Exhala

Gaby Vargas

Fragmento

Exhala

   

Introducción

En este plano existencial hay algo que a todos nos vincula: la pérdida, o mejor dicho, las pérdidas que, tarde o temprano, experimentamos. Pérdida de la niñez, la juventud, un trabajo, una pareja, la memoria, los padres, un techo, la lozanía de la piel, la fortaleza del cuerpo; en fin, pérdidas materiales. Podría nombrar un millón de tipos de pérdidas y cada cual tiene una forma en que se puede entender, incorporar y superar. De igual manera, cada quien posee lo que considera “lo más sagrado”, la piedra angular de su vida. Aquello que más ama, lo más importante que ha tenido. Para algunos puede ser el amor a una pareja, a un hijo, a la madre o al padre; o bien, la familia, la salud, la lucidez, el trabajo, la vocación, el alma, una posesión o lo que sea.

Este libro es sobre la pérdida más grande que en lo personal he tenido: la del amor. Cuando un gran amor se va, te arrastra y tu alma se va con él. Te sientes frágil, indefenso, vulnerable y vacío. ¿Cómo sales de ahí? ¿Cómo te recuperas?

La muerte y el duelo son temas de los cuales no nos gusta hablar, sobre los que evitamos leer y hasta consideramos de mal gusto compartir. Es tanta nuestra alergia a la muerte que no toleramos a un doliente hablar por más de equis días sobre su pena. Asimismo, es común que, ante una pérdida dolorosa vivida por nosotros o por alguien cercano, prefiramos las distracciones del mundo exterior, como aquello que sucede en la nube de las redes sociales; recurrimos al entretenimiento, a la comida o a alguna sustancia que podamos tomar para desconectarnos, con tal de no lidiar con la realidad. Se necesita valor para encarar nuestra vulnerabilidad y la de quienes nos rodean.

Para mí, el dolor que causa la pérdida de lo más sagrado es como estar en medio de una neblina densa, sin visibilidad y aspirando un aroma amargo, en ella te sientes totalmente perdido, vacío y desorientado. Creo que la única manera de superar ese sufrimiento, llegar a sentir alivio y encontrar maneras de respirar es inhalar y exhalar con normalidad, es armarte de valor y atravesar la bruma. ¿Por qué resalto la palabra “exhalar”? Porque de inmediato me llena de paz. Significa inhalar una bocanada de aire para que, al exhalarla, el cuerpo, la mente y el alma descansen. Así quise titular este libro con la intención de invitarte y mostrarte, querido lector, querida lectora, que se puede exhalar a pesar de lo que vivimos. Es un hecho que nadie exhala de manera permanente, sino al final de sus días. Sin embargo, lo haces incontables veces a lo largo de la vida, cada uno de los días que la conforman, sin importar los problemas o el inmenso dolor que atraviesas. Hacerlo te trae al presente, a este preciso instante en el que todo está bien.

Con la pérdida de mi esposo, Pablo, el amor de mi vida, con quien compartí una existencia llena de cariño y respeto durante 54 años de amor y 50 de matrimonio, me di cuenta del abismo que existe entre enseñar o escribir teorías y la agonía que es vivirlo realmente. La pérdida siempre se lleva algo de ti. No hay palabras, consejos, nada que consuele. El mayor obstáculo es sobreponerse diariamente a uno mismo.

La muerte de un ser querido es uno de los mayores retos a los que el ser humano se enfrenta. Una vez que te sientas en la primera fila de la ceremonia para honrar las cenizas de tu ser amado, lo entiendes. Ya no serás la misma persona, has sido tocado por algo crónico y permanente. Algo en ti ha muerto. Algo que seguramente renacerá, pero de manera diferente. Deberíamos también tener rituales para velar y enterrar esa parte nuestra. Tarde o temprano los conocidos te dirán que te ven bien, que vas mejor, pero nadie se atreverá a confesar que pareces distinto, que has cambiado —para bien o para mal, lo que dependerá de ti.

Finalmente, sales fortalecido de esta experiencia, no hay duda. ¿Requiere de voluntad? Sí. No obstante, la sensación que tienes al atravesar por un duelo es la de estar en una balsita en alta mar, paleando en medio de una tormenta tremenda. La gente parada en tierra firme, bienintencionada, te indica qué hacer, te hace señas, te grita, pero no puede hacer nada por ti. Se necesita haber estado en esa lanchita para comprender lo que se vive.

Quizá ya comprobaste que cada pérdida se siente en lo físico, lo emocional, lo intelectual y lo espiritual. Como mencioné, te sientes confundido, débil, vulnerable y sin rumbo, en especial al principio. Entre ese instante de vacío profundo y en el que vuelves a sonreír y a dormir tranquilo, atraviesas por una serie de etapas, subidas y bajadas, las cuales intento explorar en estas páginas. Es un hecho que, una vez que regresas al mundo después de perder a alguien, tu mirada y tus jerarquías cambian por completo.

Y si bien, desde que Pablo partió a otro plano, he tomado terapias con una tanatóloga, he leído cuanto llega a mis manos acerca de las diferentes pérdidas y el duelo que conllevan y he aprendido de otras personas que pasaron por lo mismo, lo cierto es que todavía me parece una experiencia nueva para la que nadie ni nada te prepara. O, mejor dicho, a la que rara vez nos interesa acercarnos. De hecho, soy —fui— una muestra de ello. He escrito 16 libros y nunca había tocado este tema, ignoro si por falta de madurez, por evadir una cuestión a la que tememos o por cultivar el pensamiento mágico de que “a mí no me va a pasar”, creyendo que, si no lo toco, no me toca.

Quiero aclarar que no soy terapeuta y mucho menos tanatóloga, no intento ayudar con teorías o saberes de expertos, sólo quiero compartir contigo, querido lector, querida lectora, mi experiencia, mi búsqueda, mi camino y las salidas que me han llevado más allá del vacío y la obscuridad absoluta. Acompañarte desde estas páginas con lo que aprendí y lo que me ayudó a salir adelante, con la esperanza y el deseo profundo de darle sentido a algo que no lo tiene o que es difícil ver en el momento. Pero, si algo puedo afirmar, es que un día vuelves a sonreír.

En mi proceso, leí el libro Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett. En él, la autora habla del suicidio y, aunque no es mi caso, en sus palabras encontré lo que sentía y lo que me hubiera gustado escribir: “Porque contando mi historia tal vez cuento muchas otras. Porque a pesar de todo, de mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras. Porque, aunque envidio a los que pueden hacer literatura con dramas ajenos, yo sólo puedo alimentarme de mis propias entrañas”.

En este proceso he comprendido que hay diferencias entre el sufrimiento y el duelo. El primero surge en la cabeza, en tus pensamientos, al repasar una y otra vez el dolor de tu pérdida, que está acompañada de todas las preguntas, envueltas en una incertidumbre que no hay manera de responder; el segundo se presenta sin aviso, a la hora que quiere y se ancla en el corazón. Son dolores distintos, dos vías por completo diferentes. El primero se controla y se puede eliminar con determinación; al segundo hay que abrazarlo, acariciarlo, como lo mencioné, hasta que decida irse.

¿Nos podemos quedar estancados durante años en la conmiseración y el dolor? Sí, claro que podemos y tendríamos justificación, pero si algo nos enseñan las pérdidas es a darnos cuenta de cuán efímero es todo y de lo rápido que se va la vida. Por lo tanto, tenemos otra alternativa, la de aprovechar, gozar cada momento y agradecer el estar vivos.

“Todo va a estar bien”, decía Pablo, mi esposo, quien una vez más cumplió su promesa: al final las cosas se acomodan. Un día volvemos a encontrar inspiración, gozo, armonía y belleza, aunque de momento lo creamos imposible. Debemos tener la certeza de que la vida trabaja para nosotros y no en contra de nosotros, porque así es. Ella nos manda pruebas y nosotros respondemos. Somos los creadores de nuestra propia experiencia, y la construimos con cada pensamiento, decisión y actitud ante lo que venga. Y sí, toma tiempo asimilar y comprender que todas las cosas que nos suceden, los hechos, los encuentros y las circunstancias son para nuestro desarrollo.

Mientras, te invito a tomar conciencia del momento presente y del valor de estar vivo en este instante, a disfrutar los regalos que la vida y la naturaleza brindan, aunque la pena persista. Eso es exhalar, un acto que es y siempre será momentáneo. Exhalar nos permite poner la lupa en todo aquello que nos lleva, aunque sea por instantes, a disfrutar y nos da la oportunidad de agradecerlo; ser conscientes de qué, quiénes, cuándo y cómo brindarnos ese bienestar para sentirnos mejor y procurarlo.

Querido lector, querida lectora, este libro lo dividí en tres partes. La primera narra nuestra historia —la de Pablo y mía— de amor y dolor. En la segunda, te comparto sobre el proceso de duelo que viví y lo que aprendí. Y en la tercera te relato mis experiencias para sobrevivir. Esta última se compone de diversos escritos acerca de lo que me salvó y me ayudó a salir adelante en mi proceso de recuperación. Incluí también lo que descubrí sobre cómo ayudar a otros, con la esperanza de que te pueda servir en tu propio renacer en caso de vivir algún tipo de pérdida.

Para terminar esta breve introducción, hay algo que te puedo garantizar: salir adelante, tarde o temprano, depende de ti y de mí, de nadie más. Aférrate al amor porque, por cursi que suene, el amor a la vida, a uno mismo y a tus seres queridos lo puede todo.

Me gusta la siguiente frase: “La vida no es una mujer seductora, la vida es una mujer que te grita que luches para ser digno de ella. Si no buscas la vida, jamás te encontrarás con ella”. Sal y busca la vida, de la manera que quieras, pero búscala.

Ten la certeza de que llegará un día en que al despertar te des cuenta de que ese sufrimiento insoportable será llevadero hasta que, poco a poco, retomarás el gozo de estar con vida. Un día, una vez integrada la pérdida, podrás cerrar los ojos y… por fin, exhalar.

Un abrazo.

Gaby

PRIMERA PARTE:

Añoranzas

1

Lo que daría por volver a vivirlo

Mi ser verdadero no es la

conciencia del yo, sino algo que

no nace y no muere.

Willigis Jäger

La vida cambia en un latir del corazón. Instantes que creí cotidianos, hoy me parecen la vida entera. Un acto tan simple como acurrucarnos en el sillón de la recámara para ver una película, era como llegar a una casa iluminada con la puerta abierta y con aroma a pan recién horneado. Nuestros cuerpos embonaban como dos piezas de rompecabezas. ¿Te acuerdas? No cambiábamos ese lugar nuestro por nada. Lo que daría por volverlo a sentir.

Veo la foto de tu cumpleaños, tú, rodeado de globos y regalos. ¡Estabas tan contento y te veías tan bien! Ese 27 de marzo del 2022, tu cumpleaños, saliste como tantas otras veces del hospital para encontrarte con la sorpresa de tus regalos en la recámara. Comimos con nuestros hijos y nietos, celebramos el momento y soplaste las velas del pastel como un niño con todo el futuro por delante. Quién diría que dos meses después, el 27 de mayo, te irías para siempre. Nunca lo imaginamos. Amar y perderte. ¡Tan solo dos meses de vida!

Me pregunto si de saberlo, habríamos hecho algo diferente. ¿Qué hubiera cambiado? No lo sé, ¿todo? ¿nada? Esta es una de las grandes interrogantes de la vida. Pienso que es mejor no saberlo ni imaginarlo, el sufrimiento sería inaguantable.

“Tienes mieloma múltiple, una enfermedad maligna que no tiene cura pero se controla”, nos dijo en marzo de 2020, el doctor Gabriel Chávez Sánchez; a quien le tomamos mucho cariño y le estaremos siempre agradecidos.

En realidad, no teníamos idea de la gravedad de este padecimiento. Se trata de un cáncer en la médula de los huesos que puede ser desde algo muy controlable, hasta muy agresivo. Ignorábamos cuál de ellos sería el tuyo, bendita ignorancia, a veces pienso que la inocencia, el no conocer sobre medicina, o fingir que no sabíamos el pronóstico, nos permitió vivir una ilusión que, dicho sea de paso, nos duró muy poco.

Durante los 26 meses que padeciste la enfermedad toda la familia nos aferramos al “se controla” que mencionó el doctor Chávez, y en esas dos palabras basamos todas nuestras fuerzas y esperanzas. El día en que me di cuenta de la gravedad del padecimiento, fue por la cara que pusieron tanto mi ginecólogo como mi endocrinólogo al escuchar el diagnóstico. El pensamiento mágico de superarlo nos cegaba la realidad.

Al mes del diagnóstico, te hicieron otra prueba de médula para analizar qué tipo de mieloma padecías. “En cuanto lleguen los resultados les llamo”, nos dijo el doctor Chávez. Esa mañana de sábado, su llamada entró de milagro. Nos encontrábamos montando a caballo en campo abierto en el Estado de México, “es mi terapia”, decías. Recuerdo con exactitud fotográfica el lugar exacto en el que detuvimos los caballos para contestar el celular.

“Muy bien, doctor… Ni hablar… Gracias”. Terminaste la llamada. Durante unos segundos permaneciste en silencio, me parecieron horas. “En pocas palabras, que la noticia no es buena”, me dijiste. Guardaste el celular en tu chamarra. Inhalaste profundo, extendiste tu mano para alcanzar la mía, aún montados en los caballos, para compartirme la noticia.

En silencio, mientras el mundo se nos venía encima, la belleza de la naturaleza contrastaba con la opresión en el alma. El tiempo cobró otra dimensión. La muerte de pronto se convirtió en un jinete montado en ancas sobre tu silla de montar. Sentí que entrábamos a una especie de realidad alterada, donde todo lo cotidiano se alejaba, se consumía y, a cambio, una sensación también ajena, extraña, difusa, como la de caer a un abismo oscuro nos penetraba. Todos sabemos que la muerte es parte de la vida, sin embargo, es muy diferente saberlo a sentirla tan cerca. No lo esperábamos, no lo imaginábamos, no formaba parte de nuestros planes. Hacía apenas un mes eras un hombre sano, fuerte, lleno de vida. ¿Cómo aceptar una realidad así? ¿Cómo soltar los amores, los planes, renunciar a los sueños de una vida eterna que soñábamos juntos? ¿Cómo salir de ese vacío con buena cara y actitud positiva? La vida perfecta que teníamos, en un tris, desaparecía. A pesar de todo, tomados de la mano, sentimos la fortaleza para enfrentar lo que vendría.

No conocemos ese tipo de dolor hasta que nos alcanza y nos descoloca.

Actuar, fingir, sonreír

Ese 21 de marzo de 2020 ingresaste en el hospital para iniciar tu tratamiento, estuviste una semana. Coincidió precisamente con el encierro mundial por la pandemia de covid-19. En el mundo, como en nosotros, había mucha incertidumbre. Nadie conocía bien a bien sus efectos, ni sus orígenes, sólo prevalecía un gran temor dado que el riesgo de contagio y muerte eran muy altos. Y, curiosamente en tu cumpleaños, ese 27 de marzo de 2020, internado recibiste tu primera quimioterapia. No sabíamos si celebrarlo o abrazarnos para llorar. Tus defensas naturales se debilitarían por las quimios, nos lo advirtieron. Un nuevo abismo se abrió ante nosotros. Con manos entrelazadas y los ojos vendados nos aventuramos a dar el paso.

Las quimioterapias serían cada semana. Ignorábamos el tortuoso camino que nos esperaba y los efectos secundarios que los tratamientos provocarían. Mientras, nos animábamos uno al otro, con la confianza plena en que lo superarías, como muchos otros tantos retos. El amor y sabernos unidos nos daba toda la fortaleza necesaria.

Tu actitud fue la de siempre: “Todo va a estar bien, lo vamos a superar, no pasa nada, la vida sigue como siempre”. A pesar del optimismo que los dos aparentábamos, poco a poco sentimos el inevitable vacío. No sé si debimos ser más realistas, lo que sí sé, es que callamos para evitarnos más pesar. En su momento, eso era lo que sentimos adecuado. Actuar, fingir, sonreír para el otro, dar lo mejor de cada uno como si todo estuviera bien hasta creerlo. ¿Me pregunto si tú sentiste lo mismo? Nunca nos atrevimos a hablarlo ni a confesárnoslo. Quizá compartirlo, exteriorizarlo, nos hubiera ayudado a los dos a soportar la carga; lo mismo que subir una montaña con una mochila a la espalda, hacerlo solos nos pesa el doble que cuando lo hacemos en compañía de alguien.

Sin embargo, tus cuidados nos exigían estar en el presente, en que salieras a caminar al pasillo del hospital, en traerte alimentos de la casa, en acomodarte la almohada, en consentirte y acompañarte. A diario recibías a las enfermeras que entraban a sacarte sangre o a revisar tus signos vitales con un comentario amable o chusco que aligeraba la energía del cuarto y de nuestras almas.

La esperanza nos hizo asirnos de un hilo de ilusión que prometía, por lo menos, ocho años más para disfrutarnos, para vivir, para viajar, para abrazarnos, para amarnos más. ¿Te imaginas? Pensábamos que tú, yo, nuestros hijos, padres, amigos, éramos eternos. Como eternos eran los momentos y las épocas en que alrededor de una mesa brindamos con el desparpajo de quienes se creen inmortales.

Cuando todo está bien

Un mes antes de conocer tu enfermedad, salí sola en bicicleta a dar una vuelta al campo. En el camino vi los árboles, las flores silvestres, escuché los pájaros, vi las nubes en un cielo claro, tantas cosas por las que me sentí agradecida.

“Gracias Dios por mi vida, por mi familia, por mi trabajo, por estar viva”, clamaba por dentro. Todo era perfecto, a pesar de las nimiedades cotidianas que la mente suele amplificar. Hasta que la muerte ronda por tus territorios, te percatas de que todas las tonterías por las que antes te quejabas son ridículas e irrelevantes.

Dos meses después, enterada ya de tu cáncer, recorrí ese mismo camino montada en mi bicicleta. Me detuve a la mitad, me bajé para sentarme en la tierra. Un dolor profundo exigía salir de mi cuerpo. Por primera vez, me doblé del llanto, de ese que sale del estómago. Intuía que era el principio del final. Lloré como hacía mucho no lo hacía, comencé a sentir esa nostalgia anticipada. Era el inicio de la pérdida de nuestras vidas, pues ya no serían igual que antes; pérdida de algo tan valioso y que nunca valoramos lo suficiente: la salud; pérdida del “nosotros” ante la separación inminente de los dos, idea que me quitaba de la mente como un mal pensamiento.

Lloré hasta encontrar alivio. Me percaté de cuánto mejor es abrirle paso al dolor, permitir que fluya —a solas o acompañado. Reprimirlo, como lo había hecho esos días, sólo me causaba insomnio y ansiedad.

Cuando todo está bien, deberíamos de agradecerlo de rodillas. Cuando el resultado de tus análisis sale normal, cuando tu hijo regresa con bien de la escuela, cuando te acuestas sin ningún dolor en el cuerpo, cuando puedes hablarle a tu mamá por teléfono, cuando un amigo te busca, cuando tus hijos te llaman para preguntar cómo estás, cuando tienes trabajo, en fin, tantas y tantas cosas que en su momento no apreciamos, es lo que hace que la vida valga la pena. ¿Por qué en su ausencia, es cuando valoramos?

A ojos cerrados

A los 15 años me operaron del apéndice. ¿Te acuerdas? Llevábamos unos cuantos meses de novios y, como suele suceder, estaba más enamorada del amor, de la personalidad, de la novedad, que de tu ser. “¿Ser? ¿qué es eso?” Pensaba que no lo sabía.

Al salir de la recuperación, todavía medio atontada en camilla, me llevaron a mi cuarto. Al llegar, con los ojos cerrados, escuché tu voz de 20 años que desde entonces era grave y profunda. Tu tono cariñoso me daba la bienvenida. Enseguida sentí tu mano de dedos largos sobre la sábana que me cubría, primero en la pantorrilla y luego sobre el dorso de la mía. Sonreí. La huella de tu mano, de extraña manera, era un bálsamo que me llegaba al alma para tatuarla. Ni siquiera era el contacto de piel a piel. A través de la sábana, inauguré mundos desconocidos para mí. Conocí tu ser, tu gran corazón y tu energía me transportó a un lugar de alivio, de seguridad y de amor indescriptible. Me enamoré de ti para siempre, ahora sí que, a ojos cerrados.

—¿Cuánto dura el para siempre? —le pregunta Alicia al conejo.

—A veces, sólo un segundo —responde el conejo blanco en el famoso cuento Alicia en el país de las maravillas—. Hay sueños que duran un instante en el que todo parece congelarse por una eternidad.

Nuestro “para siempre” duró 54 años de amor en esta Tierra. No obstante, estoy segura, seguirá en la eternidad. Cada vez que nos tomábamos de la mano para caminar, para bailar, para enfrentar alguna tristeza o preocupación, visitaba esa huella que conocí de joven y me aseguraba que todo estaba y estaría bien.

Recuerdo una entrevista que me realizó Alberto Tavira antes de la pandemia: “Si tuvieras la posibilidad de llevarte algún objeto para el día después del juicio final, ¿qué te llevarías?” Su pregunta me sorprendió. Pero más mi respuesta, fue inmediata: “Me iría con la mano de Pablo”. Bastaba sentirla y el mundo entero se componía. Siempre se compuso.

“Todo va a estar bien”

Pablo se dedicaba a la industria del turismo. Corría 2005, año en que el huracán Wilma le pegó a Cancún. La destrucción causada por las 70 horas de viento fuerte y continuo fue de proporciones épicas. Dos días después, tan pronto el aeropuerto abrió, Pablo se reunió con sus colaboradores. Él me platicó sobre estar parado frente a ellos y ver en sus ojos la desesperanza, el temor, la incertidumbre del futuro, como si el mundo se les terminara.

Lo primero que Pablo les dijo fue: “Todo va a estar bien. Antes que nada, mantendrán su empleo. Después, nos organizaremos en brigadas para ir a limpiar la casa de cada uno de ustedes. Una vez terminada esa tarea, limpiaremos nuestro lugar de trabajo”. Así fue y nunca lo olvidaron.

En 2019, en una convención de turismo, nuestro buen amigo John McCarthy te entrevistó acerca de los retos económicos, desastres naturales y altibajos políticos que la industria enfrentó. En ese entonces, nunca imaginaron, ninguno de nosotros lo hizo, que aquellos sucesos no serían nada en comparación con lo que acontecería en 2020 y 2021: el covid-19.

Durante ese tiempo, sin un solo turista que nos visitara, te rehusaste a despedir a un solo colaborador, incluso utilizaste fondos personales para asegurar el salario de cada uno. Por otro lado, al iniciar el encierro, tú estabas por enfrentar tu mayor batalla: el cáncer. Por haber sido siempre un hombre fuerte y sano, para la gente a tu alrededor era impensable que esto sucediera, algo por completo inesperado.

Al ser alguien que le gustaba tener cada aspecto de su vida bajo control, el cáncer fue tu maestro más duro. Mas la actitud con la que encarabas este gran reto, nos dejó a toda tu familia una lección. Durante los dos años de pelea contra él, experimentaste cada etapa que la pérdida conlleva: pasaste del shock a la negación, al enojo y al duelo, para llegar, finalmente, a la sabia etapa de la aceptación.

Es cierto que somos tan felices como sean nuestras relaciones. Con orgullo puedo decir que fuimos una gran pareja y no lo expreso de manera superficial, sino a pesar de las altas y bajas que toda unión enfrenta con el transcurrir del tiempo.

El cáncer nos iba enseñando los valores importantes que dábamos por hecho, como la amistad, al ver que todos nuestros amigos acudieron al llamado de donar sangre y plaquetas, que nos conmovió hasta las lágrimas; la paciencia, al aprender a esperar los tiempos de las citas, los resultados de los análisis, ver la mejoría; la comprensión, de entender que un mal modo de parte de cualquiera de la familia, no era más que el reflejo del estrés que todos vivíamos.

La experiencia de la enfermedad y el duelo que conlleva me hizo recordar este poema de Rumi, que tanto me gusta desde que lo leí:

La casa de huéspedes

El ser humano es una casa de huéspedes.

Cada mañana, una nueva visita.

Un gozo, una tristeza, una maldad,

una cierta conciencia también como

un invitado inesperado.

¡Dales la bienvenida y recíbelos a todos!

Aun si son un tumulto de lamentos,

que de manera violenta barren tu casa,

te despojan de tus muebles.

Aun así, trata a cada huésped con honor.

Quizá te esté ayudando a crear

espacio para un nuevo deleite.

Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia,

recíbelos en la puerta riendo e invítalos a entrar.

Sé agradecido con cualquiera que venga,

porque cada uno ha sido enviado

como un guía del más allá.

2

No hay coincidencias

Amar es más bien una oportunidad, un motivo

sublime que se ofrece a cada individuo para

madurar y llegar a ser algo en sí mismo; para

volverse mundo, to

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