigilando: como si hasta la piedra o el tocón más inerte pudieran sentirla y no le desearan nada bueno.
El aislamiento produce esos efectos. Se había preparado para resistirlos durante las vigilias y los retiros espirituales de los Jardineros de Dios. El triángulo flotante naranja, los grillos cantarines, las columnas retorcidas de vegetación, las pupilas en las hojas. Aun así, ¿cómo distinguir estas ilusiones de la realidad?
Ahora el sol está en su cenit: más pequeño, más ardiente. Toby baja del tejado, se pone el sayo rosa, se rocía SuperD para repeler los insectos y se ajusta el sombrero rosa. Luego abre la puerta de la calle y sale a ocuparse del jardín. Allí era donde cultivaban las lechugas de agricultura ecológica para las damas del Spa Café; las verduras para las guarniciones, las hortalizas transgénicas de formas exóticas, las distintas hierbas para las tisanas. Hay una cubierta de malla para burlar a las aves y una valla de alambre de espino para impedir que entren desde el parque conejos verdes, lincetas y mofaches. Antes del Diluvio no abundaban, pero es asombroso lo deprisa que se están multiplicando.
Toby confía en el huerto: cada vez hay menos víveres en el almacén. A lo largo de los años ha ido acumulando lo que pensaba que bastaría para una emergencia como ésta, pero se quedó corta en sus cálculos y ahora se le están acabando los bocaditos de soja y las sojadinas. Por fortuna, todo marcha a la perfección en el huerto: ya hay vainas de guisantes de pollo; las frijolanas están en flor; las matas de polifresas, henchidas de pimpollos marrones de distintas formas y tamaños. Toby recoge unas espinacas, aparta los escarabajos verdes iridiscentes, los pisa. Luego, sintiendo remordimientos, les cava una tumba hundiendo el pulgar en el suelo y pronuncia unas palabras para liberar el alma y pedir perdón. Aunque nadie la está observando, cuesta mucho desprenderse de esos hábitos tan arraigados.
Traslada varias babosas y caracoles y arranca unas hierbas, dejando la verdolaga: puede hervirla después. En las delicadas hojas de las zanahorias encuentra dos gusanos de kudzu azul brillante. Aunque están desarrollados como forma de control biológico para el kudzu invasivo, parece que prefieren los huertos. En una de esas bromas tan comunes en los primeros años de la ingeniería genética, su diseñador les puso cara de bebé, con ojos grandes y una sonrisa alegre que los hace muy difíciles de matar. Sus mandíbulas están mascando con voracidad bajo esas máscaras de carita mona cuando Toby los saca de las zanahorias, levanta el borde de la red y los echa al otro lado de la valla. No cabe duda de que volverán.
De regreso al edificio, encuentra la cola de un perro detrás del camino, un setter irlandés, parece, con el pelaje largo enmarañado de abrojos y ramitas. Lo habrá arrojado un buitre: siempre están soltando cosas. Trata de no pensar en las otras cosas que soltaban en las primeras semanas después del Diluvio. Lo peor eran los dedos.
Toby se mira las manos: se le están haciendo más gruesas, rígidas y marrones, como raíces. Ha estado cavando demasiado en la tierra.
4
Toby. Día de San Bashir Alouse
Año 25
Se baña a primera hora de la mañana, antes de que el sol caliente demasiado. Tiene varios cubos y cuencos en el tejado para recoger el agua de lluvia de la tormenta vespertina: el balneario cuenta con su propio pozo, pero el módulo solar se ha roto, así que las bombas no funcionan. Toby también hace la colada en el tejado y cuelga la ropa en los bancos para que se seque; reutiliza el agua para el inodoro.
Se lava con jabón —aún queda un montón de jabón, todo de color rosa— y se frota con la esponja. Piensa que el cuerpo se le está encogiendo. Me estoy arrugando, estoy menguando. Pronto pareceré un padrastro. Aunque siempre ha sido de las flacas. «Ay, Tobiatha, ojalá tuviera tu tipo», le decían las damas.
Se seca, se pone un vestido rosa donde se lee «Melody». No hay necesidad de identificarse ahora que ya no queda nadie para leer las etiquetas, así que está empezando a llevar vestidos de otras: Anita, Quintana, Ren, Carmel, Symphony. Esas chicas eran tan alegres y optimistas... Ren, no. Ren era triste. Aunque Ren se había marchado antes.
Luego se habían ido todas, cuando se desencadenó el problema. Se marcharon a sus casas para estar con sus familias, creyendo que el amor las salvaría. «Adelantaos vosotras, yo cerraré», les había dicho Toby. Y había cerrado, pero se había quedado dentro.
Se cepilla el cabello largo y oscuro y se lo recoge en un moño húmedo. Ha de cortárselo. Tiene mucho pelo y da demasiado calor; además, huele a añojo.
Mientras se lo está secando oye un ruido extraño y se acerca con cautela a la barandilla del tejado. Hay tres cerdos enormes husmeando alrededor de la piscina: dos puercas y un verraco. La luz matinal brilla en sus orondas formas rosa grisáceo; refulgen como luchadores en un cuadrilátero. Parecen demasiado grandes y protuberantes para ser normales. Toby había visto cerdos así antes, en el prado, pero nunca se habían acercado tanto. Serán fugados, de alguna granja experimental.
Se han agrupado en el lado menos profundo de la piscina, mirándola como si estuvieran reflexionando, retorciendo el morro. Tal vez están olisqueando el mofache sin vida que flota en la superficie del agua espumosa. ¿Tratarán de recogerlo? Se gruñen suavemente y retroceden: debe de estar demasiado podrido hasta para ellos. Hacen una pausa para olfatear por última vez, luego se alejan al trote y doblan la esquina del edificio.
Toby se mueve tras la barandilla, vigilándolos. Han encontrado la valla del jardín y están mirando hacia el interior. Entonces uno de ellos empieza a cavar: harán un túnel.
—¡Largo de ahí! —les grita Toby.
Los animales la miran, pero no le hacen caso.
La chica baja la escalera lo más deprisa que puede sin resbalar. ¡Idiota! Debería llevar siempre el rifle. Lo coge de al lado de la cama, se apresura a subir de nuevo al tejado, apunta a uno de los cerdos —el macho, un tiro fácil, está de costado—, pero de repente duda. Son criaturas de Dios. Nunca mates sin causa justa, decía Adán Uno.
—¡Os lo advierto! —Alza la voz.
Aunque parezca mentira, da la impresión de que la entienden. Deben de haber visto un arma antes: un pulverizador o una pistola aturdidora. Chillan alarmados, dan media vuelta y corren.
Han recorrido un cuarto del camino del prado cuando a Toby se le ocurre que volverán. Cavarán de noche y entrarán en su huerto en un santiamén, y supondrá el final de su fuente de alimentos a largo plazo. Tendrá que dispararles, será en defensa propia. Dispara, falla, vuelve a intentarlo. El verraco cae; las dos puercas siguen corriendo y no miran atrás hasta llegar al linde del bosque. Entonces se funden en el follaje y desaparecen.
A Toby le tiemblan las manos. Has segado una vida, se dice a sí misma. Has actuado en un arrebato de rabia. Deberías sentirte culpable. Aun así, piensa en salir con uno de los cuchillos de cocina y cortar una pata. Había tomado los vegevotos al unirse a los Jardineros de Dios, pero la idea de un bocadillo de beicon es una gran tentación ahora mismo. Aun así, se resiste: la proteína animal ha de ser el último recurso.
Murmura la fórmula de disculpa de los Jardineros, aunque no se arrepiente. O no lo suficiente.
Necesita hacer prácticas de tiro. Al fallar el primer disparo al verraco, ha permitido que las puercas huyeran: una torpeza.
Las últimas semanas ha sido cada vez más descuidada con el rifle. Ahora se promete llevarlo siempre consigo cuando salga, aunque sea a darse un baño al tejado o incluso al lavabo. Incluso al huerto; sobre todo al huerto. Los cerdos son listos, no se olvidarán de ella ni la perdonarán. ¿Debería cerrar la puerta con llave al salir? ¿Y si tiene que volver corriendo, apurada, al edificio del balneario? Pero si deja la puerta sin cerrar, alguna persona o algún animal podría colarse cuando estuviera trabajando en el huerto y esperarla dentro.
Ha de pensar en todo. «Un Ararat sin un muro no tiene futuro», como cantaban los niños Jardineros. «Un muro no defendido es un muro caído.» A los Jardineros les gustaban las rimas instructivas.
5
Toby fue a buscar el rifle al cabo de unos días de los primeros casos. Fue la noche siguiente a que las chicas huyeran de InnovaTe dejándose los vestidos rosa.
No se trataba de una pandemia común: no podría contenerse después de unos pocos cientos de miles de muertes y luego eliminarse con armas biológicas y lejía. Era el Diluvio Seco del que tanto habían advertido los Jardineros de Dios, tenía todas las señales: viajaba por el aire como si tuviera alas, arrasaba las ciudades como el fuego, las turbas expandían los gérmenes, el terror y la carnicería. Las luces iban apagándose por doquier, las noticias eran esporádicas: los sistemas fallaban conforme iban muriendo quienes los mantenían. El caos era total, y por eso necesitaba el rifle. Los rifles eran ilegales y que la encontraran con uno habría resultado fatal una semana antes, pero ahora las leyes ya no parecían un factor en la ecuación.
El viaje sería peligroso. Tendría que ir caminando a su antigua plebilla —ya no funcionaba ningún transporte— y encontrar el chabacano apartamento en dos niveles que había pertenecido de manera fugaz a sus padres. Luego tendría que desenterrar el rifle del sitio donde permanecía escondido, con la esperanza de que nadie la viera haciéndolo.
Caminar hasta tan lejos no supondría un problema, porque se mantenía en forma. El riesgo lo constituía otra gente. Había disturbios por doquier, según las noticias intermitentes que captaba en su teléfono.
Se marchó del balneario al alba, cerrando la puerta tras de sí, cruzó las amplias extensiones de césped y se dirigió hacia la entrada norte por el camino boscoso donde las clientas solían dar sus paseos a la sombra: allí se camuflaría mejor. Aún quedaban algunas balizas solares que marcaban el sendero. No se encontró a nadie, aunque un conejo verde saltó a los arbustos y se le cruzó un cachorro de linceta que se volvió para contemplarla con un leve fulgor en la mirada.
La verja de la entrada al recinto estaba entornada. Se coló con precaución, casi esperando un desafío, y salió por Heritage Park. Había gente que se apresuraba, personas solas y en grupos tratando de escapar de la ciudad, con la esperanza de atravesar las plebillas aledañas y buscar refugio en el campo. Oyó toses, un gemido infantil. Casi tropezó con alguien caído en el suelo.
Cuando llegó al límite exterior del parque, era noche cerrada. Se movía de árbol en árbol, al amparo de las sombras. El bulevar estaba repleto de coches, camiones, motos solares y autobuses, y los conductores hacían sonar las bocinas y gritaban; algunos de los vehículos estaban volcados y quemados. En las tiendas, el saqueo se hallaba en pleno apogeo. No había segurmorts a la vista, debieron de ser los primeros en desertar; pondrían rumbo hacia sus fortalezas de la corporación para salvar el pellejo, y llevando consigo —eso sin duda esperaba Toby— el virus letal.
Sonaron disparos de algún lado. Así que ya estaban excavando en los patios traseros, pensó Toby: el suyo no era el único rifle.
Calle arriba habían levantado una barricada con varios coches. ¿Con qué iban armados los defensores? Por lo que Toby alcanzó a ver, usaban trozos de cañería metálica. La gente les gritaba furiosa y les lanzaba ladrillos y piedras: querían pasar, querían huir de la ciudad. ¿Cuál era el objetivo de los que mantenían las barricadas? El saqueo, sin duda. Violación y dinero, y otras cosas inútiles.
Cuando se alcen las Aguas Secas, decía Adán Uno, la gente tratará de salvarse de morir ahogada; se agarrarán a un clavo ardiendo. Aseguraos de no ser ese clavo ardiendo, amigos míos, porque si se os agarran, o sólo con que os toquen, también os ahogaréis.
Toby se alejó de la barricada, tendría que rodearla. Se mantuvo en la oscuridad, agachada detrás del follaje y bordeando el parque. Ya había llegado al espacio abierto donde los Jardineros instalaban sus mercados, y el caserón de adobe donde una vez jugaron los niños. Se escondió detrás de él, esperando una distracción. Enseguida se produjo un choque y una explosión, y Toby aprovechó que todas las cabezas se volvían para cruzar. Es mejor no correr, le había enseñado Zab: huir te convierte en una presa.
Las calles laterales estaban atestadas de personas; Toby las esquivó. Llevaba guantes quirúrgicos, chaleco antibalas hecho de seda de un híbrido de araña y cabra que había birlado un año antes de un almacén de InnovaTe, y una mascarilla negra cónica con filtro de aire. Se había llevado una pala y una palanca del cobertizo, y ambas herramientas podían resultar letales si se usaban con decisión. En el bolsillo llevaba un botella de Laca Brillo Total InnovaTe, un arma eficaz si apuntabas a los ojos. Había aprendido muchas cosas de Zab en las clases de Limitación de Derramamiento de Sangre en Entorno Urbano: según la opinión de Zab, el primer derramamiento de sangre que tenías que limitar era el de la tuya.
Se dirigió al noreste, por el elegante Fernside, luego atravesó las extensiones de casas diminutas y mal construidas de Big Box, escabulléndose por las calles más estrechas, tenuemente iluminadas y poco pobladas. Varias personas pasaron a su lado ensimismadas en sus propias historias. Dos adolescentes hicieron una pausa como para intentar un atraco, pero Toby empezó a toser y dijo con voz ronca: «¡Ayudadme!», y los muchachos se escabulleron.
Alrededor de medianoche, y después de unos pocos giros equivocados —todas las calles de Big Box se parecían mucho—, Toby llegó a la antigua casa de sus padres. No había luces encendidas, la puerta del garaje se encontraba abierta y la ventana de cristal cilindrado de delante estaba aplastada, así que pensó que no habría nadie allí. Los actuales ocupantes habrían muerto o estarían en algún otro sitio. Lo mismo ocurría en la casa vecina, donde estaba enterrado el rifle.
Se quedó un momento quieta, calmándose, escuchando la sangre que se le agolpaba en la cabeza: katush, katush, katush. O el rifle estaba allí o había desaparecido. Si estaba allí, tendría rifle. Si había desaparecido, no tendría. No había motivo para sentir pánico.
Abrió la puerta del jardín de los vecinos, con el sigilo de un ladrón. Oscuridad, ningún movimiento. El aroma de las flores nocturnas: lirios, petén. Y, mezclado con éste, un olorcillo de humo de algo que se quemaba a varias manzanas: atisbaba las llamas. Una polilla de kudzu le dio en la cara.
Metió la palanca bajo una piedra del patio, hizo fuerza desde el borde y levantó la piedra. Lo hizo otra vez, y otra. Tres piedras de patio. Después cavó con la pala.
Un latido, luego otro.
Allí estaba.
No llores, se dijo. Limítate a cortar el plástico, agarrar el rifle y la munición y salir de aquí.
Tardó tres días en volver a InnovaTe, esquivando los peores disturbios. Había huellas de barro en los escalones de fuera, pero no había entrado nadie.
6
El rifle es un arma primitiva: un Ruger 44/99 Deerfield que había pertenecido a su padre. Fue él quien enseñó a Toby a disparar cuando ella tenía doce años, en esos días del pasado que ahora se le antojaban un paréntesis cerebral en tecnicolor, efecto del consumo de hongos. «Apunta al centro del cuerpo», le explicaba su padre. «No pierdas el tiempo con las cabezas.» Decía que sólo se refería a animales.
Habían estado viviendo en una zona semirrural, antes de que la ciudad se extendiera por esa franja de paisaje. Su casa de madera blanca contaba con cuatro hectáreas de árboles alrededor, y había ardillas y los primeros conejos verdes. No había mofaches, aún no los habían creado, pero sí muchos ciervos que se metían en el huerto de su madre. Toby había disparado a un par y había ayudado a destriparlos; aún se acordaba del olor y de cortar las vísceras brillantes. Habían comido estofado de ciervo, y su madre había preparado sopa con los huesos. Pero más que nada, Toby y su padre disparaban a latas y a ratas en el vertedero; todavía había un vertedero. Ella había practicado mucho y eso había complacido a su padre. «Buen tiro, colega», le decía.
¿Habría deseado tener un hijo? Quizá. Lo que él decía era que todo el mundo necesitaba aprender a disparar. Su generación creía que si había un problema, lo único que tenías que hacer para solucionarlo era pegarle un tiro a alguien.
Después, SegurMort había prohibido las armas de fuego en aras de la seguridad pública, reservando para sus agentes los recién inventados pulverizadores, y de pronto la población quedó oficialmente desarmada. El padre de Toby había enterrado su rifle y municiones bajo una pila de trozos de valla y le había enseñado a ella dónde estaba por si acaso lo necesitaba. SegurMort podría haberlo encontrado con sus detectores de metales —se rumoreaba que hacían batidas—, pero no iban a mirar en todas partes, y el padre de Toby era inofensivo desde su punto de vista: vendía aparatos de aire acondicionado, era un don nadie.
Más adelante, un promotor inmobiliario quiso comprarle el terreno. Aunque la oferta era buena, el padre de Toby se negó a vender porque decía que le gustaba su casa. Lo mismo opinaba su madre, quien dirigía la franquicia de complementos de VitaMorfosis en la zona comercial más próxima. Rechazaron una segunda oferta; luego, una tercera. «Construiremos alrededor de vosotros», los avisó el promotor. El padre de Toby dijo que a él le parecía bien: para ese momento ya se había convertido en una cuestión de principios.
Pensaba que el mundo continuaba igual que cincuenta años antes, reflexiona ahora Toby. No debería haber sido tan testarudo. Ya entonces SegurMort estaba consolidando su poder. Había empezado como una empresa de seguridad privada de las corporaciones, pero luego había tomado el relevo cuando las fuerzas policiales se desarticularon por falta de fondos. Al principio a la gente le gustó, porque las corporaciones pagaban, pero SegurMort enseguida comenzó a extender sus tentáculos por todas partes. Su padre debería haber cedido.
Primero había perdido su puesto en la empresa de aire acondicionado. Consiguió otro empleo, de vendedor de ventanas térmicas, aunque cobraba menos. Luego la madre de Toby contrajo una extraña enfermedad; no lo entendía, porque siempre había sido muy cuidadosa con su salud: hacía ejercicio, comía mucha verdura, se tomaba una dosis diaria de complementos SupervitalVite de VitaMorfosis. Los operadores de franquicias como ella tenían buenas ofertas con los complementos: su propio paquete personalizado, igual que los capitostes de VitaMorfosis.
Se tomó más complementos, pero a pesar de ello se debilitó, se desorientó y perdió peso rápidamente; era como si el cuerpo se le hubiera vuelto en contra. Ningún médico logró acertar con el diagnóstico, aunque le hicieron numerosas pruebas en las clínicas del complejo; se lo tomaron en serio, ya que había sido una usuaria fiel de sus productos. Sus propios médicos se volcaron en el caso, aunque aquello no era gratis y, aun con el descuento que obtenían los miembros de la familia de franquicias VitaMorfosis, sumaba un dineral; y como la enfermedad no tenía nombre, el modesto seguro médico de sus padres se negó a asumir los costes. Nadie tenía derecho a cobertura sanitaria pública, a no ser que fuera pobre de solemnidad.
Tampoco era que uno quisiera meterse en uno de esos vertederos públicos, pensó Toby. Lo único que hacían era pedirte que sacaras la lengua, contagiarte unos pocos gérmenes y virus que todavía no tuvieras y mandarte a casa.
El padre de Toby solicitó una segunda hipoteca e invirtió el dinero en médicos, fármacos, enfermeras particulares y hospitales. Sin embargo, la madre de Toby continuó debilitándose.
Su padre se vio obligado a vender la casa de madera blanca por un precio muy inferior al que le habían ofrecido al principio. Al día siguiente de la venta, las excavadoras aplanaron el solar. Su padre compró otra casa, una pequeña en dos niveles, en una nueva parcelación a la que llamaban Big Box, porque estaba rodeada por toda una flotilla de megacentros comerciales. Desenterró el rifle de debajo de la valla, lo llevó a escondidas a la nueva casa y volvió a enterrarlo, en esta ocasión bajo las piedras del minúsculo y yermo patio trasero.
Luego perdió su trabajo de las ventanas térmicas, porque la enfermedad de su mujer lo había obligado a cogerse demasiado tiempo libre. Hubo que vender el coche solar. Después desaparecieron los muebles, uno tras otro; y no es que el padre de Toby sacara mucho por ellos. «La gente es capaz de olerte la desesperación», le dijo a Toby, «se aprovechan».
Esta conversación la tuvieron por teléfono, porque Toby había logrado entrar en la universidad aun cuando su familia no tenía con qué pagarla. Había obtenido una magra beca de la Martha Graham, que complementaba sirviendo mesas en la cafetería estudiantil. Quería ir a casa y ayudar con su madre, a la que habían dado de alta en el hospital y que dormía en el sofá de la planta baja porque no podía subir escaleras, pero su padre se negó: Toby se quedaría en la universidad, porque en casa no podía hacer nada.
Finalmente, hubo que poner a la venta hasta la chabacana vivienda de Big Box. El letrero estaba en el jardín cuando Toby regresó para el funeral de su madre. Para entonces, su padre era un despojo humano; la humillación, el dolor y el fracaso lo habían devorado hasta que no quedó casi nada de lo que había sido.
El funeral de su madre fue corto y deprimente. Más tarde, Toby se sentó con su padre en la cocina desmontada y se bebieron un pack de seis cervezas entre ambos: ella dos, él cuatro. Luego, después de que Toby se fuera a dormir, su padre entró en el garaje vacío, se metió el Ruger en la boca y apretó el gatillo.
Toby oyó el disparo y supo al momento lo que había ocurrido. Había visto el rifle junto a la puerta de la cocina: su padre debía de haberlo desenterrado por alguna razón, pero ella no se había permitido imaginar cuál.
No podía enfrentarse a lo que le aguardaba en el garaje, así que se quedó tumbada en la cama, saltando hacia delante en el tiempo. ¿Qué hacer? Si llamaba a las autoridades —incluso a un médico o a una ambulancia—, encontrarían la herida de bala y exigirían el rifle, y Toby se metería en un lío por ser la hija de un delincuente reconocido, el propietario de un arma ilegal. Eso sería lo de menos. Podrían acusarla de homicidio.
Después de lo que se le antojaron horas, se obligó a moverse. En el garaje, trató de no mirar de cerca. Envolvió los restos de su padre en una manta y luego en bolsas de basura industriales, cerró el bulto con cinta aislante y lo enterró bajo las piedras del patio. Se sintió fatal, pero era algo que su padre habría entendido. Había sido un hombre pragmático, aunque con un fondo sentimental: herramientas eléctricas en el cobertizo y rosas en los cumpleaños. Si sólo hubiera sido pragmático, se habría presentado en el hospital con los papeles del divorcio, como hacían muchos hombres cuando sus esposas padecían una enfermedad demasiado debilitante y cara. Habría dejado que arrojaran a la calle a su madre y no habría perdido la solvencia. En cambio, él se había gastado todo el dinero.
Toby no sentía apego por la religión estándar: nadie de la familia lo había sentido. Iban a la iglesia local, porque así lo hacían los vecinos y porque no hacerlo habría sido malo para el negocio, pero ella había oído a su padre decir —en privado y después de un par de copas— que había demasiados sinvergüenzas en el púlpito y demasiados inocentones en los bancos de la parroquia. No obstante, Toby había susurrado una plegaria sobre las piedras del patio —«polvo eres y al polvo vuelves»—, antes de echar un poco de tierra en las grietas.
Envolvió el rifle otra vez en su plástico y lo enterró bajo las piedras del patio de la casa de al lado, que parecía desierta: ventanas oscuras y sin rastro de coches. Tal vez habían ejecutado la hipoteca. Corrió el riesgo de entrar en la propiedad de los vecinos, porque si excavaban el patio y descubrían el cadáver de su padre, descubrirían también el rifle enterrado junto a él, y ella quería que se quedara donde estaba. «Nunca se sabe cuándo puedes necesitarlo», decía su padre y tenía razón: nunca se sabe.
Es posible que uno o dos vecinos la vieran cavando en la oscuridad, pero no creía que fueran a contarlo. No querrían atraer focos cerca de sus patios, que posiblemente escondían más armas.
Toby lavó con la manguera la sangre del suelo del garaje, se duchó y se fue a la cama. Se quedó tumbada en la oscuridad, con ganas de llorar, pero lo único que sentía era frío. Aunque no hacía frío en absoluto.
No podía vender la casa sin revelar que era la propietaria porque su padre había muerto, habría sido como vaciarse un contenedor de basura sobre la cabeza. Por ejemplo, ¿dónde estaba el cadáver y cuáles eran las causas de la muerte? Así pues, por la mañana, después de un desayuno frugal, metió los platos en el fregadero y se marchó. Ni siquiera se llevó una maleta. ¿Qué iba a meter dentro?
Desde luego, SegurMort no iba a molestarse en seguirla porque no sacarían ningún provecho: de todos modos la casa se la quedaría uno de los bancos de la corporación. Si su desaparición era de interés para alguien, como podía ser el caso de su facultad —¿dónde estaba?, ¿estaba enferma?, ¿había sufrido un accidente?—, SegurMort haría correr la voz de que la última vez que se la vio fue con un macarra que buscaba nuevas reclutas. Eso era lo que cabía esperar en el caso de una mujer joven como ella, una mujer joven en grandes apuros económicos, sin parientes conocidos y sin ahorros ni fondo fiduciario ni recursos. La gente negaría con la cabeza: es una pena, pero qué le vamos a hacer, y al menos tenía algo de valor económico, o sea su trasero joven, y por lo tanto no iba a morirse de hambre y nadie tenía que sentirse culpable. SegurMort siempre sustituía acción por rumor cuando la acción iba a costarles algo. Lo que contaba eran los resultados.
En cuanto a su padre, todo el mundo daría por hecho que habría cambiado de nombre y se habría desvanecido en una de las plebillas más sórdidas para librarse de pagar el funeral de su mujer con un dinero que no tenía. Esa clase de cosas ocurrían a diario.
7
El periodo que siguió fue aciago para Toby. Aunque había escondido las pruebas y se las había ingeniado para desaparecer, aún cabía la posibilidad de que SegurMort la buscara por las deudas de su padre. No tenía dinero que ellos pudieran confiscarle, pero circulaban historias de mujeres que saldaban sus deudas con carne. Si tenía que ganarse la vida con su retaguardia, al menos quería quedarse con la recaudación.
Había quemado su identidad y no tenía dinero para comprarse una nueva —ni siquiera una barata sin la inyección de ADN ni el cambio de color de piel—, así que no podía obtener un trabajo legal: ésos los controlaban las corporaciones. Sin embargo, si te hundías más —donde los nombres desaparecían y no existían historias ciertas—, SegurMort no se molestaba contigo.
Con los ahorros de la cafetería, alquiló una habitacioncita para ella sola, lo cual le permitiría salvar sus escasas pertenencias del robo de una compañera de cuarto poco de fiar. Se hallaba en el piso superior de un edificio comercial peligroso en caso de incendio, en una de las peores plebillas; se llamaba Willow Acres, pero los lugareños la conocían como la Alcantarilla, porque allí terminaba juntándose un montón de mierda. Compartía cuarto de baño con seis inmigrantes tailandeses ilegales, que hacían poco ruido. Según se rumoreaba, SegurMort había llegado a la conclusión de que expulsar ilegales resultaba demasiado caro, de manera que recurrían al método que usaban los granjeros que encontraban una vaca enferma entre sus reses: un tiro, pala y silencio.
En el piso de abajo había una lujosa peletería, Slink, que trabajaba con animales en peligro de extinción: vendían disfraces de Halloween para engañar a los extremistas de los derechos de los animales y curtían pieles en la trastienda. El olor subía por los conductos de ventilación y, por más que Toby trataba de tapar los respiraderos con almohadas, su cuchitril apestaba a productos químicos y grasa rancia. En ocasiones también se oían rugidos y balidos: mataban a los animales en el mismo local, porque los clientes no querían que les dieran cabra por oryx ni lobo teñido en lugar de glotón. Exigían que su derecho a alardear fuera genuino.
Los cuerpos desollados se vendían a una cadena de restaurantes gourmet llamada Rarity. Los comedores públicos servían buey, cordero, venado y búfalo, con certificación sanitaria; sin embargo, en los salones de banquetes privados —entrada con llave y gorilas en la puerta— servían especies en peligro de extinción. Los beneficios eran inmensos: una sola botella de vino de hueso de tigre valía como un collar de diamantes.
Técnicamente, el comercio con especies amenazadas era ilegal —las multas eran altísimas—, si bien resultaba muy lucrativo. Aunque la gente del barrio lo sabía, cada uno tenía sus propias preocupaciones, y además ¿a quién podías contárselo sin correr riesgo? Había bolsillos dentro de cada bolsillo, y una mano de SegurMort en cada uno de ellos.
Toby consiguió trabajo como peluche anuncio: un empleo de día mal pagado en el que no se exigía identidad. Los peluches anuncio se ponían disfraces de falsa piel de animal con cabezas de cartón, se colgaban anuncios del cuello y se apostaban en los centros comerciales de lujo y en las calles de boutiques al por menor. Dentro de la piel notabas un calor húmedo, y el campo de visión era limitado. En la primera semana sufrió tres ataques de fetichistas que la tiraron al suelo, le torcieron la enorme cabeza del disfraz para cegarla y frotaron las pelvis contra la piel, emitiendo extraños sonidos, de los cuales los maullidos eran los más reconocibles. No se consideraba violación, porque no había contacto con su cuerpo real, pero era siniestro. Además, le resultaba desagradable vestirse de oso, tigre, león y las otras especies en peligro de extinción a las que oía cuando sacrificaban en el piso de debajo del suyo. Así que dejó de hacerlo.
Luego ganó un buen montón de dinero rápido vendiendo su cabello. El mercado del cabello todavía no se había visto diezmado por los criadores de mohairs —eso ocurrió años después—, y aún había revendedores que compraban a cualquiera sin hacer preguntas. Toby tenía el pelo largo y, aunque era castaño claro —no era el mejor color, preferían rubio—, le había reportado una suma decente.
Después de gastar el dinero del pelo, vendió sus óvulos en el mercado negro. Las mujeres jóvenes podían sacarse una pasta donando óvulos a parejas que no podían pagar el soborno exigido o eran tan claramente inadecuadas que ningún agente les vendería una licencia de paternidad. Sin embargo, sólo consiguió hacer el negocio del óvulo en un par de ocasiones, porque la segunda vez la aguja de extracción estaba infectada. Por aquel entonces, los comerciantes de óvulos aún pagaban el tratamiento si algo iba mal; aun así, tardó un mes en recuperarse. Cuando lo intentó una tercera vez, le dijeron que había complicaciones, de modo que ya no podría donar más óvulos ni, claro, tener hijos propios.
Hasta ese instante, Toby no se había planteado la maternidad. Tenía un novio en la Martha Graham que le hablaba de matrimonio y familia —Stan se llamaba—, pero Toby le había dicho que eran demasiado jóvenes y pobres para pensar en eso. Ella estaba estudiando Sanación Holística —los estudiantes lo llamaban «Lociones y Pociones»—, y Stan estaba en Problematística y Planificación Creativa de Activos de Cuádruple Entrada, y le iba bien. Su familia no era rica, de lo contrario no habría estado en una institución de tercera como la Martha Graham, pero al chico no le faltaba ambición y estaba decidido a abrirse camino. En sus noches más tranquilas, Toby le frotaba con sus proyectos de preparaciones florales y extractos de hierbas, y después disfrutaban de una sesión de sexo fresco y con aroma de remedio botánico seguido de una ducha y unas palomitas sin sal ni grasa.
En cuanto su familia empezó con la cuesta abajo, Toby comprendió que no
