La caída de los pájaros

Karen Chacek

Fragmento

0

0

¿Cuántas veces hay que repetirles que ese hábito de pernoctar en el casino sólo empeora su insomnio? Mamá me llamó a las seis de la mañana para decirme que ella y papá iban saliendo apenas, que habían ganado trescientos créditos en una máquina y que pensaban pasar al supermercado, por si se me ofrecía que me compraran algo. Mamá sonaba tan entusiasmada en el teléfono que le pedí me comprara un tubo de pasta de dientes de los de la caja verde. Colgué y no pude volver a pegar un ojo, me brotó del pecho una ansiedad intensa, tanto que al mirar la pared azul del cuarto no pude dejar de ver un rectángulo amarillo del tamaño de una ventana. Sentí de nuevo ese cosquilleo en las palmas que me ha estado acosando desde hace semanas. Abandoné la cama de un salto y revisé mi registro de llamadas en el teléfono, cualquier cosa con tal de no pensar en alguna posible enfermedad. Me metí a bañar y salí a la calle, confiada en que por primera vez en mucho tiempo viajaría en un vagón semivacío. Y sorpresa, sorpresa: me topé con un embotellamiento humano en el andén.

Si los inútiles de la estación de trenes querían abrirnos el apetito, lo lograron. Ese olor a mantequilla y azúcar nos pondrá a todos a alucinar. Ya conté siete personas llevándose a la boca una dona glaseada, ¿dónde las están repartiendo? De seguro algún trajeado de los de las oficinas de abajo dio la orden de regalar golosinas a cuantos estamos amontonados frente a las vías para evitar que saturemos su buzón con quejas por el retraso del tren.

Todos deberíamos voltear a ver al mismo tiempo esas malditas cámaras en el techo y mentar madres al unísono.

Me empiezo a inquietar: esto ya parece un carnaval. Al salir del baño pasé junto a uno de los antipáticos de seguridad, el tipo estaba hojeando un impreso ilustrado: un ejemplar de Remolinos en el cielo, ¡mi favorito del Fabricante de Aves! Es casi imposible conseguir uno de esos. Después de la caída de los pájaros hace dos años desaparecieron todos los volúmenes.

Al Fabricante de Aves, dicen, lo confinaron a un arresto domiciliario. Román y yo intentamos localizarlo y nada. Visitamos a más de treinta coleccionistas en el mercado negro y no hubo uno solo que se animara, siquiera, a prometernos que intentaría rastrear algún ejemplar dañado. Y mira que Román ofreció pagar una fortuna por el tomo. Es un obsesivo, cuando descubre algo que le gusta lo quiere tener todo.

Yo le presenté al Fabricante de Aves, bueno, no a él personalmente, lo introduje a su libro. A la fecha todavía no me cree que lo hallé abandonado en un gabinete del “Día y Noche”; esa cafetería de mala muerte que abre las veinticuatro horas y a la que llegué de malas un martes en la madrugada, a redactar la nota de última hora que Román me pidió sobre el Parque Infantil Carrousel, ahora convertido en cementerio de columpios.

Me encanta ir a ese parque en las tardes, aunque siempre después de media hora empiezo a ponerme nerviosa y aun con mi aspecto de esgrimista valiente salgo corriendo. Va a sonar estúpido, pero cada vez que me subo a un columpio siento que hay alguien más columpiándose junto a mí.

El caso es que no quería escribir sobre eso en la nota, pero tampoco se me ocurría con qué rellenar el espacio en blanco. Ordené más té negro, me puse a divagar un rato. Cuando miré a un lado vi el ejemplar sobre el asiento, incrustado entre el cojín y el respaldo. Le di una hojeada y me quedé boquiabierta. Lo leí de un jalón sin mirar el reloj una sola vez. La mesera de la cabellera rosa se acercó a servirme más té y le pedí que se llevara mi taza o la estrellaría contra el ventanal. Me miró asustada. Tuve que contarle que meses atrás escribí el boceto de una historia y que acababa de toparme con un libro ilustrado que tenía escrita esa misma historia. Era imposible que a un perfecto extraño se le ocurriera exactamente la misma idea que a mí. Lo peor es que tampoco lo podía llamar un plagio, porque ese relato era un secreto que yo sólo le había confiado a mi libreta de notas y esa la cargo conmigo a todas partes, no la suelto ni cuando voy al baño.

La dichosa fábula trata de unos niños que todas las noches salen a escondidas de sus casas para interactuar con un mundo paralelo que coexiste con la ciudad y que ningún adulto puede ver. Incluso dibujé algunos de los personajes, pero no se los enseñé ni a Román; parecen los garabatos de una niña de segundo de primaria. Nada que ver con la sofisticación de los dibujos del Fabricante de Aves. Menos mal que me puedo ganar la vida redactando notas; como dibujante ya me habría muerto de hambre o de risa.

Total que hoy en la estación no iba dejar pasar la oportunidad de quedarme con ese otro ejemplar de Remolinos en el cielo. Imaginé a Román alucinado suplicándome que se lo regalara a cambio de unas vacaciones pagadas y eso me dio valor para ir con el gorila de uniforme gris a pedirle que me vendiera el ejemplar.

Creí que se reiría en mi cara o que me pediría una fortuna, pero en vez de eso el tipo me sonrió con su horrible dentadura de amalgamas plateadas y me dijo: la precisión de los sueños es asombrosa; nunca deja de sorprenderme. Después me entregó el volumen, como quien se deshace de un periódico de hace tres días. Así nada más. Me aseguró que alguien lo había dejado afuera del baño y que ahora era mío.

Esto es demasiada buena suerte. Román debe estar escondido por ahí. Le ha de haber pagado una pequeña fortuna al gorila por montar frente a mí ese teatrito. Y yo caí redonda. Ya puedo escuchar las carcajadas de Román al rato en su oficina.

Ni creas que te daré ese gusto. ¿Dónde estás? Asoma ya tu cabezota pelirroja. A tu amigo, el gorila de uniforme gris, lo perdí de vista. Desapareció entre la multitud, con ese caminar zigzagueante y perezoso de las cucarachas cuando acaban de comer.

Detesto subirme a los vagones intermedios del tren, pero cuando hay tanta gente aglutinada en el andén es complicado llegar a los coches de atrás. Un trajeado sin corbata me ofreció su asiento, le di las gracias y se lo cedí a una señora de suéter de rombos. Prefiero viajar de pie. Me divierte mirar a las personas y jugar a imaginarme sus vidas. A veces se me ocurren buenas cosas, tengo libretas llenas de observaciones. Nunca sabes cuándo te pueden servir esas referencias a la hora de rellenar espacios blancos en una entrevista.

Las risas de los púberes de al lado me están poniendo los pelos de punta. Son las carcajadas más desentonadas que he escuchado en mi vida. Pero no puedo decirles nada: son un par de sordomudos. Me podría recorrer a la orilla, pero esa señora, la de los rombos, es tan buen personaje; apuesto a que el suéter de rombos se lo compró un martes en la noche después de ganar cien puntos en una de las máquinas de póquer del Casino Papagayo.

Entrar a ese lugar sin los tapones antirruido puestos es un peligro, siempre hay que sortear en los pasillos cardúmenes de ancianos sordos. Es el casino favorito de los adultos mayores y alguien debería de pegar un cartel de advertencia en la entrada.

La mujer de los rombos tiene una expresión tan ambigua, que nada más no descifro si es que está pensando en algo importante, o es que intenta dar lectura al anuncio publicitario estampado en la pared del vehículo: otra propaganda basura de tabletas placebo; quesque complementos vitamínicos para fortalecer la memoria. Y, claro, como ninguno de los productos sirve de algo, nadie recuerda que todas las versiones anteriores han sido una tomadura de pelo.

Aunque no, la mente de la mujer de los rombos está en otra parte; sus ojos miran el cartel, pero sin verlo. Algo le pasa en el brazo derecho, se lo está sobando de nuevo. Pobre ruca, ha de haber escuchado más de mil veces que los accidentes cardiacos se reflejan a modo de dolencias en el brazo derecho.

Ahora cierra los ojos, está respirando lento y su boca se mueve como recitando una plegaria. Tal vez en lugar de imaginar que aquello que oprime su brazo es el anuncio de un infarto, piense que se trata del fantasma de su nieto más pequeño, al que le gustaba viajar en el tren recargado contra el cuerpo de su abuela, cuando las aves eran aves y los niños todavía rondaban por la ciudad.

¡Madres! ¡Algo estalló!

1

1

Que me tome mi tiempo para vestirme, eso fue lo que dijo Amán, el enfermero del piso 8 del Hospital Amistad. A él hay que llamarlo por su nombre o no te hace caso. Dice que no es enfermero, sino visitante de otro mundo: que su verdadera función es rellenar los espacios vacíos en las historias clínicas.

Aunque Amán insista, yo dudo extrañar este debraye ahora que me den de alta. Adiós cama deslizable con doble barandal, hasta nunca sinfonía de foquitos rojos intermitentes, olor a desinfectante, ruido de ventiladores, gelatinas individuales de sabor uva y durazno, horas completas dedicadas a encontrarle forma de animales a esos relieves de humedad en las paredes blancas.

—¡Una vaca, allí en la esquina! ¡Mira! —dice la niña en mi cabeza.

—¿Dónde? —le pregunto—. Pttf. No, otra vez, no.

—¿No la ves?

—¡Digo que no me hables!

Carajo, ya volví a empapar la ropa. Me tengo que quitar estas ideas estúpidas de la cabeza: lo que tengo es estrés post-traumático y punto. Me advirtieron que algo así sucedería. No exactamente esto, pero algo así. Cada organismo es un universo. No estoy loca y tampoco padezco un brote sicótico; lo que escucho no son alucinaciones auditivas, son mis malditos nervios. Soy una neurótica. Pero estoy bien, estoy viva, estoy entera. ¡Soy una suertuda de putamadre! Ocho raspones y trece puntadas es un saldo insólito para alguien que viajaba a bordo de un tren subterráneo que se hizo acordeón al estrellarse contra la pared del túnel.

—¡Dijiste putamadre!

—No.

—Sí. Yo te oí.

—No.

—¡Sí!

—¡No me hables!

Cuando regrese a casa me pondré a trabajar, haré mis cosas. Sólo tengo que ocupar mi cabeza de manera constructiva. Escribir, leer en otros idiomas, comer fideos picantes, caminar los parques. Necesito buscar más artículos en la red: este síndrome debe tener un nombre. Le debe pasar a miles de personas. Seguro hay testimonios, tal vez hasta encuentre un grupo de apoyo.

Le debí decir al psiquiatra de guardia. Estuve a punto de contárselo todo cuando pasó a despedirse en la mañana. Pero capaz que me enviaba a hacer nuevos estudios y no puedo aguantar un día más de encierro aquí. Preferí verlo firmar la autorización de salida y dejarme de regalo una colección de cajitas con pastillas. Ansiolíticos y otras golosinas para aplacar las emociones de culpa y vergüenza que, según dijo, habrán de asaltarme apenas asuma que fui la única pasajera que sobrevivió al accidente.

Dijo que quizás me experimente maniaca. Me advirtió que padeceré pesadillas. De seguro que obvió mencionar lo de escuchar voces en mi cabeza, para que no me sugestione. Así funciona la mente humana, basta con que te digan algo para que de inmediato lo fabriques.

Carajo, ¿por qué todos los documentos repiten lo mismo?, ¿estoy fuera de la estadística o qué? Nada de esto me sirve: yo no sufro de ataques de pánico ni de pérdida de memoria. Tampoco me hostigan jaquecas ni tengo problemas motrices ni veo manchas de colores. A mi mente le gusta hacerse la muy original, hija de su putísima. Después del accidente ideó una solución mucho más creativa que el shock y la amnesia para lidiar con lo sucedido: escogió encerrarme en un estado catatónico durante cuatro meses y después fabricarse una niña de ocho años que cantara canciones infantiles en mi cabeza. Ocho años, ¡ella dice que tiene ocho años! En una ciudad sin aves y niños, ¡a mí una niña de ocho años me habla y me da instrucciones!

Es la mugre rutina, llevo demasiado tiempo desayunando, comiendo y cenando a la misma hora y eso me tiene desquiciada. Estoy harta de estar aquí, eso es lo que pasa; hasta la madre de tanto examen de laboratorio, resonancias magnéticas y pruebas psicométricas. Y todavía hoy, para colmo, me acaba de avisar la loca de blanco con el rehilete en la cabeza que afuera me aguarda una ronda de entrevistas con los peritos comisionados para dilucidar las causas del accidente en el metro. Por piedad, déjenme en paz, yo sólo quiero recuperar mi vida.

Suplico que no sea esquizofrenia. Nadie en mi familia la padece, ¿por qué habría yo de…? Espera, tiene sentido que sea la voz de una niña, es totalmente lógico: si después de esos cuatro meses en pausa me hubiera despertado rodeada de ancianos, la voz que escucharía en mi cabeza sería la de un anciano, pero desperté en una cama del Pabellón Infantil, rodeada de un centenar de niños conectados a soluciones alimenticias y máquinas ejecutando un concierto de luces. Claro que me iba a impresionar con la escena. A quién no le pasaría. Una cosa es que te lo cuenten al

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos