CONTENIDO
- ¿Quién manda aquí?
- Prefacio
- 1. ¿Y qué chingados? Mientras no hubiera muertos…
- 2. Le echamos ganas, pero nos salió lo de siempre
- 3. ¿Poner a un civil? No, esto aquí no se puede
- 4. Mira, con el narco no te metas
- 5. Se desata la guerra
- 6. Yo no soy yo. Y el caballo no es mío
- 7. Muchachos, mañana les mando por sancocho
- 8. Yo sé del poder del Estado
- 9. El pañuelito de la Virgen María
- 10. Depende del tipo de presidente…
- 11. Sólo lo saben los criminales
- Epílogo
- Agradecimientos
- Sobre este libro
- Sobre el autor
- Créditos
PREFACIO
Éste es un libro más personal de lo que habría deseado. Las razones son varias. Para empezar, nace de la fusión de dos fascinaciones. La primera, por el poder mismo, por su ejercicio, por cómo se alcanza, por cómo se pierde, por los escasos beneficios que suele producir y los grandes abusos que acostumbra a permitir. La segunda, por América Latina.
Llegué a México en 1994. Era la primera vez que pisaba el continente americano. En aquel entonces, Ciudad de México se llamaba “el DF”, por Distrito Federal. Bastó poner un pie en la capital mexicana y absorber la energía combinada de millones de personas, de su vitalidad, de sus esperanzas de futuro y de su creatividad para experimentar una descarga eléctrica cuya intensidad jamás había sentido en Europa. Ya no hubo vuelta atrás.
Mi primer trabajo allí fue como jefe de Redacción de El País México, que acababa de nacer. Aquel año había empezado con el levantamiento zapatista en Chiapas. Poco después asesinaron a Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI, el partido único que llevaba décadas gobernando el país. Se trató de la señal más violenta de la descomposición del régimen, así como de los apuros que aquello iba a acarrear. Le siguió la muerte a tiros del secretario general de la misma formación política en septiembre. La catastrófica devaluación del peso mexicano en diciembre derrumbó los mercados financieros y las economías del resto de América Latina. Si alguna vez en la vida hay que citar a Lenin, ésta es la ocasión: hay años que parecen décadas.
Regresé a España en 1997. Desde entonces no he dejado de volver a América con harta frecuencia. Primero, como director de El País entre 2006 y 2014, para entrevistar a presidentes en ejercicio, verme con ellos una vez que dejaron sus cargos, mantener contactos, conversar y discutir con amigos las vicisitudes del continente, sus altibajos, sus ilusiones tantas veces frustradas. En julio de 2018, a tiempo para presenciar el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador, volví a instalarme en México, esta vez como director de la edición América del periódico.
Han sido pues tres décadas de vinculación intelectual y sentimental con América Latina; de conocimiento personal —y en numerosas ocasiones, de amistad— con decenas de altos cargos, intelectuales, empresarios y líderes sociales del continente; de trato con artistas y escritores; de mesas redondas en festivales literarios o ferias del libro, de Arequipa a Guadalajara pasando por Bogotá, Cartagena, Ciudad de México o Querétaro; de veladas hasta altas horas de la madrugada; de abundantes tragos, por supuesto. Las conversaciones con todos ellos han dotado de perspectiva y profundidad a los hechos que durante todo este tiempo sacudieron a sus respectivos países. Este libro les debe mucho. Siete expresidentes, además, accedieron a hablar para este proyecto sobre cómo habían ejercido el poder (o cómo sufrieron los límites a éste): Michelle Bachelet, Fernando Henrique Cardoso, Dilma Rousseff, César Gaviria, Juan Manuel Santos, Vicente Fox y Felipe Calderón.
Treinta años de ejercicio del periodismo ayudan ciertamente a establecer algunas pautas en América Latina. Descubre uno esquemas dolorosos que se repiten en el tiempo. Fenómenos a los que tanto ciudadanos como gobernantes asisten como a un desastre natural, un incendio o un huracán, sin poder hacerles frente ni saber bien qué organizar o a quién acudir, y cuya recurrencia tampoco nadie parece ser capaz de anticipar, mucho menos evitar. Catástrofes que de forma súbita engullen a sociedades enteras, obligadas luego a purgar las malas decisiones de otros durante más tiempo del que pueden soportar.
Sobre todo lo anterior he querido reflexionar. Al contrario que muchos otros, este libro no propone solución alguna. Como periodista, mi campo de especialidad es quejarme. Tampoco consiste en una recopilación de entrevistas o de declaraciones. Agradezco la disposición de los expresidentes a participar en este proyecto, pero sospecho que a alguno le pueda disgustar el resultado. En todo caso, escuché con atención sus explicaciones (aunque algunos nunca hicieron lo que sostienen que hicieron). Y traté, con honestidad, de entender sus razones, de apreciar los dilemas a los que se enfrentaron y las salidas por las que optaron, que muchas veces se reducían a dos: una mala y otra peor. Este relato nace de la fricción entre aquello que hicieron y aquello que deberían haber hecho, la particular impotencia del poder en América Latina.
Se alimenta también de otras convicciones. La principal de ellas consiste en la negativa a aceptar la excepcionalidad como premisa intelectualmente válida. Las circunstancias (sociales, económicas) en el continente son, qué duda cabe, excepcionales. Pero de ahí no se colige de forma automática que lo que no resulta válido o aceptable o permisible en otros lugares sí lo es en México, Colombia o cualquiera de las otras naciones cuyos ciudadanos aspiran, de forma legítima, a vivir en paz y en una democracia estable. Aseverar, como hace el presidente Fox, que el Ejército mexicano está lleno de “cabrones” que se asocian con las bandas criminales para ganar más y vivir mejor puede parecer atrevido. Pero es también una afirmación certera. Sostener a continuación que hay que convivir con ellos, sin embargo, resulta inaceptable.
Al escribir este relato, he evitado forzar una continuidad allí donde no la hay. He tratado también de sortear otra tentación:
