CAPÍTULO I
El ángel
Donde nuestro Héroe experimenta la Esperanza, el Más
Grande de los Dones – El Bocadillo de Beicon del
Remordimiento – Reflexiones Sombrías del Verdugo sobre
la Pena Capital – Famosas Últimas Palabras – Nuestro
Héroe Muere – Ángeles, conversaciones sobre – Ofertas
Fuera de Lugar y Poco Aconsejables sobre Palos de Escoba
– Un Trayecto Inesperado – Un Mundo Vacío de Hombres
Honrados – Un Hombre a la que Salta –
Siempre Hay Elección
Dicen que ante la perspectiva de ser ahorcado por la mañana, un hombre es capaz de concentrar su pensamiento de un modo maravilloso; por desgracia, en lo que se concentra el pensamiento de forma inevitable es en que está dentro de un cuerpo que será ahorcado por la mañana.
Al hombre que iba a ser ahorcado le habían puesto el nombre de Húmedo von Mustachen unos padres que lo adoraban aunque no muy espabilados, pero él no avergonzaría aquel nombre, en la medida en que todavía fuera posible, dejando que lo ahorcaran con él. Para el mundo en general, y en concreto para aquella porción del mismo conocida como sentencia de muerte, él era Albert Relumbrón.
Asimismo, había adoptado un enfoque más positivo de la situación y había concentrado su pensamiento en la perspectiva de que no lo colgaran por la mañana, y más concretamente en la perspectiva de sacar con una cuchara toda la argamasa reblandecida que rodeaba un sillar de su celda. De momento la tarea ya le había ocupado cinco semanas y había reducido la cuchara a algo parecido a una lima de uñas. Por suerte nunca venía nadie a cambiar las sábanas, o habrían descubierto que tenía en su celda el colchón más pesado del mundo.
Lo que copaba en aquellos momentos toda su atención era aquel sillar grande y pesado, al que en algún punto del pasado alguien había clavado una grapa enorme para sujetar grilletes.
Húmedo se sentó de cara a la pared, agarró con las dos manos el aro de hierro, apoyó las piernas en las piedras de ambos lados y tiró.
Los hombros le ardieron y una niebla rojiza le empañó la vista, pero por fin el sillar se deslizó hacia fuera, con un tintineo débil y nada apropiado. Húmedo consiguió sacarlo del hueco y se asomó al interior.
Al fondo había otro sillar, rodeado de una argamasa que se veía sospechosamente fuerte y reciente.
Y justo delante había otra cuchara. Relucía.
Mientras la examinaba, oyó aplausos a su espalda. Giró la cabeza, con los tendones tañendo una pequeña melodía de agonía, y vio que varios de los carceleros lo miraban al otro lado de los barrotes.
—¡Buen trabajo, señor Relumbrón! —exclamó uno de ellos—. ¡Ron, aquí presente, me debe cinco dólares! ¡Ya le decía yo que usted no aflojaría! ¡No es de los que aflojan, le dije!
—Esto lo ha organizado usted, ¿verdad, señor Wilkinson? —dijo Húmedo con voz débil, contemplando el destello de la luz sobre la cuchara.
—No, no es cosa nuestra, señor. Órdenes de lord Vetinari. Insiste en que a todos los prisioneros condenados hay que ofrecerles la promesa de la libertad.
—¿Libertad? ¡Pero si por ahí se llega a una puñetera piedra enorme!
—Sí, eso es verdad, señor, sí, eso es verdad —dijo el carcelero—. Verá, es que solo le damos la promesa. No la libertad libre de verdad. Ja, menuda tontería sería eso, ¿no?
—Supongo que sí —dijo Húmedo. No añadió «cabrones». Los carceleros lo habían tratado con bastante cortesía durante aquellas seis últimas semanas, y él siempre se aseguraba de llevarse bien con la gente. Era algo que se le daba de maravilla. El don de gentes era parte de su especialidad laboral. De hecho, era casi la totalidad de ella.
Además, aquella gente llevaba unas porras enormes. Así que, hablando con cautela, añadió:
—Hay gente que podría considerar esto una crueldad, señor Wilkinson.
—Sí, señor, ya se lo comentamos una vez, señor, pero él dijo que no, que no lo era. Nos explicó que proporciona… —se le arrugó el ceño— té-rapiao-copa-zonal y ejercicio saludable, impide el abatimiento y ofrece el más grande de los tesoros, que es la esperanza, señor.
—La esperanza —murmuró Húmedo abatido.
—No se ha molestado, ¿verdad, señor?
—¿Molestado? ¿Por qué iba a molestarme, señor Wilkinson?
—¿Sabe que el último tipo al que tuvimos en esta celda consiguió escaparse por ese desagüe, señor? Un hombre pequeñajo. Muy ágil.
Húmedo miró la pequeña rejilla que había en el suelo. Él la había descartado de plano.
—¿Lleva al río? —preguntó.
El carcelero sonrió.
—Eso es lo que pensaría cualquiera, ¿verdad? Él sí que se molestó cuando lo pescamos. Me alegro de ver que se lo está tomando usted tan bien, señor. Ha sido un ejemplo para todos nosotros, señor, la forma en que ha persistido. Meter todo ese polvo en su colchón… Muy listo, muy ordenado. Muy cuidadoso. Nos ha animado mucho tenerlo a usted aquí. Por cierto, de parte de la señora Wilkinson, muchas gracias por la cesta de fruta. Es de lo más elegante. ¡Hasta tiene naranjas enanas!
—No se merecen, señor Wilkinson.
—Al director no le ha hecho mucha gracia lo de las naranjas enanas porque a él solo le venían dátiles en la suya, pero yo le he dicho, señor, que las cestas de fruta son como la vida: hasta que no sacas la piña de encima, nunca sabes qué hay debajo. Él también le manda sus agradecimientos.
—Me alegro de que les haya gustado, señor Wilkinson —dijo Húmedo con aire ausente. Varias de sus antiguas caseras habían traído obsequios para «aquel pobre muchacho confuso», y Húmedo siempre invertía en generosidad. Al fin y al cabo, las carreras como la suya eran mera cuestión de estilo.
—Hablando de eso más o menos, señor —dijo el señor Wilkinson—, los muchachos y yo nos estábamos preguntando si no le gustaría a usted, llegado este momento, desprenderse de la carga que le supone el paradero del lugar donde se ubica el punto donde, para no andarnos con rodeos, tiene usted escondido todo el dinero que robó…
La cárcel entera guardó silencio. Hasta las cucarachas estaban escuchando.
—No, eso no puedo hacerlo, señor Wilkinson —dijo Húmedo en voz bien alta, después de una pausa lo bastante larga para darle un efecto dramático. Se dio unos golpecitos en el bolsillo de la pechera, levantó un dedo y guiñó el ojo.
Los carceleros le devolvieron la sonrisa.
—Lo entendemos perfectamente, señor. Ahora si yo fuera usted descansaría un poco, señor, porque vamos a ahorcarlo dentro de media hora —dijo el señor Wilkinson.
—Eh, ¿no me van a dar desayuno?
—El desayuno no es hasta las siete en punto, señor —dijo el carcelero en tono de reproche—. Pero ¿sabe qué? Voy a prepararle un bocadillo de beicon, por ser usted, señor Relumbrón.
Y ahora faltaban unos minutos para el amanecer y era a él a quien estaban llevando por el corto pasillo hasta el cuartito de debajo del patíbulo. Húmedo se dio cuenta de que se estaba observando a sí mismo desde lejos, como si una parte de su ser flotase fuera de su cuerpo como el globo de un niño, listo para que él soltara el cordel.
La habitación estaba iluminada por la luz que se colaba entre los resquicios del suelo del patíbulo, y en mayor medida por los bordes de la amplia trampilla. Las bisagras de dicha trampilla las estaba engrasando cuidadosamente un hombre encapuchado.
El hombre se detuvo cuando vio llegar al grupo y dijo:
—Buenos días, señor Relumbrón. —Se levantó la capucha con gesto solícito—. Soy yo, señor, Daniel A-la-primera Dispuesto. Voy a ser su verdugo para esta ejecución, señor. No se preocupe, señor. He ahorcado a docenas de personas. En un periquete lo sacamos a usted de aquí.
—¿Es verdad que si a un hombre no lo han ahorcado después de tres intentos lo indultan, Dan? —preguntó Húmedo, mientras el verdugo se secaba concienzudamente las manos con un trapo.
—Eso he oído, señor, eso he oído. Pero no me llaman A-la-primera porque sí, señor. ¿Y el señor va a querer hoy el capuchón negro?
—¿Ayuda en algo?
—Hay gente que piensa que les da un aspecto más elegante, señor. Y evita esa facha de ojos saltones. Es más para el público, en realidad. Se ha reunido una buena multitud ahí fuera esta mañana. Ayer publicaron un artículo bastante majo sobre usted en el Times, en mi opinión. Un montón de gente diciendo que usted era un joven encantador y tal y cual. Ejem… ¿le importaría firmar la soga por adelantado, señor? Es que no voy a tener oportunidad de pedírselo después, ¿verdad?
—¿Firmar la soga? —dijo Húmedo.
—Síseñor —dijo el verdugo—. Es bastante tradicional. Hay mucha gente ahí fuera dispuesta a comprar sogas usadas. Coleccionistas especializados, se los podría llamar. Un poco raro, pero hay gente para todo, ¿no? Valen más dinero firmadas, claro. —Hizo una floritura con un trozo de soga gruesa—. Tengo una pluma especial que escribe en la soga. ¿Una firma cada cinco centímetros? Firme sin más, no hace falta dedicatoria. Para mí es dinero, señor. Le estaría muy agradecido.
—¿Lo bastante agradecido como para no colgarme? —quiso saber Húmedo, cogiendo la pluma.
Aquello fue recibido con risas de aprobación. El señor Dispuesto le observó mientras firmaba por toda la cuerda, asintiendo risueño con la cabeza.
—Buen trabajo, señor, es mi plan de pensiones lo que está usted firmando. Y ahora a ver… ¿estamos todos listos?
—¡Yo no! —se apresuró a decir Húmedo, suscitando otra ronda de regocijo general.
—Es usted la monda, señor Relumbrón —dijo el señor Wilkinson—. Esto no va a ser lo mismo sin usted, se lo aseguro.
—Por lo menos para mí no —dijo Húmedo. Aquello fue nuevamente tratado como una fina agudeza. Húmedo suspiró—. ¿De verdad cree que esto disuade a los criminales, señor Dispuesto?
—Bueno, en términos generales yo diría que es difícil saberlo, puesto que no es fácil obtener pruebas de crímenes que no se han cometido —respondió el verdugo, dándole unos últimos golpecitos a la trampilla—. Pero en términos concretísticos, señor, yo diría que es muy eficaz.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir que nunca he visto a nadie pasar por aquí más de una vez, señor. ¿Vamos?
Hubo un revuelo cuando ascendieron al aire helado de la mañana, seguido de unos cuantos abucheos y hasta algunos aplausos. La gente era así de extraña. Roba cinco dólares y eres un vulgar ladronzuelo. Roba miles de dólares y eres o bien un gobierno o bien un héroe.
Húmedo miró al frente mientras leían la lista completa de sus crímenes. No pudo evitar pensar que aquello era muy injusto. Ni siquiera había echado nunca una puerta abajo. Había forzado cerraduras alguna vez, pero siempre volvía a cerrarlas después de pasar. Aparte de todas aquellas expropiaciones, bancarrotas e insolvencias repentinas, ¿qué había hecho él que fuese malo? Si solo había movido algunas cifras de aquí para allá.
—Hoy tenemos un buen público —dijo el señor Dispuesto, tirando el cabo de la soga por encima del travesaño y aplicándose a los nudos—. Y también a mucha prensa. El ¿Qué cadalso? cubre todas las ejecuciones, claro, y también están el Times y el Heraldo de Pseudópolis, seguramente por aquel banco que se hundió allí, y también he oído que hay un hombre de La Gaceta de las Llanuras de Sto. Muy buena su sección de economía, yo siempre miro los precios de la soga de segunda mano. Parece que hay mucha gente que quiere verlo muerto, señor.
Húmedo se fijó en que al fondo de la multitud se había detenido un carruaje negro. No se veía escudo de armas en la portezuela, a menos que uno estuviera al corriente del secreto, que era que el escudo de armas de lord Vetinari tenía el campo de sable. Negro sobre negro. Había que reconocer que el cabrón tenía estilo…
—¿Eh? ¿Qué? —dijo en respuesta a un codazo.
—Le he preguntado si quiere decir unas últimas palabras, señor Relumbrón —dijo el verdugo—. Es la costumbre. Me pregunto si ha pensado usted algunas…
—Es que en realidad no esperaba morir —respondió Húmedo. Así de simple. Y es que era verdad que no lo había esperado, por lo menos hasta aquel momento. Había estado seguro de que algo lo impediría.
—Muy gracioso, señor —intervino el señor Wilkinson—. Pues con eso nos quedamos, ¿vale?
Húmedo entrecerró los ojos. Primero se movió un poco la cortinilla de una ventanilla del carruaje. Después se abrió la portezuela. La esperanza, el más grande de los tesoros, ofrecía un pequeño destello.
—No, esas no eran mis últimas palabras —dijo—. Hum… déjeme pensar…
Del carruaje estaba bajando una figura liviana y con aires de secretario.
—Ejem… Esto que hago ahora no es tan malo como… ejem… —Ajá, por fin todo empezaba a cobrar sentido. Vetinari solo quería asustarlo. Solía hacer esas cosas, por lo que Húmedo tenía entendido. ¡Le iban a dar el indulto!—. Yo… ejem… yo…
Más abajo, el secretario estaba teniendo dificultades para avanzar entre la muchedumbre apiñada.
—¿Le importaría darse un poco de prisa, señor Relumbrón? —dijo el verdugo—. Es de justicia, ¿no?
—Quiero hacerlo bien —dijo Húmedo con altivez, mirando cómo el secretario sorteaba a un troll enorme.
—Sí, pero hay un límite, señor —replicó el verdugo, molesto por aquella violación del protocolo—. ¡Si no, uno se podría pasar, hum, días enteros aquí! ¡Lo bueno, si breve, dos veces bueno, señor, esa es la idea!
—Vale, vale —dijo Relumbrón—. Ejem… oh, mire, ¿ve a ese hombre de ahí? Le está haciendo señales.
El verdugo bajó la vista hasta el secretario, que se había abierto paso forcejeando hasta el frente de la multitud.
—¡Traigo un mensaje de lord Vetinari! —gritó el hombre.
—¡Eso es! —dijo Húmedo.
—¡Dice que acaben ya, que hace rato que ha amanecido! —prosiguió el secretario.
—Oh —dijo Húmedo, mirando fijamente el carruaje negro.
Aquel maldito Vetinari también tenía el sentido del humor de un carcelero.
—Venga, señor Relumbrón, no querrá meterme en líos, ¿verdad que no? —El verdugo le dio una palmada en el hombro—. Unas palabritas de nada y todos podemos seguir con nuestras vidas. Exceptuando a la compañía presente, claro.
Así que aquel era el fin. Por extraño que pareciera, resultaba bastante liberador. Ya no había que temer que pasara lo peor, porque lo peor era esto y ya casi se había acabado. El carcelero había tenido razón. Lo que había que hacer en esta vida era apartar la piña, se dijo Húmedo. La piña era grande y pinchuda y llena de nudos, pero tal vez debajo hubiera melocotones. Aquella era una buena guía para la vida y por tanto, ahora mismo, completamente inútil.
—En ese caso —dijo Húmedo von Mustachen—, encomiendo mi alma al dios que pueda encontrarla.
—Bonito —dijo el verdugo, y tiró de la palanca.
Albert Relumbrón murió.
Hubo acuerdo general en que habían sido unas buenas últimas palabras.
—Ah, señor Mustachen —dijo una voz lejana, acercándose—. Veo que está despierto. Y todavía vivo, por el momento.
Aquella última frase tuvo una ligera inflexión que hizo saber a Húmedo que la duración de aquel momento estaba enteramente en manos del que hablaba.
Abrió los ojos. Estaba sentado en un cómodo sillón. Ocupando una mesa de despacho delante de él, con las manos entrelazadas en gesto reflexivo delante de sus labios fruncidos, estaba Havelock, lord Vetinari, bajo cuyo gobierno idiosincrásicamente despótico Ankh-Morpork se había convertido en la ciudad en la que, por alguna razón, todo el mundo quería vivir.
Un primigenio sentido animal informó también a Húmedo de que había más gente detrás del cómodo sillón, y que cualquier movimiento repentino por su parte podía convertirlo en un sillón extremadamente incómodo. De todas maneras, aquella gente no podía ser tan terrible como el hombre flaco de túnica negra, barbita pulcra y manos de pianista que ahora lo observaba.
—¿Me permite que le hable de los ángeles, señor Mustachen? —preguntó el patricio en tono cordial—. Conozco dos datos interesantes sobre ellos.
Húmedo gruñó. No tenía delante ninguna ruta de escape obvia, y de dar media vuelta era mejor ni hablar. El cuello le dolía horrores.
—Oh, sí. Le han ahorcado —dijo Vetinari—. Una ciencia muy precisa, el ahorcamiento. El señor Dispuesto es todo un maestro. El grado de deslizamiento y el grosor de la soga, si el nudo está situado aquí en lugar de allí, la relación entre el peso y la distancia… Estoy seguro de que ese hombre podría escribir un libro. Tengo entendido que usted ha sobrevivido a su ahorcamiento por menos de centímetro y cuarto. Solo un experto que estuviera de pie a su lado lo habría percibido, y en este caso el experto era nuestro amigo el señor Dispuesto. No, Albert Relumbrón ha muerto, señor Mustachen. Hay trescientas personas dispuestas a jurar que lo han visto morir. —Se inclinó hacia delante—. Es por eso que me parece apropiado hablarle a continuación de los ángeles.
Húmedo consiguió soltar un gruñido.
—El primer dato interesante sobre los ángeles, señor Mustachen, es que a veces, muy pocas veces, llegado un punto en la carrera de un hombre en que ha convertido su vida en un embrollo tan retorcido y espantoso que la muerte parece la única opción sensata, un ángel se le aparece, o mejor dicho, se le anuncia, y le ofrece la posibilidad de regresar al momento en que las cosas se torcieron, y esta vez hacerlas bien. Señor Mustachen, me gustaría que me considerara usted… un ángel.
Húmedo se lo quedó mirando. ¡Había sentido el tirón de la cuerda, el nudo que lo asfixiaba! ¡Había visto la oscuridad inundándolo todo! ¡Había muerto!
—Le estoy ofreciendo un trabajo, señor Mustachen. Albert Relumbrón está enterrado, pero el señor Mustachen tiene futuro. Es posible, claro, que sea un futuro muy breve, si es tonto. Le estoy ofreciendo un trabajo, señor Mustachen. Un trabajo, con un salario. Sé que tal vez el concepto no le resulte muy familiar.
Solo como un tipo de infierno, pensó Húmedo.
—Se trata del puesto de director general de la Oficina de Correos de Ankh-Morpork.
Húmedo siguió mirándolo fijamente.
—Déjeme añadir, señor Mustachen, que tiene usted una puerta detrás. Si en cualquier momento de esta entrevista le viene a usted el deseo de marcharse, no tiene más que salir por ella y no volverá a tener noticias mías nunca más.
Húmedo clasificó aquello como «profundamente sospechoso».
—Volviendo al tema: el trabajo, señor Mustachen, consiste en la renovación y la dirección del servicio postal de la ciudad, la preparación de los paquetes internacionales, el mantenimiento de la propiedad de la Oficina de Correos, etcétera, etcétera.
—Y si me mete una escoba por el culo, seguro que también puedo barrer el suelo —dijo una voz. Húmedo se dio cuenta de que era la de él. Tenía el cerebro hecho un cromo. Era un shock descubrir que el más allá era lo de aquí.
Lord Vetinari le dedicó una mirada muy, muy larga.
—Bueno, si así lo desea —dijo, y se giró hacia un secretario que pululaba cerca—. Drumknott, ¿sabe si la gobernanta tiene un armario para trastos de la limpieza en esta planta?
—Oh, sí, milord —dijo el secretario—. ¿Quiere que…?
—¡Era una broma! —estalló Húmedo.
—Oh, lo siento, no me había dado cuenta —dijo lord Vetinari, volviéndose de nuevo hacia Húmedo—. Avíseme si se siente obligado a hacer otra, ¿quiere?
—Escuche —dijo Húmedo—, ¡no sé qué está pasando aquí, pero yo no sé nada de repartir el correo!
—Señor Húmedo, esta mañana no tenía usted ninguna experiencia en estar muerto, y sin embargo, de no ser por mi intervención, habría resultado que se le daba de maravilla —replicó Vetinari en tono seco—. Eso demuestra que nunca se sabe hasta que uno lo intenta.
—Pero cuando usted me sentenció…
Vetinari levantó una mano pálida.
—¿Cómo? —dijo.
El cerebro de Húmedo, consciente al fin de que tenía que ponerse a funcionar en aquel momento, intervino para responder:
—Ejem… cuando usted… sentenció… a Albert Relumbrón…
—Así me gusta. Continúe.
—¡… dijo que era un criminal nato, un estafador vocacional, un mentiroso habitual, un genio perverso y alguien indigno de la menor confianza!
—¿Está aceptando mi oferta, señor Mustachen? —dijo Vetinari en tono cortante.
Húmedo lo miró.
—Disculpe —le dijo, poniéndose de pie—, me gustaría comprobar una cosa.
Detrás de su sillón había dos hombres vestidos de negro. No era un negro particularmente elegante, sino más bien ese negro que llevan quienes no quieren que se vean las manchitas. Tenían pinta de secretarios, hasta que les mirabas a los ojos.
Se hicieron a un lado mientras Húmedo caminaba hacia la puerta, que, tal como le habían asegurado, estaba allí. La abrió con mucha cautela. Al otro lado no había nada, ni siquiera suelo. Con la determinación de alguien resuelto a probar todas las posibilidades, se sacó del bolsillo lo que quedaba de la cuchara y la dejó caer. Pasó bastante tiempo antes de que se oyera el tintineo.
Luego regresó y se sentó en su sillón.
—¿La promesa de la libertad? —preguntó.
—Exacto —dijo lord Vetinari—. Siempre hay elección.
—¿Quiere decir… que podría elegir una muerte segura?
—Pese a todo, es una elección —dijo Vetinari—. O tal vez una alternativa. Verá, yo creo en la libertad, señor Mustachen. No hay muchos que crean en ella, aunque por supuesto la gente protestará y dirá que sí. Y ninguna definición práctica de la libertad estaría completa sin la libertad de aceptar las consecuencias. De hecho, es la libertad en que se fundamentan todas las demás. Y ahora a ver… ¿acepta usted el trabajo? No le reconocerá nadie, de eso estoy seguro. Da la impresión de que a usted no lo reconoce nunca nadie.
Húmedo se encogió de hombros.
—Bueno, de acuerdo. Por supuesto, acepto en calidad de criminal nato, mentiroso habitual, estafador y genio perverso indigno de la menor confianza.
—¡Magnífico! ¡Bienvenido al funcionariado público! —dijo lord Vetinari, ofreciéndole la mano—. Yo me enorgullezco de elegir siempre al hombre idóneo. El salario son veinte dólares semanales y, por lo que tengo entendido, el director general de correos tiene a su disposición un pequeño apartamento en el edificio central. Creo que también hay una gorra. Necesitaré que me mande informes periódicos. Que tenga un buen día.
Se puso a mirar sus papeles. Al cabo de un momento levantó la vista.
—Parece que sigue usted aquí, director general…
—¿Y ya está? —preguntó Húmedo, horrorizado—. ¿Me estaba colgando usted y de pronto va y me da trabajo?
—Déjeme ver… sí, eso creo. Ah, no. Claro. Drumknott, dele sus llaves al señor Mustachen.
El secretario se adelantó, entregó a Húmedo un llavero enorme, oxidado y atiborrado de llaves y a continuación sacó una tablilla sujetapapeles.
—Firme aquí, por favor, director general.
Un momento, pensó Húmedo. Esto es solo una ciudad. Tiene puertas. Está completamente rodeada de direcciones distintas en las que correr. ¿Qué más da lo que firme?
—Por supuesto —dijo, y garabateó su nombre.
—Su nombre correcto, por favor —dijo lord Vetinari, sin levantar la mirada de la mesa—. ¿Con qué nombre ha firmado, Drumknott?
El secretario estiró el cuello.
—Ejem… Ethel Serpiente, milord, por lo que puedo leer.
—Intente concentrarse, señor Mustachen —dijo Vetinari en tono fatigado, todavía leyendo aparentemente sus papeles.
Húmedo volvió a firmar. Al fin y al cabo, ¿no era un garabato y marchando? Y muy rápido tendría que marchar si no se hacía con un caballo.
—Con eso, ya solo queda la cuestión de su agente de la condicional —dijo lord Vetinari, todavía enfrascado en los papeles que tenía delante.
—¿Mi agente de la condicional?
—Sí. No soy tonto del todo, señor Mustachen. Su agente se encontrará con usted dentro de diez minutos delante del edificio de correos. Que tenga un buen día.
Cuando Húmedo se hubo marchado, Drumknott carraspeó cortésmente y dijo:
—¿Cree usted que se va a presentar, milord?
—Siempre hay que tener en cuenta la psicología del individuo —dijo Vetinari, corrigiendo la ortografía de un informe oficial—. Es lo que hago yo todo el tiempo y lamentablemente, Drumknott, usted no siempre hace. Por eso no le ha devuelto el lápiz antes de irse.
Hay que moverse siempre deprisa. Nunca se sabe qué te anda pisando los talones.
Diez minutos más tarde Húmedo von Mustachen ya estaba lejos de la ciudad. Había comprado un caballo, lo cual era un poco vergonzoso, pero la presteza había sido crucial y solo había tenido tiempo de sacar un alijo de emergencia de entre sus escondrijos secretos y elegir un viejo jamelgo famélico de la cuadra de saldos en la Caballeriza de Hobson. Por lo menos eso significaba que ningún ciudadano airado iba a acudir a la Guardia.
Nadie lo había importunado. Nadie lo había mirado dos veces; nadie lo hacía nunca. Las puertas de la ciudad habían estado abiertas de par en par. Ante sí tenía la llanura rebosante de oportunidades. Y a él se le daba muy bien conseguir algo donde no había nada. Por ejemplo, en el primer pueblo al que llegara se pondría a trabajar en aquel viejo jamelgo haciendo uso de unas cuantas técnicas e ingredientes que lo harían valer el doble de lo que había pagado por él, al menos durante veinte minutos o hasta que lloviera. Veinte minutos le bastarían para venderlo y, con un poco de suerte, encontrar un caballo mejor pagando un poco menos de lo que valía en realidad. Volvería a hacer lo mismo en el siguiente pueblo, y al cabo de tres o cuatro días ya tendría una montura que valiera la pena poseer.
Pero todo eso era completamente secundario, algo que solo haría para no perder la práctica. Llevaba tres anillos casi de diamantes cosidos al forro de la chaqueta, otro de verdad dentro de un bolsillo secreto que tenía en la manga y un dólar casi, casi de oro astutamente cosido al cuello de la camisa. Para él aquellas cosas eran lo que para un carpintero son la sierra y el martillo. Herramientas primitivas, pero lo devolverían al ruedo.
Hay un dicho, «No se puede engañar a un hombre honrado», que gusta mucho citar a la gente que se gana la vida engañando a hombres honrados. Sin embargo, Húmedo nunca lo había intentado de forma consciente. Si engañabas a un hombre honrado, solía ir a quejarse a la Guardia local, y últimamente costaba mucho sobornarla. Engañar a hombres deshonestos resultaba mucho más seguro y, en cierta manera, más deportivo. Y por supuesto, abundaban mucho más. Apenas hacía falta apuntar.
Media hora después de llegar al pueblo de Hapley, desde donde la gran ciudad solo era una columna de humo en el horizonte, estaba sentado delante de una posada, alicaído, sin más posesión en el mundo que un anillo auténtico de diamantes que valía cien dólares y con prisa por volver a Genua, donde su pobre y anciana madre estaba muy enferma de mosquito. Once minutos más tarde estaba plantado pacientemente delante de una joyería, dentro de la cual el joyero explicaba a un ciudadano compasivo que el anillo que el forastero estaba dispuesto a vender por veinte dólares en realidad valía setenta y cinco (hasta los joyeros tienen que ganarse la vida). Y treinta y cinco minutos después de eso ya estaba cabalgando en un caballo mejor, con cinco dólares en el bolsillo, dejando atrás a un satisfecho ciudadano compasivo que, pese a haber sido lo bastante listo para vigilar las manos de Húmedo, ahora estaba a punto de volver a entrar en la joyería para intentar vender por setenta y cinco dólares un anillo de hojalata con una piedra de cristal que valía exactamente cincuenta peniques.
El mundo estaba afortunadamente vacío de hombres honrados, y maravillosamente repleto de hombres convencidos de poder distinguir a un hombre honrado de un maleante.
Se palpó el bolsillo de la chaqueta. Los carceleros le habían quitado el mapa, por supuesto, sin duda mientras andaba ocupado estando muerto. Era un buen mapa, y cuando el señor Wilkinson y sus amigotes lo estudiaran iban a aprender mucho de descifrado, geografía y artimañas cartográficas. No encontrarían en él el paradero de ciento cincuenta mil dólares de Ankh-Morpork en divisas variadas, sin embargo, puesto que el mapa era una completa y compleja ficción. Aun así, a Húmedo le producía una maravillosa sensación de calidez pensar que durante una temporada estarían en posesión del más grande de los tesoros que es la esperanza.
Si alguien era incapaz de recordar dónde había escondido una fortuna enorme, en opinión de Húmedo merecía perderla. De momento él no podía acercarse a la suya, aunque la mantenía presente para conservar la ilusión…
Húmedo ni siquiera se molestó en preguntar cómo se llamaba el pueblo siguiente. Tenía una posada y con eso ya le bastaba. Cogió una habitación con vistas a un callejón en desuso, comprobó que la ventana se abriera con facilidad, tomó una buena cena y se fue a dormir temprano.
Nada mal, pensó. Aquella mañana había estado en el patíbulo literalmente con la soga al cuello y esa noche volvía a estar en acción. Lo único que necesitaba hacer ahora era volver a dejarse barba y no acercarse a Ankh-Morpork en seis meses. O tal vez en
