Redada en una fiesta hippie

Rafael Cabrera

Fragmento

Redada en una fiesta hippie

INTRODUCCIÓN

La historia es sencilla: un joven decidió hacer una fiesta en su casa, la primera que organizaba en toda su vida, aprovechando que sus padres estaban fuera de México. La invitación pasó de boca en boca entre amigos y conocidos, y a la noche de la cita llegaron más de ciento cincuenta personas. Unos llevaban alcohol, otros marihuana, algunos cargaban dosis de LSD. Un grupo de rock animaba la fiesta y, pasada la medianoche, la policía irrumpió en la casa con pistola en mano y arrestó a todos los invitados.

Una fiesta que sale mal, como tantas. Podría ocurrir en cualquier sitio, en años pasados o en días futuros. Pero una fiesta siempre será única. Puedes asistir a todas las fiestas de tu tiempo, pero ninguna será como todas las fiestas del mañana. Una fiesta se rige por el azar, el caos, por una combinación improbable de canciones, pasos de baile, palabras, gestos, personas, ausencias y sorpresas. Un futuro promisorio, dos vidas que se separan, una traición, un crimen, la muerte; todas las posibilidades danzando alrededor de la misma llama, de la misma noche. Pero la simplicidad de la anécdota es sólo aparente, pues incluso la historia más frívola puede tener una dimensión profunda. Todo depende hasta dónde se mire. Una historia está hecha de recuerdos y mentiras, de rencores que aún arden, de olvidos y contradicciones, y algunos hechos que pueden comprobarse, como éste: la madrugada del 12 de febrero de 1971 fueron arrestadas más de ciento cuarenta personas durante una fiesta organizada en Paseo de la Reforma 935, en la colonia Lomas de Chapultepec, una de las zonas ricas de la Ciudad de México. Entre los detenidos había gente de teatro, cine y televisión, artistas plásticos, extranjeros, músicos e hijas e hijos —incluidos menores de edad— de familias de dinero y apellidos respetables. La policía decomisó drogas y pornografía, y clausuró la casa. La historia salió en las primeras planas de todos los diarios nacionales bajo un nombre en común: una orgía, una fiesta hippie. Un escándalo.

A más de cincuenta y cinco años, se sabe muy poco sobre lo que pasó en aquella fiesta, cómo se gestó y cuáles fueron sus consecuencias. La memoria es caprichosa y el olvido es un tránsito, como el sueño profundo que antecede al despertar. Porque todo se olvida, pero sólo por un tiempo, y a veces nomás falta un chismoso que comience a preguntar.

Una tarde a finales de 2013, viendo las noticias en internet, leí que el director Alejandro Jodorowsky iba a lanzar una nueva película después de décadas de silencio cinematográfico. La danza de la realidad era el título que el director planeaba presentar en México, un país donde vivió en los años sesenta y setenta. Fando y Lis, El topo o Santa sangre son títulos que erigieron a Jodorowsky en un autor de cine de culto calificado como provocador, indecente o pornográfico. Sin embargo, también hay otras razones para su inmensa fama: su teatro experimental, los años que leyó el tarot a miles de personas en un café de París y por ser el creador de la “psicomagia”, una mezcla de psicología, arte, misticismo y chamanismo, con fines terapéuticos y emocionales, y por la que millones de personas lo sigue en redes sociales. Una especie de gurú digital nacido en Chile en 1929.

Nunca he sido muy fan de su obra, aunque he visto varias de sus películas y tengo clara su importancia y la de su obra. Jodorowsky es un personaje que polariza: para unos es un maestro de vida, para otros un charlatán egocéntrico. Yo siempre había estado en el equipo de los indiferentes, pero al ver la noticia de su regreso a México se me ocurrió pedir al Archivo General de la Nación una copia del expediente que hubiera sobre él y los años que vivió en México. Su “versión pública”, como se llama comúnmente.

Tras unas semanas de espera, recibí una copia del expediente de Jodorowsky. Eran apenas unas cincuenta hojas. La mayoría se trataba de recortes de prensa de los años sesenta o algunos reportes elaborados por la Dirección Federal de Seguridad, la policía secreta mexicana que sirvió como aparato de espionaje político y represión en la segunda mitad del siglo XX. En los documentos no aparecía nada grave, sólo datos generales de Jodorowsky y algunos reportes sobre su trabajo teatral y cinematográfico. Pero cuatro hojas con el logo de la extinta Procuraduría General de la República llamaron mi atención. Era un listado de nombres. Primero venían anotados ciento tres hombres y después cuarenta y una mujeres. Algunos nombres los reconocí, la mayoría no me sonaron familiares y había decenas de apellidos que sonaban extranjeros, pero que quedaron escritos como Dios le dio a entender al taquimecanógrafo. Alejandro Jodorowsky, por ejemplo, fue escrito como “Alejandro Todorunker”. Estos errores no son inusuales. Los reportes de la policía mexicana están llenos de errores ortográficos. Pueden cambiar una z por una s, o fueron escritos de manera fonética, y esos pequeños detalles pueden complicar las búsquedas.

En el archivo de Jodorowsky no había más referencias sobre el arresto. Sólo esas cuatro hojas llenas de nombres que no explicaban por qué habían sido detenidas. Así que días después fui a la Hemeroteca Nacional, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Era obvio que debía empezar por La Prensa, el diario que hizo de la nota roja una pieza de arte popular. Y ahí estaba, la portada del sábado 13 de febrero de 1971. Escrita en grandes letras negras, mayúsculas, la primera plana decía:

REDADA EN UNA ORGÍA HIPPIE

—Niños, artistas, escultores y escritores, en la fiesta.

—Había mariguana, LSD, pastillas y mucha pornografía.

—Jodorowsky, Isela Vega, José Alonso, etcétera, detenidos.

Cuando leí y vi esa primera plana debo admitir que sonreí. Fue como amor a primera vista. Fue como contemplar un poema, como leer un cuadro. La portada tenía una extraña belleza. La frase era poderosa, contundente. El editor que puso ese titular sabía muy bien lo que hacía. Y décadas después, el efecto permanecía, como una droga, un veneno. Alguna vez leí que una portada debe ser tan bella que al lector casi casi le deben dar ganas de lamerla, aunque la portada de La Prensa sería más como lamer un papel impregnado con LSD.

Pedí todos los diarios disponibles de aquellas fechas para leer más sobre la redada y en todos se repetía la misma historia y, sin excepción, se hacía escarnio de las cabelleras largas —femeninas— de los hombres y de sus barbas andrajosas; condenaban las minifaldas indecentes de las señoritas y ponían en duda su dignidad por asistir a semejante evento; o se burlaban de las vestimentas de algunos invitados, pues no permitían identificar su género. Algo comenzaba a oler mal. Las notas eran ridículas. Dicho en latín: eran mamadas. Las noticias eran tan absurdas que acusaban a los invitados de haber bailado al ritmo de “estruendosa música pop”, la cual, no sé usted, querida lectora, lector, a mí me gustaría bailar con mis amigos hasta al amanecer. Cualquier persona con sentido común podía observar que las noticias eran amarillistas, exageradas, plagadas de prejuicios. No voy a negar que la portada surtió su efecto al inicio pero, al leer todas las notas del 13 de febrero de 1971 y de los días posteriores, era evidente que algo no cuadraba. Y supongo que ahí decidí comenzar a investigar, por lo extraño de la historia y los personajes que la protagonizaban. Me dio curiosidad conocer la historia real detrás de esa portada, porque los diarios rara vez reflejan la realidad. Y después nada. Páginas y páginas de diarios viejos, días y días convertidos en papel reseco, y nada. La noticia de la fiesta hippie desapareció de los periódicos después de cinco días. Un escándalo más que se desvaneció cuando una nueva desgracia, una nueva historia, apareció en las noticias, en un ciclo que se devora a sí mismo como una ola que se traga a otra en un mar oscuro. El olvido.

En las notas periodísticas aparecían dos nombres, dos hermanos, que habían terminado en la cárcel por la fiesta: Manuel y José Toribio Esquivel Obregón Moreno. Ellos eran los indicados para contar la historia, así que me dediqué a buscarlos. Manuel era un fantasma, pero de José Toribio hallé un teléfono y una dirección en la Ciudad de México. Durante días marqué y marqué sin éxito. Nadie. Nada. Así que decidí escribirle una carta contándole por qué lo estaba buscando y la dejé en su domicilio. En mi experiencia, las cartas siempre ayudan a conseguir entrevistas. Hay algo de gentileza, de cortesía, que convence a las personas para hablar con un reportero. Y resultó. A los pocos días, José Toribio me habló por teléfono y me citó en un restaurante que estaba a unas cuadras del Paseo de la Reforma.

Para entonces ya era abril de 2014. El día que nos encontramos hallé a un hombre de pasados los setenta años, delgado, alto —sobrepasa el 1.85 de estatura— y de cabello entrecano. Tiene una voz grave, muy seria. De modales sobrios. Nos sentamos frente a frente en una mesa al aire libre y ordenamos un par de cafés. Él comenzó a hablar. Yo asumí que era una entrevista formal y comencé a grabar. Pero cuando él vio la pantalla de mi teléfono con el botón rojo encendido, su rostro también se encendió y con una voz furiosa ordenó:

—¡NO! ¡Apague esa grabadora! Esto no es una entrevista. No le voy a contar nada, ¡nada!, hasta ver cuánto es su compromiso con esta historia. No le voy a decir nada de esto, que fue terrible, injusto, hasta que usted me demuestre su responsabilidad con la historia.

La orden cayó como un manotazo sobre la mesa. Paré la grabación y me hice chiquito en la silla, apenado. José Toribio tomó aire con fuerza y al exhalar soltó su enojo. Comenzó a contarme de manera vaga sobre él. Era abogado de formación y después estudió Filosofía en la Sorbona de París. Se dedicaba a los bienes raíces. Soltero, nunca casado, ni con hijos. La fiesta, dijo, fue organizada por Manuel, su hermano menor, quien vivía en Guatemala. Pero cuando se refería a él no lo llamaba por su nombre ni decía “mi hermano”. Usaba una frase distante: “Este tipo”. Comprendí que la relación entre ellos no era cercana. Seguimos hablando pero su relato sólo acariciaba la superficie, no ahondaba. Había en él una especie de freno interno que no le permitía contar todo. Era evidente que le incomodaba recordar. Y mientras lo veía hablar, algo en él me recordó a un árbol, quizá por el cliché de que las personas mayores son como árboles viejos, sabios. Quedamos en segui

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