Comenzar de nuevo

Tere Díaz
Manuel Turrent

Fragmento

Índice

Índice

Presentación

Introducción

Capítulo 1

Escalando la montaña

Capítulo 2

Hablando de soledad

Capítulo 3

De víctimas y villanos

Capítulo 4

Construyendo amistades

Capítulo 5

Me quiero, no me quiero…

Capítulo 6

¿Será el amor el problema?

Capítulo 7

¿Dónde quedó el sexo?…

Capítulo 8

El camino personal

Capítulo 9

A manera de cierre…

Presentación

PATRICIA KELLY,

periodista especializada en salud y sexualidad.

La frase comenzar de nuevo provoca mucho miedo y resulta amenazadora, sobre todo cuando de divorcio se trata. Sin embargo, podemos convertirla en un reto, en una esperanza.

Hoy, en pleno siglo XXI, tener una pareja sigue siendo el sueño de muchas personas. Sin embargo, esa pareja se busca con los criterios de otras épocas. Cuando la media de vida era de 35 o 40 años, podíamos decir “hasta que la muerte nos separe” o creer que una pareja era “para siempre”. Los príncipes azules ya no llegan en caballo blanco ni rescatan inofensivas princesas. Ellas tampoco esperan cándidamente frente a la ventana. El mundo cambió, ¡qué bueno!, pero nuestra capacidad de adaptación parece caminar muy lentamente. Para muchas personas la pareja sigue siendo la única razón de existir. El amor de esa persona anula todas las opciones de amor que existen alrededor. El proyecto de vida se convierte en estar junto al ser amado. Para mantener contenta a la pareja renunciamos a los intereses personales, a las amistades y hasta al trabajo, pero tarde o temprano descubrimos que cuando esta se fue “se llevó todas nuestras ilusiones”. Los cambios políticos, sociales y económicos de los últimos lustros exigen también cambios en las relaciones humanas. ¿Qué tipo de pareja necesitamos construir? ¿Cómo y dónde buscarla? ¿Qué puedo aportar yo para que las cosas sean diferentes?

El divorcio, aun en nuestros días, sigue calificándose como en los tiempos de nuestros bisabuelos: es un “fracaso”, no una experiencia de vida; una frustración, un suceso lastimoso que nos descalifica y nos llena de culpa. Si te divorcias, o te divorcian, es que “algo hiciste mal”, “algo no te funciona”, “no tienes capacidad”, “por algo te dejan” y muy pocas veces se refiere a la muerte del amor, a la muerte de la pasión que, de no estar alertas, llegará en el momento menos esperado. Muy pocos seres humanos recibieron de manera directa una educación para la vida en pareja, quizás solo escucharon sentencias como “de la mujer depende el éxito del matrimonio”, “complace a tu marido en la cama, aunque no te guste”, “lo que él haga de la puerta de tu casa para afuera no te debe importar” y hasta aquella que dice “si tú eres la catedral que no te importen las capillitas”; sin embargo, no recibieron una guía para vivir en pareja, exenta de miedos y castigos. ¿Cuál fue el modelo que vivimos en casa, con nuestros padres? ¿Existió abuso, violencia? ¿Son nuestros padres ejemplo de salud y equidad?

El divorcio a veces termina con relaciones dañinas; otras, con desgastadas, y cierra ciclos donde el amor murió primero; pero en ocasiones se convierte en la huida para quien no logró conformar un espacio para la estabilidad. Buscamos ser validados a través de los ojos de ese otro que según creímos había descubierto lo mejor de nosotros, aunque tampoco sepamos de qué se trata.

El libro que tienes ahora en tus manos invita a revisar nuestras ideas, a cuestionar todas aquellas que nos sirvieron por algunos períodos, pero que ahora pueden resultar rancias y hasta tóxicas. Ideas que nunca nos preguntamos de dónde llegaron hasta nuestras cabezas, quién nos las transmitió, en qué momento y para qué nos sirvieron. Los autores nos llevan de la mano para poder atravesar por ese continuo que significa terminar una relación y seguir viviendo. No a medias, no fracturados, sino con la plenitud de haber vivido una experiencia y aprendido de ella.

Eso es Comenzar de nuevo, una propuesta para reaprender a amar y recuperar la confianza, una oportunidad para resignificar el amor y la soledad; el pretexto para transformar los errores y malas decisiones en experiencia y crecimiento emocional. Se dice fácil, pero es necesario atrevernos a ser flexibles y experimentar. Cómo voy a entender la soledad y sus ventajas si me niego a estar conmigo mismo. Millones de “parejas” se acuestan todas las noches con un cadáver, cada uno en su ataúd. No se hablan, no se ven, no se nombran, pero “tienen una pareja”. Tere y Manuel le dedican un espacio a la soledad como opción y hasta decisión de vida. En más de una ocasión les oí decir: “Tenemos que reivindicar la soledad como una opción válida y genuina”.

Revisar nuestro concepto de amor es indispensable para este libro. Si sigo esperando que un sapo se convierta en príncipe y vivamos felices para siempre, estoy en serios problemas. ¿Qué necesito en esta etapa de mi vida? ¿Cómo quiero vivirla? ¿Qué significa eso de amarme primero a mí? La lección en esta parte del libro queda muy clara: perder el miedo a arriesgar.

Otro texto fundamental en este libro es la culpa, ese elemento que nos permite ser manipulados y controlados. Si decidiste terminar eres culpable, pero también si fuiste el aban­donado (a). Eres culpable por donde quiera que se te mire. Culpar a la otra persona de nuestra separación es un recurso clásico para sentirnos víctimas, lo que, por cierto, dificulta fuertemente la recuperación después de un “truene”.

¿Y la sexualidad?, ¿qué hago con mi sexualidad? Este sigue siendo un tema lleno de mitos y desinformación. Desde aquellos que piensan que los recién solteros son insaciables hasta quienes creen que el buen divorciado renuncia a su vida sexual. Estas creencias se aplican con más rigor a las mujeres, a quienes se sigue limitando por una falsa moral. Muy pocas personas en el momento de la crisis o ya cercanos a la ruptura se atreven a hablar de su mala vida sexual, situación que pudo convertirse en el disparador final. La anorgasmia, la eyaculación precoz, la falta de afecto, el aburrimiento son elementos clásicos en muchos divorcios, pero por fortuna los autores no se detienen en ellos y nos hacen proposiciones más creativas con una idea central: si estás insatisfecho, pide ayuda.

El libro nos ayuda a reconciliarnos con los sentimientos vividos durante una ruptura; descubro entonces que mi enojo y mi tristeza son válidos y necesarios, que mi miedo puede ser un acelerador positivo para el cambio. También entendemos que la alegría y el amor no pueden ser eternos.

Elegir el nuevo camino, construirlo día con día, en soledad o en compañía, es una oportunidad para vivir comprometidos con nuestra felicidad y bienestar. ¡Anímate a comenzar de nuevo!

Introducción

Enamorarse es fácil. Permanecer enamorado es un desafío. Dejar ir es lo más difícil. Y seguir adelante es un triunfo.

Vivimos en una sociedad en permanente transformación. Si bien el cambio ha sido la constante evolutiva del ser humano, la velocidad del mismo se dejó sentir de manera arrolladora en el cierre del siglo XX y al inicio de este nuevo siglo.

Los avances en la ciencia y en la tecnología son evidentes y el mundo globalizado en el que nos encontramos nos mantiene en permanente comunicación e interdependencia unos con otros. Se acortan las distancias, aparecen diversos escenarios de vida a los que antes era inimaginable acceder, al tiempo que se “unifican” maneras de pensar, de desear, de sentir y proceder.

La “cercanía–distancia” que surge de las redes intermitentes generada por los medios de comunicación conformó una nueva forma de relacionarnos que nos conecta a unos con otros al tiempo que se conserva una estremecedora lejanía en estos “encuentros”.

A esto hemos de sumar el aún imparable impacto social de la revolución sexual y del movimiento feminista, así como el lento pero constante debilitamiento del patriarcado. Estos eventos ampliaron la autonomía económica de la mujer, así como su influencia en la sociedad. La gran revolución de la píldora anticonceptiva liberó a las mujeres de embarazos no deseados, separando también el sexo de la procreación e, incluso, del amor. Los arcaicos y estereotipados papeles del matrimonio patriarcal se están desmantelando precipitadamente día con día.

Todo esto nos llevó a una radical transformación de las relaciones humanas: de manera particular de la vida en pareja. Los efectos concretos al interior de la vida familiar se dejan sentir con la aparición de diversidad de estructuras familiares que desafían a la familia nuclear intacta (papá, mamá e hijos), así como el cambio en las relaciones sociales en general.

El divorcio como herramienta aceptada y accesible para dar fin a las relaciones matrimoniales abre la posibilidad de la construcción y reconstrucción de relaciones amorosas y promueve la creación de nuevos, creativos y flexibles estilos de vida familiar.

Hemos de enfatizar que la influencia femenina en estos cambios generó movimientos impactantes en la manera de concebir y vivir las relaciones de pareja. Las mujeres de hoy, si bien siguen defendiendo la necesidad de seguridad y la importancia de la afectividad, también enfatizan la capacidad de seguir enriqueciéndose y emocionándose con su pareja.

El colectivo de mujeres del siglo XXI está invitando a los hombres a involucrarse en una vida más diversificada, menos encerrada en normas convencionales que restringen, mientras que antes eran ellos quienes llevaban la batuta en la relación de pareja en general y en el ejercicio de la sexualidad en particular. Hoy las mujeres quieren romper los esquemas habituales de desigualdad para transformar las relaciones de sumisión-dominación en encuentros más igualitarios.

Podríamos afirmar que las mujeres están revolucionando la vida en pareja con propuestas más equitativas, mientras que la mayoría de los hombres está reaccionando ante estos cambios (en muchos casos muy mal) y con gran dificultad está generando algunas propuestas creativas.

Al final, la pareja como sociedad estable está en crisis y ni hombres ni mujeres hemos sido capaces de inventar un nuevo modelo de relación amorosa. Este desencuentro emocional, entre otras cosas, lleva a los miembros de la pareja a cuestionar la relación y muchas veces, ante encrucijadas irreconciliables, a la ruptura amorosa.

Es común, aun en la actualidad, vivir con la creencia de que el matrimonio o la vida en pareja traerá felicidad. Sin embargo, la promesa “hasta que la muerte nos separe” se instituyó cuando el objetivo del matrimonio era la reproducción y la sobrevivencia. En pleno siglo XXI, con un promedio de vida de más de 70 años y muchas más expectativas de realización personal que la crianza y la reproducción, es difícil concebir y sostener la idea de una pareja amorosa actualizada “por los siglos de los siglos”.

Podríamos afirmar, de manera general, que una de cada dos parejas se separa en los primeros 7 años de convivencia. Sesenta por ciento de quienes lo hacen tienen entre 25 y 39 años de edad. Casi el 75 % de las mujeres y el 80 % de los hombres vuelven a tener pareja, sin casarse necesariamente. Las segundas relaciones no son mucho más fáciles, requieren nuevos y comprometidos comportamientos amorosos para funcionar, ya que el matrimonio como institución no necesariamente es el espacio fecundo para el amor.

El malestar amoroso es casi una constante en nuestro mundo. Los casados piensan que la felicidad está en otro lado y que el matrimonio es un mal necesario. Por su parte los solteros piensan que la felicidad llegará al encontrar una pareja y postergan todo en nombre de este objetivo. Otros tantos pasan de desencuentro en desencuentro amoroso, culpando a diestra y siniestra por su insatisfacción.

Es clara la necesidad de desarrollar formas nuevas y mejores de relación entre hombres y mujeres, las cuales faciliten una mayor satisfacción y funcionalidad. El número creciente de parejas separadas, divorciadas o en proceso de separación deja al descubierto la urgencia de esta necesidad.

En contraposición con la idea del “amor eterno” hoy podríamos pensar que “el amor es eterno mientras dura”.1* Al final del camino, sea por una ruptura amorosa, sea por la muerte de algún integrante de la pareja, el fin de toda relación amorosa es la separación. Si bien ambos procesos requieren caminos distintos para superarse, la idea de que “algún día no estaremos juntos” es una realidad ineludible y necesariamente dolorosa en el tema del amor.

Y ¿qué sigue después de una ruptura amorosa, de una separación, de un divorcio? ¿Existen recetas mágicas para continuar la vida? ¿Hay senderos marcados que nos ayuden a transitar la pérdida? Sin duda las experiencias dolorosas bien procesadas se convierten en madurez, pero para lograr esta transformación no existe otro camino que el de comenzar de nuevo..

Pero ¿volver a empezar qué…? ¿Una nueva relación?, ¿una nueva familia?, ¿una pareja?, ¿una vida en soltería?… ¿Comenzar de nuevo cómo?, ¿solos?, ¿con quién? Los rompimientos amorosos pueden compararse con una “intervención quirúrgica” que afecta todas las áreas de la vida de la persona y que requiere una convalecencia y una recuperación propositivas para luego continuar.

Las separaciones amorosas generan una experiencia de ruptura caótica, por lo que antes de continuar con la vida se necesita “recoger las piezas que se resquebrajaron en el camino”. Ser conscientes de la necesidad de atravesar un proceso de duelo y reacomodo de nuestra persona es requisito indispensable para salir airosos de esta vivencia. Saber que no podemos saltarnos ciertos pasos, ciertas etapas, nos dispone a vivir el recorrido con mayor disposición, confianza y aceptación.

En este periodo son inevitables los profundos sentimientos de desesperación, frustración, dolor, tristeza y rabia. En ocasiones los deseos de venganza y represalia aparecen con especial fuerza. La sensación de impotencia y desesperanza tiende a ser compañera cotidiana, sobre todo al inicio del camino. Evitar o negar estas caóticas emociones solo logra posponer el proceso de recuperación: se necesita llorar y enojarse. Es necesario sentirse mal; a veces ultrajado, a ratos abandonado.

La ruptura genera una herida en el ego. Se lastima la imagen que teníamos de nosotros mismos, y nuestra sensación de autoestima y de que somos competentes se debilita. Se afecta también la manera de situarnos en el mundo y nuestra seguridad personal; surgen preguntas como ¿quién soy?, ¿qué hago ahora?, ¿hacia dónde me dirijo?... Al disminuir el sentimiento de valor personal son inevitables las fastidiosas preguntas como ¿qué estuvo mal?, ¿qué hice?, ¿por qué yo?, ¿qué me falta? o ¿qué me faltó? La sensación de debilitamiento se incrementa, la desorientación se apodera de nosotros y los miedos al futuro aparecen como fantasmas.

Comenzar de nuevo es una invitación a transitar un proceso de duelo y a elegir un camino de recuperación y crecimiento. La vida, después de una separación amorosa, abre puertas que invitan no solo a salir del caos, sino a crear una vida más rica, más interesante: una vida mejor. Caminar por este trayecto implica primero ubicar dónde nos encontramos, cómo llegamos hasta este lugar y descubrir hacia dónde queremos dirigirnos.

Hay opciones relativamente “cómodas”, como evadir o negar lo que está ocurriendo. Estas estrategias, al alcance de la mano de todos, generan un “bienestar” temporal anestesiando el dolor, pero finalmente son opciones que llevan, si no a la frustración constante, a posponer la recuperación y, por lo tanto, la posibilidad de una vida más plena.

Instalarnos en el desespero y la no aceptación nos lleva a reaccionar con rabia, queja y victimización; actitudes que solo nos impulsarán a tomar decisiones irreflexivas, precipitadas y, por lo mismo, equivocadas. A la larga, estas “vías cortas” para salir del sufrimiento canalizan la energía en culpar a otros o “al otro” de nuestro fracaso y a perder no solo una pareja y varios amigos, sino a perdernos a nosotros mismos y la oportunidad de salir fortalecidos de una separación.

Todos queremos ser felices, todos tenemos derecho a un grado suficiente de satisfacción y bienestar, pero tras un divorcio o una separación hemos de partir de que disfrutar la vida nos tomará algún tiempo. Después de haber recorrido el camino necesario para recuperarnos habremos aprendido del pasado, nos conoceremos mejor y desarrollaremos partes de nosotros mismos desconocidas, paralizadas, reprimidas o simplemente ignoradas. Pero como todas las “intervenciones quirúrgicas”, el camino de la recuperación requiere de una convalecencia para sustituir el sentimiento de fracaso del pasado, por un anhelo y entusiasmo de vivir el presente y una confianza de lo bueno que falta por venir.

En ocasiones, tratar de encontrar explicaciones de lo ocurrido nos da cierta lógica de lo que pasó y algún alivio. Es común, por eso, preguntarnos las razones que generaron el rompimiento. ¡Pero son tantas y tantas las raíces que generan los desencuentros amorosos, que no siempre existe una sola respuesta a situaciones tan complejas como un rompimiento!

Quizás más que preguntarnos qué falló, sería útil cuestionarnos “¿por qué elegí esa pareja?”. Muchas personas se casan por motivos aparentemente equivocados, que en muchas ocasiones son razones que responden a la necesidad de un momento particular de su vida. Sin embargo, reconocer el final de una relación infeliz, violenta o no productiva puede ayudarnos a mirar el divorcio como una decisión que refleja una buena salud mental, madurez emocional y una disposición al crecimiento.

Cada vez más la separación se integra al ciclo de vida personal, y las rupturas amorosas se incorporan como una posibilidad en la vida de los seres humanos.

Ya diversos sociólogos, psicólogos y antropólogos anticipan que las nuevas generaciones han de prepararse para vivir entre dos y cuatro relaciones amorosas a lo largo de su vida. Un primer matrimonio de iniciación para cometer errores básicos y salir de la familia de origen. Un segundo matrimonio que convierte a la pareja en padres, relación que sería la de mayor duración y se vería agotada cuando los hijos hayan crecido. Un tercer amor, que es el de la autorrealización y la evolución personal, centrado en uno mismo y en el goce del encuentro. Y una última relación para los años del ocaso, cuando la pareja se acompaña de manera más espiritual.

Tal vez cuatro amores son muchos, pero, sin duda, hablar de dos relaciones a lo largo de la vida —una primera para dejar la casa paterna y otra que encarne, por ahí de los 40, la idea de la realización personal— es más que una posibilidad en la vida de muchos de nosotros, casi una constante.

Todo esto puede sonarnos lógico y factible, entendible y hasta cierto punto claro, pero ninguna explicación puede liberarnos, después de una terminación amorosa, del proceso de asimilación y recuperación necesario para aceptar, integrar y superar la ruptura.

Existe un proceso de recuperación diseñado por especialistas para recorrer este camino. Este se asemeja a la escalada de una montaña en distintas etapas. Es necesario ir avanzado por pasos, al ritmo requerido por cada cual, pero ni tan despacio que la vida de pronto se nos escurra de las manos ni tan de prisa que cuando nos demos cuenta hayamos llegado a lugares extraños y peligrosos sin el equipo necesario para adaptarnos a ellos.

Hay personas que se sienten sin fuerza para iniciar la escalada y, aunque empiezan el camino, se

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