Pobres porque quieren

Máximo E. Jaramillo Molina

Fragmento

Índice

ÍNDICE

  1. POBRES PORQUE QUIEREN
  2. PREFACIO
  3. INTRODUCCIÓN
    1. La perversidad de la narrativa meritocrática: la meritocracia es el discurso de los opresores
    2. La paradoja de la meritocracia
    3. Sobre el libro
  4. MITO 1. LOS POBRES SON POBRES PORQUE QUIEREN
    1. La pobreza como una falla personal
    2. Origen es destino: la realidad del “no querer salir de pobre”
    3. El problema de la pobreza es un problema de desigualdad
    4. Contra la narrativa meritocrática
  5. MITO 2. CUALQUIERA PUEDE SER MILLONARIO
    1. La oligarquía del talento y esfuerzo: las supuestas razones de la riqueza
    2. ¿Genios o nepo babies?: el talento de nacer millonario Para ser rico, hay que nacer rico
    3. Ilegitimidad de las grandes fortunas: socialism for the rich
    4. Desmontar la legitimidad de la riqueza
  6. MITO 3. NO ES EL PATRIARCADO NI EL RACISMO, ES EL CLASISMO
    1. La negación de la raza y el género
    2. Nacer mujer, morena e indígena en un mundo de hombres blancos
    3. Cuidados y colonialismo: la interseccionalidad de la desigualdad
    4. ¿Cómo luchar contra la desigualdad categorial?
  7. MITO 4. LA EDUCACIÓN TE VA A SACAR DE POBRE
    1. Más educación = más riqueza
    2. La mentira del sistema educativo
    3. Desigualdad educativa: el principal motor reproductor de la desigualdad
    4. Una visión distinta de la educación
  8. MITO 5. LOS JÓVENES PREFIEREN NO TENER VIVIENDAS
    1. La irresponsabilidad de las juventudes y la vivienda
    2. No son los Starbucks y los viajes, es que el dinero no alcanza
    3. El Gran Despojo: la vivienda como inversión y el abandono del Estado
    4. Combatir la especulación y regular la vivienda
  9. MITO 6. EL VICIO DE LA DEPENDENCIA: “LOS PROGRAMAS SOCIALES HACEN FLOJA A LA GENTE”
    1. No les des pescados, enséñales a pescar
    2. Cosas que están bien si las hacen los ricos, pero mal si las hacen los pobres
    3. Compartir con los pobres: merecimiento, focalización y estigmas en la protección social
    4. Hacia nuevas concepciones de la política social
  10. MITO 7. LOS POBRES NO PAGAN IMPUESTOS
    1. El beneficio y la dádiva
    2. La caridad de los ricos y la irresponsabilidad de los pobres
    3. (In)justicia fiscal
    4. ¿Cómo arreglar el sistema fiscal? Que los ricos paguen
  11. LUCHAR CONTRA LA DESIGUALDAD. REFLEXIONES FINALES
  12. NOTAS
  13. SOBRE ESTE LIBRO
  14. SOBRE EL AUTOR
  15. CRÉDITOS

PREFACIO

El libro que están leyendo es resultado de meses de constante trabajo en cada uno de los capítulos que lo integran; de investigación, divulgación e incidencia que he hecho buscando una sociedad menos desigual y más justa, desde distintos frentes y con el apoyo de muchas personas, durante los últimos 12 años.

A finales de 2018 comencé el proyecto de divulgación en redes sociales llamado Gatitos contra la Desigualdad, probablemente sin haber anticipado en el impacto que tendría. El objetivo del proyecto era desmontar y combatir los mitos que sustentan la legitimidad de la desigualdad, particularmente la narrativa meritocrática. Para lograrlo, la idea era divulgar información sobre desigualdad con “memes de gatitos”, de forma sencilla y entendible para la mayoría de las personas, sólidamente fundamentada en evidencia científica y buscando proveer una alternativa a la masiva viralidad de las fake news del día a día.

Ese no era el primer proyecto que emprendía para comunicar información sobre la realidad de las brechas de desigualdad que nos separan. Ya en ocasiones anteriores había creado páginas en redes sociales con memes más generales al respecto, e igualmente trabajaba en ese momento en Oxfam México, donde también intentábamos atacar los cimientos de la reproducción de la desigualdad. Lo que me había faltado antes era el vehículo del mensaje: las fotografías de los animalitos más virales de la actualidad, es decir, los gatos. Así, la feliz coincidencia fue que, al adoptar dos gatitos pequeños (que eran hermanitos), tuve la posibilidad de usar sus fotos, editarlas y colocar el mensaje claro y simple con datos de la extrema desigualdad en nuestra sociedad. De ahí en adelante todo explotó orgánicamente. Los gatitos son el caballo de Troya para arremeter contra las creencias sobre la meritocracia.

La realidad es que mi acercamiento al tema venía ya desde años atrás. Para el momento en que comencé dicho proyecto, ya estaba en la etapa final de mi investigación de tesis doctoral, donde planteaba que uno de los mayores responsables de la reproducción de la desigualdad en México era la legitimidad con la que gozaban las brechas de inequidad, la riqueza y la pobreza. Además, con la literatura en estos temas encontraba que el apoyo a las políticas redistributivas podía aumentar cuando quienes no tenían claras las brechas de desigualdad recibían información correcta al respecto.1

De ahí mi interés en la divulgación de información sobre desigualdad para desmontar los mitos de la meritocracia: porque parto de la idea de que esto puede modificar, consecuentemente, las exigencias de la sociedad y llevar a una revolución real contra la opresión y la explotación.

Fue hace casi 10 años cuando publiqué mi primer artículo donde analizaba el mito de la meritocracia en México, aprovechando las palabras de un conductor de Televisa que, enojado, mandaba a los pobres a “chingarle más” y “trabajarle más” si querían ganar tanto como él. Luego, otro reaccionando a las afirmaciones clasistas de un periodista que criticaba a “Brandon y Jovani” (“sus referentes parecen precarios, empezando por sus nombres”, decía el autor en su artículo) por pertenecer a las “hordas urbanas que no tienen más ocupación que fastidiar a los demás”. Y otro en respuesta a una youtuber que estaba en contra de que “los pobres se reprodujeran” y espetaba el clásico “en lugar de apoyar económicamente la irresponsabilidad de las personas, debería ser ilegal tener hijos si no puedes demostrar una estabilidad económica”.2

En este trayecto, y durante los últimos años, se han sumado muchas personas a este barco. Cada vez es más común la crítica a la meritocracia y la desigualdad. Cuando uno observa el interés a lo largo del tiempo medido por Google Trends, al menos para México, es claro que a partir de 2017 aumentaron generalizadamente las búsquedas del término meritocracia, mientras que desigualdad, un término más popular en el pasado, reapareció en las búsquedas en mayor medida al inicio de 2021.

Esto no es casual. Creo que algunos eventos históricos recientes han marcado a la sociedad respecto de sus percepciones en torno a la desigualdad, en particular la crisis financiera de los años 2007-2008 y la crisis económica que acompañó a la pandemia de 2020. A nivel mundial, de igual forma, la publicación en 2014 del bestseller El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, marcaría un parteaguas en la divulgación sobre estos temas. En el caso de México, creo que algo similar sucedió con el informe Desigualdad extrema en México, de Gerardo Esquivel, publicado con Oxfam México en 2015.

De alguna manera, quiero creer que el trabajo hecho por Gatitos contra la Desigualdad desde 2018, y, en general, desde distintos frentes durante los últimos años, ha aportado al menos un granito de arena a este debate público. Un gran agradecimiento merecen las personas que han comentado cómo dicho trabajo les ha brindado nuevas perspectivas o ha reforzado las sospechas que ya tenían de que “algo estaba mal” en la sociedad. Ojalá cada vez sea un tema más comentado popularmente y los cuestionamientos a la legitimidad de la desigualdad se hagan cada vez más comunes.

Asimismo, estos años aportando en la defensa de la dignidad y en contra de la desigualdad también han implicado muchas respuestas negativas. En las publicaciones de Gatitos contra la Desigualdad, y en las propias, hemos recibido ofensas, acoso e incluso amenazas de violencia y muerte. También hemos sido objeto de campañas de desprestigio y nos han cuestionado “qué intereses están detrás de ese proyecto”: les cuesta creer la forma orgánica en que nació y se mantiene.

No soy ingenuo: las élites tratarán de defender sus cotos de poder a como dé lugar y actuarán en contra de quienes tengan que hacerlo. Como dice Michael Sandel en La tiranía del mérito: “Quienes aterrizan en la cima quieren creer que su éxito tiene una justificación moral”. Y esa creencia, muchas veces, será defendida con medios inmorales, incluso violentos e ilegales.

Soy muy transparente en mi posicionamiento político. Este es un libro escrito desde el espectro de la izquierda. Busca el mayor bienestar y florecimiento humano para todas las personas. Es un libro que cree que todo lo que producimos como sociedad debe ser para el disfrute de la sociedad en conjunto. Todo es para todos, porque todas las personas somos responsables, social e históricamente, de lo que algunos acaparan.

Seguramente mi interés político y mi objetivo con este libro están empapados de mi historia personal, y también soy transparente en eso. Escribo desde “de la calzada para allá”, el oriente de Guadalajara. Para quienes no conozcan mi ciudad, se trata de una urbe sumamente segregada de forma espacial, y los ingresos, la riqueza y el poder están acaparados por algunos hogares al poniente de la famosa calzada Independencia, una calle que nos divide objetiva pero también simbólicamente.

Escribo desde el punto de vista de alguien que nació en un hogar vulnerable y precario. Desde el punto de vista de alguien que siempre estudió dentro del sistema de educación pública. De alguien que comenzó a entender la magnitud de las riquezas y las ventajas con las que muchos cuentan cuando salió de su burbuja del barrio y tuvo que viajar cuatro horas diarias a la universidad (que igual era otra burbuja por ser “universidad pública”). Definitivamente, estos sesgos están presentes y tienen que ser puestos sobre la mesa.

Quiero agradecer a todas las personas que han hecho posible este libro. Más que el resultado de méritos propios, este libro es una compleja suma de comunidad, solidaridad y suerte.

En primer lugar, agraceder a Eduardo Flores, a Enrique Calderón, a Scarlet Perea, Diana Sánchez, Elizabeth Sánchez, Carolina Orozco y a todo el equipo de Penguin Random House, por el interés en publicar este libro, la paciencia y el apoyo para lograrlo.

De igual forma, agradezco a la Universidad de Guadalajara (UdeG), donde actualmente trabajo, así como a las distintas escuelas, instituciones y organizaciones por donde he pasado a lo largo de los años, especialmente a El Colegio de México, al programa Atlantic Fellows for Social and Economic Equity (AFSEE) de la London School of Economics (LSE), a Oxfam México y a Fundar, Centro de Análisis e Investigación, entre otras. Por cierto, este libro se escribió en gran medida en las instalaciones de la UdeG, así como en la biblioteca pública Flavio Romero Velasco en Tlaquepaque y en la Biblioteca Estatal de Berlín, por lo que también se les agradece.

Agradezco a mis colegas del activismo, de la academia y mis amistades, quienes todas han dejado huella alguna tanto en mí como en este libro (en orden alfabético): Adriana Montiel, Alejandro Marín, Aline Zunzunegui, Anahí Rodríguez, Anaid Alcázar, Andrés de la Peña, Armando Rosales, Carlos Brown, Carlos Iván Moreno Arellano, Celia Córdova, Daniel Zazueta, Diego Alejo Vázquez, Diego Castañeda, Diego Merla, Emma Oropeza, Hernán Gómez Bruera, Ignacio Lanzagorta, Iván Benumea, Jorge Ramírez, Juan Antonio del Monte, Luis Ángel Monroy, Luis Arévalo, Mariana Casillas, Mariana Ortiz, Melisa Pineda, Milena Dovalí, Paloma Villagómez, Pavel Díaz, Raúl (Ruso) Bravo Aduna, Raúl Zepeda Gil, Regina Ortuño, Roberto Rivera, Rosalba González Loyde, Rubén Aguijosa, Sabino Vázquez, Tania Altamirano, a los Pokestickers y mis amigos de escuela de numerito.

También agradecer a aquellas personas que me han abierto espacios en medios de comunicación y divulgación a lo largo de tantos años, como Ruso y su legendario blog Economía y Sociedad en Nexos, Claudia Ramos (Mala Madre) y las colegas de Animal Político, Luisa Cantú y el equipo de Chilango y Radio Chilango, Omar García, Rubén Martín, Jesús Estrada y todas las de Radio Universidad de Guadalajara, Julieta García y la gente en su momento de Este País, a las colegas que han pasado por los podcast de El Café de la Mañana y de Tribu Política, a Gabriela Warketin y su equipo, así como recientemente el interés de Mario Andrés Dorantes y las colegas de El Universal, entre otros.

Agradecimiento especial a mis mentores: Enrique Valencia, Carlos Barba, Julio Boltvinik; y a mis profesores y profesoras Araceli Damián, Patricio Solís, Laura Flamand, María Jesús García, Nora Ampudia y un número inmenso de maestros que me han formado en mi largo trayecto por la educación pública. Igualmente, agradecer al profesor Jorge López Arce, a quien le habría gustado leer este libro. Y también agradecer a todas y todos los estudiantes a quienes he impartido clase y de quienes he aprendido tanto.

Gracias también a Julio Boltvinik (otra vez), a Alexandra Haas, a Julio Hernández, a Patricia Mercado y al Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quienes tuvieron oportunidad de ver el borrador del libro. Y también agradecimientos especiales a mis queridas amigas, Alma Luisa Rodríguez Leal-Isla, que me ayudó a escribir mi semblanza, y a Monn Vargas, quien me tomó la fotografía que aparece en este libro.

No podría dejar de agradecer a mi familia, nuclear y cercana, sin quienes no habría tenido la formación y el sentido de justicia que me dieron desde pequeño, especialmente a mi madre, mi padre y mi hermana. También a mis abuelos, y especialmente a mis abuelas, que, aunque no tuvieron oportunidad de terminar la educación primaria, eran asiduas lectoras de periódicos o libros de política, y seguramente hubieran estado muy felices de saber de la publicación de este libro.

Por otro lado, también agradecer a mi pareja, Viridiana Montiel, a quien realmente le debo gran parte de este libro por el apoyo, las conversaciones, las ideas, los cuidados y el cariño vertidos durante la escritura del mismo, pero también durante todos los años en que estas ideas germinaron y florecieron, poco a poco, hasta lograr lo que ahora mismo están leyendo.

Y bueno, aunque parezca menor, un enorme agradecimiento a mis tres gatitos contra la desigualdad: Chan, Kato y Gatita, sin quienes seguramente no habría surgido la idea de ese bonito proyecto de divulgación. Claramente, las ideas aquí vertidas son completamente mi responsabilidad, no de mis gatitos.

INTRODUCCIÓN

México y el resto de Latinoamérica son sociedades sumamente desiguales. Pero también son sociedades que creen fervientemente en los mitos de la narrativa meritocrática y, en gran medida, perciben dichas desigualdades como legítimas.

La narrativa meritocrática propone una explicación clara, si bien no necesariamente verídica, sobre las jerarquías y la estratificación social, sobre la riqueza y sobre la pobreza. De acuerdo con esta narrativa, y según el significado específico de la palabra, una sociedad meritocrática es aquella gobernada por los ganadores o los mejores; es el gobierno de los mejores.1 Para esta noción de sociedad, el poder y los bienes económicos son distribuidos entre las personas de acuerdo con sus méritos.2

Así pues, en cuanto a la riqueza, la narrativa meritocrática justifica la posición de las personas acaudaladas en la cima de la estructura social argumentando que tienen más talento, hacen mayores esfuerzos o poseen más creatividad que el resto de la sociedad. En el otro extremo, esta narrativa culpa a los pobres3 de su posición en la base de la pirámide a través de justificaciones sobre su supuesta cultura, pereza y malos hábitos. Ambas explicaciones, sobra decir, son dos caras de la misma moneda.

Bajo la narrativa meritocrática y estas explicaciones de la pobreza y la riqueza, la extrema desigualdad en nuestras sociedades se sostiene porque creemos que es legítima. Creemos que cada quien recibe lo que merece. Creemos que el pobre es pobre porque quiere y que el rico es rico por talentoso y por trabajador.

La conceptualización de la meritocracia fue acuñada por el sociólogo Alan Fox hace ya casi siete décadas, en su artículo “Clase e igualdad”, publicado en la revista Comentario Socialista. Describe la idea de una sociedad meritocrática como una donde aquellos con supuestos talentos y méritos cosechan los beneficios de “sus (dudosas o admirables) habilidades, pero reciben demasiados beneficios”, de una forma excesiva, que hace que el resto de la sociedad sufra. Para este autor, la meritocracia es un término abusivo.4

Luego el término meritocracia sería popularizado por Michael B. Young en su libro El ascenso de la meritocracia, de 1958, una distopía futurista que narraba lo indeseable que sería que una sociedad fuera dominada por este principio. En el grado más ridículo de esta distopía, el coeficiente intelectual determinaría la estratificación social, y la sátira llegaría al grado de surgir algo similar a un mercado ilegal de cerebros de bebés.5

Así pues, es muy importante que quede claro, desde el inicio de este libro, que el término meritocracia nació en el seno de escritores socialistas y escépticos a esta forma de ordenamiento de la sociedad, ya que denostaban la idea de una sociedad regida por el supuesto mérito y las habilidades innatas.

Posteriormente el término sería resignificado por Daniel Bell y otros autores, en las décadas donde tomó fuerza la corriente neoliberal en las ciencias sociales y se apoyó la visión de una sociedad basada en el mérito, el esfuerzo y el talento individuales.

La perversidad de la narrativa meritocrática: la meritocracia es el discurso de los opresores

El mito de la meritocracia se sostiene con “anécdotas legendarias” que buscan vencer la realidad de las estadísticas. Se trata de una narrativa perversa en cuanto que es nutrida y reproducida por las élites que buscan convencer al resto de la población de una mentira que las beneficia, una mentira que logra justificar y legitimar la desigualdad, perjudicando a la sociedad en su conjunto, pero más aún a los hogares más pobres.

Cuando la narrativa meritocrática legitima las extremas desigualdades por las cuales una persona (como Carlos Slim) supuestamente “merece” poseer la misma riqueza que el conjunto de la mitad más pobre del país entero (más de 60 millones de personas), recurre a mentiras tan alejadas de la realidad que no le piden nada a la antigua creencia del derecho divino de la monarquía y la aristocracia, o a la frenología, que justificaba que los esclavistas eran “humanos superiores” respecto de “sus esclavos”, a quienes explotaban.

Bajo el cobijo de la perversa narrativa meritocrática, y durante las décadas neoliberales, se ha popularizado un amplio conjunto de conceptos y mitos asociados, como el del emprendedurismo, que busca equiparar los proyectos de pequeños negocios individuales con los grandes empresarios herederos de inmensas riquezas (y tiene efectos interesantes en la percepción de nuestra propia clase social y respecto a la lucha de clases); o la resiliencia de los más pobres como una forma de lavarle la cara a la inmoralidad de la precariedad y la vulnerabilidad en una sociedad desigual en extremo; y en general los diversos mitos que se estarán analizando en este documento.

Si bien parece inofensivo que el heredero de una familia multimillonaria aparezca en un programa televisivo o en redes sociales comentando cómo cree que su esfuerzo y talento son lo que explica su inimaginable riqueza, dando consejos de “7 pasos para hacerte rico”, al estilo Padre rico, padre pobre, en términos estructurales es perverso que la clase dominante reproduzca e imponga las ideas que justifican la opresión que ejercen y el inmenso poder que amasan.

En lo que estaré compartiendo en este libro, mi interés mayor no se centra en criminalizar o culpabilizar como tal a determinados individuos (por más que haya ejemplos de personas en específico que ilustrarán el texto); busco señalar el problema de la desigualdad y su intento de legitimación como un asunto de clases sociales, antagónicas en muchos sentidos, con inercias históricas que, en mayor o menor medida, determinan el actuar individual.

Es sorprendente la fuerza de la narrativa meritocrática en las representaciones y percepciones sobre la justicia distributiva en México y en el resto de Latinoamérica, entendiendo esta como la forma en que se determina legítimo y justo que se distribuyan los bienes preciados de la sociedad, la riqueza, los ingresos, los derechos y, en general, el bienestar. Es decir, domina la percepción de que el “esfuerzo” y el “talento” son las variables clave para el éxito y la posición de los individuos en la jerarquía social.

En el mejor de los casos, se percibe que la sociedad no se organiza de forma meritocrática, pero se piensa que “así debería ser”. ¿Por qué domina con tal fuerza la narrativa meritocrática? ¿Por qué se toleran y legitiman niveles tan amplios de desigualdad en nuestras sociedades?

El problema no es solo que exista la meritocracia, sino los efectos morales y subjetivos perversos que provoca esta narrativa. La narrativa meritocrática es perversa, pues genera soberbia en los ricos y humilla y estigmatiza a los pobres. Asume que todos merecen lo que tienen y que cualquier fracaso o éxito es pura responsabilidad individual. Produce culpa en los pobres y un falso sentimiento de merecimiento en los más ricos.

La narrativa meritocrática ha hecho que las personas se crean la visión individualista del mundo, olvidando que los logros de cada persona son resultados colectivos y de su contexto. Por eso parto de una perspectiva distinta y creo que debería ser más popular. Como dice el concepto de ubuntu, “soy porque somos”, es decir, todos los logros de los individuos son la suma de muchísimas acciones sociales, actuales e históricas, muchas de ellas solidarias y desinteresadas. El bienestar de los individuos está inequívocamente vinculado al bienestar de la colectividad, y viceversa.

Por eso el énfasis en la narrativa meritocrática es perverso, porque busca que nos olvidemos del componente social e histórico de los resultados de nuestras vidas. Para todas las personas que lean esto y sientan que “han fracasado”: no merecen esa humillación, no merecen sentirse así. Y para todas las personas que crean de forma soberbia que su esfuerzo es lo único que explica su éxito, sepan que no hay nada más alejado de la realidad. Le debemos tanto a la colectividad que tal vez ni siquiera lo podemos imaginar.

La paradoja de la meritocracia

Hay un aspecto de la meritocracia que parece paradójico: en países tan desiguales como México es más común creer en la meritocracia (respecto de los países con niveles más bajos de desigualdad). De hecho, una de las hipótesis dentro del campo de investigación de la justicia distributiva,6 y que ha sido encontrada en el análisis de las percepciones sobre desigualdad en algunos países occidentales, postula que en aquellas sociedades con mayores niveles de desigualdad hay también una mayor creencia en la meritocracia.7

En Latinoamérica, la información sobre las distintas dimensiones de la justicia distributiva es escasa. En todo caso, la poca evidencia existente parece indicar que también aquí se reproduce la paradoja de la meritocracia. Al analizar los datos de la ECosociAL,8 se encuentra que Guatemala y México son los países que más creen en la meritocracia9 de un total de siete países. Al igual que lo encontrado en países del Norte Global, Guatemala y México se encuentran entre los países con mayores niveles de desigualdad de la región (especialmente el primero)10 y son también quienes más creen en la meritocracia.

Como se puede observar, el caso de México dentro de Latinoamérica es especial en términos de representaciones de la justicia distributiva, pues, aun cuando es de los países que más se ve a sí mismo como una sociedad meritocrática, no destaca por ser un país con alta movilidad social, igualdad de oportunidades o resultados, ni por reportar un nivel importante de redistribución vía el Estado. Efectivamente, la desigualdad y la meritocracia en México son una paradoja. Las investigaciones sobre esta situación encuentran diversas explicaciones para este proceso, entre las que destacaré algunas a continuación.

GRÁFICA 0.1
Grado de creencia en la meritocracia

Gráfica 0.1

FUENTE: Elaboración propia con base en la ECosociAL (2007).

Segregación y visibilidad de la desigualdad afectan la meritocracia

La primera es la que señala la menor sociabilidad y mayor distanciamiento social en sociedades con niveles de desigualdad más altos. La idea fundamental es que un mayor nivel de desigualdad dentro de las sociedades implica una mayor segregación social entre los diferentes estratos: evita que se compartan espacios educativos, sociales y de co

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