Racismo en Estados Unidos

Federico Samaniego Lapuente

Fragmento

Índice

Índice

Introducción

1. La Convención Constitucional de Filadelfia (1785-1788)

2. La compra de la Luisiana (1803-1804)

3. El Territorio del Noroeste y la votación sobre la esclavitud (1823-1825)

4. La independencia de Texas (1832-1839)

5. El Destino Manifiesto (1846-1848)

6. Abolición de la esclavitud, promulgación de la 13ª Enmienda a la Constitución (1863-1868)

7. Ciudadanía y derecho al voto para los afroamericanos, 14ª y 15ª Enmiendas a la Constitución (1867-1869)

8. Inicio de la segregación racial de jure y eliminación del voto negro (1886-1888)

9. Disturbios en Springfield, Illinois, y la formación de la NAACP (1907-1908)

10. Disturbios raciales, el caso de Tulsa: Black Wall Street (1917-1923)

11. Asesinatos legales de negros, linchamientos: el “modo del sur” (1930-1932)

12. Fin de la segregación racial de jure en las escuelas públicas (1951-1953)

13. Los derechos civiles de 1964 y la Ley sobre el Derecho al Voto de 1965 (1963-1965)

14. Rebelión y masacre en la prisión de Attica, Nueva York (1970-1972)

15. El combate al racismo y el asesinato de un negro (1988-1990)

16. Rebelión en Los Ángeles (1991-1992)

17. Barack Obama, primer presidente negro en Estados Unidos, y la violencia contra los afroamericanos (2014-2016)

18. Black Lives Matter: las protestas por la muerte de George Floyd (2020)

Epílogo

You’ve taken my blues and gone—

You sing ’em on Broadway

And you sing ’em in Hollywood Bowl,

And you mixed ’em up with symphonies

And you fixed ’em

So they don’t sound like me.

Yep, you done taken my blues and gone.1

LANGSTON HUGHES

1 Tomaste mi blues y te fuiste / Lo cantas en Broadway / Lo cantas en bailes de Hollywood / Lo mezclas con sinfonías / y lo arreglas / Para que no suene como yo. / Sip, lo hiciste tomaste mi blues y te fuiste (todas las traducciones son del autor).

Introducción

El racismo norteamericano no es un problema individual, no se encuentra “en las cavernas sentimentales de la mente” de algunos blancos que odian a los negros, es un problema social, político y económico; es, además, un problema colectivo psíquico. Al mover hacia Norteamérica poblaciones completas de negros africanos que se encontraban separadas por un océano, podría decirse que se cometió una transgresión biológica. Al no considerar a estos negros como seres humanos, se cometió una transgresión psíquica; al utilizarlos como esclavos se cometió una transgresión social. Y, finalmente, al fundar una república democrática sobre la base del trabajo esclavo, se cometió una transgresión política y económica. Estas son las premisas fundamentales sobre las que descansa el racismo estadounidense.

El psiquiatra suizo Carl Jung encontró entre los sueños de sus pacientes residuos psíquicos que no se correspondían con la experiencia del enfermo. Algunos de los contenidos inconscientes del paciente no guardaban ninguna relación con su vida, parecía como si “vinieran de otro mundo o de otro tiempo”. Es como si esos contenidos hubieran sido reprimidos socialmente y luego depositados en lo inconsciente del soñador. Siguiendo a Freud, Jung elaboró su teoría de lo inconsciente colectivo, en donde propone que existe un inconsciente común a los seres humanos, desde donde se forma la conciencia colectiva. A diferencia de Freud, Jung planteó que lo inconsciente no solo se formaba con la represión del deseo sexual infantil, sino que contenía componentes colectivos, transmitidos culturalmente, y que era eso finalmente lo que le permitía a un individuo ser parte de una comunidad étnica “sin tener que aprender a serlo”. Nadie aprende a ser mexicano, ruso o norteamericano. Las individualidades no suman nunca el carácter social de un pueblo, es este carácter el que permite las individualidades. Somos un animal social, que no puede vivir aislado. En este inconsciente, el color de la piel lleva prelación sobre cualquier otra característica, esa es la distinción racial fundamental.

Raza es psique. Es raza no en el sentido biológico, pero sí en el sentido cultural-étnico. Lo paradójico es que, tratando de evitar una jerarquización moral o ética entre los seres humanos por su origen racial, justa actitud que nos heredaron los revolucionarios franceses, se eliminó la idea de raza de nuestra comprensión social, lo que ha permitido que se produzca la jerarquización que se quería evitar en un principio, pero ahora de forma inconsciente. El racismo de los blancos está señalando la imposibilidad de mezclar socialmente a negros y blancos. El racismo es la respuesta colectiva a la presencia en la misma sociedad de blancos y negros. El racismo no es el problema propiamente, sino solo su manifestación, por eso no se le puede combatir. No hablo de individuos, hablo de grupos sociales. El racismo es una patología social que anuncia la dificultad de que negros y blancos participen en igualdad de condiciones en la vida de un pueblo, no me refiero a los gustos personales de nadie, sino a los mecanismos sociales y políticos que permiten la reproducción de esa sociedad.

La psique colectiva solo existe atada a un componente racial. Blancos y negros en Estados Unidos responderían a diferentes llamados de lo inconsciente colectivo. Conviven dos sistemas de origen de la conciencia, produciendo un clima de incertidumbre e inseguridad al interior de cada una de las razas. No conozco a nadie que pretenda y proponga que negros y blancos se fundan en una sola expresión cultural. Uno de los dos inconscientes prevalece sobre el otro, lo domina. El racismo es un problema social que limita o suprime la libertad. La lucha por la libertad no se puede fraccionar; no se puede defender la propia sin defender la de todos los demás. Como diría el abogado Clarence Darrow: “La vida de cada ser humano en este mundo está inevitablemente mezclada con cada una de las otras vidas, y no importa qué leyes se aprueben, no importa qué precauciones se tomen, a menos que la gente que conocemos sea amable, decente y amante de la libertad humana, no habrá libertad para las personas. La libertad proviene de los seres humanos, más que de las leyes y las instituciones”. La moral, la decencia y la amabilidad no se pueden legislar.

Derrick Bell, en su libro Faces at the Bottom of the Well (Caras en el fondo del pozo), escribe: “El racismo es una parte integral, permanente, e indestructible componente de la sociedad norteamericana. A pesar de todo aquello que hemos designado como progreso, conseguido con la lucha de muchas generaciones, seguimos como estábamos al principio: una negra y extraña presencia, siempre designada como ‘el otro’. Tolerado en los buenos tiempos, despreciado cuando las cosas no van bien”.1 Toni Morrison, primera mujer negra en recibir el Premio Nobel de Literatura, declaró a The Guardian en 1992: “En ningún momento de mi vida me he sentido como si fuera americana”. Las relaciones raciales se han convertido en Estados Unidos en algo mucho más complejo y profundo que el hecho de abolir leyes racistas o segregacionistas o de aprobar nuevas leyes que garanticen derechos para los afroamericanos. El racismo está entre los norteamericanos “como una enfermedad”, solía decir Martin Luther King, que aparece con virulencia como una epidemia en algunos momentos de su historia. Esa es precisamente la cualidad que nos muestran las diferentes historias en este texto.

Divididos los norteamericanos en su núcleo racial fundamental: blancos (europeos)-negros (africanos), cualquier diferencia que surja entre los blancos se resolverá subrayando la diferencia sobre la línea de color de ese núcleo racial fundamental. “Lo que se ha dado en llamar ‘progreso racial’ no es una solución a nuestro problema. Es la regeneración del problema de una forma particularmente perversa”.2 El “progreso racial” no puede ser otra cosa que la ilusión blanca de que el problema desaparecerá si se le deja de mencionar. Es siempre el racista el que no quiere hablar de ello, eludiendo las preguntas que surgen de la interacción entre negros y blancos en la sociedad. La perversidad de ese nuevo racismo consiste en la estimulación del silencio y en la calificación del racismo como un residuo. “El racismo no es simplemente una excrecencia del cuerpo de una sociedad liberal y democrática fundamentalmente sana, sino que es una parte de lo que da forma y energía a ese cuerpo”.3

La unidad de los blancos siempre es posible frente al “otro”, el acuerdo entre los blancos se facilita ante la presencia de los negros, sus diferencias se pueden diluir frente al problema racial que estos representan. Mientras los norteamericanos no exorcicen a la esclavitud y a la segregación, esto es, las ventilen y las discutan, arrojen luz sobre ellas, estas seguirán jugando un papel inconsciente en la sociedad norteamericana. “La esclavitud es un ejemplo de lo que la América blanca ha hecho, y un constante recordatorio de lo que la América blanca podría hacer”.4 Cuando un paciente recurre a terapia psicológica para enfrentar algún conflicto, lo primero que el terapeuta le pide es hablar de eso. Los norteamericanos tendrían que ampliar su conversación sobre eso. La película 12 años esclavo, ganadora del Oscar en 2013, resulta un buen ejemplo de lo que menciono. Es la primera vez, dice Morgan Freeman, que el tema de la esclavitud es tratado con el mínimo de rigor aceptable en un filme.

La prisión parece ser el nuevo destino de los jóvenes afroamericanos. Michelle Alexander ha dado cuenta del encarcelamiento de los negros en Estados Unidos, ella lo llama el nuevo Jim Crow, que no es más que la utilización del sistema penitenciario estadounidense y la prohibición de sustancias contenida en la “guerra contra las drogas” para inundar las cárceles con detenidos afroamericanos. Todos los estudios señalan que no existe distinción racial en el consumo y venta de drogas, tanto blancos, como negros y latinos, asiáticos y africanos consumen y venden sustancias prohibidas a las mismas tasas. Sin embargo, los negros van presos con mucha mayor facilidad que los blancos. “En algunos estados, los hombres negros son encarcelados por cargos sobre drogas a tasas de entre 20 y 50 veces superiores al encarcelamiento de blancos por los mismos cargos”.5 Ningún otro país en el mundo tiene presa tal cantidad de sus minorías raciales o étnicas. “Estados Unidos tiene preso un porcentaje mayor de negros de los que estuvieron presos en Sudáfrica en la época de máximo racismo durante el apartheid”.6

El racismo norteamericano se entiende mejor si se le mira desde la “lógica estadounidense”. La concepción que tienen de ellos mismos es la de que son el país más democrático sobre la tierra, el más libre, el más civilizado y moderno, el más rico, “una fuerza de bien para el mundo”, es más, afirman que son “excepcionales”. Si todo esto es así, entonces resulta lógico que no podrían ser un país de racistas. Un país democrático no podría ser un país racista. El mecanismo no tiene desperdicio, lo que imaginan ser, los previene de aquello que son… pero solo en la imaginación, no en la realidad. Así, según muchos blancos norteamericanos y algunos negros, el problema del racismo estadounidense es inexistente, o en el peor de los casos es algo que existió pero que ya se encuentra en extinción. El racismo de los blancos se encuentra en negación, dicen los negros. Ni siquiera son conscientes de él. Es muy difícil que las leyes de una sociedad actúen sobre un problema que no se reconoce como tal. “El racismo no puede ser vencido por la promulgación de leyes, o por el cumplimiento estricto de estas. […] El verdadero problema es que la visión de un racismo permanente parece hostil a su visión del mundo”.7 Con la esclavitud, los blancos pretendieron deshumanizar a los negros, rompiéndolos como personas desde dentro, y produjeron una paradoja: “La esclavitud pretendía deshumanizar a los negros, y falló, y no trató de deshumanizar a los blancos, pero tuvo éxito”.8

En el mejor de los casos, la ley protege a los afroamericanos de prácticas y de políticas racistas descaradas, pero al hacerlo racionaliza su situación regularizando el racismo, convirtiéndolo en objeto de batallas judiciales. Cuando la ley prohíbe alguna forma de discriminación, bien puede aparecer de nuevo de manera más sutil dada la permanencia del racismo en la sociedad. Durante todos los años que los abogados de la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP, Asociación Nacional para el Mejoramiento de la Gente de Color) han luchado en las cortes en defensa de los derechos de los afroamericanos, se han dado cuenta de que el testimonio de los negros, de las víctimas del racismo, tiene menos credibilidad que el testimonio del blanco racista. Esto vale también para la mayoría de los afroamericanos, quienes consideran que la palabra de un negro es menos creíble que la de un blanco en un juicio sobre racismo.

Cuando a Toni Morrison le preguntaron por qué negros y blancos no pueden tender puentes sobre el abismo de las relaciones raciales, Morrison contestó:

Porque la gente negra siempre ha sido usada en este país como un amortiguador entre los diferentes poderes para prevenir la lucha de clases, para prevenir otra clase de conflagraciones. Si no hubiera habido gente negra en este país, hace tiempo que se hubiera balcanizado. Los inmigrantes blancos ya se hubieran cortado entre ellos las gargantas, como lo han hecho en otros lados. Pero al llegar a ser americano, lo que tienen en común con cualquier otro inmigrante blanco es su desprecio por mí, no se trata de otra cosa que del color de la piel.9

No importa de dónde fueran, los blancos se mantenían unidos frente a los negros, diciendo: “Yo no soy eso”. En ese sentido, el primer paso que un inmigrante tenía que dar para convertirse en estadounidense era manifestar su desprecio por los negros. Este desprecio no era visto como algo negativo y unificaba a los blancos. Cuando se bajaban del barco la segunda palabra que aprendían era nigger.

Cada inmigrante que llegaba sabía que no sería el último en la fila. Llegaba por encima de por lo menos un grupo social, y ese grupo era el de los negros. Aprender, pero sobre todo usar el término nigger, hacía que los nuevos inmigrantes de Europa “se sintieran instantáneamente americanos”. Los conflictos potencialmente turbulentos entre “los de abajo” eran continuamente desviados por los esfuerzos de los blancos más pobres para asegurarse de que, al menos, los negros se mantuvieran por debajo de ellos. “Si se eliminara a los negros de la sociedad, del trabajo, la clase media blanca, privada de su distracción racial, podría mirar hacia arriba, hacia la parte superior del pozo de la sociedad, y darse cuenta de que, así como los negros debajo de ellos sufrieron a causa de las grandes disparidades en oportunidades e ingresos, así les sucedía a ellos también”.10

El racismo estadounidense se encuentra en estado de simbiosis con la democracia en este país. La nación no podría sobrevivir si le fuera prohibida la presencia de los negros, porque, “por la ironía implícita en la dinámica de la democracia americana”, ellos simbolizan tanto la más rigurosa de las pruebas para un grupo social como la posibilidad de la más grande libertad humana a la que una sociedad puede aspirar: la unidad social de negros y blancos. “Escuchen: es la América negra la que ha ejercido la presión necesaria para que esta nación viva a la altura de sus ideales. Es ella la que le da la tensión creativa a nuestra lucha por la justicia. Sin los negros estadounidenses, algo inconteniblemente esperanzador y creativo abandonaría al espíritu americano, y la nación muy bien podría sucumbir a ese esnobismo moral que siempre ha amenazado su mismísima existencia desde adentro”.11 Los negros han sido para Estados Unidos como una raza de profetas, llamando, despertando, agitando a la nación a arrepentirse de sus pecados y a vivir conforme a lo señalado en la Constitución y en la Declaración de Independencia.

La libertad es algo que recibo de la sociedad, no es algo con lo que nazco. Es del otro de donde proviene mi libertad. Soy libre porque otros han contraído obligaciones, porque los demás se han comprometido a cumplir las leyes y a pagar sus impuestos. La naturaleza no otorga derechos, es la sociedad la que lo hace. La libertad es, pues, el más alto valor social, la libertad individual proviene totalmente de ella. Justificar la libertad como una acción del individuo o como voluntad de Dios es una trampa, pero rinde extraordinarios dividendos para sostener un sistema de dominación. Buscar ser libre es luchar por vivir en una sociedad en donde eso se permita, por eso, la lucha por la libertad es siempre la lucha por la existencia de la sociedad. De la misma forma que la libertad es un valor social, el racismo es la resistencia social a la presencia de ese valor. El racismo es el antivalor de la libertad, que traslada la responsabilidad de esta a los propios excluidos. “El racismo está en el centro, no en la periferia; en lo permanente, no en lo efímero, en la vida diaria de la gente negra y blanca, y no en las cavernas sentimentales de la mente”.12

El conflicto racial que se desarrolla en Estados Unidos lleva la semilla de la nueva esperanza, que no es una esperanza de clase, sino una más básica, más fundamental y reconocible, la esperanza de recuperar nuestra condición humana de nuevo, gracias a los negros, de nuevo. ¿Cómo se puede pensar en disminuir la desigualdad general en la sociedad si no se disminuye la desigualdad originada por el color de la piel? King siempre supo que a quien más beneficiaba su lucha era a los blancos, y que ellos, los negros, serían usados como el cordero pascual de la reconciliación entre los hombres. Es tiempo de actualizar nuestra imagen sobre el futuro. Necesitamos un nuevo horizonte para poder caminar. Es muy posible que la lucha de los afroamericanos estadounidenses traiga un aire de libertad que no respiramos hace tiempo.

Cuando se reduce el problema racial a un problema de clase, se enajena la lucha por la justicia. El conflicto racial norteamericano se encuentra tan sólida y profundamente establecido en la sociedad debido a que no se lo considera como un aspecto central de la confrontación social y política. Con ello los negros han sido discriminados y segregados hasta de la lucha de clases.

Dos ideas generales atraviesan de lado a lado a Estados Unidos: “All men are created equal…”, palabras con las que comienza la Declaración de Independencia, y “We the People…”, frase con la que inicia el texto de la Constitución. Estos son los dos paradigmas norteamericanos. Claramente los negros no están considerados en la Declaración de Independencia: son esclavos. Y no fueron considerados ciudadanos por la Constitución sino hasta después de la Guerra Civil. Una buena parte de la historia de Estados Unidos es la manera en que los negros pasaron a ser seres humanos, iguales a los demás, y cómo fueron reconocidos por la Constitución tras la abolición de la esclavitud. Este proceso social ha sido largo y muy doloroso, 250 años de esclavitud, 100 años de segregación, 50 años de encarcelación masiva de negros. La Independencia norteamericana está sustentada sobre la idea de la universalidad de la libertad y los derechos humanos, lo que no ha sido verdad.

Todo comienza con el pacto político de la Constitución de Filadelfia (1789): fundar una república democrática que acepta la esclavitud de los negros. A partir de ese compromiso el país comienza su expansión territorial hacia el oeste. Despoja a los nativos americanos de sus tierras, compra a Francia la Luisiana, a España las Floridas (oriental y occidental) y despoja a México de la mitad de su territorio. Esta “sed por la tierra” funcionó como un estimulante para el sostenimiento de la esclavitud. Alguien tenía que “traer la civilización” a esos territorios indómitos; el uso de trabajo esclavo funcionó como una súper acumulación originaria de capital. La conquista de territorio y el sostenimiento del trabajo esclavo llevaron a la Guerra Civil. Estados Unidos es uno de los últimos países en el mundo en abolir la esclavitud. Una vez libres los esclavos negros como resultado de la guerra, son segregados del conjunto de la sociedad norteamericana, iniciando una lucha de 100 años para ser aceptados como parte del We en “We the people”. Sin embargo, todavía no son una plena realidad las palabras de la Declaración de Independencia: “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal…” (Consideramos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales…).

Estados Unidos está cimentado sobre una falla social. A la manera de las fallas geológicas, que modifican el conjunto de la superficie terrestre al liberar la energía acumulada por el movimiento de las placas tectónicas, una falla social modifica a la sociedad al liberar la energía contenida en las relaciones entre sus miembros. La falla social norteamericana estaría constituida por la relación entre negros y blancos. Esta relación produce una acumulación de energía social que periódicamente se libera a través de sacudimientos, de conflictos entre ambas razas. Cada uno de los capítulos del presente trabajo trata de mostrar esos sacudimientos, producidos por la presencia de negros y blancos en la misma sociedad.

1 Derrick Bell, Faces at the Bottom of the Well, The Permanence of Racism, Basic Books, 1992, p. ix.

2 Ibid., p. 3.

3 Ibid., p. 10.

4 Ibid., p. 12.

5 Michelle Alexander, The New Jim Crow, Mass Incarceration in the Age of Colorblindness, The New Press, Nueva York, 2011, p. 7.

6 Ibid., p. 6.

7 Derrick Bell, op. cit., p. 92.

8 Ibid., p. 94.

9 Ibid., pp. 151-152.

10 Ibid., p. 181.

11 Ibid., p. 157.

12 Ibid., p. 198.

1 La Convención Constitucional de Filadelfia (1785-1788)

El verano de 1787

En septiembre de 1786, el año anterior a la celebración de la Convención Constitucional de Filadelfia, se celebró en la ciudad de Annapolis, en el estado de Maryland, la Convención de Annapolis. El título que se le dio a esa reunión expresa ya el conflicto que enfrentarían los delegados y los asuntos que se querían resolver: Reunión de miembros de la Comisión para remediar los defectos del Gobierno Federal. La reunión en Annapolis se celebró en septiembre y convocó solamente a 12 delegados de cinco estados, Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Delaware y Virginia. La situación política y económica de la nueva nación era muy complicada, el régimen político bajo el cual se vivía entonces era el de Artículos de la Confederación, que había surgido después de la Guerra de Independencia.

Redactados en 1777, los Artículos de la Confederación ya no resolvían los nuevos problemas surgidos tras la independencia de Inglaterra. En la Confederación, formada por 13 estados, se privilegiaba de manera casi absoluta el poder individual de cada uno de estos sobre el poder del conjunto. Esto dificultaba cualquier acuerdo que se debiera tomar. La Confederación estaba sostenida por la “buena fe” de los estados firmantes, no tenía poder para cobrar impuestos, para defender al país de un ataque exterior, para pagar la deuda pública, ni para alentar y organizar el comercio. En la reunión de Annapolis se quería discutir el establecimiento de un gobierno más ejecutivo, financieramente independiente y que pudiera lidiar efectivamente con los asuntos relacionados con el comercio y la economía que enfrentaba la nueva nación.

En aquel momento la oposición a un gobierno central era muy amplia. El celo con el que se defendía la soberanía e independencia de los estados venía de haber participado todos en una guerra de seis años contra el imperio británico. Habían vencido y habían obtenido su independencia. ¡Que los estados se gobiernen a ellos mismos!, era la opinión más extendida. Todavía permanecía en el ambiente general el espíritu por la libertad que tenían los habitantes de Ashfield, Massachusetts, que en 1776, en una asamblea del pueblo, votaron que “we do not want any Goviner but the Goviner of the universe, and under him a States Ginaral to Consult with the Wrest of the united States for the Good of the Whole” (nosotros no queremos más gobierno que el gobierno del universo, y bajo él, un Estado general para consultar con el resto de los Estados Unidos para el bien de todos).1 John Adams no estaba muy equivocado cuando afirmó que él veía más dificultad en los intentos de los norteamericanos por gobernarse a ellos mismos que en la dificultad que habían tenido durante la Guerra de Independencia para liberarse de los ejércitos y armadas europeas. Por cierto, en Europa se consideraba de lo más improbable que los colonos norteamericanos pudieran gobernarse solos. Se esperaba el día no muy lejano en el que el estado de independencia que habían logrado llegara a su fin y se reintegraran como parte del imperio británico o de otra potencia europea.

En su recomendación para la celebración de la reunión en Filadelfia, la Convención de Annapolis señalaba que debe reunirse una convención de delegados con el único propósito de revisar los Artículos de la Confederación y dar cuenta al Congreso y a las legislaturas de los estados de las alteraciones y disposiciones que ahí se tomen. La Convención Constitucional se realizó en 1787, en Filadelfia, Pensilvania. Dependiendo de los intereses detrás de cada participante en la Convención, se evaluaban los resultados que hasta ese momento habían tenido los Artículos de la Confederación.

Para los llamados federalistas (James Madison, Alexander Hamilton, John Jay y George Washington), los Artículos eran un mecanismo de organización del estado con muchas limitaciones que habría que cambiar radicalmente, constituyendo un gobierno central fuerte y unificado. Los antifederalistas (Patrick Henry, George Mason y Samuel Adams), aunque aceptaban que se realizaran algunos cambios al estatuto de los Artículos, estaban en contra de la formación de un gobierno central fuerte y sobre todo de la formación de un ejército federal permanente. Además, una de sus mayores preocupaciones era la falta de una Declaración de Derechos (Bill of Rights), la cual sentían que era necesaria para proteger las libertades individuales del poder gubernamental. Sospechaban que un gobierno nacional distante no podría representar correctamente los intereses de los ciudadanos comunes. Aunque el objeto inicial de la Convención era “arreglar los Artículos de la Confederación”, un grupo importante de los delegados tenía la intención de construir un nuevo gobierno más que de arreglar el que tenían.

De los 13 estados (Nuevo Hampshire, Massachusetts, Rhode Island, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia), solo 12 enviaron representantes. Rhode Island se negó a enviar delegados debido a su desconfianza hacia la idea de un gobierno central fuerte y a su satisfacción con los Artículos de la Confederación. Los delegados eligieron a George Washington, que había sido el general en jefe del Ejército durante la Guerra de Independencia y gozaba de un gran respeto y reconocimiento para presidir los trabajos de la Convención. El resultado final, después de poco menos de cinco meses de sudores y deliberaciones, fue la redacción de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica.

Había muchos temas importantes sobre los que la Convención Constitucional debía pronunciarse y ofrecer soluciones. Debatieron una gran cantidad de propuestas y de soluciones a múltiples asuntos, pero la esclavitud no fue uno de ellos. El mito histórico nos dice que conservar la esclavitud dentro de la Constitución fue un compromiso histórico doloroso y terrible pero inevitable, que de no haberse logrado Estados Unidos nunca se habría formado. Esto no fue así. En el diseño constitucional la esclavitud quedó integrada y protegida legalmente a nivel federal, en todos los estados, aceptaran o no la esclavitud en su territorio. La Convención se había reunido no para reformar a la sociedad, sino para darle un gobierno a esa sociedad tal cual existía. El gobernador Morris, de Massachusetts, lo expresó brutalmente: los hombres no se organizan para la defensa de la libertad o de la vida, se organizan para la protección de la propiedad, y eso exactamente hicieron en Filadelfia.

En la Convención de Filadelfia triunfaron los intereses de quienes defendían la esclavitud y en la Constitución se expresó con claridad esa victoria. En ninguna parte de la Constitución aprobada en Filadelfia se lee la palabra negro o esclavo, esas dos palabras fueron excluidas en la redacción, el lenguaje en la Constitución las enmascara. En el artículo 1, sección 9 se protege el comercio de esclavos durante 20 años. Solo a partir del 1 de enero 1808 podrían entrar en vigor las leyes para poner fin a la importación de esclavos. Una ley para regular el comercio de esclavos fue aprobada por el Congreso en marzo de 1807, mismo año en el que el Parlamento inglés aprobó una ley prohibiendo el comercio de esclavos a bordo de barcos británicos. Con esto se estimuló la “creación de esclavos” internamente. En el artículo 1, sección 2, párrafo 3 decía que un negro debe contarse solo como “3/5” de persona. En el artículo 4, sección 2, cláusula 3 se estipulaba que los esclavos fugitivos tendrían que ser devueltos a sus propietarios. Se le conocía como la cláusula de los esclavos fugitivos. Como en la Unión había estados en los que la esclavitud no era legal, se garantizaba que los esclavos que huyeran hacia allá serían devueltos a sus dueños. Esta cláusula daba a los esclavistas autoridad para la propiedad de seres humanos más allá de sus propios límites territoriales. En el marco de la legislación inglesa nunca existió un mandato universal como este para la propiedad de esclavos. Aunque hubiera estados que no aceptaban la esclavitud, esta cláusula les daba el mandato para tenerla que aceptar.

El racismo estadounidense comenzó siendo constitucional y tomó una guerra, la más sangrienta y cruel jamás peleada en el territorio del continente americano, para suprimir ese racismo de la carta magna estadounidense. Estados Unidos se constituyó como nación sobre una falla geológica social, expresada por la permanencia de la esclavitud de los negros en su sociedad. Al considerarlos solo 3/5 partes de persona se les regateó su condición humana. Las consecuencias de aquello llegan hasta nuestros días, y provocan constantes sacudimientos sociales.

Algunos delegados a la Convención estaban hartos de la palabra soberanía, usada por los antifederalistas para subrayar la condición en la que querían mantener a los estados en relación con el gobierno federal; Washington se refirió a ella como “el monstruo de la soberanía”. ¿Una sola persona en el Poder Ejecutivo? Eso olía a monarquía, a la figura del presidente se le llegó a denominar “el feto de la monarquía”. A la Constitución que proponía tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, se le llegó a calificar de “monstruo de tres cabezas cuya conspiración es profunda y malvada, y que no fue concebida ni en las épocas más oscuras, contra las libertades de un pueblo libre”.

La rebelión de Shays

¿De dónde salió la fuerza, la energía para que la Convención de Filadelfia dejara intacta la esclavitud? Siendo que, por lo menos declarativamente, la mayoría la cuestionaba. ¿Por qué la atrincheraron así en su Constitución? La amenaza que sintieron los delegados provino del oeste de Nueva Inglaterra. Se originó en una rebelión de granjeros del backcountry del estado de Massachusetts, ocurrida más o menos al mismo tiempo que la Convención de Filadelfia. Se trata de un levantamiento popular de enorme arrastre y vigor entre los habitantes de la región, que se conoció como la Rebelión de Shays.

Daniel Shays tenía una cierta fama militar en la región, había participado en la Guerra de Independencia al lado de Washington, como muchos de los granjeros y artesanos que ahora protestaban en Pelham, Massachusetts, y como ellos estaba también lleno de deudas.

La situación económica al finalizar la Guerra de Independencia era muy difícil, pero se había tornado particularmente difícil para los granjeros y artesanos en el backcountry de Massachusetts. Dos situaciones permiten florecer la rebelión en el verano de 1786. La primera está relacionada con el pago de salarios a los combatientes de la Guerra de Independencia y la segunda con el endeudamiento que contrajeron los comerciantes y productores con los comerciantes ingleses de ultramar. A los soldados, el gobierno de Massachusetts les pagaba el salario con notas de crédito (army notes) mediante las cuales el estado se comprometía a reintegrar la cantidad estipulada al portador del documento. Debido a la escasez de circulante, las notas no se podían redimir en su valor original, de tal suerte que fueron objeto de especulación por parte de acaparadores. Los excombatientes conservaron lo más que pudieron sus notas, pero la apremiante situación económica llevó a muchos a cambiarlas por un valor menor al que amparaban para poder sobrevivir. Se estableció así un próspero negocio de especulación, en donde los más afectados eran los excombatientes.

Cuando se empezó a discutir por parte de la legislatura del estado la consolidación de la deuda pública, es decir el pago de las “notas del ejército”, el problema afloró y abrió un filón de oro para los especuladores. Las notas se pagaban en el mercado a un octavo o a un décimo de su valor original y ya para ese entonces el 80% (40% en manos de solo 35 personas) de las “notas” lo tenían los comerciantes y especuladores, que dominaban además la legislatura que había aprobado la medida.

Una vez que la legislatura de Massachusetts tomó la crucial decisión para redimir las notas en su valor original, en lugar de a su precio de mercado, no se beneficiaba a los combatientes sino a los especuladores. Así, una serie de ciudades protestó y pidió cambiar la legislación. No fueron escuchadas, fueron tratadas con desprecio, pero el llamado por los cambios en la legislación continuó.

La segunda situación estaba relacionada con la cadena de deudores que se establecía en el comercio entre el backcountry y las principales ciudades del seaboard (de la costa), estando Boston en primerísimo lugar. Se trataba de créditos obtenidos para el aumento de la producción que no pudieron cubrirse. Durante la Guerra de Independencia las carencias de todo lo indispensable para vivir se agudizaron. La confrontación militar con Inglaterra tenía en un estado lamentable a la economía y la escasez de bienes de consumo básico no se hizo esperar. Algunos granjeros del backcountry encontraron en el aumento de la producción agropecuaria una forma de hacer crecer sus ganancias. Abastecer un mercado en época de guerra probó ser un buen negocio durante los años que duró el conflicto. Para aumentar su producción, muchos granjeros tomaron créditos. Hacia 1786, terminada la guerra, la economía regresaba a un estado de menor escasez y las ganancias extraordinarias que se podían obtener en un tiempo de agitación e incertidumbre tendieron dramáticamente a la baja, dejando a muchos granjeros con créditos que no podían cubrir.

A estas dos condiciones se añadía la de los impuestos. La guerra retrasó su pago y había, además, nuevos impuestos con sus respectivos incrementos que había que cubrir. “Los bienes que llegaran a Boston y a ciudades costeras más pequeñas serían marcados con aranceles […] habría un impuesto sobre los varones de 16 años, otro era un impuesto a la propiedad”.2 Todo el mundo sabía también que los impuestos iban a ser regresivos. Solo alrededor del 10% de esos impuestos habría de venir de derechos de importación y de impuestos especiales, que recaían en personas que eran más capaces de pagar. El otro 90% eran impuestos directos a la propiedad, con la tierra cargando con la parte mayor. No solo una porción de los impuestos iba a ser más pesada, también se había sesgado en contra de las familias campesinas con hijos adultos, y los principales beneficiarios de esto iban a ser los especuladores de Boston. Este es el conjunto de situaciones económicas que alimentaron la inconformidad y provocaron una crisis a mediados de 1786.

Muchos granjeros se encontraban endeudados, pero no pretendían evadir sus responsabilidades, como la burguesía bostoniana quería hacer creer, acusándolos de rebelarse para no pagar sus deudas, querían que se cambiara la ley de la deuda pública y que se proclamara una nueva Constitución estatal, en donde se garantizara un gobierno de la gente. El asunto tenía historia, así había comenzado la Guerra de Independencia. “No taxation without representation” (No hay impuestos sin representación).

A partir de 1785 los granjeros del backcountry de Massachusetts comenzaron a ser citados por las cortes del estado y muchos fueron detenidos en prisión en relación con el pago de sus deudas. “Para entonces, casi un tercio de todos los hombres en el oeste de Massachusetts habían sido llevados a los tribunales como demandados por casos de deuda, y fue para evitar esos juicios que Luke Day y sus compañeros rebeldes cerraron los tribunales en el verano y el otoño de 1786”.3 La inconformidad crece durante ese año, y ante los reclamos, la autoridad repite la fórmula del año anterior: “Habrá que esperar hasta el próximo año”, cuando la legislatura estatal se reúna y realice los cambios legales que la gente exigía.

Mezcladas con las peticiones había decenas de preguntas difíciles, por ejemplo, ¿cómo iban los agricultores a pagar las deudas e impuestos con dinero duro, si no había dinero duro disponible? Y ¿por qué hombres honestos tienen que lidiar con todos los trámites en el sistema judicial? ¿Estaba bien que solo abogados bien relacionados y funcionarios judiciales pudieran cobrar honorarios a cada momento? ¿Y para qué estaba allí el Senado del estado? ¿Era simplemente un derroche innecesario de dinero de los contribuyentes? ¿Y no era solamente proporcionar otro bastión de privilegio para la élite de Boston? ¿Y por qué el gobierno estaba en Boston? ¿Por qué no se encontraba más céntrico, como en los otros estados? ¿Era así para que la élite mercantil pudiera aprobar leyes opresivas mientras la distancia y el mal tiempo mantenían los representantes del pueblo alejados de Boston?4

En agosto de 1786, multitudes encabezadas por el capitán Joseph Hines bloquearon la apertura de los tribunales en Northampton, obligando a los jueces a suspender las sesiones. En las semanas siguientes se repitieron escenas similares en diversas ciudades de Massachusetts, con lo que se evidenció el alcance del apoyo popular a la rebelión. No dejar funcionar a un gobierno injusto por el que no se sentían representados era una medida exitosa de resistencia. No los quemaron, no asesinaron a los jueces, no destruyeron la propiedad de nadie, querían gobierno, pero no ese que tenían sino uno que estuviera de su lado. Cuando el gobierno quiso reprimir la rebelión, mandando al general Jonathan Warner a combatirla con la milicia estatal, se demostró que la rebelión era genuinamente popular, pues muchos de los milicianos, paisanos de los que protestaban, se les unieron en lugar de reprimirlos.

Para las autoridades estatales era obvio que los rebeldes estaban haciendo mucho más que interrumpir los casos de deuda y acosar a los jueces. “Ellos estaban atacando el símbolo más visible de la autoridad estatal en el sistema judicial del oeste del estado, que había sido aprobado por la Constitución estatal de 1780, impugnando así la mismísima legitimidad del nuevo gobierno del estado, y tratándolo como si no mereciera más su respeto, como si se tratara del viejo gobierno real”.5

Ante la imposibilidad de combatir la rebelión con las milicias estatales, el 4 de enero de 1787, sin autorización legislativa, el gobernador Bodowin lanzó un llamado para reclutar a 4 400 hombres para sofocar la rebelión. El ejército iba a estar bajo el mando del general Benjamin Lincoln. Para cuando el ejército por contrato se empezaba a mover hacia el oeste, Bodowin y la élite bostoniana ya habían encontrado a quién culpar de la agitación en las zonas rurales: Daniel Shays. Shays se había incorporado lentamente a la rebelión, pero ahora estaba al mando del regimiento más grande que los rebeldes hubieran formado. Las autoridades insistieron en que la rebelión entera estaba también bajo su dirección, que él era el comandante en jefe, el generalísimo, como el procurador general lo quiso poner. Algunos lo vieron como un dictador en potencia, otros como la herramienta del rey George III. “Pronto se demostraría que estaban equivocados, que había hombres que no seguían las instrucciones de Shays, pero las autoridades querían presentarlo como el hombre al mando, y finalmente nombrar a todo el levantamiento como la rebelión de Shays”.6

En su radicalización, los rebeldes planearon el asalto a un depósito federal de armas muy importante en la ciudad de Springfield, con ello querían mandar la señal de que no se rendirían y de que de ahora en adelante estarían mejor armados. El 3 de febrero Shays movió sus fuerzas hacia Petersham para reorganizarse y planear el ataque al Arsenal federal. Lincoln tomó conocimiento de esto y decidió ir a perseguirlo en medio de una terrible y feroz tormenta de nieve. Lincoln hizo marchar a sus tropas durante toda la noche, en condiciones absolutamente terribles, suponiendo, como fue, que Shays y los suyos no estarían alerta, pues no pensaban que el ejército marchara en esas condiciones para atacarlos. Se equivocaron. Fueron atacados con la más absoluta sorpresa un domingo en la mañana y puestos en desbandada. Shays logró escurrirse, al igual que varios de los principales líderes, hacia el norte, primero a Nuevo Hampshire y después hacia Vermont. Para fines prácticos, este triunfo del general Lincoln puso fin de la rebelión de Shays.

Sometida la rebelión, quedaba ahora la tarea de juzgar a los sublevados. En primer lugar, tuvieron que entregar sus armas, admitir que se habían rebelado contra el estado y sus gobernantes, hacer un juramento de lealtad, y pagar una cuota de nueve peniques a un juez de paz que certificara que se habían cumplido estas condiciones para obtener el perdón. Por nombre estaban excluidos del perdón Daniel Shays y otros ocho dirigentes. De los rebeldes, a quienes se les había encontrado culpables de sedición, 14 en total, fueron condenados a la pena de muerte, que no fue ejecutada, pues el recientemente electo gobernador John Hancock decidió suspender las ejecuciones “por el bien público” y para no perpetuar la política de su antecesor James Bowdoin. Todos los rebeldes llevaron a cabo un juramento de lealtad al estado y a sus gobernantes.

La rebelión no fue una insurrección de los pobres contra los ricos, como cierta interpretación superficial lo quisiera ver. No hay tal cosa como “los pobres y desesperados” tomando las armas contra el estado y su élite gobernante. Se trataba de todos los pueblos, puestos en acción contra un gobierno que no sentían suyo, y al que pretendían cambiar. No se trataba de deudores morosos buscando una salida fácil a sus deudas. La rebelión pretendía restaurar el orden. Se trató de una genuina resistencia a un gobierno autoritario.

Algunos políticos en ascenso en la sociedad de Massachusetts de aquel tiempo veían con buenos ojos la rebelión, señalaban que tendría un buen efecto sobre el conjunto del país. “Se proporcionará una buena propaganda para la causa de un gobierno nacional más fuerte”.7 La insurrección “dio un fuerte impulso hacia el establecimiento de la Convención federal, y a las labores de ese órgano para que se adoptara un gobierno nacional fuerte”.8 La rebelión ofreció una buena justificación a los delegados reunidos en Filadelfia de que el país necesitaba además un ejército permanente que pudiera mantener el orden y proteger a los titulares de la propiedad. No se podía depender para eso de las milicias estatales. Las figuraciones que pudieron hacerse del levantamiento en Massachusetts gravitaron fuertemente sobre las resoluciones que se tomaron. La energía y la fuerza para cambiar a la autoridad de la Unión salió de la representación que los delegados se hicieron de los peligros de una rebelión popular, la rebelión de Shays fue un estímulo para pensar que la salida se encontraba del lado de una autoridad federal fuerte. Sintieron que una rebelión popular era la verdadera amenaza para la propiedad.

Todo esto lo tenían presente los delegados en la Convención de Filadelfia, pues para mayo de ese mismo año, cuando ellos empezaban sus deliberaciones, la rebelión de Shays había ya terminado y la confusión que originalmente existió sobre las motivaciones del levantamiento comenzaba a disiparse. Se trataba, en voz de uno de los delegados, de un enfrentamiento entre “el seaboard y el backcountry”, entre los intereses de la burguesía especuladora de la ciudad (Boston) y los de la mayoría de los gra

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