Sí hay tal lugar

Federico Guzmán Rubio

Fragmento

Sí hay tal lugar

PRÓLOGO

“No hay tal lugar”, pero sí lo hay. O lo hubo. Aunque las cosas, como siempre, no salieran como se esperaba. Quizás en el futuro todo será mejor. O quizás en el pasado, muy pasado, todo fue mejor y simplemente nos seguimos yendo al carajo. Las utopías existen, eso es una obviedad, aunque definir en qué ámbito ya es materia de discusión. Para que salgan bien, es mejor que se queden en el papel. Porque cuando se llevan a la práctica, hasta las últimas consecuencias, suelen acabar en un campo de concentración. Es triste, pero es verdad: en el caso más extremo, un campo de concentración es una utopía vuelta realidad. Tal vez sea culpa de la realidad, que lo estropea todo. O tal vez lo peligroso sea la imaginación, tan inocente y tan traicionera. Sin embargo, a veces, aunque nunca como se planearon, las cosas no salen tan mal.

Pienso en los hospitales-pueblo de Vasco de Quiroga en Michoacán o en las misiones jesuitas en Paraguay; desde luego, también son un modelo de colonización, pero menos sangriento (y quizá más efectivo) que la violencia extrema que primó en la Conquista. Pienso en New Harmony, de Robert Owen, donde se fundaron la primera biblioteca pública y el primer kínder de Estados Unidos: New Harmony desapareció, pero esas dos inmensas instituciones utópicas permanecieron en un país no precisamente proclive a lo colectivo. Pienso en Argirópolis, la utopía que Sarmiento planeó en la isla Martín García de la Provincia de Buenos Aires, en Argentina, que nunca logró fundar, y como consuelo creó la educación pública de ese país. Pero llegó la hora de dejar de pensar para ir a ver. Ver para creer, lo que hablando de utopías nunca está de más.

Para que exista una utopía necesita haber un lugar, imaginario en el sentido más estricto del término, o real, en el más inquietante. Se sabe: Tomás Moro inventó la palabra al crear su utopía, y Quevedo, quien la hizo traducir al español y la prologó, tradujo el término como “no hay tal lugar”. Con las utopías imaginarias llegan las reales o, más bien, el intento de las reales, y más cuando un imaginario utópico coincide con el descubrimiento de un nuevo continente, tal como sucedió con América. Desde entonces, para bien y para mal, por las buenas y por las malas, América ha sido territorio de construcción de utopías, algunas propias y otras, las más, ajenas.

Para los europeos, de pronto, un continente estaba allí, listo para ser arrasado, colonizado y explotado, pero también para fundar nuevos mundos, armónicos y perfectos, lejos de la incorregible Europa. Los americanos tuvieron que soportar las intentonas utópicas de soñadores y misioneros hasta que, con las independencias, se dieron cuenta de que ellos también podían ensayar sus rigurosos devaneos en su propio territorio. Un país, en última instancia, es una utopía normalizada y grandota: un territorio delimitado y poblado por determinadas personas que pretenden convivir pacíficamente y construir una sociedad próspera y justa. Este objetivo, las más de las veces, suele acabar en nacionalismos ramplones, xenofobias institucionalizadas y guerras civiles y folclóricas, pero la idea fue tan exitosa que sigue siendo la forma en que se organiza el mundo. Alguna ventaja tendrá.

Para que haya una utopía, entonces, típicamente, debe haber un lugar con una organización perfecta cuyos habitantes sean felices, pero también un viajero que por accidente llegue a ese lugar —si es una isla, mejor—, atestigüe su excepcionalidad y vuelva para contarlo. Yo soy ese viajero. Por supuesto, hay que hacer algunos matices. Para empezar, a los sitios utópicos que describiré llego algo tarde: unos cinco siglos en los casos de la impuntualidad más escandalosa; unos cuantos años, en el arrojo más reciente. Encima, aunque el grado de fracaso varíe, ninguna de las utopías que visito fue perfecta ni duró para siempre. De hecho, para hablar con sinceridad, debo contentarme con visitar las ruinas de la utopía: los vestigios de un lugar que nunca existió.

Pero sí existieron. Existieron como lugares, pero sobre todo como ideas: la utopía es una metonimia en que la idea se iguala y se confunde con el lugar donde se realiza. Existieron, además, como texto: la utopía es un género literario situado en un exacto punto medio entre el relato fantástico y el manifiesto político. Existieron como proyecto: toda utopía digna de ese nombre deja alguna parte de su programa en el tiempo que la vio morir. Y es a esos destinos a donde me dirijo: a la metonimia, al género y al proyecto, o al lugar, a la idea, con su realización y su fracaso. Viajo a las utopías latino-americanas que no se quedaron en un bosquejo, sino que se llevaron a cabo en un tiempo y en un lugar determinados. Algo tiene que quedar hoy de todo eso. Las utopías, después de todo, también son pequeños mundos que muestran cómo hubiera podido ser el mundo, pequeñas realidades alternativas dentro de la nuestra.

Todo tiempo tiene la utopía que se merece, y una forma más de entender un tiempo es mediante sus proyectos más extremos, mediante sus sueños más metódicos y delirantes, es decir, mediante sus utopías. Y todo tiempo, incluyendo el nuestro, tiene la suya. Es claro que tanto las utopías imaginadas como las inauguradas se multiplicaron desde el descubrimiento —o invención o borrado o saqueo, como se prefiera— de América, pero desde siempre las ha habido; más como fábula, leyenda o deliberación política que como proyecto real, a decir verdad, pero siempre las ha habido. Yo decidí visitar las ruinas de las utopías latinoamericanas por destino y trauma, ante todo, pero también por una intuición de que todas ellas, incluso las más lejanas y disparatadas, dicen algo sobre nosotros y nuestro presente. Finalmente, no se puede conocer una sociedad si no se conocen sus sueños y sus pesadillas, y ambos se corporizan en las utopías como en ninguna otra parte. Encima, saltando de una utopía a otra, se recorren la historia y la geografía de América Latina por un lado no muy transitado: el que no fue (pero fue).

A las utopías se las tacha de escapistas: nada más lejos de la verdad. Las utopías son combativas y tienen los pies en la tierra. Son un gran reproche, un deseo de transformación tan grande que mandan todo a la chingada para volver a empezar. Pocos espíritus tan voluntariosos como el utópico cuando se pone a lo suyo. Las utopías parten de una constatación nihilista a la que ellas mismas contraponen una respuesta idealista: el mundo no tiene remedio y por lo tanto hay que volverlo a hacer. También combinan el pesimismo más extremo con el optimismo más vigorizante: todo está mal, hagamos todo bien. Esta dualidad tiene mucho que ver con su proliferación en América Latina: ante el estado calamitoso de todo, dan ganas de volver a empezar. Y en América Latina siempre estamos empezando de nuevo. Se siente bien eso de que, ahora sí, vamos a hacer las cosas bien, y entonces sí, con las mejores intenciones, empezamos a joderla de nueva cuenta.

También son un inmenso desplante de libertad. De hecho, impulsadas por el descubrimiento de América, las utopías proliferan a partir del siglo XVI porque el ser humano decidió que el mundo era suyo, que podía construir su destino individual pero también social, que podía cambiar la historia. Esta convicción es sugerente y peligrosa: lleva lo mismo a los más importantes adelantos sociales que a la destrucción más apocalíptica; cosas de la libertad. Pobres de los habitantes de las utopías de verdad perfectas —las de Moro, Campanella o Bacon—: a ellos les está negado el placer de imaginar un mundo mejor porque ya no lo puede haber. En la utopía, tristemente, no hay utopías, como lo sabe mejor que nadie cualquier gobierno totalitario.

Pensando en todas estas cosas, visito Pátzcuaro y los lagos de Michoacán, en busca del legado de los hospitales-pueblo de Tata Vasco, como todavía se le llama con cariño a Vasco de Quiroga en uno de los estados más violentos de México. Explícitamente, Tata Vasco empleó la obra de Tomás Moro como modelo para la organización de su obispado. La empresa fue exitosa y sus hospitales-pueblo se convirtieron en un ejemplo de que la convivencia en el Nuevo Mundo podía ser diferente a la que primaba en el resto de la Nueva España. No fue el único, claro. Antes que él, en Chiapas, fray Bartolomé de las Casas fundó comunidades en que se prohibió la entrada a los españoles, para que los indios vivieran según las enseñanzas de un cristianismo austero y pacífico. Después de él, en Paraguay, el sur de Brasil y en la provincia argentina de Misiones, los jesuitas organizaron misiones prácticamente autónomas que se regían por un evidente espíritu utópico. Pero fue Vasco de Quiroga quien se basó más claramente en la obra de Moro —la utopía por excelencia— para su apostolado michoacano. ¿Qué queda de esa arrojada empresa de construir el reino de Dios en el mundo basándose en una utopía renacentista? Vamos a ver.

Ya en la América independiente, viajo a la isla Martín García, en el Río de la Plata y en la provincia de Buenos Aires, donde Sarmiento imaginó la fundación de Argirópolis, la capital de los Estados Confederados del Río de la Plata. Más pronto que tarde, por los vaivenes políticos de la Argentina casi recién estrenada, el mismo Sarmiento se olvidó de su isla y de su utopía, pero el proyecto no deja de ser interesante. Muestra, quizá como ningún otro escrito de Sarmiento —pues Argirópolis, como dicta la norma utópica, además de ser una isla es un libro—, la conjunción entre idealismo y pragmatismo, que lo mismo desemboca en el genocidio de las poblaciones indígenas que en la creación de un sistema de educación pública admirable. Sarmiento no pudo fundar su ciudad ideal, pero a cambio inventó un país, lo que tampoco es poca cosa.

La isla Martín García, además, si bien no se convirtió en una utopía fantástica y fantasiosa, es un destino cuando menos curioso: reclamada durante décadas por Uruguay y Argentina, la isla albergó una célebre prisión donde terminó más de un presidente argentino de capa caída, de Hipólito Yrigoyen a Frondizi, pasando por Perón. Hoy la isla es una reserva natural, en cuyo poblado viven unos ciento cincuenta habitantes y donde la propiedad privada, en los hechos, casi no existe, pues prácticamente todo es propiedad del Estado, que decide quién tiene permiso de vivir allí. La oración anterior es casi la descripción de una modesta utopía, en la que los días se pasan con el rumor del gran río de fondo, sin ambiciones materiales y sin preocupaciones económicas, pues todos los habitantes de la isla tienen su trabajo asegurado y el Estado provee todo lo necesario. La convivencia suele ser pacífica, salvo cuando surgen las disputas políticas o cuando hay un panadero polémico. El habitante más célebre de la isla Martín García se convirtió casi en una estrella mediática por ser el panadero preferido del presidente Menem. Pero las glorias políticas del panadero son cosa del pasado, y una gran parte de los habitantes de la isla exigen desterrarlo. A veces, basta un panadero peronista para romper el cuestionable equilibrio de una discreta utopía mantenida por el Estado argentino, quizá, sin saberlo, como reconocimiento al más visionario e insoportable de sus fundadores.

Toda utopía tiene un costado excluyente, no tan distinto del de una secta, basado en la superioridad moral, física, espiritual o cultural de sus constructores: hay que aislarse en una isla para poder ser al fin perfectos, lejos de la mayoría de la humanidad, corrompida sin remedio salvo que quiera unirse al proyecto. Pero hay utopías que llevan el espíritu segregacionista al extremo, al del exterminio y el genocidio; son las que se planifican con base en la muy supuesta superioridad de sus miembros, fundamentada ya sea en su generosidad, como los comunistas, o en su raza, como los nazis. A esta última categoría pertenece Nueva Germania, la colonia aria fundada por Elisabeth Nietzsche en 1887 en la selva paraguaya, donde la perfección se alcanzaría mediante el racismo. Ir a Nueva Germania es un viaje extraño, como sólo lo puede ser el visitar un pueblo germano donde se habla guaraní en un rincón perdido de Sudamérica.

Si hubo entusiastas de las utopías, quienes las fundaban en cuanto conseguían un camarada y un metro cuadrado de tierra, fueron los socialistas y anarquistas del siglo XIX. Aunque las tentativas latinoamericanas son menos de las que cabría esperar, y más en comparación con las de Estados Unidos (New Harmony, Oneida o Brook Farm), hay algunos casos destacables, como el de Colonia Cecilia, en el estado brasileño de Paraná, que logró subsistir de 1890 a 1894. Fundada por inmigrantes italianos que, para variar, vinieron a América a realizar su sueño, la colonia pretendía regirse por los más severos principios anarquistas; es decir, pretendía no regirse por nada más que por la buena voluntad. Con tropiezos y obstáculos, la colonia prosperó en varias etapas, aunque la animadversión de las autoridades eclesiásticas y los vodevilescos líos que produjo el amor libre, hicieron que las buenas intenciones quedaran, una vez más, en eso. Varios de los descendientes de los co

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