Historias de una pandemia

FRANCISCO MORENO SANCHEZ

Fragmento

Título

PRÓLOGO

Decía el médico francés René Leriche que “la salud es la vida con el cuerpo en silencio”, y así estábamos antes de que comenzara la pandemia de COVID-19. En silencio y quietud. Claro que era así, pero visto a posteriori. Porque para quienes vivimos ese último diciembre de 2019, ése en el que aún no conocíamos al nuevo coronavirus, las agendas eran ajetreadas, los compromisos demasiados, la cotidianidad un torbellino. Nos entreteníamos en una vida saturada de un sinfín de pendientes, encarrilados en rutinas inerciales sin distraernos con la posibilidad de que pudieran ser desviadas.

Algunos lo llamarían un rinoceronte gris: ahí estaba latente la amenaza de una pandemia; de una tormenta de varias toneladas y con filosos cuernos apuntándonos de frente, y nosotros, ilusos, sesgados, sin ningún tipo de preparación. Inmóviles. Ignorantes. Quietos en nuestra supuesta realidad dinámica, muy cómodos, pero realmente sin actividad, en silencio. Ocurriría en algún momento, sí, sin duda; era inminente. Pandemias ha habido varias, ésta no será la última. Enfermedades tenemos constantemente nuevas y ésta quizás ni siquiera será la peor. Pero los tiempos tan particulares, las circunstancias del mundo interconectado eran dignas de reconocer.

Especialmente en los últimos 20 años vimos emerger cinco epidemias que pusieron en alerta a la humanidad, dos precisamente por el coronavirus que desconocíamos; y, por si fuera poco, cada vez presentándose con menor intervalo de tiempo. Queda más que claro que los humanos, los únicos seres vivos con capacidad de crítica y conciencia, tenemos la destreza de decidir qué querer ver y qué no observar. Cuando oímos, pero no escuchamos. Y pues, por fortuna, también el rinoceronte estaba aparentemente anestesiado; al menos de frente parecía tranquilizado, en una perfecta ilusión óptica, ya que hoy, visto en el retrovisor, cambiaríamos esa incrédula suposición. Y quizás de ahí tendríamos que aprender la primera y más valiosa lección. Usar antifaz es sumamente riesgoso. Lo pagamos con la vida misma. Con nuestro mayor y único tesoro.

Pero como ya sabemos, no quedó de otra. Ese cuerpo que teníamos adormilado tuvo que dejar de hibernar. Los organismos internacionales, los sistemas de salud pública, el cuerpo de médicos y trabajadores de la salud, los torrentes de científicos y cada célula de cada ser, todos tuvimos que despertar. Romper ese silencio. Detener esa inercia. Y desde cada esquina del planeta esférico, en la individualidad y con la diversidad de voces, residieron no una pandemia, sino siete mil millones de versiones de pandemias.

Siete mil millones de testimonios que para los humanos del futuro resonarán al unísono, como una sola historia; pero cada uno de los (sobre)vivientes sabemos que el coro está realmente compuesto por una gigantesca cantidad de voces: con tonos, timbres, intenciones y volúmenes diferentes. Todos los que participamos en el escenario pandémico somos dignos actores de escribir el libreto, por derecho. Sí, el fenómeno fue uno, la función fue en singular, pero sólo se comprende a través del riquísimo caleidoscopio que construye la diversidad de interpretaciones de la misma realidad.

Y es que cada uno conocimos la COVID-19 con otros ojos, la tocamos con otros corazones, la procesamos con otras mentes y la sentimos con otras emociones; marcadas sí, en parte, por la latitud y las experiencias previas, sin duda por la vocación y los vínculos cercanos. Pero es que, incluso en una misma familia, nadie la vivió igual. Nadie la sufrió o enfrentó de la misma manera. Nadie la puede ni contar con las mismas palabras, ni entender con iguales explicaciones, ni superar de la misma forma. Por eso la compilación de narrativas individuales es esencial: conforman los matices de los archivos de esta pandemia. Muestran su complejidad. La hacen personal. Y lo más valioso es que no queden como historias aisladas, tal como fue el vivir y morir durante su desarrollo, sino que más bien se tejan en un conjunto; y que algunas sean rescatadas bajo un mismo contexto como lo ha hecho en este libro el doctor Francisco Moreno Sánchez en un esfuerzo admirable, y que es hoy, y será en la posteridad, extremadamente bien agradecido.

Varias células aisladas no forman un corazón que late. Lo dice de otra forma la poeta Muriel Rukeyser, “el Universo está hecho de historias, no de átomos”. Y quizás ahí precisamente está la esencia de la misión del médico: en resolver historias humanas embebidas entre los átomos de sus pacientes. Ahí, en ese momento en que el cuerpo deja el silencio y habla, cuando a veces grita, el médico pone atención y escucha la historia. Cura. Devuelve la tranquilidad a los “átomos”.

Y así fue tal cual el día en que hace varios años, tumbada en una cama de hospital, vi entrar al doctor Francisco Moreno Sánchez, quien dejando de lado lo que pasaba en su vida personal me escuchó y logró darme paz; a pesar de mi miedo supe que saldría adelante, que mi cuerpo regresaría al silencio gracias a la maestría tan diestra de mi médico. Sin embargo, años después, en marzo de 2020, al salir de su consultorio tras nuestra primera charla en torno a la apenas declarada pandemia, sentí un vacío en el pecho, un hoyo en el estómago, comprendí la preocupación de mi hoy amigo Paco: “El mundo ya cambió para siempre”, me dijo con aplomo y desesperación. Él veía lo que muchos difícilmente distinguíamos, lo que preferíamos negar. El mismo hombre de ciencia que con asertividad reordenó los “átomos” durante mi enfermedad, se avocaría ahora a dar certidumbre, a ser guía y vocero, y a escuchar cientos e incluso miles de historias pandémicas entre el caos, a regresarnos ese anhelado silencio: la tranquilidad.

Y en estas páginas tienes en un tono honesto y lleno de generosidad la posibilidad de ser parte de una heroica travesía, de conocer las aristas y la magnitud de la complejidad que se vivió durante los primeros dos años de pandemia: desde otra óptica, desde la auténtica perspectiva del doctor Francisco Moreno Sánchez. Historias de sufrimiento, de cansancio perpetuo, de muerte, de sacrificio, adaptación y también de triunfo y supervivencia.

Así, tienes en tus manos la voz de un gran médico que a través de estas letras deja entrever aciertos y visibiliza con precisión errores, para compartir y aprender; pero, sobre todo, para no olvidar. En este libro tienes la visión de un brillante infectólogo que con premura identificó el riesgo de ese rinoceronte amenazante y decidió, lleno de convicción, no permanecer en silencio; gracias por hacerlo: ya que “quien salva una vida, salva al mundo entero”, dice la Mishná, y él ha salvado sin duda muchos mundos. Encontrarás también el valor de un ser humano que, como confiesa, lleno de sensibilidad a través de su prosa, tuvo que enfrentarse a días y noches de decisiones difíciles sin perder de vista la misión por conservar la vida y la dignidad del prójimo. Que, en su narrativa, nos regala testimonios para reflexionar y crecer, para agradecer, honrar y recordar, y que trascienden porque existieron, por su enorme fragilidad. Y donde entre líneas el autor revela su enorme calidad humana, su compromiso con la ciencia, su cruzada por la búsqueda de la verdad, su pasión por servir y la incansable, y a veces frustrante, lucha en contra de la enfermedad.

Una lucha que todos emprendimos, pero cuyo campo de batalla no era en nada igual. Los retos eran muy distintos. Y por ello es que en la lectura de estas páginas cada quien hallará otro significado… ¿Cuál será el tuyo?

Porque al final lo importante no es qué sucede con los personajes de las historias, sino cómo sucede… porque en ello reside que nos identifiquemos con las decisiones, objetivos y conmovedores conflictos. Para que asumamos cierta responsabilidad por evitar próximas crisis y celebremos a la vez la vida misma, con gratitud y humildad: ver el pasado con la idea de construir un mejor futuro. Que experimentemos en cada capítulo el maravilloso poder de la evidencia, del pensamiento científico, aun sin ser científicos de profesión. Y que, con suerte, en este ejercicio de lectura, y también de escritura, como nos invita el autor, purguemos nuestra necesidad de digerir lo (sobre)vivido. Nadie nos preguntó si queríamos subir al escenario. No fue un rol que adquirimos por elección.

Dicen que la suerte no existe como tal, que más bien ésta resulta de estar en el momento correcto con la preparación adecuada. Y quizás es por ello que en nuestros momentos más vulnerables nos sentimos tan afortunados de estar cerca de gente con sabiduría, claridad y conocimiento. Qué suerte la mía que mi pandemia, una de los siete mil millones que existieron, haya ocurrido cerca de un hombre, de un ser humano, de un médico de ciencia, de un amigo que lo dio todo para que hoy estemos tú y yo aquí, en salud, en quietud, leyéndolo.

Gracias, Paco.

CAROL PERELMAN, mayo de 2022

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INTRODUCCIÓN

El mundo cambió en 2020, todo parecía llevar su ritmo, nos preocupábamos por el trabajo, la economía, la política. En la mayoría de los casos teníamos una rutina que en ocasiones nos aburría pero que, en lo general, nos daba la estructura de la vida que llevábamos. Sabíamos que teníamos que compartir las horas de empleo con las de entretenimiento. Nos preocupábamos por los problemas del negocio, los gastos de la casa, la inflación. Durante el fin de semana nuestra mayor inquietud era tener tiempo para ver a nuestro equipo favorito, ser de los primeros en ver el estreno de la película más nominada a los premios anuales o aquella obra de teatro que tanto se comentaba.

Los niños tenían sus horas de escuela, sus clases de natación, futbol, gimnasia, ballet; la convivencia con los amigos, las carreras en bicicleta, los patines o la pelota eran parte de la cotidianidad de la niñez. También lo eran las reuniones de adolescentes, acompañadas del coqueteo, de la conquista, del tabaco prohibido; las parejas de jóvenes que iniciaban una relación con la idea de poder pasar el mayor tiempo juntos; los novios que planeaban la boda con cientos de invitados, con todo listo, invitaciones repartidas, vestidos comprados, salones apartados; las reuniones de amigos, el dominó, los juegos de mesa, el café, las juntas de trabajo, las comidas de negocios, el asado del domingo viendo la final de la liga de futbol preferida.

Vivíamos en la planeación del futuro, las vacaciones se decidían con meses de anticipación, se nos olvidaba el hoy, porque nos urgía llegar al mañana. Los lunes discutíamos el juego del domingo esperando que llegara el fin de semana para tener otra oportunidad de descansar, viajar o simplemente estar con la familia. Queríamos más tiempo libre, menos problemas laborales, una vida menos acelerada, ya que el tiempo no alcanzaba. Cuántas veces pensamos que ojalá pudiéramos tener más días “libres”.

Poner un freno a esta rutina parecería una película de ciencia ficción. Quién se hubiera imaginado las escenas del abril de 2020: escuelas vacías, la gente caminando en las calles con miedo y con mascarillas en la cara, la ausencia en cines, teatros, conciertos; deportes profesionales suspendidos, fronteras de países cerradas. De un momento a otro, no podías viajar, no podías ir al cine, era peligroso reunirte con tus amigos. Las escenas que dominaban las noticias eran ciudades con calles vacías, hospitales llenos, gente con máscaras y, más que nada, la expresión de terror en los ojos del mundo. En muchos lugares por obligación y en otros por conciencia de lo que sucedía, la gente aprendió el nombre de una palabra, de una acción que meses antes hubiera parecido irreal: confinamiento. Si quieres sobrevivir a lo que está pasando, aíslate, quédate en donde vives y no salgas. Allá afuera hay algo que no se ve, que no sabes dónde puede estar, pero que puede acabar con tu salud y tu vida.

Para el Homo sapiens del siglo XXI, el más avanzado en tecnología, capaz de encontrarse en cualquier lugar del mundo en 24 horas, el que parecía dominar y aprovechar la naturaleza, ese ser humano superpoderoso se encontró amenazado por el microorganismo más pequeño que existe, un virus, un agente infeccioso tan rudimentario que requiere de la invasión de nuestra unidad más simple, la célula, para poder llevar a cabo una función, duplicarse. El humano ha sido capaz de acabar con especies de animales en la tierra, de dominar los océanos, las selvas, los desiertos. Que algo invisible, rudimentario, algo incluso más simple que nuestras células fuera capaz de modificar el planeta era imposible de aceptar.

De un momento a otro el mundo pareció detenerse, se le puso freno al tiempo, se cambió el día a día. La rutina y la planeación cambiaron por el miedo y la incertidumbre. La charla diaria cambió en el mundo: “tengo miedo”, “no quiero enfermarme”, “no quiero que mi familia se contagie”. La salud, ese tema olvidado por conveniencia, y la muerte, esa palabra escondida por miedo, se volvieron parte del lenguaje cotidiano. Las imágenes del papa Francisco caminando por una Roma vacía, los teatros de Broadway cerrados, las olimpiadas de verano suspendidas. Pero más allá de todo esto, aterraba el buscar a alguien que tuviera respuestas claras a lo que estaba pasando, que nos dijera qué estaba ocurriendo, pero todos parecían estar inmersos en la incredulidad. Estábamos acostumbrados a resolver los problemas rápidamente, a escuchar esa voz que te daba la impresión de que sabía lo que te serviría para seguir adelante. Buscábamos a esas personas, a esas voces, y nadie parecía ser convincente. En ese caos generado, en este nuevo mundo, no había quien diera certidumbre.

Cada ser humano ha vivido esta historia de una manera diferente, pero al mismo tiempo con tres de las sensaciones más complejas para el entendimiento: la incertidumbre de no saber el final de esta película, el miedo a resultar afectado en la salud propia o de nuestros familiares y la incredulidad ante lo que sucedía.

En estos capítulos cuento historias reales que ocurrieron durante la pandemia, los nombres han sido modificados en algunas de ellas por razones de privacidad, en otros capítulos se mencionan personajes que de alguna manera influyeron, algunos para bien, otros para mal, en la evolución de esta crisis sanitaria mundial. En el penúltimo capítulo hablo sobre mi historia, cómo he vivido la pandemia, desde que inició hasta el momento en que terminé de escribir el libro. Por último, te pido que escribas tu historia, dejemos evidencia a nuestros hijos, nietos y futuras generaciones de lo que hemos vivido. Tú has sido parte de estos dos años y seguro tienes algo que contar.

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A LA ESPERA DE UNA PANDEMIA

Tenía tres meses de haber empezado la subespecialidad de infectología en la Universidad de Texas en San Antonio, seguía inseguro de poder entender las notas médicas por las abreviaturas utilizadas en otro idioma. Mi preocupación mayor era no cometer errores, venía de un lugar en donde había pasado cinco años y conocía todos los rincones y secretos del hospital que sentía como mi segunda y, no pocas veces, mi primera casa. Ese día recibí la llamada de un neurólogo reconocido no sólo en el hospital universitario sino a nivel mundial. Había tenido la posibilidad de leer algunos artículos de él y ahora no

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