El cuerpo perfecto

Ana Lilia Pérez

Fragmento

El cuerpo perfecto

Introducción

Elisabeth Sparkle no había reparado en su edad hasta que, justo el día en que enfundada en mallas y leotardo en su cumpleaños 50, se entera de que los ejecutivos del programa de televisión de rutinas fitness del que ella es la estrella están buscando a una sustituta, alguien “joven”. Desesperada, cae en manos de un médico que le ofrece la posibilidad de hacer “una mejor versión” de ella: su otra “yo”, pero sin arrugas en el rostro, sin grietas ni flacidez en los labios, con los glúteos levantados, sin celulitis en las piernas, sin rastro de edad, y todo esto con solo inyectarse una peculiar sustancia.

Frente al espejo, Andy, el mánager del púgil Esteban la Máquina Osuna, toma una jeringa y se inyecta los labios una y otra vez; pasa largo tiempo en una cama de bronceado, sumerge sus desnudos pies en peceras donde los ávidos Garra rufa comerán las células muertas de su piel (ictioterapia). Aun cuando su rostro ha perdido toda gesticulación como consecuencia de tanta cirugía y rellenos, él quiere seguirse rellenando, y cada que se mira se encuentra algo más que “corregir”.

Aunque las referencias anteriores —personajes de una película y de una miniserie— suenan exageradas, fantasiosas, lo cierto es que delinean preocupaciones y obsesiones no tan distantes de lo que una buena parte de la población en el mundo y en diversos estratos sociales experimenta actualmente: en tiempos en los que la hipervirtualidad y las redes sociales, convertidas en la adicción del siglo, han instalado un ideal de vida, de imagen, de rostro y de cuerpo desvirtuado, cada vez más distante de la realidad, creando la necesidad de que se materialice a costa de lo que sea.

Este no es un libro sobre cine; tampoco contará el libreto de una película o serie de televisión. Esta es una investigación periodística acerca de la sociedad del siglo XXI, obsesionada con los cánones y estereotipos de “belleza”, inalcanzables de manera “natural” y solo producidos mediante procedimientos estéticos con o sin bisturí.

Mis primeros pasos en la investigación del tema remiten a una época en que las intervenciones estéticas, con o sin bisturí, comenzaron a popularizarse y generalizarse hasta volverse más visibles, extendidas y habituales. Se percibían, en teoría, como más accesibles en términos económicos, aunque no siempre menos riesgosas, pues en ocasiones se realizaban de forma clandestina y surgían complicaciones derivadas del intrusismo.

Suele decirse que los temas a veces le llegan al periodista de forma casi fortuita. Es la vida la que nos coloca frente a asuntos que, en determinado momento, decidimos indagar a profundidad. En este caso, fueron diversas emergencias clínicas las que casualmente me acercaron al problema que me propuse investigar para este libro.

Las largas jornadas de trabajo, cuando me desempeñaba como reportera para revistas, conllevaban un estrés que parecería “normal”: inexorable para quienes nos adentramos a investigar la corrupción, el crimen organizado y sus vínculos en la política. La consecuencia se materializó en una gastritis aguda que en repetidas ocasiones me llevó a varios hospitales y consultorios en diversas entidades del país.

En una de mis recaídas, la atención médica más cercana la encontré en el consultorio privado de un médico de origen colombiano asentado hacía ya décadas en México. Muchos años después, este se haría conocido mediáticamente cuando enfrentó a los extorsionadores de la zona, que se decían parte del temible grupo criminal La Familia Michoacana.

En aquel consultorio del médico colombiano busqué atención a una de las tantas crisis de mi gastritis, y uno de esos días, mientras el suero y los medicamentos fluían lento por las venas, escuché a la enfermera en turno explicarle a otra mujer, que allí yacía, que habían comenzado a ofrecer procedimientos estéticos, detallándole las promociones y paquetes especiales “a bajo costo”.

Se trataba de un simple establecimiento de medicina general. El lugar ni siquiera estaba suficientemente habilitado para atender padecimientos clínicos de primer nivel,1 mucho menos estaba acondicionado para cirugías de esa naturaleza. No tenía especialistas, ni la infraestructura ni las condiciones de asepsia mínimas. Apenas ponía uno un pie en el umbral de la puerta principal, se podía escuchar el canturreo de gallos de pelea en jaulas sobre los camellones aledaños, originalmente diseñados con uno que otro árbol y alguna que otra planta. Alguien más tenía conejos que de cuando en cuando azuzaban a los perros callejeros.

El ofrecimiento me sorprendió tanto por las condiciones del lugar como por el “bajo costo” que tanto se enfatizaba. Esto me hizo reflexionar en que los procedimientos estéticos, poco a poco, se habían ido popularizando en barrios y colonias de todo tipo, muchos sin infraestructura apropiada, a ojos cerrados o bajo la connivencia de las autoridades.

Por aquellos años, la televisión transmitía Sin senos no hay paraíso, una serie colombiana muy popular en la que las jóvenes hacían cualquier cosa para conseguir dinero y pagar sus implantes de senos; en su imaginario, estos les garantizarían el acceso al “paraíso”: una vida de riqueza y lujo como parejas o acompañantes de narcotraficantes adinerados. A estas jóvenes se las llamaba “prepago”, aludiendo a que sus “clientes” pagaban por adelantado por su compañía o servicios, como si se tratase de tiempo aire para el celular; así, ellas eran un producto o servicio comercializado de forma sistematizada dentro de ese mundo.

En esta trama telenovelesca, adaptación de la novela homónima del escritor Gustavo Bolívar, algunos episodios contaron los estragos de los procedimientos estéticos o el rechazo del cuerpo a los implantes.

Las clínicas, spas, pero también casas o departamentos adaptados como supuestos “centros de aesthetic” y hasta la estilista con el local más modesto comenzaron a ofrecer en México paquetes y alternativas de “embellecimiento”, como en Colombia, y nuestro país rápidamente se convirtió en uno de los mayores oferentes de cirugías y procedimientos estéticos en el mundo. Desde hace ya algunos años, es un amplio mercado para el denominado turismo estético, que se caracteriza por armar paquetes que incluyen la intervención o procedimiento, traslados, cuidados posoperatorios en casas de descanso o recuperación y, en general, toda la estadía: son combos “todo incluido”, como los vacacionales.

Aquellos años comenzaba a hacerse cada vez más frecuente también que, al acudir a algún salón de belleza a hacerse un mínimo arreglo de cabello o manicura, el o la estilista le susurrara a su clienta, que le comentara de manera casual, mientras le lavaba, alaciaba o rizaba el cabello, o mientras le limaba las uñas, que les habían llegado unas “ampolletitas” que casi mágicamente podían adelgazar las mejillas y resaltar los pómulos, eliminar aquellas molestas arrugas naturales de la edad (pero que debían retrasarse o evitarse a toda costa) o rellenar o moldear cualquier parte del cuerpo; que allí mismo podía aplicarse el pinchazo, ¡y listo!

¿Para qué desgastarse tantas horas en un gimnasio o matarse de hambre con las dietas si existían las mágicas ampolletas?

Aquellos ofrecimientos despertaron en la reportera la inquietud por indagar el tema, cavilando sobre los riesgos de ese tipo de negocios, de sus procedimientos y las sustancias empleadas. Las posteriores investigaciones periodísticas relacionadas con el sector salud que desarrollé me llevaron a conocer a personas afectadas por las secuelas de procedimientos que, en muchas ocasiones, fueron practicados por quienes ni médicos eran o por el tipo de compuestos que se usaron.

Al cabo de los años —ya en tiempos de redes sociales, selfies, filtros, la snapchatmanía, el efecto Zoom, la obsesión por el blanqueamiento de la piel, el skincare tiktokero, la ozempicmanía, el idolatrado cuerpo Kardashian, los Russian lips, el haga-lo-que-le-diga-el-influencer o los tutoriales para el hágalo usted mismo—, los procedimientos estéticos, con o sin bisturí, viven un auge en todo el mundo. Sus impactos negativos también.

La búsqueda del reconocimiento, la ilusión por la popularidad y con ello el prometido “paraíso” va más allá de los senos: lleva a cambiarse el rostro, estirarse los ojos, levantarse la nariz, quitarse el interior de las mejillas, liposuccionarse, rellenarse lo que haya que rellenar, recortarse lo que haya que recortar, levantar, acomodar, estirar, moldear, “corregir”, “tunearse”… según el estereotipo de moda, las “tendencias” de cuerpo y rostro socialmente “perfectos”, mediáticamente “ideales”.

La indagatoria periodística de estas prácticas me llevó a un medio donde abunda la charlatanería, el engaño, el riesgo, el lucro voraz y el intrusismo que en ocasiones raya en la criminalidad por parte de quienes les hacen creer a sus pacientes —clientes, víctimas— lo que no es ni será.

Les venden una idea de perfección que en realidad no tendrán, los exponen de manera irresponsable a situaciones riesgosas para su salud, que en su mayor lesividad pueden conducirlos a la muerte.

Este se ha convertido en un asunto de salud pública.

Anualmente millones de personas en el mundo se someten a intervenciones y procedimientos con o sin bisturí y otros tratamientos estéticos, pero en muchas ocasiones lo hacen sin conocer los riesgos. Les puede tocar descubrirlos al padecer los estragos, al caer en manos de “esteticistas” que irresponsablemente llegan a “modelarles” el cuerpo con venenos; o en manos de intrusistas, quienes en su afán de ganancia y lucro sacrifican a su paciente —cliente, víctima— y criminalmente ocultan su negligencia.

Desconocen si su insatisfacción, desagrado o malestar con su imagen, que los impulsó a correr en búsqueda de un relleno o bisturí, es simple descontento o pudiera provenir de una condición de índole mental que requiere otro tipo de tratamiento.

Los riesgos para la salud que aquí se exponen se presentan desde la óptica de la investigación periodística, con la finalidad de que se tomen decisiones informadas y se extremen precauciones antes de buscar hacerse “a la medida”. Antes de tomar una jeringa e inyectarse cualquier sustancia, o de someterse a procedimientos que, quizá como un espejismo, prometen “una mejor versión de sí mismo”.

1 Según los criterios de las autoridades de salud, las unidades de primer nivel otorgan atención ambulatoria, que puede ser general. En dichas unidades inicia el primer contacto con los pacientes. Las de segundo nivel son las que brindan atención hospitalaria más especializada y de urgencias. Y las de tercer nivel otorgan atención médica hospitalaria de alta especialización en instalaciones con equipamiento igualmente de alta especialidad.

1

Dónde comienza todo: belleza y fealdad

Estirarse, recortarse, liposuccionarse, rellenarse, despigmentarse, “modelarse”, volverse a estirar, recortar, liposuccionar, rellenar… Rehacerse tantas veces hasta que ya no se reconozca ni uno mismo o hasta que los quirúrgicos no encuentren ya tejido del cual echar mano. ¿A qué está dispuesta una persona en su anhelo por “hacerse” el rostro y cuerpo según los cánones de “belleza” del siglo XXI?

Los estereotipos de belleza han sido, durante siglos, materia de interacción social en la humanidad: desde las culturas más antiguas que definieron o impusieron lo aceptable como “estético”, “bello” o “ideal”, a lo que “se debía aspirar”.

El cuerpo es una metáfora de lo social, y lo social es una metáfora del cuerpo, escribió el sociólogo y antropólogo francés David Le Breton: el hombre no es producto de su cuerpo, sino que él mismo produce las cualidades del cuerpo en su interacción con los demás y su inmersión en el campo de lo simbólico; es decir, “la corporalidad se construye socialmente”.

Así, los vestigios de civilizaciones tan antiguas como la egipcia dan cuenta de modificaciones corporales y procedimientos enfocados a lo concebido como “estético”. Existen registros, en los vastos anales de la historia de la cirugía plástica, estética y reconstructiva, de escenas plasmadas en papiros egipcios, donde se detallan procedimientos en la nariz, suturas de heridas en el rostro, la aplicación de fórmulas para alisar y aclarar la piel, entre otros.

La reproducción de lo simbólicamente “bello” —socialmente aceptado como tal— se ha basado en modelos propuestos por la mitología antigua, según las concepciones de cada época, o por la literatura, donde la maldad suele representarse como lo “feo” y las virtudes se materializan en rasgos considerados “bellos”, especialmente aquellos que atañen al fenotipo o el color de piel de los protagonistas.

Esta obsesión por la “eterna juventud” y por retrasar los signos del paso del tiempo —al costo que sea— se observa en obras como El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Aunque ficción, exhibe los prejuicios aún presentes en la sociedad, donde la juventud se asocia con belleza y se rechaza lo visible del envejecimiento, configurando así parte de la historia humana.

Estos estereotipos han marcado las interacciones sociales y han generado —y seguirán generando— tratados, ensayos, literatura, manifestaciones artísticas y producción analítica de gran magnitud y profundidad.

Como parte de esa historia, los estereotipos de lo social y culturalmente aceptado como “bello” o “superior” han servido también como pretexto para vergonzosos episodios de guerras, crímenes, discriminación, racismo, desigualdad y otros lastres que la humanidad sigue padeciendo en muchos ámbitos, invocando genotipo, fenotipo, fisonomía, color de piel e incluso tonalidad.

A decir de la doctora en Ciencias Políticas y Sociales Araceli Pérez, estudiosa de los procesos de construcción identitaria y de la valoración social del cuerpo, el significado de un cuerpo “bello” o “deseable” es resultado de procesos comunicativos que incluyen las relaciones con el núcleo familiar, los grupos de amigos, conocidos y desconocidos, así como con los mensajes y discursos promovidos en los medios de comunicación masiva. Más recientemente, estos procesos se han nutrido de las interacciones, opiniones y comentarios de usuarios en redes sociales, con énfasis en los contenidos emitidos o promocionados por influencers.

Con respecto a la perfilación del cuerpo, agrega:

La representación social del cuerpo deseable y del rostro bello varía de acuerdo con la moda del momento. A lo largo de la historia, en las imágenes retratadas por pintores de distintas épocas, en dibujos y en la fotografía publicitaria y de la industria del entretenimiento, han desfilado cuerpos con formas redondas, curvilíneas, atléticas, andróginas o extremadamente delgadas debido a la anorexia o la bulimia. Luego se vuelve a lo curvilíneo, a lo atlético, y así sucesivamente. La industria de la moda tiene mucha influencia en el imaginario social de lo que debe ser el cuerpo, a través de sus pasarelas y la publicidad de sus productos con imágenes de cuerpos jóvenes, esencialmente de mujeres y hombres con rasgos caucásicos. Aunque se presenten modelos de piel negra, se ponderan fisonomías y formas corporales similares a las de la población caucásica.

A lo largo de las distintas épocas, se ha asumido como auténtica y original una representación de la belleza que, en realidad, ha sido ficticia, como señaló Umberto Eco en su Historia de la belleza. Al referirse a los cánones del siglo XX, que denominó “la belleza de los media” o “impuesta por los medios”, Eco imaginaba a un historiador del arte del futuro o a un explorador del espacio cuestionándose cuál era la idea de belleza dominante en el siglo XX. Definía este siglo como un escenario “de lucha dramática entre la belleza de la provocación y la belleza del consumo”.

Eco explicaba que, en ese periodo, los medios de comunicación de masas no presentaban un modelo unificado de belleza, sino que imponían un sincretismo:

La exuberancia de Mae West y la gracia anoréxica de las últimas modelos, la belleza negra de Naomi Campbell y la nórdica de Claudia Schiffer… la mujer fatal de tantas transmisiones televisivas o publicitarias y la muchacha con cara recién lavada al estilo de Julia Roberts o Cameron Díaz, Rambo y Platinette, o un George Clooney de cabellos cortos, y los neocyber con el rostro metalizado y el cabello transformado en una selva de cúspides coloreadas.

El futuro inmediato, el del siglo XXI, que Eco ya no documentó, corresponde a los cánones de belleza impuestos por los multimedia en tiempos del auge de las redes sociales, que llevan ese sincretismo al extremo: una belleza de hiperconsumo, con excesos de cirugías estéticas y sobrerrellenos promovidos en redes sociales, combinando la piel blanqueada como la asiática, una delgadez extrema con pómulos pronunciados y vientres planos como las modelos nórdicas, senos y glúteos protuberantes como los de las latinas, labios voluminosos como los africanos y cabellos largos o postizos para parecerse a las tendencias marcadas por figuras públicas o influencers.

Los “ideales” de belleza en las redes sociales se han sincretizado en una sola persona, en un modelo cada vez más alejado de la realidad o de lo natural, globalizado, “influencerizado”, impuesto por el “influencerismo”.

Estos estereotipos, alentados por los multimedia y las redes sociales, han influido en el auge de los procedimientos estéticos con o sin bisturí promovidos por influencers, quienes, a menudo de forma irresponsable, utilizan esas plataformas como herramientas de marketing para incitar a las personas a “modificarse”. Como explica David Le Breton en su libro La sociología del cuerpo, “el marketing destila con habilidad una difusa vergüenza de ser uno mismo”.

En el contexto de la mercantilización del cuerpo, el boom de las redes sociales ha alcanzado un nivel de penetración aún mayor tras la pandemia de 2020, que confinó a buena parte de la población mundial y la obligó a proyectar su imagen a través de cámaras para el trabajo o el estudio en línea. Ese tiempo en casa incrementó su exposición frente al espejo, mientras que las redes sociales bombardeaban con mensajes que generaban ideas y obsesiones sobre una imagen tocada y retocada con filtros.

LA ADICCIÓN A LOS FILTROS

El uso excesivo de cámaras durante la pandemia generó el llamado efecto Zoom (véase el capítulo 5) en un contexto donde los cánones de belleza del siglo XXI los dictan los multimedia y en el que las aplicaciones ofrecen la ilusión de modificar la imagen por medio de filtros, al menos virtualmente. Esta práctica se torna adictiva, y, fuera del lente, la adicción se mantiene, despertando inquietudes que en ocasiones se transforman en obsesión por materializar dichas modificaciones.

El doctor en Psicología Mariano Eduardo Robles Lorenzo y la psicoterapeuta María Buenaventura Perera, en su artículo “El espejo miente. Comprender y tratar el trastorno dismórfico corporal” (publicado por la Revista Científica de la Sociedad Española de Medicina Estética en 2021), señalaron: “Recientemente, y quizás a favor de la pandemia, han surgido fenómenos como el efecto Zoom y la dismorfia del Snapchat, a partir de los cuales varios pacientes acuden a consultas de medicina estética para mejorar su apariencia distorsionada en videollamadas o para parecerse a sus fotos con filtro”.

La pandemia marcó, pues, un antes y un después en la demanda de procedimientos estéticos, con y sin bisturí, impulsada por el efecto Zoom y los filtros, que incrementaron exponencialmente la búsqueda de intervenciones con la ilusión de replicar la imagen virtual.

Cirujanos plásticos de Europa, Estados Unidos, Asia y América Latina han reportado un aumento de pacientes que solicitan “verse como en la foto con filtro” o parecerse a figuras públicas idealizadas. Esta tendencia está vinculada al trastorno dismórfico corporal (TDC), un trastorno mental caracterizado por la preocupación excesiva por los defectos percibidos en la apariencia física, que suelen ser mínimos o inexistentes para los demás. Este malestar interfiere con la vida diaria de quien lo padece y se manifiesta en conductas compulsivas como mirarse constantemente al espejo, compararse con otros o someterse a múltiples procedimientos estéticos. Los psicoterapeutas advierten que el TDC es una enfermedad psiquiátrica infradiagnosticada que los cirujanos, médicos estéticos y dermatólogos encontrarán con mayor frecuencia en los próximos años.

Entrevistado para este libro, el doctor Robles explica que esto tiene que ver no solamente con el efecto Zoom, sino con que la sociedad en general le da cada vez mayor importancia al aspecto físico. Toda una generación de adolescentes funciona con Instagram y TikTok, con una exposición constante del cuerpo y la imagen. Esto distorsiona la percepción porque todo gira alrededor de cómo se ven en las fotos o los videos. El problema es el mal entendimiento de las redes sociales.

Las redes sociales promueven estereotipos sobrecargados de filtros que influyen en la percepción de la imagen; esto crea cánones de belleza cada vez más irreales. Los estándares de belleza se alejan de lo natural, alimentando el boom de las intervenciones estéticas a edades cada vez más tempranas.

Los cánones de belleza emanan de la mercantilización de la virtualidad y del deseo de materializarla a través de transformaciones corporales, muchas veces impulsadas por influencers convertidos en referentes de lo “atractivo” y lo “imitable”, potenciados por las redes como generadoras de oferta y demanda.

Y parecería que esta “perfección” depende de las cantidades de dinero que se pueden invertir en cada “arreglo” para alcanzar la transformación deseada. Sin embargo, en los casos de TDC, nunca será suficiente. Como coinciden diversos estudios clínicos y especialistas, no importa cuántas cirugías, inyecciones o modificaciones se lleven a cabo: la satisfacción no se alcanza porque se requiere el tratamiento de la salud mental.

La doctora colombiana Iris Luna, especialista en la relación entre el TDC y la depresión, escribió: “La construcción corporal o la ‘corrección’ quirúrgica de los déficits físicos percibidos no suele ser un tratamiento eficaz para estos pacientes”.

Luna alude a Hang Mioku, cantante y modelo coreana, conocida por las excesivas cirugías que se realizó durante dos décadas hasta que su rostro quedó completamente deformado tras inyectarse aceite de cocina al no encontrar cirujanos que quisieran seguir operándola. Casos como el de Hang Mioku son cada vez más frecuentes: personas con TDC que coleccionan cirugías en su país de origen y, luego, dependiendo de sus recursos, viajan a otros lugares en busca de nuevos procedimientos.

En Cali, Colombia —uno de los países con más turismo estético a nivel mundial—, el médico Julio César Villamizar, especialista en cirugía facial desde hace 30 años, explica cómo detecta indicios de TDC en pacientes a quienes decide rechazar para proteger su salud y su integridad: “A nuestros consultorios llegan muchas personas con expectativas poco claras sobre lo que puede cambiarse en su rostro. Algunos llegan con ideas erróneas de transformación y uno tiene que detectarlo y decirles ‘no te puedo ayudar’, ‘no te conviene’ o ‘tienes un concepto errado de lo que se debe modificar’. Esto es parte del profesionalismo y la ética médica”.

Villamizar comenta que, en casos donde detecta dismorfismo, pide que el paciente acuda con un familiar para orientarlo hacia atención psicológica, advirtiendo que, de no hacerlo, puede caer en manos de médicos dispuestos a operar sin criterio.

Desde España, el doctor Robles, quien desde hace 18 años trata clínicamente a pacientes con TDC, comenta el caso de una mujer que, a sus 30 años de edad, ya sumaba varias intervenciones:

Se había aumentado el pecho, se había operado la nariz, y con eso estaba contenta. Pero al haberse tocado la nariz, comenzó a percibir que su labio superior era más delgado que el inferior. Ella quería tener labios más anchos y se había estado infiltrando, pero le pasaba lo mismo. ¿Qué hacía entonces? Se los pintaba, llegando a maquillarse por debajo de la nariz para que el labio pareciera más grande. Exteriormente, se le veía como un bigote rosa, pero ella estaba convencida de que le quedaba bien. Se observaba en todos los reflejos: en los espejos, en las ventanas, incluso en la cuchara mientras comía, y no lo soportaba. Para evitar verse, y aunque tenía miopía, dejó de usar gafas, y tampoco quería utilizar lentes de contacto, lo que le dificultaba caminar por la calle o leer en la computadora. Conseguía trabajos porque tenía muy buena formación, pero al cabo de dos o tres semanas se daban cuenta de que no veía bien y terminaban despidiéndola. Su vida era un ciclo constante de estas situaciones.

Le ocurría lo mismo con el nacimiento del cabello: estaba convencida de que le crecía más pelo de lo normal en la frente, así que se lo rasuraba, pero a los dos o tres días volvía a crecerle. Entonces, con un rotulador negro —su cabello era muy negro, casi azabache—, se dibujaba una raya en la frente para crear una especie de contorno y disimularlo. Así, salía a la calle con media cara cubierta de rosa por el pintalabios para que sus labios parecieran más grandes, con la raya negra en la frente, y continuaba inyectándose los labios.

Robles explica también el caso de otra paciente que llegó a consulta psicológica después de someterse a siete cirugías estéticas y practicarse múltiples procedimientos de camuflaje por cuenta propia:

Era una mujer objetivamente atractiva, pero se obsesionó con un lunar en la barriga. No pasó nada, se lo extirparon y el asunto se resolvió. Sin embargo, al cabo de dos o tres meses comenzó a obsesionarse con que sus piernas no tenían el tamaño adecuado y se sometió a una liposucción. Un año después, siguió con la idea de que sus párpados no eran como ella quería, luego fueron los dientes, después las orejas… Siempre surgía un motivo nuevo para explicar su inconformidad. De alguna manera, la mente se aferra a ese supuesto “defecto” estético para justificar la raíz de todos los problemas que tiene, mientras alimenta la ilusión de que, al modificar ese “defecto”, todo se solucionará como por arte de magia.

EL RIESGO DEL “HÁGALO USTED MISMO” (DIY)

En México, un joven que deseaba convertirse en policía comenzó a perder interés en sus planes debido a su estado de ánimo: cada vez que se miraba al espejo, su desagrado, tristeza y malestar crecían al observar sus mejillas. Lo que veía reflejado se convirtió en el centro de toda su atención. Un día consiguió un bisturí y se realizó la primera y luego la segunda “cirugía” por mano propia para parecerse al Guasón, expresión facial que consideraba adecuada para él. Terminó en el área de urgencias. Fue diagnosticado con TDC y comenzó tratamiento psiquiátrico. Pero un día, en un momento de crisis, se suicidó.

Su psiquiatra me explica que es frecuente que personas con TDC, en algún momento, intenten realizarse procedimientos por su cuenta con la idea de “corregir” lo que perciben como defectos o alcanzar su “ideal”. Es uno de los estadios de mayor riesgo, y, para psicólogos y psiquiatras, los pacientes con historial de DIY (do it yourself) representan algunos de los casos más delicados.

La psiquiatra Cristina Lóyzaga, quien en México es una de las mayores especialistas en TDC, relata el caso de una mujer de 55 años que, primero con terceros y luego a sí misma, se realizó incontables procedimientos para modificar sus cejas, centro de su obsesión y causa de su malestar clínicamente significativo. Desde los 30 años comenzó a tatuárselas, y repitió el tatuaje múltiples veces sin satisfacción. Luego, para levantar la ceja, empezó a cortarse la piel con tijeras y a suturarse ella misma. Tras más de dos décadas interviniéndose, llegó a atención psiquiátrica con el rostro deformado por los cortes.

Con la proliferación de contenidos en redes sociales, los tutoriales y recomendaciones DIY se han convertido en una modalidad irresponsablemente promovida por influencers. Ya sean modificaciones de nariz, procedimientos dermatológicos o inyecciones de sustancias modelantes, el “hágalo usted mismo” en proc

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos