Un Aladino y dos lámparas

Jeanette Winterson

Fragmento

cap-2

Inicio

Mañana. Fresca y clara.

¿Dónde estamos?

En la calle.

¿Aquí? ¿En esta ciudad?

No. En otro lugar.

¿Cuándo? ¿Ahora?

No, ahora no. Hace muchos años.

¿Qué hacemos aquí?

Vamos a ver una farsa.

Hay una serpiente de niños rodeando el teatro de principio a fin.

Son las once de la mañana. La fábrica en la que trabaja mi padre ha decidido llevar a todos los hijos de los operarios a ver un espectáculo por Navidad.

Me he puesto la trenca y unos relucientes zapatos de charol prestados. No conozco a nadie. Mi padre trabaja en otra ciudad y va en bici a la fábrica. Haga el tiempo que haga. No puede permitirse el billete de autobús. Hoy hace un frío que pela y está despejado. Tengo los pies congelados con estos zapatos.

Dentro, en el pequeño teatro, los asientos de terciopelo rojo se inclinan hacia el escenario. La moqueta es un remolino de hojas de acanto. Huele a tofe y a refresco de frutas del bosque.

Estoy sola en la parte de atrás. Llevo un sándwich en el bolsillo. El desayuno. Cómetelo.

Sobre el telón ondulado hay un medallón de yeso de la reina Victoria, que observa con desaprobación las hileras de niños revoltosos que no paran de darse empujones.

Los gritos cesan. Ninguno de nosotros ha estado antes en un teatro.

Se abre el telón.

¿Dónde estamos?

En Pekín. En una lavandería. Sábanas apiladas como bancos de nieve. De pronto, una madre enfadada asoma la cabeza por encima de una de las pilas. ¡Aladino! ¿Dónde estás? ¡Zángano, calamidad, chisgarabís sin oficio ni beneficio! ¡Siempre con la cabeza a pájaros!

Aladino está sentado con las piernas cruzadas sobre una torre de almohadas azul vivo. Está leyendo.

Aladino y la lámpara maravillosa es la pantomima favorita del Reino Unido. El cuento, originario de China, llegó con el Imperio a principios del siglo XIX a través de India y Persia junto con la fascinación por todo lo oriental. A los victorianos les encantó y lo adaptaron a sus propios valores. De la miseria a la riqueza. El niño pobre sale adelante. El esfuerzo tiene su recompensa.

Casi todos conocemos la historia de Aladino por las películas de Disney y el musical. El texto original resulta más extraño, sin duda porque la historia viajó de boca en boca antes de ser puesta por escrito y las personas tenemos tendencia a añadir y eliminar lo que nos apetece. Parece un relato del héroe, pero nada más lejos.

Aladino es una serie de encuentros. Los resultados no están determinados. Los vaivenes y reveses de la fortuna que nos hacen aplaudir o abuchear son más que simples recursos cómicos. Revelan una verdad sobre las contingencias de la existencia humana, sobre la imbricación del carácter y las circunstancias. Es una historia, y lo maravilloso de las historias es que cambian.

Diez años después, me dirigía a la biblioteca a devolver un libro. Una colección de cuentos titulada Noches de Arabia.

Esa versión solo contenía las pocas historias que en Occidente se conocen tan bien. Simbad el Marino. Aladino y la lámpara maravillosa. Alí Babá y los cuarenta ladrones. El pescador y el genio. Yo deseaba descubrir el paradero de una lámpara mágica. O una alfombra voladora. Cualquier cosa que me ayudara a escapar.

La vidriera de la biblioteca pública de Accrington rezaba: CON DILIGENCIA Y PRUDENCIA SE VENCE.

Era una biblioteca Carnegie, patrocinada por el magnate escocés del acero Andrew Carnegie, que en el siglo XIX emigró a América, hizo fortuna y donó fondos para construir bibliotecas por todo el mundo.

Así era como se suponía que tenía que ir la historia. Trabajar duro. Prosperar.

Pero...

Soy mujer. Adoptada. Me identifico más con Aladino que con Andrew Carnegie. Una vida entera de trabajo duro jamás me sacaría de allí. Estaba atrapada en una historia que no quería escuchar.

A la bibliotecaria le interesó que me interesaran los cuentos de Oriente. Me dijo que había un texto completo de Las mil y una noches en la «Sección oriental». Fue en los tiempos en que las bibliotecas normales y corrientes de ciudades normales y corrientes contaban con una «Sección oriental».

Abrí el libro.

Las mil y una noches comienza con un final. Un final que pretende repetirse hasta que se acabe el mundo.

Hay un sultán llamado Shahriar.

El sultán descubre que, tanto su hermano como él, tienen esposas que les han sido escandalosamente infieles. No hablamos de un flirteo a la hora de la siesta. No, hablamos de jóvenes amantes de todo tipo, color y tamaño... y todos a la vez. El hecho de que los dos gobernantes disfrutaran de harenes cuajados de esposas y concubinas es irrelevante. En este mundo, las mujeres pertenecen a los hombres. Y las posesiones no deben tener vida propia.

Con el fin de vengarse, a sí mismo y al resto de varones del mundo, el sultán Shahriar decreta que cada noche desposará a una virgen a quien hará matar a la mañana siguiente. De esa manera, la joven no tendrá oportunidad de engañarlo. El orden se restablece.

Como es natural, el reino empieza a quedarse sin vírgenes, pero resulta que el consejero del sultán, el gran visir, tiene dos en casa que hasta el momento se han librado. La mayor se llama Shahrazad. En Occidente la conocemos como Sherezade.

Shahrazad se ofrece por voluntad propia a ser la siguiente esposa del sultán, es decir, se erige en virgen destinada al sacrificio, y no hay amenazas ni promesas con las que su padre logre disuadirla.

En el momento en que el sultán lleva a Shahrazad al lecho conyugal, antes de la consabida decapitación que tendrá lugar por la mañana, su esposa de una noche empieza a contar una historia. El sultán queda intrigado, y dado que el relato aún no ha concluido cuando rompe el alba, a Shahrazad se le permite vivir otro día, con su noche, y otro día y otra noche más, mientras una historia da pie a la siguiente, de manera que nunca llega la hora de morir.

El origen de Las mil y una noches se encuentra en las historias que se contaban alrededor de una hoguera, o en el mercado, o cruzando el desierto, o al fresco del crepúsculo. Como todos los relatos que pasan de boca en boca y de mano en mano, fueron cambiando con el tiempo y añadiendo otras capas a las tramas más populares. Aparecieron personajes nuevos. Algunos tardíos, como Aladino y Alí Babá, consiguieron sus miniseries dentro del conjunto.

No había prisa. Puede que transcurrieran cuatrocientos años antes de que a esos primeros cuentos que ya se conocían en India y Persia en el siglo VIII se sumaran historias posteriores del Irak del siglo IX y, más adelante aún, fábulas de Egipto y Siria, hasta que algo semejante a lo que leemos ahora fuera reunido en un único lugar, primero en árabe y luego traducido a otros idiomas, traducciones que a su vez traen consigo nuevas variantes.

Las historias se las ingenian para escabullirse. Para volver a entrelazarse. Para desafiar el orden.

La caótica exuberancia de estos relatos, que adoptan el carácter del lugar en el que aterrizan, que se abren paso a través de la geografía y la historia, que son capaces de movilizar culturas y costumbres distintas para extender su alcance, que se las ingenian para arraigar allí donde se los recibe antes de proseguir su camino, es algo emblemático de la propia humanidad. Ninguna otra especie es capaz de adaptarse así al entorno, cualquiera que sea este. Cálido o gélido. Yermo o fértil. Marítimo o terrestre. Esa es la historia del éxito humano. Múltiple. Expansiva. Ingente. Inventiva. Incesante.

Alf layla wa-layla. Las mil y una noches es un bazar abarrotado de dichas historias: morales e inmorales, a ratos sanguinarias y a ratos indulgentes, obscenas o piadosas, abiertas a la magia que impregna la vida cotidiana, sabedoras, sin necesidad de explicación, de que el mundo visible de los seres humanos solo es una fracción de un mundo más amplio y en gran medida invisible. Un mundo en el que las diferentes formas de vida que habitan los distintos planos chocan con el empeño humano, para bien y para mal.

La expectativa de vida es fundamental para las historias, al igual que para el narrador.

Los seres no biológicos no están sujetos al tiempo como lo estamos los mortales, ellos pueden vivir más, incluso para siempre. El desajuste entre la experiencia humana y la no humana de dicha dimensión forma parte de la comedia y, en ocasiones, de la tragedia de estas historias, tanto más cuanto que quien las relata es una mujer cuya vida depende de un reloj de arena.

Su única esperanza es cuestionar la invariabilidad del tiempo.

Cada noche, Shahrazad gana un día más. Se libera de su Señor del Tiempo librando una batalla contra el tiempo mismo.

Y sale victoriosa. La noche que le concede el sultán se convierte en mil más. Y en adelante, en un futuro cuyos tiempos escapan al conteo.

Shahrazad vence porque sabe que los comienzos, los puntos medios y los finales solo tienen utilidad cuando nos ceñimos a un tiempo cronológico: el vuelo asaetado del día o las marcas que delimitan el mes. El tiempo interior, donde habita nuestra mente, donde fantaseamos y creamos, donde juegan los niños, no está sujeto a imperativos cronológicos.

En reconocimiento de ello, los relatos humanos siempre han comprimido y expandido el tiempo: son tan capaces de encajar una vida entera en un solo día como de desovillar un único día en hilos que se convierten en un instrumento... aunque no de medición sino de música.

Podemos empezar por el final. O por el medio. Podemos disfrutar de varios comienzos... y ver qué ocurre.

La historia se desarrolla en el tiempo, igual que nosotros, pero no en el tiempo tal y como solemos experimentarlo. En cuestión de pocas horas podemos vivir muchas vidas. Y lo que es más importante, la libertad frente a ese tiempo diario que nos ofrecen las historias nos señala la extraña realidad de nuestra naturaleza híbrida:

Somos mortales, pero debemos vivir como si no lo fuéramos.

El don de Shahrazad reside en saber que, si bien su problema acuciante se halla en el tiempo cronológico —por la mañana morirá—, la solución se encuentra más allá de los límites

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