PRÓLOGO Este diario que ves
PEQUEÑA HISTORIA
Conocí a Andrés Manuel López Obrador en 1978, cuando fui enviado por el diario Unomásuno a hacer una crónica de lo que empezaba a ser el auge petrolero de Tabasco: un desastre ecológico. López Obrador era delegado del Instituto Nacional Indigenista, entonces parte del ambicioso programa gubernamental de marginados de la época, el famoso COPLAMAR. Atendía a las comunidades más pobres del estado y había atraído la atención nacional con un proyecto llamado “camellones chontales”, que habilitaba campos de cultivo en zonas pantanosas, a la manera de las chinampas prehispánicas.
Volvimos a acercarnos a fines de los noventa, cuando yo conducía en la televisión el programa Zona abierta y él era presidente del PRD o quizá ya candidato al gobierno del Distrito Federal. Lo invité a un programa con Diego Fernández de Cevallos, el expresidente español Felipe González y el expresidente mexicano Miguel de la Madrid, quienes vinieron también a una cena después de la grabación del programa. Trataba entonces de acercarlo a la experiencia del socialismo español, a través de Felipe González, y a la idea de un gobierno de izquierda que pudiera hacer las paces con el mercado. En ese camino le presenté a Carlos Slim, con quien sostuvo una primera conversación en el año 2000, ya electo jefe de Gobierno de la ciudad, y a quien invitó a invertir y con quien hizo una buena relación, cuyo fruto público fue la reanimación del Centro Histórico de la capital. En los años de López Obrador como jefe de Gobierno capitalino, nos acercó la amistad de José María Pérez Gay, mi viejo amigo, a quien López Obrador hizo su asesor, y de Lilia Rossbach, esposa de Pérez Gay, anfitriona infalible y seguidora fiel del jefe de Gobierno.
Nunca me gustó el estilo político rijoso de López Obrador, al revés de su trato distendido, tranquilo, risueño y malicioso. Me sumé a la protesta contra su desafuero, orquestado en el año 2005 por el gobierno de Vicente Fox para echarlo de la contienda presidencial. No compartí, en cambio, ni comparto, su creencia de que en las elecciones de 2006 le robaron la presidencia con un fraude. Hizo tanto él por perder esas elecciones como sus adversarios por ganarle.
López Obrador arrancó el año 2006 con 10 puntos de ventaja sobre Felipe Calderón en las encuestas. A la vista de su ventaja, decidió suspender sus anuncios en la televisión y, aunque luego los repuso, perdió dos meses preciosos. Llamó “chachalaca”, en varios mítines, al entonces presidente Vicente Fox. Lo vieron millones arengando a la plaza pública repleta de un pueblo veracruzano, desencajado, sudando a mares, con guirnaldas de flores hawaianas en el pecho, alzando el dedo flamígero al horizonte y gritándole a Fox: “¡Ya cállate, chachalaca!”, escena irresistible para los medios, que la repitieron sin cesar, mostrando a López Obrador como un político intemperante y desmandado.
Luego, rehusó acudir a Acapulco a la convención anual de los banqueros. También decidió no ir al debate entre los candidatos presidenciales. El año anterior había reñido con Cuauhtémoc y Lázaro Cárdenas. Lázaro era entonces gobernador de Michoacán y su padre, Cuauhtémoc, había sido el mentor de la carrera política de López Obrador dentro de la izquierda, a la que lo sumó en 1989.
En 2005 López Obrador había rehusado también una alianza electoral con Patricia Mercado, quien acabó lanzándose sola como candidata presidencial del partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina.
Con una sola de estas decisiones que no hubiera tomado, López Obrador habría ganado la presidencia en el año 2006, pues la perdió por sólo medio punto porcentual: 243 934 votos.
La equivocación mayor, creo, fue dejar de anunciarse en la televisión, donde era muy bien tratado. Con no haberse salido de la televisión, habría conservado la ventaja de al menos 1 punto que necesitaba para ganar por lo mismo que le ganaron: medio punto. Quizá ese mismo punto ganador habría obtenido si hubiera tratado bien y les hubiera dado garantías a los banqueros de México, como lo había hecho antes con los inversionistas de la ciudad. Al menos 1 punto de ventaja le habría dado en Michoacán la simpatía, en vez del distanciamiento, de los Cárdenas. Por su parte, la adhesión de Patricia Mercado habría llevado a su causa los 2 puntos que ésta ganó como candidata presidencial, suficientes para un triunfo obradorista por 1.5 puntos.
UN POLÍTICO DE INTEMPERIE
López Obrador es un fenómeno único en la política mexicana. Se trata de un político de intemperie en un medio de políticos de gabinete.
Una de las ventajas de la política mexicana, con todos sus horrores, ha sido la ausencia de lideratos personales independientes del tejido burocrático. Los políticos mexicanos son del tamaño de sus cargos. Su capital político desaparece cuando pierden las posiciones en el gobierno.
López Obrador es un político distinto, un político de plaza y de campo traviesa en un mundo de políticos de escalafón. No está parado sobre los puestos que ha tenido, sino sobre su carisma. En un medio político de lenguaje ceremonioso, retórico o tecnocrático, de políticos que leen discursos por lo general pomposos y mal escritos, López Obrador habla persuasivamente y crea realidad con lo que dice. Tiene una voz propia, inconfundible, que es un poder aparte.
Un ejemplo de este poder fue su fuga hacia delante precisamente en las elecciones del 2 de julio de 2006, y la manera, pueril y avasalladora, como inventó con sus palabras la realidad mediática de un fraude sin haber aportado un solo elemento de prueba de sus afirmaciones.
De sus palabras fue naciendo entre sus seguidores la convicción del fraude, hoy un artículo de fe que no necesita pruebas, como tantos otros de sus dichos, porque la realidad política que crea López Obrador con sus palabras es casi independiente de los hechos.
A partir de 1988, lo que llamamos izquierda mexicana ha tenido dos dirigentes mayúsculos, capaces de suscitar adhesiones semirreligiosas. Uno es Cuauhtémoc Cárdenas; el otro, López Obrador. La diferencia entre ambos, dice Jesús Silva-Herzog Márquez, siguiendo la caracterización hecha por Isaiah Berlin de Churchill y Roosevelt, es que Cárdenas es un “político de la adaptación” y López Obrador, un “político de la tenacidad”. El político de la tenacidad, dice Silva-Herzog Márquez, es “en esencia un hombre de principio único y de visión fanática. No tiene dudas ni titubea y, por medio de la concentración de la fuerza de voluntad, de la brusquedad y el poder, logra pasar por alto gran parte de lo que sucede a su alrededor”.1
López Obrador añade a la tenacidad de su liderato la eficacia de un método: moviliza físicamente a la gente en torno a un agravio que él formula, encarna y encabeza, cuya indignación se crea y se desahoga en actos masivos (marchas, bloqueos, plantones) que corren siempre por el delgado hilo que separa la protesta de la violencia.
Nada temen tanto y manejan peor los políticos de gabinete mexicanos como la ira en las calles, la protesta a campo abierto, la gente gritando a coro en plazas públicas.
El efecto vibrante del método de López Obrador es la cohesión de sus seguidores y la intimidación de sus adversarios. Los políticos de gabinete retroceden una y otra vez ante el político de intemperie, que crece a sus costillas. Nadie sabe cómo detenerlo, porque es un político efectivamente dispuesto a llegar a donde sus adversarios no se atreven, un político que está por encima del horizonte institucional que sostiene y frena a los otros; un líder cuya lealtad primera es a sus causas y a su peculiar concepción de lo justo, concepto que él ubica en un lugar distinto de la ley, del mismo modo que su idea de la política está en un lugar distinto al de las instituciones, y su visión del “pueblo” en un lugar distinto al de la ciudadanía.
El político de intemperie crece desafiando a los políticos de gabinete. Es, por naturaleza, un político de la protesta y de la confrontación: lo mismo si bloquea los pozos de Tabasco para exigir indemnizaciones en los años setenta, que si organiza un plantón de tres meses en Paseo de la Reforma, en protesta por el “fraude electoral” de 2006, que si en su campaña de 2018 llama a la cúpula empresarial una “minoría rapaz” que se le opone porque “no quiere dejar de robar”.
Con López Obrador es siempre “ustedes o nosotros”, “nosotros o ellos”. Nunca el acuerdo parcial de diferencias y semejanzas, característicamente democrático. La negociación democrática no es su manera. Su manera, como puede documentarse en su historia, es la confrontación, la lógica de “todo o nada” que se aviene mal con la lógica de “algo para todos” de la vida democrática, donde se puede ganar el poder, pero no todo el poder, y se puede perder y ganar, pero no ganar siempre ni ser siempre víctima del fraude, de la superioridad ilegítima de los otros, del poder (mal habido) de los demás.
En el fondo de la lógica política de López Obrador hay un mecanismo de victimización que empata bien con muchos rasgos de la cultura política mexicana y con los filones de resentimiento social que hay en todas las sociedades ofensivamente desiguales, como la mexicana.
LA GRAN PROMESA, LA DURA REALIDAD
La inseguridad, la corrupción, el mal gobierno, el mediocre crecimiento económico, el aumento de la desigualdad, la autocomplacencia de los años de gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018) sembraron en la sociedad un rechazo de 80% a la gestión gubernamental y la búsqueda de una alternativa por fuera de los partidos, los políticos y las políticas tradicionales.
Al acercarse las elecciones de julio de 2018, López Obrador era el candidato que había logrado encabezar mejor el hartazgo y prometer más creíblemente la “sacudida”, que todo mundo deseaba, contra la corrupción y contra la inseguridad. Su intención de voto en las encuestas era de 44%, contra 29% del frentista Ricardo Anaya, y 20% de José Antonio Meade, candidato de la alianza que encabezaba el PRI.
Pero López Obrador traía en su programa algo más profundo que una promesa de combate a la corrupción y a la inseguridad. Traía también un proyecto de regreso a la vía “nacionalista” y estatista, contenida en su libro 2018. La salida. Decadencia y renacimiento de México. Era un libro-manifiesto y también un libro-programa de gobierno. Hacía un diagnóstico maniqueo de la historia reciente del país y ofrecía una serie de promesas, a la vez desmesuradas y deseables, para el futuro.
La decadencia denunciada era la de las élites del país, que no pensaban sino en sí mismas, “los de arriba”, cuyos nombres y empresas, listados en la primera parte del libro, componían “la mafia en el poder”.
El renacimiento prometido pintaba una era de bienestar material, con crecimientos de 4% anual, que en 2024 sería de 6%. Y la promesa de un bienestar espiritual, una limpia de los males de violencia, corrupción, egoísmo, resentimiento y ambición material que el modelo neoliberal había sembrado en México a partir del año 1983. El renacimiento traería “la prosperidad del pueblo”.
El retrato de la decadencia era elocuente y se dejaba leer de un tirón. El esbozo del renacimiento era de una simpleza desarmante. Pero la mezcla del relato indignado y de la promesa utópica tocó las “ganas de creer” que había en el fondo de la furia y de la incredulidad mexicanas.
Hasta aquí parte de lo que escribí en mayo de 2018 sobre el fenómeno que veía venir sobre México, antes de las elecciones presidenciales del 2 de julio de ese año2.
López Obrador ganó avasalladoramente la presidencia de la República, con la complicidad oculta, sabemos ahora, de su pusilánime y cómplice antecesor, Enrique Peña Nieto, presidente venido del PRI.
Peña Nieto no sólo intervino ilegalmente en la elección a favor de López Obrador, sino que abandonó la escena como presidente seis meses antes de terminar su gobierno, regalando al ganador seis meses más de gobierno efectivo.
La contundencia de la victoria de López Obrador resulta a la vez previsible y asombrosa para mí. Me parecía increíble que del proceso democrático y de modernidad en el que mi generación había empeñado sus mejores esfuerzos, también sus mayores desencantos, pudiera nacer el más potente animal contrario: la utopía regresiva, antidemocrática y antimoderna de López Obrador, y que su llamado viniera envuelto, paradójica, trágicamente, en una fiesta de esperanza, popularidad y aceptación electoral, como no habíamos visto en la breve historia de nuestra democracia.
Traté de seguir en mi columna Día con día, del periódico Milenio, el proceso político del nuevo gobierno. Si hubiera que poner en una línea la esencia de ese proceso diría que fue el de la destrucción de la democracia mexicana con el uso desleal de las reglas de esa democracia.
Habíamos visto crisis democráticas y auges populistas en todo el mundo, en América Latina y en Europa, en la India, en Turquía, en Inglaterra, en Estados Unidos. Me parecía imposible ese tránsito en México. Estaba anunciado con detalle en libros y discursos de López Obrador, pero me parecía una locura imposible de cumplir del todo. No la cumplió del todo, en efecto, pero llegó muy cerca, y en su último año, mediante una elección de Estado, impuso una continuidad presidencial y fabricó, después de la elección, mayorías constitucionales suficientes para crear en México no sólo una autocracia, sino una autocracia legal. No sólo una dictadura, sino una dictadura constitucional. Por eso titulo este libro La dictadura germinal, porque no está acabada, pero sí en plena gestación.
La dictadura germinal recoge lo mejor que publiqué en Milenio sobre el gobierno de López Obrador, entre 2018 y 2024. Tienen aquí la forma de un diario, porque eso me parecieron estos textos periodísticos cuando los releí: un diario de la destrucción de la democracia mexicana, como dice el subtítulo del libro. El diario empieza con la entrada del lunes 25 de junio de 2018 y termina con la entrada del 20 de diciembre de 2024, cuando se ha consumado el proceso de reformas constitucionales que hacen de México una dictadura germinante, germinal.
Mientras releía los textos originales que terminaron siendo este diario, tuve muchas veces la sensación de estar cruzando un mundo caprichoso, desmesurado, desafiante de la razón y de la realidad. Pero era un mundo real, minuciosamente anticipado en libros, dichos y hechos de López Obrador, salvo en una cuestión fundamental, quizá la más grave de todas: la constitucionalización de un régimen autocrático, dictatorial.
El diario sigue un orden cronológico por años y fechas de las entradas. Quiere ser a la vez una crónica de los hechos y una reflexión sobre ellos. Escribí las columnas al paso de los días, en una secuencia desordenada de temas y tonos. Quien vio la forma del libro que había en esa colección desordenada fue mi amigo José Antonio López, y fue también él quien hizo la primera antología, la primera poda de lo escrito, y la puso ante mis ojos. Seguimos podando juntos, luego, bajo el principio de que menos es más, principio obligatorio en este caso, pues los textos originales a considerar eran como medio millón de palabras.
Quiero agradecer a los generosos dueños y estrategas de Milenio, Francisco González padre y Francisco González hijo, su hospitalidad libérrima para mi columna en estos años. Lo mismo que a los editores de opinión, Héctor Zamarrón y Manuel Marín. Agradezco a Ángeles Mastretta su lectura de cada día. Al equipo de la revista Nexos, su conversación estimulante de cada semana; a Alberto Ulloa Bornemann, su continua alimentación noticiosa y analítica; a Joaquín López-Dóriga, su espacio radiofónico en Radio Fórmula; a Carlos Puig y Juan Ignacio Zavala, la conversación en el espacio de Milenio TV, Botepronto, y a los amigos de Es la hora de opinar en Foro TV, Jorge G. Castañeda y Javier Tello, bajo la conducción de Leo Zuckermann, nuestra mesa semanal, que fue una alegría mientras duró y una fuente de ideas para escribir cinco columnas a la semana y tratar de ver algo nuevo en la siempre reiterativa, abrumadora, inconclusa realidad de cada día.
En La muerte de Ivan Ilich, Tolstói cuenta paso a paso la enfermedad, la agonía y la muerte de su personaje. No hay sorpresas en la deriva funeraria. Entendemos poco a poco que la terrible parábola de su historia es que, en el fondo del camino de la vida, no hay cura, ni milagros, ni rodeos en el paso de cada quien hacia la muerte.
Hay algo de esa fatalidad en las entradas de este diario. Registran día con día la destrucción del cuerpo no muy sano de la democracia, de los equilibrios republicanos y del régimen constitucional que había en el país. Lo que empieza en 2018 como una democracia en riesgo, termina en 2024 como una dictadura germinal.
La historia juega con nosotros a lo inesperado. Y nosotros a esperar de ella lo que, al parecer, no puede darnos. En mi caso: un México próspero, equitativo y democrático.
No lo veré.
4 de enero de 2025
1 Jesús Silva-Herzog Márquez, La idiotez de lo perfecto. Miradas a la política, México, Fondo de Cultura Económica, 2006, p. 113.
2 Héctor Aguilar Camín, “A las puertas de AMLO”, Nexos, 1 de junio de 2018.
2018 La toma del poder
LUNES 25 DE JUNIO
Dice The Economist que el electorado mexicano, harto del fracaso de sus gobiernos, se la va a jugar con Andrés Manuel López Obrador, un populista, en las inminentes elecciones del 2 de julio1.
Me pregunto qué clase de populista será López Obrador. El populismo es un animal proteico. Surge igual en la izquierda que en la derecha, en países pobres o en países ricos (como es el caso de Trump). Y no es exclusivo de algún momento histórico. El rasgo común al populismo es que sus líderes se asumen como representantes exclusivos del pueblo. No en un sentido literal o demográfico, en un sentido simbólico2.
El líder populista no pretende representar a toda la sociedad. Sólo a una parte, pero a la parte que representa al “verdadero pueblo”, ausente en las élites y en los demás partidos políticos. “La idea de un pueblo homogéneo y auténtico es una fantasía”, dice Müller, ya que “el pueblo sólo puede aparecer en plural” (Habermas dixit).
Pero la noción de un pueblo homogéneo es “una fantasía peligrosa”, apunta Müller, porque “los populistas no sólo alientan el conflicto y la polarización, también tratan a sus opositores políticos como ‘enemigos del pueblo’ y buscan excluirlos del todo”. Este rasgo es claro en López Obrador.
También estos otros: un liderato caudillista, rechazo a las instituciones, rechazo a las élites, a la sociedad civil y a las otras formaciones políticas que son parte del sistema que hay que transformar.
LUNES 2 DE JULIO
El electorado castigó severamente a los antiguos referentes partidarios, el PRI, el PAN y el PRD, y dio a luz a un nuevo partido mayoritario, Morena, así como a un presidente y a un gobierno fuertes, con un mandato como no había tenido ningún contendiente desde la alternancia democrática del año 2000.
Las elecciones de ayer reconocen como mayoritario un proyecto de gobierno de ruptura, respecto de los que hasta ahora encumbró la democracia mexicana. El triunfo de López Obrador y de Morena pone fin al consenso liberal o neoliberal que guio la política y la economía de los últimos años.
La elección de hoy da el poder a un presidente que quiere restablecer la rectoría del Estado sobre el mercado, y lo hace demoliendo el pluralismo de los últimos tiempos: el de una democracia dividida en tercios, que había dado lugar siempre a gobiernos divididos, con minoría en el Congreso.
La elección esboza una nueva hegemonía política. En el océano de incredulidad pública del país, López Obrador encontró un océano inverso: el de las ganas de creer. Convenció a millones de que iniciará lo que llama la Cuarta Transformación de México, un cambio, dice, del tamaño de la Independencia, la Reforma y la Revolución. La desmesura de la comparación habla del tamaño de la esperanza que su triunfo convoca. Y también del tamaño de la aventura que los electores mexicanos iniciaron ayer. Han hecho una gran apuesta sobre una gran promesa.
Ha sido el día de la esperanza, de las ganas de creer. Falta el despertar.
LUNES 16 DE JULIO
En un tour de force sin precedentes, López Obrador se apropió del interregno de presidente electo.
El 1 de julio ganó la elección con 53% de los votos.
El 2 de julio habló una hora con el presidente Donald Trump.
El 3 se reunió con el presidente en funciones, Enrique Peña Nieto, y dio después una conferencia de prensa solitaria sobre lo que hablaron.
El 4 ratificó a sus secretarios de Hacienda y Gobernación, y recibió el apoyo del Consejo Coordinador Empresarial a su política económica.
El 5 nombró a su canciller. Nueve empresarios, a los que llamó en campaña “minoría rapaz”, cerraron filas con su presidencia.
El 6 dijo que había recibido una carta del mayor empresario de México, Carlos Slim, y otra de Germán Larrea, con quien tuvo el mayor choque en la campaña, comprometiéndose a “invertir en México para sacar adelante al país”.
El 7 verbalizó su estado de ánimo: “El pueblo y yo nos adoramos. Es amor recíproco. Amor con amor se paga”.
El 9 reunió a las cúpulas de industriales y de comerciantes, que hicieron suyo el programa de apoyo a 2.6 millones de jóvenes para que se contraten como aprendices en empresas privadas.
El 10 anunció la visita de cortesía de los secretarios estadounidenses de Estado, Tesoro y Seguridad Interior, así como del influyente yerno de Trump, Jared Kushner.
El 11 se reunió con los candidatos triunfantes de Morena al Congreso y les dijo que la política es “tentación”, que “manden al carajo a sus aduladores”, que se despierten cada día “pensando en sus principios”. Dio a conocer también las 12 iniciativas de ley que enviará al Congreso antes de tomar posesión, entre ellas cuatro reformas constitucionales.
El 12 tuvo una reunión con gobernadores en funciones, que le declararon su apoyo para la llamada Cuarta Transformación de México. Anunció que tendrá un representante único en los estados, en lugar de las muchas delegaciones que ahora tiene el gobierno federal.
El 13 recibió la visita de cortesía anunciada de los miembros del gobierno de Estados Unidos y mandó una carta a Trump con su propuesta de relación bilateral. También el 13 dio a conocer sus 50 medidas contra la corrupción y para la austeridad del gobierno.
Han pasado sólo unos días y el presidente electo de México ocupa toda la escena.
Una toma de poder adelantada.
MARTES 31 DE JULIO
País de un solo hombre es el título que Enrique González Pedrero puso a su monumental biografía de Antonio López de Santa Anna, caudillo por excelencia, providencial y catastrófico, del siglo XIX mexicano. Fue también el título que vino a la cabeza de María Amparo Casar para su recuento del enorme poder transferido por los electores mexicanos a López Obrador y a su partido. El recuento se llama “Morena toma todo” y es la pieza de portada de la revista Nexos de agosto.
No hay países de “un solo hombre”, desde luego, y nadie “toma todo” en una elección democrática, pero las expresiones sugieren bien lo que quieren decir: un poder personal sin mayores contrapesos y una mayoría democrática que no necesita de otras fuerzas para legislar.
Hay que repetirlo: la ganancia de López Obrador y de Morena en las elecciones de julio pasado es lo más cercano al poder absoluto que puede lograrse en una democracia: mayoría absoluta en la presidencia, mayoría absoluta en el Congreso y mayoría absoluta en el número de congresos locales ganados.
No es el “poder absoluto” de la famosa frase de Lord Acton (“El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”), pero es el poder de una mayoría democrática inédita en México, una mayoría suficiente para dominar a los otros actores y construir un poder superior, incluso, muy superior, al obtenido en las urnas.
El camino que espera adelante es el de la concentración del poder, con una ampliación política sustantiva de la mayoría otorgada por los electores.
JUEVES 2 DE AGOSTO
Estamos frente a un momento de poder y legitimidad inédito en México. Un momento, diría, de “absolutismo democrático”.
VIERNES 3 DE AGOSTO
Sobre la luna de miel: el gran acierto de López Obrador es haber leído, bajo la superficie de incredulidad y hartazgo de los mexicanos, unas ganas enormes de creer, una necesidad de esperanza. Nunca creí que tantas.
Se han publicado las primeras encuestas hechas después de la elección. Muestran hasta qué punto las elecciones de julio fueron un himno político a las ganas de creer.
Según los registros de Consulta Mitofsky, 3 de cada 5 mexicanos tiene hoy sentimientos de alegría, felicidad, satisfacción y confianza; 2 de cada 3 esperan que los problemas fundamentales de la economía, la política y la seguridad pública se resuelvan en el primer año del nuevo gobierno.
Son las ganas de creer llevadas al pensamiento mágico.
El número de crédulos crece con la escolaridad: cree más la gente con estudios universitarios que la gente con baja escolaridad.
Los altos números muestran el alto desconocimiento de los problemas, pero miden las ganas de creer que ha despertado López Obrador.
LUNES 20 DE AGOSTO
Los proyectos anunciados hasta ahora por el presidente electo López Obrador son las hojas de ruta de la anunciada Cuarta Transformación, los primeros planos del edificio que quiere construir. Lo comprometido hasta ahora incluye:
Ahorrar 500 000 millones de pesos en el presupuesto (25 000 millones de dólares) para subsidiar a adultos mayores, a jóvenes que no estudian ni trabajan.
Construir una refinería en Dos Bocas.
Arrancar las obras del Canal Transístmico.
Revertir la reforma educativa, poniendo en su centro la seguridad laboral del magisterio.
Intervenir la reforma energética, revisando las licitaciones hechas hasta ahora.
Reducir los homicidios en un 30% o 50% en tres años y llevar los indicadores de inseguridad a los niveles de los países de la OCDE.
Sembrar un millón de hectáreas en la selva húmeda tropical del sureste.
Construir un ferrocarril de 1 500 kilómetros que una las ciudades y los sitios arqueológicos fundamentales de la península: Palenque, Mérida, Cancún, Tulum, Bacalar y Palenque de regreso.
Establecer un sistema de precios de garantía para productos agrícolas.
Duplicar la matrícula de jóvenes inscritos en universidades (4.7 millones en la actualidad).
Todo esto sin endeudarse, ni cobrar nuevos impuestos, ni tener déficit público.
MARTES 21 DE AGOSTO
Pedí a un experto un cruce de las promesas hechas contra los ingresos requeridos para cumplirlas. Su cálculo es que el total de compromisos de gasto del nuevo gobierno no es de los 500 000 millones anunciados (25 000 millones de dólares), sino de 1 billón 197 000 millones de pesos (alrededor de 60 000 millones de dólares). Dos veces y media más.
MIÉRCOLES 22 DE AGOSTO
No hay una propuesta importante del gobierno electo que no haya recibido una crítica de los expertos. Pocos creen que haya 500 000 millones de pesos susceptibles de ahorro en el presupuesto. O que tenga sentido hacer la anunciada refinería de Dos Bocas, Tabasco. O que sea rentable el Canal Transístmico. Característico del nuevo gobierno es oír poco o nada a los expertos.
La noticia de estos días es que harán una consulta popular sobre si se debe continuar o no la construcción el Nuevo Aeropuerto Internacional de México, con un 53% de avance del proyecto. La consulta es un despropósito y una manipulación. Es como poner a votar a los pacientes si están de acuerdo o no con un fármaco que no conocen.
LUNES 17 DE SEPTIEMBRE
La nueva Cámara de Diputados se instaló el 1 de septiembre pasado. Morena nos ha dado ahí una veloz demostración de cómo hacerse, sin votos, de una mayoría absoluta.
El Instituto Nacional Electoral asignó a Morena 191 diputados. Pero Morena tiene hoy una bancada de 252 diputados, uno más que la mayoría absoluta (251 de 500).
¿Cómo lo hizo? Con una negociación ajena al voto.
Pidió a sus simpatizantes electos con las siglas del Partido del Trabajo (PT) y del Partido Encuentro Social (PES) que se hicieran parte de la bancada de Morena.
Hecho esto, le faltaban cinco diputados para la mayoría absoluta (250 +1). El Partido Verde se los cedió a cambio de que autorizaran en la Cámara a Manuel Velasco —gobernador con licencia de Chiapas y senador electo por Chiapas de ese partido— pedir licencia como senador recién electo, retomar el cargo de gobernador, que le guardaba un interino, terminar su periodo de gobierno de tres meses en Chiapas, y volver al Senado como senador propietario.
Resultado neto de la maniobra: con 37% de los votos, Morena se quedó con más de la mitad de las curules, la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.
MARTES 18 DE SEPTIEMBRE
Los congresistas de Morena tienen tanta prisa como su presidente electo. Han empezado a caminar rápido y a mostrar que si algo quieren es ejercer sin dilación el poder que tienen.
Los diputados pasaron de inmediato una minuta de ley para que se apruebe en el Congreso la instrucción de que nadie gane más que el presidente. Una minuta que, bien leída, representa una masacre para los sueldos de la administración pública federal: una cirugía con machete. La minuta fue escrita en 2011, al parecer por el entonces diputado y hoy nuevamente diputado Pablo Gómez, y dormía en el refrigerador del Congreso. Fue descongelada y votada el mismo día. Luego de leída, el mismo día, generó 40 reservas de parte de otros tantos legisladores, entre ellos muchos de Morena.
La presidencia de la Cámara, en manos de Porfirio Muñoz Ledo, se dispuso a abrir el debate para desahogar las reservas, pero el jefe de la bancada morenista, Mario Delgado, se mostró en desacuerdo y exigió una votación perentoria. La minuta se votó ese día, como quería Delgado.
El nuevo gobierno no tiene muy claras las cifras ni la viabilidad de sus grandes proyectos. Lo que tiene muy claro es cómo se absorbe y se ejerce el poder.
MIÉRCOLES 19 DE SEPTIEMBRE
Un momento particularmente loco: la bancada de Morena, que es mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, tomó la tribuna para interrumpir la sesión y exigir un punto de acuerdo que exhortaba a las autoridades a suspender las evaluaciones educativas mientras se cambia la ley respectiva. Es decir, se produjo un exhorto del Poder Legislativo a no cumplir la ley.
La verdad, es difícil entender no el desacuerdo, sino la inquina con que los legisladores de Morena en el Congreso ven la reforma educativa de estos años. El jefe de la bancada en la Cámara de Diputados, Mario Delgado, que en su momento votó a favor de la reforma, llegó al extremo de decir que no quedará de ella “ni una coma”.
La iniciativa de ley, propuesta por el senador Martí Batres, presidente de la Mesa Directiva del Senado, da una idea de lo que el nuevo gobierno electo y sus legisladores quieren cambiar.
La propuesta de cambio tiene que ver, al final, con un solo asunto: la evaluación. El Congreso morenista está contra la evaluación a los maestros, lo que ellos llaman “evaluación punitiva”, es decir, que un maestro pueda perder su plaza o no conseguir su mejora profesional si reprueba las evaluaciones correspondientes de su desempeño.
No sé si los enemigos de la “evaluación punitiva” dentro del magisterio tengan suficientemente claro que su trabajo como maestros tiene uno de sus mecanismos fundamentales en que ellos evalúan a sus alumnos, los aprueban o los reprueban. Y que en esa evaluación está la esencia misma de la verificación del proceso de enseñanza y aprendizaje, la esencia misma de su profesión y del servicio que le prestan al país: enseñar y asegurarse de que sus alumnos aprendieron.
Llego a este punto y entiendo que hablo de un asunto por completo ajeno a las razones de la ofensiva de Morena contra la evaluación educativa, y a la pasión con que quieren borrarla, hasta la última coma. Me temo que no están hablando de educación ni de cómo mejorarla, sino de otra cosa, de clientelas magisteriales. Y de que están decididos a destruir una cosa por la otra.
JUEVES 4 DE OCTUBRE
Se pueden encontrar muchas debilidades en el gobierno electo de México, pero no en su destreza para ampliar el poder que le dieron los votantes. Morena pasó de los 191 diputados que le dieron los votantes a 252 que le dio la negociación dentro de la Cámara, después de la elección. Es un salto de poder enorme que les permitirá, por ejemplo, aprobar o reformar solos el presupuesto.
No perdieron tiempo. Aprobaron rápido la ley que reduce a la mitad las remuneraciones del sector público, promesa de campaña del presidente electo y una de las piezas claves en la reasignación de los famosos 500 000 millones del presupuesto.
Presentó también rápido, ahora desde el Senado, la propuesta para una nueva reforma educativa centrada en suspender la evaluación de los docentes como vía de acceso a las plazas magisteriales.
Las más interesantes, sin embargo, desde la lógica de absorción de poder, son la que propone la figura de revocación de mandato del presidente, en las elecciones intermedias de 2021. y la de bajar a la mitad el financiamiento a los partidos políticos. La revocación de mandato dará al presidente López Obrador la oportunidad de hacer una campaña paralela en las elecciones intermedias de 2021, y repetir en ellas el efecto de arrastre que tuvo en 2018.
La reducción de financiamiento público a los partidos aprovecha una genuina molestia general con el costo de las elecciones, pero propone una cirugía presupuestal que acabará de lisiar a los partidos de oposición, sobrevivientes maltrechos del tsunami de julio.
VIERNES 5 DE OCTUBRE
Cuentas interesadas: la iniciativa de Morena de reducir a la mitad el dinero público que reciben los partidos no tiene desperdicio como estrategia para fortalecer su posición, de por sí dominante, y disminuir a sus opositores, de por sí disminuidos. La elección de julio dejó al PRI y al PAN en calidad de partidos testimoniales y al PRD en la orilla de la supervivencia.
La iniciativa de Morena quiere añadir a esto algo parecido a la indigencia presupuestal, según ha reportado en un minucioso análisis Nación 321.3 En 2018, por su votación previa, el PRI recibió 1 689 millones de pesos de prerrogativas; el PAN, 1 281; el PRD, 773, y Morena, 649 millones.
Dados los votos obtenidos en la elección de 2018, las cifras cambiarán dramáticamente. En 2019, Morena recibirá 1 440 millones; el PRI, 726; el PAN, 774, y el PRD, 338. Morena recibirá 791 millones más. El PRI recibirá 963 millones menos, el PAN 507 millones menos y el PRD 435 millones menos.
Se antoja suficiente castigo para partidos que, si algo han demostrado, es que no saben competir sin dinero, que todo lo hacen en las elecciones con dinero público legal o con dinero ilegal, pero siempre con dinero. Lo que Morena propone es darle una vuelta final al torniquete y reducir las cifras del dinero legal a la mitad. Es un golpe de realpolitik financiera.
De un lado, Morena responde al clamor público de recortar el financiamiento a los partidos; del otro, acaba de debilitar a sus opositores. Morena construye su hegemonía a paso redoblado.
MIÉRCOLES 31 DE OCTUBRE
Confieso mi estupor ante el espectáculo de la destrucción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México. Ningún político qu
