Serpiente emplumada, corazón del cielo

David Bowles

Fragmento

Título

Introducción

Hace quinientos años, México era muy distinto. La Triple Alianza de Anáhuac —lo que hoy conocemos como el Imperio azteca— dominaba la zona que se extendía desde el Golfo de México hasta la costa del Pacífico. Alrededor se desplegaban decenas de naciones: los mayas, los purépechas, los zapotecas, los yaquis, los huicholes, los huastecas y los tarahumaras, entre muchos otros. Todos estos pueblos tenían lenguas, dioses y tradiciones diferentes. Sin embargo, a través de los siglos, la migración, el comercio y los conflictos bélicos difundieron ciertas características culturales que todos compartían.

Veinte millones de personas vivían en dicha tierra cuando llegaron los españoles en 1519, pero los conquistadores no estaban interesados en la riqueza cultural de México. En su hambre ciega por obtener gloria y oro, en su intento ferviente por que los “indios” se hincaran ante el dios cristiano, los españoles barrieron el lugar con espadas de acero, armas de fuego y caballos con armadura. También llevaron consigo enfermedades que arrasaron la población indígena.

Fue un genocidio. Setenta y cinco años después, solo quedaba un millón de personas. La mayoría de los sobrevivientes se convirtió al catolicismo. Muchos se mezclaron con los colonos españoles que ocuparon la tierra tras quedar despoblada con la conquista. A esa fusión de razas y etnias se le llama mestizaje. Con el tiempo, se creó un sistema de castas que separó a la nueva población híbrida en diferentes grupos. Los españoles —tanto los nacidos en España (peninsulares), como los nacidos en México (criollos)— gozaron de muchos más derechos y privilegios. Por debajo de ellos, los otros grupos se categorizaron a partir de la cantidad de sangre española que corriera por sus venas: castizos (75%, con 25% de sangre indígena), moriscos (75%, con 25% de sangre negra), mestizos (50%, con 50% de sangre indígena), mulatos (50%, con 50% de sangre negra). Los indígenas y los negros ocupaban el escalón más bajo de esta jerarquía social.

Como resultado del sistema de castas, la calidad de vida de una persona dependía esencialmente de la cantidad de ancestros españoles que afirmara tener. La piel y los ojos claros, y en general los rasgos europeos, eran características que daban acceso a más oportunidades y la movilidad social. Por esa razón, muchos mestizos le dieron la espalda a su ascendencia nativa y trataron de parecerse más a los conquistadores españoles, incluso oprimiendo a otros con menos sangre peninsular que ellos.

Todavía después de que se abandonara el sistema de castas y México lograra independizarse de España, los rastros de este viejo prejuicio sobreviven porfiadamente. Pese a ello, pudo formarse una incipiente identidad mexicana. El siglo XIX fue testigo del surgimiento de un interés renovado por las glorias precolombinas de la nación, aunque ya mucho se había perdido. Las pocas tradiciones que sobrevivieron se hallaban diluidas y fracturadas, y así han permanecido, incluso hasta mi generación.

Para cuando nació mi abuelo, Manuel Garza, el pasado indígena de su familia había sido borrado. Habían sido mexicanos que hablaban español, luego fueron texanomexicanos, herederos de tradiciones que venían del otro lado del océano. Los ranchos y el ganado eran el sustento de su comunidad en el norte de México y el sur de Texas. Su música norteña y su misa dominical también eran europeas, aunque tuvieran el sabor de las especias nativas. Uno de los peores insultos que pudieran proferirse era indio. Todos juraban que sus ancestros eran españoles.

Si bien las historias que me contaban mis abuelos y tíos cuando era niño estaban henchidas de tradiciones locales como El Coco y La Llorona, en ellas no había rastro de los dioses antiguos, los sacerdotes de antaño o los proclamados héroes del pasado precolombino de México.

En la escuela me enseñaron —al igual que a mi padre— los mitos nórdicos, egipcios, romanos y, particularmente, griegos. Devoré la Odisea, hambriento de esa sensibilidad de la era de bronce que entretejía lo humano con lo divino. Por mi cuenta leí otras grandes piezas épicas de la mitología occidental: La Ilíada y La Eneida. Amplié mi búsqueda y me sumergí en India y su Ramayana, y en el Sunjata del norte de África.

Pero no fue hasta que tomé una clase de literatura universal en la universidad que leí mitos aztecas o mayas. Increíble. Había asistido a escuelas a escasas millas de la frontera con México, y ninguno de mis maestros me había hablado de Quetzalcóatl e Itzamná, de Cihuacóatl o Ixchel. Mi familia tampoco conocía a esos dioses mesoamericanos.

Nos habían privado a los estudiantes mexicanoamericanos de algo importante. Al principio me sorprendió y me molestó un poco. Sin embargo, ¿a quién podía culpar por cinco siglos de sincretismo y supresión? En lugar de arremeter, en respuesta a la pérdida que sentía, empecé a recorrer las bibliotecas locales en busca de cuanto libro pudiera encontrar sobre los mitos precolombinos. Al final, consciente de la carencia, me di cuenta de que era mi responsabilidad reconectarme con ese pasado olvidado.

Ese deber hacia la historia del pueblo de uno nunca se ha expresado mejor que en este poema maya, uno de los pocos que sobreviven, parte del manuscrito colonial Cantares de Dzitbalché:

Es vital nunca perder la cuenta

de cuántas largas generaciones

han pasado desde esa lejana era,

cuando vivieron aquí, en esta tierra,

grandes y poderosos hombres

que levantaron las paredes de sus ciudades;

las antiguas y magníficas ruinas,

pirámides elevándose como colinas.

Tratamos de descifrar su significado

aquí, en nuestros humildes pueblos,

un sentido que importa también hoy,

uno que se extrae de las señales

que los hombres de la era dorada,

hombres de esta tierra, nuestros antepasados,

nos pidieron buscar en los cielos.

Entregados a esta tarea,

levantamos el rostro

y la oscuridad cae lenta del cenit al horizonte,

y llena el cielo de estrellas

donde es el destino lo que vemos dibujarse.

Encontré mucho sentido en esos mitos dispersos. Me ayudaron a atravesar momentos muy oscuros de mi vida. Con el tiempo, me volví maestro de escuela, y luego, profesor universitario. Si bien no era un requisito, hice todo lo que pude para compartir con mis estudiantes la herencia que redescubrí. Mi pasión por nuestro pasado perdido me llevó todavía más lejos: comencé a estudiar maya y náhuatl para poder descifrar los textos indígenas originales por mí mismo, sin el filtro de la voz de un traductor.

Sin embargo, muchos de esos textos habían sido destruidos. La conquista no solo diezmó a la población nativa de México, también evisceró su literatura e historia. Los soldados y los sacerdotes fanáticos quemaron muchos manuscritos indígenas, y las mentes nativas conversas no dieron importancia a los milenios de tradición. A pesar de que algunos españoles y mestizos intentaron conservar lo que pudieron de las venerables palabras antiguas, transcribiendo cantos y dichos en el idioma extranjero, el daño ya estaba hecho.

No contamos hoy con el equivalente indígena de la Odisea para leer; fuera del Popol Vuh, un texto maya quiché de Guatemala, no sobrevivió ningún texto similar en Mesoamérica. Solo existen historias y fragmentos, retazos conservados en múltiples códices e historias coloniales, o transmitidos de generación en generación en comunidades remotas.

Por tanto, la labor del cronista o del maestro es muy difícil: no existe una narrativa unificada de la identidad mítica de México, ni una historia mitológica que pueda competir con otras épicas clásicas. Al meditar sobre este dilema, me enfrenté con la necesidad de fusionar los distintos relatos para así dar vida a la mitología mesoamericana y ponerla a disposición del público occidental —de manera similar a la versión abreviada de William Buck del Ramayana sobre la épica hindú— en una versión que integrara un lenguaje atractivo, accesible y a veces atemporal, comparable a las traducciones de Robert Fagles de La Ilíada, la Odisea y La Eneida.

Así comencé a escribir el libro que tienen en sus manos.

Por supuesto, no soy ni remotamente el primero en contar estas historias. Las colecciones que encontré en múltiples bibliotecas de la frontera durante mis primeros años de universidad existían gracias a magníficos académicos y autores que reunieron mitos y leyendas, transmitidas de manera oral y escrita. Lo particular de este volumen es que, en lugar de contarlas por separado, de manera independiente, se hallan integradas en una sola narrativa cronológica.

Extraída de una gran variedad de fuentes (particularmente, textos en náhuatl y maya tales como el Popol Vuh, Cantares mexicanos, el Códice de Chimalpopoca, Primeros memoriales y el Códice florentino), esta nueva versión ignora el límite entre lo legendario y lo histórico. Mi intención ha sido unir los mitos y leyendas, organizando los relatos para reconstruir el pasado mítico de Mesoamérica, desde la creación del mundo hasta la llegada de los españoles.

Como autor y traductor mexicanoamericano, mi intención es transmitir la tradición a las siguientes generaciones. Mi versión presenta estas historias con respeto e intimidad, como si narraran eventos históricos. Sin embargo, teniendo en cuenta el conocimiento popular actual, utilicé diversas técnicas para crear estas versiones. Algunas de las historias tan solo las traduje, con ciertos ajustes editoriales para adaptarlas a la narrativa general. Otras, son adaptaciones más flexibles de mitos y leyendas, con traducciones parciales. Muchas son apenas recuentos de historias transmitidas, por lo general, de forma oral.

Varios de los mitos incluidos son síntesis de múltiples fuentes, entretejidas para formar una narrativa coherente dentro de la secuencia cronológica del libro. La mayor parte de las veces, combiné textos de una misma tradición cultural. Por momentos, sin embargo, mezclé las cosmovisiones maya y azteca, siempre que la evidencia sugiriera la existencia de una mitología mesoamericana más antigua de la cual se hubieran desprendido ambas. En tales casos, mi intención no fue borrar la singularidad de ambas culturas, sino reflejar el mestizaje híbrido que desde hace mucho tiempo ha alimentado la identidad mexicana.

Al final encontrarán notas sobre las fuentes consultadas, y una bibliografía completa. Mi esperanza es que la historia mitológica que he tejido intrigue o emocione a los lectores y los inspire a sumergirse en los textos originales, tal y como hice yo con la intención de encontrar una parte de mí reflejada en esas palabras antiguas e inmortales.

DAVID BOWLES
22 de agosto de 2016

Título

parte1
Título

Convocación

Observen nuestro amado México. Los poetas antiguos le han dado nombres tan hermosos…

El ombligo de la luna

El pilar del cielo

La región rodeada por mares.

Desde el istmo y la península selvática hasta las montañas nubosas y los brutales desiertos, México ha sido cuna de docenas de naciones a través de milenios. Todas han adorado la divinidad a su alrededor, y dibujado nombres e historias que son eco unas de otras y únicas a la vez.

Si escuchan con atención, podrán oír las voces de los ancestros que murmuran con insistencia, en diferentes idiomas y a través de los años, que no olvidemos de dónde venimos, cómo surgió México y el precio que pagaron para forjarnos como somos.

¿Pueden oír el coro antiguo, cantando al ritmo del tambor y acompañado por el quejido ronco del caracol? Es el canto de la flor, el himno sagrado. Escuchen, hermanos: recojan fragmentos de la melodía. Cantemos las imágenes de antaño con nuevas palabras.

¿Pueden ver los telares de nuestras abuelas, que mezclan colores que son la trama de tantas tribus? Se despliegan a través de las eras, raídos o desbaratados por el tiempo y la conquista, como rebozos gastados. Tomen las hebras, cada uno, y tejan conmigo la tela multicolor de nuestra historia, desde el vacío oscuro de la obsidiana hasta el destello del acero extranjero en la costa.

Empecemos por el principio.

Título

Orígenes

El dios dual

Nunca hubo algo parecido a la nada.

Antes de que tú, yo o cualquier cosa existiera, el universo estaba lleno de una misteriosa fuerza vital llamada ku o téotl. Quieta y en calma, esta energía divina mezcló murmullos lentos que se extendieron en ondas lánguidas a través del inconmensurable espacio.

Entonces, en el centro del cosmos la fuerza se contrajo y dio lugar a un poderoso ser con dos mitades complementarias, que podríamos llamar masculina y femenina. A este dios dual, Ometéotl en la lengua nahua, los antiguos le llamaban cariñosamente nuestros abuelos. Ometéotl empezó a soñar y a hablar consigo mismo sobre esos sueños, describiendo un mundo vasto y un cielo con varios niveles, habitados por criaturas tan distintas y maravillosas que solo con imaginarlas se alegraba.

Y ahí, en ese lugar primario de autoridad, en el centro de todo, Ometéotl comprendió que podía ser un espejo donde esos sueños se reflejaran y de donde emergieran para cobrar vida.

Aun siendo uno, sus dos mitades se distinguían cada vez más. Por ello les damos muchos nombres: Constructor y Modelador, Señor y Señora de la Dualidad, Diosa y Dios que nos Sostiene, Casamentero y Partera, Abuela y Abuelo. Ambos llevaron la fuerza vital hacia dos direcciones, moldeándola para formar el mar cósmico abajo y el cielo desierto arriba.

Desde la profundidad de las aguas eternas, nuestros abuelos sacaron un leviatán inmenso, Cipactli. Con su piel nudosa y sus dientes afilados cual navajas, la bestia, una mezcla atemorizante de reptil, anfibio y pez, merodeaba los mares. Siempre hambrienta, Cipactli no se quedaba quieta, se hundía en busca de comida. Nuestros abuelos, que aspiraban a construir un mundo sobre el lomo del monstruo, comprendieron que la creación era una tarea más compleja de lo que habían imaginado.

Necesitaban ayuda para terminar su labor.

Señor del Tiempo y dios antiguo

Entonces apareció otra figura, para deleite de Ometéotl, quizá formada a partir del ciclo de las corrientes infinitas del mar cósmico. Muy joven y de color azul turquesa, el recién llegado cargaba un pedernal en cada mano. Al chocarlos, lanzaba chispas y calor a través del universo. Con su nacimiento, el tiempo inició su curso al fin; sus engranajes superpuestos marcaban lenta pero interminablemente el paso de los días y los años. Por eso nuestros abuelos lo llamaron Xiuhtecuhtli, Señor del Tiempo, y lo volvieron dios del fuego.

Al igual que Ometéotl, el Señor del Tiempo tenía una naturaleza dual: podía transformarse a voluntad en su nahual o forma espiritual, que era una serpiente de fuego parecida a un dragón, cuyo cuerpo enroscado simulaba los ciclos de las eras. Por fin, conforme se descifraron los círculos complejos del tiempo, estableció dos calendarios para gobernar la vida en Mesoamérica: los años sagrados y los solares, que se hallan entrelazados y siempre en movimiento.

Al concluir el primer año de vida de nuestro universo, se suscitó un cambio en el Señor del Tiempo: comenzó a debilitarse, encorvándose y arrastrando los pies a través del cosmos. Su cabellera se volvió delgada y gris. Su piel arrugada le colgaba. En una palabra, envejeció. Finalmente este dios viejo se recostó, superado por la sombra de algo que aún no había entrado al universo: la muerte. Pero, justo cuando titilaba débilmente el último atisbo de vida en su alma, nuestros divinos abuelos, que habían aprendido el valor del tiempo, sacrificaron un poco de la fuerza misteriosa de la que habían surgido para llevar de prisa esa energía al dios moribundo y devolverle su vitalidad juvenil, de modo que pudiera cumplir otro ciclo. Así pues, renovamos cada año al entregarle algo querido, enviando el poco poder que poseemos al corazón del Señor del Tiempo.

Hermanos y guardianes de la Tierra

Nuestros abuelos se dieron cuenta de que podían desdoblarse, dar vida a una descendencia divina y poderosa que los ayudara a crear y conservar el mundo que habían imaginado. Primero trajeron al mundo a dos hijos, fuerzas opuestas y complementarias a la vez. Serpiente Emplumada surgió del mar cósmico y voló atravesando el cielo infinito. Su largo cuerpo ondulaba con plumas de colores brillantes, rojas, verdes y azules. Corazón del Cielo cobró vida dentro de un remolino en el cielo antes de caer hacia las aguas y girar con la violencia de un ciclón. Una espiral de humo oscuro se elevaba del espejo negro que había en su frente. Ambos miraron a su progenitor dual y esperaron sus indicaciones.

—Mis poderosos hijos —dijo Ometéotl—, cada uno de ustedes tiene la mitad de la llave de la creación. Serpiente Emplumada, tú representas el orden y el cuidado amoroso, la estructura que surge de la compasión. Corazón del Cielo, tú ejerces la fuerza, la pasión, el conflicto, la voluntad de destruir y volver a empezar. Juntos crearán un mundo sobre el que nuestros hijos puedan prosperar y trabajar para que las ruedas del tiempo sigan girando eternamente.

Al principio, los hermanos pasaron años probando los límites de su poder. Cada uno descubrió que poseía un nahual. Serpiente Emplumada podía convertirse en un inmenso perro que cargaba luz y fuego. Con esta apariencia se llamaba Xólotl, gemelo o doble. Corazón del Cielo podía transformarse en un enorme jaguar (Tepeyóllotl, Corazón de la Montaña), cuyas pisadas harían temblar la tierra algún día.

Al fin, los hermanos se reunieron y consideraron la visión de sus padres, un mundo sobre las aguas del vasto mar cósmico. Meditaron mucho sobre cómo podían cumplir ese sueño, y debatieron juntos durante varios ciclos del tiempo. Por fin llegó el día en que Serpiente Emplumada convenció a Corazón del Cielo de que debían intentar hablar con el gran leviatán hambriento, Cipactli. Lo llamó con voz tranquila y resonante, y la bestia emergió de las profundidades.

—Poderoso Cipactli —dijo Serpiente Emplumada—, nuestra madre-padre, el dios dual, te eligió para cargar la tierra sobre tu lomo. Tu fuerza hace que seas el único ser capaz de esta hazaña. Todos los habitantes de la región rodeada por mares glorificarán tu nombre, llamándote Soberano de la Tierra.

—TENGO HAMBRE —rugió Cipactli—. ¿DE QUÉ ME SIRVEN LAS ALABANZAS?

Corazón del Cielo se acercó al leviatán.

—Quienes vivan sobre tu amplio lomo saciarán tu hambre con muchos sacrificios, bestia. Tantos como pidas.

Con un gruñido, Cipactli se giró en las ondas y cerró su terrible mandíbula sobre uno de los pies de Corazón del Cielo, lo arrancó y se lo tragó.

—¡TENGO HAMBRE AHORA!

Corazón del Cielo, enojado y con dolor, comenzó a girar violentamente, atacando al leviatán. Serpiente Emplumada se apresuró a ayudar a su hermano, enroscándose alrededor de Cipactli para que no se pudiera mover. Juntos partieron en dos a la masiva bestia, que ya no pudo volver a sumergirse nunca más.

—Ahora comienza el verdadero trabajo —dijo Serpiente Emplumada a su hermano—. Debemos crear un mundo habitable sobre esta espalda escarpada. Solo entonces podremos crear vida nueva, criaturas para quienes seamos protectores y guardianes.

Corazón del Cielo miró su pierna. Donde antes había estado su pie sobresalía un hueso. Arrancó el espejo humeante de su frente y lo adhirió a su pierna mutilada.

—Protectores, seguro. Pero también jueces, listos para castigar cuando se haga un mal.

Serpiente Emplumada miró a su hermano en silencio. Comprendía la indignación de Corazón del Cielo, pero tenía la esperanza de que, con el tiempo, pudiera hacer algo para apagar la furia incandescente en su alma. Ahora, sin embargo, tomó la cola de Cipactli, que habían cortado en la pelea, y la colocó en el centro de la recién formada tierra.

—¡Conviértete en árbol! —gritó—. Húndete profundamente en las entrañas del mundo. Deja que tus raíces se extiendan hacia los cuatro confines de la tierra y hagan brotar cuatro retoños. Crece alto, extiende tus ramas para sostener los cielos lejos de la tierra, de modo que los futuros habitantes del mundo rodeado por mares puedan vivir y respirar, y contemplen con asombro el universo.

Así cobraron vida los cinco Árboles del Mundo, listos para servir de portales entre la vasta extensión del cielo, la superficie de la tierra y los huecos hambrientos y oscuros que alguna vez ocuparon las vísceras del leviatán.

Los hermanos contemplaron su obra, satisfechos con el principio.

La madre, la protectora y los nuevos dioses

La dimensión femenina de Ometéotl, nuestra amada abuela, comprendió la necesidad de la maternidad, de que alguien cargara, nutriera y protegiera a la generación de dioses que debía preparar la tierra para sus futuros habitantes. Se desdobló entonces, dando vida a la Divina Madre y a la Protectora. Cuando las tuvo ante sí, tomadas de la mano, se dirigió a ellas:

—Tú, Divina Madre, encarnación del amor, los cuidados y la entrega, serás llamada a lo largo de las eras con muchos nombres: Quilaztli, Tonantzin, Reina de los Cielos. Dioses y mortales por igual guiarán su mirada hacia ti en busca de consuelo en tiempos de oscuridad, y tú verterás compasión sobre sus cabezas.

Y continuó:

—Y tú, Protectora, reflejarás los demás elementos de la maternidad: la fuerza para enfrentar un gran dolor, la lucha incesante, la fiereza para mantener a los hijos a salvo. Ixchel, te llamarán. Cihuacóatl, mujer serpiente. Las parteras y las mujeres que estén dando a luz clamarán tu nombre en su angustia, con miedo y desesperación, y tú las ayudarás en la batalla para traer vida al mundo.

Y entonces la Divina Madre dio a luz a la segunda generación de dioses: Tláloc, dios de la lluvia, con anteojos y colmillos, y cuyo poder podía alimentar o ahogar al mundo; Xipe-Tótec, dios de la primavera, que mudaba de piel cada año, cual corteza reseca, para renovar la vida; Xochiquetzal, diosa de las flores y la fertilidad, que vistió la tierra con color; Chalchiuhtlicue, diosa de los ríos y los lagos, que vertió agua dulce sobre su falda de jade verde para que fuera bebida y usada en los bautizos. Y eran solo los comienzos. Nacieron más y más divinidades, desde los dioses del maíz y el maguey hasta deidades de la piedra, las estrellas y la muerte misma. La Divina Madre y la Protectora los reunieron, y llamaron Tamoanchán al hogar, que quiere decir el lugar del nuboso cielo. Ahí, encima de la recién formada tierra, los seres divinos enfrentaron sus destinos.

Con el tiempo, los jóvenes dioses iniciaron su labor. Con manos amorosas, transformaron a Cipactli, insaciable y rota, en la frondosa Mecihtli, nutridora Diosa de la Tierra y fuente de fertilidad. Sobre su vasta piel formaron montañas y arroyos, crecieron árboles y planicies, modelaron bestias y aves que alegraban la mirada y el corazón. Prepararon el mundo para la llegada de los seres humanos, criaturas encargadas de alabarlos y sacrificarse para mantener girando las ruedas del tiempo.

Título

Los cielos y el inframundo

Mientras los jóvenes dioses preparaban la tierra para la llegada de la humanidad, Serpiente Emplumada y Corazón del Cielo comenzaron a ordenar el universo para dar sustento al incipiente mundo. Construyeron sobre las copas de los Árboles del Mundo, y estratificaron el cielo en franjas de energía divina que sumaban trece niveles, para reflejar la perfección del calendario sagrado. El primer nivel se reservó para la luna, la que por voluntad de los hermanos iluminaría la noche. Encima estaba el cielo de las estrellas, miles de gemas luminosas que alegrarían las almas errantes. La luz más brillante de todas, el sol resplandeciente, cruzaría el firmamento en un tercer cielo, más allá de estas joyas astrales. Su creación sería el logro supremo de los hermanos.

Serpiente Emplumada, queriendo permanecer junto a su obra, reclamó el cuarto cielo para sí. Puso los cometas y las estrellas fugaces sobre su cabeza, en el quinto nivel, para que lo separaran del oscuro espacio del sexto cielo, en cuyo verde profundo su caótico hermano eligió girar sombríamente.

La séptima capa era de un azul resplandeciente, el cielo que vemos de día, cuando el sol dibuja su arco de horizonte a horizonte. Encima, Corazón del Cielo preparó el cielo de las tormentas, una región violenta donde residen el viento, el rayo y el trueno, como si chocaran enormes cuchillos de obsidiana.

Los niveles restantes los apartaron para los dioses. Después del deslumbrante firmamento blanco, amarillo y rojo, los hermanos establecieron Tamoanchán en el doceavo cielo y cúspide celestial, un paraíso que jamás podrían describir acertadamente las palabras. Así fueron consagradas para siempre en las alturas nuestra Divina Madre y la Protectora, en una magnífica ciudad construida por manos divinas, con torres escalonadas y avenidas anchas, cuya pálida sombra en la mente de los hombres es Teotihuacán, ciudad de dioses.

Más allá se extendía el decimotercer cielo: Omeyocán, Lugar de la Dualidad, morada de nuestros amados abuelos. En lo profundo de su inescrutable corazón se encontraba Tonacacuahuitl, el Árbol Madre, donde las almas de los seres humanos comenzaron a florecer, nutridas como bebés del seno de su madre. Allí también, encendido con la energía de cada sacrificio sagrado, el Señor del Tiempo miraba los engranajes del cosmos girar, girar y girar.

Al completar estas labores, Serpiente Emplumada y Corazón del Cielo descendieron a la región rodeada por mares, que descansaba en el corazón del vasto mar cósmico con el extenso dosel celeste sobre él. Dividieron el mundo en cuatro partes: norte, sur, este y oeste, con el Árbol del Mundo en la intersección de una gran cruz, el eje del universo.

—Ahora —dijo Corazón del Cielo— la vida tiene un hogar, con protectores que la conserven. De igual manera, hermano, debemos crear un dominio para la muerte. Así como el Señor del Tiempo envejece, muere y se renueva, la tierra debe enfriarse y quedar yerma antes de renacer. Y los humanos deben sentir el aguijón de la mortalidad. Sus almas deben tener su propio trayecto en el ciclo cósmico. Ven conmigo, hagamos un inframundo, nivelado como los cielos, para purgar sus almas después de la muerte y devolverlos al origen.

Pero Serpiente Emplumada se negó.

—No todas las almas deberían enfrentar el mismo destino, hermano. ¿Qué hay de quienes entregan voluntariamente su vida para prolongar la existencia? ¿O de los niños que mueren antes de haber comenzado realmente a vivir? Debe haber excepciones.

Discutieron durante algún tiempo, y finalmente Corazón del Cielo se fue al norte, donde descendió al interior de Cipactli, dividido en cavernas enormes por las raíces de los Árboles del Mundo. Ahí se desdobló en dos seres más: el Rayo Naciente y el Rayo Repentino, también llamados Tezcatlipoca Azul y Rojo.

—Los tres somos uno —les dijo—. Juntos moraremos en lo profundo de las entrañas de esta criatura, despreocupados de su dolor, y dibujaremos un camino de flagelación para el alma humana. Nueve niveles tendrá el Reino de los Muertos. Primero, un río de corriente turbulenta y rauda, profundo y ancho. Ningún hombre o mujer podrá vadear sus aguas solo, para recordarles su inherente debilidad. Necesitarán un acompañante, un animal fiel y genuino. Sí, las familias enterrarán un perro con sus muertos, y sobre su lomo cruzarán.

”Abajo levantaremos montañas majestuosas, que se moverán y chocarán, moliendo la piedra y la arena. Aquí los muertos aprenderán que no tienen tiempo que perder: la velocidad es esencial en la muerte tanto como en la vida. Después descenderán hacia un nivel de filosa obsidiana en donde comenzará el trabajo de su desollamiento. Otra región de vientos cortantes que laceran con rígida crueldad continuará esta labor, hasta volverlos tan ligeros que los torbellinos de viento del quinto nivel ondeen sus formas como estandartes en jirones.

”Aún más profundo dejaremos un camino angosto por el que deberán transitar los muertos, mientras los atraviesan miles de flechas y dardos, hasta emerger en el séptimo nivel, donde los jaguares al fin devorarán su corazón, liberando el núcleo de su alma. Más allá cavaremos una pileta para llenarla con el agua más oscura y fría del cosmos. Al atravesar ese lago, arrancaremos al alma humana todos sus recuerdos, cada retazo de su existencia física.

”Finalmente, en el corazón del Reino de los Muertos levantaremos un palacio majestuoso, tallado en los propios huesos de la tierra. Ahí las almas se presentarán ante el rey y la reina poderosos que gobiernan este negro dominio. Si realmente quedaron despojados de su carne, serán admitidos en el olvido, y si fuera la voluntad de Ometéotl tendrán la posibilidad de renacer.

Así lo declaró Corazón del Cielo, y comenzó su creación junto con sus hijos. Cuando el mundo subterráneo ya estaba listo para cumplir su propósito, asignó un señor a cada nivel para que vigilara su función. Luego trajo del doceavo cielo a Mictecacíhuatl y a Mictlantecuhtli, la diosa y el dios de la muerte, y los colocó en sus tronos, ahí, en el nadir del universo.

—Contemplen su reino. Gobiérnenlo bien, con sabiduría. Llénenlo con todos los terrores que consideren apropiados. Conviértanlo en el hogar del miedo. Solo cuando los humanos teman a la muerte podrán valorar la vida. Y el miedo ayudará a arrancarles la piel en su viaje inframundano, hasta que no queden más que sus huesos y su alma. Que no venga nadie que no sean los muertos. Nadie. Ni siquiera mi hermano.

En la región rodeada por mares, Serpiente Emplumada también se ocupaba de la muerte. Al ver la entrada al inframundo en el Norte, confeccionó paraísos en las otras tres direcciones. En el Este estableció Tonatiuhchan, la Casa del Sol, tierra brumosa con flores y aves de brillante plumaje. Ese sería el destino de los hombres que entregaran su vida, ya fuera en sacrificio o en batalla, para asegurar que el cosmos continuara en movimiento. Cada mañana, transformados en mariposas, colibríes y otras preciosidades aladas, sus almas acompañarían al sol en su ascenso por el cenit, volviendo para disfrutar de la belleza fresca de su hogar eterno. Cada cuatro años volarían de nuevo a la región rodeada por mares para beber de sus flores y entonar los cantos divinos que alegran los corazones de los vivos.

En el Oeste, Serpiente Emplumada estableció Cihuatlampa, el Reino de las Mujeres Nobles, un lugar de eterno descanso para las madres que mueren dando a luz. Transformadas en guerreras, ya que perdieron la vida en la batalla más importante de la existencia humana, estas mujeres acompañarían al sol cada tarde al deslizarse por el cielo poniente. Serpiente Emplumada quería que las madres pudieran visitar la tierra como los guerreros hombres, pero comprendía que la añoranza por los hijos que perdieron las volvería peligrosas. Su viaje a la región rodeada por mares se daría cada cincuenta y dos años solamente.

En el Sur, el dios creador forjó un frondoso Tlalocán, Reino del Agua, una tierra repleta de fuentes, arroyos, lagos y manantiales. Allí, cada fruto bueno y útil crecería en abundancia, y en cada rincón se escucharía el eco del croar de las ranas y el piar de las aves. Para gobernar ese paraíso, Serpiente Emplumada llamó al joven dios Tláloc.

—De esta fuente de agua fresca darás al mundo la lluvia. Pero el preciado líquido, esencial para la vida, no brotará eternamente. Como todo lo demás, debe renovarse. Cada muerte provocada por la lluvia canalizará energía divina hacia tu dominio. Aquellos que se ahoguen, que sean golpeados por un rayo, que padezcan una enfermedad o luchen con deformidades… asegurarán la caída de la lluvia dadora de vida. En tiempos de sequía, los humanos pueden elegir entregar su vida para que caiga agua de los cielos. Su sacrificio también será tuyo.

”Las almas de todos estos muertos poblarán tu reino. Aquí no sufrirán más. Al contrario, se deleitarán en la abundancia que he preparado para ellos.

Finalmente, Serpiente Emplumada pensó en la peor tragedia que enfrentaría la humanidad: la muerte de los niños, la interrupción de la joven vida. En busca de una respuesta, extendió sus verdes y relucientes alas, y ascendió al Omeyocán. En presencia de nuestros abuelos, contemplando con esperanza y amor las almas humanas que apenas comenzaban a florecer en el Árbol Madre, el dios creador expuso su argumento.

—Las almas de los niños que no hayan comenzado una verdadera vida —comentó—, deberían regresar aquí, a su lugar de origen, para esperar un nuevo renacer, otra oportunidad de ser felices.

Ometéotl estuvo de acuerdo.

El corazón de Serpiente Emplumada se regocijó. A pesar de la voluntad iracunda de Corazón del Cielo, la muerte podría infundir esperanza, además de miedo.

Título

Las tres primeras eras del mundo

La primera era

Había llegado el momento. Después de cuidar con amor la creación, los jóvenes dioses se fueron a sus moradas celestiales. Serpiente Emplumada y Corazón del Cielo se fueron a la región rodeada por mares, y se

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